Que los hábitos sean tu medicina

Borja Bandera Merchán

Fragmento

 cap-1

Introducción

¿Qué significa exactamente tener salud? ¿Hay alguna forma objetiva de saber si alguien es o no saludable? ¿Qué lo decide? ¿Una analítica? ¿La opinión de un profesional? ¿De un grupo de profesionales?

¿Cuáles son los factores que, de estar presentes en nuestra vida, ayudan a preservar y optimizar la salud?

¿Existen poblaciones modernas en las que la enfermedad cardiovascular o el cáncer sean anecdóticos? ¿Por qué?

Vivimos cada vez más, pero ¿vivimos mejor?

¿Tiene sentido vivir más y peor?

¿Encapsular el ejercicio físico en una pastilla rosa o encontrar la píldora definitiva para adelgazar va a solucionar nuestros problemas de salud?

¿La solución a la enfermedad crónica son fármacos más caros e innovadores?

¿Existe una fórmula secreta para el cambio de hábitos? ¿Cuál es el camino más directo y eficaz para ayudar a una persona a modificar su conducta?

¿De qué ideas importantes no se suele hablar en las consultas médicas?

Tanto este libro como mi camino en la divulgación comienzan con preguntas cuyas respuestas son difícilmente localizables en un libro de medicina, o en la propia facultad de medicina. Allá por 2015, en plena carrera y cuando todavía estaban de moda los blogs, materialicé por fin algo en lo que llevaba pensando bastante tiempo: crear un blog llamado «Empoderamiento por Bandera».

Este espacio digital nacía de la necesidad personal de encontrar las respuestas que mis estudios universitarios no me estaban aportando. Y compartirlas con los demás, por supuesto. También me sirvió de desahogo de una carrera que apretaba bastante. Escribir tiene un poder ansiolítico muy subestimado.

Con el tiempo, el blog dio paso a otros canales de comunicación, entre los que YouTube destacó muy por encima del resto. En la plataforma por excelencia de vídeos hemos creado una comunidad que sobrepasa el millón de personas interesadas en la salud, una verdadera familia virtual repleta de individuos deseosos de aprender a optimizar su salud para prevenir la enfermedad (algo que se convertiría con el tiempo en una de las coletillas del canal).

Porque hay dos formas de luchar contra la enfermedad: una es esperar a que suceda y atacarla con violencia; la otra es optimizar tu salud y así evitar que se desarrolle. Ambas formas, como veremos a lo largo de estas páginas, son necesarias. Sin embargo, una sufre un alto grado de hipertrofia. La otra está atrófica.

Este texto es la última piedra puesta en ese esfuerzo comunicador que, por supuesto, continúa mientras lees estas líneas. Tienes entre manos una obra que recoge las ideas que he podido aprender, las sintetiza y pretende exponértelas de forma legible, sencilla y accionable. Por el camino lanzaremos otras preguntas abiertas. Me encantan las preguntas. Son fértiles, motivan el cambio de perspectiva y aportan más información que las propias respuestas.

Este no es un tratado de nutrición, psicología, autoayuda o medicina. Ni siquiera de medicina preventiva, aunque esta estará constantemente presente. Si hay un hilo conductor en la obra, es el de la salud en su más amplio sentido. Este libro no trata de enfermedades, de fármacos o cirugías. Los libros que me quitaban el sueño durante la carrera, sí. Este no.

Las ideas que encontrarás en esta obra no son nuevas ni mucho menos. Mentes mucho más brillantes han reflexionado sobre estos temas desde hace miles de años: los fundamentos básicos para preservar la salud. Fundamentos que, por básicos, muchas veces han sido olvidados.

Mi labor aquí es traducir lo académico a un lenguaje más simple. Conectar ideas aparentemente lejanas. Filtrar algunos conceptos pseudocientíficos y validar otros que se mueven en el límite de la ciencia conocida. Pero, sobre todo, esclarecer un camino de mejora y ayudarte a recorrerlo.

