¡Esas palmas, coño!

Miguel Costas
Renato Landeira

Fragmento

¿Un libro? ¿Para qué?

¿Un libro? ¿Para qué?

Nunca se me había pasado por la cabeza escribir un libro, pero, aun así, lo voy a hacer. Porque me lo pidió mi amigo Renato, que, por lo visto, disfruta escribiendo libros que nunca termina. Pero ninguno como este, porque este lo cuento yo, pero quien lo escribe es él.

Para que se entienda: Renato vendrá a Escairón y a Vigo, pasará unos días conmigo y grabará nuestras deslumbrantes conversaciones. Después convertirá esas voces en letras. Las editará, las ordenará, las documentará y las completará con frases de aquí y de allá que yo podría haber dicho y que ojalá se me hubiesen ocurrido. Luego me lo enviará, lo leeré, discutiremos lo discutible, cambiaremos lo que haya que cambiar y, cuando ya no se pueda estropear más, le daremos salida. Finalmente, Roca Editorial hará su magia y lo convertirá en un LIBRO. Dicho lo cual, un

Preliminar

1. No hay ningún motivo de peso para que este libro exista. No me voy a morir ni hay una avalancha de información sobre mí que me obligue a aclarar oscuros episodios de mi vida. Tampoco es un libro terapéutico. Su única finalidad es entretenerte.

2. Quien me conozca puede dejar constancia de mi floja (nula) memoria. Funciona como mi vieja radio de galena: a veces sintoniza bien; otras, mete ruido, pero siempre acaba reproduciendo algo de lo que por allí pasó. Aparecerán fechas, referencias a citas, documentos, otros libros o periódicos que no son mérito mío, sino de Renato, que se encargará de documentarlo todo. Lo aclaro para que nadie piense que me paso el día clasificando memorabilia.

3. Lo que no documentemos nosotros lo harán compañeros, amigos y familiares referenciados en los agradecimientos finales.

4. Un aviso para haters: su estructura está inspirada —¿qué quieres que diga, que está copiada?— en The Real Frank Zappa Book, de Frank Zappa. También esta introducción. Pero por dentro hay cosas del mensual Madrid me Mata, de Moncho Alpuente y Óscar Mariné, porque, como a Pepo Fuentes, me gusta hablar de cosas muy de andar por casa, y lo mismo me da una estrella del rock que «un friki de Valencia o mi prima de Alcalá». Lo digo ya para no tener que estar señalizando estas cosas cada dos páginas.

¿Te lo repito? Todo este libro es una recreación: una partitura de voz, una transcripción libre de conversaciones mías y los andamiajes añadidos del ya nuestro amigo Renato.

5. Sé que habrá quien lea algo de este libro y diga: «Esto que pones aquí no fue así». Ya lo sé. Por eso lo dejo claro desde ahora: esta es mi historia, construida con las artes de mi (poca) memoria y mi (mucha) libertad. Si algo de lo narrado no coincide con lo que tú recuerdas —o incluso con lo que puedes acreditar—, consérvalo como yo conservo lo mío: no por ser exacto, sino por ser propio.

Antes, cuando alquilabas una película en el videoclub, lo primero que aparecía era aquel texto de «Aviso legal» sobre fondo azul. Pues bien, aquí va el mío:

Algunas escenas de este libro son recreaciones dramatizadas escritas con el único propósito de ilustrar, enmarcar y dar sentido narrativo a los recuerdos que aquí se comparten.

Algunos nombres, lugares o secuencias pueden haberse visto alterados por necesidades estilísticas o, simplemente, por confusión o fallos de memoria. Pero detrás de todo esto pervive una verdad emocional o un eco de lo vivido, más o menos lejano, más o menos cierto, que justifica su presencia en estas páginas.

Gracias por leer con ojos generosos y con el respeto que merece cualquier historia contada no desde la exactitud absoluta, pero sí desde la sinceridad.

6. ¿Ha quedado claro este nuestro pacto de lectura?

Pues qué carallo.

¡Vamos!

© Pixabay

¡Esas palmas, coño!

Este era el punki que yo, con diecisiete años (1978), quería ser:

Ilustración en blanco y negro de un punki. 1. La camiseta podía ser de cualquier referencia punk, pero algún roto o lamparón tenía que tener. Si era nueva, no valía. 2. La cresta la podríamos obviar.  Nunca se me pasó por la cabeza hacerme una cresta. 3. Los vaqueros era lo más fácil: valían todos; si eran baratos, mejor. Yo tuve muchos de la marca Levi’s. 4. Las cadenas, muñequeras y cinturones se podían conseguir, porque era algo que compartíamos con los heavies. 5. Imposible conseguir unas Dr. Martens si no te las traían de Londres o de sitios así. Y, si te las traían, tenías que prepararte para que te asaltaran nada más salir de casa con ellas puestas.

Y este era el punki que yo era con veintiún años (1982):

Fotografía en blanco y negro de Miguel Costas con 21 años. Aparece vestido con una chupa de cuero tocando la guitarra.. 1. Corte de pelo «no corte de pelo». Por aquel entonces iba a la barbería Félix, en nuestra misma calle del Cristo. 2. Esta chupa de cuero barata la usaba mucho, aunque también me ponía muchas americanas. Lo cuento dentro. 3. De estos tenis tuve varios, y siempre los preferí a las botas militares. Aquí no se ven, pero yo te lo cuento igual. 4. Tal vez lo único que compartía con un punki de verdad. Estos eran de la marca Lee.

Y este es el punki que soy en 2026:

Fotografía en blanco y negro de Miguel Costas del 2026. Aparece tocando una guitarra Gibson SG y cantando en un micrófono de a pie. 1. La clavícula nunca se me recuperó del todo del accidente que tuve el 20 de agosto de 1981. No es coña. 2. Ya tengo el pelo lleno de canas. Me lo cortan por nueve euros en Escairón. 3. Que tenga un poquito de barriga se lo debo a dos cosas: a casi no poder moverme y a mi madre cuando estoy con ella en Vigo. 4. Tengo familia numerosa de Gibson SG. Antes tocaba con la familia Les Paul, pero su peso me mataba. De ahí las dos hernias que arrastro. 5. Lo que llevo peor: una ruptura del hueso calcáneo durante una prueba de sonido en Bilbao, el 23 de agosto de 1990. En 2023 se me infectó y casi me mata. Desde entonces ando jodido, casi siempre con una muleta.

¿De verdad quieres saber quién soy?

Este libro debe partir de la presunción de que hay alguien interesado en saber quién soy, cómo es mi vida y de qué coño voy. Empezaré por explicar lo que no soy.

Mucha gente se ha tragado que soy el reverso del personaje de «Oh, qué raro soy», del disco Menos mal que nos queda Portugal (1984). Creen que escribí esa letra como terapia para desquitarme del mundo.

Soy un hombre honrado,

me gusta el trabajo,

pago mis impuestos

y no bebo alcohol,

y si veo un pobre una limosna le doy.

[…]

Oh, qué raro soy.

Pues no. Esa canción es solo eso: una canción.

Otras historias, completamente infundadas, sostienen que yo era el yonqui de Siniestro Total. Es un relato que la gente ha ido engordando con el tiempo, añadiéndole detalles creativos que me permito desmontar aquí mismo:

1. La camiseta con nuestras caras gigantes en la gira de Ante todo: mucha calma no era de manga larga porque yo lo exigiera para que no se me notaran los pinchazos de la jeringuilla.

2. No me fui de Siniestro Total porque, como era yonqui, tenía una enfermedad terminal.

3. «El hombre medicina» no está inspirada en esa dolencia terminal, hoy crónica, que se suponía que me iba a fulminar en 1994.

4. Debo ser la única persona viva que sale fumando en su foto de la Wikipedia.

5. Lo más cerca que estuve de las drogas duras —dejando a un lado la cerveza y los Ducados— fue entre 2022 y 2023. Fue por esa infección en el hueso calcáneo de la que ya he hablado; me hizo ver las estrellas. Para aliviar el dolor, me dieron fentanilo. Me sobró tiempo para quitármelo de encima, porque dicen que es de las drogas que provocan mayor adicción. Cuando venían visitas a casa, me gustaba enseñarles el fenta y decirles: «¿Veis? ¡Aquí la droga!».

Es habitual que, después de un concierto —o antes, da igual—, se me acerque gente que no conozco de nada. La conversación casi siempre suele ser de este tipo:

—Eres la hostia, tío. Cómo me molan tus canciones… Una vez tocasteis en mi pueblo. ¿Te acuerdas de que estaba allí uno con una camiseta manchada de vino? Sí, joder, que tú la miraste y te reíste. ¡Era yo!

Hasta ahí, todo normal. El problema viene cuando deciden pasar a la acción e invitarme.

—Yo una Coca-Cola Light, gracias.

He visto a muchos, muchísimos, caer abatidos al comprobar que no bebo alcohol.

Como si les acabara de romper el corazón.

© Pixabay

[En este momento encendimos la grabadora de mi viejo Samsung A30 y Miguel empezó a contar su historia con una condición muy clara: «No quiero que esto parezca un libro»].

Primer acto

(1961-1994)

—[…] ¿Has leído las memorias de Líster?

Dije que no.

—Bueno, no son exactamente unas memorias —continuó Aguirre—. Se titulan Nuestra guerra, y están muy bien, aunque dicen una cantidad tremenda de mentiras, como todas las memorias.

Javier Cercas, Soldados de Salamina

1

Un chaval del Calvario

Nací el miércoles 1 de marzo de 1961 en la planta baja del número 13 de la calle del Cristo. Por tanto, puedo decir con orgullo que soy un vigués con denominación de origen O Calvario-Lavadores. Se escribe con el guion bien puesto, porque esa unión no es un capricho geográfico, sino toda una declaración de principios.

Lavadores tiene su propio carácter, y conviene no ignorarlo. Fue un ayuntamiento independiente hasta 1941. En mi DNI ponía «Nacido en: Lavadores-Vigo», igual que en el de mi padre. En Cristo 13 nacimos los dos; no hubo necesidad de buscar otros escenarios.

Lavadores es territorio de lucha: primero contra el caciquismo y después contra el franquismo. Y en Lavadores nació el GRAPO. Es un dato que explica bien de dónde vengo y por qué no me voy a andar con rodeos.

Nací en pleno florecimiento del barrio. Cuando era un niño, todo aquello estaba manga por hombro. Mi calle era puro barro, sin asfaltar y casi sin coches. Del cruce de los Llorones para arriba empezaba el mundo rural. Los chavales éramos los dueños de aquel desorden y hacíamos, básicamente, lo que nos salía de los güevos, así, tal cual. Mi amigo Enrique Sierra, de Radio Futura, me contaba que en su Moratalaz obrero la vida era exactamente igual: calles sin terminar y niños que mandaban en el asfalto.

Todo eso era normal en aquella época. Las familias eran numerosas, y los pisos, pequeños. La gente joven no quería quedarse en casa.

Lorenzo Rodríguez, director de Rock-Ola

Aquella zona alta de Vigo había atraído mucha inmigración interna. Quien no era de O Carballiño era de Verín, o viceversa. Nosotros no fuimos la excepción. La familia de mi padre venía de San Andrés de Xeve, en Pontevedra; la de mi madre, de la villa de Marín, donde ella nació. Sí, ya llegaremos a «Luna sobre Marín», no te emociones ya tan pronto.

Los Costas Peón éramos una familia tan trabajadora como humilde. Tanto que no teníamos cuarto de baño en casa. A ver, para hacer pis y caca sí, pero bañera o ducha no. Teníamos lo que hoy llamarías un «aseo». Recuerdo a mi madre calentando una tartera gigante de agua que luego volcaba en una tina en medio del patio. En verano era más divertido, porque lo hacía en frío, en la finca, y los tres hermanos que somos, de cachondeo en la tina. Era un despiporre. Lo pasábamos mejor en esa tina que en cualquiera de esos parques acuáticos que nunca llegamos a conocer.

Ya en mi adolescencia, con mi abuela haciéndose mayor, se hizo por fin el baño completo dentro de la casa. Porque, aunque vivíamos en una ciudad mediana, nuestra realidad en el barrio no se diferenciaba mucho de la vida rural que hoy tan bien conozco.

Así crecí. En un hogar sencillo, trabajador y muy feliz. Éramos tres generaciones bajo el mismo techo: mi abuela Aurita —madre de mi padre y dueña de la casa—; mis padres, José Manuel y Rosa; mis dos hermanos, Rosa y José; y yo. Seis personas en noventa metros cuadrados que daban directamente a la calle.

Más adelante, en pleno bum del ladrillo, aparecieron unos constructores que le dieron algo de dinero a la abuela Aurita a cambio de levantar dos pisos más sobre la casa. Así nació un añadido moderno, completamente ajeno a la noble piedra y a la estética original de 1950. El resultado era extraño.

En la Galicia de entonces, hacer cosas así era bastante normal. Es lo que se llama «feísmo»: un fenómeno arquitectónico genuina­mente gallego de casas que nunca se terminan, estructuras desnudas y añadidos improvisados sin coherencia. Esa última fue la nuestra.

No me preguntes por qué, pero en Galicia siempre hemos tenido cierta debilidad por la improvisación y por esa filosofía del «ti vai facendo». Quédate con esta idea, porque esa forma de entender la vida acabó calando en mucho de lo que hice después, y que tan bien se reflejará en este libro.

Mi familia materna es gigantesca.

Mi abuela tuvo nueve hijos y una pobreza que la obligó a tomar decisiones muy jodidas. A mi madre, cuando aún era un bebé, tuvo que entregarla a una de sus hermanas que vivía en la barriada compostelana de San Lorenzo. Era la tía Carmen, aunque para nosotros siempre fue la abuela Carmen. Estaba casada, pero no tenía hijos propios.

Allí, en Santiago, mi madre se crio desde los dos años junto a sus primos. Le llegó a coger tanto cariño a la tía Carmen que siempre dice que tuvo dos madres. En una España mitad huérfana por la Guerra Civil y la otra mitad vaciada por la emigración, que las casas tuvieran criados y criadas era bastante corriente. Pero conviene no confundirse: no hablo de estar de Cenicienta limpiando los suelos y lavando la ropa de la siniora. Si tocaba arrimar el hombro, se hacía, pero la relación era otra. Era vivir y crecer en casa ajena como un hijo más. ¿Sabes quién es Tom Hagen en El Padrino? Pues eso es ser un criado.

Al ser tantos los hijos de mi abuela, los Peón se fueron ramificando por la zona a niveles casi tribales. Es incontable el número de tíos y primos que tengo. Entre ellos se encontraba Vicente, un hermano de mi madre que no llegué a conocer porque murió joven. Era cantante profesional, y su nombre artístico era Tito Werman. Formó parte de la orquesta Los Tamara y llegó a cantar con Antonio Machín. De tanto en cuanto, también se dejaba la voz en el Flamingo, una mítica cafetería de la calle del Príncipe de Vigo.

Peon Kurtz

Cuando nació mi único hermano, José, yo ya tenía ocho años. Para el resto del mundo es Peon Kurtz, pero eso vino mucho después, cuando montó su propia orquesta: Def Con Dos. Como comprenderás, hasta que no le llegó la edad del pavo no compartimos mucho colegueo.

Mientras yo ya había grabado ¿Cuándo se come aquí? y andaba por ahí con mis dos acordes «de pueblo en pueblo y de bolo en bolo» recibiendo escupitajos literales en la cara, José no era más que un canijo de doce años. El primer disco que se compró fue el Cruisin’ de Village People. Todo el santo día el chaval a vueltas con el «Y.M.C.A.» de los cojones. El segundo fue uno de Queen. No me quedó más remedio que meterle una colleja; no me dio opción.

José y yo compartíamos habitación y dormíamos en una litera que mi madre aún conserva: yo arriba y él abajo. Hablábamos mucho antes de dormir, pero, sobre todo, escuchábamos la radio. Mi padre nos había fabricado una radio de galena. No necesitaba pilas ni corriente. Se enchufaba enroscando un alambre al somier de la cama y, no me preguntes cómo, aquello funcionaba. Mal, pero lo hacía. Eran las radios de los pobres.

Con el Pirulí [junio de 1982], Radio 3 ya se podía escuchar un poco mejor, y los oyentes no tenían que atar las antenas de los transistores a las tuberías de la calefacción para poder sintonizar sus programas favoritos.

Jesús Ordovás

Allí, en aquella litera a oscuras y con el volumen bajo para no molestar a la familia, José y yo escuchábamos cada noche Radio 3, la mejor emisora musical que conocía. Luego llegaron Esto no es Hawaii y Diario Pop, de Jesús Ordovás y Diego A. Manrique. ¿Cómo coño iba yo a pensar entonces que, años más tarde, mi voz acabaría siendo una de sus sintonías? «Oye, tronco, cómo mola, volumen brutal, el Diario Pop a esta hora en tu dial. Camino de la radio es el mejor camino, y el Diario Pop, el mejor de los destinos».

Yo le digo a mi madre que no se deshaga de esa litera. Por si algún día la reclama algún museo.

Las guitarras de la abuela Aurita

La abuela Aurita fue la que, sin saberlo, marcó mi futuro. Cuando yo era un chavalín de unos trece o catorce años, empezó a coleccionar «Valespar», unos puntos que daban por compras en una cooperativa de pequeños supermercados llamados Spar. Aquellos cupones podías canjearlos por premios, y uno de ellos era una guitarra. Mala como un demonio, pero guitarra al fin y al cabo.

Yo no sabía tocar nada. Ni siquiera se la había pedido. Ella decidió, por su cuenta, que yo necesitaba aquel trasto. Así llegó a casa mi primer instrumento real, si es que podemos llamar así a algo que no fueran las latas viejas que yo, hasta entonces, aporreaba por la calle con un palo.

Aprender con aquello fue durísimo. Lo normal era terminar la tarde con dolores sordos en el dorso de la mano y agujetas en el antebrazo. La mayoría de los que empiezan abandonan en la primera semana.

Tiempo después le pillé el truco. Probé la guitarra de mi amigo Javier y, de pronto, todo me resultaba más fácil. Claro: la suya era un instrumento bastante más decente. Las cuerdas no estaban separadas dos centímetros del mástil como en mi humilde «Valespar» (llamémosla ya así). Ahí aprendí las nociones más básicas de lo que significaba tener una guitarra de mierda.

Un día, la abuela Aurita me preguntó qué tal iba con la guitarra. Y mira, chico, no supe mentirle y le dije lo que había: que aquello era un castigo. La pobre se quedó con la copla porque, poco después, en uno de esos viajes de jubilados a Andorra que entonces eran el equivalente al Imserso, me trajo OTRA GUITARRA. Sin que yo se lo pidiera, otra vez.

Esa ya era bastante más decente. Tenía cuerdas de nailon, pero no era la típica acústica aburrida; era una guitarra bonita, llena de colores. La llamaremos la «Andorrana». Y más a buenas que a malas, se dejaba hacer un fa mayor sin dejarte la yema de los dedos blancas, que es el acorde básico más jodido de sacar cuando estás aprendiendo.

Por favor, no me preguntes si aún conservo la Valespar o la Andorrana. La respuesta, muy a mi pesar, es no. No tengo ni idea de qué fue de ellas, cosa que me da mucha pena. Y si existe alguna grabación hecha con esas guitarras, no la tengo. Es remotamente posible que alguno de la pandilla conserve algún sonido de mi guitarra de colores perdido en una cinta vieja.

Fotografía de tamaño carné en blanco y negro en la que aparece un niño pequeño.

La vida en Cristo, 13

Mi padre trabajaba en la Compañía Telefónica Nacional de España (CTNE), en su central de Vigo. Por aquel entonces, la Telefónica era la primera empresa de España. Entre empleo directo e indirecto, tenía casi tantos trabajadores como parados había en el resto del país. Mi padre pasó por varios puestos. Primero fue empalmador (no confundir con mamporrero de ganado, seamos serios) y más tarde acabó en la oficina con una tarea curiosa: ser el responsable de asignar los números de teléfono de la ciudad.

Recuerda que estábamos en tiempos de monopolio absoluto. Cuando alguien solicitaba un alta, mi padre, con su bigote y su autoridad, tiraba de libreta, mojaba la punta del lápiz con la lengua y otorgaba un número según la zona en que vivía el interesado. Era imposible de olvidar porque, básicamente, te acompañaría el resto de tu puta vida. En aquel tiempo era muy raro que la gente cambiase de número, y se convertían en una parte más del hogar, hasta el punto de que se heredaban. El teléfono de nuestra casa de Cristo 13 era el 270543, porque, en el Calvario, todos los teléfonos empezaban por 27.

Si me preguntas si se escuchaba música en aquella casa, la respuesta es sí. Ya te he dicho que no teníamos baño, pero, ahora que viene al caso, te cuento que tampoco teníamos televisor. Pero lo que sí había, además de aquella radio de galena, era el tocadiscos de maleta de la abuela Aurita. En él sonaba el catálogo estándar de la clase media española de provincias: Los Diablos, Los Canarios, Fórmula V y alguna orquesta estilo Glen Miller. También mucho Camilo Sesto por aquí y Dúo Dinámico por allá.

Hasta la llegada de El Corte Inglés a Vigo en septiembre de 1975, en la ciudad había pocos sitios medio decentes en los que comprar discos. Teníamos almacenes como El Pilar o Cividanes, pero durante mi adolescencia, lo suyo era conseguirlos en El Corte Inglés, porque traían novedades y discos de importación. Yo iba mucho por allí a escuchar (las que más) y comprar (las que menos).

Las nuevas generaciones no se creerían el sistema de escucha. Era tal que así: tú elegías un disco de la cajonera, le tocabas el hombro al empleado y, sin olvidar el «por favor», le decías que querías oírlo. El tipo te acompañaba hasta una especie de minilocutorio y te pinchaba el disco. Tú lo escuchabas por un auricular de teléfono, en riguroso sonido monoaural. A veces tenías que esperar un rato a que algún otro jicho soltara el auricular, en especial si el disco era una novedad muy potente. Recuerdo que, cuando salió aquel maxisencillo de Golpes Bajos en el verano de 1983, en El Corte Inglés de Vigo tenías que apuntarte en una lista de espera para comprarlo.

Así, en ese locutorio de la sección de música de El Corte Inglés de Vigo, y con un auricular mono en la mano, escuché por primera vez el London Calling de los Clash, el mismo día que se puso a la venta, en enero de 1980.

Mi exquisita educación

El primer colegio al que fui se llamaba El Parvulito. Mis hermanos también lo sufrieron. No estaba lejos de casa: en un piso en lo más alto de Urzáiz, que entonces aún era la avenida de José Antonio. Mi profesora se llamaba doña Fefita, y daba unas hostias impresionantes con la mano abierta. Sabías que te iba a soltar una porque, justo antes del impacto, se giraba la sortija hacia dentro. Toda una profesional: lo hacía para no dejar marca después de cruzarte la cara.

De allí pasé a la escuela que regentaba el marido de la Fefita, no lejos de allí, en Cabral. El tipo era otro pegón de cuidado, pero, como ya éramos algo más mayores, cambió la mano por el cinto. La pedagogía de los Fefitos era sencilla: la letra con sangre entra.

De los Fefitos salté a la EGB a todo un clásico de la clase obrera viguesa: el colegio nacional Ramón y Cajal, popularmente conocido en la ciudad como el Picacho, en Beiramar. Era un centro público muy obrero y muy rojo. Estábamos en pleno apogeo del baby boom español, y las aulas de los colegios superaban los cuarenta alumnos de largo; algunos se tenían que sentar en el suelo. Ahí estuve hasta que, con catorce años, hice triunfal entrada en la adolescencia y sentí que algo debía hacer con mi vida antes de que la vida lo hiciera conmigo.

Al terminar la EGB, lo lógico habría sido matricularme en alguna escuela de oficios. Era el destino natural de los malos estudiantes como yo y de los hijos de los empleados como yo. Aprender un oficio y pasar a formar parte del proletariado industrial era lo que me correspondía por estatus. El problema era que aquellas escuelas estaban pensadas para fabricar obreros y mecánicos. Ese era el destino natural de un joven vigués nacido hombre dentro de la clase trabajadora. Y tenía su lógica: Vigo era un punto fuerte de la industria pesada, con los astilleros, Citroën, las conserveras… Así lo hizo más tarde mi hermano, que sí puede presumir de ser todo un intelectual de la FP de segundo grado, por la rama Industrial.

Pero a mí todo aquello se me daba fatal. Además, se percibía que el sector empezaba a menguar. Antes o después, llegaría lo que luego se llamó «reconversión» y que tanto inspiraría a Antón Reixa. El incipiente sector servicios, en cambio, parecía ir más conmigo. Cierto es que eran tiempos mucho más rudimentarios. Hoy quizá hubiese tomado otra decisión, con el nivelazo que, desde hace ya bastantes años, tiene la Escuela de Artes y Oficios de Vigo, en la que, si te despistas, te tropiezas con un Rodrigo Romaní dispuesto a enseñarte a tocar el buzuki.

El instituto del Calvario

Básicamente por descarte, en el curso 1975-1976 me fui al instituto del Calvario a hacer el BUP. Alguien me hizo entender que el mejor futuro que podía alcanzar alguien como yo era camb

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