Presentación
ANA SOFÍA RODRÍGUEZ EVERAERT
Los movimientos sociales se vinculan de formas muy distintas con sus genealogías, y las relaciones que tienen los feminismos con sus antecesoras parecen especialmente complicadas. Quizás por la radicalidad presentista de su lucha y la sensación de que siempre se puede y debe alcanzar más, el diálogo entre generaciones de feministas con frecuencia haya terminado en el desencuentro. Esta es una aseveración que admite excepciones, pero las pruebas de estas rupturas son muchas —y existen no solo para el caso de los movimientos feministas contemporáneos—. Las mujeres que se movilizaron en México en la década de 1930 alrededor de una agenda de expansión de derechos, por ejemplo, no dudaron en calificar de «libertinas» a las jóvenes feministas de la década de 1970 por su defensa de la libertad sexual. A su vez, estas no supieron ir más allá del «símbolo» que significaban sus antecesoras, como ha escrito la historiadora Gabriela Cano.1 Mientras que ciertas feministas de la vieja guardia ven con suspicacia los esfuerzos por llevar cada vez más lejos las reflexiones sobre el género y renovar las estrategias de lucha, algunas jóvenes se convencen de que en el pasado no hay explicaciones ni armas para el presente. Lo primero es decepcionante, pero lo segundo puede ser peligroso.
La pérdida histórica que supone dejar que el oleaje se lleve mar adentro los vestigios del pasado es evidente. Sin embargo, el riesgo más grave que corren los feminismos con la desmemoria es creer que la lucha ha sido lineal, que en materia política y teórica no ha habido más que una sucesión progresiva de conquistas. Recuperar la historia del feminismo mexicano en este momento puede ser crucial para volvernos a situar frente a lo que creemos que es urgente y lo que es importante.
El feminismo mexicano que surgió en la década de 1970 es particularmente revelador. Sus agendas, formas de organización, estrategias y alianzas están llenas de lecciones. Pero su historia también es importante en sí misma. En el panorama internacional del movimiento de liberación de la mujer, los grupos feministas mexicanos se desarrollaron en una serie de condiciones contextuales específicas que lo hicieron original y perspicaz.
Aunque en general estuvieron muy influidas por el feminismo estadounidense y europeo, las feministas mexicanas de la década de 1970, más allá de sus orientaciones ideológicas, fueron conscientes de los problemas sociales endógenos. Eso dio lugar a análisis y discursos críticos del feminismo del norte global. El movimiento que se constituyó en México fue un movimiento muy latinoamericano, en el sentido de que hablaba concretamente de los problemas de la región, que, sin embargo y a pesar de todo, se desarrolló en un contexto político más libre que el que permitían los gobiernos militares al sur del continente. Esto se reflejó en la influencia que tuvo el exilio político en algunos de los grupos feministas mexicanos. Pero más importante aún, esta apertura garantizó la presencia del feminismo en algunos espacios institucionales, como la universidad, dando lugar a diálogos muy concretos entre las feministas y el statu quo, incluido el propio gobierno mexicano. La historia del feminismo mexicano de la década de 1970 es una mirilla privilegiada desde la cual ver los temas y dilemas del feminismo de la llamada «segunda ola», muchos de los cuales siguen teniendo una increíble actualidad.
Este libro reúne textos de esa época escritos por autoras vinculadas a uno de los grupos más importantes y longevos del feminismo mexicano. Inspiradas por las protestas del año de 1970 en Estados Unidos, poco más de una veintena de mujeres de la Ciudad de México formaron Mujeres en Acción Solidaria (MAS). Su primer acto público fue una acción de protesta alrededor de la maternidad como destino manifiesto de las mujeres, en mayo de 1971. A principios de 1974, el grupo se escindió y la mayor parte de sus integrantes formaron el Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM) con la intención explícita de identificarse con la corriente internacional que pugnaba por la liberación de la mujer.2 Por su origen de clase media, se ha vuelto un lugar común desestimar a estas mujeres con el mote de «feministas blancas», una designación que se usa para describir de forma crítica a buena parte de las protagonistas de la segunda ola del feminismo por no prestar atención a las opresiones de clase y raza enfrentadas por la mayoría de las mujeres.3 Además de ser una descripción simplista, esta ignora el contenido de las ideas de esas mujeres y el contexto político, social e intelectual en el cual estaban insertas.
Como muestran los textos de esta antología, el activismo del MLM se preocupaba sobre todo por la relación de las mujeres con el capitalismo, su lugar y condiciones en el proceso de producción. Entre sus primeras actividades estuvieron el apoyo a huelgas y la participación en reuniones sindicales en diversas partes del país. No obstante, a decir de ellas mismas, encontraron poco eco en las obreras que «estaban de acuerdo con el análisis que hacíamos», pero para quienes la lucha por el sindicalismo independiente era prioritaria, además de que consideraban las diferentes situaciones de subordinación de las mujeres como «problemas privados» (Acevedo et al. 1977). El grupo del MLM se basaba en la «toma de conciencia» de la mujer sobre su situación y abogaba por su libertad, incluida la sexual. De manera progresiva incorporó a sus demandas la igualdad legal, doméstica y social entre hombres y mujeres. El interés de estas activistas por las clases medias —que era secundario al interés por las trabajadoras— tenía que ver con la impresión de que las mujeres que pertenecían a ellas eran el primer blanco de la ideología dominante y, por lo tanto, eran reproductoras acríticas de la misma. Las autoras de estos textos estaban conscientes de que si no había soluciones «para todas las mujeres» no las había para ninguna.
Desde un principio buscaron adaptar las ideas que circulaban en el ámbito internacional a la realidad mexicana en donde las mujeres más precarias eran campesinas, el trabajo doméstico era subcontratado —el «colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad», como lo describió Rosario Castellanos— y el machismo parecía ser un hecho cultural incontestable, una herencia a la vez indígena y colonial. En ese sentido, el MLM es una vertiente concreta del movimiento de liberación de la mujer que podríamos caracterizar como «feminismo del tercer mundo», en su doble acepción geográfica y política.
El tercermundismo se trata de una corriente ideológica porosa pero con gran densidad histórica. Se popularizó en las décadas de 1960 y 1970 tras las independencias de decenas de países en Asia y África y los esfuerzos de articulación que sus gobiernos emprendieron —junto con países como la India, Yugoslavia y México— para mejorar su situación al margen de la bipolaridad capitalismo-socialismo de la Guerra Fría. Los ideales tercermundistas aspiraban a la liberación nacional y la soberanía; partían de un análisis de las condiciones de dependencia económica que caracterizaban a los países en vías de desarrollo y planteaban una serie de iniciativas multilaterales para atajarlas. Si bien estuvo influido por los ideales socialistas, el tercermundismo era crítico del «imperialismo» de la Unión Soviética. Por otro lado, aunque a menudo era un discurso promovido por los gobiernos del sur global, también fue enarbolado por intelectuales y activistas.4
Aunque no se definía como tercermundista, la corriente feminista que representan estos textos se debe interpretar con ese escenario ideológico en mente. Estas mujeres entendían que la opresión de género en México estaba cruzada por el subdesarrollo y las desigualdades materiales estructurales. Al mismo tiempo, eran conscientes de los límites del socialismo en la liberación de las mujeres. Lourdes Arizpe lo deja claro en la inauguración del Primer simposio mexicano-centroamericano de investigación sobre la mujer organizado por la Universidad Nacional Autónoma de México, El Colegio de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes, en 1977: «Cabe preguntar si la doble jornada en países socialistas en donde la mujer constituye la mitad de la fuerza de trabajo asalariada… ¿es una mejoría o un doble yugo?».
Sin embargo, como bien muestra el texto de Marta Lamas sobre el Año Internacional de la Mujer, el MLM fue crítico de las causas que en nombre del tercer mundo se estaban gestando en ese momento en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) —el principal escenario de la lucha tercermundista. El episodio de la Conferencia Internacional de la Mujer que tuvo lugar en la Ciudad de México en junio de 1975 es un ejemplo muy claro de estas desavenencias y marcó las diferencias que existían entre feministas del norte y del sur global, e incluso dentro del propio México.5
Desde un principio, el MLM calificó el evento de la ONU como una manipulación. Tras las manifestaciones de «inconformidad con el lugar que se nos ha asignado [a las mujeres]», explicaban, la ONU había reaccionado destinando un año a la mujer con el objetivo de «canalizar nuestro potencial físico y político a la continuidad del sistema capitalista». La reacción al slogan de la Conferencia, «Igualdad, desarrollo y paz», dejaba clara la posición del grupo: «No queremos igualdad de condiciones para ser explotadas de la misma manera que los hombres. No queremos un desarrollo que perpetúe la desigualdad económica, racial y sexual. No queremos una paz que solo signifique la estabilidad del sistema actual» (Boletín de prensa, MLM). En su rechazo se distinguieron de otros grupos, por ejemplo, del Movimiento Nacional de Mujeres (MNM), que decidió participar en las actividades alrededor del Año Internacional de la Mujer de la mano del gobierno mexicano.
En la discusión sobre el aborto y los métodos anticonceptivos se revelan también las tensiones que admitía el tercermundismo. Este tema fue importante en la Conferencia porque seguía con el plan de control poblacional planteado en la ONU en la década de 1960 para garantizar el desarrollo, retomado por el gobierno mexicano con el presidente Luis Echeverría. Mientras Echeverría dirigió los esfuerzos del gobierno a la reducción de las tasas de natalidad, entre algunos de los exponentes del tercermundismo se consideraba que usar anticonceptivos era jugar con el imperialismo, como relata el texto firmado por Grupo Siete de 1972 que aquí se reproduce. Este alegato ciertamente no lo sostenían las mujeres del MLM, pese a su desconfianza a la retórica del control poblacional en aras de la producción, tanto de la ONU como del gobierno mexicano, y la negativa del segundo de integrar el aborto como parte de esta política.6
En 1976, algunas mujeres se separaron del MLM y formaron La Revuelta con la intención de crear un grupo que priorizara el combate del sexismo y la búsqueda por otras formas de relacionarse en lo doméstico y lo privado. A pesar de las rupturas, unos años después se formó una amplia coalición de grupos feministas para empujar el tema del aborto que aprovechó la llegada del Partido Comunista Mexicano al Congreso a raíz de la Reforma política de 1977. Este fue un triunfo organizativo más que político, pues la iniciativa nunca se discutió en el Congreso. Sin embargo, los últimos textos aquí recuperados dejan ver que, hacia finales de la década, las feministas mexicanas habían logrado reunirse en el Frente Nacional por la Liberación y los Derechos de las Mujeres y sus ideas habían triunfado como referente cultural y político innegable.
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Aunque son representativos de las ideas de un grupo concreto de feministas mexicanas, los textos contenidos en esta antología restauran la historia de otras mujeres y grupos que se movilizaron alrededor del género en distintas partes de México en distintos momentos. Son puertos de entrada a cientos de experiencias de organización y protesta. Historias que habían sido olvidadas entonces y que lo volvieron a ser después. En la lectura de estos textos es notoria la curiosidad con la que las autoras veían su propio movimiento: sus antecedentes, sus avances, los grupos que actuaban en paralelo y con otras ideas —por ejemplo, los grupos de mujeres lesbianas— y una conciencia de relatarlo todo para evitar que se perdiera en el tiempo. En algunos casos hay pistas sobre la reacción antifeminista, pero en general las autoras guardan un silencio que es de algún modo conmovedor. El antifeminismo asociado a la lucha de la década de 1970 queda por investigarse en otras fuentes para que realmente podamos apreciar lo que han enfrentado las movilizaciones feministas en el devenir histórico.
Son dos lugares los que determinaron la articulación del pensamiento de estas autoras: la universidad y la izquierda. La potente expansión de la educación superior de esos años, que permitió la llegada de muchos hombres y mujeres a las aulas, se reconoce en el lenguaje de estos textos y sus referentes. Este es un hecho distintivo del movimiento de liberación de la mujer de esas décadas en todo el mundo que, como lo describió en 1975 Mary C. Lynn, investigadora estadounidense de la historia de género, era «altamente letrado».7 En efecto, los textos de este libro abrevan de las disciplinas académicas de sus autoras, son eruditos y contienen una variedad notable de referentes teóricos. Un ejemplo claro es el rescate que hace Marta Acevedo de Mandel, Engels y Bebel sobre en la reproducción social que implica la maternidad y el trabajo doméstico, o la popularización de Olympe de Gouges y la relectura de John Stuart Mill en el texto de Alaíde Foppa.
Por otro lado, si bien no militaban formalmente, estas mujeres eran cercanas a los partidos de izquierda, sobre todo al Partido Comunista Mexicano y al Partido Revolucionario de los Trabajadores, de orientación trotskista. El Frente Contra el Año Internacional de la Mujer que constituyeron las feministas del MLM y las trotskistas es muestra del tipo de complicidad que construyeron y del compromiso que las primeras adoptaron con otras causas políticas, entre ellas, la liberación de presas políticas. En las reflexiones que hacen estos textos sobre la relación del feminismo con la izquierda y sus causas, se adivina la decepción que las activistas sintieron frente al falso dilema planteado por la izquierda, que oponía la lucha de clases a la lucha feminista. Este era un debate histórico que en un momento de revitalización de la izquierda partidista y sindical, como fue la década de 1970, se profundizó. La historia del feminismo marxista en México y de sus militantes —su propia variedad, aportes y dilemas— es crucial y está por contarse.8
Un elemento fundamental de estos textos —y que hace de las feministas mexicanas del tercer mundo un hito para la reflexión— es su diálogo con la tradición política y cultural de la Revolución mexicana. La crítica al programa incompleto de la Revolución, que era marcador del discurso político nacional de izquierda en esas décadas, adoptó formas muy interesantes en el feminismo.9 Las autoras de estos textos reclaman que la Constitución de 1917 estableciera una serie de leyes paternalistas que repercutieron en la participación laboral femenina. También la traición que significó que el régimen posrevolucionario no le otorgara el voto a la mujer pese a la construcción simultánea de Adelitas mitológicas. Incluso hacen notar la ideología de la familia tradicional que fue interiorizada por las mujeres del PRI que accedieron al Congreso tras la reforma de 1953. A su vez, los desafíos al régimen que se leen en los textos de esta antología adoptan formas concretas: propuestas para la colectivización de la tierra, modificaciones a la Ley General del Trabajo por su concepción del trabajo doméstico, los llamados a la democracia sindical, entre otros.
En este relato, las autoras recuperan los nombres y luchas de las feministas de la generación de la Revolución mexicana y su articulación en el Frente Único Pro Derechos de la Mujer, que si bien fueron relegadas por los gobiernos de la posrevolución, fueron un ejemplo de unificación de las luchas. No es casualidad que, al conocer esta historia, las feministas mexicanas de la década de 1970 logran articularse en su propio Frente superando sus diferencias ideológicas.
Por último, esta antología ofrece también un panorama de algunas de las publicaciones en donde se gestó ese feminismo, lo que permite asomarnos a la historia rara vez contada de los aliados. Así, además de publicaciones propiamente feministas como fem. o La Revuelta, que se fundaron en 1976, otros exponentes del periodismo independiente de esos años tienen un lugar importante, por ejemplo, La Cultura en México, Excélsior, Punto Crítico o Del Tercer Mundo.
La relación entre periodismo y feminismo es, por otro lado, una historia que tiene su propia génesis. Un referente anterior inmediato es Esperanza Brito, líder de Movimiento Nacional de Mujeres, de perspectiva más bien nacionalista, quien desde la década de 1960 escribió en Novedades para el Hogar sobre la situación de la mujer en México (Leduc 2015). Aunque por supuesto existen revistas hechas por mujeres desde el siglo XIX, como La siempreviva, fundada en 1870 en Mérida por Rita Cetina.
En las páginas de las revistas y periódicos que aparecen en estos textos el feminismo no solo encontró un lugar de expresión, sino que desde el propio periodismo se construyeron autores que hicieron de la reflexión sobre el género un tema periodístico y literario distintivo. Es el caso de Rosario Castellanos o de Carlos Monsiváis, cuyos textos están repletos de reflexiones culturales características de la época. Como dice la primera:
Los tristes modos de evasión o de compensación de nuestro pueblo: el alcoholismo, los gesticulantes alardes del macho, la hipocresía de la hembra, la mentira desde sus manifestaciones más burdas hasta sus construcciones más sutiles; actitudes que tienden a protegernos de un mundo que, como no nos sentimos capaces de dominarlo, adquiere unas proporciones (o desproporciones) descomunales en relación con nuestro tamaño, p. 75.
