La llamada de Cthulhu y El color que cayó del cielo

H.P. Lovecraft

Fragmento

cap

· Prólogo ·

EL AMIGO HOWARD

Jesús Cañadas

La culpa de todo la tuvo Manolito, pero ya llegaremos a eso más adelante. Antes quería hablaros de Sandy Petersen, de Joc Internacional, del calvo de Géminis y de un tentáculo que subía por unas escaleras. Pero, para hablaros de todo eso, tengo que empezar por Rafa. Rafa es el editor de mi tercera novela y una de las personas que más sabe sobre H. P. Lovecraft de España. Mientras estaba editando mi novela Pronto será de noche, Rafa me invitó una noche a una barbacoa con varios amigos en su casa. Allí estuvimos abriendo una botella de vino tras otra y charlando de todo tipo de temas. Y llegamos a Lovecraft, claro.

«Me acuerdo de un viaje que hice a Providence allá por los setenta —nos dijo Rafa—. Nadie sabía quién era Lovecraft. Pero nadie en absoluto. No había tumba, no había estatua conmemorativa, no había nada. Era un producto para cuatro frikis y poco más. Todo explotó mucho más tarde».

Yo me quedé a cuadros con lo que nos explicó. ¿En serio nadie conocía a Howard Phillips Lovecraft en los años setenta? ¿A uno de mis escritores favoritos, un escritor que me había abierto la puerta a un tipo de narrativa que ni siquiera sabía que existía y que ha influenciado todas las historias que he escrito? ¿Cómo podía ser? Me tomé el comentario de Rafa como un desafío personal, me arremangué y, uno o dos días después, empecé a investigar. Y descubrí que tenía razón.

Howard Phillips Lovecraft, el amigo Howard, nació en 1890 en Providence, Rhode Island; y murió en 1937. Entre esas dos fechas le dio tiempo a escribir alrededor de setenta relatos de entre cinco y ochenta páginas. Algunos con su pizca de ciencia ficción, algunos con su pellizquito de fantasía, casi todos con mucho, muchísimo terror. El amigo Howard llamaba al conjunto de sus relatos «Yog-sothotería», aunque hoy los conocemos como «Los mitos de Cthulhu». Toda una cosmogonía, un universo entero que cambió para siempre el modo de entender el terror literario en todas sus variantes.

Sin embargo, el amigo Howard no llegó a ver nada de esto en vida. Murió solo, al borde de la exclusión social, alimentándose de latas de guisantes y poco más. Olvidado para todo el mundo.

O para casi todo el mundo. Aparte de esos setenta relatos, el amigo Howard mantuvo una red de amistades postales durante toda su vida. Se calcula que escribió unas cien mil cartas a diferentes escritores de Estados Unidos. Esos escritores también contribuyeron al universo de Lovecraft, crearon un círculo estrechísimo y, poco después de su muerte, fundaron Arkham House, una editorial creada solo para publicar relatos de «Los mitos de Cthulhu». Una editorial pequeña, insignificante, que apenas podía permitirse publicar un par de cientos de ejemplares con cuentos de un escritor que no le interesaba a nadie.

Todo habría acabado ahí de no haber sido por Sandy Petersen, un estudiante de Zoología de la Universidad de Missouri nacido dieciocho años después de que hubiese muerto Lovecraft. Por pura casualidad, Petersen encontró un ejemplar de los cuentos de Lovecraft publicado por Arkham House en la biblioteca de su padre. A Sandy, un enamorado de los juegos de mesa, le fascinaron tanto los cuentos de Lovecraft que terminó creando un juego de rol basado en sus obras. En 1981 se publicó La llamada de Cthulhu, el primer juego de rol lovecraftiano. Y todo cambió.

En apenas cinco años, una cantidad escandalosa de universitarios de Estados Unidos estaba jugando a La llamada de Cthulhu. El interés por la obra de Lovecraft y el juego de rol empezó a crecer a través de aventuras más o menos oficiales. Comenzó a traducirse a otros idiomas, entre ellos el español, por la editorial barcelonesa Joc Internacional, con una cubierta es-pec-ta-cu-lar que mostraba a unos investigadores que subían una escalinata hasta una lúgubre mansión mientras los seguía por los escalones un tentáculo del tamaño de una furgoneta. Esa edición del juego de rol de Joc Internacional me la encontré yo a los doce años en la papelería Géminis, al lado de casa de mi madre, y cautivó por completo mi imaginación. El dependiente, un señor calvo al que le iban llevando libros, tebeos y juegos de rol como quien entrega patatas recién recogidas, y que los ponía en el escaparate de su papelería, no supo decirme bien de qué iba aquel libro. Por aquel entonces yo no tenía ni idea de qué era un juego de rol; solo vi páginas y páginas con ristras de números, reglas incomprensibles y tablas rarísimas. Me lo compré igualmente con la paga que me daban mis padres, me lo llevé a casa y ahí se quedó, cogiendo polvo. Hasta que llegó Manolito con aquel libro bajo el brazo.

Manolito Pantoja, un amigo mío desde la guardería, vino un día a mi casa, alrededor de un año después de comprarme el juego de rol, y trajo un libro llamado Los mitos de Cthulhu. Era una recopilación de cuentos de H. P. Lovecraft publicada por la editorial Alianza, con una cubierta amarilla feísima y al mismo tiempo hipnótica. Contenía algunos de sus cuentos más destacados: «El horror de Dunwich», «La sombra sobre Innsmouth», «El color que cayó del cielo» o «La llamada de Cthulhu». Manolito me puso el libro en las manos y me dijo:

«Se lo he quitado a mi hermano. Léetelo ya mismo».

Por eso siempre digo que la culpa de todo la tuvo Manolito. Veréis, por aquella época, yo ya estaba hecho todo un adicto a los libros de fantasía; era capaz de leerme una trilogía en un fin de semana. Tenía el culo pelado de leer a Tolkien y franquicias tipo Dragonlance, Reinos Olvidados o La rueda del tiempo. Pero lo que leía era fantasía épica; historias de buenos buenísimos y malos malísimos, en las que el bien prevalecía sobre el mal y los bandos no podrí

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