El incendio
Todo se vino abajo: la casa, los sueños, el esfuerzo, los recuerdos, los años vividos, el tiempo muerto, los pesares, los secretos que guarda toda casa. La historia acumulada en cada objeto, en la desidia interior de los cajones, en las marcas que los cuerpos dejan en los muebles, en la memoria que cuenta cómo fue la vida, qué hábitos, qué vicios, qué gustos, qué olvidos tuvieron los que habitaron esa casa que se quemaba con su pasado y una mujer adentro.
Apenas el humo empezó a meterse en los cuartos, Álvaro y Jennifer entraron afanados por ella y le dijeron, la casa se está incendiando, tenemos que salir ya, pero Amanda les dijo, no, yo me quedo. Cuando trataron de sacarla a la fuerza, ella se resistió y se aferró a la pata de la cama. El teléfono timbraba desde que comenzó el fuego y Amanda les suplicó, no contesten, por favor, que nadie conteste. Jennifer maldijo; Álvaro y los gemelos intentaron arrastrar la cama, pero el humo empezó a asfixiarlos. Tenían las llamas a sus espaldas y Jennifer le gritó a su hermana ¡achichárrate tú con tu maldito fantasma! A los otros les gritó, ahogada por la rabia y la humareda, y con la honestidad de un guerrero vencido: salvémonos nosotros.
Cuando ya iba a irse, Amanda le dijo, ¡espera! Jennifer pensó que había recobrado la razón y había decidido salir con ellos pero sólo le entregó una carpeta con papeles y le dijo, guárdala, luego la empujó para que se fuera con su familia y a Amanda se la tragó el humo.
Afuera, el viento cambió de sentido. Algunos vecinos que curioseaban huyeron encorvados de aquel remolino de cenizas sin que les importara perder el desenlace. Otros salieron a llamar a los bomberos y alguien sugirió que también pidieran una ambulancia. Otro más insistió, adentro queda gente. ¿Viva?, preguntó alguien, pero nadie respondió.
Jennifer, Álvaro y los gemelos se sentaron en el andén del frente, hombro con hombro, como si se alistaran para ver la película de una casa ardiendo. Juan Roberto se encontró con la mirada idéntica de Juan Pedro y como en sus miradas siempre había palabras, el uno le entendió al otro y se levantaron. Jennifer los llamó con un grito que se perdió en la bulla de las llamas. Los gemelos siguieron derecho como si quisieran regresar a la casa, pero sólo la rodearon y luego desaparecieron por una esquina del infierno.
A pesar de estar cerca del incendio, Jennifer sintió frío. Le dijo a Álvaro, busca a los muchachos.
¿Para dónde crees que pueden ir? Ya vienen.
Los vi acercarse a la casa. Es muy peligroso.
No van a entrar, no te preocupes.
Ella lo miró y le preguntó, ¿estás hablando en serio? Volteó hacia atrás y vio que se estaban agrupando más curiosos. Álvaro le dijo:
Estás tiritando. ¿Tienes frío?
Tengo ganas de vomitar.
El sonido lejano de una sirena los hizo mirarse. Los bomberos, dijo ella. Volvió a mirar hacia atrás y vio a los vecinos con la cabeza estirada, esperando también a que aparecieran las luces rojas.
Al otro lado, los gemelos jugaban a adivinar formas entre las llamas. La madera, los hierros, los muebles y todo lo que comenzaba a retorcer el fuego creaba figuras antes de convertirlas en ceniza.
Hay un camello en el segundo piso.
No lo veo.
Por la ventana de nuestro cuarto, al fondo.
No es un camello. Es como un caballo.
Era un camello. Lo que pasa es que acaba de perder las dos jorobas.
Las mismas llamas despedían sus propias figuras. Ellos creían que eran los fantasmas que habitaron la casa y que ahora huían despavoridos. Eran llamas con brazos y manos, y cuerpos contorsionados que huían hacia la noche.
¿Adónde irán?
A cualquier otra casa donde puedan seguir espantando.
O tal vez van a esperar a saber adónde vamos nosotros para acompañarnos.