Los textos contenidos en esta antología son solo uno de los medios discursivos del MLM y de los grupos feministas de la década de 1970 en general. En el marco de sus movilizaciones produjeron también panfletos y material gráfico que se pueden consultar gracias a que muchas de estas mujeres se dieron a la tarea de conservarlos en archivos personales que han donado a instituciones públicas.10 Por último, cabe decir que la difusión del conocimiento de estas feministas era sobre todo a partir del trabajo en grupos, un método que no estaba exento de tensiones. Para entender cómo funcionaba, quedan algunos testimonios y textos autobiográficos. Las memorias de los Encuentros feministas regionales de la década de 1980 —década que merece su propia antología— nos dan algunas pistas de cómo eran las discusiones y dinámicas. Sin embargo, el tema de la socialización feminista queda por investigarse a profundidad.
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La fortaleza de los feminismos mexicanos contemporáneos es, sin lugar a dudas, su popularidad. No obstante, los grupos están divididos y la agenda común cada vez parece más diluida. Las marchas multitudinarias solo coinciden en el repudio a la violencia contra las mujeres, sin mayor análisis de cómo se ve y cómo cambia demográficamente esa violencia, ni propuestas para atajarla desde sus orígenes estructurales. Salvo en casos contados, el feminismo actual también es un movimiento desconectado de otras luchas, que rara vez encuentra aliados en las organizaciones laborales o los partidos políticos. Esta atomización ha tenido costos en la definición de una agenda que contenga algunas de las causas del feminismo histórico que son relevantes, no solo porque hayan quedado pendientes, sino porque articulan una lucha más abarcadora: la reimaginación de lo que significa el trabajo justo, la redistribución de las ganancias del desarrollo, la crítica a las condiciones económicas globales y una reflexión más profunda sobre la socialización cotidiana entre los géneros.
Quizás en esta antología no encontraremos las respuestas para reconstruir la agenda. En ella no se agotan las cosas que hay que cambiar social, política y económicamente; además, hay retos presentes para los cuales necesitamos ideas novedosas. Lo que sí está en estos textos es el recordatorio de que no podemos dejar ir la oportunidad histórica que el momento actual representa para que el feminismo sea una auténtica lucha por la liberación. Y que ello requiere ser más generosas con el pasado y presente de este movimiento.
Referencias
Acevedo, Marta, Angelina del Valle, Marta Lamas, María Elena Sánchez y Guadalupe Zamarrón. 1977. «Piezas de un rompecabezas», fem., vol. 2, núm. 5.
Cano, Gabriela. 2020. «Feminismos y frentes políticos en México», Nexos, septiembre.
Cerda, Dahlia de la. 2023. Desde los zulos, Ciudad de México, Sexto piso.
Lamas, Marta. 1996. «Mis primeros diez años: el MAS y el MLM», fem., octubre.
Leduc, Nathalie. 2015. Écritures du féminisme mexicain. Esperanza Brito, Elena Urrutia, Marta Lamas (1963-1978), París, L’Harmattan.
López Rosado, Beatriz y Ángeles Márquez Gileta (eds.). 2019. Feministas Trotskistas, Ciudad de México, Nova Gráficos.
Lynn, Mary C. 1975. Women’s Liberation Movement in the Twentieth Century, Wiley.
Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM). 1975. Boletín de Prensa sobre el Año Internacional de la Mujer, marzo.
Olcott, Jocelyn. 2017. International Women’s Year, Oxford, Oxford University Press.
Prashad, Vijay. 2007. The Darker Nations. A People’s History of the Third World, Nueva York, The New Press.
Rodríguez Kuri, Ariel. 2022. Historia mínima de las izquierdas en México, Ciudad de México, El Colegio de México.
Zakaria, Rafia. 2022. Contra el feminismo blanco, trad. Matilde Pérez Jover, Continta me tienes.
1 Véase Cano.
2 Véase Lamas (1996).
3 Sobre el feminismo blanco en general, véase Zakaria. Para leer sobre el tema desde la perspectiva de México véase de la Cerda.
4 Véase Prashad.
5 Véase Olcott.
6 Regina Larrea. 2020. «La campaña por una maternidad distinta», Nexos, septiembre, 2020 [solo en línea]. Disponible en <https://www.nexos.com.mx/?p=49611>.
7 Véase Lynn.
8 Un esfuerzo lo han hecho las propias feministas del PRT. Véase López Rosado y Márquez Gileta.
9 Sobre la Revolución y la izquierda en México, véase Rodríguez Kuri.
10 Por ejemplo, el archivo de Ana Lau Jaiven, de Marta Lamas o de Yan María Yaoyólotl que resguarda el Archivos M68.
Prólogo
MARTA LAMAS
Bourdieu dice que «comprender significa primero comprender el campo con el cual y contra el cual uno se ha ido haciendo» (2006: 17). A principios de la década de 1970, ese campo fue mi grupo feminista, en el cual un puñado de mujeres que nos asumíamos de izquierda nos propusimos cambiar nuestras vidas e incidir en la transformación de la sociedad. Veníamos de la tragedia de Tlatelolco, pero también habíamos probado la emoción de la solidaridad y la felicidad de tomar las calles. Durante esa época vivimos eso que Bourdieu encuentra en algunos grupos:
una complicidad fundamental en la fantasmagoría colectiva, que garantiza a cada uno de sus miembros la experiencia de la exaltación del yo, principio de una solidaridad basada en la adhesión a la imagen del grupo como imagen encantada del propio yo (2006: 21).
Ha pasado ya más de medio siglo y todavía siento la fascinación que ejerció sobre mí esa perspectiva política que le daba a la sexualidad un papel protagónico en la dinámica de la opresión y atravesaba con fuerza el proyecto socialista con una idea que hoy sigue vigente: lo personal es político.
Cuando asistí a mi primera reunión feminista a finales de 1971, yo no había leído los tres textos de Rosario Castellanos que abren esta selección, aunque ya había leído y discutido a Trotsky y a Rosa Luxemburgo con mis camaradas. Tampoco conocía el texto «Nuestro sueño está en escarpado lugar» (1970) de Marta Acevedo, que había convocado a mis primeras compañeras, las mismas que en mayo de 1971 organizaron el primer mitin político después del 68 en el Monumento a la Madre, y que tomaron el nombre de Mujeres en Acción Solidaria (MAS).1 A finales de ese año, al terminar la conferencia que Susan Sontag impartió en la UNAM, circuló una libreta donde decía: «Si quieres asistir a una reunión feminista, apunta tu nombre y tu teléfono». Así lo hice y así conocí a Acevedo, quien, además de ser una de las líderes feministas más lúcidas y congruentes, se convirtió en una de mis amigas más cercanas. A los pocos días de esa tarde memorable en que escuchamos encandiladas a Sontag, recibí la llamada mágica de Acevedo e ingresé a MAS.
La afluencia de mujeres a esas reuniones iniciales llevó a armar dos grupos, norte y sur, y aunque yo vivía en Polanco, me sumé al del sur, donde la mayoría era de izquierda. Esa perspectiva, que marcaría nuestras iniciativas, se trasluce en varios de los textos que aquí se publican.2 En 1972, siete de nosotras escribimos un artículo sobre la situación de las mujeres para la revista militante Punto Crítico. Convencidas de la necesidad de desechar todo «protagonismo», firmamos como Grupo Siete, y hoy no logro recordar más que a cinco de ellas: Marta Acevedo, María Antonieta Rascón, Asa Cristina Laurell, María Elena Sánchez y Rosa Marta Fernández. ¿Quién será la que se me olvida?
Ese mismo año se llevó a cabo el ciclo de conferencias Imagen y realidad de la mujer en la Casa del Lago, donde participaron nuestras compañeras Rosa Marta y Tonieta junto con Alaíde Foppa y cuatro hombres: Tomás Segovia, Juan José Arreola, Santiago Ramírez y Carlos Monsiváis. En 1975, Elena Urrutia publicó todas las conferencias, pero Monsiváis se le adelantó y sacó la suya en 1973 en el suplemento La Cultura en México. Su texto, que reprodujimos con nuestro mimeógrafo, fue, como solían ser los escritos de Carlos, un éxito que pronto se agotó.
El texto de Alaíde Foppa inicia transmitiendo el cambio que despuntaba en ese entonces: «Cuando sugerí para esta conferencia el título «Feminismo de ayer y feminismo de hoy», una joven militante del movimiento me objetó que lo de hoy no se llama feminismo sino liberación de la mujer» (1975: 80).
¡Liberación! Sí, eso anhelábamos, igual que las miles de jóvenes que hoy inundan las calles refrendando ese deseo al cantar Alerta, alerta, alerta que camina, la lucha feminista por América Latina.
Poco después, en 1974, cuando se dio la primera escisión en MAS, las mujeres de la facción en donde yo me quedé tomamos el nombre de Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM). Con ese nombre asistimos a una reunión con otras feministas para discutir en torno a si participar o no en el Programa oficial de México para la Conferencia de la Mujer, organizada por las Naciones Unidas, que se iba a realizar en 1975. En esa ocasión discrepé de Alaíde, a quien quise tanto y que fue tan importante en mi vida, pues ella y sus compañeras de Tribuna y Acción para la Mujer (TYAM) habían decidido colaborar con el gobierno. Nosotras, la docena y media de gatas del MLM, pensábamos que no había que hacerlo, y nos parecía una aberración que Pedro Ojeda Paullada, el entonces Procurador de Justicia, fuera el director del Programa de México para la Mujer. ¿Que acaso el PRI no tenía ni siquiera a una funcionaria feminista? Poco después, el antropólogo Ricardo Ferré me invitó a escribir un texto en la recién creada revista Del Tercer Mundo; ahí volqué la postura del MLM contra la ONU y el gobierno. Nosotras no participamos en la conferencia oficial, sino que, con otras compañeras, hicimos un «contracongreso» en el Teatro de Eleuterio Méndez (Coyoacán), a donde, para nuestra sorpresa, llegaron Domitila Barrios Cuenca3 y Germaine Greer.
Tiempo después, me encontré a Margarita García Flores, en una conferencia que pronunció sobre publicaciones feministas en la librería El Juglar de Germán Dehesa. Al finalizar, nos quedamos charlando y me invitó a colaborar en una revista que ella y una amiga estaban organizando. Me citó, sin más preámbulo, para el siguiente jueves en casa de Alaíde, y así empezó otra etapa clave de mi vida: la revista fem. Desde Foro de la Mujer, su programa en Radio Universidad, Alaíde había venido rumiando la idea de hacer una revista feminista y su deseo se intensificó luego del Año Internacional de la Mujer, que se llevó a cabo en junio de 1975. Durante un largo viaje en autobús a Morelia, Alaíde concretó con Margarita el proyecto de una publicación trimestral editada por una asociación civil creada para ello: Nueva cultura feminista. El nombre que eligió para la revista fue el prefijo fem., y siempre he pensado que representaba tanto el feminismo como la feminidad de Alaíde.
En ese tiempo se dio una ruptura con las amigas que luego conformaron La Revuelta: Lucero González, Berta Hiriart, Indra Olavarrieta, Eli Bartra, Ángeles Necoechea y alguna otra que no recuerdo. Así, por un lado, Alaíde y Margarita, y por el otro las de La Revuelta, darían a luz en 1976 a dos publicaciones muy distintas. La revista fem. ha sido considerada erróneamente la primera publicación feminista de esa «segunda ola» mexicana, pero la antecedieron el Boletín de CIDHAL, el Boletín de MAS y el primer número del periódico La Revuelta (septiembre de 1976); eso sí, ninguna de esas tres publicaciones tuvo formato de revista ni duró los casi 30 años en que, al final, Esperanza Brito logró que fem. se sostuviera viva.
En 1976 surgió el proyecto de la Coalición de Mujeres Feministas, alentado por el Movimiento Nacional de Mujeres, y reunió a los seis grupos activos de la Ciudad de México.4 Desde la Coalición impulsaríamos el primer proyecto de ley para legalizar el aborto, que por supuesto jamás se debatió en el Congreso. Marta Acevedo publicó, un año después, su análisis sobre las políticas del sexenio (1970-1976), donde consideraba que la subversión feminista debía de darse en las relaciones de reproducción (trabajo doméstico y de cuidados) y que solo entonces, cuando las mujeres tomaran en sus manos el poder de ese trabajo «invisible», se daría una verdadera transformación. Otra dimensión que despuntó en 1977 fue la intelectual: la académica Lourdes Arizpe (integrante de fem.) organizó el Primer simposio mexicano-centroamerica