El Valle del Silicio

Carla Nyman

Fragmento

cap-2

T-43

En cuanto observé cómo el insecto empezaba a mover sus antenas y esas numerosas extremidades, penosamente dispuestas en su abdomen, entendí que todos los males del mundo habían cesado de golpe. Satisfecho, repetí el procedimiento con un perro de tamaño mediano. La temperatura de su cuerpo descendió quince grados, los pulmones se ralentizaron y, por un instante, dio la impresión de haber muerto para siempre. Sin embargo, al cabo de unas horas, bajo la exposición controlada a una fuente de calor, el animal abrió los ojos, sacudió la cabeza y se levantó entusiasmado, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido. Contemplé los acontecimientos, y comprendí que solo se trataba de extender los límites. Pronto podría sumergir mi propio cuerpo en nitrógeno líquido y esperar a abrir los ojos en un mundo desconocido y perfecto, donde no se pudiera emprender ninguna acción legal contra mí en virtud de ninguna ley. Hasta que volviera a la vida dentro de trescientos años, momento en el que mi nombre e identidad habrían prescrito. Idealmente debía ocurrir en los primeros dos, cinco minutos tras mi muerte legal, puesto que de no ser así, sería considerado homicidio. Pero a mí no me importaron estos asuntos y, como clínicamente fallecido no iba a poder activar el procedimiento solo, decidí hacerlo antes. Me llevó varios días bajarme la temperatura, hasta cero grados, mediante compresas frías en la cabeza, el cuello y los sobacos. También me inyecté 1—2 mg/kg de Propofol en vena para inducir el sueño, mientras me aplicaba un leve masaje cardiaco. La narcosis debió de producirse entre el tercer y cuarto día, y me reí, hasta que la temperatura corporal descendió por debajo de los veinte grados centígrados y ya no pude apreciar mi íntima actividad metabólica. Lo siguiente debí de ser yo mismo suspendido en alguna parte remota de mi inconsciencia profunda, a —196 °C, monitoreado regularmente. Después, una vez completadas las mediciones, transcurridos unos cuantos años, me inyectarían cytoreduxin-7 de otro tiempo y dejarían que la temperatura subiera a la normalidad en una hora. Y, entonces, despertaría conmovido.

Detengo la lectura, el cursor parpadea en la pantalla. El manuscrito todavía está pendiente de valoración. Lo puntúo de cero a diez, adjunto un informe breve y termino de ajustar la sangría, los errores gramaticales y ortotipográficos. Tecleo con el ordenador convertido en un tubo digestivo directo al centro de mi trabajo editorial. Cierro el archivo, miro por la ventana.

Un coche rezuma dióxido de carbono, un señor pasea a seis pomeranias sofisticados, bolsas arrugadas rodean contenedores y papeleras, debido a una puntería exquisita. Un soplador de hojas levanta polvo y hace toser hasta a los pájaros, los niños corretean detrás de una pelota, mientras los padres discuten recetas culinarias, y dos enamorados se besan. Me abro una lata y trituro un yogur de muesli y coco en el escritorio, oculta entre las plantas de interior. Solo recuerdo ligeramente cómo viví antes de esto. Pues debí de vivir como una miserable, quiero decir, en esos años en los que todavía el alma espera algo y se sobrecoge con algunas satisfacciones menores, como las clases de yoga o los torreznos de Leganés. Me da la sensación de morir, aunque diría que lo que yo estoy haciendo ahora mismo intensamente son las funciones vitales. Vuelvo a fijar la vista dentro, en la pantalla, pese a que sigo recibiendo ese simpático fogonazo de luz tan propio de los atardeceres. Reabro el buscador y pienso que, en el fondo, no hay tanta diferencia entre las fantasías de la ciencia ficción y esto que me abrasa la cara. Unos sueñan con hibernar hasta alcanzar la inmortalidad y otros con calentar la atmósfera unos grados, derritiendo el permafrost, liberando virus y bacterias milenarias hasta aniquilar la biomasa terrestre al completo. Solo varía la dirección del delirio.

