Control

Fragmento

Control

ESTE LIBRO LES SERVIRÁ A POCOS

En países desarrollados toma de tres a cinco generaciones salir de la pobreza: de cincuenta a cien años. En países en vía de desarrollo, como en el que crecí, toma diez generaciones. Nacer en la pobreza es, estadísticamente, una condena. Pero la estadística no se aplica al individuo.

Gráfico de barras sobre el tiempo para alcanzar ingresos promedio en varios países.

Fuente: OECD. (2018). A Broken Social Elevator? How to Promote Social Mobility. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264301085-en; OECD. (2022). Contexto Colombia: OECD Rural Policy Reviews: Colombia 2022. OECD Publishing.

Crecí en un país en guerra, con una madre soltera, un hermano menor y una abuela que no sabía leer. Estudié en un colegio militar por el miedo de mi madre a que, de adulto, terminara en el ejército. Ella, una emprendedora, me enseñó con su ejemplo a elegir mi propio camino y no sentirme satisfecho con la vida que me tocó. Aprendí por mi cuenta a programar a los trece años en una calculadora prestada.

De los trece a los quince me dediqué a leer tantos libros de programación como pude encontrar, usando computadoras prestadas para ponerlos en práctica. Antes de graduarme de secundaria, conseguí mi primer empleo creando un pequeño software que pagó mi primera computadora. Tenía dieciséis años.

Ese año, usando la identificación de un amigo mayor de edad, compré un plan de internet a su nombre. Mi hogar de clase media baja a las afueras de Bogotá se conectó por primera vez.

Estuve encerrado por meses frente a esa computadora, aprendiendo cómo el mundo construía la web. En el internet joven había pocas guías en mi idioma, lo que me llevó a crear un sitio web de tutoriales que, con el tiempo, se volvió una de las comunidades más grandes de desarrollo web del mundo hispano: Cristalab.

Me tomaría tres años llegar a un millón de usuarios y ganar más dinero al mes que la mayoría de los graduados de las universidades que, con justa razón, me expulsaron.

Mi abuela creía que mi trabajo era escribir, porque para ella las computadoras eran sólo máquinas de escribir. En cierto modo tenía razón. Mi madre entendía lo que hacía, sin mucha alegría de mi fracaso académico, pero con cierta sospecha de que mi vida, de todos modos, no iba a encajar en los rieles.

“Haz que lo valga” era la frase que me repetía y que, aún hoy, es mi guía.

Cristalab y Platzi, mis dos empresas, han educado a seis millones de personas. Sus graduados han creado cientos de compañías, miles de empleos y atraído millones de dólares en inversión. Sería fácil atribuir mi historia, y la de esos casos de éxito, a la suerte. También sería injusto.

Llevo dos décadas liderando empresas de educación, obsesionado por entender por qué algunas personas triunfan y otras se estancan, sin importar sus condiciones iniciales. Quienes triunfan tienen en común que se sienten en control de sus vidas.

El control es la convicción fundamental de que tu destino está en tus manos y no en factores externos. Si tienes un plan y llueve, sales, aunque te mojes. Cuando no sabes algo, investigas y pruebas hasta entender. Si tus planes fracasan, verificas dónde fallaste y, tras corregir, lo vuelves a intentar.

Los factores de riqueza, familia y país son reales. Si eres rico, las cosas son más fáciles, y si empiezas pobre, todo será más difícil. Pero no son la condena que la cultura te hace creer. He visto personas pobres, con control, que rompen su ciclo de pobreza. Al igual que personas ricas que queman la fortuna familiar en una generación por falta de control.

El control no es motivación ni fuerza de voluntad. Si fuera tan simple como tener disciplina, todos los deportistas y atletas serían millonarios y exitosos. La suerte tampoco lo explica por completo. Lo que llamamos suerte es sólo un fenómeno estadístico cuyas variables no hemos estudiado lo suficiente.

Este libro explorará, paso a paso, los mecanismos que necesitas aprender para adquirir control en cada aspecto de la vida. En cada uno verás los poderosos sesgos aprendidos que les impiden a nuestras mentes aceptar el control que tenemos.

Algunos vienen de la cultura, en frases como “si dios quiere”, “lo que es de uno es de uno”, “si no pasó, es que no era para ti”, “las cosas pasan por algo”, “es culpa del Gobierno” o “el destino lo quiso así”.

Estas frases son un virus mental que hace que este libro sea difícil de aceptar. Alimentan varias capas de validación social que les hacen sentir a quienes toman control de sus vidas como traidores a sus tradiciones, familia y cultura.

“Si dios quiere” es una frase típica de los países católicos. Pero la frase no existe en ninguna de las escrituras. El cristianismo es una religión que celebra la libertad humana de elegir el camino propio. De otra forma no existirían los mandamientos, ni la idea de la confesión y el perdón. Pero es tan popular que criticarla se siente como atacar la fe.

El judaísmo también promueve el control: “Si no soy para mí, ¿quién será para mí? Y si soy sólo para mí, ¿qué soy?”. Y el islam lo hace con “Alá no cambia la condición de un pueblo hasta que ellos cambien lo que hay en sí mismos”.

Es decir, una actitud pasiva a la vida es contraria al propósito divino y la verdadera fe incluye la acción personal consciente.

Somos el promedio de la gente que nos rodea. Y nuestra cultura, ante el fracaso de nuestros planes, nos recompensa dándonos alivio. Es más fácil reafirmar que tu éxito no ocurre por algo fuera de tu control, que ayudarte a entender qué puedes hacer mejor la próxima vez: “Si eso pasó, es por algo”.

Son pocas y muy contadas las culturas capaces de decirte que la culpa es tuya sin vergüenza ni castigo social. Es decir, que en ti está aprender y lograr tus objetivos.

Triunfar es conseguir que tu vida sea lo que quieres. Para la mayoría son tres cosas simples: más dinero, apoyar a la familia y ser útil. Estos sueños los puedes cumplir antes de controlar tu vida. Entre más logros tienes, más arriesgado es cambiar de rumbo.

Si te funciona hacerle caso al sistema, seguir a otros y dejar que el destino te guíe, ¿por qué arruinar algo que sirve?

Porque una vida sin control es en realidad un riesgo extremo. Tan sólo en los últimos cincuenta años pasamos de una vida análoga, sin conexión inmediata, a una realidad cyberpunk futurista digital hiperconectada. Tú vivirás por lo menos cincuenta años más. La estabilidad laboral es una mentira peligrosa y cómoda, contraria a quienes toman control de su futuro.

La creencia de que los eventos de tu vida y sus resultados son consecuencia directa de tus acciones, capacidades y esfuerzo, en lugar de depender de factores externos o del azar, tiene un nombre formal en la ciencia: “locus de control interno”.

Gráfico de barras sobre locus de control interno en adultos.

Fuente: Leadership IQ. (2021). Internal Locus of Control: Definition and Research. Leadership IQ.

Hoy sólo el 17% de los adultos se siente en total control de su vida. Admitir que el control está en tus manos es aceptar que el fracaso es tu culpa y que no has llegado a la cima porque elegiste no escalar. Es más fácil para el ego decir que el Gobierno es corrupto o que el destino no quiso que dieras ese paso.

No tomar control se vuelve una necesidad para quienes se ven atrapados en un patrón de mediocridad.

Así que, antes de continuar, pregúntate: ¿estás obteniendo lo que quieres de tu vida?

QUIZÁS NO QUIERES TENER CONTROL

Una crítica auténtica a la búsqueda del control es el dolor que puede causar en personas con ciertos desórdenes de salud mental.

En 2024 estuve en ochenta y un aviones y treinta y un aeropuertos, volando un total de trescientas veintidós horas al año. Casi catorce días. Viajo para expandir mi negocio, ver a mis amigos o explorar nuevos lugares. Mi corazón se llena con esos planes.

Algunos viajes están fuera de mi control. A veces mi equipo necesita que vuele a ver a ciertos clientes por exigencias de un contrato. Cada uno de esos viajes que no elegí se sienten como una derrota.

Existen condiciones mentales conectadas a la necesidad de control. Las personalidades obsesivo-compulsivas tienen una preocupación persistente por el orden, la perfección y las reglas, a costa de la eficiencia y la flexibilidad. La ansiedad, en ocasiones, busca la seguridad en el micromanejo y la reducción de incertidumbre. El trauma te hace hipervigilante y controlador de tu entorno.

Si la idea de tomar control te causa angustia, por más que leas y quieras, no vas a lograr tener control. Nadie (o casi nadie) quiere sufrir por elección, y la segunda década del siglo XXI ha sido especialmente cruel con la salud mental de la humanidad.

Mi trabajo de CEO exige que controle mi agenda, maneje los resultados de mi equipo y busque grandes resultados en medio del estrés y la presión externa de inversionistas y el mercado, junto con mi propia presión interna de objetivos. Hace unos años me diagnosticaron un trastorno de ansiedad generalizada, y lo traté.

Buenas noticias: está casi garantizado que tu salud mental mejora a medida que envejeces:

Gráfico de líneas mostrando MHQ promedio por grupo etario en 2019, 2021 y 2024.

Fuente: Sapien Labs. (2021). Mental Health Quotient (MHQ): Global Report 2021. The Mental Health Million Project.

Sapien Labs es una organización que mide el equivalente al coeficiente intelectual (IQ) de la salud mental de la humanidad (MHQ). El MHQ mide tu estado de ánimo, motivación, agencia, optimismo, capacidad de ejecutar, resiliencia, conexión mente-cuerpo y tu autoevaluación de felicidad.

La pandemia y la adicción a redes sociales sin duda han afectado nuestra salud mental, por razones que exploraremos más adelante. La buena noticia es que, a medida que envejeces, el coeficiente mejora. Sin importar cómo estás hoy, estarás mejor mañana.

Existen cosas incontrolables: el clima, tu familia, el Gobierno, la economía o las leyes de la física. Las fuerzas de la naturaleza y la sociedad se controlan a través del estoicismo y la aceptación de lo que está fuera de tu alcance.

Eso incluye la incertidumbre del futuro. Es imposible y poco productivo prevenir todos los riesgos o prepararte para todos los escenarios. Esto sólo causa parálisis, ansiedad y pánico. Entre más te enfocas en lo peor que puede pasar, tus músculos se querrán mover menos.

¿Y si lo intentas y fracasas? La culpa es otro miedo que bloquea. Nuestra necesidad de ser útiles está consagrada en la memoria epigenética de las tribus humanas que expulsaban a quienes ya no les servían. La vergüenza al fracaso es, para muchos, un riesgo inaceptable para la identidad.

Son estos casos los que hacen que, quizás, el control no sea para ti.

Tomar control no es controlarlo todo, sino la creencia de cómo tus acciones influencian los resultados de cada aspecto de tu vida. Cada vez que ves evidencia de cómo el rumbo de tu vida cambia con tus acciones, tu ansiedad se reduce. Es un riesgo que lo vale en cada pequeño triunfo.

No se trata de ser responsable de todo, sino de construir tolerancia a la incertidumbre con cada pequeño triunfo. Cada acción bajo tu propia voluntad aumenta tu aceptación de lo incontrolable. Cada error superado hace que el próximo riesgo que tomes sea más grande.

El deseo de controlarlo todo no es control. Tú controlas tus acciones y resultados, mientras aceptas la incertidumbre de cómo esto es percibido por los demás. Mientras aceptes lo que ocurre, con la mente abierta y la curiosidad de aprender, estarás construyendo la evidencia que crea mentes fuertes y sanas.

LA ESPERANZA NO ES UN PLAN

Creer en ti es fundamental, necesario e insuficiente. Necesitas un plan que nadie te va a dar.

La muerte de mi primera compañía estuvo fuera de mi control. Cristalab, la comunidad de diseño web que construí al final de mi adolescencia, no fue concebida como un negocio, pero se convirtió en uno por pura suerte. Google permitió que personas extranjeras agregaran anuncios a sus sitios web usando una tecnología llamada AdSense. Era 2004, yo acababa de lograr tener visa a Estados Unidos y abrir una cuenta bancaria como extranjero. Con esos dos componentes empecé, por primera vez en mi vida, a ganar dinero por internet.

No pensé en abrir una entidad legal o crear planes de negocio, sólo me enfoqué en que la comunidad fuera un lugar mejor cada vez. Lo cual, desde una perspectiva de negocio, es el plan correcto. Es tan buena idea que, por años, mis ingresos mensuales por anuncios de AdSense siguieron creciendo, sin que yo me preocupara por optimizar nada de la empresa.

No lo hacía por ser un genio de los productos digitales que prioriza a sus clientes. Lo hacía porque me parecía muy divertido hablar con mi comunidad, mientras que la idea de pensar en Cristalab como empresa me aburría mucho. Si soy honesto, ver que el tráfico y los ingresos seguían creciendo, sin que tuviera que aprender lo básico de manejar una compañía, me causaba una arrogante complacencia.

De 2004 a 2007, Cristalab vivió una bonanza de crecimiento. En 2001, el negocio de empresas de internet colapsó de una manera dramática, creando la desaparición de riqueza más repentina de la era moderna. Lo recordamos como “la crisis de las punto com”. Tres años después, internet estaba madurando y vender publicidad a Google era fácil, efectivo y sólo exigía construir más y más tráfico. La comunidad se encargaba de crear el contenido, yo a mantener el sitio y el resto era crecer.

En 2008, la burbuja de la vivienda explotó en Estados Unidos. El resto del mundo sufrió el mismo destino los siguientes dos años. Cuando golpeó a España y México, los mercados que más dinero me generaban por publicidad, mi “sueldo” bajó a la mitad de un día para otro. En menos de un mes, gané una décima parte de lo que había logrado un año atrás, durante el mismo periodo.

Gráfico de barras mostrando la caída de ingresos publicitarios 2003-2009.

Fuente: Interactive Advertising Bureau (IAB). (2010). IAB Internet Advertising Revenue Report: 2009 Full-Year Results. PricewaterhouseCoopers.

Me forcé a sobrerreaccionar. Seguí la misma estrategia de siempre: mejorar mi comunidad. Cambié el diseño del sitio web, lancé nuevas capacidades, escribí más contenido y optimicé al extremo todos los recursos del software para reducir los costos a un extremo absurdo. Aprendí mucho en el proceso.

Lo que nunca hice fue sentarme a pensar si esto tenía sentido a mediano plazo. No reflexioné sobre si el mercado había cambiado o si tenía que replantearme vivir de la publicidad de Google. No leí cómo otras compañías lidiaron con esto, ni pedí ayuda a otros emprendedores. Sólo esperé que, haciendo lo mismo, pero mejor, con fe y esperanza, todo estuviera bien.

Las visitas crecieron a más del triple. Mis usuarios, más que nunca, amaban la comunidad gratuita que llevaban años disfrutando. Me invitaban a conferencias y eventos a hablar de lo que había logrado. Pero los ingresos seguían cayendo, porque el mercado de la publicidad online en sitios web nunca se recuperó.

En un año más estaría quebrado, porque nunca tomé control de mi primer negocio. No tenía un plan B ni ninguna estrategia. Yo hacía un buen producto y la gente me visitaba. Pero la soberbia del triunfo que me llegó por suerte me convenció de que yo estaba por encima de aprender los fundamentos de un negocio.

Esa conclusión no llegó de inmediato, porque primero tenía que comer para vivir. Volví a vivir con mi familia y, con la humildad que dan las deudas, me senté a pensar qué hacer. Yo amaba enseñar y mi comunidad me respetaba como divulgador tecnológico, así que tenía sentido probar suerte en la educación.

Yo había sido profesor de cursos opcionales de extensión en varias universidades, así que, en vez de pedir empleo, renté el uso de sus laboratorios y empecé un pequeño negocio de cursos de creación de sitios web. En esos laboratorios de computación cabían unas veinte personas y siempre di por sentado que ese era el límite de cuántos estudiantes podía tener por curso.

Mi estrategia era simple y clara: si quería vender más, tenía que dar más cursos. Mi optimismo me convenció de que sólo necesitaba esforzarme duro para recuperarme y triunfar.

Al final del año, mi cansancio acentuaba mi desmotivación. Un curso al mes de veinte personas eran menos de doscientos cuarenta estudiantes en un año. Un número que no me llevaría ni siquiera a crear una pequeña empresa. A pesar de que amo enseñar, recuerdo dar esas últimas clases con un ojo en el reloj, esperando el final.

En esa época empecé a trabajar con Christian, el fundador de Maestros del Web, una comunidad de desarrolladores web de principios de internet, en 1997. Él era una leyenda al ser un pionero de crear negocios en línea, y por años fue mi principal competidor en Cristalab.

Con Christian, años después, tomaríamos la decisión de fundar Platzi, la escuela de tecnología más grande del mundo hispano. Pero en aquel entonces era sólo un amigo y competidor con el que me encontraba de vez en cuando en los lugares a los que nos invitaban a dar charlas.

En uno de esos espacios, ambos nos sinceramos y abrimos nuestros números. Ninguno la estaba pasando bien. Además de contarle la realidad de mis estadísticas, también le conté de mis cursos en universidades. Su primera pregunta fue por qué no tenía clases más grandes. “No hay laboratorios con más computadoras”, le dije. “No necesitamos un laboratorio, vamos a un salón de eventos grande y que la gente traiga su propio laptop”, me respondió, confundido por mi incapacidad de ver lo obvio.

Yo venía de una familia sin mucho dinero, donde una computadora portátil era un lujo para pocos. Ese sesgo limitó mi potencial. Aun así, dudé de la idea y dediqué un par de meses a hablar con potenciales clientes. ¿De verdad tienes laptop? ¿Y la vas a traer? ¿En serio no hay problema?

Gráfico de líneas comparando cuotas de mercado de laptops y desktops (2005-2010).

Fuente: International Data Corporation (IDC). (2010). Worldwide Quarterly PC Tracker. IDC.

Ciento veinte personas llegaron con sus propias computadoras al siguiente curso. Algunos hicieron viajes en bus de medio día para llegar desde pueblos lejanos. Uno de ellos trajo una computadora de escritorio gigante. A él le regalamos un monitor de pantalla plana al final.

Los primeros cursos que organizamos juntos eran experimentos y cada curso exitoso nos confirmaba que éramos un buen equipo. Él y yo, acostumbrados a operar solos, decidimos vencer la aprehensión, formalizar nuestra sociedad y apostar por más.

Hicimos cursos en veinte ciudades de doce países distintos en los siguientes dos años, educando a miles de personas y creando la semilla de dinero y audiencia que nos permitió lanzar la escuela de educación online en la que se convirtió Platzi. Una empresa que, con tiempo, software y mucha innovación, llegó a siete millones de estudiantes.

Christian me forzó a entender que estaba basando el éxito de mi negocio en mi motivación, fuerza de voluntad y la esperanza de que todo saldría mejor. Eso no es un plan.

Juntos nos sentamos con cabeza fría y sin sentimientos a hacernos las preguntas duras. De qué forma el negocio podía fracasar, qué variables detienen el crecimiento y la escala, cómo remover esas barreras y qué cosas tenían que ser verdad para lograr nuestros sueños más ambiciosos.

Tras elegir metas tan grandes como nuestra imaginación y amor propio que nos permitían soñar, empezamos a pensar en cada paso. El dinero que requeriría cada meta. El producto mínimo que necesitábamos para lanzar. Cómo cambiar de ruta si algo salía mal.

El plan, por supuesto, no salió tal cual creíamos. Perdimos dinero, cometimos errores, cambiamos de ideas y modificamos la ruta trazada. Reaccionamos cuando fue necesario y, hasta hoy, seguimos iterando. El punto no es que algo ocurra como lo planeas, sino que tus planes te preparen para lo inesperado.

Un plan necesita:

  • Un objetivo ambicioso, claro y lograble
  • Una fecha límite
  • Una métrica única de éxito
  • Una lista de lo que puede salir mal
  • Una idea de qué harás si eso pasa

Planear es sorprendentemente fácil. Sólo requiere que confíes tanto en ti que en cada paso tengas la convicción de que encontrarás la soluc

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos