Sólo una aventura

Simona Ahrnstedt

Fragmento

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1

Ambra Vinter miró el bloc en el que había anotado algunas ideas sobre el artículo, el número de teléfono de una persona a la que había entrevistado y un recordatorio de que tenía que comprar café. Lo último estaba subrayado con línea doble. Una de las pocas cosas que le pedía a la vida era poder tomar café por la mañana.

—Ambra, ¿me estás escuchando?

«Intento no hacerlo.»

Pero como la que formulaba la pregunta era Grace Bekele, su jefa inmediata y redactora de noticias de Aftonbladet, respondió con toda la diplomacia que pudo.

—Por mi parte no hay ningún inconveniente en que mandes a otra persona, al contrario. La semana pasada estuve trabajando en Varberg y acabo de llegar del incendio de Akalla —dijo Ambra con mirada suplicante.

Tenía que haber otro periodista al que Grace pudiera enviar a cubrir ese trabajo de mierda. Un periodista joven y hambriento que aún no se hubiera vuelto tan cínico como ella y al que le apeteciera alejarse un tiempo de su escritorio en la redacción.

—Pero a mí me gustaría que fueras tú —replicó Grace moviendo con energía sus delgadas manos; sus afiladas uñas destellaron.

A pesar de su aspecto de supermodelo, Grace era conocida por sus extraordinarias dotes de mando, y Ambra sabía que su jefa ganaría esa batalla, como solía ocurrir.

—¿Dónde hay que ir esta vez? —preguntó.

La ropa le olía a humo. No lograba acostumbrarse a la rapidez con la que se propaga el fuego. En menos de tres minutos todo estaba ardiendo. Al menos no hubo muertos. Ninguna familia debería morir en un incendio tres días antes de Navidad.

—A Norrland, ya te lo he dicho.

—Norrland es grande. ¿Puedes ser más concreta?

Ambra tenía motivos de peso para no querer viajar al norte, se tratara o no de un trabajo de mierda.

—A Norrbotten. Tengo el nombre del sitio apuntado por aquí.

Ambra esperó mientras Grace revolvía papeles en el desordenado escritorio. Trabajaban en la sección de noticias de actualidad, el corazón de esa maquinaria que era la redacción de Aftonbladet. Eran las dos de la tarde y afuera todo estaba oscuro, caía una lluvia helada y el viento soplaba en ráfagas. El tiempo ocupaba la primera página, por supuesto. Un tiempo inusualmente bueno o malo siempre estaba en la portada de la web. Era la noticia más leída del día, con casi mil clics por minuto.

Ambra buscó una página en blanco en su cuaderno.

—Y ¿qué es exactamente lo que tengo que hacer en Norrbotten? —preguntó en el tono más complaciente que pudo.

Grace levantó unos montones de papel y estuvo a punto de volcar una taza de café ya frío. Nadie tenía escritorio propio, ni siquiera los jefes de redacción. Grace era uno de los cuatro redactores que dirigían la sección diaria durante todo el año. El resto de las áreas, desde Deportes, Ocio y Sucesos hasta Internacional, Obituarios y Cultura, estaban colocadas en torno a la de Actualidad, como satélites alrededor de un eje que no descansaba nunca.

—He visto la nota hace un momento. Creo que era Kalix —dijo Grace.

«Podría ser peor», pensó Ambra mientras anotaba Kalix en el bloc.

—Y tienes que entrevistar a Elsa, noventa y dos años. Llámala por teléfono para pedirle una cita. Tengo por aquí su número. Llegó a través del buzón de sugerencias de los lectores y pensé que podía ser interesante.

—¡Qué bien! —exclamó Ambra sin mover ni un músculo de la cara.

Las sugerencias de los lectores era el espacio de la web de Aftonbladet en el que la gente común podía informar sobre noticias y ganar mil euros si la primicia valía la pena. En el 99,99 por ciento de los casos no era así, pero Ambra, obediente, anotó también el nombre de Elsa y luego se frotó la frente.

—¿Se trata al menos de una persona?

La pregunta no era irrelevante. Una vez la enviaron a entrevistar a Sixten Berg, de veinte años, y resultó que Sixten era una cacatúa que podía cantar y bailar «Hooked on a feeling». El resultado fue una noticia entretenida con un corto divertido en la web, aunque tal vez no fuera con lo que Ambra soñaba en su época de estudiante de periodismo.

Grace sacó un pósit amarillo fluorescente.

—Aquí está. Elsa Svensson, nacida en 1923. Vivió un romance con uno de nuestros primeros ministros y al parecer ha tenido un hijo secreto con él.

Ambra levantó la vista.

—¿Hace poco? —preguntó escéptica.

Grace arqueó una ceja bien perfilada.

—Como te he dicho, la dama en cuestión tiene noventa y dos años, así que no fue en este milenio. Pero hasta ahora no había hablado con los medios de comunicación y, al parecer, ella es la típica habitante de Norrbotten. Puede ser una buena historia. Un destino emocionante y apartado, un lugar exótico, ya me entiendes. Y perfecta para la Navidad, mucha gente querrá leerla.

—Mmm —murmuró Ambra sin ningún entusiasmo—. ¿Qué primer ministro?

—Uno que ya ha fallecido. Tendrás que verificarlo.

—¿No tenían todos un montón de hijos ilegítimos?

No quería ocuparse de esa noticia. Prefería los dobles homicidios y los accidentes de tráfico.

—Vamos, Ambra. Es una historia hecha a medida para ti, es justo lo que se te da bien. Habrá muchos clics, eso está garantizado, y tengo órdenes de hacer más cosas de estas, venden un montón. Además, la anciana quería que fueras tú.

—No lo dudo.

No era la primera vez que un lector quería hablar con un periodista en concreto.

Volvió a mirar hacia la ventana. Un candelabro de Adviento parpadeaba de forma irregular. El negocio se basaba en el número de clics, que se traducían en ingresos por publicidad. Y no podía ignorar el hecho de que estaban a punto de reorganizar la empresa y que se arriesgaba a perder el trabajo. Desde hacía un par de años su carrera solo podía describirse como una curva descendente. Si no tenía cuidado acabaría en el turno de noche, un callejón del que nunca se salía, en el que los periodistas vivían como pálidos animales nocturnos, traducían inservibles artículos del inglés y veían morir sus almas. Se rindió.

—¿Y el fotógrafo? —preguntó.

—Un free lance local —respondió Grace asintiendo con la cabeza—. Contactarás con él allí.

—De acuerdo —accedió mientras se levantaba de la silla.

No tenía sentido volver a casa. Iría a por un café, compraría un sándwich frío en la máquina del comedor del personal, llamaría a esa tal Elsa de noventa y dos años y se quedaría en la redacción investigando el tema. Fantástico.

—¿Me puedes enviar toda la información que tengas? —pidió.

—Quiero un primer texto en cuanto puedas. Si es realmente bueno tal vez tiremos de otros tópicos. La Navidad en Norrland, los renos, el encanto de la nieve y esas cosas.

Ambra se preparó para marcharse.

—Creo que tenía que decirte algo más —dudó Grace.

Ambra se detuvo.

—Sé que es poco tiempo y que está muy lejos, pero tendrás que darte prisa para volver antes de Navidad.

El tono de voz de Grace, un poco estresado pero amable, le decía que su jefa tenía buena intención, pero el problema no era precisamente la Navidad. Ambra tenía un único pariente, su hermana Jill, a la que también habían adoptado, y llevaban varios años sin celebrar juntas las Navidades. No consideraba ni mucho menos que hablar con la examante de un famoso político ya fallecido supusiera tener que rebajarse. Por supuesto, a un periodista no había que imponerle tareas humillantes (una regla que nadie tenía en cuenta), pero Ambra pasó un tiempo en la sección de Espectáculos y había hecho cosas mucho peores. En este caso el problema estaba en tener que viajar al norte.

—Me encargaré de ello —accedió, conteniendo un suspiro. Su vida personal era algo que no le concernía a nadie.

—Sé que lo harás —dijo Grace mirándola fijamente por encima del escritorio.