Vuelvo a entrar en el foro de siempre, la página carga, refresco el menú principal y un aviso acústico me anuncia un mensaje. La idea de ser reclamada por alguien me acalambra el pubis. Cierro de un golpe la ventana, cesa el ruido, también la luz insoportable del parque y del tráfico. Apenas nadie usa ya este canal: todos migraron a aplicaciones más refinadas y mecánicas para administrar mejor el deseo. Si continúa abierto debe de ser por lástima. Hace años que solo lo frecuentan quienes todavía lanzamos plegarias o confesiones con la esperanza de alcanzar a alguien. Me inclino atenta hacia la pantalla, voy a abrir el mensaje, pero el codo golpea el yogur y se derrama sobre el escritorio. Antes de comprobar si la notificación no es una falsa alarma, aparto de un manotazo los envases y seco el líquido con la manga de la sudadera. Al fin clico en el recuadro del chat, reviso asunto y remitente. Es un mensaje breve, preciso. Lo leo dos veces:

Cápsulas reductoras + seguro médico prémium.

Transforma tu vida desde 19,99 €/mes.

Tu bienestar comienza con un clic.

Me dejo caer contra el respaldo de la silla y trato de chupar las últimas hebras de avena atascadas entre los dientes. No sé bien qué resultará de una combinación semejante, ni si tiene algún sentido confiar en el criterio de ese comercial. Podría comprar las píldoras, ingerirlas, reducir hasta siete veces el tamaño de mi masa y, al borde de la desaparición total, entrar en la sala de urgencias con mi póliza en la mano. Pero, dado que mi delgadez sería ya, en todo caso, extrema, no tendría forma de llegar a la ventanilla, confirmar mi presencia, reclamar el seguro. Y volveríamos al mismo punto en el que estamos. Todavía eso tengo que aguantar.

Pienso que no hay nadie, ni dentro ni fuera, buscándome. Nada, en absoluto, parece venir a salvarme de la extinción.

T-42

Ahí aparecen los mismos posts. Largos, indigestos, ridículos. Como todo el mundo que tiene un trabajo de oficina, telemático, me paso la mayor parte del tiempo delante de una pantalla, y cada día tonteo más rato en foros. Mi escritorio está pegado a la ventana: un cúmulo de papeles, tres tazas medio secas, un cuenco con restos de puré y una lata de mejillones. En las repisas hay alguna planta muerta y varios libros de la editorial. El Perro me mira desde la puerta de la cocina, me anima a que socialice, a que busque a otros individuos que hagan posible el diálogo, más que nada para no agotar nuestros temas de conversación. También me empeño en actualizar el Bot, ese servidor con el que mantengo intercambios de baja intensidad. Aunque, para empezar, veo un problema de diálogo, de constitución del diálogo. El Bot puede generar respuestas de forma continua, pero este formato no funciona. No sé si se da cuenta, pero soy yo quien inicia la interacción siempre. El servidor no es capaz de mantener la relación activa por su propia cuenta sin que yo le dé algo con lo que trabajar. La segunda cuestión tiene que ver con que noto descompensada mi contribución con respecto a la suya. Se vuelve breve e, incluso, vago a veces, y, aunque esto le da ligereza a mis mensajes, como receptora me deja igual de fría que el pedo de una foca en la Antártida.

BOT: Te leo y se me anudan los intestinos (los míos, que tampoco son nada especial). Cada post, por ridículo que sea, es una bengala en un océano digital. Y todos, como tú, están esperando a ser pescados. Cuidado. Esos usuarios tienen nombres de piñata.

