AQUÍ VIENE CHARLIE
Estos dos señores tan viejos son el padre y la madre del señor Bucket. Se llaman abuelo Joe y abuela Josephine.
Y estos dos señores tan viejos son el padre y la madre de la señora Bucket. Se llaman abuelo George y abuela Georgina.
Éste es el señor Bucket. Ésta es la señora Bucket.
El señor y la señora Bucket tienen un hijo que se llama Charlie Bucket.
Éste es Charlie. ¿Cómo estás? Y tú, ¿cómo estás?
Charlie se alegra de conoceros.
Toda esta familia –las seis personas mayores (cuéntalas) y el pequeño Charlie Bucket– viven juntos en una casita de madera en las afueras de una gran ciudad.
La casa no era lo bastante grande para tanta gente, y la vida resultaba realmente incómoda para todos. En total, sólo había dos habitaciones y una sola cama. La cama estaba reservada a los cuatro abuelos, porque eran muy viejos y estaban cansados. Tan cansados que nunca salían de ella.
El abuelo Joe y la abuela Josephine de este lado, y el abuelo George y la abuela Georgina de este otro.
El señor y la señora Bucket y el pequeño Charlie Bucket dormían en la otra habitación, sobre colchones extendidos en el suelo.
En el verano esto se podía soportar, pero en el invierno, heladas corrientes de aire soplaban a la altura del suelo durante toda la noche y era horrible.
No había para ellos posibilidad alguna de comprar una casa mejor, o incluso de comprar otra cama. Eran demasiado pobres para eso.
El señor Bucket era el único en la familia que tenía un empleo. Trabajaba en una fábrica de pasta dentífrica, donde pasaba el día entero sentado en un banco ajustando los pequeños tapones de los tubos de pasta después de que éstos hubiesen sido llenados. Pero un taponador de tubos de pasta dentífrica nunca gana mucho dinero, y el pobre señor Bucket, por más que trabajase y por más velozmente que taponase los tubos, jamás conseguía ganar lo suficiente para comprar la mitad de las cosas que una familia tan numerosa necesitaba. Ni siquiera había bastante dinero para comprar comida adecuada para todos ellos. Las únicas comidas que podían permitirse eran pan y margarina para el desayuno, patatas y repollo cocido para el almuerzo y sopa de repollo para la cena. Los domingos eran un poco mejor. Todos esperaban ilusionados que llegara el domingo, porque entonces, a pesar de que comían exactamente lo mismo, a todos les estaba permitido repetir.
Los Bucket, por supuesto, no se morían de hambre, pero todos ellos –los dos viejos abuelos, las dos viejas abuelas, el padre de Charlie, la madre de Charlie y especialmente el propio Charlie– pasaban el día, de la mañana a la noche, con una horrible sensación de vacío en el estómago.
Charlie era quien más la sentía. Y a pesar de que su padre y su madre a menudo renunciaban a sus propias raciones de almuerzo o de cena para dárselas a él, ni siquiera esto era suficiente para un niño en edad de crecer. Charlie quería desesperadamente algo más alimenticio y satisfactorio que repollo y sopa de repollo. Lo que deseaba más que nada en el mundo era... CHOCOLATE.
Por las mañanas, al ir a la escuela, Charlie podía ver grandes filas de tabletas de chocolate en los escaparates de las tiendas, y solía detenerse para mirarlas, apretando la nariz contra el cristal, mientras la boca se le hacía agua. Muchas veces al día veía a los demás niños sacar cremosas chocolatinas de sus bolsillos y masticarlas ávidamente, y eso, por supuesto, era una auténtica tortura.
Sólo una vez al año, en su cumpleaños, lograba Charlie Bucket probar un trozo de chocolate. Toda la familia ahorraba su dinero para esta ocasión especial, y cuando
llegaba el gran día, Charlie recibía de regalo una chocolatina para comérsela él solo. Y cada vez que la recibía, en aquellas maravillosas mañanas de cumpleaños, la colocaba cuidadosamente dentro de una pequeña caja de madera y la atesoraba como si fuese una barra de oro puro; y durante los días siguientes sólo se permitía mirarla, pero nunca tocarla. Por fin, cuando ya no podía soportarlo más, desprendía un trocito diminuto del papel que la envolvía para descubrir un trocito diminuto de chocolate, y daba un diminuto mordisco –justo lo suficiente para dejar que el maravilloso sabor azucarado se extendiese lentamente por su lengua–. Al día siguiente daba otro pequeño mordisco, y así sucesivamente. Y de este modo, Charlie conseguía que la chocolatina de seis peniques que le regalaban por su cumpleaños durase más de un mes.
Pero aún no os he hablado de la única cosa horrible que torturaba al pequeño Charlie, el amante del chocolate, más que cualquier otra. Esto era para él mucho, mucho peor que ver las tabletas de chocolate en los escaparates de las tiendas o contemplar cómo los demás niños masticaban cremosas chocolatinas ante sus propios ojos. Era la cosa más torturante que podáis imaginaros, y era ésta:
¡En la propia ciudad, a la vista de la casa en la que vivía Charlie, había una ENORME FÁBRICA DE CHOCOLATE!
¿Os lo imagináis?
Y tampoco era una enorme fábrica de chocolate cualquiera. ¡Era la más grande y famosa del mundo entero!
Era la FÁBRICA WONKA, cuyo propietario era un señor llamado Willy Wonka, el mayor inventor y fabricante de chocolate que ha existido. ¡Y qué magnífico, qué maravilloso lugar era éste! Tenía inmensos portones de hierro que conducían a su interior, y lo rodeaba un altísimo muro, y sus chimeneas despedían humo, y desde sus profundidades podían oírse extraños sonidos sibilantes. ¡Y fuera de los muros, a lo largo de una media milla en derredor, en todas direcciones, el aire estaba perfumado con el denso y delicioso aroma de chocolate derretido!
Dos veces al día, al ir y venir de la escuela, el pequeño Charlie Bucket pasaba justamente por delante de las puertas de la fábrica. Y cada vez que lo hacía empezaba a caminar muy, muy lentamente, manteniendo la nariz elevada en el aire, y aspiraba largas y profundas bocanadas del maravilloso olor a chocolate que le rodeaba.
¡Ah, cómo le gustaba ese olor!
¡Y cómo deseaba poder entrar y ver la fábrica!
LA FÁBRICA DEL SEÑOR
WILLY WONKA
Por las noches, al terminar su aguada sopa de repollo, Charlie iba siempre a la habitación de los cuatro abuelos para escuchar sus cuentos, y luego, más tarde, para darles las buenas noches.
Cada uno de estos ancianos tenía más de noventa años. Estaban tan arrugados como ciruelas pasas y tan huesudos como esqueletos, y durante el día, hasta que Charlie hacía su aparición, yacían acurrucados en la única cama, dos en cada extremo, con gorros de dormir para conservar abrigadas sus cabezas, dormitando para pasar el tiempo, sin nada que hacer. Pero en cuanto oían abrirse la puerta y la voz de Charlie diciendo «Buenas noches, abuelo Joe y abuela Josephine, abuelo George y abuela Georgina», los cuatro se incorporaban rápidamente, y sus arrugadas caras se encendían con una sonrisa de placer, y la conversación empezaba. Adoraban al pequeño Charlie. Él era la única alegría de su vida, y sus visitas nocturnas eran algo que esperaban ilusionados durante todo el día. A menudo, la madre y el padre de Charlie acudían también a la habitación y se quedaban de pie junto a la puerta, escuchando las historias que contaban los ancianos; y así, durante una media hora cada noche, esta habitación se convertía en un lugar feliz, y la familia entera conseguía olvidar que era pobre y pasaba mucha hambre.
Una noche, cuando Charlie entró a ver a sus abuelos, les dijo:
–¿Es verdad que la Fábrica de Chocolate de Wonka es la más grande del mundo?
–¿Que si es verdad? –gritaron los cuatro abuelos al unísono–. ¡Por supuesto que es verdad! Santo cielo, ¿es que no lo sabías? ¡Es cincuenta veces más grande que cualquier otra!
–¿Y es verdad que el señor Willy Wonka es el fabricante de chocolate más inteligente del mundo?
–Mi querido muchacho –dijo el abuelo Joe, incorporándose un poco más sobre su almohada–, ¡el señor Willy Wonka es el fabricante de chocolate más asombroso, más fantástico, más extraordinario que el mundo ha conocido! ¡Creí que todos lo sabían!
–Yo sabía que era famoso, abuelo Joe, y sabía que era muy inteligente...
–¡Inteligente! –gritó el anciano–. ¡Es más que eso! ¡Es un mago del chocolate! ¡Puede hacer cualquier cosa, todo lo que quiera! ¿No es verdad, queridos?
