Mis palabras son como las estrellas,
nunca se extinguen.
Cada parte de esta tierra
es sagrada para mi pueblo,
cada brillante aguja de un abeto,
cada playa de arena,
cada niebla en el oscuro bosque,
cada claro del bosque,
cada insecto que zumba es sagrado
para el pensar y el sentir de mi pueblo.
La savia que sube por los árboles
trae el recuerdo del Piel Roja.
Los muertos de los blancos
olvidan la Tierra en que nacieron
cuando desaparecen
para vagar por las estrellas.
Nuestros muertos nunca olvidan
esta maravillosa Tierra,
pues es la madre del Piel Roja.
Nosotros somos una parte de la Tierra,
y ella es una parte de nosotros.
MENSAJE DEL GRAN JEFE SEATTLE
AL PRESIDENTE DE ESTADOS UNIDOS
DE AMÉRICA, EN EL AÑO 1855
Nota de la autora
Hasta ahora, el hombre blanco ha arrancado árboles, ha aniquilado animales, ha cercado con alambre la naturaleza, ha vertido sustancias tóxicas a los ríos y los mares, ha inundado el aire de CO2, ha maltratado a los débiles y ha gastado millones en armas destructivas… Sin embargo, no está todo perdido, todavía hay esperanza mientras siga vivo en cualquiera de nosotros el espíritu del «piel roja».
Este libro se lo dedico a Nube Roja por su viaje a Europa, en concreto a Francia, a donde fue a reclamar el buen nombre de su antepasado: Caballo Loco (Crazy Horse). A él, todo mi agradecimiento. Con su gesto provocó en mí la curiosidad por un pueblo casi extinguido y olvidado: los sioux.
Igualmente le dedico este libro a Kendal, indio crow, apsaalooke, que vino a España a una exhibición de bailes y cánticos indios y acabó enamorado de una española que le abrió los ojos a otros mundos, sin jamás alejarse de sus raíces.
Si hay un pueblo que ha respetado la tierra, ha venerado al sol, ha amado el silencio y la contemplación de la belleza, ha tratado a los animales como iguales y ha respetado a los ancianos, mujeres y niños, ese pueblo es el indio.
Este libro está dedicado a los que son y a los que se sienten «pieles rojas».
NIEVES HERRERO
Del diario de Oriana
Conocí al protagonista de esta historia el mismo día en que su corazón dejó de latir. Entonces yo no sabía que las palabras eran como estrellas que nunca se extinguían, que la tierra no tenía dueño, que el aire nos unía a la naturaleza y que no tenía precio, que el agua que brillaba en los arroyos y en los ríos no era solo agua, sino la sangre de todos nuestros antepasados, y que el silencio poseía el sonido de la sabiduría. Todo esto lo aprendí después de aquel día que está grabado en mi memoria y me marcó para siempre.
Puedo cerrar los ojos y recordar el calor de aquella mañana. Era tan sofocante que me costaba respirar. Abría la boca para tener la sensación de que me entraba más aire en los pulmones. Las gotas de sudor se concentraban en mi frente y se deslizaban incómodamente por la cara. No parecía el mes de septiembre. Amanecía en la Ciudad del Sol con un calor que presionaba las sienes y enlentecía los movimientos de las personas. No era normal un calor así tan temprano, casi al final del verano. Intuí que sería un día muy largo y muy duro para todos los que trabajábamos en el hospital de San Benito. Lo que nunca pude imaginar es que mi vida también dejaría de ser la misma a partir de ese momento. Yo esperaba, como todos los días, a que el mecanismo de trasplantes se pusiera en marcha. Resultaba angustioso subir a la cuarta planta, donde se encontraban los enfermos que esperaban un corazón. ¡Qué paradoja! Para que siguieran con vida, tenía que morir alguien.
En una de las habitaciones estaba Marian, una mujer joven, de treinta y cinco años. Acababa de salir de la unidad de cuidados intensivos. Había sufrido un rechazo a los diez años de su primer trasplante. Por segunda vez, la vida le daba una prórroga. Había llegado muy mal al hospital, pero, tras la intervención a vida o muerte, abrió los ojos y no dejó de sonreír. Y esa sonrisa que regalaba a todos resultaba gratificante.
Recuerdo perfectamente que eran las nueve y trece minutos de la mañana cuando, de repente…
1
LA CUENTA ATRÁS
–¡Corre, Oriana! Avisa a la coordinadora de trasplantes. ¡Tenemos una emergencia! —le comunicó el médico de guardia de más edad.
—¿Qué ha ocurrido?
—Ha entrado por urgencias un joven muy grave. Le hemos tratado de un infarto masivo. Una obstrucción coronaria por impacto. Tiene el corazón destrozado. Se ha clavado el manillar de la moto.
—¡Dios! ¿Podréis salvarle la vida?
—De momento le hemos unido a la máquina. —Así es como llamaban al balón de contrapulsación que se hinchaba y se deshinchaba de forma sincrónica—. ¡Habla rápidamente con María! No hay otra solución que el trasplante.
—No hay donantes. No sé qué vamos a hacer —añadió Oriana con la mirada perdida.
—Para este chico ha empezado la cuenta atrás. Solo puede sobrevivir así cuarenta y ocho horas. Díselo a María tal y como te lo digo. ¡Regreso a urgencias!
Oriana llevaba poco en el equipo. Se le notaba, porque no estaba curtida. En cada emergencia se le disparaba el corazón. Esta ocasión era una de ellas. Acababa de terminar sus estudios en la Escuela de Enfermería con el número uno de su promoción. Tenía los ojos verdes, aunque parecían negros. El corazón se le aceleraba y las pupilas se le dilataban cuando se ponía nerviosa, hasta el punto de desaparecer el color del iris. Su piel blanca contrastaba con su pelo muy negro. Ese contraste la hacía muy atractiva. Tenía la candidez de los adolescentes que empiezan a vivir.
En cuanto María, la coordinadora, supo la noticia, no perdió el tiempo. Comenzó a alertar a todos los facultativos. Necesitaba los datos médicos del paciente que acababa de entrar por urgencias.
—Quiero toda la información. ¡Ya! Si no actuamos rápidamente, lo perdemos —dijo en un tono enérgico. Su fuerte carácter no encajaba con su físico menudo.
«Mal día ha elegido ese joven para tener un accidente», pensó Oriana. Había que buscar un corazón que le fuera compatible entre los distintos hospitales de la red de trasplantes.
A los pocos minutos ya se tenían más datos. El nombre del paciente: Lucas Millán. Edad: 17 años. Grupo sanguíneo: B. RH: positivo. Estos últimos datos complicaban todavía mucho más las cosas. Era de complexión fuerte. Representaba más edad de la que mostraba su carnet de identidad.
—¡María! —irrumpió Oriana en el despacho—. Los padres del chaval de la moto acaban de llegar y quieren hablar contigo.
—¡Hazles pasar! —contestó con una orden.
El matrimonio entró con sigilo en el despacho y se quedó de pie sin mediar palabra. Estaban incrédulos, todavía bajo el shock de la noticia de que su hijo había tenido un accidente. Habían estado hacía tan solo unos minutos juntos, desayunando, comenzando un día que prometía ser tan monótono como el resto.