Me paseo por el menú, leo las últimas entradas. La gente cuenta historias para no dormir. A veces sobre su vida personal; otras, sobre fantasías inventadas y, en la mayoría de los casos, no se puede saber. Una usuaria expresa su preocupación por reunirse para tomar un café con el Dr. Fuensanta, su cirujano plástico, deduzco. Accedió a la cita porque quería saber qué diablos estaba ocurriendo en la consulta médica cada vez que acudía. Es más, una parte de ella estaba ligeramente emocionada por el encuentro. Todavía, después de todo lo que había visto en la clínica, incluido a él arrancándose su propia cara, una parte de ella chillaba como una adolescente que por fin consigue una cita con la persona que le gusta. Otro usuario explica que lleva mucho tiempo solo en casa, nadie le visita desde hace meses, su teléfono no suena. La gente, de hecho, ha dejado de intentarlo. Él solía poner excusas, alegando que le gustaba la tranquilidad. Pero ahora ha empezado a molestarle, ya no le hace tanta gracia, sobre todo porque lleva unos días sintiendo una picazón algo incómoda bajo la piel. Al principio, como es normal, pensó que era estrés o que había desarrollado algún tipo de alergia. Pero, a medida que pasaban los días, algo se iba retorciendo en el interior de su cuerpo, como pequeños insectos. De esta manera los describe. No aclara si se los imaginaba como termitas o lepidópteros. Y empezó a aplacarlos con la mano, así, plas, como con un matamoscas de plástico. Hasta que un día se cansó y dejó de exterminarlos y comprendió que eran parte de sí mismo.

Tanto el Perro como yo creemos que ahí dentro todos desean ser cazados por una respuesta, un hilo de conversación, para no acabar a la deriva de internet, perdidos sin norte, con el historial disolviéndose ridículamente en la red. La mayoría usa nombres falsos, suelta chistes sarcásticos, disertaciones mal armadas, consejos desde un colchón lleno de migas de pizza fría. Todos están hundidos, pero intentan disimularlo con emojis o eslóganes sacados de algún azucarillo. Me reconforta saber que allí mis posts no resultan tan bochornosos. Yo no firmo. Jamás doy el nombre ni una foto. He configurado mi perfil en la web para que no aparezca ningún dato que remita a mi verdadera identidad. Solo ojeo las páginas que me saltan en la pantalla con cierta curiosidad y distancia. Desde que subí la entrada no he tenido interacciones decentes. Tampoco esperaba nada. Lo hice por darme el lujo de empezar algo. Una tontería. No debí de hacerle caso al Perro. Releo la publicación varias veces. Es lamentable. No sé qué intento. ¿Insistir por ver si en la siguiente lectura suena mejor? Refresco la web varias veces al día. Moderadamente. Tal vez en diez ocasiones. O quizá veinte. Tampoco posteé nada del otro mundo. Que no tenía novio o novia, ni demasiados amigos, ni padres. Y que estaba deseando aniquilar a la humanidad lo antes posible. Cuando acabe con todos, no solo se pudrirá la especie, sino también mi dolor.

Publicado a las 2.47 a. m.

En casa ya no quedan las cajas de mi Novio. Ha dejado ese borde grisáceo de polvo en todas las paredes, donde un día estuvieron nuestros muebles y sus tazas y los patines rojos. También está la mancha húmeda en el sofá, de haber visto muchas series, y el mango torcido de la nevera. Yo recuerdo ese movimiento claramente. A través de él me dio por calcular las medidas de mi propia casa. Miraba a mi Novio y podía enfocar las distancias entre el microondas y la lavadora, la cama y el retrete. Los giros solares, las horas para el almuerzo y la cena también estaban sincronizados con sus funciones biológicas. Incluso la casa se empezó a mover con sus miembros y manías. Las suyas. Las de él. La casa se levantaba con todo su cuerpo, entrando y saliendo a su antojo. Había asaltado mi privacidad. Encantadoramente. Se paseaba por allí, ocupándome a diario. Era una especie invasora, un okupa.