Más que adivinar figuras y cuerpos inexistentes entre el fuego, lo que los gemelos buscaban era alguna señal de su tía. Pensaron que a pesar de haber decidido quedarse, la desesperación y el pavor la harían tirarse por una ventana, pero aparte de las formas lo único que salió fueron chispas, humo y fogonazos. Y en lo alto, entre el humo, las avispas huyendo de la casa. Por fin salieron las malditas, dijo Juan Pedro.
Hacia arriba y desde el techo se levantaron dos columnas gruesas de humo sucio, como brazos elevados que suplicaban al cielo un aguacero salvador. Como si el fuego se doliera de ser fuego y pidiera ser aplacado por un chaparrón. Los brazos bajaron y envolvieron la casa y apenas dejaban ver las llamas adentro. El humo pasaba del color gris al naranja, giraba en círculos y luego volvía a levantarse para recuperar su curso en la oscuridad.
Las sirenas, escandalosas, se oían cada vez más cerca. Todos miraron hacia la esquina. De repente, el ruido comenzó a alejarse y no aparecieron ni los bomberos, ni una ambulancia, ni la policía, ni nada que ayudara a apagar el incendio.
Jennifer se agarró la cabeza con desespero; con las sirenas también se alejaba la última posibilidad de sacar a su hermana, con lo que le quedara de vida y de piel. Volvió a sentir ganas de vomitar pero no vio cerca un lugar donde pudiera hacerlo sola.
Me siento mal, Álvaro. Quiero vomitar.
¿Qué te lo impide?
Esta gente. ¿Por qué no se va?
Porque todos tienen miedo.
Si tuvieran miedo se largarían.
Tienen miedo de que el fuego llegue hasta sus casas.
El calor rompió un vidrio y Jennifer saltó sobresaltada, no por el ruido sino porque le pareció ver a Amanda asomada, pidiendo ayuda, lista para saltar.
¡Allá está, mírala, Álvaro! Creo que quiere salir.
Jennifer se puso de pie y señaló un punto, pero lo que vio no fueron más que sombras engañosas entre el fuego, la dosis de burla que hay en toda tragedia, el diablo que siempre ríe en medio del desastre. La mirada de Álvaro la devolvió a la realidad y se sentó de nuevo en el andén. Volvió a llamar a los gemelos.
Hasta ellos llegó el coletazo de sus nombres cuando un golpe de viento arrastró una ráfaga de humo y los cubrió como si les hubieran echado encima una colcha gris. Ahogados y perdidos se buscaron con las manos hasta que se encontraron. Solamente entrelazados eran capaces de soportar el horror de no verse el uno en el otro.
Cuando pudieron mirarse de nuevo, uno preguntó, ¿cuánto se tarda en morir quemado?
¿Lo dices por la tía?
Sí.
Se habrá asfixiado primero.
¿Habrá sufrido?
Sí, desde hace tiempo.
¿Crees que la tía estaba loca?
Sí, es posible.
Es muy raro que no haya querido contestar el teléfono.
Otra vez oyeron a su mamá llamándolos. Vamos, dijo Juan Pedro; vamos, repitió Juan Roberto.
La que inventa dolores
Jennifer recuerda el día en que, sin pensarlo, comenzó a ganarse la vida engañando a los demás. Ese día hubo un temblor de tierra largo y fuerte. Ella estaba en su cuarto y salió en carrera cuando vio mecerse el agua de la jarra, cuando la única lámpara se bamboleó en el techo y cuando oyó que a través de las vigas se escapaba el rugido de la tierra. Corrió hasta abajo por las escaleras mientras el piso zigzagueaba a sus pies y se encontró en la calle con los vecinos que rezaban a gritos, pidiéndole al suelo que dejara de sacudirse. Jennifer siguió corriendo para alejarse de cualquier muro que pudiera caerle encima. Cuando el temblor terminó, ella continuó temblando y corriendo hasta que un pie se le enredó con el otro y cayó al piso.
Miró alrededor y vio a la gente concentrada en las grietas y en los pequeños desastres. Le pareció que algo caliente le rodaba por la cara, se palpó y notó que estaba sangrando. No se asustó y, por el contrario, sintió un alivio. Trató de ponerse de pie pero siguió mareada, entonces tomó aire profundo y lo intentó de nuevo. Quedó parada, sin darse cuenta de que un hombre la había levantado de los brazos. Le cayó algo en la frente, dijo el hombre, y ella volvió a tocar el hilo de sangre, luego se pasó la mano sobre los ojos.
La herida no parece muy grande, pero es mejor que la revisen.
Jennifer asintió callada. ¿Puede caminar?, le preguntó él. Ella volvió a asentir. ¿Vive cerca? Ella, sin saber por qué, le dijo que no. Entonces el hombre se metió la mano al bolsillo y sacó un par de billetes. Tome, ¿le alcanza? Ella afirmó con la cabeza y luego balbuceó, es que en la carrera se me perdió el bolso. Él le puso los billetes en la mano. Gracias. No se preocupe, más bien coja un taxi y hágase ver la herida. Ella quiso decirle la verdad: nunca hubo bolso y su casa quedaba a dos cuadras. Pero sintió que con la plata en la mano ya no podía echar reversa.
Caminó hasta su edificio y afuera encontró a los vecinos comentando el temblor. Señalaban algunas grietas, hablaban de muros ladeados y mostraban pedazos de tejas en la calle. Uno de ellos la vio. Miren a la muchacha, está herida. La rodearon preocupados. Estás sangrando en la cabeza, ¿qué te pasó? A pesar de que Jennifer los veía claramente, les dijo:
Estoy viendo negro.
Hicieron un pequeño revuelo y empezaron a soltar conjeturas: se está quedando ciega, le habrá caído un ladrillo encima, sigue aturdida por el golpe, puede tener una hemorragia interna, hay que llevarla a una clínica, ¿puedes recordar lo que pasó?, ¿tendrá amnesia?, que alguien traiga una silla, le cayó sangre en el ojo. Jennifer apretó los ojos y volvió a abrirlos. Sí, dijo, no veo negro sino rojo. Uno de ellos dijo, en tono vencedor, lo que yo dije: una hemorragia interna.
Tiene que irse ya para un hospital.
Jennifer comenzó a llorar porque tenía miedo, porque en realidad le dolía el golpe y porque no sabía qué era lo que estaba haciendo. Es que me robaron el bolso, les dijo. Esto es el colmo, dijeron ellos, el colmo de los colmos. Ella buscó la acera para sentarse. ¡No!, que no se siente ni que se duerma, yo conocí a alguien que se murió porque se fue a dormir después de un golpe. Que se vaya para un hospital.
Yo puedo acompañarla.
No, yo puedo ir sola.
Pues entonces que coja un taxi.
Todos se miraron hasta que dos de ellos se decidieron, sacaron la billetera y le dieron plata a Jennifer. Mi Dios les pague. No se preocupe, vaya, vaya y nos cuenta.
Jennifer se alejó, descartó coger un taxi y comenzó a bajar hacia el centro. Caminando se encontró con una tienda de ropa y se puso a mirar vestidos. Tomó uno y se paró frente al espejo. Por primera vez se vio el golpe y la sangre seca regada por toda la cara. Y detrás de ella vio a dos vendedoras que la miraban aterradas.
Por la noche, su mamá le hizo una curación casera con agua, jabón y yodo. Hablaron de dónde y cómo las había agarrado el temblor. Amanda y Leticia también contaron su susto. A una el temblor la cogió en la academia y a la otra en el colegio. A la mamá la agarró en la fábrica, les contó que con la tembladera que mantenía en las manos sólo se dio cuenta por los gritos de las otras de que se trataba de un temblor de tierra, muchas dejaron las fileteadoras prendidas y salieron en carrera, y después llegó don Horacio y las vació. Amanda dijo, aquí el que se cayó desde el armario fue el san Antonio y se partió en dos. La mamá dijo, cubriéndole la herida a Jennifer con gasa y esparadrapo, ahora falta ver si no se le dañó su fuerza milagrosa. Leticia preguntó:
¿Y cuándo nos ha hecho algún milagro?
