Háblame en corporativo

Erin McGoff

Fragmento

Introducción

Introducción

«La mayoría juega a las damas, pocos juegan al ajedrez».

Voy a hablaros de Samantha y Jessie. Samantha y Jessie comparten muchas cosas. Ambas tienen diecinueve años. Estudian lo mismo en la misma universidad. Han solicitado las mismas prácticas en la misma consultora. Y hoy es la primera vez que harán una entrevista formal en un entorno corporativo.

Samantha se crio en una familia de clase alta en un barrio residencial acomodado. Me refiero a la clase de barrio con una asociación de propietarios que lo regula todo, villancicos en Navidad y un campo de golf solo para socios. Su padre es CEO, y su madre, abogada. Samantha creció yendo a colegios privados, recibiendo clases de francés y pasando los veranos en la exclusiva isla de Martha’s Vineyard. Ya os hacéis una idea.

Jessie, en cambio, se crio en un pueblo más rural de clase obrera. Su padre es camionero y su madre trabaja en una gasolinera, y siempre les cuesta llegar a fin de mes. Los padres de Jessie le inculcaron el valor del trabajo duro, la honestidad y la integridad. Siempre han querido que tuviera más oportunidades que ellos, pero de niña, al vivir en un pueblo tan pequeño, sus opciones fueron limitadas. Se pasaba los veranos cuidando a sus hermanos, leyendo libros de la biblioteca y cocinando con su abuela. Es la primera persona de su familia que va a la universidad.

Volvamos al presente, en el que vemos a Samantha sentada en el vestíbulo de Health Inc., una consultora de salud pública. La llaman, entra en una sala de reuniones y se sienta con la postura correcta: las manos entrelazadas en el regazo con aire relajado, los pies firmemente apoyados en el suelo, una sonrisa afable y el cuerpo un poco inclinado hacia delante. Cuando entra la responsable de selección, Samantha se levanta, sonríe y le estrecha la mano con firmeza.

—Hola, Kelly, soy Samantha, un placer —dice.

Oye mentalmente la voz de su madre diciéndole: «Las acciones dicen más que las palabras: habla con el cuerpo».

—Dime, ¿por qué deberíamos contratarte? —le pregunta la responsable de selección.

Samantha se acuerda del consejo de su padre: «Céntrate en la empresa, no en ti. Habla de tus aptitudes, y hazlo despacio».

—Creo que soy ideal para este puesto por varias razones —responde—. En primer lugar, me tomo mis estudios muy en serio y tengo una nota media de sobresaliente. Soy puntual y entusiasta, y sé trabajar en equipo. En segundo lugar, me interesa especialmente la salud pública y me fascina la investigación sobre vacunas que está realizando Health Inc. Sería un honor para mí participar en futuras publicaciones de la manera que sea. Y, por último, gracias a mi experiencia como voluntaria en organizaciones locales y mis cursos relacionados con la investigación, po­dría aportar más a este puesto que un becario típico. Si me contratáis, aportaría mis conocimientos en investigación, mi genuina curiosidad y mis ganas de aprender y colaborar.

La siguiente es Jessie. Entra en el vestíbulo de la consultora treinta minutos antes de la hora, nerviosa y sintiéndose un poco fuera de lugar con su traje nuevo. Es la primera vez que lleva traje. ¿Debería abrocharse la chaqueta? ¿Y qué hace con la mochila? ¿Se la puede dejar al recepcionista? Se queda de pie en un rincón, incómoda, rehuyendo las miradas y pegada al móvil. Cuando la llaman para la entrevista, lo mete en la mochila y se deshace en disculpas. Tras entrar precipitadamente en el despacho, se deja caer en la silla, mueve la pierna con nerviosismo y, solo cuando la responsable de selección le tiende la mano, se la estrecha con rapidez y aire apocado.

Cuando la responsable de selección le pregunta: «Dime, ¿por qué deberíamos contratarte?», titubea. Le extraña una pregunta tan general; le parece obvio. Piensa: «¿Acaso no necesitáis una becaria?».

—Eh, pues deberíais contratarme porque… Un momento…, esto solo son unas prácticas, ¿verdad? O sea, en realidad no me vais a contratar, es solo para el verano —responde—. Pero, en fin, deberíais elegirme porque, verás, estudio empresariales y un ponente vino a darnos una charla y, bueno, me interesa saber más del tema. Si te soy sincera, no estoy muy segura de cómo funciona el mundo de la consultoría, pero definitivamente me interesa adquirir experiencia para mi currículo. ¡Ah! ¡Además soy muy trabajadora y siempre llego puntual! Pues… nada. Eso sería todo, supongo.