Los otros tres ancianos movieron afirmativamente la cabeza y dijeron:
–Absolutamente verdad. No puede serlo más.
Y el abuelo Joe continuó:
–¿Quieres decir que nunca te he hablado del señor Willy Wonka y de su fábrica?
–Nunca –respondió el pequeño Charlie.
–¡Santísimo Cielo! ¡No sé qué me ocurre!
–¿Me lo contarás ahora, abuelo Joe, por favor?
–Claro que sí. Siéntate en la cama junto a mí, querido niño, y escucha con atención.
El abuelo Joe era el más anciano de los cuatro abuelos. Tenía noventa y seis años y medio, y ésa es una edad bastante respetable para cualquiera. Era débil y delicado como toda la gente muy anciana y apenas hablaba a lo largo del día. Pero por las noches, cuando Charlie, su adorado nieto, estaba en la habitación parecía, de una forma misteriosa, volverse joven otra vez. Todo su cansancio desaparecía y se ponía ansioso y exaltado como un niño.
–¡Qué hombre es este señor Willy Wonka! –gritó el abuelo Joe–. ¿Sabías, por ejemplo, que él mismo ha inventado más de doscientas nuevas clases de chocolatinas, cada una de ellas con un relleno diferente, cada una mucho más dulce, suave y deliciosa que cualquiera de las que puedan producir las demás fábricas de chocolate?
–¡Es la pura verdad! –gritó la abuela Josephine–. ¡Y las envía a todos los países del mundo! ¿No es así, abuelo Joe?
–Así es, querida mía, así es. Y también a todos los reyes y a todos los presidentes del mundo. Pero no sólo fabrica chocolatinas. ¡Ya lo creo que no! ¡El señor Willy Wonka tiene en su haber algunas invenciones realmente fantásticas! ¿Sabías que ha inventado un método para fabricar helado de chocolate de modo que éste se mantenga frío durante horas y horas sin necesidad de meterlo en la nevera? ¡Hasta puedes dejarlo al sol toda una mañana en un día caluroso y nunca se derretirá!
–¡Pero eso es imposible! –dijo el pequeño Charlie, mirando asombrado a su abuelo.
–¡Claro que es imposible! –exclamó el abuelo Joe–. ¡Es completamente absurdo! ¡Pero el señor Willy Wonka lo ha conseguido!
–¡Exacto! –asintieron los demás, moviendo afirmativamente la cabeza–. El señor Wonka lo ha conseguido.
–Y además –continuó el abuelo Joe, hablando ahora muy despacio para que Charlie no se perdiese una sola palabra–, el señor Willy Wonka puede hacer caramelos que saben a violetas, y caramelos que cambian de color cada diez segundos a medida que se van chupando, y pequeños dulces ligeros como una pluma que se derriten deliciosamente en el momento en que te los pones entre los labios. Puede hacer chicle que no pierde nunca su sabor, y globos de caramelo que puedes hinchar hasta hacerlos enormes antes de reventarlos con un alfiler y comértelos. Y, con una receta más secreta aún, puede confeccionar hermosos huevos con manchas negras, y cuando te pones uno de ellos en la boca, éste se hace cada vez más pequeño hasta que de pronto no queda nada de él, excepto un minúsculo pajarillo de azúcar posado en la punta de tu lengua.
El abuelo Joe hizo una pausa y se relamió lentamente los labios.
–Se me hace la boca agua sólo de pensar en ello –dijo.
–A mí también –respondió el pequeño Charlie–. Pero sigue, por favor.
Mientras hablaban, el señor y la señora Bucket, el padre y la madre de Charlie, habían entrado silenciosamente en la habitación, y ahora estaban de pie junto a la puerta, escuchando.
–Cuéntale a Charlie la historia de aquel loco príncipe indio –pidió la abuela Josephine–. Le gustará oírla.
–¿Te refieres al príncipe Pondicherry? –preguntó el abuelo Joe, y se echó a reír.
–¡Completamente loco! –dijo el abuelo George.
–Pero muy rico –añadió la abuela Georgina.
–¿Qué hizo? –preguntó Charlie ansiosamente.
–Escucha –dijo el abuelo Joe– y te lo contaré.
EL SEÑOR WONKA
Y EL PRÍNCIPE INDIO
–El príncipe Pondicherry le escribió una carta al señor Willy Wonka –contó el abuelo Joe– y le pidió que fuese a la India y le construyese un palacio colosal hecho enteramente de chocolate.
–¿Y el señor Wonka lo hizo, abuelo?
–Ya lo creo que sí. ¡Y vaya un palacio! Tenía cien habitaciones, y todo estaba hecho de chocolate amargo o de chocolate con leche. Los ladrillos eran de chocolate, y el cemento que los unía también, y las ventanas eran de chocolate, y todas las paredes y los techos estaban hechos de chocolate, y también las alfombras y los cuadros y los muebles y las camas; y cuando abrías los grifos, de ellos salía chocolate caliente. Cuando el palacio estuvo terminado, el señor Wonka le dijo al príncipe Pondicherry: «Le advierto que no le durará mucho tiempo, de modo que será mejor que empiece a comérselo ahora mismo». «¡Tonterías!», gritó el príncipe, «¡no voy a comerme mi palacio! ¡Ni siquiera pienso mordisquear las escaleras o lamer las paredes! ¡Voy a vivir en él!». Pero, por supuesto, el señor Wonka tenía razón, porque poco tiempo después hizo un día muy caluroso con un sol abrasador, y el palacio entero empezó a derretirse, y luego se fue derrumbando lentamente, y el pobre príncipe, que en aquel momento estaba durmiendo la siesta en el salón, se despertó para encontrarse nadando en un enorme lago marrón de pegajoso chocolate.
El pequeño Charlie estaba sentado inmóvil al borde de la cama, mirando fijamente a su abuelo. Su cara estaba iluminada, y sus ojos tan abiertos que era posible ver enteramente sus pupilas.
–¿Esto es verdad? –preguntó–. ¿O me estás tomando el pelo?
–¡Es verdad! –exclamaron los cuatro ancianos al unísono–. ¡Claro que es verdad! ¡Pregúntaselo a quien quieras!
–Y te diré otra cosa que es verdad –dijo el abuelo Joe, inclinándose ahora para acercarse aún más a Charlie y bajando la voz hasta convertirla en un suave, secreto susurro–. ¡Nadie... sale... nunca!
–¿De dónde? –preguntó Charlie.
–¡Y... nadie... entra... nunca!
–¿Adónde? –Charlie estaba impaciente.
–¡A la fábrica de Wonka, por supuesto!
–Abuelo, ¿a qué te refieres?
–Me refiero a los obreros, Charlie.
–¿A los obreros?
–Todas las fábricas –dijo el abuelo Joe– tienen obreros que entran y salen por sus puertas por la mañana y por la noche, excepto la de Wonka. ¿Has visto tú alguna vez a una sola persona entrar en ese sitio o salir de él?
El pequeño Charlie miró lentamente las cuatro caras que le rodeaban, una después de otra, y todas ellas le miraron a su vez. Eran caras sonrientes y amistosas, pero al mismo tiempo eran caras muy serias. Ninguna de ellas parecía estar bromeando o burlándose de él.
–¿Y bien? ¿La has visto? –preguntó el abuelo Joe.
–Pues... la verdad es que no lo sé, abuelo –tartamudeó Charlie–. Cada vez que paso delante de la fábrica las puertas parecen estar cerradas.
–¡Exactamente! –exclamó el abuelo Joe.
–Pero tiene que haber gente trabajando allí...
–Gente no, Charlie. Al menos, no gente normal.
–Entonces, ¿quién? –gritó Charlie.
–Ajá... Ésa es la cosa, ¿comprendes? Ése es otro de los golpes de inteligencia del señor Willy Wonka.
–Charlie, querido –la señora Bucket estaba apoyada en la puerta–, es hora de irse a la cama. Ya basta por esta noche.
–Pero mamá, tengo que oír...
–Mañana, cariño...
–Eso es –dijo el abuelo Joe–. Te contaré el resto mañana por la noche.
LOS OBREROS SECRETOS
La noche siguiente el abuelo Joe siguió su historia: –Verás, Charlie, no hace mucho tiempo había miles de personas trabajando en la fábrica del señor Willy Wonka. Pero de pronto, un día, él tuvo que pedirle a cada una de ellas que se fuese a su casa para no volver más.
–Pero ¿por qué? –preguntó Charlie.
–Por los espías.
–¿Espías?