Pues hoy mismo. Jennifer se pudo haber descalabrado pero gracias a san Antonio no le pasó nada.
Jennifer sonrió. Amanda siguió contando, a los de al lado se les descolgó la jaula del balcón, cayó a la calle y encontraron al canario muerto. Se habrá muerto del susto, comentó Leticia. De lo que haya sido, dijo la mamá, el caso es que lo mató el temblor de tierra; luego le dijo a Jennifer que ya había terminado, y Jennifer fue a mirarse la curación en un espejo.
En los días siguientes, cada vez que se encontraba con un vecino le preguntaban cómo había seguido y ella a todos les respondía que regular, hay momentos en que no recuerdo nada, la cabeza no deja de dolerme, les decía, y no puedo mover bien la mano.
¿La mano?
Sí, esta.
¿Y qué dice el médico?
Jennifer sentía que las palabras se le adelantaban al pensamiento, que cuando quería callarse ya había dicho lo que no quería decir.
No he podido ir, es que no tenemos seguro médico.
No todos, pero sí algunos de los vecinos le colaboraban con algo de plata para que pudiera hacerse los exámenes que, supuestamente, necesitaba. Ella, en las noches, se encerraba en el cuarto y contaba la plata. No era mucho pero nunca había tenido tanto. Nunca había trabajado y desde que terminó el bachillerato se la pasaba visitando academias, institutos y hasta universidades para averiguar qué ofrecían, a ver qué se decidía a estudiar. No había mañana en que su mamá no le dijera, por qué no te buscas un trabajo mientras te decides, a mí me queda muy pesado sostenerlas a las tres. Pero Jennifer llevaba dos años indecisa y se la pasaba andando la calle, entrando a las tiendas donde se probaba ropa que no compraba.
Poco a poco la herida de la frente se le iba cerrando. Jennifer la analizaba en el espejo, muy desilusionada. Estaba cicatrizando más rápido de lo que quería. No podía llevar por mucho tiempo la venda y sabía que cuando la herida sanara su historia pasaría al olvido. No le bastaría con decir que seguía con dolores ni con poner a temblar la mano. Ya había metido la cabeza por el hueco de la mentira y ahora tenía que pasar el cuerpo entero. No era tan fácil como ella pensaba, había descubierto que la mentira tiene su ciencia, y si la mentira crece hay que crecer con ella para que no termine envolviendo a quien miente. De la desilusión por la herida que sanaba pasó al miedo de perder lo poco que había logrado.
Sin pensarlo mucho se acercó a un lavamanos, se agarró de él, cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás, tomó impulso y estrelló la cabeza contra el borde, justo donde la herida comenzaba a cerrarse. Luego se paró, un poco atolondrada, y observó el golpe. Seguía casi igual. Entonces del desencanto pasó a la rabia y de la rabia al arrebato. Se arrodilló de nuevo y chocó la frente contra el lavamanos una vez, dos, tres, cuatro y cinco veces más.
La que espera una llamada
Querido:
¿No es con un «querido» como empiezan todas las cartas? Podría usar su nombre, pegarlo al «querido», pero cada día que pasa estoy más convencida de que su nombre también fue parte del engaño. Podría decir «querido mentiroso», y en el renglón siguiente contarle las razones por las que decidí escribirle esta carta que no es para usted porque ni siquiera sé dónde vive. Ni siquiera sé si vive. Entonces si no estoy segura de que su nombre sea el verdadero, si no tengo su dirección, esta carta es más para mí que para usted. ¿Por qué le escribo una carta a quien nunca va a recibirla?, ¿una carta de la cual voy a ser la única lectora? No crea que no me he preguntado mucho qué sentido tiene que yo termine leyendo lo que quiero que usted oiga. Pero cinco meses son mucho tiempo para estar encerrada pensando qué fue lo que pasó después de que usted me hubiera dicho «mañana la llamo». Suposiciones que desde ese día, hasta el de hoy, se han acumulado una tras otra, se han cruzado, se han alimentado entre ellas o se han desvirtuado para intentar llegar a alguna conclusión pero sólo me han llevado al desespero. O a la única conclusión evidente, irrefutable, y es que después de cinco meses y trece días usted todavía no me ha llamado. Fíjese lo ingenua que soy cuando digo «todavía», pero hasta que no tenga una explicación de sus razones voy a seguir creyendo que ese teléfono va a timbrar en cualquier momento y yo voy a contestarlo y después de un saludo usted me va a decir: perdone la demora.
Le decía que todo este tiempo me la he pasado suponiendo en silencio. Esperando, cada día, que un timbrazo termine de una vez por todas con esta incertidumbre. Pero ya me he ido cansando de suponer y de imaginar y por eso he decidido contarle, por escrito, lo que a diario le digo callada, aunque aquí en la casa ya me han dicho que muchas veces me han escuchado hablando sola.
Ni sola ni con usted: le hablo al recuerdo, al fantasma, al deseo de que el aire le lleve a usted esas palabras. Pero ni el aire es cartero, ni los recuerdos tienen oídos, ni los fantasmas quieren sostener conversaciones conmigo. Por eso he decidido que las cartas entren a formar parte de mi historia. Estas hojas sueltas que hoy comienzo a llenar acodada en una mesa vieja frente a la única ventana de mi cuarto.
Imagíneme usted mirando de cuando en cuando hacia afuera, tratando de atrapar una idea de las que se me han pasado por la cabeza en estos meses, o recuperando algún recuerdo de las pocas semanas que duró su engaño. Imagíneme dudando, con el bolígrafo en la mano, con la mirada indecisa entre el papel y la ventana, atiborrada de pensamientos confusos, decidiendo qué le digo a quien nunca va a escucharme. Tan difícil es decidir qué decirle que, ahora que releo, me doy cuenta de que no le he dicho nada. Al menos nada de lo que quiero que sepa de mí. Pero antes de que usted imagine un panorama que no es y crea que al escribirle me acompaña la serenidad por el mero hecho de hacerlo frente a una ventana, déjeme decirle que por esta ventana no veo ningún paisaje de almanaque, de esos que le harían suponer una escena mágica y romántica: una mujer que lo espera y lo piensa cada vez que ella respira, que le escribe una carta llena de reclamos y que sólo por eso muchos podrían considerarla una carta de amor, alumbrada por un sol de amanecer que se levanta detrás de un paisaje que corta el aliento.
Lamento decepcionarlo si le desbarato la imagen con la que, seguramente, podría aligerar su culpa, si es que usted tiene culpa, claro está. Mi ventana asoma hacia la calle, a una calle cualquiera, ni muy estrecha ni muy ancha, que en un tiempo pasado lucía mejor. Prado fue un barrio elegante pero cuando llegamos su elegancia ya se había mudado a otro lugar, y al barrio le pasó lo mismo que ahora me pasa a mí: comenzó a vivir de recuerdos.
Si miro al frente sólo veo casas como esta, de esas que se parecen a una mujer madura que recurre a todo tipo de esfuerzos para despertar un comentario tan inútil como «debió ser muy bella en su juventud». Es decir, querido, que estas casas son como yo. Una casa que por más que esté habitada parece vacía, que le sobran habitaciones a pesar de que una la ocupa un avispero.
Yo llegué a imaginar que se uniría a nosotros. Había espacio para usted, para su ímpetu y su juventud. Habría podido tener su propia alcoba si no quisiera compartirla conmigo. Pero no le hice el ofrecimiento cuando pude por tonta, por creer que lo tendría el resto de mi vida, y porque también pensé que usted sentiría vergüenza de mis planes. ¿Cómo podía atreverme a hablar de planes serios a pocas semanas de habernos conocido? Pues bien, ahora puedo hablar de ellos, ya le puedo hablar de mis sueños y de lo que ha sido compararlos con la realidad.
