Los genios creen en Dios

José Carlos González-Hurtado

Fragmento

Introducción. La ciencia lleva a Dios

INTRODUCCIÓN

La ciencia lleva a Dios

A medida que aprendemos sobre nuestro mundo, la probabilidad de que este sea el resultado de un proceso aleatorio deviene cada vez más remota, de tal manera que son raros los científicos actuales que defiendan una actitud atea.

ARTHUR COMPTON[1]

No importa hacia dónde ni cuánto de lejos miremos. En ningún lugar encontramos contradicción entre religión y ciencia natural. Al contrario, encontramos una completa concordancia […]. La prueba más inmediata de la compatibilidad de la religión y de la ciencia natural […] es el hecho histórico de que los mayores científicos de todos los tiempos estaban transidos de la actitud religiosa más profunda. La religión y la ciencia están luchando una batalla conjuntamente en una incesante y cruzada sin descanso contra el escepticismo y contra el dogmatismo, y el grito de guerra de esa cruzada siempre ha sido y siempre será: ¡Hacia Dios!

MAX PLANCK [2]

La ciencia puede purificar la religión del error y la superstición; la religión puede purificar la ciencia de la idolatría y los falsos absolutos. Cada una puede llevar a la otra a un mundo más amplio. Un mundo en el que ambas pueden florecer.

SAN JUAN PABLO II[3]

Antes que nada, gracias por estar aquí. No hay nada más halagador para un escritor que un lector de su obra. Espero estar a la altura de su confianza.

Reconozco desde el principio que mi intención con este libro es osada. Quiero contribuir a que usted sea feliz. Me explico. La vida puede terminar mal o terminar bien, pero con toda seguridad termina en este mundo.[4] Si ese final es definitivo, entonces termina mal. Si ese final no es más que un tránsito hacia la vida eterna, entonces termina bien.

Desde ese punto de vista —y desde otros muchos—, el ateísmo es una ideología profundamente pesimista.

Sin embargo, como todos preferimos los finales felices, muchos escépticos tienen la íntima esperanza de estar equivocados. Confían ocultamente en que en realidad exista un Dios misericordioso y esperan que, aunque su vida haya sido un sindiós, eso no importe en el momento de repartir la vida eterna. Es el reverso tenebroso de la apuesta de Pascal,[5] algo así como «Da igual que vivas como si Dios existiera o como si no, porque si existe, todos tendremos igual vida eterna».

Pero me temo que eso no sea así.

En cualquier caso, yo no me arriesgaría.

Y además, no se corresponde con la realidad y hay evidencias de ello. De eso trata este libro. No es un libro de religión, es un libro de divulgación científica.

La ciencia conduce a Dios. Lo ha hecho siempre, pero desde los últimos cincuenta a setenta años, de forma más evidente. Los descubrimientos de lo inmenso y de lo ínfimo, cosmológicos y biológicos, «imponen la idea de Dios», como aseguró Max Planck, y son los responsables de numerosas defecciones entre el campo ateo.

El 9 de diciembre de 2004 un titular de Associated Press declaraba: «Uno de los más prominentes ateos ahora cree en Dios, basándose en la evidencia científica», y seguía: «Un profesor de Filosofía británico que ha sido el mayor defensor del ateísmo durante más de medio siglo ha cambiado de opinión. Ahora cree en Dios y se basa en la evidencia científica». Se refería a Antony Flew, que fue durante décadas el filósofo ateo más influyente del mundo y cuyo libro The Presumption of Atheism [La presunción del ateísmo] (1976) era el manual de apologética atea más usado y referenciado del mundo. El señor Flew explicó su cambio en el libro publicado en 2007 y titulado Dios existe. Cómo cambió de opinión el ateo más famoso del mundo, en el que confesaba: «El viaje de mi descubrimiento de la divinidad ha sido hasta ahora un peregrinaje de la razón. He seguido la argumentación hasta donde me llevase. Y me ha llevado a aceptar la existencia de un ser autoexistente, inmutable, inmaterial, omnipotente y omnisciente»,[6] y aseguró que «los argumentos más impresionantes a favor de la existencia de Dios son los que se apoyan en recientes descubrimientos científicos».[7]

En este libro vamos a limitarnos a los genios científicos (lo sé, es una limitación arbitraria, pero prudente para hacer manejable y coherente esta recopilación) y vamos a agruparlos por lo que consideramos como las «nuevas cinco vías» (cosmología, física, matemáticas, biología y química).

