INTRODUCCIÓN
¿Por qué maestros y familias persiguen a los niños para que lean?
Les repetimos la retahíla que «hay que leer porque leer es muy importante».
¿Pero logramos realmente que amen la lectura y lean por iniciativa propia? ¿O sienten que la lectura es un deber, una obligación, y para muchos incluso un castigo? ¿Tiene sentido tanto tormento? ¿Obligarles a la fuerza a hacer algo que no parece que quieran?
A menudo, con el afán de que escriban y lean mucho, y cuanto antes, se pasa por alto la importancia que tiene el momento y la manera en que aprenden, y cómo los acompañamos para que no solamente escriban letras y sepan leer, sino que, además, adquieran el hábito de la lectura.
La lectura es esencial para el desarrollo del ser. Más allá de como medio y fin escolar, necesitamos cuidar todo su proceso como si de un germen delicado se tratara.
Michel Desmurget, biólogo neurocientífico, expuso en su libro Más libros y menos pantallas cómo cientos de estudios demuestran que la lectura por placer tiene un impacto único en el aprendizaje social y cognitivo de los niños. Con lectura por placer se refiere no solo a la ficción (cuentos y novelas, etc.), sino a todo aquello que se lee por propia motivación —no por obligación—, como, por ejemplo, cuando un niño en su tiempo libre explora un libro de botánica o sobre la vida de los vikingos. Hasta el día de hoy, recuerdo las imágenes que evoqué en mi interior con la lectura a los nueve años de mi primera novela, La vida en el gran río, que narraba la travesía de Lalo en kayak por el río Paraná, desde las cataratas de Iguazú hasta el Río de la Plata en Buenos Aires. Aún guardo esos paisajes y animales selváticos e incluso siento sus olores. ¡Me produjo más impacto —y conocimiento— que las clases de geografía, botánica y zoología! Y también me dejó un poso social y emocional, a través de todos los encuentros de este protagonista con diversos personajes, así como por los distintos sentimientos que se le despertaban entre penurias y sosiego.
También la antropóloga Michèle Petit, en su libro Leer el mundo, hace hincapié en los beneficios de la lectura por placer, por todo el mundo interior que se imagina y crea en la mente del niño al leer. Habla de esos espacios creados durante una lectura que permanecen en el tiempo, mucho más allá de la duración de la lectura; de esos personajes que se tornan amigos y compañeros, que nos acompañan en la soledad y forman parte de un mundo personal e íntimo.
Yo tuve una infancia relativamente solitaria porque vivía lejos de la escuela y, por tanto, de mis compañeros de clase. Tampoco había vecinitos en el barrio; mis hermanas eran mucho mayores que yo y no me daban ni la hora, y mis padres trabajaban todo el día. Con Mi planta de naranja lima, de Vasconcelos, se me abrió una nueva dimensión. Zezé, su protagonista, hablaba con amigos imaginarios. Él y sus amigos pasaron a formar parte de mí, a hacerme compañía. Me leí todos los libros de este personaje: Vamos a calentar el sol, Las confesiones de fray Calabaza y muchos más. ¡Tal era el vínculo que había creado con este personaje ficticio que, cuando su creador, Vasconcelos, murió, mi madre tardó varios días en darme la noticia, porque temía que me sumiera en la tristeza!
La lectura de ocio fomenta el desarrollo emocional y social de los niños. Desarrolla la empatía, porque los lleva a ponerse en la piel de los personajes de forma más profunda que en una película, permitiéndoles sumergirse en la psique humana. También les ofrece mayor espacio de autorreflexión, interioridad y conexión con las propias emociones.
Desmurget, en su libro Más libros y menos pantallas, señala diversos estudios que se han realizado en los últimos veinte años, tanto con niños como con jóvenes, e indica que, independientemente de la edad y del formato usado (preguntas o comentarios a imágenes), en todos los casos se podía observar una correlación entre lectura y empatía. Se explora también que la lectura acompañada (contarles cuentos, mirar álbumes ilustrados), a través de la cual los niños, por ejemplo, sienten la soledad del Patito feo o la injusticia de la Cenicienta, es algo que les permite abrirse a la compasión y al entendimiento de los demás.
EJERCICIO
Te invito a tomarte un instante y recordar alguna novela que hayas leído últimamente o en tu infancia, y detectar el poso que te dejó. También yo haré el ejercicio:
Hace unos meses leí Madre de leche y miel, de la catalana-marroquí Najat El Hachmi. Me sumergí en la cultura marroquí, en sus tradiciones y costumbres, empatizando de tal modo con la madre, que sentí que juzgaba un poco a la hija.
Unas semanas más tarde leí La hija extranjera, donde la misma autora vuelve a narrar la historia desde la perspectiva de la hija. Entonces, en mi corazón pude empatizar con ambas, comprender a cada una en su complejidad y diferencias, sin juicio. Luego supe que la secuencia correcta de lectura era inversa, primero La hija extranjera y luego Madre de leche y miel. De esa forma, la autora logra una exquisita aceptación de las diferencias generacionales y culturales que se expanden en el alma sin necesidad de discursos morales ni políticos.
Una vez más sentí profundamente el efecto transformador de una buena lectura. Sentí su capacidad de ponernos en la piel de alguien completamente distinto a nosotros y de comprenderlo, construyendo puentes, forjando caminos hacia la paz.
En los niños, este efecto colateral de la lectura se plasma luego en conductas más respetuosas con el entorno, gracias a que pueden comprender mejor a los otros.
Leer abre la mente, siempre se ha dicho.
Sin duda alguna, también es estimulante un interlocutor que nos comparte en directo sus pensamientos y reflexiones o escuchar un pódcast; eso nadie lo pone en duda. Sin embargo, el lenguaje escrito tiene especial riqueza verbal, sustancia y estructura. Y a más riqueza verbal, más riqueza en nuestra comunicación y en nuestra capacidad de poner palabras a nuestros pensamientos y emociones.
Un buen texto amplía nuestra capacidad de pensamiento propio.
La cultura oral y escrita se complementan y retroalimentan, creciendo o debilitándose juntas. Un empobrecimiento del lenguaje escrito y oral significa una pérdida de nuestras capacidades humanas per se: habla y pensamiento, las herramientas para expresar lo que queremos, pensamos y sentimos, para expresar lo que somos.
Menos palabras significa también menos sutilezas y más brusquedad y agresividad en la comunicación, lo que, a su vez, tiene consecuencias en el comportamiento. Un estudio en los EE. UU., en el año 2000, señalaba el incremento de la violencia en la población con menor desarrollo del lenguaje y de su capacidad comunicativa; mientras que otro, publicado en 2022, también mostró la correlación entre la falta de habilidades lingüísticas y el aumento en la tendencia a delinquir entre los jóvenes.
Puede parecer exagerado, pero la lectura y la buena comunicación oral contribuyen a un mundo más pacífico, a mayor bienestar emocional y a más capacidad intelectual.
El problema es que nos encontramos en una época de cambios acelerados. En los últimos cincuenta años, nuestras costumbres se han transformado a pasos agigantados y, con ello, también lo relativo a la comunicación oral y a la lectura.
Pude ser testigo de ello.
En mi hogar natal había solo un pequeño televisor en blanco y negro, en un saloncito, donde los viernes o sábados de noche veíamos juntos algún programa.
Las comidas eran el momento de encuentro y conversación; en las habitaciones, cada uno encontraba su instante de introspección junto a un libro y la calle era el espacio de juego.
Más tarde, llegó la televisión a color que se instaló en el salón, el living, como decimos en Argentina, pero su presencia siguió siendo anecdótica y puntual. Más protagonismo tenía el tocadiscos, que también podía sonar durante el día, hasta que fue eclipsado por el radiocasete y más adelante por el reproductor de CD. Por entonces, no había ningún teléfono móvil, ni ordenador, ni consola, ni tableta…
Hoy día, en la mayoría de los hogares vemos aparatejos distribuidos por todas las estancias que compiten con la atención directa y genuina de sus convivientes, con el juego y con los libros. Estamos ante nuevos desafíos y preguntas. ¿Cómo acompañar a los niños sin pecar de anticuados y, a su vez, sin tomar ciegamente todo lo que nos ofrece la sociedad actual, como, por ejemplo, las nuevas tecnologías? ¿Cómo aprovechar lo bueno de los avances científicos y, a la vez, mantener el sentido común, la coherencia y la humanidad?
Estamos en un período de transición en el que muchos sienten que ya no les valen los modelos educativos de su infancia y, a su vez, tampoco ven que hayamos llegado a buen puerto con los modelos existentes. Me encuentro con muchos casos así al conversar con familias y educadores.
En toda esta marabunta de modelos educativos y cambios se han visto afectados los hábitos y capacidades relacionadas con la lectura de los niños. Algo que traerá tristes consecuencias para la humanidad si tomamos de referencia los grandes beneficios que esta aporta para el desarrollo social, emocional y de pensamiento crítico.
A su vez, el deterioro de las capacidades lectoras no solo es consecuencia, sino que también es síntoma del cambio de costumbres de nuestra sociedad.
Hoy día hay menos analfabetismo, más oportunidades de lectura y, aun así, nos encontramos con nuevos retos.
Últimamente, en los cursos que ofrezco a maestros, me expresan una y otra vez lo mismo: «El retraso del lenguaje es brutal. Nos encontramos cada vez más con niños de tres años que apenas hablan, lo que aumenta las dificultades de atención y comportamiento. En mi clase, la mayoría de los niños estaría como para recibir terapia. Tengo treinta años de experiencia y hasta ahora no me había encontrado con situaciones tan difíciles como las de los últimos tres años…».
También en mi consulta veo cómo se han agudizado los problemas. Antes trataba a niños de once años con dificultades en la comprensión lectora o con tartamudez. Ahora las familias vienen con niños muy pequeños, porque notan que algo va mal, que no para quieto, que tira todo por los aires, que le cuesta comunicarse…
Obviamente, con todo este paquete, todo aprendizaje resulta difícil. No es de extrañar que los maestros estén alarmados por el nivel de lectura de sus alumnos de educación primaria e incluso de secundaria.
En regiones de pobreza, la mala nutrición, falta de condiciones físicas y situaciones emocionales no ponen fácil las posibilidades para aprender y leer.
Pero, en los países llamados desarrollados, donde supuestamente la mayoría de los niños aparentemente «lo tiene todo», el estilo de vida actual también genera déficits que se reflejan en los hábitos de lectura y en el aprendizaje en general.
En este libro nos adentraremos en estos temas, viendo qué es lo que nuestros niños tienen de más y qué es lo que les está faltando. Veremos qué necesitan para que les resulte más fácil aprender a leer y para lograr que se enamoren del maravilloso mundo de la lectura.
Porque hay un gran recorrido entre saber leer (no ser analfabeto) y ser lector.
Observaremos la importancia de este hábito sin perder de vista lo que necesitan en su infancia, no solo para ser buenos lectores, sino también para garantizar un buen desarrollo físico, emocional y mental.
Y es imposible tratar la lectura sin abordar la escritura. Por ello, especialmente en la parte práctica, verás que hablaremos de lectoescritura, como proceso de adquisición de ambas destrezas.
¿Leer o ser lector?
Desde mi experiencia como pedagoga y terapeuta, me atrevo a afirmar que los niños cada vez leen menos y presentan más dificultades de comprensión, atención, memoria y hábito lector. Me atrevo a afirmar esto aunque, a simple vista, no se corresponda con los datos publicados en 2023 por la Federación de Gremios de Editores de España sobre los hábitos lectores; en ellos se extiende la buena noticia de que ahora se lee más, y de que los mayores lectores son los jóvenes entre catorce y veinticuatro años.
Este estudio toma como lectores a aquellos que leyeron «algo» durante el último trimestre y considera lectores asiduos a los que leen una hora a la semana.
Tratándose de pantallas, consideraríamos que alguien que utiliza un dispositivo una hora a la semana es un consumidor ocasional. Según los informes que presenta Desmurget en su libro La fábrica de cretinos digitales, actualmente en Estados Unidos los adolescentes están sumergidos casi siete horas diarias en las nuevas tecnologías, y los de ocho a diez años, unas cinco horas. En Europa las cifras no difieren mucho. Por tanto, me sorprende la generosidad en el parámetro utilizado para la lectura que facilita datos alentadores. Además, incluye cualquier tipo de lectura y en cualquier formato, digital o en papel, de libros, revistas, cómics, blogs o por internet, etc.
El estudio también afirma que se venden más libros. Pero recordemos que también se producen muchísimos más que antes. A su vez, según el mismo estudio, bajó drásticamente la visita a las bibliotecas y, por otro lado, sabemos que hay muchas menos personas analfabetas.
Por tanto, que se compren más libros y que más personas al trimestre agarren un libro no significa exactamente que haya aumentado el hábito lector entre las personas que saben leer.
Basta mirar alrededor (en el metro, la playa o la sala de espera del médico) para observar que se leen menos libros y estamos más pegados al móvil.
En el estudio del Gremio de Editores, consideran leer mirar en Wikipedia la vida de un futbolista, en Twitter la última tendencia musical o el último tutorial para reducir el acné publicado en un blog.
Pero teniendo en cuenta esto, si bien se llevan el premio de ser «los más lectores» respecto a otras generaciones y otras franjas de edad, dudo que se llevaran ese mismo premio si tuviéramos en cuenta la velocidad de lectura, la capacidad de comprensión y el nivel de complejidad y profundidad de los contenidos.
Según Desmurget, en Francia, el número de palabras leídas por minuto —y comprendiendo lo que se lee— de un estudiante, antes de ingresar a la universidad, era de unas 240 palabras por minuto en los años sesenta, pero en la actualidad ha descendido a 190, lo que muestra una pérdida del 20 %. También señala la disminución de la complejidad del vocabulario y de la gramática en los libros, tanto para adultos como infantiles.
Si tenemos en cuenta otros estudios que observan los hábitos lectores con mayor rigor —definiendo lector como aquel que lee diariamente un libro, ya sea en formato digital o en papel, y sin contar como lectura mirar la receta del huevo duro desde el móvil— y analizamos la comparativa de ocio por pantallas (TV, vídeos, videojuegos, películas, etc.) en contraposición con la cantidad de ocio a través de la lectura, el panorama no es tan alentador.
Y menos todavía si consideramos que es la lectura con mayúsculas la que realmente nos aporta tantos beneficios y transformaciones.
Entendemos por lectura con mayúsculas la que nos sumerge en profundos espacios de reflexión e interioridad; aquella que activa nuestra propia capacidad de pensar, sentir e imaginar. La que nos hace personas más empáticas y, por tanto, mejores. La que nos hace más libres y menos manipulables. La que tiene un impacto positivo en el devenir de la humanidad.
Es a la recuperación de esta lectura a la que va dedicado este libro. Pero no a la recuperación a cualquier precio, a base de presión y supresión de otras actividades que, según la edad, son aún más importantes. En estas páginas nos sumergiremos en el desarrollo infantil; en aquello que le beneficia y en los factores que pueden ser perjudiciales. Empezaremos cuestionando, haciéndonos preguntas y reflexionando, para más adelante pasar a propuestas de acción que permitan cambios reales.
Pero antes de entrar en aspectos pedagógicos y recursos prácticos, permítanme explicar la que es, en mi opinión profesional, la diferencia entre saber leer y ser lector.
Un lector es quien elige leer en su tiempo libre, ya sea una lectura de ficción, como puede ser un cuento o novela, o un contenido de no ficción, que amplíe su necesidad de saber y conocer más.
Este «ser lector» tiene diversos niveles según la edad.
Un niño de tres años que coge un libro de la estantería y juega a que lee, inventándose historias mientras lo sujeta en las manos u hojeando sus páginas coloridas con interés y satisfacción, tiene todas las características de buen lector, salvo que aún no sabe leer en el sentido estricto de ser capaz de transformar las letras sueltas en palabras y comprender su significado.
Ese niño pequeño que aún no lee, pero adora coger un libro, disfruta mirando sus ilustraciones o imagina lo que pone a partir de las letras que aún no entiende, está muy cerca de ser lector. Recuerdo a mi hija con dos años jugando a leernos en voz alta. Escogía un libro de texto y, mirándolo fijamente y con gran seriedad, nos contaba las más pintorescas historias.
¿Por qué entonces más adelante, cuando tienen siete, ocho o nueve años, nos encontramos con la pelea de que saben leer, pero no leen?
Hace poco, en una tutoría, una madre me comentaba: «De la escuela me mandan que lea con mi hijo veinte minutos todos los días. Es un tormento. No quiere, “no le da la gana”. La maestra dice que no se esfuerza lo suficiente, que tengo que hacer algo, pero ya no sé qué más puedo hacer».
No es la única madre que siente impotencia ante esta situación, porque sabe que leer es importante, pero no sabe cómo conseguir que su hijo lea sin que provoque gritos y conflictos.
Lo que ocurre es que leemos —sin castigos ni amenazas— cuando podemos disfrutar con la lectura.Y solo disfrutamos con la lectura si entendemos lo que leemos.
—¡Si no, ¿para qué ibas a querer leer?!—.
A su vez, para entender lo que leemos, hacen falta muchas habilidades que exploraremos a lo largo de las páginas de este libro.
Una de ellas es que esté automatizada la mecánica de la lectura. Es decir, la capacidad de distinguir todos esos palitos llamados letras, convertirlos en sonidos y juntarlos, reconociendo la palabra que aparece casi por arte de magia. ¡Es un verdadero puzle donde son muchas las piezas que tienen que encajar!
Veámoslo con un ejemplo:
¿Recuerdas cuando aprendiste a conducir? Al principio, toda tu atención estaba puesta en lograr sincronizar el embrague con las marchas y, a la vez, mirar por el retrovisor sin perder de vista la carretera.
¡Menudo estrés! Con el cerebro tan ocupado en esas tareas básicas, quizá recuerdes que, si además te pedían que pusieras atención a un cartel, entrabas en pánico total y muchas veces se te calaba el coche. ¿Cuántas veces incluso dijiste: «¡No me hables ahora!»? Ya sabías conducir y, sin embargo, aún no lo tenías suficientemente automatizado como para, mientras tanto, poder leer carteles o escuchar indicaciones.
El cerebro no puede atender a dos cosas a la vez. Por ello, es posible centrarse en el contenido de la lectura cuando el proceso de transformar las letras en sonidos ocurre de forma fluida y automática.
A su vez, cuanto más práctica en la conducción tienes, más posibilidades existen de que termines siendo una conductora capaz de disfrutar del paisaje, de mantener una conversación a bordo y de estar atenta a la carretera al mismo tiempo.
Lo mismo ocurre con los niños. Cuanto más leen, más velocidad y fluidez adquieren en la mecánica de la lectura; es decir, en la capacidad de relacionar cada letra con un sonido y unirlos uno a uno hasta formar una palabra. Después de mucha práctica, este proceso será automático y podrán disfrutar del contenido de la lectura.
Sin embargo, es importante ver cómo se lleva a cabo este proceso mecánico, ya que, en nuestro afán de que lean más para que lean mejor, podríamos conseguir una verdadera fobia a la lectura.
Eso pudo haberle pasado a Mario, que a los tres años jugaba con los libros y a los ocho años no quería verlos ni en figurita.
En Más libros y menos pantallas, Desmurget comenta un estudio que afirma que a los niños de cuatro años les encanta mirar cuentos y que esto es proporcional al tiempo que dedique su familia a la lectura compartida.
Cuanto más les leemos, narramos y miramos cuentos con nuestros hijos, más se animan a mirarlos solos.
Además de por imitación, esto ocurre porque asocian los libros con momentos agradables y buscan repetir eso que les produce bienestar.
La lectura compartida favorece la lectura autónoma también en niños de seis a doce años. Sin embargo, a partir de primaria baja drásticamente el número de niños a los que se les lee. Dado que ya saben leer, se considera que deben leer solos.
Este abandono, sumado a la presión, no favorece el buen vínculo con la lectura. Si le añadimos la forma y el momento en que aprenden a leer con sudor y sangre, y la gran oferta de ocio digital a la carta, no es extraño que tantos niños eviten leer.
Pasan de ser lectores, aunque no sepan leer, a saber leer y no ser lectores.
Detrás del no quiero puede haber emociones negativas (tensión, enfado de la familia, etc.) o también puede esconderse un no puedo, porque no logran comprender lo que leen, ya sea porque aún no tienen integrada la fase de decodificación o porque les faltan algunas capacidades —las veremos con detalle más adelante—.
Imagina que te dan un texto en chino y no entiendes nada, y, encima, te recriminan que no lo entiendas. Tu problema no es, ni ha sido en ningún momento, de comprensión, sino de desconocimiento o falta de dominio de los caracteres chinos.
También puede darse el caso de que domines de maravilla la mecánica de la lectura en castellano, pero te den un texto técnico —por ejemplo, de biología— y digas: «¡Esto es chino básico, no entiendo nada!».
Un divulgador por redes contaba el caso de un niño de su clase que había leído perfectamente la palabra vecindario, pero no sabía lo que significaba. No tenía ese concepto. El profesor asociaba esta pérdida de vocabulario y de conceptos a la tecnología y a la forma en que se han empobrecido las relaciones interpersonales y con el mundo que nos rodea; interacciones tan necesarias para entender y construir los nuevos conocimientos.
Vemos, por tanto, que incluso teniendo la mecánica de la lectura, hay otros factores que dificultan la comprensión, como son la falta de vocabulario y de experiencias reales vinculadas a las palabras.
Y es que, a los tres años, es más importante jugar con barro y escuchar cuentos, impregnándose así de conceptos llenos de significado, que aprender las primeras letras.
PRIMERA PARTE
Bases para el éxito en la lectoescritura
1
CUANTO ANTES LEAN, ¿MÁS Y MEJOR LEERÁN?
En esta primera parte del libro comenzaremos reflexionando sobre los tiempos idóneos para el inicio del aprendizaje de la lectura como tal, que consiste en aprender, por ejemplo, que la letra m suena de una determinada forma y que junto con la a formamos la palabra mamá.
Para ello nos adentraremos en el cerebro, en su desarrollo y en lo que debemos tener en cuenta para que aprender a leer y escribir sea efectivo, rápido y gratificante.
Eso nos aportará comprensión sobre las causas por las que a tantos niños les cuesta su aprendizaje y, a su vez, nos abr
