Mientras espero

Elísabet Benavent

Fragmento

Prólogo. Ser una misma de verdad

Prólogo

Ser una misma de verdad

¿En qué piensa una persona cuando su única interlocutora es ella misma? ¿Qué le llena la cabeza, con qué recarga la tinta de los bolígrafos, de dónde procede el papel sobre el que se escribe, cómo es el fluir de pensamiento que la envuelve cuando no hay nadie con quien compartirlo? Un millar de cosas y, a fin de cuentas, solo una: ella. La soledad es tremendamente narcisista. O quizá es solo que, durante las noches, cuando no hay nadie más, cuando muchos kilómetros te separan de casa, eres más consciente de ti mismo. Lo que tienes entre tus manos es un compendio de noches, trayectos de avión, soledades, fortalezas, sueños por cumplir y todos esos vendavales mentales que nos azotan cuando no hay nadie más que nuestro yo más profundo con quien conversar.

Durante mi treintena me busqué de manera desesperada incluso con la sensación no de haberme perdido, sino de no haberme encontrado jamás. Sufría la presión, bien conocida por varias generaciones de mujeres, por ser complaciente. Durante mis veinte quise gustarle a tanta gente que se me olvidó plantearme si el resultado de tanta complacencia me gustaba a mí. La respuesta fue que no, no me gustaba. No hubo crisis; una parte de mi herencia genética se activa cuando estoy en problemas y me convierto en una especie de maquinaria programada que además de preocuparse se ocupa. Y me ocupé.

Fue entonces cuando pensé mucho en quién era, cuáles eran esos fallos que me convertían en un ser imperfecto («perfectamente imperfecta», añadiría alguien a quien quiero mucho) y cuáles eran esos puntos fuertes que podrían convertirse en las piedras sobre las que recomponer a la mujer que quería ser. Pero eso ya se hizo. Ya fue.

No sé si tengo una idea muy fiable de quién soy, pero lo cierto es que sé quién no quiero ser y tengo una leve sospecha de a quién me gustaría parecerme, que ya es mucho.

Lo que quiero decir con todo esto es que este libro no va de eso.

Aquí se encuentra comprimido entre líneas mi 2025, el año en el que más he viajado hasta ahora. Algunos escritos los redacté a posteriori a partir de las notas tomadas en el momento, otros aguardaban con mi caligrafía redonda y minúscula (la de cuando escribo para mí) en papeles sueltos, libretas y las últimas páginas de algunos libros. En un intento de buscar un orden entre tanto pensamiento, he organizado los textos de manera cronológica, separándolos por estaciones. ¿Por qué? No sé. Quizá porque es el orden natural de las cosas y de alguna manera siento que el año fue una búsqueda de volver, en muchos aspectos, al origen. Casi en su totalidad, los escribí en la soledad que supone enfrentarse al mundo que no conoces (que no es necesariamente algo malo, solo intrépido), pero otros los esbocé en compañía, incapaz de terminarlos hasta no estar completamente conmigo.

Solo soy mi yo escritora cuando no soy ninguna otra.

Acompáñame en este cuaderno de viaje, en esta conversación conmigo misma, en este baúl lleno de cosas que, en su momento, no tuve la oportunidad de hablar con nadie o quise guardar solo para mí. Temas saltarines y en ocasiones obsesivos que me habitan cuando tengo demasiado tiempo para pensar. Para ser una misma de verdad, de vez en cuando hay que parar y escuchar el ruido que llevamos dentro hasta que vuelva a convertirse en voz.

INVIERNO

Mapa manuscrito formado por una línea continua y sinuosa con puntos que marcan distintas etapas. De arriba abajo aparecen las etiquetas Año nuevo (Madrid), Florencia, los recuerdos, París, Somiedo, Asturias, Madrid y Tromsø, Noruega.

01

Propósitos de Año Nuevo

• Perder peso

• Bajar una talla o dos

• Comer siempre sano

• Ahorrar

• Hablar inglés de manera fluida

• Redescubrir el significado de la expresión «cuidarse»…

cuidar mi piel;

cuidarme de gente que no me hace bien;

conseguir un cuerpo más fuerte, que me sostenga

durante muchos años,

darme los nutrientes que necesito y, además,

algún que otro capricho;

dejar de prohibirme… comida, prendas,

ser quien no voy a dejar de ser.

