Pedro perfecto y la Mansión Misteriosa (Los Preguntones 3)

Andrea Beaty

Fragmento

CAPÍTULO 2

Los ojos contemplaron a Pedro desde la cara de un gato de mármol blanco que tenía la palabra FELICIDAD grabada en la base. Estaba junto a dos gatos más; uno tenía la inscripción FANTASÍA y el otro, ASOMBRO. Pedro tocó la fría superficie de piedra del tercer gato.

—¡Se parecen a ti, Ladrillo! —dijo.

Ladrillo bufó y arqueó el lomo.

Pedro rio.

—¡No tengas miedo! —dijo—. No pueden hacerte…

Se detuvo en seco. Un destello blanco llamó su atención. Detrás de los gatos, una losa de mármol cubierta de enredaderas sobresalía del suelo. Pedro se acercó. Extendió el brazo y buscó entre las enredaderas; sus dedos tocaron el mármol frío. Le temblaba la mano mientras retiraba las enredaderas y revelaba una desgastada lápida de mármol con una leyenda: C. Sherbert y H. Sherbert, 1918.

Pedro ahogó un grito.

—Es una tumba —dijo.

A la izquierda, había otra lápida. Parecía más reciente; sus letras no estaban erosionadas por el tiempo y la lluvia. Solo decía Pierre Glace. Cerca de ahí, los restos de una pequeña cabaña se alzaban como ruinas antiguas. Por largo tiempo abandonadas. Por largo tiempo olvidadas.

Ladrillo volvió a bufar y su pelaje se erizó. Pedro asintió.

—Da miedo —dijo y recogió a Ladrillo—. Vamos a casa.

Pedro miró a su alrededor. Ya estaba muy oscuro. El viento era más frío y soplaba con más fuerza. Se acercaba una tormenta.

Había perdido la noción del tiempo. Siempre le pasaba eso cuando pensaba en la arquitectura: o sea, todo el tiempo. Pero no podía evitarlo. Reflexionar acerca de la arquitectura siempre lo hacía sentir que estaba haciendo exactamente lo que debía. Incluso cuando se suponía que debía estar ocupándose de otra cosa. A veces se metía en problemas por eso. Estaba muy seguro de que esta sería una de esas ocasiones. Se suponía que no debía ir más allá del lindero del bosque y hacía mucho que debía haber vuelto a casa.

—Vamos, Ladrillo —dijo—. Será mejor que…

De pronto, un relámpago iluminó el bosque.

¡BUM!, un trueno retumbó en el aire.

Ladrillo forcejeó, escapó de los brazos de Pedro y salió corriendo hacia los árboles.

—¡Ladrillo! —gritó Pedro, y corrió tras él.

¡PUM! ¡CRAC!

—¡MIAU!

Ladrillo zigzagueaba entre los árboles, cambiando de dirección con cada relámpago y cada trueno.

—¡MIAU!

—¡Vuelve! —gritó Pedro.

Pedro persiguió a Ladrillo y se internó más y más en el bosque. Por fin, el gato se metió en un tronco hueco y se acurrucó, temblando a causa de la tormenta. El niño lo alcanzó y se arrodilló junto al tronco.

—Está bien, Ladrillo —dijo—. No pasa nada.

Pedro metió la mano en el tronco y sacó al gato tembloroso. Lo abrazó y miró a su alrededor.

—¿Dónde estamos?

Nada le resultaba conocido.

—¿A dónde vamos? —se preguntó.

¡CHAAAS!

Pedro levantó la mirada. Una gran rama seca se meció en el viento y, ¡CRAC!, Pedro se apartó de un salto justo cuando la rama caía sobre el tronco hueco, haciéndolo pedazos.

—Eso estuvo cerca —dijo Pedro—. ¡Vámonos de aquí!

Corrió.

¡PLOC! ¡PLOC! ¡PLOC!

Grandes gotas de lluvia le salpicaron la cara. Momentos después, llovía a torrentes. Pedro avanzó con dificultad por el bosque, que se iba haciendo cada vez más oscuro, hasta que, al fin, vio un hueco entre los árboles.

—¡Es un camino! —dijo.

Corrió por aquel camino irregular que se abría hacia un amplio patio con el césped cubierto de maleza. El resplandor de un relámpago reveló el contorno de una enorme casa a oscuras y, de pronto, Pedro Perfecto supo exactamente dónde estaba.

—Ay, no —susurró y abrazó un poco más fuerte a Ladrillo.

Pedro contempló el sombrío y amenazante edificio que se alzaba ante él. Respiró profundo y avanzó hacia el césped.

—Los arquitectos son valientes… —susurró—. Los arquitectos son valientes…

En ese momento, no se sentía valiente. Ladrillo gruñó.

—Los arquitectos y sus gatos son valientes —susurró Pedro.

Otro relámpago partió el cielo en dos. Pedro respiró profundo y corrió hacia la Mansión Misteriosa.

CAPÍTULO 3

Ladrillo saltó de los brazos de Pedro al porche desgastado por la intemperie y se sacudió el pelaje, salpicando al niño. Mientras los árboles oscuros se sacudían con furia en la tormenta, Pedro, nervioso, miró la escalofriante casa.

Se trataba de la Casa Sherbert, pero en Río Azul todos la llamaban la Mansión Misteriosa. Estaba vacía desde que se tenía memoria, pero todos conocían las extrañas historias sobre el magnate heladero Herbert Sherbert y su esposa, Candace. Eran muy importantes en la historia de Río Azul. Habían construido la biblioteca del pueblo, la escuela original y la estación de trenes.

Según las historias, ella había muerto joven y él se había marchado, y nunca más lo habían vuelto a ver. Había quien decía que sus fantasmas recorrían la casa y tocaban una música espeluznante que llenaba el aire. Había historias más escalofriantes aún sobre una mujer cuyos lamentos se oían por la noche si te atrevías a acercarte a la casa lo suficiente. Se decía que los fantasmas buscaban algo… ¡o a alguien!

Contaban que a veces, en las noches oscuras y tormentosas, se podía escuchar una voz que llamaba.

—Peeeeeedro… Peeeeeeeeedroooooo…


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