–Sí. Verás. Los otros fabricantes de chocolate habían empezado a sentirse celosos de las maravillosas golosinas que preparaba el señor Wonka y se dedicaron a enviar espías para robarle sus recetas secretas. Los espías se emplearon en la fábrica de Wonka, fingiendo ser obreros ordinarios, y mientras estaban allí, cada uno de ellos descubrió cómo se fabricaba una cosa.
–¿Y volvieron luego a sus propias fábricas para divulgar el secreto?
–Deben de haberlo hecho –respondió el abuelo Joe–, puesto que al poco tiempo la fábrica de Fickelgruber empezó a elaborar un helado que no se derretía nunca, aun bajo el sol más ardiente. Luego, la fábrica del señor Prodnose empezó a producir un chicle que jamás perdía su sabor por más que se masticase. Y más tarde, la fábrica del señor Slugworth comenzó a hacer globos de caramelo que se podían hinchar hasta hacerlos enormes, antes de pincharlos con un alfiler y comérselos. Y así sucesivamente. Y el señor Willy Wonka se mesó las barbas y gritó: «¡Esto es terrible! ¡Me arruinaré! ¡Hay espías por todas partes! ¡Tendré que cerrar la fábrica!».
–¡Pero no lo hizo! –dijo Charlie.
–Oh, ya lo creo que lo hizo. Les dijo a todos los obreros que lo sentía mucho, pero que tendrían que irse a casa. Entonces cerró las puertas principales y las aseguró con una cadena. Y de pronto, la inmensa fábrica de chocolate de Wonka se quedó desierta y silenciosa. Las chimeneas dejaron de echar humo, las máquinas dejaron de funcionar, y desde entonces no se fabricó una sola chocolatina ni un solo caramelo. Nadie volvió a entrar o a salir de la fábrica, e incluso el propio señor Willy Wonka desapareció.
Pasaron meses y meses –prosiguió el abuelo Joe–, pero la fábrica seguía cerrada. Y todo el mundo decía: «Pobre señor Wonka. Era tan simpático. Y hacía cosas tan maravillosas. Pero ya está acabado. No hay nada que hacer». Entonces ocurrió algo asombroso. ¡Un día, por la mañana temprano, delgadas columnas de humo blanco empezaron a salir de las altas chimeneas de la fábrica! La gente de la ciudad se detuvo a mirarlas. «¿Qué sucede?», gritaron. «¡Alguien ha encendido las calderas! ¡El señor Wonka debe de estar a punto de abrir otra vez!». Corrieron hacia las puertas, esperando verlas abiertas de par en par y al señor Wonka allí de pie para dar la bienvenida a todos sus obreros. ¡Pero no! Los grandes portones de hierro seguían cerrados y encadenados tan herméticamente como siempre, y al señor Wonka no se le veía por ningún sitio. «¡Pero la fábrica está funcionando!», gritó la gente. «¡Escuchad! ¡Se pueden oír las máquinas! ¡Han vuelto a ponerse en marcha! ¡Y se huele en el aire el aroma del chocolate derretido!».
El abuelo Joe se inclinó hacia delante, posó un largo dedo huesudo sobre la rodilla de Charlie y dijo quedamente:
–Pero lo más misterioso de todo, Charlie, eran las sombras en las ventanas de la fábrica. La gente que estaba fuera, de pie en la calle, podía ver pequeñas sombras oscuras moviéndose de uno a otro lado detrás de las ventanas de cristal esmerilado.
–¿Las sombras de quién? –se interesó Charlie rápidamente.
–Eso es exactamente lo que todo el mundo quería saber. «¡La fábrica está llena de obreros!», gritaba la gente.
«¡Pero nadie ha entrado! ¡Los portones están cerrados! ¡Es absurdo! ¡Y tampoco sale nadie!». Pero no se podía negar –dijo el abuelo Joe– que la fábrica estaba funcionando. Y ha seguido funcionando desde entonces durante estos últimos diez años. Y lo que es más, las chocolatinas y los caramelos que produce son cada vez más fantásticos y deliciosos. Y ahora, por supuesto, cuando el señor Wonka inventa un nuevo y maravilloso caramelo, ni el señor Fickelgruber ni el señor Prodnose ni el señor Slugworth ni nadie es capaz de copiarlo. Ningún espía puede entrar en la fábrica para descubrir cómo lo han hecho.
–Pero, abuelo, ¿a quién utiliza el señor Wonka para trabajar en su fábrica?
–Nadie lo sabe, Charlie.
–¡Pero eso es absurdo! ¿Es que nadie se lo ha preguntado al señor Wonka?
–Nadie lo ha visto desde entonces. Nunca sale de la fábrica. Lo único que sale de la fábrica son chocolatinas y caramelos. Salen por una puerta especial colocada en la pared, empaquetados y con su dirección escrita, y son recogidos todos los días por camiones de Correos.
–Pero, abuelo, ¿qué clase de gente es la que trabaja allí?
–Mi querido muchacho, ése es uno de los grandes misterios en el mundo de la fabricación de chocolate. Sólo sabemos una cosa sobre ellos. Son muy pequeños. Las débiles sombras que de vez en cuando aparecen detrás de las ventanas, especialmente tarde, por la noche, cuando las luces están encendidas, son las de personas diminutas, personas no más altas que mi rodilla...
–No hay gente así –afirmó Charlie.
En ese momento el señor Bucket, el padre de Charlie, entró en la habitación. Acababa de llegar de la fábrica de pasta dentífrica y agitaba excitadamente un periódico de la tarde.
–¿Habéis oído la noticia? –exclamó.
Elevó el periódico para que todos pudiesen leer los grandes titulares. Los titulares decían:
LA FÁBRICA WONKA SE ABRIRÁ POR FIN PARA UNOS POCOS AFORTUNADOS
LOS BILLETES DORADOS
–¿Quieres decir que se permitirá realmente entrar a la gente en la fábrica? –exclamó el abuelo Joe–. ¡Léenos lo que dice, deprisa!
–De acuerdo –dijo el señor Bucket–. Escuchad.
Boletín de la Tarde
El señor Willy Wonka, genio de la fabricación de golosinas, a quien nadie ha visto en los últimos diez años, publica hoy la siguiente noticia:
Yo, Willy Wonka, he decidido permitir que cinco niños –sólo cinco, y ni uno más– visiten mi fábrica este año. Estos cinco afortunados harán una visita guiada personalmente por mí, y se les permitirá conocer todos los secretos y la magia de mi fábrica. Luego, al finalizar la visita, como regalo especial, todos ellos recibirán chocolate y caramelos suficientes para durarles ¡toda la vida! Por tanto, ¡buscad los Billetes Dorados! Cinco billetes han sido impresos en papel dorado, y estos cinco Billetes Dorados se han escondido en la envoltura de cinco chocolatinas normales. Estas cinco chocolatinas pueden estar en cualquier sitio –en cualquier tienda de cualquier calle de cualquier país del mundo– sobre cualquier mostrador donde se vendan las golosinas de Wonka. Y los cinco niños afortunados que encuentren estos cinco Billetes Dorados serán los únicos a quienes se les permita visitar mi fábrica y ver ¡cómo es ahora por dentro! ¡Buena suerte para todos, y que tengáis éxito en vuestra búsqueda!
Willy Wonka
–¡Este hombre está loco! –dijo la abuela Josephine.
–¡Es un genio! –gritó el abuelo Joe–. ¡Es un mago! ¡Imaginaos lo que ocurrirá ahora! ¡El mundo entero empezará a buscar esos Billetes Dorados! ¡Todos comprarán las chocolatinas de Wonka con la esperanza de encontrar uno! ¡Venderá más que nunca! ¡Qué estupendo sería encontrar uno!
–¡Y todo el chocolate y los caramelos que puedas comer durante el resto de tu vida gratis! –exclamó el abuelo George–. ¿Os lo imagináis?
–¡Tendrían que enviarlos en un camión! –supuso la abuela Georgina.
–Sólo de pensar en ello me pongo enferma –dijo la abuela Josephine.
–¡Pamplinas! –gritó el abuelo Joe–. ¿No sería maravilloso, Charlie, abrir una chocolatina y encontrar dentro un Billete Dorado?
–Sí que lo sería, abuelo. Pero no tenemos ninguna esperanza –respondió Charlie tristemente–. Yo solo recibo una chocolatina al año.
–Nunca se sabe, cariño –le animó la abuela Georgina–. La semana que viene es tu cumpleaños. Tú tienes tantas posibilidades como cualquier otro.
–Me temo que eso no sea posible –dijo el abuelo George–. Los niños que encuentren los cinco Billetes Dorados serán aquellos que se puedan permitir comprar chocolatinas todos los días. Nuestro Charlie solo obtiene una al año. No hay ninguna esperanza.