¿Para qué te servirán estas páginas? No lo sé. Eso me lo dirás tú cuando termines de leerlas. Podríamos decir que su objetivo principal es actuar de catalizador. Un catalizador es un elemento que aumenta la velocidad de una reacción química, permitiendo que ocurra. Un factor que enciende la chispa. Inicia el movimiento.

Hay muchas personas ahí fuera en un estado quiescente, esperando el momento oportuno para realizar las acciones que tienen que realizar. Ven pasar los días y las semanas mientras su salud y circunstancias siguen empeorando. En esos malos momentos un catalizador puede ser de mucha ayuda. Por desgracia, a lo largo de la vida muchos necesitamos ese empujón. Espero que este libro sea el empujón que ayude a mejorar la salud de mucha gente. Y, por supuesto, la tuya.

Que los hábitos sean tu medicina no pretende decirte lo que tienes que hacer. La mayoría de las personas saben lo que tienen que hacer para mejorar su salud. Pretende señalarte un camino y sembrar en ti las ganas de recorrerlo. Existen dos formas de cambiar la conducta de una persona: hacer que quiera cambiarla u obligarle a cambiarla. Como es obvio, solo la primera es válida.

Como finalidad secundaria, me gustaría que la obra fuera un recordatorio. Si eres una persona con buenos hábitos y consciente de tu salud, este libro te servirá de aviso recurrente: unas cuantas páginas de lectura fácil que te anclarán a lo que es de verdad importante en la vida. Siempre he echado de menos un manuscrito integrador que recogiera los principales elementos generadores de salud en el ser humano, que no pecara de demasiado académico y que tuviera una lectura razonablemente ligera. Que uniera los puntos y que fuera legible para la mayoría, sobre todo para aquellos que más lo necesitan.

Después de pasar por estas páginas entenderás por qué el sistema sanitario emplea gran cantidad de sus recursos en factores que producen un retorno marginal en términos de salud, pero un gran retorno en términos económicos, y que lo podríamos llamar «sistema de enfermedad» en lugar de «sistema de salud». O que hacer ejercicio a diario y mejorar tu dieta es una obra social que ayuda a muchos, no un acto egoísta.

Aprenderás de qué maneras podemos ayudar a la medicina a cumplir mejor su función (devolverte la salud). Y cuáles son las mejores herramientas que tenemos a nuestra disposición para evitar perderla en un primer momento.

Vas a entender los atajos con respaldo científico que conducen al cambio de hábitos, sin ahogarte en referencias bibliográficas ni en términos complejos. O cómo la soledad y el vacío existencial pueden ser mucho peores que tener el colesterol alto.

Puedes comenzar a leerlo por donde quieras. Como vivimos en el mundo del contenido rápido, fugaz y entretenido, he querido estructurar el libro en píldoras o ideas. Unas te sabrán muy dulces, otras amargas. Es posible que incluso vomites alguna. Pero todas contienen alguna enseñanza atemporal. Atemporal porque no tratan de modas pasajeras. Serán igual de válidas hoy que dentro de cincuenta años. Tus nietos las podrían leer y aprender algo. Contenido evergreen, lo llaman.

Eso sí, antes de comenzar quiero avisarte de que repudio el paternalismo médico. Soy médico, pero no soy juez. No dicto qué está bien y qué está mal. Tampoco soy nadie para decirte qué tienes que hacer o dejar de hacer.

El paternalismo médico es una forma de ejercer la medicina en la que todo el peso de las decisiones a tomar recae en las espaldas del médico. Yo te digo lo que tienes que hacer, y tú lo haces.

El empoderamiento en salud, y en cualquier otro ámbito, es algo diametralmente opuesto: aportar las herramientas necesarias al individuo para que pueda modificar su conducta y mejorar su situación (por él o ella misma). Hacer partícipe al «paciente» (otro concepto a revisar) en toda aquella decisión que afecte a su salud. Involucrar a la persona en el proceso de recuperación y progreso. Guiarle, orientarle y aconsejarle.