A sus treinta y dos años, solo dos más que Ambra, Grace era ya una experta redactora de noticias en uno de los puestos más duros del sector. Y, como si su relativa juventud y el hecho de ser mujer no fueran suficientes desventajas, Grace era además negra. Nacida en Etiopía, emigró a Suecia de niña y fue una especie de genio en su etapa académica. Grace Bekele era una leyenda en el sector. Y cuando la miraba de ese modo, Ambra era capaz de caminar sobre ascuas encendidas. O de viajar a Kalix.

—Gracias. Sé que te interesa el puesto de redactora de Investigación —añadió—, no lo he olvidado. Le hablaré bien de ti a Dan Persson en cuanto tenga oportunidad de hacerlo.

Ambra se quedó sin palabras; la gratitud era una sensación bastante incómoda. Pero su sueño era ese: trabajar como periodista de Investigación en Aftonbladet, descubrir las noticias antes que nadie y escribir largos reportajes. Se rumoreaba que pronto habría una vacante. Era poco frecuente, y seguro que habría muchos candidatos para el puesto, empezando por todos sus colegas y competidores, pero si conseguía no meter la pata durante las próximas semanas, tal vez tuviera una oportunidad. Eso suponiendo que consiguiese no enfrentarse demasiado al redactor jefe Dan Persson. Después de pensarlo bien, decidió que lo mejor sería hacer ese viaje.

—Gracias. Saldré mañana.

Empezó a analizar el asunto desde distintos ángulos y a repasar de forma mecánica el equipaje y el equipo que se tendría que llevar.

—Espera —la interrumpió Grace con otro pósit en la mano, esta vez naranja y en forma de flecha—. Aquí está. Te lo he dicho mal, no es Kalix. Disculpa.

«Que no sea Kiruna...», fue todo lo que pudo pensar antes de que Grace siguiera hablando.

—La anciana vive en Kiruna. Siempre confundo los nombres. —añadió entre risas.

Lo dijo con esa especie de indiferencia de quien piensa que no hay civilización más al norte de Estocolmo. Norrland y su enorme masa de tierra era como un papel en blanco, incluso para los urbanitas más cultos. Pero Ambra sabía que, a pesar de todo, incluso en el infierno había grados.

Kiruna. Por supuesto que era Kiruna.

Le quitó la nota a Grace de un tirón y se alejó del escritorio.

¿Por qué tenía que ser precisamente Kiruna, un sitio al que había jurado no volver nunca y donde había pasado más frío y había llorado y odiado más que en ninguna otra parte del universo?

Ambra cruzó el estudio de televisión en el que se grababan los programas para la web y la sección de Sucesos. Pasó por delante de Investigación y miró con nostalgia la redacción, una de las pocas que mantenía las puertas cerradas; fue en busca de una taza de café y de su ordenador portátil, logró evitar por los pelos a Oliver Holm, su principal rival, y se hundió en un sofá libre. Encendió el ordenador, volvió a conectarse y abrió el correo electrónico. Veinte mensajes en diez minutos, la mitad de los cuales eran amenazas por el artículo que había escrito esa mañana sobre acoso sexual en un gimnasio. Echó un vistazo a los mensajes y, aunque sabía que debía remitir los peores al departamento de seguridad, no se molestó en hacerlo. Llevaba demasiado tiempo trabajando en esto como para preocuparse por las intimidantes advertencias de un puñado de misóginos anónimos. Ese día se dedicaría a escribir sobre hijos ilegítimos en Kiruna.

Marcó el número de Elsa Svensson y suspiró cansada mientras esperaba respuesta. Suponía que tardaría en volver a su apartamento, a sentarse en su sofá delante de su televisor.

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2

Tom Lexington arrojó un tronco a la chimenea. Aunque la casa estaba bien aislada, agradecía el calor adicional que proporcionaba el fuego. En la calle la temperatura era de veinte grados bajo cero y nevaba copiosamente. Pero ¿cuándo no nevaba en Kiruna? Tendría que retirar la nieve si quería salir de casa.

Miró el fuego. Cuando se concentraba en el crepitar de las llamas se sentía casi normal. Se estiró y cogió otro tronco. Mientras lo dejaba oyó el suave zumbido del teléfono que estaba encima de la mesa del salón. Se levantó para ver quién era. La centralita de Lodestar Security Group. Trabajo.

Se rascó la barba. Debería responder, podía ser importante, pero ese día tampoco se sentía capaz. Se dirigió a la cocina arrastrando los pies y cuando llegó, no recordaba a qué había ido. Se quedó de pie, mirando la nieve y el bosque a través de la ventana de la cocina, esperando oír la previsión del tiempo en la radio. El estruendo de una explosión cruzó de pronto las ondas de la radio. Era el anuncio del siguiente programa, dedicado a la caza. Le empezaron a temblar las manos, luego los muslos. Su campo visual se redujo y empezó a respirar con dificultad. Todo sucedió muy deprisa, pasó menos de un segundo desde que oyó el ruido hasta que tuvo la sensación de que estaba a punto de desmayarse.

Buscó a tientas el fregadero para apoyarse. El corazón se le aceleró como si estuviera en combate. De repente ya no estaba en la casa, ni el bosque a las afueras de Kiruna, ni en un paisaje invernal a varios grados bajo cero de temperatura y rodeado de nieve. Estaba en el desierto, en medio del calor, en el calabozo donde le interrogaron y torturaron. El corazón y la sangre le golpeaban de tal modo que tenía la sensación de que el suelo temblaba bajo sus pies. Los recuerdos surgieron como una película ante sus ojos. Se obligó a respirar por la nariz y expulsar el aire por la boca, pero no le sirvió de nada. Estaba allí.

Tomó impulso y golpeó el fregadero con la mano con todas sus fuerzas. El dolor se extendió por su cuerpo a través del brazo, lo que le resultó de gran ayuda. La intensidad del dolor interrumpió su ataque de ansiedad y volvió a estar en casa.

Tom respiró profundamente; todavía se estremecía. El flashback solo había durado un par de segundos, pero estaba empapado en sudor. Le temblaron las piernas mientras se dirigía a la despensa a por una botella de whisky e intentaba no pensar en cuántas botellas vacías había debajo del fregadero. Echó un trago y luego abrió el grifo. Kiruna estaba al norte del círculo polar Ártico. El agua de las tuberías de la casa estaba fría y bebió con avidez. Cuando dejó el vaso volvió a oír el teléfono. Fue a la sala de estar y lo cogió.

Leyó en la pantalla el nombre de Mattias Ceder. Otra vez. Mattias le había llamado durante todo el otoño y Tom no le había respondido ni una sola vez. Rechazó la llamada y se llevó el teléfono a la cocina, donde se sirvió otro whisky. Después de dos segundos volvió a sonar. Miró. De nuevo Mattias Ceder. Ese hombre siempre había sido muy testarudo. Tiempo atrás fueron compañeros de armas y no habrían dudado en dar su vida el uno por el otro, pero había llovido mucho desde entonces y ahora las cosas eran distintas. Tom miró el teléfono hasta que se quedó en silencio. Luego llegó un mensaje.

¿Puedes contestar de una maldita vez?

Bebió un gran trago, se sirvió más, movió el vaso.

Hacía muchos años que no hablaba con él. Cuando eran jóvenes podían hablar de cualquier cosa, pero eso fue antes de que Mattias le traicionara.

Tom miró el fregadero, lleno de tazas, platos y cubiertos que no había sido capaz de meter en el lavavajillas. La asistenta vendría al día siguiente, así que lo dejó tal como estaba, consciente de que hasta ese momento nunca había sido de los que dejan que otras personas se encarguen de su basura.

Cogió el vaso, la botella y el teléfono y regresó al cuarto de estar.

No era la primera vez que padecía trastorno de estrés postraumático, en mayor o menor grado, desde que con dieciocho años se alistó en el ejército, así que conocía el diagnóstico. Había estado en combate, había visto morir a compañeros, lo habían herido. Todo eso dejaba huella y ya antes había sentido angustia y había tenido flashbacks después de experiencias especialmente difíciles, aunque nunca de ese modo; ahora las imágenes parecían surgir de la nada. Un ruido inesperado, una luz, un olor; casi cualquier cosa las podía desencadenar y, de repente, era como estar otra vez allí, donde lo mantuvieron cautivo. Era algo que escapaba del todo a su control. Si las cosas hubieran sido distintas tal vez se podría haber planteado hablar de ello con Mattias, soldado como él y que también había atravesado una situación crítica, por lo que conocía bien todo aquello que los civiles nunca llegarían a entender.

Tom vació el vaso. La cabeza empezaba a darle vueltas. Cogió el teléfono y escribió un mensaje.

Vete a la mierda.

 

Se sintió bien al enviarlo. Miró durante un rato la pantalla por si recibía respuesta, pero no fue así. Decidió que si Mattias le volvía a llamar quizá respondiera. En ese momento estaba borracho y lo notaba, sabía que estaba aturdido y que no debía llamar cuando se sentía así. Pero marcó un número de teléfono. No el de Mattias, sino el de otra persona. Se dejó caer en el sofá y escuchó el tono.

—¿Diga? —respondió Ellinor.

—Hola, soy yo —dijo arrastrando las palabras.

—Tom —saludó ella con tristeza.

—Solo quería oír tu voz.

Intentó hablar con la mayor normalidad que fue capaz.

—Tienes que acabar con esto, lo único que consigues es atormentarte. No deberías llamarme.

—Lo sé, pero te echo de menos —masculló.

Sabía que tenía que ducharse, afeitarse, espabilarse, que no debería llamar a su ex semana tras semana.

—Tengo que colgar —dijo ella, y él oyó un débil sonido de fondo.

—¿Está él ahí?

—Adiós, Tom. Cuídate.

Ellinor colgó.

Tom se quedó mirando al vacío con la mirada perdida. Había sido un error llamarla, lo sabía desde el principio, pero ¿cómo iba a poder continuar sin ella? No lo entendía. Tantos años de entrenamiento militar dedicados precisamente a eso, a empujarse a sí mismo a hacer lo imposible, a obligar a su cuerpo a seguir adelante aunque quisiera rendirse, a pesar de las angustiosas perspectivas y las terribles pérdidas. Solo era cuestión de no pensar en otra cosa que no fuera la misión.

Apoyó la cabeza en uno de los brazos del sofá y miró hacia el techo, sintiendo que los recuerdos del cautiverio volvían a invadirle. Cuando estaba prisionero pensaba en Ellinor para mantenerse entero. El recuerdo de su sonrisa, el deseo de estar con ella otra vez...

Había cometido una estupidez llamándola. Estaba borracho y no pensaba con claridad. Pero había hecho bien al ir allí arriba, a Kiruna, donde estaba Ellinor. Quería estar cerca de ella y haría lo que fuera por recuperarla. Lo que fuera.

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3

«En Kiruna hace un frío que pela», pensó Ambra mientras iba tiritando desde el avión hasta el edificio del aeropuerto. El viento tiraba de su chaqueta y apresuró el paso para alcanzar a sus compañeros de viaje. Habían pasado el círculo polar Ártico mucho antes de aterrizar y allí arriba el sol se había puesto el diez de diciembre y no se esperaba que volviera a aparecer por el horizonte hasta enero. Era cerca del mediodía y en ese momento brillaba una especie de luz crepuscular, pero en una hora más o menos habría oscurecido.

Solo llevaba equipaje de mano, así que se dirigió directamente a la terminal de llegadas, atravesó la salida y siguió hasta la parada de autobuses del aeropuerto. El malestar aumentaba a cada paso. La nieve amontonada formaba diques de varios metros de altura, el suelo estaba cubierto de una gruesa capa blanca y ella se resbalaba con sus botas de suela demasiado delgada. Unos perros de trineo aullaron impacientes al otro lado de una cerca de alambre. Tiritando aún subió al autobús, compró un billete para Kiruna y se sentó al lado de una ventanilla. Nieve, nieve, nieve. El malestar se estaba convirtiendo en algo físico. El autobús se puso en marcha.

La primera vez que estuvo en Kiruna tenía diez años y también faltaban pocos días para la Navidad, lo que hacía que ahora todo le resultara más difícil. Una estresada trabajadora social de cabello rubio y rizado y mirada errática habló con ella y le dijo que no podía seguir con la familia con la que estaba viviendo. Ambra se recordó sentada con su osito de peluche en los brazos. Sabía que era demasiado mayor para tener un peluche, pero le ofrecía seguridad.

—¿Cómo se llama tu osito? —preguntó la trabajadora social con esa voz afectada que suelen utilizar los adultos.

—Solo Osito —susurró Ambra.

—Osito y tú vais a vivir con otra familia. Tendréis que viajar solos en autobús, pero tú ya eres mayor, así que todo irá bien. Será como una aventura —concluyó en tono animado.

Ambra subió al autobús con Osito y la pequeña caja de cartón que era todo lo que le quedaba de sus padres.

—¿Irá alguien a esperarte? —preguntó el conductor del autobús.

Ella inclinó levemente la cabeza sin atreverse a decir que no lo sabía.

El conductor era amable, le ofreció unas pastillas fuertes y amargas para la garganta y habló con ella durante todo el viaje. Pero al llegar, su preocupación aumentó. No había visto nunca tanta nieve y sintió un frío helado, a pesar de que se había puesto toda la ropa de abrigo que tenía. Se quedó junto al conductor del autobús mientras él ayudaba a los demás pasajeros a sacar el equipaje del maletero. ¿Y si no iba nadie a esperarla? ¿Qué haría?

—¿Eres la niña de acogida? —preguntó alguien detrás de ella en un tono de voz tan frío que, sin darse la vuelta siquiera, sabía que aquello no iba a salir bien.

—¿No era esta tu parada?

Ambra se sobresaltó y volvió al presente.

El conductor la miró con cierta impaciencia por el espejo retrovisor. Habían llegado.

Se levantó, cogió el equipaje y salió deprisa del autobús. Avanzó con dificultad por la nieve y logró llegar al hotel Scandic Ferrum sin acabar con la nariz en uno de esos montones. Se sacudió la nieve en la entrada y pronto empezó a notar el calor de la calefacción. Un joven recepcionista le dio la bienvenida, se registró y subió a la habitación que le habían asignado en la primera planta. Hacía mucho frío, así que sacó un jersey de lana de la maleta, luego cogió el portátil, se lo puso debajo de un brazo y volvió a bajar a la recepción.

—Hace mucho frío en mi habitación —se quejó.

—Hemos tenido problemas con la calefacción —explicó el recepcionista con amabilidad—. Estamos trabajando para solucionarlo, pero por desgracia no tengo ninguna otra habitación libre.

Ambra decidió quedarse en el restaurante del hotel. Localizó una mesa libre, se sentó y empezó a trabajar en el ordenador. Era la hora del almuerzo y el local estaba lleno de comensales de aspecto totalmente normal, aunque ella siguiera sintiéndose incómoda. Paseó la mirada por el restaurante una y otra vez hasta fijarla en la puerta de entrada, como si temiera encontrarse con algún conocido, por más improbable que eso fuera.

Sus nuevos padres de acogida se llamaban Esaias y Rakel Sventin. Él era alto y severo; ella, pálida y silenciosa, con el pelo recogido en una trenza gruesa que le bajaba por la espalda. Tenían cinco hijos, cuatro mayores de un matrimonio anterior de Esaias y uno en común, un año mayor que Ambra. Esaias era el cabeza de familia.

—Siéntate ahí detrás —dijo señalando un coche pequeño cuando por fin fue a recogerla al autobús.

Sin otra opción, ella entró en el coche y vio cómo Esaias Sventin se acercaba, le quitaba el peluche que llevaba en los brazos, lo tiraba a una papelera y luego cerraba la puerta.

El ruido de una bandeja al caer hizo que Ambra volviera al restaurante del hotel. Miró a su alrededor, y vio entrar a un hombre alto y delgado que hizo que el corazón le latiera con fuerza y empezara a temblar. El malestar estaba a punto de convertirse en pánico cuando se dio cuenta de que no era Esaias, sino alguien con un vago parecido. Su cuerpo había reaccionado al recuerdo.

Tomó un sorbo de café y apoyó la mano en el teléfono móvil. «Soy adulta», repitió. Era su mantra constante. Por todo el mundo había niños indefensos que sufrían a cada segundo, y demasiados de ellos llevaban una vida mucho peor que la que ella tuvo que soportar. En cuanto dejara Kiruna todo volvería a estar bien.

La pantalla emitió un pitido. Llegaban noticias continuamente. Echó una ojeada a la más reciente, compartió un enlace en Twitter y subió una foto a Instagram. Ella era una reportera de su tiempo a la que se mencionaba en todas las reuniones de redacción y se tenía en cuenta en las reorganizaciones: sabía estar «en contacto con los lectores». Muchos de sus colegas periodistas refunfuñaban, otros se consideraban demasiado buenos como para escribir en las redes sociales, pero a ella le gustaba y sus perfiles en internet eran sin duda una de las razones por las que todavía estaba allí, así que procuraba destacar en el mundo digital.

—¿Eres por casualidad Ambra Vinter?

Miró al hombre que se había detenido junto a su mesa. Joven, delgado y realmente atractivo. Vio que vestía ropa de invierno adecuada y unas botas resistentes; además, llevaba una enorme Nikon de correa ancha en un hombro y una bolsa con un objetivo en el otro.

—Tú debes de ser el fotógrafo.

—Tareq Tahir —confirmó él.

Se saludaron y él se sentó frente a ella. Ambra lo miró con disimulo mientras él dejaba la cámara de fotos encima de la mesa. Tareq tendría veinte o veintiún años. Muchos fotógrafos eran jóvenes, los mejores empezaban pronto en ese sector. Tenía unas tupidas pestañas y los ojos marrón oscuro, una boca masculina y sexy y unos dedos fuertes y sensibles que toqueteaban la cámara.

Tareq dirigió una blanca sonrisa a la camarera, que corrió hacia la mesa para preguntar si quería algo. Ambra había tenido que ir ella misma a la caja y luego retirar su almuerzo y el café sin que ninguna camarera se hubiera interesado en tomar nota de su pedido. Pero claro, ella tampoco parecía una estrella del rock.

—¿Cómo van las cosas? —preguntó Tareq cuando se alejó la camarera—. ¿No la localizas?

Ambra negó con la cabeza con gesto de preocupación. Estaba teniendo problemas. Había hablado con Elsa Svensson el día anterior. Le sorprendió la voz clara y viva de la mujer de noventa y dos años, y además parecía muy locuaz y le aseguró que estaría encantada de hablar con ella, pero cuando Ambra bajó del avión recibió un mensaje informándole de que Elsa quería posponer la reunión.

—La he llamado varias veces pero no me coge el teléfono.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Tareq.

Ambra tenía la dirección de Elsa. Había pensado ir a su casa, pero eso podía complicar las cosas. No a todo el mundo le gustaba que los periodistas se plantaran delante de su puerta y les pidieran que les dejaran entrar. En realidad, ni siquiera sabía si Elsa estaba en casa. Tal vez la anciana había hecho las maletas y se había marchado de Kiruna. No sería la primera vez que alguien que había prometido hablar cambiara de opinión en el último momento. Estaban en su derecho, por supuesto, pero no por ello dejaba de resultar muy frustrante.

—¿La conoces? —preguntó ella.

Tareq la miró con gesto divertido.

—¿Das por hecho que en Kiruna todo el mundo se conoce? No es tan pequeña como crees.

No quería decir eso, solo era una pregunta desesperada para intentar buscar una solución al problema de la ausencia de la persona que había que entrevistar.

Ella sabía muy bien cómo funcionaban las cosas en Kiruna. Por supuesto que no todos se conocían, y de hecho eran expertos en dejar que cada uno se ocupara de sus asuntos. Un niño que vive con una familia de acogida puede, por ejemplo, ir a la escuela con moretones, infecciones de oído que no se cuidan e incluso fracturas sin que nadie parezca verlo. Aunque estaba siendo un poco injusta. Eso no ocurría solo en Kiruna, sino que era igual en casi todas las partes de este mundo de mierda en que vivían.

Ambra se rascó la parte superior de la frente. El gorro que llevaba le aplastaba el pelo y le picaba, pero hacía tanto frío que se lo dejó puesto.

—¿Eres de aquí? —le preguntó a Tareq, aunque intuía la respuesta por su falta de acento.

—No, nací y me crie en Estocolmo. Me vine a vivir aquí con mi madre cuando terminé el bachillerato. Ella conoció a un hombre de esta zona y se enamoró tanto de él como de la ciudad. Yo solo estoy de visita, vuelvo a Estocolmo después de Año Nuevo para empezar un curso de fotografía.

—Pero trabajas para Aftonbladet, ¿no?

—He tenido suerte y he conseguido algunos trabajos como free lance.

Dedujo que Tareq era muy bueno. Parecía originario de algún país de Medio Oriente. Irak, tal vez. Si sus padres eran inmigrantes, probablemente no disponía de una red de contactos que le ayudara a entrar en ese mundillo, y conseguir trabajo como fotógrafo en un periódico de ámbito nacional era una hazaña casi imposible, pero él lo había logrado.

—Creo que hiciste algún encargo para Espectáculos, ¿verdad? —dijo ella recordando lo que Grace le había dicho—. ¿Cómo te sentiste? —preguntó del modo más neutral que pudo.

Ambra pensaba que la sección de Espectáculos era una cloaca inmunda. Informabas desde el lugar en el que se producía algún acontecimiento social, estabas en los límites del periodismo, no podías ser un reportero con opinión crítica y todo el mundo te trataba mal, desde los famosos hasta tus propios jefes. Era terrible. Siempre que no te gustara perseguir a famosillos de telenovela y vigilar las cuentas de Instagram, por supuesto.

Tareq pasó los dedos por las líneas brillantes de la cámara. Uñas cortas y limpias, vello oscuro, manos masculinas. Y luego esa voz suave y amable. Era muy agradable y atractivo.

—¿No estuviste tú antes allí? —preguntó.

—Sí —respondió ella sin entrar en detalles.

Aquel fue el peor año de su carrera como reportera. Solo quería no tener que volver a tumbarse nunca más detrás de un arbusto y esperar a que algún famoso infiel, hombre o mujer, saliera del apartamento de su amante.

—Mal, supongo —dijo él entre risas mientras ella notaba la mirada empática de sus bellos ojos—. A mí me pareció que estaba bien, pero no es algo que quiera hacer durante mucho tiempo —añadió.

Atractivo, agradable y diplomático. Tareq llegaría lejos. Ambra sintió un fuerte impulso de quitarse el gorro y ahuecarse el pelo.

La camarera volvió con el pedido de Tareq, que cogió el vaso con su refresco de naranja.

—La Fanta es mi vicio —reconoció sonriendo a la camarera, que parecía estar dispuesta a formar una familia con él en el acto.

Cuando esta se alejó a regañadientes, Ambra miró el teléfono por enésima vez. Empezaba a inquietarse. En el aspecto económico, sería una mala inversión si no conseguía una historia. Pensó en alguna alternativa sobre la que escribir. Algo acerca de la nieve, tal vez. O de la mudanza de toda la ciudad por problemas geológicos.

Tareq se bebió el refresco de un trago y dejó el vaso. Se levantó y se colgó al hombro la cámara y la bolsa con el objetivo.

—Solo he entrado a saludarte. Si no te importa, voy a salir a dar una vuelta. Hay cosas que puedo hacer mientras esperamos. Envíame un mensaje en cuanto sepas algo.

Ambra asintió, lo vio salir con paso largo y ligero y luego volvió a observar el restaurante. El Scandic Ferrum estaba en el centro de la ciudad y parecía funcionar como una especie de punto de encuentro. En una mesa, un grupo de hombres y mujeres de negocios temblaban de frío con sus chaquetas demasiado finas. En otra, unas madres vestidas con práctica ropa de invierno alimentaban con purés y fruta a su prole. Más allá distinguió a un grupo de bomberos de pie al lado del mostrador.

Los observó un momento y después volvió a mirar el teléfono. Releyó el último mensaje que había enviado a Grace y esperó impaciente ver aparecer la señal que le indicara que tenía un mensaje. Se preguntó qué haría si Elsa Svensson no aparecía.

Nada.

Miró su cuenta de Instagram, pensó si debería llamar a Jill, pero en ese momento el teléfono parpadeó y vibró en su mano. Al fin un mensaje de Grace.

¿Alguna novedad?

Ambra pulsó las teclas con rapidez y habilidad.

No. ¿Debo esperar?

Tenía la esperanza de que Grace le ordenara que volviera a casa. Pero no fue así.

Sí, espera. ¿Ha aparecido Tareq?

Sí.

Grace concluyó con una orden:

Mantenme informada.

Ambra volvió a dejar el teléfono. La frustración hizo que empezara a tamborilear con los dedos sobre la mesa. Además, había bebido demasiado café y se sentía alterada y molesta. Miró de nuevo hacia el mostrador donde estaba la caja. Los bomberos habían desaparecido. Había un hombre de pie que estaba pagando un café. Llevaba un grueso anorak desabrochado, camisa de cuadros y una camiseta debajo.

Ambra observó al hombre mientras se preguntaba qué hacer. Había algo en él que no conseguía identificar. Estaba de pie, solo y en silencio, grande como una montaña. Hombros anchos, pelo largo y además iba sin afeitar. Parecía un tipo duro, un ejemplar auténtico de hombre de Norrland; solo le faltaba la moto de nieve y el rifle. Ambra miró hacia otro lado. Nunca le había gustado ese tipo de machos fornidos.

El hombre se dirigió con la taza de café hacia la mesa donde ella estaba y, al pasar, pudo echarle otro rápido vistazo y leer lo que ponía en la camiseta que llevaba: FBI. Aguzó la vista y leyó el texto en letras más pequeñas que había debajo: FEMALE BODY INSPECTOR. ¿Inspector de cuerpos femeninos? «Repugnante», pensó. Puso cara de asco y no pudo evitar murmurar «bonita camiseta» cuando él pasó por su lado.

—¿Qué? —preguntó el hombre deteniéndose.

Tenía una voz apagada y ronca, y miró a Ambra como si ella acabara de surgir de la nada, como si estuviera inmerso en sus propios pensamientos y no fuera consciente de que se encontraba rodeado de personas.

Ella percibió una carencia total de sentido del humor en los ojos más oscuros que había visto en su vida. Todos sus sistemas de alarma se dispararon. El hombre tenía un aspecto espantoso.

—¿Has dicho algo? —insistió con mirada desafiante.

Tenía los ojos negros inyectados en sangre y la barba descuidada. Y, además, la camiseta con ese mensaje machista. Era solo una broma, lo sabía, pero había escrito muchos artículos sobre tráfico de personas, prostitución infantil y crímenes de honor. Sobre chicas jóvenes que eran tratadas como objetos o incluso peor. Sobre hombres comunes y corrientes que asesinaban por celos a sus novias o esposas, simplemente porque se creían dueños de ellas y de sus cuerpos. La camiseta era horrible, aunque se tratara de una broma. Pensó que tendría que disculparse, callarse o ignorarle.

—No tienes ninguna gracia, por si no lo sabías —dijo en cambio.

El hombre se quedó paralizado y ella se puso tensa. «Tranquilízate, Ambra. Parece peligroso.» El hombre la miraba como si no entendiera lo que ella acababa de decir. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la joven al ver su mirada. Por un momento pareció que él iba a decir algo, pero luego se limitó a negar con la cabeza y siguió adelante.

Ambra se echó hacia atrás en el respaldo de la silla y notó que la sangre le volvía a circular en las venas. No se atrevió a darse la vuelta para mirarlo. Algo en sus ojos y en su pose le dijeron que era un hombre al que no convenía provocar. Se le erizó la piel de la nuca pensando que él se había sentado en algún lugar detrás de ella. Cómo odiaba esa ciudad.

aventura-4

4

Tom miró de reojo la espalda de la mujer que le había recriminado. Estaba tan absorto en sus pensamientos que no se enteró de lo que le había dicho, aunque percibió que estaba enfadada. Se había sentado de espaldas a la pared, con la mejor visión posible del local, y podía observarla desde atrás. Echó una rápida ojeada a la sala y luego volvió a mirar a la mujer. Lo único que podía distinguir entre las capas de ropa, la bufanda y el gorro eran unos rizos de cabello oscuro. Cuando ella le acusó de lo que fuera, él vio de forma automática su tez pálida, sus cejas oscuras y unos luminosos ojos verdes.

No era de allí, se le notaba tanto en la ropa como en su actitud y, de un modo más difícil de definir, en la postura y el modo de moverse. Los habitantes de Kiruna casi nunca tenían prisa y se movían a un ritmo totalmente distinto, no con ese ímpetu agresivo. Casi podía asegurar que se trataba de una chica de la capital con solo verla ahí sentada, escribiendo en el ordenador y controlando el teléfono todo el tiempo. De vez en cuando miraba a su alrededor mientras tomaba un sorbo de café. Lo hacía todo muy deprisa y parecía estar envuelta de una tensa energía.

Tom también bebió un sorbo de su taza. Preparaban un buen café en el Ferrum y le gustaba que el restaurante fuera tan grande. Después del cautiverio le resultaba difícil permanecer en sitios pequeños. El hotel era un punto de encuentro en el centro de Kiruna. Un lugar donde almorzar y tomar café durante el día y una barra de bar por la noche, así que tarde o temprano la mayoría de la gente del pueblo aparecía por allí.

Volvió a echar una ojeada. Evaluó el entorno de forma automática para saber quién estaba esperando a alguien y quién podría representar una amenaza. Lo hizo sin pensarlo siquiera. Estudió todos los rostros para descubrir si tenían intención de hacer daño o si podían ocultar armas en las manos, tanto hombres como mujeres.

Quedaban cuatro días para Navidad y había mucha gente. Entre semana se organizaban conferencias, y en ese momento había sobre todo turistas y gente de vacaciones. Kiruna era un sitio popular. Montaban en trineos tirados por perros, buscaban auroras boreales y esquiaban. O hacían excursiones nocturnas en motos de nieve sobre las aguas congeladas del río Torne y luego tomaban café junto al fuego. Las grandes empresas fabricantes de automóviles enviaban a su personal allí para probar nuevos modelos en condiciones invernales, y muchos anuncios de coches se habían grabado en el entorno de la localidad. Además, Esrange estaba muy cerca de allí, la estación espacial a la que acudían investigadores suecos y de otros países. Pero estaba seguro de que la mujer de cabello oscuro y ojos intensos no era ni conductora de pruebas ni investigadora espacial.

No podía evitar mirarla todo el tiempo, sin saber bien por qué. La actitud hostil y agresiva que ella había mostrado había penetrado de algún modo la niebla que lo rodeaba y ya no la podía ignorar. El movimiento de su espalda le indicaba que estaba tecleando en el ordenador. ¿Sería escritora? No, no solían estar furiosos, sino todo lo contrario. Los pocos escritores que conocía no hacían demasiado ruido, y por lo general se pasaban el tiempo soñando despiertos. En realidad, no debería molestarse, aunque no entendía bien qué podía haber hecho que ella se enfadara tanto. Le dio la sensación de que era algo dirigido directamente a él, como si se tratara de algo personal. Pero tenía buen ojo para las caras y estaba seguro de que no se habían visto antes.

Vio que volvía a mirar el teléfono y entonces se le ocurrió: periodista. No reportera local, sino de alguno de los periódicos de la capital. Todo encajaba. Pero ¿qué hacía allí? ¿Qué podía ser tan importante como para que una periodista de la capital viajara hasta allí pocos días antes de Navidad?