—¿Se salvará nuestro hijo? —se atrevió a decir con un hilillo de voz Pilar, la madre de Lucas—. Por favor, dígame la verdad. Se lo ruego…
Pilar, en solo media hora, desde que recibió la noticia, había envejecido. Ya nunca sería la misma. Jamás. Hasta ahora había vivido en ese limbo en el que están las personas que la vida nunca ha tratado duramente. Pero, en cuestión de minutos, formaba parte de esa otra enorme legión de ciudadanos que tienen la impresión de que la vida les echa un pulso permanente.
Javier, el padre, tan corpulento como el hijo, aparentaba guardar la calma, pero estaba destrozado. Su primogénito, Lucas, había tenido un accidente con la moto que acababa de estrenar y que él personalmente le había comprado. Había querido sorprenderle en el día en que cumplía diecisiete años. Lo cierto es que duró poco la alegría, porque la noticia del accidente se produjo a los pocos minutos de salir de casa, camino del instituto.
Su corazón se quedó en el trayecto. Un camión se había saltado un ceda el paso de una de las calles que daban a la avenida principal. Lucas iba tan seguro con su moto que lo que menos esperaba era que el camión girara bruscamente y se comiera su vida. Fueron fracciones de segundo. No le dio tiempo a cambiar su rumbo, su destino.
—¡El día de su cumpleaños…! —masculló para sí Oriana.
—¡En qué hora le compré la moto! —contestó el padre después de un silencio que nadie se atrevía a romper.
Había demasiado dolor concentrado en esa pequeña sala de hospital. Apenas una mesa gris, tres teléfonos y varios folios de papel desperdigados sobre ella. La madre del joven no podía articular palabra. Solo lloraba.
—Miren, vamos a hacer todo y más por salvar la vida de su hijo —les dijo María—. Les pido que pasen a la sala de espera. Si son creyentes, recen; y si no, confíen en la ciencia. Su hijo está en buenas manos, pero no les puedo engañar: su corazón está destrozado. Ahora está unido a una máquina que le mantiene con vida, pero no será por mucho tiempo. Tenemos que encontrar un corazón para su trasplante. Por favor, pasen a la sala de espera.
Oriana los acompañó hasta la salita, pero volvió acelerada al lado de la coordinadora.
—Si quieres algo —le dijo—, me tienes localizada en el móvil o en el busca. Me voy a obtener más datos del paciente.
María asintió con la cabeza. Se puso a llamar uno a uno a los hospitales. El problema estaba en su grupo sanguíneo: el B. De momento, la búsqueda estaba siendo infructuosa. El chico se debatía entre la vida y la muerte y no había ningún donante.
Los médicos ya habían sido avisados: anestesistas, cardiólogos, internistas, cirujanos… estaban alerta, pendientes de una operación larga de trasplante, si llegaba finalmente un órgano. Dos horas antes el paciente era un chico que rebosaba salud y ahora le unía a la vida una máquina, y no por muchas horas.
El día avanzaba y el calor se hacía insoportable. El aire que se respiraba por la calle parecía fuego en contacto con los pulmones. El tiempo estaba raro. Este calor, al final del verano, no lo recordaba nadie en la Ciudad del Sol, al sur de Europa, entre España y Portugal. Una ciudad pequeña que no recogen los mapas, a caballo entre estos dos países, donde viven muchos extranjeros que llegan ávidos de calor y rayos solares. Nativos de tierras lejanas que descubren una ciudad privilegiada de cara al mar y a la luz. Hasta hace unos años, tenía un microclima especial. Nunca hacía frío en invierno y el calor en verano tampoco era excesivo. Pero algo estaba pasando en el clima para que los termómetros llegaran en el mes de septiembre a temperaturas tan altas. Treinta y seis grados a esas horas de la mañana resultaba muy extraño. Los viejos del lugar no recordaban nada parecido.
En el hospital de San Benito el calor parecía más espeso al mezclarse con los olores de los fármacos. El aire acondicionado no funcionaba al cien por cien. Resultaba difícil trabajar en esas condiciones.
María, la coordinadora, se había cortado el pelo tanto que parecía más una militar de los servicios de operaciones especiales que la responsable de la coordinación de trasplantes. Con su bata blanca y sus dotes de mando tenía a todo el hospital a su servicio. Sus gestiones eran trascendentales para los enfermos, y su capacidad para poner en marcha, a cualquier hora del día o de la noche, la maquinaria de trasplantes la hacía imprescindible. De su diligencia dependía la vida de los enfermos que esperaban un órgano para vivir.
—Me dicen en cardio que necesitan saber cómo van las cosas por aquí —Oriana irrumpió en el despacho de María.
—No hay nada.
—¿Qué les digo?
—¿Es que no me has oído? No hay absolutamente nada.
María era parca en palabras. Seca. Estricta. Todo lo contrario a Oriana, que necesitaba hablar. Sus palabras podían salir en cascada, a borbotones, cuando estaba nerviosa.
—María, entiende que la gente quiera saber al menos…
—La gente sabrá cuando llegue el momento —le contestó sin dejar que terminara la frase.
—María, ¿puedo ayudarte en algo?
—Sí, calla la boca y déjame hacer mi trabajo.
Oriana le hubiera contestado, pero decidió darse media vuelta y cerrar la puerta con un portazo.
—¡No la soporto! —dijo para sí.
Bajó a la cuarta planta y les comunicó a sus compañeros que todavía no había noticias de la llegada de un corazón compatible con el del joven accidentado. Tenía curiosidad por ver de cerca al muchacho que tenía el corazón destrozado por el manillar de su moto. Sabía que era B positivo, que tenía diecisiete años y que poseía una complexión fuerte, pero ella todavía no le había visto. Se acercó a uno de los cristales de la unidad de cuidados intensivos y pegó la nariz. Sus enormes ojos se abrieron como queriendo grabar en su mente cada uno de los detalles del paciente. Desde esa posición podía observar minuciosamente al joven. Alcanzó a ver su pelo negro, su envergadura, sus enormes manos y sus pies, que sobresalían de la camilla. A Oriana le llamaban la atención los pies de las personas. Y de Lucas, lo único que se podía ver bien eran precisamente sus pies: finos y alargados, como recién salidos de un cuadro del Greco. Resultaba imposible ver su rostro porque estaba intubado, pero se adivinaban sus rasgos. Sin duda, era un joven atractivo.
Médicos y enfermeras se movían a su alrededor. Su situación era crítica.
Permaneció así varios minutos hasta que el busca comenzó a sonar. Tardó unos segundos en reaccionar. Subió las escaleras de dos en dos hasta la sexta planta. Resoplando y casi sin aliento, entró en el despacho de la coordinadora.
—¿Qué quieres? —dijo con dificultad.
—Creo que lo tengo. Estoy pendiente de la última confirmación.
—¿El corazón?
—¡Claro!, ¿qué otra cosa va a ser? Habla con la familia y que te firmen la autorización para el trasplante. Iniciamos el preoperatorio y en dos horas aproximadamente comenzamos la operación. Lo que tarden en ir y volver los médicos.
—¿Por qué en este caso no se ahorra tiempo y extrae el corazón un equipo médico del hospital donde está el donante?
—¡Imposible! Sabes que debe hacerlo el mismo equipo que va a operar. La extracción del órgano requiere más destreza que el propio trasplante. De cómo llegue el corazón del donante dependerá el éxito de la operación.
Durante unos instantes Oriana se quedó pensativa, hasta que por fin reaccionó.
—Voy a hablar con los padres.
—No les metas pájaros en la cabeza. Piensa que todavía pueden pasar muchas cosas.
Cuando Oriana cerró la puerta, hizo el mismo gesto con los brazos que cuando ganaba el equipo de su colegio. Estaba eufórica.
Los padres de Lucas no se habían movido de la sala de espera. Se había unido a ellos un grupo de chicos jóvenes, compañeros del instituto, y Luis, su hijo pequeño. Todos estaban compungidos, prácticamente sin hablar y pendientes de quien entrara vestido con bata blanca. Al irrumpir Oriana, se hizo el silencio. Sus caras estaban desencajadas. Esperaban, de un momento a otro, el peor de los desenlaces.
—Traigo noticias… esperanzadoras. Parece que hay un corazón compatible con el de su hijo —se dirigió a los padres, que ya no disimulaban su angustia. Pilar mordía un pañuelo, y Javier chascaba una uña con otra de forma compulsiva.
—¿Eso quiere decir que mi hijo va a vivir? —preguntó la madre mientras esbozaba algo parecido a una sonrisa.
Oriana se pensó la respuesta mientras en su cabeza resonaban las palabras de María: «No les metas pájaros en la cabeza. Piensa que todavía pueden pasar muchas cosas».
—Bueno…, yo, en realidad, lo que les vengo a decir es que parece que hay un corazón compatible con su hijo. Y que se puede iniciar desde este momento el protocolo de trasplante, si ustedes dan la autorización por escrito.
—¿Dónde hay que firmar? —se apresuró a decir el padre de Lucas.
—Si me acompaña, le doy el documento.
—Pero antes, dígame, ¿qué posibilidades tiene mi hijo de salir adelante? —siguió insistiendo Pilar.
—Hay pocos rechazos. No es lo normal. Su hijo saldrá adelante. No le puedo decir más.
—¿No podrían operarle? Intentar recuperar su corazón. No me acaba de gustar la idea del trasplante.
—Señora, estos minutos que estamos perdiendo son cruciales para que su hijo salga adelante. No hay otra salida. Lucas tiene el corazón reventado por el manillar de la moto. Si hubieran tardado un minuto más en traerle, ya no estaría entre nosotros. Ha tenido mucha suerte de que el accidente haya sido aquí al lado. Su hijo ahora mismo vive gracias a una máquina. Necesita un nuevo corazón.
—Pilar, quédate aquí con el niño. Voy con la enfermera a firmar ese papel —le sugirió su marido.
Salieron los dos de la sala de espera. Los compañeros del instituto se quedaron muy impresionados después de haber escuchado la conversación entre los padres y la enfermera. Luis, el hermano pequeño de Lucas, abrazó a su madre. Allí no hablaba nadie. Pilar daba grandes suspiros mientras pensaba en las últimas horas que había vivido junto a su hijo antes del accidente.
Se había levantado a las siete de la mañana para preparar el desayuno. Iba a ser un día especial. ¡El 17.º cumpleaños de Lucas! El año en que debería decidir su futuro y la carrera que iba a estudiar en la universidad. Fue un error sorprenderle con la moto. Tanto su marido como ella habían pensado que de esa forma premiaban su esfuerzo por sacar buenas notas. Tampoco podía quitarse de la cabeza aquel beso que le dio antes de salir de casa porque podía ser el último.
—¡Mamá!, ¡mamá! —insistió Luis mientras le tiraba de la blusa para que reaccionara.
—¿Qué, hijo? ¿Qué quieres? —contestó como el que retorna al mundo del que se había ausentado.
—¿Puedo ver a Lucas antes de la operación?
—No lo sé. A mí me encantaría poder coger su mano, besarle… —hablaba Pilar ensimismada con la mirada fija, perdida.
—Mamá, ¿y de quién será el corazón que va a recibir Lucas?
—De alguien bueno, seguro.
—Pero será de un chico, ¿no?
—Leí una vez que el sexo es lo de menos a la hora de un trasplante. Puede ser el corazón de un chico o el de una chica.
—Mamá, no puede ser, porque si le ponen el corazón de una chica entonces pensará como una chica y Lucas es un tío…
Luis tenía doce años y constantemente hacía preguntas imposibles de contestar. La familia siempre le decía que «llevaba un viejo en la barriga». Era todo lo contrario a su hermano: bajito y con el pelo castaño. Sus gafas de montura marrón le daban un aspecto de empollón que se correspondía con la realidad.
—Hijo, eso son tonterías —le contestó su madre—. El corazón es el motor de nuestro cuerpo, no tiene nada que ver con el sexo de las personas.
—Tengo miedo de que Lucas ya no sea como antes.
—Deja esos pensamientos. En este momento, eso no es importante. Necesitamos que llegue el corazón y que todo salga bien. Pero está claro que ya nada será como antes…
Javier regresó a la sala de espera. Automáticamente, cesaron los comentarios. Estaba pálido. Un temblor en las manos delataba sus nervios. Ni en su peor pesadilla hubiera podido imaginarse semejante situación. Se sentó en la silla más cercana a la puerta y durante unos minutos nadie se atrevió a abrir la boca.
Oriana, con los papeles del consentimiento en la mano, se acercó al despacho de la coordinadora. Llamó a la puerta y entró con decisión. María estaba hablando por teléfono y con un gesto le indicó que pasara.
—El donante también es B positivo. Sí, desde luego, hemos tenido mucha suerte. Ha resultado muy complicado porque se trata de un ciudadano norteamericano que estaba de paso en Portugal. Obtener el consentimiento familiar no ha sido fácil.
«¡El corazón es de un turista extranjero que estaba de paso en el sur de la Península!», se repitió a sí misma Oriana mientras disimulaba como si no estuviera escuchando la conversación.
—Era el único compatible de todos los hospitales que se encuentran en nuestro radio de acción —continuaba María dando datos a través del teléfono—. Hemos tenido mucha suerte, insisto. Estará aquí en dos horas. Ya sé que es nuestro límite.
La coordinadora de trasplantes contestaba al teléfono con más palabras de las habituales. Por tanto, estaba claro que hablaba con uno de los altos directivos del hospital.
—Estoy pendiente de que me llegue toda la documentación —continuó con la conversación—, pero, por lo que sé, tuvo un accidente de coche. ¡Bueno, en realidad, le atropellaron! Sí, estaba cruzando un paso de peatones cuando se lo llevaron por delante.
La voz del otro lado del teléfono se ve que reclamaba más datos.
—Te mantendré informado.
Colgó el teléfono y María fijó su mirada en Oriana. Cambió el gesto y se volvió duro.
—No has oído nada, ¿verdad?
—No, por supuesto.
—Las donaciones son anónimas. No puedes utilizar ningún dato de los que yo he dicho por teléfono. Si algo trasciende, sabré que has sido tú. ¿Ha firmado ya el padre?
—Sí, aquí tienes los papeles.
—Prepárate para un día muy largo —le dijo María mirándola fijamente a los ojos.
En la sala de espera, los amigos de Lucas se enfrentaban por primera vez a la idea de la muerte. Jimmy, el rubio y pecoso del grupo, lo estaba pasando muy mal. No se le podía hablar de enfermedades porque al minuto sentía los síntomas. Ahora estaba medio mareado porque tenía la misma sensación de quien va a ser operado. Le había empezado a doler el pecho, sentía una opresión fuerte, que sus amigos rápidamente detectaron.
—¡Tienes mala cara!, ¿ya te duele algo? —dijo Leo, el más fuerte del grupo en todos los sentidos. Coincidía en altura con Lucas, pero tenía los brazos y las piernas más musculosos.
—Pues sí, me duele por aquí dentro. —Se señaló el pecho con la mano.
—Es normal, estás a punto de que te dé un infarto.