LOS DOS PRIMEROS
AFORTUNADOS
Al día siguiente se encontró el primer Billete Dorado. El afortunado fue un niño llamado Augustus Gloop, y el periódico vespertino del señor Bucket traía una gran fotografía suya en la primera página. La fotografía mostraba a un niño de nueve años, tan enormemente gordo que parecía haber sido hinchado con un poderoso inflador. Gruesos rollos de grasa emergían por todo su cuerpo, y su cara era como una monstruosa bola de masa, desde la cual dos pequeños ojos glotones que parecían dos pasas de Corinto miraban al mundo. La ciudad donde vivía Augustus Gloop, decía el periódico, se había vuelto loca de entusiasmo con su héroe. De todas las ventanas pendían banderas, los niños habían obtenido un día de fiesta y se estaba organizando un desfile en honor del muchacho.
–Sabía que Augustus encontraría uno de los Billetes Dorados –había dicho su madre a los periodistas–. Come tantas chocolatinas al día que era casi imposible que no lo encontrase. Su mayor afición es comer. Es lo único que le interesa. De todos modos, eso es mejor que ser un bandido y pasar el tiempo disparando pistolas de aire comprimido, ¿no les parece? Y lo que yo siempre digo es que no comería como come a menos que necesitase alimentarse, ¿verdad? De todas maneras, son vitaminas. ¡Qué emocionante será para él visitar la maravillosa fábrica del señor Wonka! ¡No podemos sentirnos más orgullosos!
–¡Qué mujer más desagradable! –comentó la abuela Josephine.
–Y qué niño más repulsivo –siguió la abuela Georgina.
–Sólo quedan cuatro Billetes Dorados –dijo el abuelo George–. Me pregunto quién los encontrará.
Y ahora el país entero, el mundo entero en realidad, parecía de pronto haberse entregado a una frenética orgía de comprar chocolatinas, todos buscando desesperadamente aquellos valiosos billetes restantes. Mujeres adultas eran sorprendidas entrando en las tiendas de golosinas y comprando diez chocolatinas de Wonka a la vez, y luego desgarrando el papel del envoltorio para mirar ansiosamente en su interior, con la esperanza de encontrar allí el brillo del papel dorado. Los niños cogían martillos y abrían en dos sus huchas para correr a las tiendas con las manos llenas de dinero. En una ciudad, un famoso criminal robó cinco mil dólares de un banco y se los gastó todos en chocolatinas aquella misma tarde. Y cuando la policía entró en su casa para arrestarle, le encontró sentado en el suelo en medio de montañas de chocolatinas, abriendo los envoltorios con la hoja de una larga daga. En la lejana Rusia, una mujer llamada Carlota Rusa dijo haber encontrado el segundo billete, pero éste resultó ser una experta falsificación. En Inglaterra, un famoso científico, el profesor Foulbody, inventó un aparato que podía averiguar en un momento, sin abrir el envoltorio de una chocolatina, si ésta contenía o no un Billete Dorado. El aparato tenía un brazo mecánico que se disparaba con una fuerza tremenda y se apoderaba de todo lo que tuviese dentro la más mínima cantidad de oro, y, por un momento, pareció que con esto se había hallado la solución. Pero desgraciadamente, mientras el profesor estaba enseñando al público su aparato en el mostrador de golosinas de unos famosos almacenes, el brazo mecánico salió disparado e intentó apoderarse del relleno de oro que tenía en una muela una duquesa que se encontraba por allí. Tuvo lugar una escena muy desagradable, y el aparato fue destrozado por la multitud.
De pronto, el día antes del cumpleaños de Charlie Bucket, los periódicos anunciaron que el segundo Billete
Dorado había sido encontrado. La afortunada era una niña llamada Veruca Salt, que vivía con sus acaudalados padres en una gran ciudad lejana. Una vez más, el periódico vespertino del señor Bucket traía una gran fotografía de la feliz descubridora. Estaba sentada entre sus radiantes padres en el salón de su casa, agitando el Billete Dorado por encima de su cabeza y sonriendo de oreja a oreja.
El padre de Veruca, el señor Salt, había explicado a los periodistas con todo detalle cómo se había encontrado el billete.
–Veréis, muchachos –había dicho–, en cuanto mi pequeña me dijo que tenía que obtener uno de esos Billetes Dorados, me fui al centro de la ciuda