Sonríe y busca alguna reacción en la cara de la responsable de selección. Pasan a la siguiente pregunta.

Una vez concluidas las entrevistas, la seleccionadora envía un e-mail a su jefe: «Creo que deberíamos quedarnos con Samantha. Parecía más interesada. Llamémosla para otra entrevista».

Samantha consigue las prácticas, mientras que Jessie recibe el clásico e-mail automático de rechazo que no admite respuesta. Después de graduarse, Samantha acepta un puesto a jornada completa en la empresa y negocia su sueldo inicial, que logra aumentar en cuatro mil dólares. Jessie acepta un trabajo mal pagado y no dice nada porque, bueno, negociar sería de mala educación e ingrato, ¿no?

En este caso, el problema no reside en la capacidad, inteligencia, motivación o determinación de Jessie o Samantha, sino en que una de ellas conoce el lenguaje secreto del trabajo, una forma de comunicarse que utilizan las personas competentes y productivas para conseguir lo que quieren, y la otra no. Y este será nuestro punto de partida.

El currículo oculto

¿Recordáis que en la escuela os enseñaron que Tokio es la capital de Japón y que las mitocondrias son las centrales energéticas de las células (pero, por alguna razón, no os explicaron cómo funcionan los impuestos y las hipotecas)? Esas enseñanzas eran parte del currículo académico, el currículo visible. Pero ¿recordáis que también aprendisteis que en el comedor no podíais sentaros donde os apeteciera? Por ejemplo, los alumnos de sexto se sentaban cerca de los baños, los de primero de secundaria, cerca de los profesores, y los de segundo se quedaban con los mejores sitios, junto a las ventanas. Esas son cosas que no se enseñan explícitamente, sino que se aprenden mediante la observación. Forman parte de lo que se conoce como currículo oculto: reglas sociales no escritas sobre cómo interactuar en una sociedad.(1)

El lenguaje secreto del trabajo forma parte del currículo oculto. Consiste en una serie de reglas y normas de conducta tácitas que les comunican a los demás que sois profesionales, competentes, experimentados, responsables y dignos de confianza. Esas reglas secretas no están escritas en ningún sitio, sino que se encuentran integradas en nuestra psicología y se transmiten a media voz entre las redes de todos aquellos que destacan en su campo. Habrá personas que pasarán décadas tanteando y equivocándose, intentando captar retazos de ese lenguaje secreto, mientras que la mayoría jamás sabrá de su existencia. Pero vosotros estáis de suerte. En este libro he recopilado las reglas no escritas del lenguaje secreto del trabajo en un solo lugar para que podáis alcanzar vuestras metas más rápido y con mayor confianza.

Gráfico con una flecha que ascendie drásticamente que representa tu desarrollo personal, debajo de la flecha hay líneas que representan palabras con la frase el lenguaje secreto del trabajo en el centro.

Mi historia

¿Y por qué tendríais que hacerme caso? ¿Por qué tendríais que invertir horas de vuestro valioso tiempo en otro libro más de desarrollo profesional que promete cambiar la manera en la que enfocáis vuestra carrera (y vuestra vida)? Permitid que me presente.

Hola, soy Erin, también conocida como AdviceWithErin. Retrocedamos un poco en el tiempo. En 2020, cuando llegó la pandemia, estaba en mi piso de Brooklyn de treinta y siete metros cuadrados, confinada por las medidas de cuarentena domiciliaria y viviendo de mis ahorros para imprevistos. Antes de la COVID-19, me iba genial. Tenía el trabajo de mis sueños en la industria del cine, ganaba mucho dinero y me disponía a dirigir mi segundo largometraje. Me había mudado a Nueva York a los veintitrés años, justo después de terminar mi beca de periodismo en el Pulitzer Center y estrenar mi primer documental, This Little Land of Mines.

Siempre supe que mi sueño era trabajar en el mundo del cine, pero no nací con acceso a la maquinaria industrial de Hollywood. No conocía a nadie en Los Ángeles ni en Nueva York, así que tuve que apañármelas sola. Me abrí camino a base de esfuerzo y perseverancia, poniendo todo mi empeño en crear una red de contactos, ser como una esponja y aprender la jerga lo antes posible. Y por fin había alcanzado mis metas y tenía proyectos estimulantes en perspectiva. Sentía que lo había logrado: ¡todo se hacía realidad! Ya sabéis, hasta que el mundo se vino abajo.