—¡No le hagas caso, Jimmy! Ya sabes que es un bestia —dijo Silvia, la única chica del grupo.
Silvia todavía no había cumplido los diecisiete. Tenía el pelo largo y rubio, los ojos color miel y una afición que imponía mucho respeto a sus amigos: las artes marciales.
—¡Tíos, callaos! Estamos en un hospital, parece que se os ha olvidado —habló Víctor, el cuarto en discordia y el único que podía ponerse en el lugar de Lucas. Desde hacía tres años había empezado a perder vista de forma progresiva y acelerada. Inesperadamente, sus ojos estaban sufriendo una degeneración macular. Ya le habían adelantado el final: se quedaría ciego. Ahora se defendía con unas gafas oscuras graduadas. Era igual de alto que Silvia, de piel muy clara y de cabellos escasos que rapaba al cero.
—¡Eres un cagueta! —continuó Leo metiéndose con Jimmy, sin hacer caso a lo que acababan de decirle sus amigos—. Lo único que tienes es miedo. Siempre te pasa igual. El que está muy mal no eres tú, sino Lucas. A ti no te pasa nada.
Jimmy optó por sentarse en una de las sillas que estaban en la sala de espera, lejos de sus amigos. Silvia se puso a su lado.
—Respira hondo y procura expulsar el aire por la boca lentamente. Verás cómo, poco a poco, te vas sintiendo mejor.
Leo no aguantaba los ataques de pánico que sentía su amigo cuando una situación le superaba. Y esta, desde luego, los había desbordado. Se habían enterado rápidamente porque su tutor y profesor de lengua lo había presenciado. Les dijo que Lucas estaba muy grave y que temía por su vida. Al parecer, un médico le había atendido en cuestión de segundos y lo había trasladado al hospital.
El caso es que ahora Lucas se debatía entre la vida y la muerte. Estaba pendiente de una operación muy difícil y complicada. Cualquier retraso en la llegada del corazón o en la preparación del trasplante podía ser nefasto para él.
—Papá, ¿Lucas será distinto con otro corazón? —Las preguntas de Luis regresaron a la sala de espera.
—A lo mejor, los distintos somos nosotros —masculló el padre—. Tu hermano bastante tiene con seguir viviendo. Confío en que lo consiga. Es muy luchador.
—¿De verdad que no te importa que le pongan el corazón de otra persona?
—No solo no me importa, sino que el acto de generosidad de la familia de esa otra persona le va a salvar la vida.
En ese momento, Oriana apareció por la sala de espera para informarles de que todo iba según lo previsto. El corazón del donante llegaría al hospital en dos horas y todo estaría preparado en el quirófano para una de las operaciones más largas de cuantas se realizaban allí.
Cuando se producía un trasplante había cierto revuelo en la cuarta planta. A los enfermos se les renovaban las esperanzas. El próximo podría ser el de ellos.
—Enfermera, ¿de quién es el corazón que va a recibir mi hermano? —preguntó Luis a bocajarro mientras se subía las gafas con un dedo.
—La donación es anónima. No me está permitido darles ningún dato —contestó Oriana al niño mientras le tocaba la cara.
La enfermera no dijo más y se fue a observar a Lucas otra vez a la unidad de cuidados intensivos. Estaba muy blanco. Parecía de cera. Nunca había visto a alguien cercano a su edad pendiente de un corazón. ¡Por un accidente de tráfico! La vida estaba llena de paradojas. El destino había querido que el día de su diecisiete cumpleaños comenzase otra vida. «Ya nada será igual para Lucas —pensó Oriana—. Seguramente, verá el mundo de distinta forma a como lo veía hasta ahora».
Daba por hecho que Lucas saldría adelante. Ni tan siquiera se planteaba la posibilidad de que la operación no saliera bien.
Dejó de mirar por el cristal de la unidad de cuidados intensivos y se dirigió hacia las habitaciones. Por los pasillos se encontró, andando muy lentamente, a Marian, la paciente que había sido trasplantada por segunda vez después de un rechazo. Se estaba dando su primer paseo con el nuevo corazón. Seguía sonriendo igual que cuando se había despertado de la anestesia. Se trataba de una mujer algo especial y algo coqueta también. Se pasó la mano por el pelo antes de hablar.
—¿Qué tal se encuentra? —le preguntó Oriana.
—¡Muy bien! Ya me ves. Adaptándome a mi nuevo corazón…
—Si le pido un favor, ¿podrá hacérmelo?
—Si está en mi mano, ¡cuenta con ello!
—Me gustaría que hablara con los familiares de un chico que va a ser trasplantado en poco tiempo. No ha estado enfermo; esta misma mañana se ha clavado el manillar de su moto en el corazón. Ha entrado por urgencias con un infarto directamente a trasplantes. Ha tenido suerte, mucha suerte. Viene de camino un corazón.
—¡Sí que es suerte! Igual que yo. ¡Cuántas personas se consumen días y días sin encontrar un donante!
—La familia no ha tenido tiempo de prepararse. Están muy conmocionados. Sería de mucha ayuda que usted hablara con ellos.
—¡Vamos allá!
Oriana la sentó en una silla de ruedas y la llevó hasta la sala de espera. Allí, Marian quiso ponerse de pie. Entró apoyada en el brazo de la enfermera, siempre acompañada de su sonrisa.
—Miren, les presento a Marian. Acaba de salir de la UCI después de recibir su segundo corazón.
—¿Y qué siente con ese otro corazón? —se apresuró a preguntar Luis antes de que sus padres dijeran nada.
—¿Quieres no decir impertinencias? —le increpó su madre.
—No, por favor, no le riña. Los niños son transparentes y dicen en voz alta lo que todo el mundo piensa. Pues mira, siento muchas ganas de vivir. Sobre todo, eso. Antes no valoraba los pequeños detalles: la luz del sol sobre mi cara, una flor, amanecer un día más, ver la cara de mi hija, que es más pequeña que tú, llevarla al colegio… A esas cosas que hacemos normalmente de forma rutinaria yo ahora les doy mucha importancia.
—¿A mi hermano le pasará lo mismo? —siguió preguntando.
—¡Este chiquillo…! —dijo el padre.
—Sí, seguro.
—¿Usted sabe si su corazón es de una chica o de un chico?
—El primero que recibí supe que era de un varón más joven que yo. Y de este segundo todavía no sé nada. En el hospital no dan esos datos —afirmó mirando de reojo a Oriana.
—Y usted, teniendo el corazón de un chico, ¿se comportaba como un chico o como una chica?
Marian empezó a reírse con tanta fuerza que tuvo que sentarse en la silla de ruedas. No aguantaba de pie las carcajadas. A pesar de la tensión que estaban viviendo los padres y amigos de Lucas, las preguntas de Luis lograron distender a todos. ¡Hasta Jimmy se reía sin acordarse de su dolor de pecho!
—Pues mira… Seguí sintiendo lo mismo por mi marido —contestó Marian en cuanto se repuso de la risa—. Bueno, no. Todavía le quise mucho más. No noté nada especial, aunque al principio todo me parecía maravilloso y lo achacaba a mi nuevo corazón. Pero no, al final te acostumbras, y mi familia también. Nada de mimos ni de tratar a su hijo y a tu hermano —dijo mirando a Luis— como a un enfermo. La vida en su casa tiene que ser la misma. Al menos, hay que intentarlo. Lo siento, pero no puedo seguir de charla; estoy algo cansada, me tengo que ir a mi habitación. Intentaré volver a verles. ¡Mucha suerte!
