A la atención de una dama

Elizabeth Bowman

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Southampton, condado de Hampshire, invierno de 1816

El cascabeleo alborotador, y escandalosamente sonoro, de las tres jovencitas reverberó por toda la estancia, cual lluvia inesperada y devastadora que cae a plomo sobre suelo descubierto, invadiendo con su aparición, y por cierto que con absoluta impiedad, el discreto ángulo donde Catherine había emplazado su rincón de lectura: lejos de cualquier atisbo de tempestad..., aunque al parecer no lo suficientemente lejos para mantenerse a salvo de aquella.

Cerró con resignación la novela en la que había permanecido felizmente absorta durante la última hora, concediéndose al menos una sutil permanencia en la ficción al permitir que un dedo ejerciera de marcador entre las hojas, mientras acompañaba el suspiro de forzada vuelta a la realidad con un giro de ojos.

¿Qué estaría discurriendo por las cabecitas de aquellas tres necias en tales momentos?

¿Habrían conseguido, en base a múltiples zalamerías, convencer a su anciano padre para instarlo a comprarles una legión de plumas y cintas con las que adornar, innecesaria y exageradamente, sus bonetes nuevos?

¿Se habrían encaprichado, como tantas otras veces, de alguna tela recién llegada al almacén de la señora Byrne?

¿O acaso habían visto pasar desde la ventana a algún incauto caballero a lomos de su corcel, y la sola presencia de este, amén de la elegancia de su vestuario, la generosidad de sus patillas o la altura imponente del animal bastó para desatar semejante torrente de risas y alboroto?

Cualquiera de las opciones resultaba perfectamente válida para ser engendrada en la vana sesera de las hermanas menores de Catherine Russell, no obedeciendo tal necedad únicamente a la juventud de ninguna de las tres —pues igual de insustanciales resultaban los dieciséis años de la más joven como los dieciocho de la mayor—, sino que su banalidad residía especialmente en su carácter frívolo, vano, caprichoso, egoísta e inmaduro.

Y no podía decirse que albergara Catherine tan pobre concepto de las muchachas por el simple hecho de que entre ellas no existiera un vínculo sanguíneo completo —las Russell eran hijas del mismo padre, pero no compartían madre, pues la de Catherine había fallecido siendo esta muy niña y la de las otras tres hubo de alcanzar el descanso eterno cuatro años atrás—. ¡Nada de eso!

Catherine jamás había sido prejuiciosa, y mucho menos una persona de innoble naturaleza. La opinión —acertada en todo caso— que Catherine albergaba de sus hermanas podría ser secundada por cualquiera en base al proceder habitual con el que se conducían las menores de la familia Russell, amén de por la naturaleza disparatada de sus caracteres; punto que al fin y al cabo las retrataba con una fidelidad mayor de lo que podría hacerlo el entendimiento de la sensata Catherine.

Como había temido, el indeseado aluvión de gasas, tirabuzones y muselina llegó en torrente hasta el apartado rincón donde ella se encontraba y, con su irrupción trepidante, consiguió alejar las amables sombras de intimidad con las que Catherine se envolvía para salpicarlo todo de risas, bullicio y desatino.

—¡Ah, aquí estás, Catherine! —exclamó Penny, la más joven, comandando el trío, como era habitual a pesar de su corta edad, para apostarse con un salto invasivo delante de su hermana. Le arrebató el libro con rudeza, perdiéndole la página—. ¿Qué haces?

Ella enarcó una ceja y se abstuvo de responder. Pretendía, con este gesto, retratar su incredulidad ante tan absurda pregunta.

—¿Qué demontre es esto? —Penny giraba el libro ante sus ojos, observando bajo ceño portada, contraportada y lomo, como si no alcanzara a comprender qué podía albergar de atractivo aquel objeto tan simple como para abstraer a Catherine durante tantas horas seguidas—. ¡Cuánto pesa para no contener más que aburridas letras y ni una sola ilustración!

La hermana mayor suspiró, ofendida ante la necedad de la jovencita.

—Sueño de una noche de verano no necesita ilustraciones, Penny... —aseveró.

Al fin, incapaz en efecto de apreciar la magia del maestro Shakespeare, la menor devolvió con aspereza el libro a su propietaria.

—¡Por Dios, Penny! —espetó burlona Fanny, la hermana que seguía en edad a la pequeña—. ¿Que qué está haciendo? ¡Leer! ¿Qué otra cosa, si no? La vida de Catherine está consagrada en exclusiva a la lectura y al piano, parece mentira que aún no te hayas dado cuenta.

No existía un ápice de amabilidad en tal comentario y sí demasiada voluntad de ofender, y no precisamente a Penny.

—Me doy perfecta cuenta, Fanny querida —resolvió la primera con retintín. A pesar de ser la pequeña, claramente era la líder del grupo y, por supuesto, detestaba que la corrigieran—, ¿cómo no hacerlo con semejante... —se pausó de forma pretendida para buscar la definición exacta a aplicar a su comentario— con semejante rata de biblioteca en la familia?

Catherine endureció el gesto ante los ataques nada disimulados de su hermana.

Y aunque sin duda había aprendido a ignorar todas sus ofensas con la resignación que conlleva la adultez, era consciente de que aquella pequeña malcriada se merecía que la metieran en vereda de una buena vez.

—No seas tan insensible, Fanny —intervino Mia, la mayor de las tres, acusando con su siguiente apunte la insensibilidad que precisamente reprochaba a su hermana—, ¿no comprendes que eso es lo único que puede hacer la pobre Catherine a estas alturas, perdida ya su juventud y convertida en una irremediable solterona? —Se encogió de hombros con falsa condescendencia—. Leer, leer y tocar el piano hasta que se le entumezcan los dedos... —chasqueó la lengua para disimular una risotada que las menores, en cambio, no se molestaron en disfrazar— o bordar pantallas de chimenea mientras observa la vida pasar ante sus ojos —suspiró con pretendida teatralidad—. ¡Pobre, pobre Catherine!

Esta frunció el ceño y pretendió replicar; sin embargo su hermana pequeña no parecía dispuesta a permitirle resguardarse de sus dagas verbales.

—Observando la vida pasar... ¡o a sus hermanas divirtiéndose como ella ya no podrá hacerlo jamás! —Remató Penny, girando con vehemencia sobre sus talones, muy dispuesta a abandonar un escenario tan soporífero como falto de encanto.

La juventud, escoltada por una orgullosa ignorancia e ingentes dosis de necedad, acostumbraba a formar, en su conjunción, una peligrosa alianza.

No obstante, Catherine, quien había conseguido educar un talante admirable en lo concerniente a aquellas tres necias, se limitó a negar lentamente con la cabeza, encajar la mandíbula, tragar seco y elevar la barbilla antes de dirigirse a las dos que, sorpresivamente, no habían seguido a Penny.

—¿Puedo ayudaros en algo? —Su tono resultó lo suficientemente seco y cortante como para que Fanny y Mia la miraran con gesto anodino.

—¿Tú? —Veloz y venenosa como una hidra, fue Penny quien respondió en nombre de sus hermanas, no sin antes haber lanzado una mirada furibunda a sus secuaces. En esos momentos lo que en verdad la crispaba, más allá de la intervención de Catherine, era la falta de resolución de las otras dos a la hora de seguirla con sumisión. ¿Qué demonios hacían todavía allí paradas frente a la tonta de su hermana mayor?—. ¿Cómo podrías ayudarnos tú a nosotras; tú, pobre y aburrida Catherine?

Ella exhibió ambas palmas, elevó los hombros y alzó las cejas para reflejar su incredulidad. Por el amor de Dios, si nada querían de ella, ¿para qué habían ido en tropel a estorbarla?

—En realidad... —apuntó Fanny, dirigiendo a su hermana pequeña una mirada cargada de intencionalidad maliciosa— recuerda, Penny, que veníamos a contarle a Catherine que recientemente nos han invitado al baile de los Spencer —dirigió entonces la mirada, y una sonrisa igualmente pérfida, a Catherine—, aunque supongo que a ti no te interesa demasiado saber nada de todo esto, pues al fin y al cabo ni bailas, ni formas parte de ningún corrillo ni participas apenas de las conversaciones.

Se disponía Catherine a anudar la lengua viperina de aquellas necias con una respuesta a la altura de su cretinismo, cuando la mayor de aquel maléfico trío impidió que se expresara.

—Eso no es cierto, ¡pero qué poca memoria tenéis! —intervino, en efecto, Mia—, durante el baile de los Aston-Miller, queridas, Catherine se pasó toda la noche conversando alegremente con la señora Turlington.

—Es verdad... —razonó Fanny, afectada por no haberse dado cuenta antes de semejante realidad.

—¡Oh, bobas! —gruñó Penny al borde de la crispación, dedos en garras y mirada elevada al techo—. ¡Ese dato resultaría maravilloso y admirable... de no ser porque la señora Turlington es una vieja beata que debe tener cuando menos cien años!

Estalló en una escandalosa carcajada que enseguida secundaron sus hermanas.

Decidida y airosa, arrolladora en su determinación, Penny enlazó ambos brazos en los de las otras para tirar de ellas y abandonar juntas la estancia, obligándolas a reaccionar y a no abandonarla en su retirada esa vez.

Tras ellas dejaron la molesta estela de sus risas burlonas, de sus miradas maliciosas, de sus chascarrillos grotescos y del profundo aborrecimiento que albergaban hacia su hermanastra, tal y como solían referirse a ella frente a terceros.

Catherine, una vez a solas, recostó la cabeza en el respaldo del sillón orejero que ocupaba, cerró los ojos, exhaló profundo y procuró sosegarse.

—Perfer et obdura, dolor hic tibi proderit olim...[1] —murmuró bajito.

No se trataba de que en realidad la desasosegaran los comentarios de Penny, Fanny o Mia.

No, en el fondo ya no, pues había aprendido a ignorarlos del mismo modo que uno aprende a ignorar un sonido molesto, como el zumbido agónico de un mosquito en plena noche, hasta el punto de conseguir dejar de escucharlo del todo.

Se trataba de que tanta tontería —brotando de continuo, a borbotones y sin impedimento alguno de aquellas seseras vacías, ocupadas tan solo por tirabuzones y lazos—, tanto orgullo y tanta vanidad desmedida conseguían enervarla y hacerle sentir vergüenza hasta de su propio apellido.

Estaba segura de que la vida se encargaría, con el tiempo y en base al correr de los años y a las experiencias acontecidas, de ponerlas en su sitio. Por fuerza había de ser así.

Tan solo esperaba Catherine, por el bien de las tres muchachitas, que la propia vida, el destino o quien fuere que manejara los hilos de la existencia de cada cual no resultara demasiado cruel ni respondiera a la altura de la perfidia de sus hermanas.

En ese caso, el batacazo resultaría formidable.

Con una sonrisa plácida en los labios, mecida por el sosiego que irradiaba de las profundidades de su alma y alentada por el silencio que por fin había regresado a la estancia, Catherine se perdió en sí misma.

Posiblemente sus hermanas pensaran de verdad que su vida no le ofrecía ningún aliciente más allá del placer espiritual que podían concederle la lectura, la música, la contemplación silenciosa del paisaje o el deleite que acostumbraba a brindarle el escuchar con emoción los sonidos de la naturaleza.

En realidad pocas cosas resultaban tan estimulantes para ella, y a la vez tan deseables, como el simple hecho de pasear por el campo y escuchar el gorjeo de los pajarillos, el murmullo del viento entre el follaje o el arrullador rumor de una corriente de agua siguiendo su curso. ¡Adoraba la tranquilidad de su día a día! ¡Adoraba su rutina establecida en base al correr de los años, y adoraba en especial vivir sin sobresaltos!

Aunque, ¡y qué lástima!, sus hermanas jamás lo entendieran de ese modo y simplemente asociaran su estado de paz, y la serenidad de su existencia, con una vida miserable y aburrida.

Triste.

Comprendía y asumía que, a ojos de terceros, podía ofrecer quizá esa impresión.

A sus veintinueve años casi todo el mundo la consideraría oficialmente una solterona y, al acercarse a la treintena, una solterona por demás carente de interés alguno para el género masculino.

Pero a Catherine no le importaba. Nada de eso le importaba.

¿O acaso debería haber aceptado la proposición de un hombre, ¡de cualquier hombre!, por la simple necesidad de abandonar el odioso rol de solterona asignado en el presente?

¿Acaso debería haber emparejado su existencia a la de un desconocido en cuerpo y alma, con tal de no convertirse en una paria social?

¿Debería haber trotado de baile en baile, exponiéndose a ella y a su familia —tal como hacían sus hermanas— con el único fin de hacerse notar en cualquiera que fuere el lugar al que convidaran a los Russell?

No, ella no era una yegua que debiera ofrecerse de feria en feria en busca de un comprador adecuado.

Su alma, su corazón, su inteligencia y su sayo mortal no estaban en venta.

Había perdido la frescura juvenil, también era consciente de eso, pero aquella belleza radiante —y un tanto anodina— de los años jóvenes había sido sustituida por una madura, serena y sosegada.

Una madurez que se hacía notar en las arruguitas que destacaban en el extremo de los párpados o en las líneas de expresión que remarcaban los labios en indicio de la perpetua sonrisa que habitualmente los estiraba.

Pero su naricilla continuaba mostrándose respingona, sus labios no habían perdido voluptuosidad y su cabello ondulado seguía viéndose tan oscuro como siempre, carente por completo de hebras plateadas.

Su anciano padre la adoraba, además.

Gozaba de una existencia cómoda y agradecida gracias a su pertenencia a una familia notable y con posibles.

Su futuro no dependía, ni dependería jamás, de ningún hombre ni de las arcas de este.

¿Qué más podía pedir?

Catherine se sentía contenta y satisfecha con su vida.

Y sin duda resultaba esta mucho más feliz, plena y productiva que los continuos terremotos emocionales, la excitación, la impaciencia y la frustración constante a la que estaba sometida la existencia de sus hermanas menores.

Capítulo 1

Catherine rehusó asistir al baile de los Spencer.

Y no le hizo falta pensar demasiado en ello.

Antes de que su anciano padre abandonara aquella noche la mansión acompañado de sus escandalosas hijas menores, Catherine solicitó al anciano que la excusara ante los anfitriones alegando cualquier suerte de indisposición leve. Una que, por supuesto, no la convirtiera en asunto de preocupación para el vecindario en los días venideros.

En esa ocasión alegó una molesta migraña.

Estas resultaban un descargo muy socorrido entre el sexo femenino; todo el mundo parecía aceptarlas sin preocuparse más de lo debido y justificaban de inmediato cualquier necesidad de absentismo.

El anciano Russell accedió con notable tristeza a dejar a su primogénita atrás, mientras que Penny, Fanny y Mia le dedicaron a su hermana un generoso despliegue de miradas lastimeras que, no obstante, tenían muy poco de compasivas, como demostraron a continuación las muecas y guiños que le regalaron antes de traspasar el umbral. Penny, incluso, dio en la flor de asomarle la lengua en un claro gesto de desprecio.

Catherine asimiló el gesto revoleando los ojos y suspirando su resignación ante comportamientos tan pueriles como ineficaces.

No era la primera vez que la primogénita de los Russell se ayudaba del práctico ardid de la migraña para no asistir a alguna velada, y en realidad sin ningún tipo de consecuencia posterior, pues, ciertamente, casi nadie la echaba en falta.

Ningún caballero joven acostumbraba a invitarla a bailar, salvo que obedeciera el gesto a algún tipo de deferencia amable hacia su padre, conocido y respetado terrateniente de Southampton.

Catherine asumía y entendía que prefirieran invitar a debutantes o a señoritas dicharacheras en edad de desposar, de cuyo tratamiento inicial pudieran obtener algún provecho posterior —entiéndase por esto la finalidad esperada en toda relación surgida entre ambos sexos: el matrimonio— antes que proponérselo a una señorita que, aunque de buena familia y generosas arcas, ya había dejado atrás sus mejores años.

Los únicos que solían acercarse a solicitar un baile a Catherine Russell eran los coetáneos del señor Russell —debía reconocer que siempre amables con la primogénita—, y algún viudo o solterón del lugar, que no albergaba finalidad alguna más que la de divertirse y pasar un rato entretenido.

Y aunque ella agradecía la deferencia, resultaba imperativo admitir que no encontraba en absoluto excitante el hecho de que cualquiera de los anteriormente mentados mostrara dicha gentileza, pues bailar sin vigor alguno, moviéndose por el salón con la lentitud requerida para que su compañero no sufriera ningún síncope o fuera capaz de lidiar con su artrosis, no resultaba apetecible ni emocionante para una mujer que en el pasado había disfrutado vivamente con la práctica del baile.

En otro orden de cosas, muy pocas damas añorarían su conversación, aparte de la buena y amable señora Turlington, pues Catherine jamás había sentido inclinación por los habituales chismorreos que surgían en los corrillos.

En realidad, solía posicionarse como una sombra casi invisible y siempre silente.

Desde la ventana de la sala principal observó el carruaje alejarse, y una vez que las antorchas en movimiento dejaron de titilar en medio de la bruma nocturna, decidió apartarse de los vidrios empañados de vaho.

La perspectiva de entregarse a una prolongada sesión de lectura frente a la chimenea, siendo el chasquido de los leños al ser devorados por las lenguas de fuego el único sonido capaz de perturbar la serenidad nocturna, resultaba más apetecible que soportar los chillidos de tres muchachas disparatadas brincando por el salón de baile en procura de un prete

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