Asumir de una vez por todas que no tengo

que cambiar para encajar en ningún sitio.

Si no quepo, no es mi sitio.

• Rodearme de cosas bellas que me hagan sentir bien…

ropa de mi talla;

prendas con las que sienta que puedo ser,

blusas, zapatos, jerséis, pantalones, faldas, vestidos…

con los que me sienta guapa, aunque no estén de moda;

ordenar la casa y vaciarla de trastos que no uso

y no necesito;

donar todo aquello que no encaje ya conmigo;

ver a mis amigos al menos una vez por semana;

… un mensaje para los que están lejos que les recuerde que los extraño.

• Comprar menos, usar más, dar segundas oportunidades…

ordenar el armario para ver mejor lo que tengo;

crear una carpeta en Pinterest para combinar mis prendas cuando tenga un rato;

comprar de segunda mano;

vender lo que no uso o compré por impulso;

recordar que la tendencia es algo pasajero,

que lo viral significa ir literalmente

como todo el mundo,

que no somos «todo el mundo», por más que quieran homogenizar nuestras rarezas.

• Cocinar bonito y para mí, con mimo…

confiar en viejas recetas que siempre me hicieron feliz;

aprender a cortar bien la verdura cruda

(o al menos intentarlo);

comer menos veces fuera o algo que llegó

a casa en un táper;

hacer la compra con la cabeza puesta en las ollas,

las sartenes y el horno;

redescubrir el placer de cocinar con música;

desaprender las palabras de aquellas personas que

siempre me dijeron que «para las cosas de casa

no servía»;

olvidar que hay alimentos malos,

cocinarlos todos con amor;

preparar platos bonitos, aunque solo los vaya

a ver yo.

• Dormir mejor…

no más, solo mejor;

aprender higiene de sueño;

comprar un despertador;

sacar el móvil del dormitorio;

apartar pantallas dos horas antes de acostarme;

leer para conciliar el sueño (libros no demasiado emocionantes, por favor);

poner unas gotitas de esencia de lavanda en la almohada;

intentar que Ulises, Perseo, Coneji, Otello, mi chico y yo no seamos multitud en el colchón de 1,60.

• Pensar menos…

en lo que puede salir mal, porque no tengo profecías,

solo ansiedad;

en lo que ya salió mal, porque no es ninguna norma establecida;

en las cosas que no sé hacer;

en las cosas que no seré jamás;

en las cosas que, por más que me esfuerce, no salen bien;

en las palabras necias;

en los fallos del pasado;

en ese cuerpo que no soy y que no pasa nada por no ser.

• Soñar más…

y dejar de una maldita vez el teléfono móvil.

02

La belleza

Todos queremos ser bellos a pesar de que no quedará nada de ello cuando seamos viejos. No sé si esa búsqueda de la belleza tiene mucho sentido con nuestra piel y nuestra carne, tan maleable y permeable al paso del tiempo. Quizá reflexiono sobre esto hoy, ahora, porque me he plantado frente al David de Miguel Ángel por segunda vez en mi vida y ya solo puedo pensar en que lo único verdaderamente bello es aquello que permanece.

Todo en la Galería de la Academia parece estar preparado para maximizar la impresión que produce la aparición frente a tus ojos de esa bestia delicada y gigantesca que, según el genio que lo cinceló, aguardaba dentro del bloque de mármol para ser liberado.

Me obsesionan sus manos y la serenidad de su expresión. A pesar de que te sientes minúscula a su lado, emana una suerte de magnetismo que te obliga a girar en torno a él, estudiando cada centímetro de «piel» gélida. Es casi como si te interpelase, si te retase a encontrar el sentido de eso que sientes al mirarlo, de saber por qué es capaz de condensar en su superficie tanta fascinación.

Si fuera artista, estaría obsesionada con la búsqueda de la belleza, aunque… ¿no hay también cierta belleza en lo abyecto?