Oriana se llevó de allí a Marian. Todos se quedaron impresionados por esta visita. Sobre todo, Luis.
Las manecillas del reloj parecía que no se movían. El calor que hacía prolongaba más la espera. Las horas siguientes pasaron sin que nadie les dijera nada. Empezaron a inquietarse. Pilar necesitaba ver a su hijo mayor, no dejaba de pensar en él. Luis tenía hambre y reclamaba atención. Se lo llevaron a tomar un refresco los cuatro amigos de Lucas, que ya no sabían qué hacer ni a qué rincón de la sala mirar. Pilar y Javier no se atrevían a moverse por si acaso alguien entraba a decirles algo sobre su hijo y los pillaba desprevenidos.
Oriana regresó, esta vez sola, con buenas noticias.
—El corazón ya está cerca. En poco más de media hora llegará aquí y comenzará la operación. Va a ser un día muy largo. ¿Por qué no descansan algo? Pueden irse a su casa y regresar más tarde.
—No, por favor, estaremos aquí por si tienen que darnos alguna noticia. ¿Usted cree que podría ver a mi hijo antes de la operación? Me conformo con verle nada más. ¡Se lo ruego!
Oriana se fue sin contestar y al rato volvió con unas prendas especiales de color verde para poder entrar a visitar a pacientes en la UCI.
—Vamos a intentarlo.
Había tomado la iniciativa de ayudar a los padres sin consultar con María. Oriana les ayudó a cambiarse en uno de los lavabos del hospital. Cuando acabaron de ponerse el gorro, el pantalón, la camisa y las calzas, se dirigieron hacia la UCI.
—Por favor, sean fuertes. No lloren ni hagan aspavientos, porque me la estoy jugando. Un minuto y salimos de allí, ¿de acuerdo?
—¡De acuerdo! —dijeron al unísono.
Entraron por un pasillo y se dirigieron a una zona reservada. Pronto llegaron hasta la pared acristalada que les indicaba que ya estaban en la UCI. Pilar soltó un grito ahogado al reconocer a Lucas.
—¡Mi hijo! Dios mío, si no parece él. ¿Por qué está tan pálido?
Su marido la agarraba por el brazo. Hubo un momento en el que las piernas le fallaron y parecía que se iba a caer.
—¡Mi hijo!, ¡mi hijo! —Pilar no era capaz de pronunciar otra frase.
—Vámonos, por favor. Puedo tener un disgusto con mi jefa —dijo Oriana ante la reacción de la madre.
Como si tuvieran un enorme peso en sus pies, los padres de Lucas salieron de allí.
—Les pido que se cambien cuanto antes. Ustedes no han visto nada. Regresen a la sala de espera.
—Muchas gracias por todo —fue capaz de decir el padre de Lucas con voz temblorosa.
Oriana se dio media vuelta. No había dado ni cinco pasos cuando se topó con María.
—¿Dónde andabas? —le preguntó de malos modos.
—Estaba por la UCI supervisando todo.
—Ya estamos en la cuenta atrás. Comprueba si están todos en sus puestos.
—¡Muy bien!
Respiró hondo. Unos segundos más en la UCI y la habría pillado con los padres de Lucas. No volvería a exponerse tanto.
2
EL NUEVO LATIDO
Lucas entró en lo que se llama «alerta cero». Prioridad absoluta. Era el primer paciente para ser trasplantado.
Trajeron el corazón en helicóptero desde el aeropuerto. No se podía perder ni un segundo. La vida del joven Lucas estaba en juego. El órgano, protegido en una bolsa y aislado del suero fisiológico y del hielo en el que iba flotando a una temperatura de cinco grados, iba en una caja especial gris metalizada. Lo habían extraído del cuerpo del donante dos facultativos del hospital, en un proceso casi artesanal en el que se había tenido en cuenta la capacidad torácica del receptor. Los médicos eran conscientes de que el éxito posterior del trasplante dependía de estas primeras horas.
El helicóptero aterrizó en la azotea del hospital. Los dos médicos, con el corazón en la caja gris, corrieron hasta llegar al ascensor del último piso. Cualquier esfuerzo, con el calor que hacía, dificultaba doblemente los movimientos. Había varias cámaras de televisión, reporteros de radio y de prensa recogiendo el momento. La noticia tenía muchos elementos que la hacían interesante para los medios: un joven se había clavado el manillar de su moto en el corazón en un accidente que había sufrido el día de su diecisiete cumpleaños. Una complicada operación era el único camino posible para salvarle la vida. Este hecho, a los pocos minutos de conocerse, no solo atrajo la atención de la gente, sino que ponía al hospital de San Benito en el centro de todas las miradas durante las próximas horas.
El director del hospital, Rafael Faílo, atendía a los medios. Se comportaba como un sabio despistado, poco cuidadoso con su aspecto físico. Llevaba el nudo de la corbata torcido y el cuello de la camisa sin planchar, pero era muy respetado por sus conocimientos científicos.
—Localizar un corazón compatible con el paciente ha sido complicado con el poco tiempo del que disponíamos —dijo a la prensa—. En estos momentos, todo el hospital está volcado en que el trasplante sea un éxito. Pero no todo depende de nosotros. Tenemos que seguir de cerca la evolución del paciente. Aunque es un hombre joven y sano, y eso siempre juega a su favor. Ahora nos tienen que dar tiempo a los médicos para poder trabajar y aplicar nuestros conocimientos. Hasta que no concluya la operación, no habrá parte médico. No les puedo decir nada más. Muchas gracias.
El director odiaba casos tan sonados como este porque impedían el funcionamiento normal del hospital. Daba a los médicos una carga extra de responsabilidad. No le gustaba tanta atención por parte de los medios de comunicación. Empezaría a recibir llamadas de los responsables de Sanidad de la Ciudad del Sol en cuanto saliera en los programas informativos. Efectivamente, a los pocos minutos, sonaron los primeros teléfonos.
En el quirófano de la cuarta planta empezó la cuenta atrás. Solo disponían de dos horas para que el corazón volviera a latir. Más tiempo pondría en peligro su posterior funcionamiento. La distancia que habían tenido que recorrer hasta llegar al hospital donde estaba el donante y la operación de extracción habían consumido dos horas. El órgano no puede estar más de cuatro horas, máximo cuatro horas y media, fuera del donante. Por tanto, tenían que sincronizar perfectamente toda la operación para no excederse en el tiempo y que no se frustraran todas las esperanzas de salvar a Lucas.
El paciente seguía unido al contrapulsador y al respirador artificial que le mantenía con vida. El cirujano que iba a realizar la operación estaba examinando el corazón del donante. Era un órgano más grande de lo normal. No le preocupaba la capacidad torácica del receptor: era lo bastante grande también para albergar el nuevo músculo. Previamente, ya habían analizado la compatibilidad entre donante y receptor: el grupo sanguíneo, el tamaño, el peso, la edad, los antecedentes personales del donante… Todos los datos eran importantes para que la operación fuera un éxito y evitar el rechazo.
El anestesista enseguida tuvo preparado a Lucas. La operación iba a comenzar. Había cinco médicos y tres enfermeras alrededor del paciente. Cada uno tenía una misión distinta. Debían actuar perfectamente coordinados porque el tiempo iba en su contra.
Oriana observaba la operación a través del cristal del quirófano. Resultaba curioso ver cómo los pies del joven sobresalían de la camilla. Habían rebuscado por todo el hospital, pero ninguna era lo suficientemente grande para la altura de Lucas. Ahora podía apreciar que el chico tenía todo el cuerpo lleno de magulladuras y rasponazos: en las manos, en las piernas, en la cara. Incluso observó que tenía vendada la oreja derecha. El accidente habría sido muy aparatoso, pensó.
El paciente tenía el pecho abierto a la altura del tórax. En un tiempo récord le habían parado el corazón y por sistema extracorpóreo mantenían el movimiento de la circulación de la sangre. El nuevo corazón estaba en las manos del cirujano cardiaco. Confrontaba y suturaba las aurículas, la arteria pulmonar y la aorta. Todo parecía cuadrar milimétricamente.
Mientras esto sucedía en el quirófano, en la sala de espera el tiempo parecía detenido. La ausencia de noticias hacía todavía más angustiosa la situación.
De vez en cuando, el silencio se rompía con los suspiros de Pilar. Mantenía la mirada fija en la puerta por donde tenían que entrar a comunicar la evolución de su hijo. Según iba asimilando los acontecimientos, se sentía peor. Su hijo luchaba por sobrevivir y ella estaba a pocos metros de él sin poder hacer nada. Desde que tuvo conocimiento del accidente, se quedó con la sensación de que el mundo se había roto a sus pies. Su mente volaba muy lejos de donde estaban. Recordaba a su hijo de niño. La primera impresión que tuvo al verle nacer de su vientre. Ese primer llanto desconsolado. Si cerraba los ojos podía sentir sus bracitos y piernas moviéndose compulsivamente, hambriento de vida. Su hijo era parte de ella. Moriría si le pasara algo. Todo lo que ahora estaba ocurriendo parecía una pesadilla.
Javier se movía de un extremo a otro de la sala. No pronunciaba ni una sola palabra. Con las manos en la espalda, cabizbajo, recorría la habitación de un lado a otro. En su cabeza le martilleaban tres palabras: «Tiene que vivir, tiene que vivir, tiene que vivir». No podía pensar en nada más, solo repetir las tres palabras como una letanía: «Tiene que vivir», como si a fuerza de tanto repetirlas le devolviera la salud a su hijo.
El pequeño Luis, cinco años menor que Lucas, observaba a sus padres completamente desencajados y con la vida rota en veinte minutos, lo que tardaron en avisarles desde que su hijo salió de casa hasta que chocó contra el camión que se había saltado el ceda el paso. Con tan solo doce años, comprendía perfectamente que nada sería igual que antes.
A todos los devolvió a la realidad el sonido del teléfono móvil de Jimmy. Eran sus padres, preocupados por la evolución de su amigo.
—Están operando en este momento a Lucas. No, todavía no sabemos nada. ¿Yo? —respondía a las preguntas del teléfono—. Me encuentro algo mareado con todo lo que está pasando. Y tengo un dolor fuerte en el pecho…
Leo le miraba estupefacto. ¡Estaba mareado y con un dolor fuerte en el pecho! En cuanto colgó, comenzó a meterse con él.
—Si esto fuera un parto, estarías con contracciones. Jimmy, eres increíble. No te comprendo.
—Bueno, déjame en paz. Si lo digo en voz alta, todavía me siento peor.
—¿Queréis dejarlo ya? —intervino Silvia, como siempre—. Estamos todos en silencio. ¿Qué pensará la familia? ¡Se os oye todo!
Víctor, sin embargo, no hablaba. Estaba cabizbajo, muy preocupado por su amigo. No tenía ganas de mediar en las constantes peleas de Jimmy y Leo. Le dejaba el esfuerzo a Silvia.
Oriana apareció en ese momento en la sala de espera. Por su cara, parecía que todo iba bien.
—La operación se desarrolla con toda normalidad. Estén tranquilos, su hijo responde bien. De momento, no puedo decirles nada más.
—¿Cuánto queda, por favor? —preguntó Pilar con un hilo de voz.
—Ya no mucho. No se preocupen, este equipo lleva más de setecientos trasplantes. Es casi una rutina para los médicos.
—Una rutina… —repitió la madre de Lucas.
—Así es. Ya verá cómo todo sale bien. Su hijo es muy joven y muy fuerte.
—¿Has visto el corazón del otro señor? Porque es un hombre, ¿no? —preguntó Luis, ante la mirada atónita de sus padres.
—No, no lo he visto. —Oriana no quiso dar más explicaciones al niño y se fue esbozando una sonrisa.
Volvió a sonar el teléfono de Jimmy. Esta vez llamaban del instituto. Querían saber cómo iban desarrollándose los acontecimientos.
—Estamos aquí esperando, con la familia. Sí, están conmigo Víctor, Silvia y Leo. Vale… Ahora mismo le están operando. ¿Qué? —preguntó sorprendido mientras abría los ojos como platos—. ¿Están todos? ¡Caray! Yo os avisaré en cuanto sepamos algo. Descuida.
Los amigos esperaban ansiosos la noticia que acababa de recibir por teléfono Jimmy.
—Está toda nuestra clase esperando noticias sin moverse del instituto, y eso que les han dado el día libre —se apresuró a decirles sorprendido—. Hasta José Miguel y su panda. ¡Todos!
—Aunque se lleven mal con nosotros, en casos como este todo se olvida —decía Silvia mientras miraba a Leo, que no ponía buena cara.
—Yo te digo que todo es falso. José Miguel y su panda estarán contentos en estos momentos.
—¿Cómo van a estar contentos con todo esto que nos está pasando? —replicó Jimmy.
—Dirás lo que le está pasando a Lucas —le corrigió Leo.
—¿No te das cuenta de que todo lo que le ocurre a Lucas nos pasa a nosotros? —insistió Jimmy.
—Por favor, dejadlo ya. ¿No podéis estar dos minutos sin discutir? —dijo Silvia intentando poner paz.
—Cuando salga de esta, todo volverá a ser igual —replicó Víctor—. Debe ser igual. Tenemos que demostrarle que para nosotros sigue siendo el mismo.
—¿Quieres decir que tratemos de olvidar el trasplante? No te preocupes, José Miguel seguirá inventándose excusas en clase para hacernos la puñeta. Ya se encargará de recordárnoslo a todos —le contestó Leo.
—Hay cosas que no cambian nunca, pero también estamos nosotros para pararle los pies —sentenció Víctor la conversación.
Oriana seguía con la nariz pegada al cristal del quirófano. Junto a ella estaba el director del hospital, Rafael Faílo, que parecía preocupado. Era el momento más crítico de la operación.
—Confío —le comentó— en que todo salga bien. No puede haber más periodistas pendientes de esta operación.
Oriana no se atrevió a decir nada y simplemente asintió con la cabeza.
Lucas estaba perdiendo mucha sangre. Faltaban quince minutos para que se cumpliera el plazo que marcaba el protocolo de la operación de trasplante. El tiempo necesario con el fin de que el órgano trasplantado vuelva a latir. Si se supera ese plazo, no está garantizado el buen funcionamiento del corazón, ni que no queden secuelas en el paciente. La operación, por tanto, podía ser un fracaso. Los médicos estaban terminando de suturar. La máquina que mantenía vivo a Lucas se iba a parar. Era el momento crítico: el nuevo corazón tenía que funcionar, debía funcionar.
Fueron segundos. Se hizo un silencio, nadie hablaba. Todos en el quirófano estaban pendientes del nuevo músculo. De momento, no latía de forma espontánea.
El cardiólogo pidió el desfibrilador para provocar de forma artificial el funcionamiento del corazón. Le dieron una primera descarga y esperaron confiados a que latiera. Sin embargo, el músculo no reaccionó. Los médicos se miraron entre ellos. Algo no iba bien. El cardiólogo pidió una nueva descarga. El cuerpo de Lucas se movió, a pesar de su envergadura, pero el corazón siguió sin responder. Justo cuando el médico iba a pedir una tercera descarga, comenzó un sonido rítmico en la pantalla del monitor. El nuevo corazón empezó a latir vigorosamente. Los ojos —que dejaban a la vista las mascarillas verdes— de todos los que estaban allí eran suficientemente expresivos. Vivían un momento especial, cargado de emoción, aunque llevasen setecientos trasplantes.
—¡Buen trabajo! —dijo el coordinador de la operación.
Oriana abrazó al director.
—¡Lo hemos conseguido! —gritaba eufórica—. ¡Está vivo! No es justo todo lo que le ha pasado.
—Oriana, hay tantas cosas que no son justas y que, sin embargo, ocurren. La ciencia médica ha hecho todo lo que está en su mano. Ahora, depende de Lucas y de las ganas que tenga de luchar. Voy a hablar con la familia.
—Le acompaño —dijo Oriana.
En la salita de espera estaban todos callados. El padre de Lucas ya no tenía fuerzas para seguir dando vueltas por la habitación. Se acababa de sentar cuando entró Rafael Faílo seguido de la enfermera.
—Señores, traigo buenas noticias. La operación ha sido un éxito. El nuevo corazón de su hijo ya está latiendo.
Los padres de Lucas se abrazaron. Pilar comenzó a llorar. El pequeño Luis extendió sus brazos abarcándoles. Los cuatro amigos los imitaron.
Toda la tensión acumulada afloró espontáneamente con lágrimas en los ojos de Pilar.
—¿Lo peor ha pasado ya, doctor? —preguntó muy emocionada.
—Las próximas cuarenta y ocho horas son cruciales. Una vez superadas, su evolución puede ser muy rápida.
—Claro, hay que esperar. ¡No se puede imaginar la angustia que tenemos!
—El único peligro que puede surgir es el rechazo, ¿verdad? —continuó preguntando Javier.
—Les aconsejo que descansen y que no piensen en nada más. Su hijo pasará directamente a la UCI. Les aseguro que está en buenas manos. Vengan mañana temprano porque le quitaremos a su hijo la sedación. Intentaremos que uno de ustedes pueda pasar. Será bueno para él ver un rostro familiar. Es muy importante que ustedes estén muy fuertes. El postoperatorio será largo y duro.
Mientras los padres hablaban con el director del hospital, Jimmy llamó al instituto.
Susurrando, para que no le oyeran los padres, informó de las últimas noticias.
—La operación ha salido bien. El nuevo corazón de Lucas ya está latiendo…
No había acabado de decir la frase cuando se oyó un aplauso y varios vivas a través del teléfono. El sonido era tan fuerte que tuvo que apartárselo del oído.
—Bueno, nos están diciendo que ahora hay que esperar cuarenta y ocho horas para saber que todo ha ido bien —continuó—. Me imagino que iremos mañana a clase, ¡allí nos vemos! Muy bien, ¡hasta mañana!
Los cuatro amigos esperaron a que el director del hospital se despidiera para hablar con la familia. En cuanto se fue de allí, junto con la enfermera, aprovecharon para acercarse a los padres.
—Bueno, nosotros nos vamos —les dijo Silvia—. Ya no queremos molestar más. Si no les importa, les llamaremos para que nos informen de la evolución de Lucas. De todas formas, volveremos aquí mañana en cuanto salgamos del instituto.
—Nosotros también nos iremos a descansar a casa —contestó Javier.
—Yo me quiero quedar —le interrumpió la madre de Lucas.
—No, Pilar. Nosotros aquí no hacemos nada. Piensa en Luis. Estaremos mejor en casa. No nos dejan pasar, no nos dejan verle… Vamos a hacer caso de lo que nos ha dicho el director.
Al final, todos se fueron de allí sin mediar palabra. El hospital de San Benito siempre tenía gente moviéndose de una planta a otra. Bajaban las escaleras como autómatas cuando la voz de Oriana a sus espaldas les hizo frenar su marcha.
—¡Esperen, esperen…! No podía hablar con el director delante. Estén aquí a las ocho de la mañana. A su hijo le despertarán de la sedación justamente a partir de esa hora, en cuanto llegue el doctor Ametller, el cardiólogo, al hospital.
—Muchas gracias, Oriana. Te estás portando muy bien con nosotros. Imposible olvidarlo —dijo Pilar mientras todos asentían con la cabeza.
—¿Sabes ya si el corazón es de un chico? —Luis aprovechó para saciar su curiosidad, aunque en un tono de voz nada convincente.
—Solo sé que el donante estaba casi en el límite del perímetro permitido.
—¿Y eso qué es? —preguntó de nuevo Luis.
—Pues que los donantes se buscan en un radio de acción que no esté muy lejos, porque no se puede tardar más en el traslado del corazón que en la operación, ¿entiendes? Y el donante de tu hermano estaba a más de una hora de aquí.
—Pero ¿qué te cuesta decirme si era de un chico o de una chica?
—Está bien. Sé muy pocas cosas, pero te diré que es de un chico.
—¡Bien! —exclamó.
—Olvídate de lo que te he dicho. No es lo más importante.
Los padres de Lucas volvieron a recriminar a su hijo y se despidieron de Oriana.
Luis echó una mirada cómplice a los amigos de su hermano.
—¡Un chico!, ¡un chico! —repetía en voz baja.
En cuanto pusieron el pie en la puerta del hospital, una nube de fotógrafos y periodistas los envolvió. Los padres no entendían nada y los amigos observaban atónitos el revuelo que había ocasionado el accidente de Lucas.
Javier y Pilar tardaron en reaccionar. Estaban sorprendidos, no comprendían que el caso de su hijo interesase a alguien más que a la familia y a los amigos. El único que estaba emocionado con salir en la televisión era Luis. De hecho, fue el primero en hablar.
—A mi hermano ya le funciona el nuevo corazón.
En cuanto dijo aquello, su padre le apretó lo suficientemente fuerte la mano como para hacerle entender que, a partir de ese momento, debía callarse.
Preguntas y más preguntas caían en cascada sobre ellos: «¿Cómo se encuentra su hijo?», «¿qué datos tienen del accidente?», «¿qué les han dicho los médicos?»…
Javier no sabía a quién contestar; cuando iba a hacerlo, otro periodista le formulaba otra pregunta. Fue Pilar quien comenzó a hablar.
—Mi hijo es una persona extraordinaria. No se merecía lo que le ha ocurrido. Me gustaría hablar con el conductor que se saltó el ceda el paso. Ha estado a punto de costarle la vida a mi hijo. —En ese momento, la voz se le quebró. No pudo continuar.
—Por favor, estamos agotados. Mañana podremos decirles algo más. Piensen que hace unas horas nuestro hijo estaba perfectamente y ahora tiene un corazón recién trasplantado en el pecho. Para nosotros ha sido una noticia muy difícil de asimilar. Necesitamos tiempo. Muchas gracias, de todas formas, por su interés. —Así terminó de hablar Javier.
Cogieron un taxi que estaba parado justo en la puerta porque no tenían fuerzas para ir andando a casa. Los cuatro amigos se fueron de allí a buen paso, asustados por el revuelo que había ocasionado la noticia del accidente de Lucas. Los periodistas se quedaron en las inmediaciones del hospital. Todos menos uno, que cogió su moto y siguió al taxi.