En cuanto a la consideración de genio, la Real Academia Española establece que es la persona que cuenta con una «capacidad mental extraordinaria para crear o inventar cosas nuevas y admirables». Y me temo que eso hace que la calificación de genio tenga un componente subjetivo, puesto que lo que es admirable para alguno puede no serlo para otro. Por ello, en esta lista de los genios seguro que no están todos los que son, pero con toda seguridad los que están son.

Miramos a los genios con admiración, son un ejemplo y buscamos imitarlos. Y ya le puedo adelantar que la inmensa mayoría de los genios han creído en Dios y han sido personas religiosas. Especialmente los genios de ciencias.[8] Como dijo Robert Millikan: «Para mí es impensable que un ateo real pueda ser un científico […]. Nunca he conocido ningún hombre inteligente que no creyera en Dios».[9]

Pero volviendo al tema de la felicidad, recibo regularmente mensajes de personas que me comunican que han abandonado el ateísmo o el agnosticismo y que han pasado a considerarse teístas o a practicar una religión (en general, el cristianismo) y muchas me agradecen que de alguna manera haya contribuido a ese tránsito. En ningún caso me lo recriminan, sino que, por el contrario, unánimemente manifiestan ser más felices. Y ello a pesar de que nadie da ese paso (de escéptico a creyente) de forma superficial, y muchas veces ese cambio va acompañado de grandes renuncias —como en el caso del señor Flew— y no pocos dolores. Es como un parto, como la transformación de un gusano en una mariposa.

He observado que abandonar la fe atea resulta más difícil cuanto mayor edad tiene la persona. Y eso resulta paradójico, porque si la esperanza es el ingrediente fundamental de la felicidad, para el ateo —cuya única esperanza está en esta vida— la felicidad tenderá a disminuir según vaya cumpliendo años. Sin embargo, parece que pesan más las decisiones pasadas y las opiniones de otros.

Es lo que en otro sitio llamaba la «ley de la conservación de las propias ideas y alta consideración de uno mismo», y es que muchos piensan que ambas cosas (ideas propias conservadas y alta consideración) van unidas, de tal forma que creen que cambiar de ideas menoscaba su propia valía.

Para ayudar a cambiar esas ideas, que muy posiblemente contribuyan a su infelicidad, también he escrito este libro.

Como explica Alvin Plantinga: «Si los ateos tuvieran razón al decir que somos producto de procesos naturales sin sentido y no guiados, entonces nos han dado un fuerte argumento para dudar de la fiabilidad de las facultades cognitivas humanas y, por tanto, e inevitablemente, para dudar de la validez de cualquier creencia que produzcan, incluido su ateísmo».[10] Dicho con otras palabras, el ateísmo no es verdad, no puede serlo y, si lo fuera, no podríamos saberlo.

El ateísmo se contradice a sí mismo. Por eso, no es solo que Dios sea razonable, sino que lo único razonable es creer en Dios.

No hace falta ser un genio para llegar a esa conclusión —se lo puedo asegurar— pero, por si sirve de ayuda, aquí les presento a grandes científicos que la corroboran.

1
San Alberto Magno
El padre de la ciencia[11]

Retrato ilustrado en blanco y negro de san Alberto Magno, representado de busto y de tres cuartos, con barba larga y mitra episcopal ornamentada, dentro de un marco ovalado gris.

c. 1193 a 1206-1280

Es la tarea de la ciencia natural no simplemente aceptar lo que se nos ha dicho, sino inquirir sobre las causas de las cosas naturales.

SAN ALBERTO MAGNO[12]

Es necesario mucho tiempo para comprobar que en una observación se ha excluido todo engaño […]. No basta disponer la observación solo de una manera determinada. Por el contrario, hay que repetirla en las más diversas condiciones, para que aparezca con seguridad la verdadera causa del fenómeno.