Sin juzgar. Sin imponer. Sin una relación vertical, jerárquica y desequilibrada. Eso es empoderar.

Si esta obra ayuda en ese sentido, ha cumplido su cometido.

El objetivo

El objetivo de este libro es darte herramientas para que no necesites tomarte cada mañana las doce pastillas multicolores que tienes organizadas cuidadosamente en el pastillero.

Para que, al subir las escaleras hasta el tercer piso, no tengas que parar cuatro veces por la disnea («dificultad respiratoria, falta de aire, ahogo»).

Para que puedas llevar en volandas a tu hijo una tarde de junio a la playa, sin que al día siguiente te levantes con lumbalgia.

El objetivo es que llegues a sentirte dentro de un cuerpo fuerte, funcional y ágil, pese al paso de los años.

Morir joven lo más tarde que se pueda.

Aprovechar al máximo tu potencial genético.

Que no des vueltas en la cama durante horas, empapado en sudor, con presión en el pecho por la ansiedad hasta que caes rendido por el cansancio.

Permanecer lejos de las salas de espera. Lo más lejos posible. De la silla de ruedas, de los quirófanos, de las «quimios», de las «radios».

Que no te acuerdes de tu próxima cita médica, porque no la hay.

Que cada analítica corrobore lo que tú ya sabías: que estás sano y fuerte.

Poder moverte sin dolor y sin depender de analgésicos.

Dar un paseo en bicicleta con la familia los domingos antes de salir a comer unos espetos.

Estar satisfecho con tu cuerpo, aunque no sea perfecto ni lo vaya a ser.

Entender que la incomodidad es un ingrediente necesario para crear una buena vida.

No anticipar continuamente el momento de partir y hacer las paces con la muerte.

Que no entres en el hospital. Si entras, que salgas pronto. Cuando salgas, no volver a entrar.

Comprender tu compleja maquinaria, sin obsesionarte con su funcionamiento.

Sufrir en paz cuando no quede otra, con la tranquilidad de que hiciste todo lo posible.

Tener coherencia en lo que haces, dices y sientes, y un propósito que te dé alegría, energía y dirección.

Guiar a los demás cuando necesiten guía. Inspirarlos para que mejoren. Ser la chispa que enciende la llama.

Valorar la salud con actos diarios recurrentes, no con palabras veleidosas. Entender que esta abarca mucho más de lo que nos han contado.

Enseñar a los tuyos la maravilla que supone estar vivo. Educarlos en el respeto a la vida.

No pasarte las noches en un hospital viendo el suero caer gota a gota; oyendo al compañero gritar de dolor, de agonía; esperando a que pase el médico a la mañana siguiente; rezando por que ocurra algo bueno que te saque de esa habitación.

Impotente. Indefenso. Lleno de rabia porque tú no quieres estar ahí.

No lo mereces. Quieres estar fuera. Viviendo.

El objetivo de este libro es, por un lado, hacerte ver la importancia de los hábitos de vida en la optimización de tu salud y la prevención de la enfermedad y, por otro, animarte a aplicarlos en tu día a día.

Ese es el objetivo.

¿Acaso hay uno mejor?

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¿Cómo sé si tengo salud?

Si paras a cien personas en la calle más transitada de tu ciudad y les preguntas: «¿Qué es para usted lo más importante en la vida?», muchos contestarán sin dudarlo un segundo: «¿Para mí? La salud, por supuesto».

Es un patrón recurrente: entendemos la importancia de la salud. Tus padres te enseñaron que la salud es lo primero. Que cuando uno tiene salud quiere muchas cosas, pero cuando no la tiene solo quiere una. Sin embargo, ¿entendemos qué es la salud? Y lo que es más importante: ¿son coherentes nuestras acciones con ese deseo común de no perder la salud?