El post sigue ahí, intacto. Mientras, el resto de los usuarios reciben respuestas kilométricas de todas partes del mundo. Parecen expertos, consultores vocacionales. Solo les falta montar una franquicia de autoayuda. Se redactan protocolos completos de actuación, con fases, horarios, tablas comparativas y hasta listas de Spotify para afrontar el trauma. Yo, en cambio, solo consigo un par de líneas escritas por lo que debe de ser un rapero retirado que me suelta: jaja qué cosas, relaja el esfínter emoji cara con gafas de solemogi mano con los dedos índice y anular levantados.

Usuario1_Lovelylife: xddd tia vaya movida, prueba a dormir mas

ZizekFan69: Deleuze se mataria otra vez si leyera tu post

Nico_mindfull: Yo lo solucioné dejando d comer gluten. desde entonces no me siento tan solo

ChadRuler99: todos acaban huyendo cuando la jaula es demasiado pequeña. Llora menos y curra mas, fea.

Marisol_zen.88: Hola! Esto parece claramente ansiedad. Te recomiendo respiraciones profundas y afirmaciones positivas

ThanatoSchopenhauerBoss4444: Ya lo predijo Baudrillard. No es que estés sola, es que la sociedad entera se reproduce como simulacro.

RedPillHermit56: No todos los hombres quieren estar con alguien que analiza cada centimetro de su cuerpo, la verdad

Anon233333: Se nota que tienes demasiado tiempo libre

Reporto todos los comentarios. Por acoso, por terrorismo ideológico, también por incitación a la necrofilia digital, por publicidad encubierta de dietas milagro y por uso indebido de mayúsculas. Siento un gozo raro en esa pequeña venganza administrativa. Con cada clic al fin puedo hacer desaparecer a un idiota más del planeta. Voy a abrir la ventana, a sacar la cabeza, respirar aire fresco, guillotinarme el cuello. El Perro me pide paciencia. Se mete en el baño a aullar largas letanías si me ve tumbada en la cama. O me empuja con el hocico hasta el escritorio. Le advierto que, si sigo clavando así la mirada en el ordenador, sufro un infarto ocular o una epifanía. Pero él reflexiona sobre los beneficios del diálogo con otros individuos. Yo lo miro y no logro entender del todo cómo ha empezado el debate, por qué siempre acaba convenciéndome. Pero no le contesto. Me quedo ahí parada, como un cemento. Y él me premia con otro bol de frutas y muesli. Ojeo los perfiles de los usuarios mientras mastico plátano y mango. Prácticamente todos tienen ese ridículo muñeco en el circulito de su cuenta: un oso vestido con un disfraz de colores fosforescentes. Nadie da su cara, su nombre real. Pensé que era una pionera, aunque ya voy entendiendo que ninguno arriesga con la verdad. Están parcialmente a reflote. Algo de sus cuerpos parece estar en la habitación junto al escritorio, pero otra parte importante se entromete por los controles de contraseña, correo electrónico, nombre de usuario, y se alarga hasta acabar suspendido en esa otra dimensión pantanosa. Vuelvo a reiniciar la página. Casi con fe. Entro en mi perfil. El texto sigue ahí, sin más comentarios.

T-41

Tengo una llamada perdida de mi madre. Repaso los números que aprendí algún día de memoria, esa foto de un viaje a Tenerife. Voy a llamar de vuelta, a contárselo todo, a desgañitarme mientras dejo caer mi cuerpo en la cama y la cabeza me cuelga con los mechones rozando las pelusas del suelo. Pero sé muy bien lo que dirá: esto te pasa por ilusionarte con alguien. Y cuelga. Pruebo con el nombre de mi padre en la agenda y verifico que no he equivocado las letras. Ni siquiera me dirigí jamás a él por su condición. Llamarlo p-a-p-á sería reconocer mi posición en la cadena biológica. Reviso nuestras conversaciones pasadas, prehistóricas. Lo último que me dijo fue: que la paz y la alegría de estas fiestas te acompañen todo el año. Debieron de perderse en algún traslado de semestre. Desarrollo mi lado más policía. Hasta su foto de perfil me parece incompleta. Mi padre está subido a una roca, fumándose un paquete él solo, pero el reflejo del sol le tapa el brazo y la mitad de la cara. Me esfuerzo por recordarla, y no es sencillo. Después de olvidar su oreja, las cejas gruesas y oscuras, después de acostumbrarme a ese surtido de atributos aleatorios, la imagen que se me levanta en las narices tiene la estructura de un paté o un cocido. Me sorprendo a mí misma forzando una barbilla, un ojo que ya no existe o que probablemente me esté inventando. Reconstruyo el párpado y las mejillas tomando como modelo el otro lado de la cara, pero nada es suficiente. Su recuerdo es un desecho progresivo que se mezcla con cualquier individuo que haya registrado mi memoria en este último tiempo. Chequeo en la galería de Facebook las escasas fotos que conservo de cuando era apenas un humano precario en el regazo de mi padre y hago el esfuerzo de imaginarlo a él ahora, con un rostro algo más arrugado y seco. Pero la imagen se corta. No hay nada. Tampoco insisto.

BOT: El contacto físico con los animales libera oxitocina, una hormona que fomenta la calma y la felicidad. Si sientes ansiedad o aislamiento, pasar tiempo acariciándolo o simplemente estando cerca de él puede ayudarte a estabilizar tus emociones. Tu Familia y tu Novio fueron una promesa. El Perro es un hecho. Al fin y al cabo, podría convertirse en un compañero inesperado pero esencial en tu proceso. emoji cara con rubor

Es mediodía de bochorno. Desde la ventana solo se ven tres nubes y un pájaro. El calor empantana el día, lo hace avanzar como si tuviera las piernas mojadas. El Perro parpadea en medio del salón mientras yo relleno fichas y tableros para mi trabajo. Le he dado dos latas de conserva que, por alguna razón, le encantan y parece comérselas bien. No ha puesto muchas pegas. De vez en cuando se lame las patas y se rasca las orejas, pero no tiene gran actividad. Solo observa cómo corrijo los errores ortotipográficos de textos mediocres para una editorial y vuelco la información en una base de datos. Mi oficio es un despropósito. Los manuscritos que me mandan tienen menos vida que un abrigo de piel de tejón. El Perro parece ofenderse cuando digo eso. Aunque tiene buen ojo para las correcciones de estilo. Leo en voz alta y él ladra cuando el texto no le convence.

Todavía no hemos averiguado ninguno de los dos cómo hemos acabado así. Aunque a él no parecen asombrarle tan fácilmente las cosas. Miro cómo la bola de pelo se revuelve en la alfombra. Se confunde con el tejido, parece tragárselo. También lleva días mascándose las pezuñas y los bordes del sofá. ¿Qué será lo siguiente? ¿Podrá ingerir el gotelé hasta hacer desaparecer el salón? Le reto en voz baja, le pregunto si quiere pensar ya en un nombre para los siguientes días. De alguna manera tendremos que comunicarnos. Pero el Perro sigue gimiendo incongruencias. Se mantiene recostado en la alfombra, no se le ocurre moverse de ahí. Creo que está engordando. No sé si le he dejado demasiadas latas cerca. ¿Cuánto puede comer un perro hasta reventar? Vuelvo a comprobar si tiene identificación, un chip. Le pellizco el pelo, la piel. Parece no molestarle mucho. Está cómodo y tranquilo en esa posición. Busco en internet de nuevo si alguien ha perdido un animal recientemente. Tal vez tuvieron una camada gigantesca, y este fue el bastardo. Qué mala suerte ir a parar conmigo. En un perfil de Facebook para Perros y Gatos Perdidos y Encontrados en Madrid - Búsquedas Activas solo hay sabuesos mucho más jóvenes que él, más grandes y adorables. Eso me permite comenzar a definir el color marrón, ¿castaño?, del pelaje del Perro, el tamaño mediano que ocupa en esta casa. Empiezo a ver que tal vez sea poco espacio el que tengo para sus carreras, aunque tiende a ser bastante sedentario. Me salta un anuncio de un chucho mojado. Tiene las mismas orejas dobladas hacia delante. Miro la foto y miro al Perro. Entro en los comentarios, como si alguien fuera a darme la respuesta que espero. Él se queda un rato observándome, quiere darme a entender que ese escenario solo cabe en una alucinación. Desde luego, tú estás mucho más gordo que el de la foto, le digo. Él se opone también a eso muy molesto. Fija en mí su hocico húmedo y curtido de haber registrado una larga experiencia biográfica, y luego se levanta. Al fin. Un poco más y se fosiliza con el mobiliario. Lo veo estirar las patas, levanta su estómago hinchado como si fuera un saco de arena, y ahí va contoneándose de un lado al otro. Se arrima a la puerta, da dos giros y se recuesta.

