Cuando era puertorriqueña

Esmeralda Santiago

Fragmento

Cuando era puertorriqueña

En alabanza de
CUANDO ERA PUERTORRIQUEÑA
de Esmeralda Santiago

“Estilísticamente fluida y finamente detallada... la autobiografía de Santiago casi cinemáticamente reproduce su pasado y la cultura de su isla. Lo mas atrayente de la historia de Santiago es la revelación que ofrece a los lectores que no conozcan el dilema vivido por todo puertorriqueño: la identidad en conflicto. ¿Es negra o blanca? ¿Es del campo o de la ciudad? Y más importante aun, ¿es puertorriqueña o norteamericana? El lector se sentirá agradecido de que Esmeralda Santiago se decidiera a explorar su cultura y a compartir lo que halló”.

—Los Angeles Times Book Review

Cuando era puertorriqueña es la agridulce historia de una muchacha atrapada entre dos culturas... [está] llena de anécdotas sobre su desarrollo hacia la adultez y de dulces memorias acerca de su familia. Hermanos, hermanas, tías y tíos están deliciosamente entretejidos en la textura del libro”.

The Boston Globe

“Continuando en la tradición de A tree Grows in Brooklyn y Call It Sleep, Cuando era puertorriqueña, de Esmeralda Santiago, cuenta la historia de la inmigración norteamericana, esta vez con un sabor especial latino. Santiago ha enviado al mundo un paquete sobre sus viajes, [y] su documental es ahora nuestro regalo”.

—Washington Post Book World

“Una conmovedora narrativa, líricamente escrita. Esmeralda Santiago generosamente comparte con el lector las memorias de su niñez en Puerto Rico y de sus desconcertantes años en la ciudad de Nueva York. Admiro el valor que requirió el hacer ese viaje —y después escribir acerca de ello con tanta claridad. Su perspectiva sobre el pasado es siempre afectuosa, llena de espíritu y realística. El paisaje puertorriqueño esta vivo en este libro lleno de ricos y evocadores detalles”.

—Bobbie Ann Mason, autora de Feather Crowns

para Mami

El bohio de la loma,

bajo sus alas de paja,

siente el frescor mañanero

y abre sus ojos al alba.

Vuela el pájaro del nido.

Brinca el gallo de la rama.

A los becerros, aislados

de las tetas de las vacas,

les corre por el hocico

leche de la madrugada.

Las mariposas pululan

—rubí, zafir, oro, plata...—:

flores huérfanas que rondan

buscando a las madres ramas...

“Claroscuro”

por Luis Lloréns Torres

Personas como nosotras. Prólogo de Jaquira Díaz, 2024

El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

Era una joven universitaria cuando oí hablar por primera vez de Cuando era puertorriqueña, de Esmeralda Santiago. Recuerdo que estaba sentada en mi clase de Literatura Universal de segundo año cuando mi profesora, una mujer blanca de mediana edad, mencionó de manera informal que estaba leyendo las memorias de una joven que alcanza la madurez en Puerto Rico y se muda a los Estados Unidos. Se lo contó a la clase de la misma manera en que hablaba de todos los demás libros que le encantaban. Lo recomendó igual que recomendaba a Adrienne Rich, a Eavan Boland y a Kate Chopin. Todas ellas escritoras que deberíamos leer si queríamos escribir en serio. Pero yo recuerdo sentirme como si estuviera en medio de un terremoto, los ojos bien abiertos, la tierra moviéndose bajo mis pies; como si el mundo pudiera abrirse y tragarnos. Agarré mi bolígrafo y me sujeté del escritorio, laminado en madera, temerosa de caerme del asiento.

Tenía infinitas preguntas, pero solo logré hacer dos: “¿Puede repetir el nombre de la autora? ¿El título del libro?”

Después de tantos años de leer y no encontrarme en los libros, sintiendo siempre que las novelas y memorias que caían en mis manos estaban escritas por autores blancos para lectores blancos, algo en mi mundo cambió. Algo se había destapado. Esmeralda Santiago llegó y les abrió las puertas a escritoras como yo. La verdad es que, en aquella época, yo tenía poco de escritora. Más que cualquier otra cosa, era lectora. Una joven que buscaba en los libros una tabla de salvación. En aquellos días, la lectura era un ritual, una oración Cuando sostuve en mis manos mi primer ejemplar de Cuando era puertorriqueña, sentí que mis oraciones habían sido escuchadas.

Y luego, cuando comencé a leer… esa sensación de reconocimiento, de ser vista. Apenas unas páginas del primer capítulo y pensé: Existimos. A medida que seguía leyendo, estábamos allí, en cada página. Personas como nosotras. Hay algo poderoso en abrir un libro y reconocerse: en sus páginas, encuentras a la gente que conoces, gente como tu familia y tus amigos, gente que vive y ama como tú. Tu comunidad, tu idioma, tu historia.

He vuelto a leer muchas veces Cuando era puertorriqueña en las décadas posteriores. La he leído en inglés y en español. Cada vez que vuelvo, encuentro de nuevo esa sensación de reconocimiento, encuentro en sus páginas a personas como nosotros. Como si fuese visitar a los parientes que solo ves uno que otro año: titis y primas en Macún, en el Mangle, en Santurce y en Brooklyn. Y, si bien es poderoso reconocerte en una obra literaria, no es esa la razón por la que vuelvo.

Santiago es una narradora innata. En las historias verídicas que componen Cuando era puertorriqueña, con su estallido de imágenes vívidas y su equilibrio entre el humor y la congoja, Santiago nos enseña algo sobre lo que significa ser humano: cada uno de nosotros —hermosos e imperfectos— no solamente somos buenos o malos. Todos somos capaces de ser compasivos o crueles, leales o infieles. En estas páginas, con una familia que ama intensamente, cae en tiempos difíciles y se recupera, nos recuerdan que incluso aquellos que amamos pueden herirnos; que en nuestras propias familias puede haber ternura y violencia al mismo tiempo, pero sobre todo, que podemos hacer mucho más que simplemente sobrevivir.

La emblemática autobiografía de Santiago nos presenta a Negi en su transición hacia la adultez, cuando se va de Puerto Rico con su familia y llega a Nueva York. Hay tanta sabiduría en estas páginas: las lecciones aprendidas de su papá y su mamá, la ternura de su abuela cuando le enseñaba a tejer, los refranes boricuas que marcan el inicio de cada nuevo capítulo. Está, especialmente, en los momentos de sosiego. Se quedan con nosotros, nos enseñan algo sobre la vida, el amor, las penas. Como cuando Negi entra al cuarto de su abuelo difunto por primera vez después de enterarse de que él ha muerto.

El cuarto estaba frío, sus paredes de cemento más blancas de lo que yo recordaba, la ventana sombreada por el árbol de panas afuera, sus hojas grandes tirando reflejos contra el cielo raso. Toqué la almohadita donde su cabeza había descansado y tuve una imagen de él pelando una china, la cáscara una cinta larga hasta sus pies descalzos.

Este recuerdo de Negi, niña, absorbiendo dentro de sí el vacío del cuarto del Abuelo, permanece con nosotros. A veces, los momentos más poderosos de una memoria no son aquellos escritos a la perfección o los más desgarradores, sino los instantes más sencillos y elocuentes, capaces de conducirnos a una comprensión más profunda del mundo.

La historia de una vida tiene muchos niveles de significado y hay tanto por descubrir en Cuando era puertorriqueña: las realidades de ser una joven mujer, cómo las muchachas enfrentan la violencia de género a medida que crecen; que algunas veces los maestros o incluso miembros de la familia pueden ser los perpetradores de esa violencia; la verdad sobre el colonialismo y la dualidad de la experiencia de la diáspora puertorriqueña. Cómo, al llegar a los Estados Unidos, no siempre encontramos una reluciente tierra de oportunidades y promesas, y aun así trabajamos duro para alcanzarlas. Fue lo que nos sucedió a muchos de nosotros. La vida le arrebató todo a muchas mujeres puertorriqueñas que conozco: sus cuerpos, sus sueños. Esto no es cuento. Es historia. Fue lo que encontré en las páginas de este libro extraordinario hace tantos años: belleza y fealdad conviviendo en la misma página. Personas como nosotros, una afirmación de nuestra existencia, de que estábamos y estamos vivas.