Estaba seguro de que ella era de Estocolmo. ¿Tal vez tenía parientes allí arriba y aprovechaba para compaginar las reuniones familiares y el trabajo? Los periodistas de Estocolmo a menudo tenían sus raíces en ciudades pequeñas. Tom lo sabía porque conoció a muchos durante los años en que los formó e instruyó en temas de seguridad. Siempre merodeaban un montón de reporteros en las zonas de conflicto y en la periferia de las guerras, como locos buscadores de sensaciones. Discutió con muchos de ellos; los periodistas siempre discutían. A él le irritaba que estuvieran tan convencidos de que eran los únicos que luchaban realmente por la democracia. Tergiversaron sus palabras cuando le entrevistaron. Les había visto desprestigiar a la gente para obtener altas cifras de lectores, distorsionar los hechos, manipular... No, no le gustaban los periodistas.

Tom bajó la mirada hacia la mesa. Todavía notaba las secuelas de la crisis de ansiedad que había sufrido esa mañana. Una de las peores que había tenido. Era incomprensible que le pasara así, sin ninguna lógica. Nunca sabía cuándo le iba a golpear la angustia, cuándo un sonido determinado haría que reaccionara de forma exagerada. Los petardos que los niños lanzaban a diestro y siniestro no mejoraban las cosas. Quedaba más de una semana para Año Nuevo y los petardos atronaban por todos los lados, a pesar de que estaban prohibidos.

Hace unos días se lanzó sin pensarlo contra un montón de nieve al oír que algo explotaba detrás de él. El corazón le empezó a latir con fuerza y se le nubló la vista. Hasta que se tranquilizó no se dio cuenta de que había intentado proteger con su cuerpo a un niño, que en ese momento estaba debajo de él, y que la madre, histérica, no paraba de golpearle en la espalda. El niño lloraba a gritos, la madre también gritaba, y él masculló una disculpa y se alejó rápidamente de allí.

La periodista se puso de pie. Estaba hablando por teléfono y aprovechaba la oportunidad para estirarse, aflojar la tensión del cuello y girar los hombros. Hizo un gesto, como si los movimientos le produjeran dolor. Vio que tenía las piernas largas, pero no pudo distinguir nada más de su cuerpo debajo de tanta ropa. No quería mirarla con detenimiento, así que solo fue algo que percibió, pero se dio cuenta de que vigilaba el ordenador como un halcón mientras hablaba.

Entonces todo cambió.

Tom olvidó a la periodista y todo lo demás.

Porque ella entró en el restaurante y él casi dejó de respirar.

Ellinor.

Cielo santo, era realmente ella.

¿Habría ido allí como hacía todo el mundo antes o después o tendría otros motivos? La verdad es que no tenía ni idea, el cerebro no le funcionaba como antes. A veces se preguntaba si estaría volviéndose loco. Pero estaba en Kiruna por Ellinor y esperaba que, a pesar de todo lo ocurrido, ella le siguiera necesitando y le echara de menos como él a ella.

Siguió sus movimientos mientras se dirigía a la caja. Era rubia y caminaba muy erguida. Sana y alegre, una chica deportiva a la que le encantaba esquiar y nadar, que amaba a los niños, a los animales y a todo el mundo al parecer, excepto a él, Tom Lexington.

Ella pidió y después estudió el local y a los clientes.

Tom permaneció sentado, inmóvil.

Se quedó helada cuando lo vio. Tom la observaba. Sus miradas se cruzaron. Todos los sonidos se desvanecieron y entre ellos se generó una especie de conexión. Tom contuvo la respiración, como si temiera moverse. «No te vayas, por favor», fue lo único que pensó.

Había cometido muchos errores respecto a Ellinor.

«Si te quedas, lo tomaré como una señal. Por favor, no te vayas. Dame otra oportunidad.»

Ella dudó.

Él siguió manteniendo la respiración mientras le invadían los recuerdos.

Conoció a Ellinor Bergman en Kiruna cuando tenía veintiún años. Ellinor tenía dieciocho, una melena rubia y una boca que casi siempre sonreía. Coincidieron en un bar. Ella estaba en una mesa con sus amigos y él en otra con los suyos.

—¿Vives aquí? —preguntó él cuando chocaron en la barra.

—Sí, ¿y tú?

—Entreno para ser oficial. Estoy haciendo las prácticas en mi antiguo batallón.

—¿Cazadores de montaña? —dijo ella sonriendo.

Tom asintió con la cabeza. Tal vez esperaba impresionarla, como les sucedía a la mayoría de las chicas cuando les decía que era cazador y oficial.

—Mi padre es militar —explicó ella.

—¿Y tú qué haces?

—Voy al instituto. Hoy cumplo dieciocho años. Lo estamos celebrando.

—Entonces tal vez pueda invitarte a una copa por tu cumpleaños —ofreció Tom con naturalidad.

Lo hizo.

Hablaron durante toda la noche. Ellinor, que había bebido un poco más de la cuenta, coqueteó con él. Tom le siguió el juego, aunque no le gustaba flirtear.

Aquella noche no se acostaron juntos. Él pronto se dio cuenta de que Ellinor era algo más que un ligue ocasional, así que decidió ir despacio. Además, ella aún vivía con sus padres. La cortejó durante semanas, la invitó al cine y a cenar. Se enamoró enseguida, no pudo evitarlo: era muy fácil llevarse bien con Ellinor. Alegre y positiva, desenfadada y de mente abierta. Una chica amable y sencilla. Y además muy guapa.

Aprovecharon una noche en que sus padres estaban de viaje para hacer el amor por primera vez. Ninguno de los dos era virgen. Estuvo bien y él supo que ella era La Correcta. Con Ellinor no había nada complicado. Cuando él tenía que estudiar, ella se mantenía ocupada por su cuenta sin ningún problema. Tenía muchos amigos, realizaba un montón de actividades y estaba llena de energía. Los estudios y la formación le obligaban a viajar por todo el país, pero iba a Kiruna siempre que podía para estar con ella.

—No quiero vivir aquí toda la vida —le confesó Ellinor cuando terminó el Bachillerato.

—¿Y dónde quieres vivir? —preguntó él, besándole la punta de la nariz.

—En Estocolmo. Contigo.

En cuanto Tom fue nombrado capitán, se fueron a vivir juntos a Estocolmo. Compraron un apartamento y se sentían adultos. Ellinor estudiaba en la universidad y hacía algún trabajo extra de vez en cuando. Tom trabajaba tanto que a veces pasaban varias semanas sin apenas verse.

Tenían sus momentos bajos, por supuesto, pero ¿qué pareja no los tiene? Llevaban cuatro años juntos cuando compraron los anillos de compromiso.

—Me queda muy bien —dijo ella cuando le puso el anillo en el dedo. Tom quería que estuvieran siempre juntos.

La vida siguió adelante. Ellinor consiguió trabajo como maestra en un colegio del centro de la ciudad, se recicló e hizo cursos de formación complementaria. Cambió de trabajo. Él seguía muy ocupado. Pasaron los años y, aparte del tiempo que él pasaba en operaciones secretas en el extranjero, eran como cualquier otra pareja estable de una gran ciudad. O al menos eso creía él.

Un día de junio del año anterior, Ellinor estaba de pie con la cabeza apoyada en el marco de la puerta de la cocina que acababan de renovar. Lo miró y suspiró.

—Tom, tenemos que hablar —dijo.

Al principio él apenas reaccionó ante ese tono tan poco habitual en ella; tenía la cabeza en otra parte.

—¿Podemos dejarlo para después? —preguntó, levantando la vista del periódico—. Tengo un montón de trabajo.

Ella se cruzó de brazos.

—Tú siempre tienes un montón de trabajo, pero yo quiero hablar. Ahora. —A él le pareció que ella estaba intentando tomar impulso y presintió el desastre—. He estado con otro hombre.

La noticia fue como una bofetada.

—¿Con quién? —preguntó él mientras luchaba contra la sensación de irrealidad.

—No importa.

—A mí me importa mucho. ¿Es serio?

—¿Que me haya acostado con otro? Sí, es bastante serio.

Y luego ella se echó a llorar. Tom se sintió hundido de repente. Realmente tenía mucho trabajo. Su empresa, Lodestar Security Group, se estaba expandiendo en tiempo récord, estaban haciendo adquisiciones complejas y uno de sus clientes en Bagdad acababa de perder parte de su personal en un ataque suicida.