Para la mayoría, tener salud consiste en no estar enfermo. Definimos la salud en términos negativos, al igual que podríamos definir la fuerza como la ausencia de debilidad (errando, por supuesto). Si no estoy resfriado, no tengo una úlcera gástrica o no me he partido el tobillo, entonces tengo salud.

Pero la salud es mucho más que la ausencia de enfermedad. Se trata de una entidad con suficiente enjundia como para procurar evitar una definición en negativo. Eso sí, una entidad que el ser humano lleva mucho tiempo tratando de definir, de aprehender conceptualmente, sin demasiado éxito.

La Organización Mundial de la Salud, la institución más importante y representativa en el asunto, nos dice que la salud es «un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades». La OMS y este libro entonces, están de acuerdo en una cosa, la salud no se puede definir como la mera ausencia de enfermedad: es mucho más que eso. Definirla de esa manera la convertiría en una dicotomía (tengo/no tengo salud), y además la dejaría a merced del criterio tecnocientífico en cuanto a qué es y qué no es una enfermedad. Y esto es peligroso.

Recuerda que una enfermedad no es más que una etiqueta que utilizamos con fines prácticos para poder dar solución a problemas médicos, y dichas etiquetas no siempre benefician al paciente.

Las enfermedades van y vienen, varían en función de la cultura, de la sociedad e incluso, muy a menudo, de intereses comerciales. Las cifras de colesterol consideradas subsidiarias de tratamiento médico han bajado de manera sustancial en los últimos cuarenta años. También las de presión arterial y de «azúcar». Quién sabe si en otras dos décadas seremos todos hipertensos y tendremos que tomar Enalapril desde los dieciocho años para poder tener una presión arterial «normal».

Diferentes orientaciones sexuales eran consideradas «enfermedad» hace pocas décadas, manifestándose así en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales (DSM por sus siglas en inglés). Han tenido que pasar muchos años para que el estigma se debilite, y aún sigue estando muy presente en muchos países, con el sufrimiento que ello arrastra. Antes del 15 de septiembre de 1973, ser homosexual, a ojos de la sociedad y de la medicina, equivalía a tener una enfermedad mental.

El síndrome de Koro es un trastorno en el que los individuos que lo padecen tienen un miedo irrefrenable e injustificado a que sus genitales se retraigan y desaparezcan. ¿La peculiaridad? Está intrínsecamente conectado a la cultura del Sudeste Asiático y es inexistente en otras partes del mundo.

La industria farmacéutica es experta en medicalizar situaciones inherentes a la vida, creando enfermedades para las cuales ya existe tratamiento, o bien creándolo en el caso de que no exista. Desde un punto de vista mercantil, es entendible. Es un buen negocio.

Dificultades sexuales asociadas a la vejez (disfunción eréctil), para las cuales comenzaremos a tomar viagra.

El dolor y los cambios en el estado de ánimo asociados a la menstruación (a veces etiquetados como síndrome premenstrual y trastorno disfórico premenstrual), un motivo para tomar todos los meses antiinflamatorios a demanda o incluso antidepresivos.

La prescripción masiva de hormonas sexuales con fines anticonceptivos a mujeres en edad fértil y a cualquier chica joven que tenga alguna irregularidad en sus ciclos o un poco de acné. Por supuesto, los anticonceptivos hormonales son de gran utilidad para muchas mujeres, pero se prescriben con gran ligereza y no están exentos de efectos secundarios.

Comenzamos a tomar benzodiacepinas tras un duelo, tras una ruptura adolescente de pareja, tras un despido o tras un accidente imprevisto, normalizando dicha conducta (con el riesgo de contraer adicción).

La incapacidad de un niño de seis años para permanecer sentado sin moverse durante varias horas seguidas muchas veces termina en una prescripción de metilfenidato, asociada a un diagnóstico de por vida.

Es decir, la enfermedad es un concepto muy dinámico, a merced de intereses mercantilistas, así que mucho cuidado con las etiquetas.

Pero es que, si volvemos a la primera parte de la definición de la OMS: «un estado de completo bienestar físico, mental y social» nos encontramos con una verdadera utopía completamente excluyente. ¿Quién demonios tiene un completo estado de bienestar físico, mental y social, todo el tiempo?

Disculpe, señor director de la OMS, ¿pero de verdad usted cree que alguien en este planeta cumple con el criterio de salud de su organización?

Si he discutido con mi novia y estoy preocupado, ¿ya no tengo salud? (ausencia de completo bienestar mental). Si me he resfriado y mi bienestar físico no es completo, ¿no soy una persona saludable? Si tengo la mala suerte de pertenecer a una minoría maltratada socialmente en el país en el que me ha tocado nacer, ¿se me excluye del concepto de salud? ¿Para siempre?

Si he consumido MDMA, psilocibina, mescalina o LSD en una fiesta y en ese momento me siento bien a nivel físico, mental y social: ¿soy una persona con una salud resplandeciente?

Por lo tanto, aunque bienintencionada, la definición de salud de la OMS no es práctica, pues deja fuera al 99,999 por ciento de la población.

¿Qué es, entonces, tener salud?

Si buscas una definición objetiva, inamovible y universalmente compartida, no la hay. Yo no la conozco. Lo que sí tengo es mi propia definición personal, que puedo compartir contigo.

Una persona saludable está satisfecha con cómo está empleando el tiempo que se la ha dado, incluso si le duele la rodilla o el hombro y no tiene un completo estado de bienestar físico.

Incluso si tiene que tomar una o dos pastillas por la mañana, una persona es saludable cuando se levanta de la cama con una función y un propósito (lo que los japoneses llaman ikigai) que beneficia al resto de los seres vivos con quien comparte el planeta.

Tener un propósito vital es uno de los mayores multiplicadores y protectores de la salud; estamos hechos para dar, y el dar nos protege. Una de las mayores y más escondidas verdades en salud es que ser útil para los demás protege tu salud física y mental. Sin embargo, pocas veces nos animan a seguir un camino propio y genuino que pueda convertirse en nuestro propósito de vida. Hoy en día la mayoría de nosotros tenemos que elegir, sin las herramientas necesarias para hacerlo y de forma muy prematura, entre un puñado de caminos prefabricados y, muchas veces, socialmente impuestos. No saber quiénes somos y qué queremos nos está pasando factura.

Una persona saludable es aquella que da sentido a su sufrimiento, porque todos terminamos sufriendo en un momento u otro de la vida. El sufrimiento sin sentido se multiplica, mientras que cuando sí lo tiene, puede llegar a ser muy transformador.

Viktor Frankl preguntaba siempre a sus pacientes: «Y a usted, ¿qué le lleva a no suicidarse?». En la respuesta a esa brusca pregunta se encuentra la razón de vivir de cada uno de nosotros, aunque a veces la única respuesta sea «el miedo a la muerte y lo desconocido».

Una persona que la mayoría del tiempo siente paz, está cerca de la Salud. Ojo, no estamos hablando de exaltación o euforia. Ni siquiera de «alegría». El sentimiento es distinto: la ataraxia estoica, o la aequanimitas en latín, definirían muy bien esa paz.

La salud es el fruto de la inversión continua en hábitos de vida rentables. Porque existen hábitos rentables y hábitos costosos. Cuando acompañas a tu hijo de siete años a la clase de baloncesto de los lunes, miércoles y viernes, estás implementando en él un hábito generador de salud que puede durar toda la vida.

Tener salud tiene poco que ver con etiquetas y diagnósticos. No es algo que se pueda conseguir dentro de un hospital, o de un centro de salud. En estos sitios puedes, en el mejor de los casos, acabar con la enfermedad y volver al punto en el que estabas antes del problema, pero rara vez generarás salud. En la mayoría de las ocasiones, cronificarás un problema de salud con el que «aprenderás a convivir».

La salud no es algo que dependa solo del médico, ni del nutricionista, psicólogo o entrenador. Depende de ti, pero también de muchos otros factores que se nos escapan de las manos. Algunos genéticos, otros sociales, políticos o simplemente económicos.

El objetivo, por lo tanto, no es ser la persona más saludable del mundo. Eso no existe. Es ser la persona más saludable que puedas ser. Maximizar tu potencial de salud.

Para maximizar las posibilidades de ser y continuar siendo una persona saludable, existen lecciones atemporales muy valiosas, muchas de las cuales te recordaré a lo largo de los siguientes capítulos.

¿Cuáles son los factores más determinantes a la hora de proteger tu salud? Sigue leyendo.

2

Los determinantes de la salud.
Marc Lalonde sospechaba algo

En 1974 el ministro de Salud Pública de Canadá, Marc Lalonde, hizo algo necesario pero poco común: plantearse el estado actual de las cosas para intentar mejorarlas tomando acciones diferentes a lo que ya se venía haciendo.

Lalonde encargó a un grupo de epidemiólogos estudiar en una muestra lo bastante grande como para ser representativa las causas principales de muerte y enfermedad de los canadienses.

¿De qué se muere y por qué enferma mi población? (recuerda la importancia de las preguntas correctas).

Dicho estudio dio lugar a un informe conocido popularmente como «Informe Lalonde» y llamado «A new perspective on the health of Canadians».

Fue un antes y un después en medicina y salud pública. ¿Por qué?

En dicho informe se diferenciaron de manera clara cuáles eran los diferentes determinantes de la salud en una población, aquellos factores que añaden o restan salud a un individuo y grupo y se les atribuyó una importancia relativa a cada uno de ellos.

También se clasificaron dichos determinantes en dos grupos: los que dependen del Estado y los que no.

Los primeros son los determinantes sociales, económicos y políticos, y deciden si eres merecedor o no de una subvención, cuál es el sueldo mínimo en un momento dado y qué políticas en torno a la salud pública se llevan a cabo. Son muy importantes y no se cuidan mucho en la mayoría de los países.

Pero el otro grupo de determinantes es todavía más importante. Aquellos que no dependen íntegramente del Estado:

 

• El estilo de vida, las acciones y los hábitos que realizas en tu día a día y tienen una repercusión positiva o negativa en tu salud dependen de ti (aunque no del todo).

• Los factores ambientales, como la contaminación urbana y los saneamientos.

• Los factores genéticos-biológicos, es decir, el conjunto de genes con el que naces (la epigenética ha podido comprobar que son menos definitorios de lo que creíamos, pero aun así son definitorios en muchas ocasiones).

• Los factores relacionados con los servicios de salud que se prestan a las diferentes poblaciones; podríamos denominarlos «asistencia sanitaria».

 

Si preguntáramos (otra vez) a una muestra de cien personas qué significa para ellos invertir en salud, la mayoría centraría su respuesta en el último factor: servicios de salud y asistencia sanitaria. Es decir, más hospitales, más centros de salud, menos recortes, más médicos, más personal de enfermería y mayor número de quirófanos por cada cien mil habitantes.

Sin embargo, y como dejaremos ver a lo largo del libro, existen otros determinantes mucho más importantes y decisivos para optimizar la salud y prevenir la enfermedad, sin menoscabar la importancia crucial de tener sistemas de salud sólidos, eficientes y accesibles.

Poner un parque de calistenia o una cancha de fútbol en un barrio marginal incrementa las posibilidades de que los adolescentes, tras salir del instituto, pasen sus tardes jugando al fútbol o entrenando en las barras, en vez de jugando a videojuegos o flirteando con las drogas. No es asistencia sanitaria, es prevención invisible.