A medida que el trabajo menguaba y los rodajes se aplazaban, la Erin aburrida y triste de la pandemia sintió una creciente curiosidad que la llevó a descargarse la aplicación de una red social que estaba arrasando entre la gente joven guay. El potente algoritmo de TikTok me fascinó de inmediato. Era posible no tener ningún seguidor y subir un vídeo que, como por arte de magia, llegaba al público adecuado. Decidí ofrecer orientación profesional, concretamente sobre la industria cinematográfica, tan cerrada, con la esperanza de allanarles el camino a otros que, como yo, estaban fuera del circuito. Cuando mis vídeos empezaron a llegar a usuarios de todos los sectores, amplié mi contenido a temas como el networking, las entrevistas, los e-mails en frío e incluso consejos sobre finanzas personales.

Un día apoyé el móvil en el aparato de aire acondicionado de mi ventana y decidí grabar un tutorial sobre «Cómo responder a la peor pregunta de una entrevista de trabajo: “Háblame de ti”». Lo edité, lo publiqué y me fui a dormir. Cuando me desperté al día siguiente, miré el móvil. El vídeo se había hecho viral de la noche a la mañana y había recibido más de veinte millones de visitas. En las semanas siguientes gané cientos de miles de seguidores y recibí una avalancha de mensajes de gente que quería más. Comprendí que había una enorme necesidad de orientación profesional práctica, sincera y realista.

Esta es la parte de la historia en la que os cuento que di el gran salto, ¿no? Me lancé de lleno a la creación de contenidos, contraté a un agente, empecé a impartir formaciones, firmé un contrato para escribir un libro, di una charla TED, me entrevistaron en el emblemático programa de televisión matutino Good Morning America y empecé a vender cursos en línea que tuvieron un éxito increíble. ¿Lo único? Pues… que en realidad no sucedió así.

Personalmente, yo no estaba superinteresada en ser una «influencer» o una «figura de internet», como a mí me gusta llamarlo. Tenía un «trabajo de verdad» en National Geographic y estaba desarrollando mi siguiente proyecto documental con un estudio. Por las mañanas y por las tardes hacía tiktoks y mi número de seguidores seguía creciendo. Elegía un tema, lo investigaba y diseñaba un vídeo que educara y entretuviera al mismo tiempo. Era algo que hacía por diversión, como un desahogo creativo un poco tonto. Sin embargo, los comentarios de mis seguidores eran de todo menos tontos. Recibía cientos de mensajes, a veces miles por semana, de personas que me contaban cómo habían influido mis consejos en su vida. Habían conseguido que les subieran el sueldo, hacerse valer en las reuniones, expresar sus emociones de manera profesional, negociar ascensos, tener más confianza en sí mismas y un largo etcétera.

Un día subí un vídeo sobre cómo poner en el currículo que trabajabas en McDonald’s. Quienes lo vieron lo encontraron gracioso sin más, pero yo no lo había publicado al tuntún, sino con toda la intención. McDonald’s es uno de los mayores empleadores de Estados Unidos y, aun así, es un lugar de trabajo del que les cuesta sentirse orgullosas a muchas personas. Así que pensé que si podía enseñarle a gente a expresar que no solo «tomaba pedidos», sino que «gestionaba los pagos de los clientes mediante un sistema de punto de venta y atendía más de mil quinientos pedidos por turno» podría ayudarla a empoderarse. El vídeo se hizo viral. Una vez más, recibí mensajes de personas de todo el mundo diciéndome que no dejara de hacer lo que hacía y contándome cuánto les habían cambiado la vida mis vídeos.

Por lo tanto, no, en el momento de escribir este libro no soy ninguna pretendida gurú y no tengo ni un doctorado en psicología organizacional (todavía), ni una lucrativa empresa de coaching personal, ni más de cuarenta años de experiencia en recursos humanos.

Esa no soy yo. En cambio, soy más como la prima exitosa de vuestra amiga que os arrincona en su fiesta de cumpleaños y os dice que dejéis el trabajo porque sois demasiado increíbles para ganar tan poco y aguantar al petardo de vuestro jefe. Y al día siguiente os doy las palabras exactas y la secuencia de pasos que necesitáis para marcharos de manera profesional, y luego os hago una videollamada para ayudaros a mejorar vuestro currículo y conseguir el trabajo de vuestros sueños.

He ayudado literalmente a millones de personas de entornos de todo tipo a adquirir la capa

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