La primera vez que vi el David no logré disfrutarlo. Tenía muchas expectativas ajenas adheridas a la piel. Mu­chos me habían dicho que se habían sentido decepcionados al verlo; otros que era lo más hermoso que habían visto jamás. En aquella primera ocasión, yo no supe cuál era mi postura. No supe qué estaba sintiendo al verlo. Había mucha gente, todos hablaban muy alto y en mi interior había mucho bullendo en un espacio muy pequeño. De algún modo, me recordó a aquella mañana, hace más de una década, en la que me senté en un banco del MoMA en Nueva York para esconderme y que nadie pudiera ver que estaba llorando, porque me había saturado de emociones tras pasear frente a los Nenúfares de Monet. Sin embargo, debo admitir que, aunque nunca fue santo de mi devoción, la pintura que terminó de desbordarme fue Uno: número 31, de Jackson Pollock.

Suele pasarme: cuando me lleno de sensaciones carezco de un mecanismo interno de gestión, por lo que o me quedo como alelada o lloro sin saber bien la razón. Me pasó al llegar a casa después de la fiesta que la editorial organizó para celebrar el millón de ejemplares. Me pasó frente a La bañista de Ingres, en el Louvre, con un orzuelo en el ojo derecho que aún me duele de recordarlo. Me pasó cuando sostuve por primera vez en mis brazos a mis sobrinos. A veces me pasa al escuchar una canción de Max Richter o cuando me alegro mucho mucho mucho por alguien y no sé ponerlo en palabras, porque tampoco tengo una relación demasiado estrecha con esa persona y creo que van a pensar que soy una interesada o una tarada. También me pasa cuando me decepciono tanto que no encuentro ni siquiera el verbo con el que conjugar tanta pena.

¿Hay belleza en la pena?

¿Por qué buscamos lo bello?

He pensado mucho sobre ello y he llegado a la conclusión de que lo bello nos orienta, teje una red de conexiones entre todos nosotros y nos recuerda lo que podríamos ser. La búsqueda de lo bello es un remanente de la necesidad de nuestros ancestros por prosperar y sobrevivir, y, además, nos calma (o nos genera una falsa sensación de calma), imbuidos como estamos durante el día a día en el caos de la inmediatez. ¿No nos hace parar lo bello? Para ser admirado, codiciado, envidiado. Cuando identificamos la belleza en algo, ¿no estamos diciendo que ese algo importa? ¿No estamos dotándolo de un significado especial?

Estamos perdidos, pero nos encontramos con lo bello, que es más grande que nosotros, que nos envuelve, que es capaz de calmarnos y de despertar en nosotros la ambición de mejora. Porque la belleza ¿no es también aspiración?

Hoy, observando las manos talladas del David (no con cara de intelectual, sino de atontada), he pensado algo que me tiene desde entonces dando vueltas en círculo: «Así es como debería sentirse la vida».

¿Hablo de un canon de belleza? ¿Hablo de unas medidas perfectas? ¿Hablo de unos labios gruesos, una nariz fina, unas piernas largas o un pelo sedoso? No. Qué va. Hablo de una belleza que solo puede albergar aquello que no puede morir. Y así, justamente así, es como mi interior siente que debería percibirse la vida, quizá, porque es todo lo contrario: fugaz, volátil y caprichosa.

10 de enero de 2025

Florencia

03

Memoria

En ocasiones olvido. Olvido muchas cosas, casi todas prosaicas, adultas y necesarias, como que tengo que sacar la ropa de la lavadora, que dejé las velas encendidas o si finalmente leí un libro o solo pensé en leerlo. Todas mis amigas me cuentan historias similares: que dejaron plantada a la tutora de su hijo, que perdieron en un taxi el monedero, las gafas de sol, un cuaderno o la bolsa con la ropa sucia del gimnasio. Eso me hace sentir acompañada en esta adultez para la que nadie nos preparó en realidad.

Se romantiza a espuertas la vida adulta, sobre todo desde la ficción (entono el mea culpa), pero creo que, de vez en cuando, algún libro debería incluir a la protagonista agobiada porque tiene que hacer la declaración de la renta y no sabe ni por dónde empezar.

Olvido constantemente, y lo hago casi sistemáticamente con las cuestiones más burocráticas; sin embargo, tengo la intención de elevar a categoría artística recordar cosas que es probable que no sirvan de nada en el día a día de un adulto funcional.

Recuerdo mis últimas navidades creyendo en los Reyes Magos. Recuerdo dónde estaba cuando le pregunté a mi madre si era verdad eso que decía esa niña en clase sobre que eran los padres los que compraban los regalos. Recuerdo con una exactitud que me hace sospechar que con el tiempo fabulé los detalles, mi prim

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