No estoy loca

Minerva Piquero

Fragmento

Prólogo. Son cosas de mujeres… y de hombres

Son cosas de mujeres… y de hombres

Prólogo por Christian Gálvez

Hay libros que uno lee, sin más.

También hay libros que, sin pedir permiso, te miran a los ojos y te obligan a colocarte frente al espejo. Este es uno de esos libros.

Cuando mi compañera Minerva Piquero me habló de escribir sobre la menopausia, confieso que pensé, quizá como tantos hombres, que sabía más de lo que en realidad sabía. Y también, como tantos hombres, creí que aquello iba «de ellas»; es decir, de su cuerpo y de sus hormonas. De un proceso íntimo, biológico, ajeno a nosotros.

Me equivocaba.

Me equivocaba porque este libro no va solo de menopausia.

Minerva escribe sobre las relaciones, sobre la comunicación, sobre el amor cuando el cuerpo cambia, sobre los silencios mal entendidos, sobre los miedos que no se nombran y sobre una soledad que, quizá por nuestra ignorancia, se vive y se siente demasiadas veces a pesar de estar acompañada.

Leyendo a Minerva he entendido algo esencial: la menopausia no es una retirada, es una rebelión. Una transformación profunda que, si no se comprende, puede convertirse en distancia, pero que, si se acompaña, puede ser una oportunidad extraordinaria de crecimiento para ser compartido, para ser experimentado.

Este libro interpela directamente a los hombres.

No lo hace desde el reproche, sino desde la invitación, desde la inclusión. Desde una petición clara, valiente y profundamente humana: no soltemos la mano. Escuchemos. Preguntemos. Permanezcamos. No intentemos arreglarlo todo. No huyamos cuando no entendamos nada. A veces basta con estar.

Minerva pone palabras donde antes podría haber culpa. Relatos y volumen donde antes había tabúes y silencio. Y lo hace con una honestidad que desarma, hablando como mujer, como madre, como pareja…, pero también como una profesional que ha observado, investigado y escuchado a muchas otras mujeres que se sentían solas incluso durmiendo acompañadas.

Como hombre, como hijo, como pareja o como padre, este libro te puede enseñar algo que debería ser obvio, y, sin embargo, no siempre practicamos: el amor también se educa. La convivencia se aprende. La intimidad se transforma. Y la masculinidad continúa madurando cuando deja de sentirse amenazada por lo que no controla.

Aquí no encontrarás victimismo ni resignación. Encontrarás un manifiesto. Una llamada a caminar juntos por una etapa que no es sinónimo de pérdida, sino una mutación poderosa. Un recordatorio de que entender no siempre es posible, pero acompañar sí lo es.

Este libro no está escrito contra nadie.

Minerva escribe para que nadie se quede atrás.

Y por eso, si eres hombre y estás leyendo estas líneas, déjame decirte algo con claridad: este libro también es para ti. Léelo sin defensas. Sin prisas. Con la humildad de quien sabe que amar mejor empieza, muchas veces, por escuchar un poquito más.

Porque no, no están locas.

Y sí, saben perfectamente lo que quieren y lo que necesitan.

Solo nos están pidiendo que estemos ahí.

Y si eres mujer y estás leyendo estas líneas, que sepas, antes que nada, que no estás sola. Que nada de lo que sientes es exagerado, inapropiado ni incorrecto. Que tu cansancio tiene nombre, que tus dudas tienen sentido y que tu transformación, insisto una vez más, no es una pérdida, sino un tránsito.

Minerva no pretende darte lecciones ni recetas cerradas. No viene a decirte cómo deberías sentirte ni cómo tendrías que atravesar esta etapa. Viene, sencillamente, a acompañarte. A poner palabras donde a veces solo había ruido interior (también exterior). A recordarte que, lo que te ocurre, les ocurre o les ocurrirá a muchas otras mujeres, aunque se haya vivido en silencio durante demasiado tiempo.

La menopausia no te resta valor. No te borra. No te apaga.

Te recoloca. Te redefine. Te invita a mirarte de otra manera y, si quieres, a elegirte con más conciencia que nunca.

Ojalá estas páginas te animen a hablar, a pedir y a compartir. A no atravesar esta etapa en soledad. A recordar que mereces cuidado, escucha y respeto. Y que, si decides caminar acompañada, no es una debilidad, sino un acto de amor propio.

Estás cambiando. Y cambiar no es desaparecer. Es, muchas veces, empezar de nuevo.

1

No, no estoy loca

Testimonio

Tengo ganas y una cita: sigo viva

Minerva, 55 años (Madrid)

Es sábado por la tarde. Hoy tengo una primera cita con un hombre que apareció, como caído del algoritmo, en una de esas redes sociales en la que resultó que teníamos amigos comunes… No estaba previsto. Tengo cincuenta y cinco años y llevo diez separada y sin relación estable —una década, que se dice pronto—, y no imagináis la odisea que ha sido atreverme a dar este paso.

Desde que abrí los ojos esta mañana, he cancelado la cita en mi cabeza al menos diez veces. Mentalmente, ya le he mandado tres excusas convincentes y dos mensajes de «lo siento, me ha surgido algo» que nunca he llegado a escribir.

¿Qué demonios estoy haciendo? Llevo tres días ensayando frente al espejo qué ponerme: ni demasiado seria, ni demasiado provocativa; juvenil, pero sin parecer una impostora disfrazada de veinteañera. Desde ayer vivo en penitencia: ni gluten, ni lácteos, ni un solo carbohidrato. Sí, me sobran algunos kilitos (he engordado quince en los últimos años). ¿Me habrá reconocido de la tele?

Tengo un buen amigo actor con el que me desahogué confesándole mis inseguridades antes de la cita. «¿Y si él me gusta? Y si le gusto y me propone la posibilidad de intimar, me muero de vergüenza solo de pensar que me pueda ver desnuda. ¡Qué horror! —le dije—. Me siento incapaz de enseñar este cuerpo. Este cuerpo mío ya no es lo que era. Yo he cambiado en todos los sentidos. Qué bochorno mostrarme así ahora, tan distinta, porque me siento vulnerable, rechoncha, sobrepasada. No me veo capaz de sentirme ni medio sexy. ¿Existe lencería sexy de mi talla? He pensado que, si acaso, a oscuras, apagando todas las luces, metiendo tripa…, qué sé yo. Mejor no voy».

Mi amigo se carcajeó un buen rato y, tras tomar aire, me contestó. «Las mujeres os coméis la cabeza con cosas que nosotros no vemos o no nos importan. No tenéis ni idea. Créeme. Mira —continuó muy serio—, si una mujer, tenga la talla que tenga, los pechos grandes o pequeños, el culo grande o caído, el tanga sexy o nada, si esa mujer, al plantarse frente al hombre, lo hace con determinación, sensualidad, seguridad…, el hombre se desarma. Si ella lo mira y le dice: “Ven aquí, que te vas a enterar”, nosotros caemos de rodillas ante esa diosa. No hay nada más sexy que una mujer segura de sí misma. No importa nada más. Disfrútate, y él disfrutará contigo».

Me dejó pensando. Vale, lo intentaré… Actitud. Seré una diosa.

Quedan tres horas para mi cita.

Y hablando de temas íntimos (espero que no se conviertan en protagonistas de la velada), confieso que hace seis días que mi aparato digestivo se niega a colaborar. Temo que en cualquier momento mi vientre explote como un globo de feria. Ruego al cielo que no sea esta noche. ¿Por qué es tan difícil últimamente ir al cuarto de baño? Maldito estreñimiento.

Cambio de tema, que para eso ya no hay tiempo. Mañana será otro día.

La indumentaria, claro, es una batalla aparte. Me pondré algo holgado que disimule la tripa, pero que marque cadera. Una blusa colorida y ancha, una falda tubo un poco por encima de la rodilla. Medias opacas y medio tacón. Y, por supuesto, escote estratégico. Mis pechos ya no son lo que eran —dos embarazos y los años de gravedad han hecho su trabajo—, pero aún saben defender con dignidad un generoso «aquí estoy». O eso espero.

El pelo, en cambio, es un drama. Lo que antes era mi corona ahora parece la versión reducida de sí mismo. He recurrido a extensiones, sí, pero, cada vez que me las quito, me siento como si me arrancara el disfraz de impostora. O aún peor, se me pueden enganchar al sacarme el abrigo o el bolso… y me muero. Nada postizo, mejor. Ya abandoné la faja tipo Spanx, esa prenda que debería considerarse un instrumento de tortura: sudas como un cetáceo, la goma se te enreda en los pliegues de la tripa, se queda adherida y, al quitártela, acabas jadeando o pidiendo ayuda. Quedaría raro.

Internet, por supuesto, no ayuda. De cada cuatro vídeos, dos son sobre fórmulas mágicas para convertirte en alguien que no eres. Saben lo que hacen, el algoritmo no se equivoca.

El otro día escuché en la radio un anuncio que decía con alegre trivialidad: «¿Arrugas en los ojos? ¿Pechos caídos? ¿Una tripita rebelde? ¡Una liposucción y lista para el verano! Solo este mes, 20 % de descuento en prótesis mamarias y primera cita gratis para tu tratamiento de ácido hialurónico facial». La locutora lo recitaba con el mismo entusiasmo con el que la pescadera te ofrece la merluza en oferta los viernes. ¡Qué frivolidad!