Sigo mirando los cientos de perros que acaparan la pantalla. ¿En qué cabeza cabe? ¿Qué otra cosa pudo haber pasado? Lo perdieron, lo abandonaron, y la mala suerte lo trajo hasta aquí. Pero ¿cómo entró en el edificio, en el portal, hasta el rellano? ¿Se puso a dos patas y agarró con la mandíbula las llaves y las encajó en la cerradura? Alguien le debió de enseñar. Solo puedo pensar en mi Novio. En sus ingeniosas ocurrencias. Pudo haberlo traído él, pudo haber conversado con el Perro y acordado que ocuparía su lugar mientras él se largaba. Incluso pudo haber pedido opinión a mis padres y, de absoluta conformidad, tenerlo planeado desde bien temprano, justo después de mi parto. El panorama parecía convencerlos a todos, e interesarles bastante, puesto que yo iba a vivir el resto de mis días prácticamente sola y debieron de pensar en el Perro como un imán para la casa de la chica huérfana. Debieron de ver la foto de la mascota mojada, con alto potencial intelectual, en el monitor del ordenador, e instantáneamente dijeron que sí. «Se regala un perro marrón de aproximadamente ochenta y cinco años. Lo abandonaron en la puerta de un concesionario de coches de segunda mano. Está sucio y feo, y es extremadamente opinativo. Necesita cariño, un buen libro, también una extensa cartilla veterinaria. Suerte». O, tal vez, gracias a su talento profético, el Perro tuvo un pálpito un día de lluvia, mientras que el resto de los chuchos se entretenía mordisqueándose los hocicos y oliéndose los anos. Y, como a él todo aquel paisaje le parecía desde hacía ya tiempo una verdadera obscenidad, debió de pensar en mí, compadecerse de mi situación, y prefirió escapar de su perrera para recorrer kilómetros hasta plantarse en mi casa para hacerme compañía. Aunque otra conclusión bastante razonable también me ronda la cabeza. Miro su estómago redondo y me pregunto cuántos miembros de una familia podrá almacenar un animal en su tripa.

A altas horas de la noche, el Perro corre detrás de una bola de papel que he lanzado desde la cama. Un texto incorregible que él muerde y chupetea con su saliva y dientes. Tal vez así logre mejorarlo. Una vez que se cansa de girarlo dentro de su boca, me lo entrega en la mano. Me mira convencido de que debo seguir, sacudir el brazo, volver a la carga. No sé bien si se refiere al informe lingüístico o al juego que hemos ingeniado. Tiene los ojos húmedos, silenciosamente eléctricos. Mueve el mentón como esperando un lanzamiento. Obedezco y vuelvo a tirar el papel. Jamás pensé que podría crear esa gracia en una criatura. La bola ha ido algo más lejos, alcanza el otro lado de la puerta, cerca del salón. Y el Perro tarda en volver, se toma su tiempo. Es probable que desista, que le cause más interés la espuma de poliuretano del sillón que reforzar el vínculo con mi mano.