SAN ALBERTO MAGNO[13]

Nuestra intención en la ciencia natural es satisfacer, en la medida de nuestras posibilidades, a los hermanos de nuestra orden, que llevan varios años pidiéndonos que les compongamos el tipo de libro de física que les proporcione una ciencia natural completa […]. Persuadidos por sus súplicas, lo emprendimos, ante todo por el honor del Dios Todopoderoso, la fuente de la sabiduría y el Creador, Fundador y Gobernante de la naturaleza; y también para beneficio de los hermanos, y de cualquier otro que lo lea con el deseo de adquirir ciencias naturales.

SAN ALBERTO MAGNO[14]

Fue el maestro de santo Tomás de Aquino. Es como si la Providencia nos quisiera decir que la ciencia es la maestra de la filosofía, que ambas van de la mano, ya que san Alberto es el padre de la ciencia, maestro de los científicos, un sabio, y santo Tomás de Aquino —otro sabio— fue también maestro de filósofos y posiblemente el mayor filósofo de la historia.

San Alberto fue el primer científico que se dedicó al estudio y a la investigación de muchas disciplinas científicas. Podemos decir que fue el fundador de la ciencia. «Cuando Alberto Magno escribió su Sobre los minerales en el siglo XIII no existía ninguna ciencia sobre la mineralogía, y el hecho de que exista tal ciencia hoy en día se debe en parte a él».[15] O bien: «Ningún botánico que viviera antes de Alberto se le puede comparar […], y después de él nadie ha pintado la naturaleza con tales vivos colores o tras haberla estudiado tan profundamente […]. Todos honraron entonces al hombre que hizo tales impresionantes progresos en la ciencia de la naturaleza, más que otro ninguno por un periodo de tres siglos».[16]

En 1889 se recopiló lo que quedaba de sus escritos, y solo eso ocupó treinta y ocho densos volúmenes.[17] Tenía un conocimiento enciclopédico y escribió de botánica, zoología, mineralogía, astronomía, astrología, meteorología, química, fisiología, frenología, derecho, teología, filosofía; también escribió sobre la amistad, el amor, la música, la juventud y la senectud, la nutrición, la memoria, los sentidos… «Las obras de Alberto son tan numerosas y abarcan una gama tan amplia de intereses que solo podemos preguntarnos cómo, incluso en una vida larga, encontró tiempo para escribirlas todas».[18] Por la extensión de su conocimiento, fue llamado doctor universalis.

Nació en algún momento entre 1193 y 1206,[19] no lo sabemos con certeza porque hay reportes conflictivos de qué edad tenía cuando murió en 1280 y también sobre su edad cuando ingresó en la orden dominica.[20] Vino al mundo muy posiblemente en Lauingen, actual Baviera. Algunos consideran que era el hijo del conde de Bollstädt, pero esto parece haber sido un añadido a su biografía hecho en el siglo XV. Estudió en la Universidad de Padua y allí conoció al segundo maestro general de la orden de los Predicadores, el ahora beato Jordán de Sajonia. Inspirado por él, tomó los hábitos dominicos en 1229. Estudió en Alemania, en Roma, en París, y fue profesor en Colonia y en Hildesheim, Friburgo y Estrasburgo y luego en París. En 1238 asistió al Capítulo General de la Orden que eligió a san Raimundo de Peñafort, otro santo español.

Es conocedor de la filosofía de Aristóteles, y es gracias a san Alberto y a su discípulo santo Tomás de Aquino que el pensamiento del estagirita empieza a estudiarse en algunas universidades de Europa.

En el Capítulo General de la Orden que tuvo lugar en París en 1248, los dominicos decidieron crear una universidad en cada una de las provincias de Lombardía, Teutonia, Inglaterra y Provenza (este es un buen lugar para recordar que las primeras universidades, y todas durante mucho tiempo, fueron fundadas principalmente por órdenes religiosas católicas o por obispos, o religiosos, o diócesis cristianas).[21] Alberto fue nombrado lector (algo así como rector) de la Universidad de Colonia, en la provincia de Teutonia.

En 1257 fue nombrado prior provincial de la orden. Esa provincia incluía toda Europa al norte de los Alpes y al este de Francia con la excepción de Inglaterra y de Escandinavia, es decir, Luxemburgo, Países Bajos, Alemania, Austria, Suiza…, desde Alsacia hasta Polonia y más allá, Lituania y Letonia. Este nombramiento hizo que Alberto fuera un gran viajero, pues tenía que visitar regularmente las cincuenta casas dominicas que existían en todos esos territorios. Hay pocas actividades tan instructivas como viajar, pero es que viajar en el siglo XIII era considerablemente más arduo que hoy, y más porque san Alberto era un monje mendicante, es decir, se trasladaba sin ningún lujo y tenía que pedir limosna para vivir y también para desplazarse. Viajar así no solo es edificante para el entendimiento, sino también para el carácter.

En 1259 el papa le nombra obispo de Ratisbona, una diócesis que estaba en dificultades.[22] Arregló las finanzas del obispado, fundó un hospital, creó los medios para el sostenimiento de las parroquias, pacificó la diócesis y, cuando creyó haber cumplido su cometido, dimitió de su cargo en 1262.

Por un lado, su pensamiento y sus obras sentaron las bases filosóficas de la escolástica y fueron fundamentales para la construcción de la magna obra de su discípulo, santo Tomás de Aquino, pero por otro lado, sus investigaciones y sus escritos fueron los primeros de muchos otros descubrimientos científicos.

«Para Alberto no existía ningún conflicto entre ciencia y religión. Emprendió el estudio de la ciencia de Aristóteles para entender la filosofía de Aristóteles como un todo y para reconciliarlo con la fe cristiana».[23]

«Se le considera uno de los precursores de la forma moderna de hacer ciencia».[24] Describió que la Tierra es esférica, mucho antes de que se probara en el Renacimiento; descubrió y aisló por primera vez el arsénico, un nuevo elemento químico perteneciente al grupo de los metaloides; hizo experimentos con productos químicos fotosensibles como el nitrato de plata; también se interesó por la embriología y estudió el desarrollo de los huevos de las aves en distintos momentos. «Identificó el corazón al tercer día y cartografió todos los órganos constituyentes para el décimo día».[25] Aseguraba que las plantas podían evolucionar para adaptarse a su entorno (fue, por tanto, el primero en sugerir una teoría de la evolución, mucho antes que el padre José de Acosta, que como veremos más adelante la propuso formalmente casi trescientos años antes que el señor Darwin); clasificó las flores en diversos tipos, fue el primero en darse cuenta de que la savia de los árboles ascendía desde el suelo hasta las hojas; en su obra De animalibus estudia el comportamiento de los animales y describe con gran precisión la migración de las aves. «Aunque nunca viajó a las zonas polares, aventuró que, si existieran animales de gran tamaño en esas tierras, tendrían el pelaje blanco»;[26] «rescata la importancia de las matemáticas como herramienta básica para el entendimiento de la naturaleza».[27]

San Alberto nunca padeció enfermedad alguna y mantuvo sus prodigiosas capacidades intelectivas hasta su ancianidad, pero en 1278, cuando dictaba una clase, le falló súbitamente la memoria y perdió la lucidez.

Nuestro sabio dejó dicho que de joven le costaban mucho los estudios, y por ello una noche se dispuso a escapar del convento en que estudiaba usando una escalera que colgaba de una pared. Allí se le apareció la Virgen María y lo conminó a no escapar, sino a encomendarse a Ella, que es «asiento de la sabiduría», y le prometió que si confiaba en ella y mantenía la fe, le daría «una memoria prodigiosa. Y para que sepas que fui yo quien te la concedí, cuando vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías».[28] María le concedió al padre Alberto el don de la ciencia. Este don es tan importante para los cristianos que consideran que es uno de los siete propios del Espíritu Santo.[29]

Parece que así pasó, porque después de ese lapso de memoria, como previendo que iba a fallecer pronto, pidió construir su propia tumba, delante de la cual iba a rezar todos los días el oficio de difuntos. El 15 de noviembre de 1280 regresó a la casa del Padre.

El lema por el que se recuerda a san Alberto Magno es Fui et vidi experiri, que es la consigna de todo científico: «Estuve allí y lo experimenté».

Fue beatificado en 1622, y en 1931 el papa Pío XI lo nombró como uno de los 38 Doctores de la Iglesia, que es un título reservado para los santos cuyos escritos tienen una autoridad especial.

En 1941 se le nombró patrón de los científicos y de los estudiantes de Ciencias Naturales, Químicas y Exactas.

A él encomiendo yo esta obra (y su autor) y, si usted da su consentimiento, también a sus lectores.

LA FÍSICA
Y LA COSMOLOGÍA
LLEVAN A DIOS
¿Estamos aquí por casualidad?

Solo hay dos opciones: o el universo tiene un principio o no lo tiene. Piénselo. No hay otras alternativas.[32] Esa dicotomía es un imperativo lógico. Pues bien, ahora sabemos cuánto pesa el universo (1053 kg de masa), cuánto mide (93.000 millones de años luz de extensión) y cuánto tiempo tiene (13.751 millones de años, ±1 %). La ciencia ha demostrado —fuera de toda duda razonable— que el universo tuvo un principio[33] y la lógica demanda por tanto un «principiador», ya que como estipula el principio de la lógica: «De la nada, nada sale».[34]

Durante eso que se ha dado a llamar el Big Bang, toda la materia, el espacio y el tiempo «aparecieron de la nada».[35] Como ha demostrado la ciencia moderna, toda la materia, el tiempo y el espacio tuvieron un principio, por tanto, necesariamente tuvo que existir un algo o un alguien que no fuera material (y por tanto, fuera espiritual), que no fuera temporal (y por tanto, fuera eterno) y que no fuera espacial (y por tanto, fuera infinito), y que fuese la causa del universo material, temporal y espacial.

Es indudable que ese principiador[36] se parece a eso-que-llamamos-Dios, y esta realidad ha resultado tan incómoda al ateísmo que ha habido numerosos intentos para desprestigiar o aguar el Big Bang —incluso haciendo creer al público en general que la teoría del Big Bang desacreditaba la posición religiosa y teísta—, y ello simplemente porque la consecuencia necesaria de la realidad del Big Bang es letal para el escepticismo. A decir del físico y cosmólogo teísta del Imperial College Christopher Isham: «Quizá el mejor argumento en favor de la tesis de que el Big Bang apoya el teísmo es la obvia ansiedad que provoca en algunos físicos ateos».[37]

La necesidad de ese principiador es una demanda lógica, ya pensada por la muy inmensa mayoría de la humanidad desde que el hombre aprendió a escribir, y es lo que ha mostrado inapelablemente la ciencia de los últimos cincuenta o setenta años. Claro que usted puede no seguir los caminos de la ciencia ni de la lógica, y ello porque una de las cosas maravillosas del ser humano es que la voluntad le puede llevar por caminos que la razón no recomienda… Pero al evitar la ciencia y la lógica, se arriesga usted a caer en el ateísmo. Y no es una caída indolora.

Otra conclusión a la que nos llevan la física y la cosmología es que no deberíamos estar aquí. Ni usted, ni yo, ni nadie. Se necesita mucha fe para considerar al azar como responsable de la Creación. Y se precisa ser muy soberbio para pensar que uno es imprescindible en el mundo.

Siempre me ha parecido irónico que a los escépticos les parezca impensable que un dios haya creado todo desde la nada y, sin embargo, les parezca razonable que la nada haya creado por sí misma todo.

Pero puesto que estamos aquí —yo sí al menos, y en este momento—, no es por casualidad. Uno de los mayores físicos teóricos de la última generación, John Archibald Wheeler, explica que no es casualidad que el universo comenzara con cuatro fuerzas (y no con seis, o con tres, o con dos),[38] que además tienen intensidades precisas, o por qué empezó con la masa precisa (y no con otra) que le permitió existir y expandirse:

El universo está adaptado al hombre. ¿Imagina un universo en el cual una u otra de las constantes físicas fundamentales sin dimensiones se alterase en un pequeño porcentaje en uno u otro sentido? En tal universo el hombre nunca hubiera existido. Este es el punto central del principio antrópico. Según este principio, en el centro de toda la maquinaria y diseño del mundo subyace un factor dador-de-vida.[39]

Hay que destacar que cada una de las cuatro fuerzas que rigen el mundo físico tiene una intensidad determinada. Y esto hace que, ante cualquier ínfima variación, ya no podría haber vida basada en el carbono. Por ejemplo, si la fuerza de gravedad fuese mayor de lo que es (¡un 0,00000000000000000000000000000000000001 por ciento!), comprimiría los gases que forman una estrella de un modo brusco, lo que aumentaría la temperatura de estos, y entonces habría reacciones nucleares más rápidas y las estrellas no durarían lo suficiente para que hubiese vida en un planeta alrededor de una estrella como el Sol.

De manera similar, si la fuerza electromagnética fuese 1042 o 1040 más potente que la gravitatoria —en vez de 1041 como es—, no se podrían formar las moléculas de la química ni podrían existir los ingredientes para hacer un cuerpo viviente: no podría haber vida.

Asimismo, si la fuerza nuclear fuerte no fuese 137 veces más fuerte que la electromagnética sino algo más o menos potente, no se formarían los átomos de carbono, oxígeno o calcio que hacen falta para un ser viviente y, por ende, tampoco podría haber vida.

Si no existiera la fuerza nuclear débil —que transforma una partícula en otra—, no se podrían formar más elementos que el hidrógeno; y si fuese un poco más débil de lo que es, no habría tampoco carbono, ni oxígeno, ni calcio. Si fuese un poco más fuerte, tampoco.

Más aún, el físico matemático Paul Davies[40] calculó las condiciones tras el Big Bang y concluyó que, si la velocidad de expansión hubiese diferido en más de 10-18 segundos —un quintillonésimo de segundo—, no habría existido el universo. Es también asombroso que si el protón, que pesa exactamente 1.836 veces más que el electrón, pesara un poco más o menos que este, no se formarían las moléculas necesarias para la vida. Igualmente, si la masa del universo fuera de 1057 kg en vez de 1056 kg, no se habrían terminado de formar las estrellas porque el exceso de masa se atraería formando agujeros negros en un colapso que impediría la expansión y la formación de estrellas y planetas. Por el contrario, si la masa fuese de 1055 kg, la expansión hubiera sido demasiado rápida y todo el universo sería simplemente una burbuja de gas que no podría condensarse para dar lugar a estrellas o planetas. En cualquiera de los dos casos ninguno estaríamos aquí.

También resultan sugestivos la posición y el tamaño de Júpiter: este planeta provee estabilidad a la órbita de la Tierra y ha evitado que esta haya sido golpeada por meteoritos, ya que actúa como un aspirador de desechos espaciales. Además, si el Sol tuviera más masa, no hubiera durado lo suficiente como para haber permitido la vida en la Tierra. Y si esta tuviera un 10 por ciento más o menos de masa, tampoco. De forma semejante, el impacto que se produjo entre la Tierra y lo que es ahora la Luna dio a nuestro planeta una cantidad mayor de hierro de la que le hubiera correspondido por su distancia al Sol, y ese hierro también posibilita la vida. Sabemos que la Tierra tiene en su núcleo una bola de hierro con una temperatura de entre 4.000 y 6.000 ºC que provoca un campo magnético que la protege de las radiaciones solares, perjudiciales para la vida. Y si no fuese por la Luna, la Tierra no mantendría su inclinación del eje al 23,5 por ciento. Cualquier cambio de ángulo provocaría cambios climáticos catastróficos que hubieran impedido la vida.[41]

Nos encontramos con un universo antrópico, es decir, que permite la vida humana, y ello en contra de toda probabilidad.[42] El astrofísico profesor de la Universidad de Cambridge John Barrow, junto con el profesor de Matemáticas y Física de la Universidad de Tulane Frank Tipler, ambos teístas, escribieron en 1986 The Anthropic Cosmological Principle [El principio antrópico cosmológico], donde detallan cientos de ejemplos de ese ajuste fino que permite la existencia del universo y de la vida. Es lo que se suele denominar «un universo afinado», porque resulta que los valores de las constantes de la física y de sus relaciones son precisamente los que deberían ser para que el universo exista, se dé la vida, el ser humano haya podido estar en ese universo, usted pueda vivir y yo también. El propio Tipler explica las consecuencias personales de estos descubrimientos:

Cuando empecé mi carrera como cosmólogo, hace unos veinte años, era un convencido ateo. Nunca, ni en mis sueños más locos, imaginé que un día estaría escribiendo un libro afirmando y mostrando que las afirmaciones centrales de la teología judeocristiana son de hecho ciertas, que esas afirmaciones son deducciones directas de las leyes de la física tal y como la entendemos ahora. He sido forzado a admitir estas conclusiones por la lógica inexorable de mi propia especial área de la física.[43]

La objeción que se suele presentar en contra es que un universo antrópico «no prueba nada porque si no existiera, nosotros —que somos los observadores de ese universo— tampoco existiríamos», es decir, que «puesto que el universo existe y puesto que estamos aquí, las condiciones para ello se han tenido que dar y no hay nada extraordinario en ello».

Esta objeción no es sino un juego de palabras creado con la intención de proteger la fe del descreído militante. No asombrarse de lo inaudito demuestra un espíritu vulgar, y al tiempo la incapacidad de maravillarse con lo insólito resulta trágica para el alma. La capacidad de sorpresa es imprescindible para practicar la ciencia (y posiblemente para practicar la vida). Carecer de ella es una desgracia. La buena noticia es que se puede readquirir liberándose de prejuicios.

Imagínese que a su vecino le toca la lotería hoy, y mañana, y al próximo, y al día siguiente, y el posterior y el de después, y así cada uno de los días de cada uno de sus años. Ante esa serie de acontecimientos, caben dos actitudes: sorprenderse por ello y buscar una explicación a tanta suerte, o bien encogerse de hombros y balbucir algo como «puesto que a mi vecino le ha tocado la lotería todos y cada uno de los días de su vida, eso lo único que demuestra es que ese acaecimiento es posible». Se me ocurre que esta segunda actitud esté motivada por evitar el engorro de investigar las causas de la fortuna de mi vecino.

Otro ejemplo, esta vez propuesto por John Leslie.[44] Imagine que estoy delante de un paredón esperando a ser fusilado. (Una situación en la que espero nunca estar en la realidad). En fin, ahí estoy yo. Observo que cien buenos tiradores me apuntan con sus respectivos fusiles. Me cubren los ojos con un pañuelo y escucho al jefe del pelotón gritar «¡Preparen!», y luego «¡Apunten!», y finalmente el temido «¡Fuego!». Oigo las descargas, siento el silbido de las balas…, pero no pasa nada. Me palpo el cuerpo y confirmo que ningún proyectil siquiera me ha rozado. Si mi comentario ante ese hecho fuera «No hay nada extraordinario en esto, puesto que, si no hubieran fallado, no estaría ahora considerando la situación», creo que podría usted pedir que se repita el fusilamiento, solo por lo necio de mi reacción. Ante ese hecho, lo lógico es preguntarse ¿qué ha pasado?, ¿por qué? y ¿cuáles son las posibilidades de que eso haya ocurrido? Y acto seguido dar gracias. Pero lo que no resulta racional es concluir que, puesto que estoy vivo, ese resultado después de ser fusilado es completamente normal, o bien concluir que, puesto que ha ocurrido, entonces era uno de los resultados posibles y seguir con su vida como si tal cosa.

Por cierto, que las posibilidades de que usted exista y que además esté leyendo esto son mucho menores que las que a su vecino le toque la lotería cada día durante toda su vida o de que alguien salga indemne de un fusilamiento. Es usted una persona con suerte. Ahora le toca buscar a quién agradecérselo.

2
Nicolás Copérnico y Galileo Galilei
Hombres de Iglesia

 Retrato ilustrado en blanco y negro de Galileo Galilei, representado de busto y de tres cuartos, con cabello corto, barba abundante y cuello blanco sobre una prenda oscura, dentro de un marco ovala
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