—No sé qué decir —reconoció impotente.

—¿No estás enfadado? ¿No sientes nada? ¿Algo?

—Te amo, Ellinor. ¿Qué más puedo decir?

Ella negó con la cabeza.

—Pues no digas nada, eso es lo que mejor se te da. Quiero terminar, Tom, ya no funciona.

—Pero ¿qué es lo que no funciona? Dímelo, por favor. Haré lo que sea.

—Aunque ya no importa.

No entendía cómo había ocurrido. Para él era como si surgiera de la nada. El sentimiento más intenso que tenía en ese momento era que no podía ser verdad.

—Sé que trabajo mucho.

—No solo se trata de eso. He tomado una decisión.

—Por favor, Ellinor. Supongo que podrás esperar a que terminemos de hablar.

—No sé si es una buena idea.

Sonó el teléfono de Tom. Llamaban de Irak.

—Tengo que contestar —dijo automáticamente.

Ella lo miró sin decir nada, solo lo dejó ir.

Trabajó sin descanso durante dos días. Ellinor le envió un mensaje para decirle que necesitaba pensar y que se iba a casa de sus padres. A los padres de Ellinor Tom les caía bien, y ellos a él, así que pensó que esa era una buena idea, que hablarían con ella. Pero esa fue la última vez que hablaron en varios meses. ¿Habría actuado él de forma distinta si hubiera sabido lo que iba a ocurrir?

Al día siguiente Tom recibió una llamada de su amigo David y se vio obligado a viajar al Chad, donde dirigió una operación armada: su helicóptero se estrelló en el desierto y Tom fue capturado. En casa creyeron que había muerto. El viaje que solo iba a durar unos días, y que iba a servir para distraerle de la crisis que atravesaban, lo cambió todo. Cuando regresó a Suecia en octubre, cuatro meses después, Ellinor ya había alquilado el apartamento que tenían, había vuelto a Kiruna y había seguido adelante.

Qué expresión más horrible.

«Seguir adelante.»

Mientras se miraban en el restaurante del hotel, él recordó que no se veían desde aquel día de junio, en la cocina.

Él la llamó cuando volvió a Suecia, después de que lo liberaran. Ellinor se alegró de saber que estaba vivo, pero él no quiso que fuera a visitarlo al hospital, y después ella no regresó a Estocolmo, sino que se limitó a decirle que era mejor que no se vieran.

Ellinor cogió su taza de té del mostrador y caminó hacia él despacio, con paso vacilante. Tom apenas se atrevía a respirar. Buscó en el rostro de ella un signo de... algo. Estaba como siempre. Que estuviera allí, que fuera hacia su mesa, que finalmente se vieran, debía de tener un significado.

Si le diera otra oportunidad él repararía todo lo que había arruinado, sería el hombre que ella quería, el que ella se merecía. Verla de nuevo... Tom casi contuvo la respiración.

Ella se acercó a la mesa, ladeó la cabeza y le miró el pecho.

—Vaya camiseta, Tom. No me esperaba eso de ti.

La vio fruncir el ceño. Al principio no entendió nada. Después miró hacia abajo. Vio que llevaba una camisa de cuadros que ni siquiera recordaba haberse puesto, y debajo una camiseta negra que había cogido sin mirar. Bajó la cabeza y leyó el texto en letras blancas de la que suponía era una de sus habituales camisetas negras. FBI en letras mayúsculas. FEMALE BODY INSPECTOR debajo.

Bueno, eso explicaba algunas cosas, tanto la mirada sorprendida de Ellinor como la de la airada periodista. Miró hacia la mesa, donde la vio absorta en su ordenador portátil.

—No es mía —se excusó, aunque sabía que no era de camisetas de lo que debían hablar—. La mujer que limpia en casa y me lava la ropa tiene un hijo que es un cerdo. Debe de ser suya. Su madre la habrá lavado con las mías.

Ellinor le observó.

—Te noto cansado —dijo al fin, de pie junto a la mesa.

Él quería que se sentara y se bebiera el té delante de él, como solía hacer, y que le dijera que había cambiado de idea, que no había seguido viviendo su vida.

Pero se quedó de pie, mirándole.

—Has adelgazado —añadió.

Tom se pasó la mano por la frente.

—Estoy bien —mintió.

—Bebes demasiado —siguió ella.

La miró. ¿Cómo podía saberlo?

Ella le dedicó una de esas suaves sonrisas que Tom tenía grabadas en la mente y que recordaba cuando sus captores lo torturaban.

—Aquí no puedes tener ningún secreto —se justificó ella encogiéndose de hombros a modo de disculpa—. Una de las chicas que trabajan en la licorería Systembolaget está en mi grupo de lectura. Me ha dicho que te ha visto comprar un montón de bebidas alcohólicas en varias ocasiones. Tú nunca tuviste problemas con el alcohol, ¿verdad?

—No —respondió él con gesto serio.

Pero eso fue antes de ser maltratado a diario durante meses por guardias que le odiaban a él y a todo lo que representaba. Cuando volvió a Suecia le prescribieron distintos medicamentos, pero en lugar de psicotrópicos prefirió el alcohol. Muy inteligente por su parte.

—No me llames por teléfono cuando te pones así —le pidió ella en voz baja.

Era vergonzoso que hubiera quedado reducido a un tipo que llamaba a su ex cuando estaba borracho.

—¿Qué ves en él?

Las palabras le salieron de repente y se arrepintió al instante.

Los hombros de ella se hundieron.

—Tom...

—Lo siento. ¿Puedes sentarte un momento?

Ella miró a su alrededor y luego se deslizó en una silla y dejó su taza de té sobre la mesa.

—Lo siento mucho. Sé que te sientes así por mi culpa.

—Tú no tienes la culpa.

«Al menos no toda la culpa», pensó.

—Ya sabes a lo que me refiero —repuso ella soplando el té.

—Pusiste fin a lo nuestro antes de que me marchara. No podías saber lo que iba a ocurrir.

—Creía que habías muerto. Fue lo que nos dijeron.

—¿Por eso viniste a vivir aquí?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo llevabas con él antes de decírmelo?

«¿Días? ¿Semanas? ¿Meses?»

No tenía ni idea, pero ¿quería saberlo? Fue ella la que terminó; él se marchó, y mientras desfallecía en el Chad, ella construyó su nueva vida.

Ellinor deslizó el dedo por el borde de la taza.

—¿Qué importancia tiene?

—Supongo que ninguna.

—Lo siento. Lo último que pretendía era hacerte daño. Y fue terrible pensar que habías muerto. Sobre todo, después de...

Ella se detuvo y miró la taza de té.

—¿Después de que me rompieras el corazón? —terminó él, intentando sonar gracioso, lo que a buen seguro no logró.

—Lo siento —repitió Ellinor afligida—. Nunca fue mi intención. Pero hacía tiempo que las cosas iban mal entre nosotros, en eso debes de estar de acuerdo.

Tom no lo estaba en absoluto. Creía que todo iba bien, y se sintió como si le partiera un rayo cuando le dijo que se sentía desgraciada.

—¿Eres feliz con él?

Le parecía imposible. ¿Cómo podía ser feliz con otro?

—Sí, lo soy. Soy feliz con Nilas.

Nilas, ¿qué mierda de nombre era ese?

—La verdad es que no tienes buen aspecto. Quizá deberías hablar con alguien.

—Ya lo he hecho. Con un psicólogo.

El rostro de ella se iluminó.

—Qué bien. Me alegro de oírlo.

Él hizo una mueca. No le gustaban los psicólogos.

La primera crisis nerviosa se produjo pocos días después de volver al trabajo. Cuando regresó a Suecia lo hospitalizaron de inmediato. Estaba desnutrido y tenía varias infecciones. Se presentó en la oficina al día siguiente de ser dado de alta; lo único que quería era trabajar.