Esto para muchos no tiene nada que ver con la salud y está más cerca del «ocio». Quizá piensen que en un país en el que una de cada dos personas tiene sobrepeso u obesidad es más importante hacer ecuaciones de segundo grado durante cuatro horas por la tarde, tras haber estado otras ocho sentado en un pupitre, que realizar ejercicio físico con los amigos.

Establecer programas de subvención de gimnasios, o de frutas y verduras, haría muchísimo por la salud de la población. Que una familia tenga más accesible una caja de doce nuggets de pollo congelados que un kilo de fruta y verdura, es un signo de alarma. Desde las instituciones tenemos que invertir en facilitar que la opción por defecto sea la opción saludable. La opción menos saludable debe costar más: más tiempo, más dinero o más trabajo. Solo así podemos, poco a poco, modificar la conducta de las personas en su favor.

En definitiva: es necesario mover fichas para facilitar los hábitos de vida que protegen la salud de la población y dificultar aquellos que la empobrecen. No podemos limitarnos a apelar a la voluntad de las personas. Es más difícil hacer ejercicio regularmente para alguien que vive en la precariedad laboral y hace malabares para llegar a fin de mes, que para el funcionario acomodado que llega a las tres de la tarde a su casa (o antes). No digamos pagar la cuota del gimnasio, que en tiempos de dificultad pasa de forma automática a la categoría de «gasto prescindible».

Educar desde edades tempranas en la importancia de los hábitos son deberes que no estamos cumpliendo. Esos niños, desconocedores de estos temas, terminan siendo padres y madres que tienen que tomar decisiones. Y es que puedes llegar a ser un adulto totalmente funcional sin tener ni idea de nutrición, de hábitos o de prevención de la enfermedad. Porque las migajas informativas que llegan a tus oídos por aquí y por allí no son suficientes y, la mayoría de las veces, son contraproducentes.

Tendemos a pensar con facilidad que los factores que más salud aportan (los más importantes) son aquellos que tienen que ver con hospitales, cirugías, estatinas o investigación en biomedicina. Pero déjame decirte que no. No son los más importantes, aunque son muy importantes.

Los factores que más peso tienen a la hora de mejorar la salud de una población son los determinantes ambientales y, en especial, tu estilo de vida. Tu ambiente y lo que haces: tus hábitos.

Si te das un paseo por la mañana antes de ir al trabajo o te levantas con la hora justa, echando humo y maldiciendo tu vida. Si tienes el hábito de la cerveza en cada comida, o por el contrario tienes el del agua. Si todos los días a las seis de la tarde te diriges hacia el gimnasio, o te diriges hacia el bar. Si tus vacaciones son de pulserita y todo incluido, o son de largas caminatas empapándote de una cultura diferente a la que has mamado. Esos son los detalles que marcan la diferencia en la salud de las personas. En este sentido, el proveedor de salud más importante a lo largo de tu vida ni siquiera es tu médico de referencia: eres tú mismo.

 

 

¿QUIERESMEJORARTUSALUD? MEJORATUAMBIENTE Y MEJORATUSHÁBITOS

 

No todo depende de ti, por supuesto, pero debes actuar como si fuera así. Aunque a veces no podamos elegir el trabajo, evitar circunstancias adversas o las malas influencias de tu entorno inmediato, debes responsabilizarte de tus hábitos. Mejorarlos nunca es sencillo pero siempre es posible, seas quien seas y vivas donde vivas. Sé una persona muy recelosa de tus hábitos. Defiéndelos a capa y espada. Lucha encarnizadamente por mejorar tu estilo de vida.

No terminaremos este capítulo sin recordar que la partida de gasto público destinado a la asistencia sanitaria es mucho mayor que la destinada a estilo de vida o medio ambiente (y aun así nunca es suficiente, porque el gasto sanitario siempre tiende a crecer, nunca a decrecer, debido al contexto sanitario actual).