En diciembre de 2023 regresé nuevamente a las páginas de Cuando era puertorriqueña y confieso que tenía miedo. No había vuelto a leerlo en más de seis años, como tantos otros libros que leí de jovencita, antes de ser escritora, y me atemorizaba encontrar en sus páginas cosas que hubiera olvidado.

Tenía miedo de que me rompiera el corazón. Pero, a medida que me sumergía otra vez en el mundo de Negi; que regresaba a Macún, el Mangle y Santurce, y volvía a los lugares que amé hace tantos años, me di cuenta de que no tenía que temer. La magia y la música de Cuando era puertorriqueña repercutían con la misma fuerza de la primera vez. Me arrastraban, otra vez, a su hechizo.

Sigue siendo, después de tantos años, la respuesta a mis oraciones.

Jaquira Díaz, autora de Muchachas ordinarias: memorias, fue ganadora del Premio Whiting, de la Medalla de Oro en los Florida Book Awards y finalista de Lambda Literary Awards, entre otros. También recibió el premio Jeanne Córdova para literatura de no ficción lesbiana/queer y dos premios Pushcart. Díaz es profesora en la Universidad de Columbia. Su segundo libro, I Am Deliberate, será publicado próximamente por Algonquin Books.

En la época en que los libros escritos por o sobre latinos se relegaban a la sociología; cuando los libros multiculturales residían en el barrio pobre de la literatura, la trastienda del Yo, también de Langston Hughes; cuando las editoriales consideraban que nuestros temas, inquietudes e historias no eran de interés para los lectores del maimstrean, llegó Cuando era puertorriqueña, de Esmeralda Santiago, y rompió todas las barreras sistémicas de la literatura. Remontó hasta capturar la atención de los lectores estadounidenses.

Santiago se unió a las filas de esa primera ola de escritoras latinas que poco a poco estaban creando un tsunami de libros líricos, reveladores y conmovedores. Sus memorias capturan la exuberante belleza de la niñez en su amado Puerto Rico, la violencia de una cultura machista que le exige a las mujeres comportarse como guerreras feroces para poder sobrevivir y liberarse, la imponente belleza natural de la isla y la comunidad, así como la traumática dislocación de una joven migrante a un Brooklyn que era, en la década de 1960, el hogar de muchos nuevos inmigrantes abriéndose camino. No el Brooklyn gentrificado que conocemos actualmente. De todas las memorias que leí al principio de la década del 90, esta fue la que me tocó más profundamente porque describía un éxodo similar al mío desde la República Dominicana.

Más adelante, incluí este libro en varias listas de lectura de mis cursos universitarios (Literatura latina, Voces de minorías femeninas, Literatura de mujeres, talleres de escritura de no ficción) y no me sorprendió ver que estaba siempre entre los favoritos de mis estudiantes, incluso para los angloamericanos. Se identificaban con la voz, la especificidad, el cariño y la determinación de la joven narradora puertorriqueña. Con su estilo novelado, su riqueza de detalles, su ambiente y su atmósfera, estas memorias —publicadas hace más de treinta años— abrieron las puertas, de par en par, a las voces y los libros de tantos otros brillantes escritores inmigrantes de color. Es motivo de celebración e inspiración continuar el trabajo que Esmeralda Santiago y otros escritores comenzaron y siguen haciendo, trabajo que ha ampliado el alcance de lo que queremos decir cuando hablamos de literatura americana.

Julia Álvarez es la autora de siete novelas, tres libros de no ficción, tres colecciones de poesía y once libros para niños y jóvenes adultos. Su obra ha recibido muchos reconocimientos: el premio Latina Leader Award de Literatura del Congressional Hispanic Caucus Institute, el Hispanic Heritage Award de Literatura, Mujer del Año de la revista Latina, entre otros y ha sido incluida en la exposición de New York Public Library The Hand of the Poet: Original Manuscripts by 100 Masters, from John Donne to Julia Álvarez (La mano del poeta: manuscritos originales de cien maestros, desde John Donne a Julia Álvarez).

En el tiempo de las mariposas, con más de un millón de ejemplares vendidos, fue seleccionado por la National Endowment for the Arts para su programa nacional de lectura The Big Read, en el año 2013, el presidente Obama le otorgó a Álvarez la Medalla Nacional de las Artes.

INTRODUCCIÓN

La vida relatada en este libro fue vivida en español, pero fue inicialmente escrita en inglés. Muchas veces, al escribir, me sorprendí al oírme hablar en español mientras mis dedos tecleaban la misma frase en inglés. Entonces se me trababa la lengua y perdía el sentido de lo que estaba diciendo y escribiendo, como si el observar que estaba traduciendo de un idioma al otro me hiciera perder los dos.

Me gustaría decir que esta situación sólo ocurre cuando estoy escribiendo, pero la verdad es que muchas veces, al conversar con amigos o familiares, me encuentro en el limbo entre español e inglés, queriendo decir algo que no me sale, envuelta en una tiniebla idiomática frustrante. Para salir de ella, tengo que decidir en cuál idioma voy a formular mis palabras y confiar en que ellas, ya sean en español o en inglés, tendrán sentido y en que la persona con quien estoy hablando me comprenderá.

El idioma que más hablo es el inglés. Yo vivo en los Estados Unidos, rodeada de personas que sólo hablan en inglés, así que soy yo la que tengo que hacerme entender. En mi función como madre me comunico con maestros, médicos, chóferes de guaguas escolares, las madres de los amiguitos de mis niños. Como esposa, me esfuerzo en hacerme entender por mi marido, quien no habla español, sus familiares, sus amigos, sus colegas de trabajo. Como profesional, mis ensayos, cuentos y ficciones son todos escritos en inglés para un público, ya sea latino o norteamericano, a quien es más cómodo leer en ese idioma.

Pero de noche, cuando estoy a punto de quedarme dormida, los pensamientos que llenan mi mente son en español. Las canciones que me susurran al sueño son en español. Mis sueños son una mezcla de español e ingles que todos entienden, que expresa lo que quiero decir, quien soy, lo que siento. En ese mundo oscuro, el idioma no importa. Lo que importa es que tengo algo que decir y puedo hacerlo sin tener que redactarlo para mis oyentes.

Pero claro, eso es en los sueños. La vida diaria es otra cosa.

Cuando la editora Merloyd Lawrence me ofreció la oportunidad de escribir mis memorias, nunca me imaginé que el proceso me haría confrontar no solo a mi pasado monolingüístico, sino también a mi presente bilingüe. Al escribir las escenas de mi niñez, tuve que encontrar palabras norteamericanas para expresar una experiencia puertorriqueña. ¿Como, por ejemplo, se dice “cohitre” en inglés: ¿o “alcapurrias”? ¿o “pitirre”? ¿Cómo puedo explicar lo que es un jíbaro? ¿Cuál palabra norteamericana tiene el mismo sentido que nuestro puertorriqueñismo, “cocotazo”?

A veces encontraba una palabra en ingles que se aproximaba a la hispana. Pero otras veces me tuve que conformar con usar la palabra en español, y tuve que incluir un glosario en el libro para aquellas personas que necesitaran mas información de la que encontraban en el texto.

Cuando la editora Robin Desser me ofreció la oportunidad de traducir mis memorias al español para esta edición, nunca me imaginé que el proceso me haría confrontar cuánto español se me había olvidado. En la edición norteamericana, las maneras en que ciertas personas expresan el placer tienen palabras especificas. Algunas personas “smile”, pero otras “grin”, o “c

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