Soñé con traerlo a esta casa y de algún modo lo he traído. Todos aquí, aunque no conocen mi historia, deben suponer que hay alguien de quien ahora depende mi vida. Sé que les costaría creerlo porque a mi edad se han acostumbrado a mi semblante de solterona. Se burlarían al verme como una adolescente esperando una llamada. Pero ahí fue cuando usted entró a esta casa: con mis nuevos afanes, en los suspiros que se me escapan, en los ojos llorosos sin una razón aparente, en mis rabietas de muchacha descorazonada.
Tal vez debería agradecerle su ausencia porque me ha permitido tenerlo conmigo de una manera idealizada, pero ya me he pasado de idiota como para tener que agradecerle algo. Más bien tengo un deseo: que se le pudra la lengua con la que me endulzó el oído, su lengua sucia, embustera, melosa y cobarde que trabó tantas veces con la mía.
Esperándolo con rabia,
Amanda
La que cometió una locura
Un cuarto de hora sería suficiente para contar mi vida, tan vacía, tan poca, tan mal vivida que me sobrarían minutos para contar mis sueños, lo que se quedó en meros deseos, mi lista grande de frustraciones. De todas maneras, esta no es la tan mencionada película que los moribundos dicen ver en el último minuto. Entonces, Leticia, ¿qué es lo que ves?
En el nubarrón de la distancia veo unos cerros, entre los cerros veo un pueblo frío y en una de sus calles veo a una niña y dentro de la niña veo un nubarrón. La niña ha llevado una corta vida de privaciones. Es la menor de tres hermanas, no conoce a su papá y se llama Leticia.
Sigo siendo la menor, nunca conocí a mi papá y después de muerta me seguirán llamando Leticia.
Iba a la escuela. Había otras niñas que tampoco tenían papá. Bueno, papá sí tuvimos porque de lo contrario no estaríamos aquí, pero sólo algunas lo conocieron. A veces nos juntábamos las que no teníamos. No lo planeábamos, simplemente nos íbamos juntando y a veces hablábamos de los papás. Unos habían muerto y otros, como el mío, se habían esfumado. A veces se hablaba de él en la casa, alguna de nosotras preguntaba algo y mamá cambiaba el tema o nos decía, ya saben que no me gusta hablar de eso. Cuando peleábamos con ella le sacábamos en cara su ausencia. Al principio ella lloraba, pero luego aprendió a no dejarse manipular de nosotras. A veces nos amenazaba: si él se fue yo también me voy a ir, ustedes verán cómo se las arreglan solas. Entonces llorábamos y poco a poco aprendimos a no meter a papá en las peleas. Con el tiempo dejamos de llamarlo «papá». Yo no quisiera perder los últimos minutos que me quedan en este mundo hablando de él.
¿De qué quieres hablar entonces, Leticia? Quiero recordar a una niña que no era triste ni feliz, que era gris como la luz del pueblo, como casi todos los que caminaban las calles empinadas de Entrerríos, como sus ruanas y sus sombreros, como el monolito que cayó del espacio en un potrero cercano, como los vestidos de medio luto que llevaban las mujeres de treinta para arriba, más por costumbre que por dolor. Yo subía y bajaba esas calles todos los días de ida y de regreso cuando iba a la escuela, y me cruzaba con sombras de mujeres y hombres en ese pueblo neblinoso.
Dentro de unos instantes también seré sombra, y más tarde ceniza de sombra y más tarde no quedará ni sombra de mí, ni de nada ni de nadie.
Subía y bajaba esas calles, mañana y tarde, y no había otra cosa que hacer que subirlas y bajarlas. Siempre acompañada de mis hermanas o de mamá. Jennifer y Amanda iban a la misma escuela y mamá trabajaba cerca, que es un decir porque en un pueblo nada queda lejos. Lo único lejano eran los sueños. Y Medellín, adonde todas queríamos ir.
Los que podían nos iban dejando, se iban y volvían a visitarnos de cuando en cuando hasta un día en que ya no volvían. Venían y nos dejaban un poco de las costumbres de Medellín para despertarnos, desperezarnos, abrirnos los ojos y hablarnos de lo caro que era vivir en una ciudad. Pero caro y todo se regresaban. Preferían morir de hambre que de tedio. Aunque no tardó en llegar el día en que en Entrerríos no sólo nos moríamos de tedio sino también de hambre. El día en que mamá dijo, ahora nos toca irnos a nosotras. Hizo cálculos y sacó cuentas para decirnos que no podíamos ir todas. Alguna se tenía que quedar. Mamá dijo, me voy con una y se quedan dos. Todas queríamos ir.
Recé para que mamá no me dejara. Quería irme con ella pero las otras también. Cada una rezó pidiendo lo mismo. Mamá estuvo muy callada durante esos días hasta una noche cuando, antes de irnos a dormir, nos dijo que Jennifer se iba con ella. No dijo más ni dio explicaciones, cerró la puerta del cuarto y Amanda y yo nos pusimos a llorar. Jennifer nos miró pasmada, en silencio, sentada en la cama y arropada hasta el cuello. A mí ni el cansancio del llanto pudo hacer que me durmiera, y cuando se me cerraban los ojos el miedo me volvía a despertar. También, en la mitad de la noche, escuché a Jennifer llorando.
Hay que ver cómo se llora en esta casa. Cada una por su lado. Amanda en su cuarto suelta quejidos a cada rato. Jennifer no llora por los golpes que se da sino al revés: llora y luego se da golpes. Y yo, si abriera los ojos en este instante, vería todo difuso, como si mirara desde el fondo de un pozo.
Amanda y yo nos quedamos en el pueblo y Jennifer se fue con mamá para Medellín. Amanda quedó encargada de cuidarme. ¿Cuántos años tenías, Leticia? Era una niña y Amanda una jovencita. Lo único claro que tuvimos a esa edad era que mamá prefirió a Jennifer. Eso también nos lo dijo la mujer con quien nos dejaron, a la que mamá le mandaba plata cada mes. Si se fue con ella es porque la quiere más, dijo sin consideración. Pero mamá llamaba una vez a la semana y lo único que nos decía era que nos quería mucho. Y cada mes, cuando nos visitaba, decía lo mismo, pero una niña se confunde cuando lo que se le dice no se le demuestra.
A Noelito le digo siempre que lo quiero y se lo demuestro. Si pudiera abrir mi boca ahora se lo diría otra vez. Aquí en mis brazos él sabe que lo amo.
Como todas las infancias, la mía también fue lenta. Y más lentas que todas son las infancias de pueblo. Lo extraño es que ahora me pregunto a qué horas pasó todo, a qué horas crecí, a qué horas dejé de ser niña y a qué horas pasaron cuarenta años. Alguien podría decir que esos cuarenta años pasaron en cuarenta años, pero todos sabemos que las cuentas no son así.
Mi infancia fue lenta, lenta, lenta. Veía el tiempo envolverse en espiral a la velocidad de un caracol. Subía y bajaba las calles con cualquier pretexto, con la idea fija de un peligro que rompiera la lentitud. Lenta, lenta. Veo el árbol en el que me trepaba a diario y del que me dejé caer una vez, sola, sin ningún empujón que no fuera el deseo de que me pasara algo. Quería despedazar el aburrimiento con una herida o con un brazo roto. ¿Te rompiste un brazo a propósito, Leticia? Me acosté sobre la rama, entre las hojas veía el cielo gris, no se oía nada, no sonaba nada, ni un pájaro, ni un mugido, ni una avispa. Cerré los ojos y dejé que mi cuerpo desgonzado sobre la rama se dejara llevar por su peso; dejé que mi cuerpo decidiera hacia cuál lado caer, y cayó, ruidoso, como una fruta grande que estalla contra la tierra. Caí entre las ramas y cuando volví a abrir los ojos en el piso, el cielo seguía gris.
El brazo roto fue mi suceso del año, la novedad, la anécdota para contar. Pero con los días mi brazo con yeso se convirtió en un brazo más, así tuviera dibujos y firmas, garabatos de colores y mugre; ya nadie le daba importancia, ni siquiera yo que en la primera oportunidad volví a treparme, con yeso y todo, al árbol del que me caí. ¿Por qué, Leticia? Pues porque el tiempo otra vez se había puesto espeso.
Veo niebla y entre la niebla un árbol y en el árbol una rama, y sobre la rama una niña que tiene el brazo enyesado. La niña llora porque no le sirvió de nada dejarse caer.
Ese mismo brazo, que inútilmente abrazó a tantos, ahora envuelve a mi hijo Noelito.
El misterioso
Cuando los gemelos tenían cinco años, apenas podían garabatear los números del cero al nueve. Jennifer notó que algunas veces escribían al tiempo los mismos números sin mirarse y, más curioso todavía, que podían llegar a coincidir en tres números seguidos. Ella lo justificaba como una muestra más del misterio de la gemelaridad, aunque nunca había leído o estudiado nada sobre el tema. Pero sí creía que los gemelos, todos, entre ellos los suyos, eran gente rara, y también le parecía raro lo que hacían sus hijos con los números.
Debe ser que tienen el poder de conectarse.
Una mujer iba a la casa dos veces por semana para hacer el aseo y organizar la ropa, y algunas veces vio a los gemelos soltando números a dúo. La mujer se llamaba Belén y también vio algo sobrenatural en ese juego. Una tarde, después de salir, se fue con cuatro números a una casa de apuestas y compró un chance. Al otro día fue a verificar y había cogido tres de los cuatro números ganadores. No le dijo nada a Jennifer, pero estuvo pendiente de los gemelos durante todo el tiempo que permanecía en la casa. Incluso llegó a preguntarle a su patrona si en los días en que ella no había ido a los niños les había dado por garabatear números.
Me parece que sí. Por ahí estuvieron rayando en unos papeles.
¿Números?
Sí.
¿Y no se acuerda cuáles?
¿Y como para qué quiere saber, Belén?
Ella no respondió ni preguntó más. Se la pasó todo el día buscando en los papeles arrugados los números que habían escrito los gemelos. No encontró nada pero algunas semanas después los niños escribieron, frente a ella, cuatro dígitos iguales y en el mismo orden. Belén jugó una lotería con esos números y se ganó el premio mayor. Esa vez le contó a Jennifer de su suerte.
Imagínese, señora, ¿cuándo en la vida me iba a imaginar yo que iba tener esa cantidad de plata?
Nunca.
Nunca, repitió Belén, y añadió, ahora no sé qué hacer, ya no tengo que trabajar pero tampoco quiero alejarme de los gemelos, me he encariñado mucho con ellos, y además… Jennifer la interrumpió, no se preocupe, Belén, que yo le ayudo con su dilema: queda despedida.
A los gemelos, ahora de quince años, los recibía el señor Monsalve con una caricia en la mejilla. No importaba lo que él pudiera estar haciendo, siempre interrumpía para atenderles la visita. Una hora antes lo había llamado Jennifer y le había dicho que los niños estaban inspirados. Tráigamelos ya, le respondió Monsalve.
Llegaron a su oficina y él ordenó que no le pasaran llamadas, y canceló las demás citas. Incluso desde el momento en que Jennifer lo llamó, Monsalve bajó las persianas para que cuando ellos llegaran ya encontraran la penumbra requerida. El edificio quedaba en una zona de talleres de mecánica, bastante marginal y lúgubre, donde el señor Monsalve creía que podía pasar inadvertido.
Llegaron los gemelos.
Los anunció la secretaria, una mujer de aspecto pornográfico de quien una vez dijo Jennifer, esa hace de todo menos de secretaria.
La oficina era muy frecuentada por los personajes extraños del mundo misterioso del señor Monsalve. También por mensajeros y cobradores que se pasaban horas esperando, callados y sentados, hasta que la secretaria o el propio Monsalve les atendieran sus peticiones. Pero no era sino que llegaran los gemelos para que todos tuvieran que desaparecer de la sala de espera, y si había alguien en el despacho del señor Monsalve, recogía de prisa sus cosas y salía como obedeciendo una evacuación urgente. Entonces entraban Juan Pedro y Juan Roberto acompañados de su mam