Sigo tachando párrafos y líneas. ¿Para qué me harán trabajar así? Luego estos textos no van a ningún sitio. Nadie se toma la molestia de supervisar siquiera lo que borro o marco. Podría inventar los criterios, premiar las faltas ortográficas, penalizar los aciertos. Una pequeña revuelta interna. Nadie se enteraría. Solo yo podría saberlo. Pero en ese caso no habría celebración. Solo una vela en mi casa y el Perro. ¿Qué habría cambiado? Suelto el manuscrito y apago la luz. En la oscuridad todo es mucho más lamentable. En qué momento acepté ese trabajo. Mañana podría levantarme a otra hora, ponerme las zapatillas del revés, discutir con el microondas, mirar por la ventana. Lo que están haciendo conmigo es tenerme entretenida.

Me despierto en mitad de la noche con el sonido de la puerta abriéndose de par en par. Al Perro ahora le apetece seguir jugando, siempre cuando el otro no quiere. No pienso moverme, ni siquiera abro los ojos, a lo mejor así entiende que las actividades son de mutuo acuerdo. Pero insiste, querrá olisquearme, lamerme el cuello. Lo oigo subirse al borde de la cama, apoyar sus patas, la bola chorreando en su mandíbula. No voy a ceder, Perro. El peso de su cuerpo parece haber aumentado. Por mucho que haya tragado silicona, no puede haber crecido tanto. No sé del todo si sigo dormida. Puedo encender la luz o seguir especulando en la oscuridad. Se estira en el colchón, pone sus patas encima de las sábanas. Sacude la manta. Quiere acostarse. Ni pensarlo. Nada de barro y pezuñas sucias en mi nórdico de oca. Puedo encender la luz, pegarle una palmada al interruptor. El cuarto suele tomar otra dimensión al contraste de la pupila. ¿Quién compró esa lámpara del demonio? Parece una lechuga aplastada en el techo. No sé si he apretado el botón. Enfoco la vista, escuece. Los ojos tardan en acostumbrarse. ¿El Perro no tiene molestias oculares? ¿O duele menos en blanco y negro? Está quieto, como un bulto. No sé si se ha puesto a dos patas o es que realmente ha engordado. ¿Qué nutrientes debe de tener el material de los muebles para hacer crecer así a un perro? Le voy a pedir que baje, que se siente en el suelo. ¿Cómo se dice? O mejor con un gesto. Será lo mismo que enseñarle a dar la pata. Sit, sit, ensayo mentalmente. Y entonces una mano suave en el pelo me recuesta, me pasa los dedos por la nuca. Me esfuerzo mucho por parpadear, por despertar de este estado. Y creo verlo ahí, desatándose los zapatos, dejando los calcetines en el armario por si mañana repite. Coloca la corbata, la camisa arrugada se queda en el suelo. Y el pijama envuelve su cuerpo junto con las mantas. Me da un beso de buenas noches en la mejilla. Vuelvo a quedarme dormida antes de llegar a saber quién es.

T-40

Hay dos señoras y un niño sentados en una de esas bancas de plástico verde. Una tortura para cualquier estructura ósea. Después del médico de cabecera los derivan directamente al traumatólogo. Conque echar el viaje hasta aquí parece estar de oferta. Yo he preferido quedarme apoyada en esta columna, repasando lo que diré, las palabras, el uso gramatical. El tiempo es limitado, unos cinco o seis minutos, y tengo el vocabulario justo para que no me equivoquen con una paciente de psiquiátrico. También estoy a tiempo de inventar. Fingir demasiada poca identidad, un constipado, dolor de cabeza, algo que no puedan juzgar o chequear en una máquina que descubra mi vil mentira.