El recorrido no duró más de seis minutos. El Barrio Blanco —que es como familiarmente llamaban los vecinos a esta zona de la Ciudad del Sol— era de calles estrechas y casas bajas. Cuando Pilar y Javier llegaron, hacía diecinueve años, jamás pensaron que el tráfico les invadiría. De hecho, en la única gran avenida que había en el barrio tuvieron que poner un ceda el paso porque se habían producido varios accidentes mortales. ¿Quién les iba a decir a ellos que su hijo, en ese mismo punto, tendría un accidente que le marcaría para toda la vida? Se bajaron del taxi y notaron que en algunas ventanas aparecían cabezas de vecinos expectantes ante su llegada. Era evidente que la noticia, a esas horas, ya la conocían todos. El reportero que los había seguido en moto sacó una cámara de fotos y comenzó a disparar con su flash desde el taxi hasta su casa. Justo cuando estaban abriendo el portal, con las prisas de aquellos que se sienten perseguidos, el periodista les hizo una pregunta.
—Please, por favor, necesito un cosa más de ustedes —añadió con un acento que ponía en evidencia que había nacido a muchos kilómetros de allí.
—¿No tiene suficiente con las fotos que ya nos ha hecho? —le contestó Javier con cierto enfado.
—Sorry! Sé que esto es muy molesto para ustedes, pero it’s my job, mi trabajo. Deseo que su hijo se ponga bien rápidamente. Solo tengo tres años más que él y estoy impresionado con la noticia. —Se le veía ojeroso—. Miren, necesito un foto de Lucas. Me harían un gran favor si me la pueden proporcionar. Me vale cualquier foto, yo se la devolveré a ustedes mañana. Se la dejaré en el buzón de su casa.
—¿Qué va a publicar de mi hijo? —preguntó Javier—. Lo único que deseamos es que vuelva a casa y que todo sea como antes. ¿No lo entiende usted?
—Quiero hacer algo distinto que el resto de mis compañeros. Necesito saber algo más de él. Me gustaría que ustedes lo interpretaran como un homenaje a su hijo. Yo llevo poco tiempo aquí, en la Ciudad del Sol, y necesito también ayuda. Estoy empezando. —Aunque hablaba correctamente, hacía giros y utilizaba expresiones que ponían en evidencia su procedencia anglosajona—. Una pregunta nada más, se lo aseguro. ¿Qué estudia? —Se colgó la cámara al hombro. Rebuscó en sus bolsillos y sacó una pequeña libreta y un bolígrafo.
—Está en el último curso del instituto —contestó Pilar. Le gustó escuchar la palabra homenaje en la boca del joven periodista extranjero.
—¿Me puede decir algo más de él? ¿Qué aficiones tiene? ¿Qué se le da mejor estudiar…? —Mientras hablaba se apartaba nerviosamente el flequillo de la cara. Llevaba el pelo largo y alborotado. Estaba muy delgado y se le notaba agotado.
—Mi hijo es un buen estudiante. ¡Qué le voy a decir yo! Le tiran más las ciencias que las letras. Antes del accidente quería ser médico. No sé ahora, cuando salga de esta, qué pasará por su cabeza. Es evidente que habrá que esperar.
—A mí me gustaría que reflejara —interrumpió su marido— que el camión se saltó el ceda el paso y ha puesto patas arriba el futuro de Lucas y de todos nosotros. Mi hijo estaría celebrando ahora su cumpleaños si no fuera porque ese malnacido no paró en la señal. ¿Sabe usted algo del conductor?
—Sí, parece ser que dio positivo en la prueba de alcoholemia.
—¿Tan temprano?
—Parece que sí. Ahora está prestando declaración ante el juez.
—Me pregunto si estará pensando en la gravedad de todo lo que ha provocado…
—¿Me puede decir algo más? —interrumpió después de un silencio el joven periodista, y volvió a retomar la conversación—. ¿A su hijo le gusta el deporte?
—Sobre todo montar en bicicleta, en moto… Ha jugado algo al baloncesto… Pero donde pasa más tiempo libre es delante del ordenador. Ya sabe, a los chicos de hoy les tira mucho conectarse a internet.
—¿Y cómo están ustedes después de saber que el única salida ha sido el trasplante?
—Muy preocupados. Ha sido algo inesperado. ¿Cómo podíamos imaginarnos algo así? Mi hijo estaba perfectamente esta mañana. ¡Imagínese! Todavía no me creo que esto nos esté pasando. Parece una pesadilla, se lo aseguro. Bueno…, por favor, necesito descansar, perdóneme —concluyó Pilar la conversación.
—Thank you, muchas gracias por atenderme. Ya les dejo, pero antes, ¿me pueden dar un foto? Siento insistirles tanto, sorry!
Pilar abrió el bolso, sacó el monedero y le dio una foto de carnet que tenía de su hijo.
—¡Devuélvamela pronto! Por favor, no se le olvide. Es la foto más reciente que tengo de él. —Según le extendió la mano con la foto, el periodista se quedó con la mirada fija en el rostro de Lucas.
—¿Dónde va a publicar esto? —añadió Javier con cierta desconfianza.
—En el periódico…
—¿Qué periódico? —replicó Javier.
—Pues en el… Universal —contestó titubeante—. Les traeré un ejemplar y así le devuelvo el foto en mano. Así no se pierde.
—Muy bien, hijo. ¿Cómo te llamas?
—Brad Moon. Bueno, muchas gracias. Les dejo mi teléfono por si puedo serles útil en algo. —Escribió su teléfono móvil en una hoja de la libreta, la arrancó y se la dio a Pilar.
—¿De dónde eres? —le preguntó mientras miraba el número de teléfono.
—De Estados Unidos.
—Llevas poco tiempo aquí, ¿verdad?
—Yes, sí, poco tiempo. Bueno, muchas gracias. —Nervioso, caminando hacia atrás y sin perderles de vista, se fue hacia la moto tan rápido como había venido. Volvió a despedirse con la mano mientras desaparecía de allí.
Cuando se quedaron solos, Pilar, Javier y su hijo Luis notaron una honda sensación de vacío al entrar en el portal. Nada parecía igual. Faltaba Lucas y su ausencia pesaba sobre todos ellos. Luis miraba a sus padres fijamente mientras subían las escaleras. Era como si hubieran cumplido diez años más en un solo día. Javier, que llevaba las llaves en la mano, no atinaba a abrir la puerta del domicilio. Después de varias intentonas, por fin lo consiguió.
En cuanto Pilar puso el pie en casa, se echó a llorar. Era un llanto casi silencioso, ahogado, donde las lágrimas brotaban en cascada, solo rotas por un lamento continuo y repetitivo. Su marido la abrazó sin poder consolarla con palabras. Estaba a punto de derrumbarse. Luis, asustado, se abrazó a las faldas de su madre. Habían sucedido demasiadas cosas en pocas horas.
Por cualquier rincón donde miraran había un recuerdo de Lucas. Una foto del último verano de toda la familia junta, sus libros, sus apuntes, su pijama… Toda su habitación repleta de banderines con las marcas de las motos que tanto le gustaban… Pilar encontraba consuelo entre las cosas de su hijo. Abrió el armario y acarició su ropa. De alguna manera era como acariciarle a él.
Siempre había habido entre ambos una unión especial, hasta el punto de que Pilar intuía