Me noto agotada, y no es de extrañar: llevo meses arrastrando un cansancio inexplicable. El insomnio me tiene presa. Yo, que roncaba como un lirón, que contaba los meses esperando a que mis hijos crecieran para volver a dormir la noche entera, ahora paso las madrugadas contando las grietas del techo o cazando con la mirada alguna salamandra despistada. Ni el mejor maquillaje corrector puede disimular estas ojeras sin que parezca que me he alicatado media cara. ¿Me dará tiempo a una mascarilla rejuvenecedora?

Faltan dos horas para la cita y sudo como si estuviera en pleno agosto.

¿Me ducho otra vez? Imposible, ya me he embadurnado con crema reafirmante de urea, aceites esenciales de macadamia y canela, sérum capilar antiencrespamiento y contorno de ojos tensor. Una ducha más y salgo del baño convertida en un gato electrocutado y en celo rabioso. Así que opto por abrir la ventana. El aire helado del invierno me da un bofetón de realidad. Decido llevarme el abanico en el bolso, no sea que el bar esté abarrotado y acabe yo derretida, con churretes por las mejillas y el flequillo pegado a la frente. Me pasa siempre.

Ya que abro el bolso, pienso en lo que debería meter dentro…

No, hoy no pasará. Lo he pensado mejor. Un vino, un par de horas de conversación Pero ¿y si sí? Mi mirada se desliza hasta el primer cajón de la mesilla, donde reposa un discreto frasquito blanco de lubricante, compañero inseparable de mi juguete secreto. Lo cojo con la misma solemnidad con la que una heroína enfunda su espada.

¡Rezo para que no esté caducado!

Y entonces me asalta otra inquietud: ¿cómo usarlo sin que él lo note? ¿Tendré que confesárselo como si fuera una enfermedad venérea? ¿Me voy apresuradamente al baño en el último momento y me lo pongo? O le espeto sin miramientos y naturalidad: «Mira, es que ya no lubrico, pero no quiero que nos hagamos daño. De verdad que me gustas mucho, pero es que hace mucho que yo no…». ¡Horror! Suena a señora mayor en desuso con manual de instrucciones.

Y si hace tanto que ni recuerdo cómo era lubricar, ya no digamos tener un orgasmo. Para colmo, se me ha olvidado dónde hemos quedado. Ni el nombre del bar me viene a la cabeza. Magnífico: voy rumbo a mi primera cita en años y corro el riesgo de perderme en el camino. ¿Dónde dejé el móvil?

Espera, ¿de qué estábamos hablando? ¿Cuánto tiempo me queda?

Querida nueva amiga, ¿te resulta familiar lo que acabas de leer? ¿Podrías ser tú o conoces a alguna mujer así? Si hoy sostienes este libro entre las manos y la curiosidad te ha traído hasta estas líneas, no es casualidad: este libro es para ti.

Bienvenida.

Las protagonistas de este texto, entre las que me incluyo, son mujeres menopáusicas que se están redescubriendo. Tienen muchas dudas, han llegado hasta aquí sin información útil y necesitan respuestas. Tal vez tú también estés transitando la menopausia, o quizá solo has oído hablar de ella. Sabes que tarde o temprano llegará y también tienes preguntas.

Sea cual sea tu caso, déjame comenzar con una buena noticia, porque yo también estoy en este camino. Somos millones las mujeres que compartimos la misma experiencia, aunque casi siempre la recorremos en silencio. No estás sola.

En Japón, a la menopausia se la llama konenki, cuya traducción al castellano sería «años de renovación». Bonito, ¿verdad? Cuando las mujeres japonesas llegan a su konenki, lo celebran —y con ellas, su familia y allegados—, pues consideran que están entrando en su etapa de sabiduría. Los síntomas se afrontan como transiciones y no como desórdenes o problemas. Y aceptan y gestionan este proceso natural con metodologías y dietas que ayudan a vivirlo mejor.

En Occidente es muy distinto. La mayoría de nosotras empezamos viviendo esta etapa con inseguridad, angustia, incertidumbre. Todos los mensajes que recibimos son negativos. Y aunque es verdad que nos vamos haciendo mayores —querida, si hemos llegado hasta aquí, es algo que debemos celebrar—, también lo es que soportamos una carga social y cultural estereotipada, sexista y edadista.

Permíteme un símil. ¿Te acuerdas de Dorothy en El mago de Oz? La muchacha se encuentra con el hada buena del Norte, quien le indica lo que debe hacer: «Siempre es mejor empezar por el principio. No te perderás si sigues el camino de baldosas amarillas». Y, ¡por todos los santos!, qué sendero tan lleno de peligros, dudas y abismos. Aunque Dorothy encuentra compañeros de viaje, ella, y solo ella, debe recorrer el camino. Y sí, al final de la aventura, el esfuerzo tiene premio.

Al acabar la historia, Glinda, el hada buena del Norte, le dice a la niña que la solución a sus problema

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos