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Marián

Viernes, 18 de octubre de 2024
Si mi vida pudiera resumirse en una palabra, esta sería «casi». Casi alcancé mis sueños. Casi fui lo suficientemente buena. Casi encajé en los estándares. Casi conservé al amor de mi vida.
La dichosa palabra resuena en mi cabeza mientras termino de abrocharme la chaqueta de chef. Para mi desgracia, el espejo del vestuario del hotel me devuelve un reflejo que no me ayuda a silenciarla. La chaqueta, diseñada para cuerpos que no tienen tanto que ofrecer, me aprieta en todas las zonas críticas, como en mis caderas despampanantes —término acuñado por mi santa madre, doña Catalina Silva Villaseca.
«Casi». Dos sílabas que se me clavan como una astilla bajo la uña. Casi consigo cambiar el maldito uniforme. Casi tuve el valor de renunciar a este trabajo. Casi luché por lo que quería.
A pesar de mis reiteradas peticiones, el uniforme lleva tres años siendo una talla menor de la que debería. ¿Que un hotel cinco estrellas superlujo en pleno Puerto Banús no tiene presupuesto para invertir en la comodidad de sus trabajadores? Ja. Eso no hay quien se lo crea. Y como consecuencia aquí estoy yo, embutida en tela rosa cual salchichón, como si encontrar chaquetas de chef de este color fuera tan complicado.
Tras un último estirón a la prenda, cierro la puerta de la taquilla. Con demasiada fuerza. Como látigos, las cabezas de mis compañeras se giran hacia mí y los cuchicheos se acallan durante unos segundos en los que mis mejillas se tiñen por la vergüenza. Hundo los hombros en un intento vano por convertirme en un avestruz que entierra la cabeza bajo tierra. Tengo kilómetros y kilómetros de playa terrosa a mi disposición para hacerlo, pero no puedo. No cuando soy la encargada —y única trabajadora, pero esa es otra movida— del exclusivo córner de repostería creativa del Marbella Paradise Resort.
La sección de repostería gourmet del hotel ha ganado varios premios locales, y sus dulces —mis dulces, en realidad— han hecho que muchos clientes regresen al resort solo por degustar alguna de las nuevas creaciones. Así son los ricos, capaces de recorrer medio mundo en su jet privado solo para tomar un postre al atardecer en Marbella. Sobrevalorado, si me preguntáis. Pero oye, gracias por alimentar mi ego, y lo siento por contribuir a la destrucción de la capa de ozono. No obstante, ni siquiera esa especie de halago basta para tapar el enorme agujero negro que se abre en mi mente de vez en cuando. Porque por mucho que brille en mi trabajo, siempre hay algo que me recuerda que mis sueños siguen siendo como el glaseado perfecto: los veo, pero si los toco, terminarán estropeándose.
En la cocina, mis compañeros corren de un lado a otro para preparar y servir comandas al ritmo frenético de MasterChef, mientras yo paseo por mi rinconcito sagrado con Lola Índigo en los auriculares. Aunque compartimos espacio, el éxito del Rincón Francés —que no tiene nada de francés— hizo que me concedieran una esquina con mis propios hornos, neveras y fregadero. En alguna ocasión, me he ofrecido a ayudar con las comandas, sobre todo en los tiempos de espera de subidas de masa, pero nadie suele aceptar mi ayuda. «La repostería solo consiste en seguir recetas», dicen los chefs, henchidos de orgullo cual pavos reales. Como si la creatividad, la pasión y la improvisación no formaran parte de ella. Ya me dirán cómo se crean las mejores recetas si no es improvisando y probando.
Por eso ellos tienen su espacio y yo el mío. Así, este caos organizado lleno del entrechocar de sartenes y de pedir comandas a gritos ha terminado siendo mi salsa. ¿Que habría preferido disponer de la paz de un obrador propio? Pues sí, no nos vamos a engañar, pero la vida te reparte unos naipes con los que te toca jugar, así que apáñatelas como puedas. Y los míos no han terminado siendo los mejores, sobre todo si tomamos en consideración la carta que he recibido esta misma mañana y que ha apretado un poco más la soga que llevo al cuello.
—¡Marián! —El grito de Guillermo, el maître, me saca de mi burbuja—. La mesa siete ha vuelto a pedir el suflé de mango. ¡Lo quieren ya!
«Claro que sí, lo que cualquier suflé necesita: gritos y prisas». Pongo los ojos en blanco y le hago un gesto vago con la mano para indicarle que lo he oído.
Aunque sea la encargada del Rincón Francés, hay ocasiones en las que me toca servir algunos postres en el restaurante. Sobre todo cuando entre los comensales se encuentra algún jeque demasiado importante como para que lo ignoren o algún magnate estadounidense que se cree que el mundo empieza y termina en su país.
Este es uno de esos días.
Mientras decoro el suflé con la precisión de un cirujano, me permito soñar despierta una vez más. ¿Qué habría pasado si, en lugar de estar trabajando bajo presión en una cocina que no es mía, tuviera mi propio local en París? ¿Qué pasaría si, en lugar de seguir las indicaciones de la dirección de un hotel, fuera yo quien creara mi propia carta y pudiera experimentar sin limitaciones de presupuesto o de paladares internacionales con texturas y técnicas nuevas?
—Listo —murmuro para nadie en concreto. Con un último detalle de pétalos de hibisco, coloco el cuenquito con el suflé sobre el plato.
No es una obra maestra —ni voy a volcar todo mi talento en el postre de un jeque, un ministro o un vete-tú-a-saber-qué que no lo apreciará—, pero sí que tiene un toque especial y elegante. Envío el plato con los camareros y me tomo un momento para respirar. Las largas jornadas laborales, sumadas a la constante sensación de que debo demostrar algo más, me suelen dejar para el arrastre. Y ni siquiera la satisfacción de estar haciendo algo relacionado con lo que me gusta alivia la pesadez de todos los «casi» que conforman mi vida.
La campanilla de la puerta del Rincón Francés anuncia la llegada de un cliente. Frunzo el ceño; el horario de venta al público aún no ha empezado. Dispuesta a despachar a quien sea, salgo por la puerta abatible que conecta la cocina con el córner. Tengo una espantada educada en la punta de la lengua cuando me detengo en seco.
—¡Marian, querida! —me saluda Jacques con esa sonrisa sempiterna muy suya que no hace discriminaciones.
Le devuelvo el gesto sin importarme que acentúe la primera «a» —muy a la francesa—, en lugar de la segunda —typical Spanish—. Porque no hay nada de glamuroso en llamarse María de los Ángeles Díaz Silva, pero él siempre tiene una forma dulce y sofisticada de pronunciar mi nombre.
—¡Monsieur Beaumont! ¿Cómo usted por aquí? Ya no lo esperábamos hasta el próximo verano.
Me acerco y le planto dos besos en las mejillas. Es una confianza que solo le dedico a él, motivada por el pasado que compartimos; con monsieur Beaumont es fácil romper las barreras de las diferencias de clase. Solo hay que mirarlo: con el pelo ya entrecano y el rostro marcado por las arrugas y, aun así, no se desprende de sus bermudas caquis y su camiseta blanca con publicidad de Coca-Cola.
Aunque hemos dejado atrás el bochorno del verano, Marbella solo disfruta de dos estaciones al año: un infierno húmedo y un agradable tiempo primaveral. Para alguien como monsieur Beaumont —francés de pura cepa, con ese clima frío y lluvioso tan suyo—, los veintidós grados de la Costa del Sol en octubre son perfectos para pasearse en pantalón corto.
—Ah, nada… —responde con un gesto de la mano y acento marcado. Sus ojos verdes se clavan en la vitrina de los dulces con ese brillo que tantas veces le he visto—. Me apetecía comerme uno de tus éclairs de pistacho. Cuando a un viejo como yo le entra un antojo —se palmea la barriga como si estuviera embarazado—, no se le puede decir que no. A saber cuánto tiempo le queda.
—Anda, anda, no diga eso —replico con una risa mientras le sirvo el dulce—. Aún le quedan muchas empresas que comprar. No puede morirse sin hacerse con todas.
«Como con los pokémon», pienso, pero me callo.
Jacques Beaumont es un hombre de mundo que habla cinco idiomas —español, inglés, francés, alemán y chino— y ha comprado más empresas de las que cualquiera puede contar. Ahora mismo, Beaumont Enterprise es de las multinacionales más importantes, con una amplitud y variedad de mercado que lo ha colocado entre los diez hombres más exitosos de la revista Forbes en los tres últimos años. No hay ni un sector en el que no tenga presencia. Aunque, en realidad, no sé bien en qué consiste su trabajo. A estas alturas, supongo que en ser la cara de la multinacional, porque con su fortuna y unos sesenta y cinco años, que quién los pillara, no hay mucho que pueda preocuparlo.
—En realidad he venido por negocios —admite mientras corta un trocito del dulce.
Ya sentado en uno de los taburetes, monsieur Beaumont se lleva el éclair a los labios con expresión ilusionada. A pesar de ser un magnate —y, en apariencia, el prototipo de señoro blanco con la vida resuelta—, es un hombre amable que no pierde la chispa de la vida. Y, en parte, eso ha sido lo que nos ha hecho mantener el cariño y el contacto durante catorce años.
—¿Por negocios? —me intereso y apoyo los codos sobre la barra.
Llevo desde los dieciséis trabajando en hostelería y, aunque Jacques sea un cielo, comparte ciertos rasgos con el resto de los clientes promedio del hotel: les gusta hablar de sí mismos.
—Sí, hace poco compré un nuevo activo y me apetecía festejarlo con uno de tus dulces.
«Pobre capa de ozono».
—¡Enhorabuena! Eso hay que celebrarlo.
Sin dudarlo, y a sabiendas de que va a salir de mi sueldo, le sirvo un segundo éclair.
—Hay muchas cosas que celebrar, en realidad.
—¿Ah, sí? ¿Qué más?
—Tengo una proposición que hacerte. —Monsieur Beaumont se toma unos segundos para limpiarse la comisura de la boca con la servilleta antes de añadir—: Quiero que vengas a Francia conmigo.
«Perdona, ¿qué?».
Mi primera respuesta es soltar una risita nerviosa, una que se habría desmadrado —mezcla de histeria e incredulidad— de no ser por el gesto serio de monsieur Beaumont. Pero es imposible. No puede estar proponiéndome, ¿qué?, ¿que me vaya de vacaciones con él? Porque me niego a pensar en otra cosa. Por el amor de Dios, este señor podría ser mi padre, es viudo y tiene dos hijos con los que compartí veranos. Y mucho más.
Irremediablemente, pensar en eso despierta en mí un hormigueo conocido que termina asentándose dentro de mi pecho. Porque ocho años no son suficientes como para que su recuerdo no encuentre la forma de arañar las paredes de mi memoria.
—¿A Francia? —pregunto despejando el estupor como puedo.
Monsieur Beaumont da buena cuenta de lo que le queda del primer dulce y asiente.
—Mi Silvie se casa en un par de meses, en nuestro château a las afueras de Locronan —anuncia con naturalidad. Luego suelta la bomba—: Y nos gustaría que te encargaras de los postres.
El nombre de Silvie trae consigo un regusto amargo. Dejamos de ser amigas hace ocho años, una consecuencia natural y que no le echo en cara, pero igualmente me queda un poso de nostalgia en la garganta, porque ni siquiera sabía que se fuera a casar. Han cambiado tantas cosas en este tiempo…
—N-no sé qué decir —balbuceo con las mejillas encendidas como un semáforo.
—Pues di que sí —responde con un guiño pícaro. Su tono relajado no hace justicia a lo que, para mí, es una propuesta monumental—. Además, me encantaría que estuvieras presente en la boda.
Con cada nueva palabra que sale de sus labios, menos me creo la situación. Recelosa, miro a mi alrededor, esperando encontrar una cámara oculta. ¿Será un trend de TikTok? ¿Una nueva edición de la Gala Inocente, Inocente? Cualquier cosa tendría más sentido que la oferta en sí.
—¿Habla en serio? —formulo con un hilillo de voz.
—Muy en serio.
Se me forma un nudo en el estómago. La proposición es tentadora. Muy tentadora.
Francia siempre ha sido el destino de mis sueños, el centro de mi ambición como repostera. He soñado tantas veces con especializarme allí y abrir un obrador propio que he perdido la cuenta. Ocho años atrás fantaseaba con vivir aquello de la mano de Dominique, pasear por los Campos Elíseos y detenernos frente a un local que fuera mío, a observar la vitrina llena de dulces y clientes entusiasmados. Mi realidad, no obstante, es muy diferente, una en la que ni siquiera puedo vestir un uniforme de mi talla.
—No puedo aceptarlo, monsieur Beaumont. —El nudo de mi estómago se retuerce tanto por mi negativa que temo vomitar—. No puedo permitirme faltar al trabajo ni los gastos derivados del viaje.
—De los gastos ya me ocupo yo, querida.
—¿Q-qué…? —empiezo, pero me corta con un ademán.
—Y por el trabajo tampoco te preocupes.
—Es demasiado, no puedo permitir que…
—¿Que qué? ¿Que me gaste unos cientos de euros en la repostera más talentosa que conozco? Piénsalo de este modo. —Entrelaza los dedos sobre la barra, dejando a un lado su sonrisa bonachona y adoptando el porte de un hombre de negocios—. Esto no es un gasto, Marian, es una inversión. Es la boda de mi hija pequeña y quiero lo mejor para ella. Antes de que me digas que no —añade alzando un dedo como si me hubiera leído la mente—, déjame recordarte que Silvie siempre espera que yo vuelva de vacaciones solo para disfrutar de los dulces que le llevo. Los tuyos.
El nudo del estómago se me traslada a la garganta. Un halago así no debería doler, pero lo hace, y de repente siento el peso de una responsabilidad que no he pedido sobre los hombros. Las sienes me palpitan y mi mente corre más rápido que mi respiración. «¿Esto es real? ¿O solo es un sueño que terminará cuando Jacques Beaumont cruce la puerta?».
Niego con la cabeza, incapaz de aceptar.
—Aunque quisiera, como le he dicho, no me quedan días de vacaciones suficientes como para organizar… Para organizar nada, en realidad.
—Y ya te he dicho que por el trabajo no te preocupes. Estará aquí esperándote a tu vuelta.
La seguridad con la que lo pronuncia me hace fruncir el ceño. Eso no puede ser fruto del ego inflado de quien ha conquistado el mundo. Creo que hay… Hay algo más.
—¿Qué no me está contando, monsieur Beaumont?
Él suspira y se toma unos segundos para responder.
—Aprovechando que se acerca la temporada baja, el director del Marbella Paradise Resort ha decidido cerrar parte de las instalaciones del hotel para hacer una pequeña reforma, lo que significa que algunos trabajadores iréis al paro temporalmente.
Me quedo lívida. Lo que había empezado como un sueño descabellado acaba de convertirse en mi peor pesadilla. Aunque tengo dos años de paro acumulados, no ingresaría lo mismo que con las propinas que me gano, y en casa dependemos de cada euro para subsistir. Puedo tirar de mi escaso fondo de contingencias, pero ya lo he saqueado demasiado los últimos meses.
—Mira, no tienes por qué tomar la decisión ahora. —Se mete una mano en el bolsillo de las bermudas y saca una tarjeta de visita que desliza sobre la mesa, gesto que me extraña porque yo ya tengo su número—. Piénsalo este fin de semana y llámame el lunes.
Cuando voy a guardar la tarjeta, sus manos envuelven las mías con afecto.
—Me encantaría que aceptaras, Marian. No hay nadie mejor que tú para hacer que la boda de Silvie sea perfecta.
—Me lo pensaré —le concedo.
Sus ojos, idénticos a los de su hija, relucen con dulzura.
—Hagas lo que hagas —me suelta la mano—, piensa en lo que tú quieres hacer y no en lo que los demás necesitan de ti.
Sus palabras se quedan flotando en el aire después de que se haya despedido y marchado. Me muerdo el labio inferior y jugueteo con la tarjeta entre las manos, con la vista clavada en la cristalera del córner.
—¡Marián! —La voz de Guillermo me sobresalta y me doy la vuelta, con la mente a todo trapo—. La mesa siete quiere expresar sus impresiones al chef pastelero.
—Y-ya voy.
La puerta abatible se cierra e inspiro hondo. No puedo pensar en eso ahora, no cuando aún tengo un servicio que acabar antes de abrir el Rincón Francés para el turno de tarde. Cuando dejo de darle vueltas a la tarjeta y la voy a guardar, lo veo: en el reverso hay una cifra manuscrita que me arrebata el aliento.
Monsieur Beaumont está dispuesto a pagarme mucho más de lo que cualquiera podría haber imaginado. Supone casi el triple de lo que cobro al mes… por cada semana de trabajo para la boda.
Si bien la oferta resulta tentadora, sobre todo sabiendo que, si no acepto, me voy al paro, en mi interior ha estallado una burbuja de nervios. Necesitamos el dinero para cumplir con los pagos pendientes de papá, pero aceptar significa enfrentarme al pasado. Y al hombre del que me enamoré sin remedio y que terminó siendo un desconocido para mí.
2
Marián

Sábado, 19 de octubre de 2024
A pesar de la belleza propia de un día soleado en pleno otoño, que debería aportarme paz y calidez, no consigo desprenderme del frío que se ha asentado en mi estómago. Anoche apenas pegué ojo, ni siquiera a pesar de lo agotada que llegué del trabajo. El servicio fue complicado, con el Rincón Francés a rebosar pese a estar a mediados de octubre, y con clientes todavía más exigentes de lo habitual. Al terminar la temporada alta siempre aparecen otro tipo de huéspedes, que si bien siguen teniendo más pasta que cualquier tratoría, no llegan al nivel de elegancia y esnobismo de los magnates más importantes del mundo. Son, como los llamamos en el resort, «la clase baja rica». Y esos, con sus ínfulas de grandeza y sus ansias de conquistar el mundo, son los peores. Menos dinero y más exigencias.
Al llegar a casa, la situación no mejoró demasiado. Encontré a mi padre dormido en el sillón reclinable, con las luces apagadas y la televisión iluminándolo todo con su luz cambiante. Aunque traté de despertarlo para que cenara conmigo, fue imposible. Otro día más. Otro recordatorio de que no puedo dejarlo solo.
—¿Has pensado ya qué vas a hacer? —me pregunta Irene durante nuestra salida matutina por el paseo marítimo.
Aunque ya no sea temporada alta, sigue habiendo muchos extranjeros, pero al menos ya no me siento como una sardina enlatada. Hay que ir sorteando transeúntes, sí, un juego que la pequeña Sofía se toma muy en serio un par de pasos por delante de nosotras. Con los brazos extendidos, finge ser un avión que hace eslalon entre picos montañosos. Por un segundo, su risa juguetona aligera un poco el peso que siento en el pecho.
Dejo escapar un suspiro y pierdo la vista en el horizonte, donde el mar se funde con el cielo.
—No lo sé. Es una oportunidad increíble, pero no estoy segura. ¿Cómo voy a dejarlo todo para irme a Francia por un tiempo?
Irene hace una mueca a medio camino entre la incredulidad y la exasperación. Se trata de un gesto que después de toda una vida de amistad conozco muy bien. Si no me está insultando ya —la mayor muestra de afecto entre mejores amigas—, es única y exclusivamente para no mancillar los tiernos oídos de su hija Sofía. Porque cuando no está ella delante… Se podría decir que las gafas de sol negras de Irene, los rizos del mismo color encrespados y su obsesión por vestir como si siempre fuera de luto encajan muy bien con la boquita de camionero que tiene.
—¡Eres joven! —suelta con un gesto grandilocuente—. Sal al mundo. Ten una vida y esas cosas.
—Como si no la tuviera aquí…
Al vernos, cualquiera dudaría de que seamos mejores amigas. Pero es lo que pasa muchas veces cuando la amistad se fragua en una edad en la que todavía no se ha desarrollado la personalidad —ni el córtex prefrontal—. Ella es todo tonos negros, humor de perros, ceño fruncido y, básicamente, muerte y destrucción. Allá donde va, llama la atención, ya sea por su mala leche o por su aspecto de macarrilla, aunque su belleza castiza también influye. Yo, sin embargo, tengo un armario que, en palabras de Irene, parece vómito de unicornio. Mi vida es demasiado gris como para no aportarle un toque de color con ropa en tonos pasteles y coloridos. Y, si a eso le sumamos que, también según ella, de tan buena parezco tonta, Irene y yo nos convertimos en el yin y el yang.
—No, no la tienes —me recrimina en un tono que parece haberla convertido en mi señora madre—. La rutina monótona que tienes no es una vida. Es una… existencia. Eso solo te ahoga y no te deja avanzar. ¡Sofía!
Miro al frente y descubro a mi sobrina por amistad agarrada a la pierna de un chico que… Vaya, la cría tiene buen gusto. Cabello castaño despeinado, ojos azules, sonrisa deslumbrante. Se ha encaramado a la pierna del típico chico que pasa sus horas libres surfeando, digno de un anuncio de revista.
—¿Es este mi papá? —pregunta Sofía con desparpajo.
El chico suelta una risa amable y se inclina para soltar a la garrapata de mi sobrina. O intentarlo, al menos. La sargento Irene llega hasta su hija a grandes zancadas. Y aunque cualquier otra mujer habría entrado en combustión espontánea ante la escenita, que ha atraído la atención de algunos transeúntes, Irene no se amilana fácilmente.
—No, cariño —le responde su madre con paciencia—. Este solo es un chico muy guapo que seguro que está muy ocupado.
Con tacto, agarra a Sofía por los bracitos y rompe la barrera en la que se ha convertido su cuerpo.
—Ah, vaya, gracias por el halago —dice él con una risa encantadora y los ojos entrecerrados por el sol.
—Nada.
El tono de Irene es un carámbano, lo que deja al muchacho atónito; es evidente que él ha soltado el comentario para entablar una conversación escueta con mi amiga que, tal vez, le granjeara su número de teléfono. Pero ahora Irene es así, no le preocupan las conquistas y abraza la soltería porque, según ella, con Sofía ya tiene suficientes dramas en su vida.
Reanudamos el camino y a mí no me queda más remedio que seguirla. Me disculpo en nombre de la niña al pasar junto a él, pero el chico tiene la vista fija en la espalda de mi amiga.
—Como iba diciendo… —continúa Irene cuando la alcanzo. Sofía, que ahora va a mi lado, extiende una mano hacia mí y se la agarro. Al segundo siguiente, sus piernas dejan de tocar el suelo y el brazo de Irene y el mío se convierten en su cuerda salvavidas. El estallido de risa que le sigue me caldea el pecho—. Esta es la oportunidad de tu vida, Marián. Llevas hablando de vivir en Francia y montar tu pastelería desde los doce años. Y tienes treinta.
—Veintiocho —la corrijo.
Es increíble lo mal que se le dan las matemáticas y lo poco que le importa cumplir años, porque somos de la misma quinta y nunca acierta. La única cuenta que lleva a rajatabla es la de Sofía. Y puedo dar gracias por haber dejado atrás la fase de contabilizar la existencia de los bebés en semanas, porque hasta yo, acostumbrada a hacer equivalencias para mis recetas, me lío con eso.
—El caso, son muchos años con el mismo sueño. Es tu oportunidad de recuperar parte de tus ahorros y matricularte en el curso de Cadeau. ¿Qué dice tu madre?
Resoplo, en parte por el hastío y en parte por el salto brusco que ha dado Sofía, quien pide que la balanceemos como en un columpio.
—¿Qué me va a decir? Que me marche.
Después de llamar a Irene para contarle todo lo de monsieur Beaumont, anoche hice lo propio con mi madre, quien se lo tomó con más alegría de la que debería. Se emocionó tanto por la oportunidad que casi acabé llorando. Siempre ha sido una mujer fuerte —no en vano sobrevivió a la situación en casa—, pero no puede evitar desbordarse con las buenas noticias, tan acostumbrada como está a las malas. Desde el divorcio, el vínculo entre nosotras es… complicado, y aunque hemos perdido la extraña amistad/complicidad que hubo entre ambas debido a que solo me saca veinte años, me sigue queriendo más que a nada. Sabe lo duro que ha sido para mí tener que decirle adiós a mi sueño por culpa de unas deudas que no me pertenecen.
—Dijo que era lo mejor que me podía pasar, que estaba muy orgullosa de mí y que me fuera sin dudarlo. Lloró como una Magdalena y me dijo que ya era hora de que persiguiera mis sueños y pensara en mí misma por una vez.
Mi amiga curva una de las comisuras de sus labios de manera casi imperceptible y asiente, satisfecha. Irene Ortega y Catalina Silva se convierten en las mejores aliadas en los momentos más inoportunos.
—Tu madre sabe que te mereces esto más que nadie —comenta alzando a Sofía de un brazo, con lo que a mí me toca imitarla para hacer volar a la niña—. No le des tantas vueltas y lánzate.
—No puedo dejar a mi padre solo.
—Sí, sí que puedes.
—Eso sería egoísta.
Irene se detiene en seco y Sofía protesta, pero, ante la mirada que su madre le lanza tras bajarse un poco las gafas de sol, encuentra la mar de divertido juguetear con unas ramitas del suelo.
—Egoísta es que él decidiera tirar su vida por la borda y os arrastrase a tu madre y a ti consigo. Egoísta es que no mueva ni un dedo para solucionar toda la movida en la que te metió. Egoísta es que dependa por completo de su hija porque no le da la gana levantar los huevos del sofá…
—Tiene un problema, Irene —la interrumpo, molesta por la tremenda disección que me está haciendo en pleno paseo marítimo—. Un problema muy grave.
—Sí, es una enfermedad. —Se acerca a mí y me agarra de la mano para transmitirme su apoyo. Es la mayor muestra de afecto físico que me ha dedicado en, no sé, seis meses—. Y, como enfermo que es, debería buscar ayuda profesional. Tú no eres la ayuda profesional. Eres el banco que sufraga sus deudas.
—Depende de mí al completo para subsistir.
—Sigue pasándole dinero si con eso te quedas más tranquila. Pero no estarías siendo egoísta por marcharte a otro país a trabajar. Que no te vas de juerga ni de vacaciones, aunque tampoco tendría nada de malo que te tomaras un respiro.
Me muerdo el labio inferior en un intento de reprimir las lágrimas. Tiene razón. En el fondo lo sé, pero no es tan fácil. No cuando cada céntimo que gano va destinado a mantener la casa a flote, a pagar las facturas y a esa interminable —y maldita— deuda. Porque su pensión desaparece tan pronto como entra.
—Si me voy…, ¿quién cuidará de él? —pregunto al fin, tanto para ella como para mí. Odio que mi voz suene tan frágil.
Irene suspira y coge a su pequeña en brazos, quien, automáticamente, empieza a juguetear con los bucles negros de su madre.
—Marián, tu padre es adulto. Sé que está mal, y también sé que tú siempre has hecho lo posible por ayudarlo, porque es tu padre y, a pesar de lo que ha pasado, lo quieres. Pero no puedes cargar con todo tú sola. Tienes que establecer límites. Quizá puedas pedirle a algún vecino que le eche un ojo, o hablar con tu madre para que esté un poco más al loro mientras no estás. Pero no puedes dejar pasar la oportunidad, esta vez no.
Me quedo en silencio, y dejo que el peso de sus palabras me cale tan hondo como el olor a salitre del mar que me ha criado.
—Podrías hablar con él —sugiere—. Decirle cómo te sientes y que él también asuma su parte.
Una carcajada amarga escapa del fondo de mi garganta.
—Mi padre nunca ha sido de hablar y menos ahora —le rebato—. Pero tienes razón. Necesito hacer algo.
—Pues claro que tengo razón. Siempre la tengo —añade con una soberbia jocosa y se recoloca a Sofía entre los brazos—. Además, es una oportunidad de oro. No puedes seguir atada a lo que os sucedió. Tienes que permitirte vivir, dejar que las cosas fluyan y, quién sabe, quizá en Francia encuentres algo más que un curso de repostería.
Levanto una ceja, divertida.
—¿Algo más?
Irene se desliza las gafas por el puente de la nariz y me guiña un ojo tan negro como su alma, como diría ella.
—Francia es el país del amour, según dicen. Y tú eres una mujer increíble, seguro que alguien por allí te lo recuerda.
Alza ambas cejas en un gesto sugerente. Ella reniega del amor, pero aprovecha cualquier ocasión para que yo lo encuentre. O lo intente, al menos, aunque nunca he tenido demasiada suerte porque no consigo sacarme de la cabeza a un hombre en concreto. Uno que viene de la mano de un regusto amargo.
—Quién sabe… —añade—. Tal vez este sea el comienzo de tu propia comedia romántica.
El chascarrillo, tan suyo y tan mío al mismo tiempo, me arranca una risa que se lleva todas las preocupaciones consigo. Niego con la cabeza. Irene no tiene remedio, y la prefiero así.
Mientras deja a Sofía en el suelo y recorren la pasarela de madera que nos lleva hasta la orilla para que la pequeña juegue un rato —y el torbellino empiece a perder fuerzas al tocar tierra, todo sea dicho—, no puedo evitar darle vueltas a la propuesta.
Tal vez el viaje sea más que una oportunidad profesional. Tal vez, como ha dicho Irene, sea mi ocasión para cambiar algo. Pero no para encontrar el amor, sino para encontrarme a mí misma. Para librarme de los fantasmas del pasado y empezar a vivir mi vida de nuevo.
Sentadas en la arena, con Sofía a pocos metros de nosotras correteando tras las gaviotas, tengo la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro no está conformado por el miedo de las pesadillas, de los corazones rotos ni de los sueños perdidos, sino por el temor a lo desconocido. La expectación y la incertidumbre de los cambios. «El miedo bueno», lo llamó mi madre. Ese que te puede aportar mucho más bien que mal.
Quizá esta sea mi oportunidad de transformar los «casi» que tan bien me han descrito en experiencias completas.
Primer verano
Agosto de 2010
El sol de primeros de agosto se reflejaba en la piscina del Marbella Paradise Resort y la hacía brillar como un espejo. Con una toalla bordada con el logo del hotel al hombro, crucé la zona de hamacas mientras vigilaba mis espaldas con todo el disimulo que mis catorce años me ofrecían: ninguno. De buenas a primeras, nadie tendría por qué sospechar que no pertenecía a aquel mundo de glamour, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta que estaba estrenando un biquini muy bonito que mamá me había regalado hacía una semana. Lo había comprado en el mercadillo, vale, pero ¿quién lo iba a saber?
—Toma, enana —me había dicho papá al darme la toalla—. Si alguien pregunta, usa tu mejor inglés y diles que estás esperando a que te traigan un zumo de mango con hielo.
Yo había respondido con un asentimiento cómplice y la había aceptado como si fuera mi pase vip. Como trabajador de mantenimiento, papá no tenía permitido hacer uso de las instalaciones, tampoco sus familiares. Así que si me pillaban…, bueno, era mejor no pensarlo y quedarse con que entre papá y yo estábamos haciendo una especie de trastada. Nuestro secretito.
Encontré una hamaca vacía junto a unas buganvillas y me dejé caer en ella con un suspiro de alivio. Gracias a la pamela que le había cogido a mamá y a las gafas de sol, era casi invisible entre las clientas, más preocupadas por sus modelitos y por reclamarle algo al pobre hamaquero.
Todo iba según el plan.
—¿Te vas a quedar mucho rato? —me preguntó alguien en inglés.
«NO, POR FAVOR», recé internamente; temía que me hubieran pillado tan pronto. Adiós al secretito con papá. Mamá me montaría un pollo como lo regañaran por mi culpa. O peor. Más me valía convertirme en la mejor actriz de Málaga para librarme de aquella.
Con el corazón acelerado, alcé la vista y me encontré ante una chica de mi edad, con el cabello rubio empapado pegado al cuello y unos bonitos ojos verdes.
—Eh…, ¿puede? —respondí en el mismo idioma, tratando de disimular mi acento español.
—Es que la estaba usando yo.
Las mejillas empezaron a arderme y me envaré como si me hubieran dado un calambrazo. Tenía que salir pitando de allí, porque si alguien se enteraba de que había molestado a la clientela… Me faltarían santos a los que rezarles para que mamá no terminara castigándome lo que quedaba de agosto.
—No, no. —La chica se interpuso en mi camino cuando me levanté para irme—. No te vayas. Podemos compartirla.
Dudé de si la había entendido bien por el acento, porque los ricos… no compartían nada. Papá y mamá se dejaban la espalda trabajando para ellos en una de las ciudades más lujosas de España. Y, al haberme criado observándolos, los tenía calados. Que una chica que a todas luces era hija de ricos se ofreciera a compartir… Aquello era una emboscada o algo, no había otra explicación; esa muchacha delgada y de piernas kilométricas me iba a delatar.
—N-no hace falta, gracias.
—Soy Silvie —me soltó cuando me interceptó de nuevo. Deslicé la vista desde sus ojos hasta la palma extendida frente a mí—. Llevo dos días aquí y eres la primera chica de mi edad que veo. La verdad, me muero de aburrimiento, porque lo de tomar el sol sin más no va mucho conmigo, y me queda un mes por delante.
Silvie puso los ojos en blanco de tal modo que me arrancó una sonrisilla. Después de echar un último vistazo por encima del hombro y de comprobar que ninguno de los compañeros de papá me hubiera reconocido, acepté su mano y se la estreché.
—Marián —me presenté.
—¿Española?
Asentí, sin saber muy bien qué decir.
—¡Qué bien! —se emocionó en un español con más acento que cuando había hablado en inglés—. ¡Así puedo practicar!
Silvie me agarró de la muñeca y tiró de mí para que nos sentáramos juntas en la hamaca.
—Yo soy de Francia, pero he vivido en un montón de sitios. —La envidié, la verdad, porque yo llevaba dos años soñando con vivir allí—. ¿Es la primera vez que veraneas aquí?
—Eh…, no, vengo todos los veranos —improvisé, y me mordisqueé el labio inferior.
«Mentira mentira no es».
—¡Anda, qué envidia! Si a mon père le convence el resort, quiere empezar a venir más a menudo. Dice que así mi hermano y yo practicaremos más español, pero yo sé que lleva enamorado de España desde que mis padres vinieron en su luna de miel.
—Q-qué bien —musité, un poco incómoda al no poder bajar la guardia.
—Y, dime, ¿te gusta Marbella?
Bufé y paseé la vista por la zona llena de hamacas, las enormes piscinas con formas redondeadas y las sombrillas que los trabajadores movían sin parar para que los huéspedes estuvieran siempre bajo sombra.
—Cuando has pasado tanto tiempo aquí, te das cuenta de que tampoco es gran cosa: playas malas, muchos guiris y nada que hacer salvo tomar el sol.
Silvie parpadeó varias veces, no supe si porque me había ido de la lengua o porque no me había entendido. Después, estalló en una carcajada ante la que me encogí, porque llamó la atención de la gente.
—Pues es verdad. Estos sitios son todos iguales, ¿no?
Esbocé una sonrisa de medio lado.
—Aunque la ciudad es muy bonita —añadí—. El casco antiguo, no Puerto Banús. ¿Has ido ya?
Negó con la cabeza antes de que se le iluminara la mirada y dijera:
—¡Podríamos ir juntas!
—Claro.
Silvie se lanzó a hablar de un montón de planes que podíamos hacer juntas y de ahí cambió de un tema a otro. En el rato que pasé charlando con ella, me di cuenta de que le encantaba hablar. Pero no como esas personas que terminan haciéndosete pesadas, sino de las que te hacen sentir como si fueras su amiga de toda la vida. Así, terminé por relajarme e intervine de forma activa en la conversación. Hablamos de pelis —yo le recomendé Tres metros sobre el cielo cuando había visto solo el tráiler, porque mi obsesión con Mario Casas no hacía más que aumentar; ella me recomendó La última canción, en la que aparecía su propia obsesión, Liam Hermsworth—, de los Jonas Brothers y de cuál era nuestro favorito —para ella, Joe; para mí, Nick—, de lo que hacíamos en nuestro tiempo libre —yo, preparar dulces; ella, fotografía—, los libros que habíamos leído recientemente —ambas éramos ávidas lectoras— y hasta del insti.
Cuando el sol empezaba a bajar, una figura se acercó desde la playa y se plantó junto a nosotras. Al apartar el ala de mi pamela, descubrí a un chico alto, con el pelo rubio revuelto y mojado, que nos estudiaba con el ceño fruncido. Tuve la impresión de que se parecía a Silvie, pero tampoco pensé mucho cuando me fijé en su pecho desnudo y en el bañador azul oscuro empapado.
—Qu’est-ce tu fais, Silvie? —preguntó con una voz grave que me calentó la piel más que el sol del mediodía.
Sonaba maduro, algo rasgado, como si ni él mismo terminara de acostumbrarse a ese timbre.
—Hablar —respondió en español, ante lo que se limitó a asentir con la cabeza—. Te presento a mi nueva amiga.
El nerviosismo tomó el control de mi cuerpo y me levanté de golpe. Se había puesto tan cerca de la tumbona que, al incorporarme, me quedé sin espacio, mi pecho rozó el suyo y me caí sobre la hamaca de nuevo, sentada. Silvie soltó una risita y se me pusieron las mejillas más rojas que los guiris que acaban cual cangrejos.
—S-soy Marián —me presenté.
Se mantuvo serio mientras estudiaba mi palma extendida, luego me repasó de arriba abajo, en un barrido rápido de mi cuerpo, y volvió a detenerse en mi cara.
—Dom —terminó diciendo.
Cuando sus dedos se cerraron alrededor de los míos para darme un apretón, un chisporroteo me recorrió el brazo hasta el estómago, donde despertó un burbujeo nervioso. Tenía la piel un poco áspera pero caliente, la mano más grande que la mía. El contacto apenas duró unos segundos antes de que me soltara.
—¿Vienes de la playa? —le preguntó Silvie.
Agradecí que lo hiciera en español para incluirme en la conversación, porque aunque yo sabía algo de francés, apenas llevaba un año estudiándolo como extraescolar en la Escuela Oficial de Idiomas.
Dom rompió el contacto visual conmigo y se centró en Silvie con una intensidad menor a como me había observado a mí. Me pregunté qué estaría pensando, qué impresión le habría causado la chica paliducha y bajita, de pelo castaño enmarañado, oculta bajo una pamela gigante y unas gafas de sol, y que hablaba con el objeto de su interés: Silvie. Me retorcí los dedos sobre el regazo. ¿Sería su novio? A ver, compartían cierto parecido, pero podían ser imaginaciones mías.
—Sí, he estado nadando un rato —explicó.
Su acento era más suave que el de Silvie, como si tuviera más práctica. Me miró de reojo y yo clavé la vista en el suelo. Los chicos se me daban mal, qué digo, fatal, y me interesaban lo mismo que meterme un plato de acelgas entre pecho y espalda. Mi mejor amiga, Irene, había intentado hacerme el lío para acompañarla en alguna cita doble y había terminado pasando de ella. Pero con él no podía evitar sentirme una idiota de manual, porque aunque parecía tener nuestra edad, al mismo tiempo era como si ya hubiera dado el salto a la pubertad y por todo lo alto. Cuando se lo contara a Irene, me iba a chinchar, lo sabía.
—¿No deberías estar preparándote para la cena? —preguntó con esa voz que hacía cosas raras con mi estómago.
Silvie hizo un ademán.
—Lo tengo todo controlado.
—Lo que tú digas. —Dom puso los ojos en blanco y se alejó.
Me permití volver a respirar, aún atenta a él. Se acercó a la piscina con andares de chico mayor —¿que qué es eso?, ¡y a mí qué me cuentas!—, cogió carrerilla y se lanzó al agua de cabeza, con lo que se ganó una reprimenda del socorrista.
—Típico de Dom —murmuró Silvie, quien soltó un bufido a medio camino entre la vergüenza y el afecto—. Es mi hermano mayor. Se cree el centro del mundo.
Apenas la oí, la verdad. Estaba demasiado ocupada contemplando a ese chico que salía del agua y sacudía la cabeza como recién sacado de un videoclip. Las gotas resbalaban por su cuello bronceado, por sus brazos flexionados sobre el borde de la piscina, mientras ignoraba lo que le decía el socorrista. Cuando me pilló mirándolo, mi cerebro se quedó patas arriba. El calor en mis mejillas aumentó y, con la garganta cerrada, desvié la atención por miedo a que alguien notara algo… o yo qué sé. Una parte de mí deseaba volver a mirarlo, que él también me mirara a mí; la otra, rezaba para que olvidara que yo existía, porque todo en él gritaba «rompecorazones».
—¿Marian? —me llamó Silvie, colocando el acento en la primera «a», en lugar de en la segunda. Tenía la boca tan seca que no pude ni corregirla—. ¿Te parece bien?
—Sí, claro —respondí con la voz algo más aguda. Carraspeé, pero no sirvió de mucho.
—Genial, pues nos vemos en recepción a las nueve.
Silvie se levantó con una sonrisa en los labios y la burbuja en la que había estado metida estalló de repente.
—¿Qué? —le pregunté.
Como el sol había bajado más, me quité las gafas de sol para verla bien. Ella soltó una risilla por la nariz y negó con la cabeza, los brazos en jarras sobre sus caderas huesudas.
—Dame tu móvil. —Obedecí en automático, aún distraída. Ella tecleó en mi BlackBerry de segunda mano y luego me la devolvió—. Te he apuntado mi número. Dame un toque si llegas pronto y bajo a buscarte. Ah, y ponte lo más bonito que hayas traído a las vacaciones.
Me dio una palmadita en el hombro antes de girarse hacia su hermano y vociferarle algo en francés, pero él la ignoró y se metió bajo el agua. Silvie bufó y se despidió de mí con la mano, gesto al que correspondí no muy segura de mí misma.
Acababa de acceder a algo de lo que no tenía ni idea cuando el juego ya había terminado; podía desaparecer y no volver a cruzarme en su camino nunca más. ¿Y si lo hacía? No pasaría nada, ¿no? Eran hijos de ricos, se olvidarían de mí a la primera de cambio. El problema era que mi círculo de amistades se resumía en… en Irene y ya. Y Silvie me había caído muy muy bien para las dos horas que habíamos pasado charlando.
Por inercia, mis ojos se desviaron hacia la piscina, a la espera de que una cabeza rubia rompiera la superficie. Cuando lo hizo y se sacudió parte del agua, el corazón me dio un vuelco estúpido que no supe interpretar.
Papá siempre decía que los ricos no miraban dos veces a la gente como nosotros salvo si era para pedirnos algo. Pero aquel chico, Dom, lo había hecho, en varias ocasiones, y yo lo había sentido como si el suelo se sacudiera bajo mis pies. Poco sabía yo entonces de lo que eran los flechazos y lo hondo que podían llegar. Al igual que tampoco sabía lo mucho que aquella tarde en la piscina cambiaría mi vida para siempre.
Sentada en el autobús de vuelta a casa, con la cabeza apoyada contra la ventanilla, no dejaba de darle vueltas a lo que había pasado. «¿Voy a ir?», me preguntaba una y otra vez, mirando sin ver las calles que se emborronaban al otro lado del cristal. No sabía por qué solo con pensar en esa posibilidad me ponía tan nerviosa. O tal vez sí lo supiera y lo obviara. Me dije que era porque nunca salía con nadie por mi cuenta. Allá donde fuera, más allá del círculo de mi familia, me llevaba a Irene a cuestas, como una lapa, o ella me llevaba a mí. Y aquello… aquello era nuevo. Porque Silvie era distinta a lo que cabría esperar de alguien de su posición; era divertida y un solete, y estar cerca de ella hacía que, quizá, yo pudiera llegar a ser algo más que la chica que se colaba en la piscina de un hotel.
Pero no era solo ella, claro. También estaba Dom, que era un completo misterio. Literalmente no habíamos intercambiado más de tres palabras y, aun así, al pensar en él me entraban unos calores y un agobio muy raros. Como una indigestión mezclada con vértigo. A aquellas alturas, hasta empezaba a dudar de si me iba a morir de buenas a primeras, porque lo que hacía mi corazón al pensar en él no podía ser normal.
Cuando me bajé en mi parada y llegué al portal, subí las escaleras de dos en dos y entré en casa. Mamá estaba sentada en el salón, con las piernas cruzadas y un abanico en las manos. Me miró de arriba abajo, mi vestido de playa, la mochila y las chanclas, lo alborotado de mi pelo.
—¿De dónde vienes tú con esas prisas?
—Eh… Del hotel. He estado un rato con papá. —Su gesto de sospecha se relajó—. Pero voy a salir, he quedado con Irene para cenar con sus padres.
Mamá entrecerró los ojos y me estudió un segundo más. Me sudaban las manos como para beber de ellas. Nunca había sabido mentir.
—¿Cenar con los Ortega? Vaya, qué formales —dijo con una risa suave, como si no se lo creyera del todo. Una de las ventajas de tener padres jóvenes era que resultaban mucho más enrollados. Como hija modélica, de buenas notas y que no se metía en problemas, confiaban en mí—. Dile a los padres de Irene que te traigan de vuelta a casa, que no quiero que vengas sola de noche.
—Claro, ma. Se lo diré.
La tranquilidad de mamá no solo venía de tener una hija ejemplar, sino por la familia Ortega. Los padres de Irene eran mayores, serios; gente de bien, como diría ella. Muy diferentes a los míos, que me habían sacado adelante a la tierna edad de veinte años y que se habían adaptado a un mundo un tanto cerrado. Los de Irene, por el contrario, habían retrasado lo de tener hijos todo lo posible, y habían terminado sucumbiendo a las presiones sociales y familiares que —siguiendo un pensamiento bastante rancio— decían que una familia solo estaba completa cuando se tenían hijos. Así que la madre de Irene se había quedado embarazada a los treinta y ocho, lo que en su día se consideró casi un embarazo geriátrico. Tal vez por eso a ellos les había salido una chica macarra, sin pelos en la lengua, que aprobaba justito y que no tenía muchas pretensiones de futuro. Y, aun así, era la mejor persona que conocía.
Cuando me encerré en mi cuarto, con el corazón golpeándome las costillas, me di cuenta del marrón en el que acababa de meterme: le había mentido a mi madre. La oleada de culpabilidad me golpeó, pero me esforcé en ignorarla.
No pasaba nada. Solo quedaría con Silvie y, era muy probable, su hermano. Aunque no iba a pensar en eso. Definitivamente, no podía pensar en eso. En lo que sí podía pensar era en qué leches me pondría.
Cuando regresé al Marbella Paradise Resort, brillaba bajo las últimas luces del día, con su fachada blanca y reluciente rodeada de palmeras que parecían sacadas de una de esas postales de las tiendas de suvenires. Las ventanas reflejaban el cielo anaranjado, y las puertas giratorias de la entrada no paraban de moverse con el ir y venir de hombres y mujeres vestidos de punta en blanco, con bolsos o zapatos de diseño. Aunque estaba acostumbrada, en aquel momento lo sentí distinto: más grande, más elegante, más intimidante.
«Esto es una locura», me dije, pero no ir habría sido peor, porque me habría quedado en casa imaginando qué habría pasado si me hubiera atrevido.
Entré en el vestíbulo e intenté que el tacón bajo de mis sandalias no resonara demasiado contra el suelo de mármol. Crucé la recepción en un visto y no visto y me senté en uno de los butacones de terciopelo, tratando de parecer tan despreocupada como esas mujeres que hojeaban revistas mientras esperaban a alguien. Tamborileé los dedos sobre el vestido blanco con florecillas rojas —el único arreglado que tenía y que usaba en las comuniones familiares— y me mordisqueé el labio inferior sin dejar de estudiar mi alrededor. Hasta que lo vi.
Dom.
Estaba apoyado contra una de las columnas de mármol, con aire refinado. Llevaba un pantalón oscuro y una camisa blanca remangada hasta los codos, con los primeros botones del pecho desabrochados. «Es demasiado mayor para mí», pensé, aunque en realidad no lo sabía. En su rostro aún se intuían rasgos aniñados, con la barbilla imberbe y un poco redondeada, pero había algo en él que me hacía pensar que era un adulto encerrado en un cuerpo aún en crecimiento.
Tragué saliva. Las sienes me palpitaban por lo fuerte que me latía el corazón y, sin quererlo, me lo quedé mirando. Demasiado tiempo.
«¿Qué narices me pasa?». Jamás había mirado así a un chico. No con esa obsesión, como si necesitara grabarme cada detalle de su apariencia en la memoria. Y, sin embargo, allí estaba, incapaz de apartar la vista.
Dom, con aire aburrido, giró el cuello a un lado y entonces me vio. La respiración se me cortó en seco. Clavó sus ojos castaños en mí de un modo que me hizo encogerme en el asiento. No sonrió. Tampoco hizo ademán de saludar. Solo me miró, con la misma intensidad que yo a él.
—¡Marian!
La voz de Silvie me hizo pegar un brinco y aparté la vista. Llegó como un torbellino, olía a rosas y reía con suavidad. Llevaba un vestido lila precioso, con encaje en el vuelo, y el pelo peinado en ondas perfectas que le caían sobre los hombros.
—¡Estás guapísima! —me dijo, radiante.
—Tú también —respondí, con la voz un poco temblorosa.
Me sentí fuera de lugar, porque pertenecíamos a mundos muy distintos. Silvie parecía una princesa de cuento y yo… Yo era una intrusa con un vestido de florecitas y los labios pintados con el gloss del bazar, una impostora.
—Venga, ven.
Me agarró de la mano y tiró de mí en dirección a su hermano. Con cada nuevo paso, el corazón me golpeaba las costillas con más fuerza. Me obligué a mantener la vista clavada en los reflejos del suelo, sobre todo para ocultar el rubor de mis mejillas entre la cascada de pelo castaño. En cuanto llegamos junto a él, dos adultos aparecieron al final del vestíbulo. Eran sus padres, lo supe al instante; se movían con la misma elegancia que ellos. El padre, un hombre de mediana edad, vestía unos chinos oscuros, americana y camisa, y la madre, un vestido negro con flecos que se ceñía como un guante a su figura delgada. Silvie era la viva imagen de su padre pero en chica, y Dom… Dom era un calco de su madre.
—Papá, mamá, esta es Marian. Marian, mis padres, Jacques y Michelle Beaumont.
—Silvie nos ha hablado de ti, Marian. —Monsieur Beaumont fue el primero en hablar. Ni siquiera me molesté en corregir la pronunciación de mi nombre, porque me quedé atónita por la fluidez con la que hablaba mi idioma, sin el acento duro de sus hijos—. Es un placer conocerte.
—El placer es mío —balbuceé, con el cuello rojo de vergüenza.
La madre asintió con una dulzura que hizo resplandecer sus ojos color miel. No supe si ella no hablaba español o si lo de hablar por los codos se lo había dejado a su hija.
—Vamos, no queremos llegar tarde —nos alentó monsieur Beaumont.
Salimos del hotel y, al otro lado de la puerta giratoria, nos esperaba un elegante coche negro, propio de millonarios. Jacques cogió las llaves que le ofreció el aparcacoches y se puso al volante, mientras Silvie y yo nos sentábamos detrás. Dom subió el último, y acabé embutida entre los dos hermanos. Al sentir el roce de su pierna contra la mía, me quedé petrificada, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en un mando invisible. «Lo estoy tocando, lo estoy tocando, lo estoy tocando», me cortocircuitó el cerebro. Mi cuerpo no reaccionó; ni me moví ni aparté la pierna. Él tampoco.
Quizá Dom no se hubiera dado cuenta de ese roce sutil de su pantalón contra mi piel expuesta, ni del calor que desprendía y que me envolvía como en un abrazo, pero, para mí, aquella caricia accidental se había convertido en un acontecimiento que merecía mandarle un millón de mensajes a Irene por Tuenti.
Mientras me recomponía, su hermana empezó a hablar y ya nada la paró. Su voz llenaba el coche con una mezcla de francés, inglés y español como si fuera lo más natural del mundo. Hablaba tan rápido, saltando de un tema a otro, que renuncié a seguirle el ritmo. Solo entendía las respuestas escuetas que le daba su madre, en un tono suave y lleno de cariño.
Dom permaneció en silencio todo el tiempo, con la vista fija en la ventanilla, los dedos jugueteando distraídamente con el borde de la camisa. Era como si prefiriera estar en cualquier otra parte.
La voz de monsieur Beaumont interrumpió el murmullo y atrajo mi atención:
—Dime, Marian, ¿llevas mucho tiempo en Marbella?
Contuve el aliento. ¿Me habían pillado tan rápido? Mis ojos se encontraron con los suyos, de un verde muy parecido al de Silvie, en el retrovisor. Entonces caí en la cuenta de que se refería a mi estancia en el resort.
—Eh… Hoy ha sido el primer día de hotel de la temporada —respondí con las mejillas ardiendo. Mentira no era—. Todos los veranos terminamos pasando por el Marbella Paradise Resort. M-mis abuelos viven en la ciudad.
Aunque los veía menos de lo que me habría gustado, en teoría eso tampoco era mentira.
—¡Ah, los abuelos! Qué bonito es tener a la familia cerca —comentó mirándome de nuevo por el retrovisor—. ¿Y tus padres? ¿A qué se dedican?
«No te pongas nerviosa, no te pongas nerviosa».
—Mi madre trabaja para el sector inmobiliario. —Tenía la garganta más seca que la suela de un zapat