Gastamos mucho más en lo que menos salud proporciona al ciudadano. ¿Por qué? Porque este mundo no es perfecto, y los intereses económicos suelen predominar frente a los intereses en salud. También porque las decisiones políticas son muy cortoplacistas, y cualquier inversión en estilo de vida tiene un retorno jugoso pero tardío.

Vuelvo a hacer énfasis en la importancia del gasto en sistemas sanitarios eficientes y accesibles, pero hago todavía más énfasis en la importancia del gasto en mejorar el estilo de vida de la población, ya que este está más olvidado si cabe y suele considerarse un aspecto que apela solo al individuo y su fuerza (o debilidad) de voluntad.

Paradójicamente, invertir en mejorar los hábitos de la población, a largo plazo, reduciría de manera considerable el gasto en sanidad, mejorando la eficiencia los sistemas de salud, incrementando las partidas para investigación, aumentando la remuneración de los profesionales y desatascando un sistema sanitario que o cambia, o muere.

3

La enfermedad es prevenible.
No siempre. Eso duele

Son las once de la mañana de un lunes cualquiera de marzo de 1999. Aún no ha ocurrido el atentado terrorista de las torres gemelas. España todavía no ha ganado el Mundial de 2010 gracias al glorioso gol de Andrés Iniesta. El miedo al nuevo milenio es palpable y todo el mundo habla de qué ocurrirá cuando acabe el año.

Todos los niños de mi edad están en clase aprendiendo. Yo no.

Tenía seis años, muy poco pelo, y paseaba de la mano de mi padre por los pasillos del hospital materno infantil, en Málaga. Mientras tanto, mi madre cuidaba en casa de mi hermana de varios meses. Ella, muy joven entonces, lo pasaba fatal cuando yo tenía que ir al hospital con esa edad.

Yo, por mi parte, no entendía muy bien por qué era necesario, cada pocas semanas, pasarme la mañana entre esas paredes esperando que un señor mayor diera su veredicto sobre mí. Pero mi padre se preocupaba de hacerme alguna promesa interesante para convencerme de que fuese al médico, como algún juego nuevo de la Game Boy Color o llevarme al cine esa tarde. Promesa que cumplía el cien por cien de las veces.

Siempre me pareció que el hospital olía a enfermedad. Era como si se pudiera captar la ansiedad de los padres y madres que caminaban por allí. Paredes con colores y formas llamativas que tenían la intención de distraer y animar a los pequeños, pero que para mí eran tétricos; un silencio sepulcral que me imprimía una mezcla de respeto y miedo, como si algo malo fuera a pasar en cualquier momento por el mero hecho de estar allí. De vez en cuando, una niña o un niño de mi edad, también sin pelo, paseaban cogidos a un portasueros y nos saludábamos por el pasillo. Era una de nuestras muchas revisiones periódicas a pediatría oncológica.

Meses antes, unos padres muy jóvenes habían recibido la arrolladora noticia: su primer hijo tenía un diagnóstico de linfoma de Hodgkin, una neoplasia del sistema linfático con «buen pronóstico». Vaya, que ese niño de seis años tenía cáncer. Por muy bueno que fuese el pronóstico, las noticias no eran buenas, y aquello marcó gran parte de nuestra vida para mal (y también para bien).

A ese jarro de agua fría le siguieron muchas sesiones de quimioterapia y radioterapia. Dosis ingentes de incertidumbre y de profundo miedo. Noches en vela y una vida medicalizada. Algo que ningunos padres, ni ningún niño, deberían vivir jamás. De aquella temprana pesadilla ya solo quedan los pequeños tatuajes verdosos de la radioterapia en el pecho, un hipotiroidismo iatrógeno, alguna asimetría corporal y preguntas. Muchas preguntas.

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