El vaso de leche y otros cuentos

Manuel Rojas

Fragmento

 Una pelea en la Pampa

UNA PELEA EN LA PAMPA

Seis hombres, con los codos afirmados sobre la mesa, medios sentados y medios de pie, seguían con la mirada el lento deslizarse de la primera carta del naipe que el tallador sostenía en su mano izquierda. El índice de la derecha, húmedo de saliva, recogía suavemente la delgada hoja.

Después del blanco del margen, apareció la línea que en las barajas españolas indica la pinta de la carta.

—Oro es —dijo una voz.

—Oro —repitió otra.

—Dos pesos más al seis.

—Van.

El tallador retiró la mano, esperando que se depositara la apuesta. Una vez depositada, el índice, humedecido de nuevo, volvió a subir un poco más la carta.

De pronto reventó una tempestad de exclamaciones: el número había empezado a verse y la pequeña línea curva aparecida indicaba que sería uno de estos cinco: un dos, un tres, un ocho, un seis o un nueve. Descontando la posibilidad de que fuera alguno de los tres primeros, quedaba la expectativa de los dos últimos. Con nueve ganaba la banca: con seis, los apostadores.

—Es un nueve.

—No; un ocho.

—¡Es un seis, niñitos; es mi encartada!

—¿Nadie juega más?

—No, señor; échelo no más.

Se deslizó nuevamente la carta y entonces no quedó duda alguna: era un seis o un nueve.

—¡Es seis!

—¡Seis!

—¡Lo tenemos agarrado de la cola...!

El tallador tiró bruscamente de la carta. Apareció un flamante seis de oros.

—¡El seis de oros!

—Perdió la banca.

—¡Aquí, cuatro!

—¡Aquí, diez!

—¡Aquí, cincuenta cobres!

—¡Chís! No juegues tan subido...

—¡Aquí, un pesito!

—Bueno, no griten... A todos les voy a pagar —dijo un hombre moreno y gordo, el garitero, sentado junto al tallador.

Empezó a pagar, a este cuatro, a este otro diez, al de acá dos, al de más allá, cincuenta centavos, al de aquí cinco. Al final, solo quedó un peso fuerte sobre la mesa.

—¿De quién es ese peso? —preguntó el garitero.

—Mío... —respondió un joven, de unos diecinueve años, parado al final de la línea de jugadores.

—¡Psch! ¿Me has visto cara de tonto? —interrogó el pagador—. ¿Cuánto jugaste?

—En la segunda carta que sacó el tallador.

—¿Y cuándo, que yo no te vi?

—¿No le digo, pues, señor, que en la segunda carta?

—¡Esta sí que es buena! Oye, Miguel, ¿jugó Leyton en la segunda carta?

—No sé, no me fijé —contestó el tallador.

—¿No ves?

—¡Vaya, señor! ¿Así es que porque él no se fijó, yo voy a perder mi apuesta?

—No, no... ¡Miren qué diablo! Puso la plata cuando vio que la banca perdía. ¿Te vienes a armar con ese peso? No, caballero, no. Aquí no estamos enderezando curcunchos... ¡No faltaba más!

—Bueno, señor, no hable tanto... Al fin y al cabo, la culpa es mía, por meterme a jugar con pillos y sinvergüenzas...

El garitero tuvo un acceso de ira. Dio un feroz puñetazo sobre la mesa y acercándose al joven, mientras le ponía los puños debajo de la nariz, le preguntó:

—¿Quién es pillo y sinvergüenza?

—Vos —contestó el joven, sin inmutarse.

El garitero se rio nerviosamente y volviéndose hacia los que allí estaban, dijo:

—¡Miren quién me llama pillo y sinvergüenza! Este niñito que acaba de salir del presidio después de cumplir una condena por robo. ¡Ladrón!

—¿Y qué más me sacas? —preguntó con sorna el joven.

—¡Salteador!

—¿Y qué más?

—¿Qué más te saco? Esto...

Y agregó un horrible insulto.

El joven retrocedió. Pálido y apretando los dientes, preguntó:

—¿Por qué me dices eso?

—¿Por qué? Porque todo el mundo lo sabe, y vos mejor que nadie.

Y sarcásticamente, explicó los motivos que tenía para llamarlo como le había llamado. Y de tal modo lo hizo, que el joven no supo qué responder para alejar la acusación que le hacía.

Temblando de coraje, recogió su moneda, la guardó y se fue.

El garitero, entonces, como si algo adentro se le hubiera destapado repentinamente, vomitó un torrente de injurias y blasfemias, concluyendo por hablar de balazos y puñaladas. Entre gritos y risas lo calmaron, y el juego se reanudó.

—¡Jugar, niños, retirar las manos de la mesa! ¡Atención, que el que más mira menos ve! ¡Jugar y cubrir las pintas!

El joven insultado, mientras tanto, después de salir de la casa de juego del Rucio Ramos dando un tremendo portazo se marchó sobre la acera a largos y resueltos pasos, lanzando interjecciones en voz alta y pegando con el puño en las paredes.

El insulto lo había enardecido; le dolía en la cara como la quemadura de un latigazo. Cualquier otro hubiera sido menos grave y menos infamante que ese. Podía permitir que se le llamara ladrón, salteador, hasta asesino; pero eso no, eso no... A un hombre no se le puede llamar así, sin correr el riesgo de perder los dientes, o la vida. Él lo creía así y así tendría que proceder.

Llegó a una esquina y allí estuvo parado un momento, reflexionando. Por fin murmuró:

—Voy a ver a don Pancho.

Caminó varias cuadras, llegó al Camino de Cintura y torció hacia la derecha, metiéndose después en una callejuela oscura. A los pocos pasos se detuvo ante una puerta, escuchó en ella. La casa estaba en silencio. Golpeó. Después de un rato, una voz grave de hombre preguntó desde dentro:

—¿Quién es?

—Yo, don Pancho; el chiquillo Leyton.

Se oyó el ruido de una tranca que resbalaba sobre la puerta, esta se abrió y la misma voz grave, desde la oscuridad del pasadizo, dijo:

—Entra, Guillermo.

Entró el joven. El hombre colocó de nuevo la tranca en su sitio, avanzó por el pasadizo y abriendo una puerta hizo pasar al joven y él entró detrás. A la luz de la lámpara apareció un hombre muy alto, huesudo, de bigote gris, ojos negros y penetrantes. Estaba cubierto con una manta de castilla.

—Siéntate —dijo—. ¿Qué andas haciendo por aquí? Estás pálido. ¿Qué te pasa?

—Venía a hablar con usted, don Pancho.

—Bueno, hablemos.

Encendió un cigarrillo, sentándose calmosamente.

—Habla sin cuidado. ¿Andas en la mala?

—No, don Pancho; es otra cosa.

—Vamos a ver.

Un mes hacía que Guillermo Leyton había salido del presidio, donde cumpliera una condena por robo. Durante su permanencia en el penal, hizo amistad con don Pancho, quien se encontraba allí procesado por un salteo con homicidio. Don Pancho, que conocía a primera vista la calidad de los hombres, pudo apreciar en el joven Leyton ciertas cualidades que le agradaron: voluntad, guapeza y un grave sentido de la dignidad dentro de su carácter de delincuente. Debido a esto, concedió al joven su protección, llevándolo a vivir a su celda, prestándole pequeños servicios y compartiendo con él las comodidades de que disfrutaba. El joven, agradecido por la atención que don Pancho le demostrara, hizo cuanto estuvo de su parte para retribuir los favores recibidos y agradar a don Pancho, limpiando la celda, lavando el reducido menaje de cocina que don Pancho poseía y desempeñando otros menudos quehaceres.

Esta amistad y esta mutua simpatía despertaron la envidia de los demás presos, que empezaron a correr la voz de que entre don Pancho y el chiquillo Leyton existían otras relaciones que las que supone una simple amistad entre hombres... Y como Guillermo era jovencito y don Pancho hombre ya maduro, y como ambos vivían separados, de palabra y de hecho, de los demás detenidos, ello contribuyó a que lo que en un principio fuera una simple murmuración, tomara cuerpo, transformándose en una verdad probada o indiscutible, que rebasó las paredes del presidio y esparciose rápidamente entre la gente tragediosa.

Cuando Guillermo, después de cumplir su condena, salió del presidio, se encontró con esa calumnia como con un regalo de libertad. Varios amigos se lo dijeron, y aunque ello le molestó algo, no quiso darle importancia. Y nunca se la habría dado si no hubiera sucedido lo que acababa de suceder, que se lo dijeran en serio delante de otros hombres.

Don Pancho no lo sabía, nadie se lo había dicho. En todo el presidio, y eso que en él se anidaban pájaros bastante bravos, se hubiera encontrado con un hombre capaz de decir a don Pancho:

—Entre tú y Leyton... ¿eh?

El que a tal cosa hubiérase atrevido, no habría podido dormir bien en muchas noches.

Por esto, la calumnia cogiole de sorpresa, dejándolo pensativo. Primero, le dio ira; después risa. Él conocía bien a la gente baja del presidio, ladronzuelos de suburbio, pequeños asaltantes, guapos de oficio, ralea menuda, sin valor alguno. Inventa una calumnia con la misma facilidad con que le roba una prenda a un compañero confiado. Sin embargo, eso no podía quedar así. Era la primera vez que una mancha de esa especie caía sobre su persona, porque, mirándolo bien, el calumniado era él, ya que se le suponía capaz de semejante ruindad y bajeza. Y como alguien tenía que responder por los demás, ese alguien sería el garitero que insultó a Guillermo.

Por eso, cuando Leyton le preguntó:

—¿Qué haré, don Pancho?

Él contestó, arrojando la colilla de su cigarrillo:

—Desafíalo a pelear, yo te acompañaré. Mañana a las seis de la tarde, en la Pampa. Ven a buscarme.

Se despidieron. Guillermo se fue contento, aliviado. Yendo con don Pancho, llevaba ganada la mitad de la pelea.

Casi corriendo llegó a la casa de juego del Rucio Ramos, abrió la puerta de un puntapié y ante la estupefacción de todos los presentes, dirigiéndose al garitero, gritó:

—Oye, vos, pillo y sinvergüenza: mañana a las seis de la tarde te espero en la Pampa. Allá sabremos quién es el más... hombre de los dos.

El garitero se quedó con la boca abierta.

El prestigio de que gozaba don Pancho entre la gente de avería, no lo había conquistado jugando a las bolitas o encumbrando volantines. Silencioso y solitario, no era don Pancho uno de esos guapos de cantina que pelean con otro por cualquier motivo fútil. Él nunca faltaba el respeto a nadie, no provocaba jamás riñas. Era muy afable, cariñoso en su trato, y cuando hacía uso de sus manos, de las cuales se decía que rompían donde pegaba o desahogaba su violencia en una forma más brutal, era porque juzgaba llegado el momento ineludible de hacerlo. Pero fuera de estos momentos, que tampoco eran muy escasos, trataba de igual manera a todos los hombres, sin distinguir a nadie entre los demás. A causa de estas cualidades, se le quería mucho, y por ello se le respetaba mucho también, pues la gente dábase cuenta de que esa afabilidad y esa llaneza provenían de una fuerza interior, superior a la que estaban acostumbrados, equilibrada perfectamente con otra exterior.

Su prestigio venía además de su leyenda de bandido, bandido en el sentido de nobleza y de alto valor que la gente del pueblo da a esa palabra. Sus aventuras corrían de boca en boca entre los hombres de trilintroya y esposas; sus asaltos, sus peleas con la autoridad, sus lealtades, fugas y condenas, formaban muchas veces el motivo de las conversaciones entre el lobaje del presidio. Cuando don Pancho llegaba a una casa de diversión, se suspendía, al verlo, el baile y el canto y solo se reanudaban cuando él lo pedía. Igual cosa pasaba en las casas de juego y en todas aquellas partes donde aparecía su alta y nerviosa figura.

Al otro día, como a las cuatro, Leyton golpeaba la puerta de la casa de don Pancho. Este lo hizo pasar a su cuarto. Allí abrió una vieja cómoda y sacó de ella una daga y un cuchillo. La daga era muy larga, recia y afilada como un machete, pesadísima; el cuchillo era más bien una de esas terribles armas que los españoles llaman navajas; corto, de un solo filo y agudísimo, que terminaba en una delgada y elegante curva.

—Elige una de estas —le dijo.

—No, don Pancho, no se moleste; yo tengo ya mi herramienta.

—No; elige una de estas. Son muy leales y fieles. No te dejarán en vergüenza.

Decidiose Leyton por el cuchillo. La daga era demasiado grande; parecía más apropiada para una pelea a caballo. Don Pancho la tomó y la hizo desaparecer debajo de su manta.

—Cuando uno va a bailar cueca, tiene que llevar pañuelo —dijo.

Salieron a la calle y se encaminaron lentamente hacia la Pampa. La Pampa llamaban en ese tiempo al Parque Cousiño, nombre que tal vez tenía su origen en la impresión de aridez que da el centro del Parque, lleno de tierra y sin árboles. Durante el camino, don Pancho recordó a Leyton ciertas lecciones que le había dado sobre el manejo de las armas blancas, en lo cual él tenía mucha práctica.

Llegaron al Parque y se pasearon un rato entre los árboles, esperando la llegada del contrincante. Leyton estaba un poco nervioso: era la primera vez que peleaba en una forma franca con otro hombre armado como él.

De pronto sintieron un griterío detrás de ellos. Se detuvieron y mirando hacia donde venían los gritos, vieron que por el camino de los vehículos, avanzaba un coche lleno de hombres

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