Ámala locamente (Serie ENDEBATE)

Jordi Soler

Fragmento

A modo de explicación

A modo de explicación

En el santuario de Delfos, en Grecia, había un oráculo al que la gente acudía para consultar cosas de todo tipo: los signos del destino, el rumbo de alguna trifulca familiar, un amor atravesado o el fondo de una intriga política. En este oráculo, por poner un ejemplo muy conocido, el dios Apolo, que era quien hacía los vaticinios que transmitía la pitonisa, le dijo a Edipo que mataría a su padre y que terminaría casándose con su propia madre.

Cuando dictaminaba desde el oráculo, Apolo lo hacía siempre con sentencias brumosas, poco claras, ese era su estilo: la poca luz para que quien lo consultaba tuviera que hacer el esfuerzo de reflexionar sobre el presagio, interpretarlo y llegar a una conclusión.

La bruma de las sentencias de Apolo era tan famosa que en la mitología griega se le conoce también como Loxias, que quiere decir: «el ambiguo».

Nuestra vida cotidiana está llena de procesos oraculares: cuando nos da por interpretar el número de una puerta, o cuando leemos en un libro una línea que consuena con una tribulación que nos aqueja, o la desasosegante llamada telefónica de esa persona en la que estábamos pensando. Estas situaciones nos llevan, a veces, a hacer una interpretación y un vaticinio, nos quedamos rumiando el incidente como si nos lo hubiera dictado el oráculo.

Cuenta Guillermo Sheridan que Octavio Paz era «propenso al pensamiento mágico, creía en sincronicidades, casualidades y toda suerte de mancias, atento a las muchas señales insinuantes de que algo nos gobierna»; y enseguida nos revela un episodio en el que el poeta interpreta una cifra: «Presencié el de­sasosiego que le causó un número ominoso: el 383 de la Casa Alvarado, en la calle Francisco Sosa, en el que leyó que su muerte ocurriría el mes tercero de su año 83: falló por un mes».

También están, claro, los descreídos, que pasan de largo ante la narrativa oculta de la vida. Esta narrativa, brumosa como los oráculos de Loxias, palpita en algunas canciones que hemos oído muchas veces, demasiadas quizá, sin reparar en la perla que esconden y que, con frecuencia, escapa a la voluntad del letrista que acaba, como todos los escritores, diciendo cosas que no necesariamente había querido decir. Y aquí ya estamos en la lectura errónea, en el ilustre misreading de Harold Bloom; en la manera personalísima en que cada lector lee una obra, de la misma forma en que cada individuo interpreta un signo.

En ese margen me he situado para abrir en canal y proponer la exégesis de estas trece piezas de música; todas llevan una perla, contienen ideas, conceptos, imágenes útiles que, con suerte, podrían afinarnos la mirada. El ejercicio se parece al de quien abre un libro al azar y lee una línea que le aclara el panorama. Aldous Huxley cuenta en Las puertas de la percepción de la vez que abrió al azar El libro tibetano de los muertos y se encontró con la siguiente perla: «¡Oh, tú,

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