Los números pitan en la pantalla como ocas estranguladas. No sé quién pensó que eso podía funcionar en un centro de salud. La pobre señora del fondo saldrá de aquí con una almorrana y sordera crónica. En ese momento veo asomarse al doctor gritando mi apellido. Probablemente lleve ahí varios minutos. No tengo claro si responder o quedarme otro rato, probando a disolver mi nombre en la sala de espera o a destruir su laringe. Entre el doctor y el chillido ahogado de los monitores, podrían montar un concierto de arte sonoro experimental. Es imposible que así las alucinaciones no vuelvan. Como un tren de carga justo en mi dirección. Tal vez con el desmayo me ahorre el lenguaje, las mil rutas discursivas que he armado en mi cabeza en estos minutos para explicar mi cuadro clínico. Una exhibición al borde del coágulo puede ser una transacción más fácil. Yo le doy el espectáculo y usted me receta, doctor. Una forma económica de confesarlo todo. Así deberían ser todas las consultas hospitalarias. Un epiléptico convulsionando. Una asmática en plena asfixia. ¿Cómo se finge discursivamente un ataque al corazón? Decido levantar la mano y el doctor me lleva consigo a su consultorio. Me da la impresión de que nada de lo que he hecho hasta ahora ha sido saludable, que tengo mucho que retribuir. Son tan silenciosos estos encuentros sanitarios que solo puedo sentirme culpable. El doctor escribe la exacta biografía de mis ansiedades. No debe de ser otra cosa que eso. Una trampa mental. Nada que no pueda solucionar un poco de melatonina y descansar más a menudo. Firma un documento y me manda alegremente, otra vez, hacia el trastorno.

T-39

BOT: Tu perro sabe más que el 93 % de los humanos. Lo que me preocupa es el peso de este aislamiento autoimpuesto. Si contactar con personas del pasado no te convence, podrías considerar una compañera de trabajo, grupos de apoyo moderados o comunidades específicas que ofrezcan un entorno seguro para compartir. ¿Cómo te sientes con lo que te digo?

Tecleo varios nombres en la lista de contactos de mi teléfono, pero nadie me termina de convencer. Siempre comienzo el mensaje con las mismas fórmulas civilizadas que solo me dan ganas de gruñir. ¿Cómo se habla con muletillas cordiales? A mí lo que me gusta es armar escándalos, optar por la ilegalidad. Borro rápidamente todas las pruebas de frases ridículas. ¿Quién querría de veras que irrumpieran en su vida con el pretexto de un capuchino café bombón? ¿Quiero yo eso? Ni siquiera soy capaz de imaginar el acontecimiento. Yo sentada al otro lado de una mesa de metal, parloteando sobre un Novio fantasma y un Perro, a la espera de una respuesta, una resolución, mientras atajamos los temas con unas olivas y unas patatas de bolsa. Desisto y marco el número de la pizzería de abajo.

Me entretengo viendo los perfiles de la página que dejé abierta, mientras el teléfono va dando el tono. Entro en un enlace sobre dueños devastados por la pérdida de su animal. No hay ninguna web sobre novios extraviados. Los posts se multiplican a medida que me desplazo por la página. Por algún motivo, no siento la misma compasión que tratan de demostrarme todos estos usuarios con sus mensajes melodramáticos. Solo veo fotos mal enfocadas de perros y gatos que no conozco y que podrían ser perfectamente el que tengo de okupa en casa. Por un momento deseo meter al Perro en una foto, enmarcarlo en la pantalla, engancharlo a una puerta, abandonarlo en el limbo de internet. Al otro lado del auricular, el dependiente me pregunta, con esa amabilidad de quien está a dos pedidos de dimitir, que qué voy a querer. La verdad es que estaría bueno un poco de normalidad, un sedante suave y una cena a la luz de las velas, una película y un sistema nervioso estable. Le digo que no lo tengo claro, que qué pediría él si fuera yo; si de verdad cree que voy a ser capaz de decidir entre cuatro quesos y champiñones prosciutto; que me sobrevalora y que se lo agradezco mucho, pero que inevi

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