Llovía y las hojas estaban amarillas. Los dos primeros días fueron bien, pero al tercero tuvo que asistir a una reunión. Habían secuestrado a un empresario sueco en Pakistán y se discutía la posibilidad de encargarse del rescate, algo nada inusual, ya que ese tipo de solicitudes llegaban con frecuencia y formaban parte de su área de investigación. Estaban hablando de armas y de distintas estrategias cuando de repente sintió unas fuertes náuseas. Al principio pensó que había comido algo que le había sentado mal. Después, todo su cuerpo comenzó a temblar con violencia.

Nunca le había ocurrido algo parecido.

Al mismo tiempo empezó a sudar, y pensó que sería una ironía del destino que muriera de un infarto, después de haber sobrevivido a tantas cosas.

—¿Tom? —le llamó uno de sus colegas con gesto preocupado.

Oyó la pregunta como si no fuera con él.

Más tarde solo recordaría fragmentos de voces, conversaciones telefónicas y un viaje rápido en ambulancia al hospital. Un médico de urgencias muy estresado le hizo un electrocardiograma, le tomó muestras y lo auscultó.

—Es un ataque de pánico, nada grave —informó el facultativo antes de marcharse a toda prisa, probablemente para atender a un enfermo de verdad.

Ya que Lodestar tenía un seguro de salud privado muy caro, el jefe de Recursos Humanos insistió en que Tom visitara a un psicólogo.

—Estrés agudo, ataque de pánico y probable trastorno de estrés postraumático sin diagnosticar —determinó la psicóloga mirándolo por encima de las gafas de montura metálica.

—Nada grave —dijo él con una risa forzada.

—Yo diría que es bastante serio.

—Pero se pasará, ¿no?

—Depende —repuso ella sin dejar de mirarlo.

—¿De qué? —preguntó Tom.

—De ti mismo.

Muy propio de los psicólogos.

—¿Y qué tengo que hacer?

La psicóloga escribió algo en su bloc.

—¿Qué quieres? —preguntó, como si ella no pudiera dar consejos.

—Quiero curarme, creía que eso era obvio.

—Naturalmente, pero ¿qué piensas hacer cuando te sientas mejor? ¿Qué quieres tú?

Y Tom se sentó en el carísimo consultorio psicológico y supo que lo único que quería era volver con Ellinor.

La semana siguiente se tomó un descanso del trabajo, de Estocolmo, de todo, y se fue a Kiruna. Pero Ellinor era obstinada. No quería verlo, para ella no tenía ningún sentido.

Pero ahora estaba ahí, y eso debía de ser una señal. Tal vez solo se trataba de la crisis de los treinta años que llegaba con retraso, o de cualquier otra crisis; habían estado tanto tiempo juntos que no le reprochaba nada.

—Te echo de menos —dijo él.

Ellinor movió la cuchara más deprisa.

—Tom... —susurró mirando hacia otro lado mientras se mordía el labio.

—¿No puedes darme otra oportunidad?

Todo se arreglaría si conseguía que ella volviera, estaba seguro.

—Tengo que irme —anunció ella poniéndose de pie y abrazando el bolso.

Él le miró los dedos. Se había quitado el anillo. Por supuesto. Ella vio que se había dado cuenta.

—Cuando llegó la noticia de tu muerte tuve que revisar tus cosas. Nuestras cosas. Le envié el anillo a tu madre. Debió de ser terrible para ella creer que habías muerto. ¿Quieres que te devuelva el mío? Lo pagaste tú.

—No, es tuyo —repuso con voz ahogada.

Ella pareció dudar, como si no supiera cómo despedirse. «No te vayas», quiso decir él. «Quédate. No me dejes.»

—Cuídate —se despidió Ellinor.

La vio alejarse. Siguió sentado, desbordado por la energía que, a pesar de todo, había logrado reunir.

¿Qué podía a hacer?

Miró de reojo la mesa en la que estaba sentada la impetuosa periodista, pero al parecer se había ido mientras él hablaba con Ellinor. Tampoco estaba el ordenador; el único rastro de ella era una taza blanca con el borde ligeramente coloreado de lápiz de labios.

aventura-5

5

Ambra sacudió los pies para quitarse el frío y se quedó mirando un escaparate mientras pensaba. ¿Debería llamar a Grace y decirle que el trabajo tenía muy pocas probabilidades de salir adelante? Pero su jefa tendría otros diez reportajes en marcha y cientos de noticias nacionales e internacionales para leer y dar prioridad a cada minuto, por lo que para ella no sería demasiado importante el hecho de que hubiera una periodista más arriba del círculo polar Ártico que no podía localizar al objeto de una entrevista de escasa prioridad.

Echaba de menos Estocolmo y la redacción del periódico. Quería estar donde ocurrían las noticias, amaba el pulso y el ambiente del periódico y detestaba esta ciudad de mierda. ¿Y si ocurriera algo importante en ese mismo momento y se lo perdiera por no estar allí?

Hace unos años hizo reportajes importantes y escribió sobre cosas que marcaron la diferencia. Fue antes de que cambiaran al jefe de redacción. A partir de entonces todo empezó a ir mal. No se entendía con Dan Persson. Solo de pensarlo le daba dolor de estómago. Lo único que ella quería hacer era trabajar en Aftonbladet, así de simple. Sabía que daba la impresión de ser una persona segura de sí misma, pero en realidad no lo era. Ni quería ni podía perder el trabajo, porque ¿qué haría si no fuera periodista?

Exhaló vaho caliente sobre sus manos enguantadas para calentárselas mientras pasaba por delante de una tienda para turistas. Había muchas por allí que ofrecían excursiones en moto, recorridos para ver las auroras boreales, trineos de perros y pesca en el hielo. Se detuvo. El escaparate estaba lleno de adornos de Navidad típicos de Laponia, recuerdos y gorros de lana. Las cintas rojas de los paquetes transmitían el espíritu de las próximas fiestas. Se fijó en unos calentadores de orejas, uno de los accesorios más tontos del mundo, pero cuando era pequeña tenía tantas ganas de tener unos que casi no podía pensar en otra cosa. Y no los tuvo, por supuesto. Nunca tenía regalos de Navidad.

Dio la vuelta. Se había prometido no preocuparse por la proximidad de las fiestas, al fin y al cabo solo eran unos días que había que quitarse de encima. Sin embargo, conforme se acercaban sentía cómo llegaba arrastrándose la tristeza. Una niña de unos diez años caminaba junto a un hombre, probablemente su padre. Iban charlando. Él la llevaba cogida de la mano y la escuchaba, asentía con la cabeza, le acariciaba el cabello. Ambra tragó saliva y miró hacia otro lado.

Su teléfono sonó mientras cruzaba la calle con rapidez.

«Alabado sea Dios, ¡por fin!» Contestó la llamada a la vez que se ponía los auriculares.

—Hola, soy Elsa —oyó decir en el otro extremo.

—¡Hola! ¿Cómo estás? —preguntó Ambra.

—Bien, gracias.

Le pareció que Elsa se reía.

Ambra miró el reloj. Solo eran las cinco de la tarde.

—Me alegro de que llames. ¿Podemos vernos? ¿Ahora? ¿Mañana quizá?

—No, no, esta tarde no, tengo visita. Y mañana es la víspera de Nochebuena —respondió Elsa.

—Yo puedo ir mañana —le aseguró Ambra al instante, confiando en que Elsa no se fuera de viaje o tuviera treinta y seis parientes en casa—. ¿Te iría bien a ti?

—Por supuesto que sí.

—¿Podemos vernos en tu casa? Vendrá conmigo un fotógrafo, si no te importa.

Silencio.

—¿Elsa?

Elsa volvió a reírse. Ambra habría jurado que estaba borracha.

—Disculpa. Puedes venir con tu amigo si quieres.

Elsa le aseguró que serían bienvenidos y Ambra colgó, muy escéptica por el modo en que lo habían organizado. Se quitó uno de los auriculares e intentó pisar fuerte para hacer entrar a los pies en calor. Volvió a sonar el teléfono. Mierda, ¿habría cambiado de opinión? Pero no era Elsa.

Era Jill.

—¿Estás en el trabajo? —preguntó Jill en cuanto ella contestó.

—No, en Kiruna —respondió mientras observaba su reflejo en otro escaparate, con el teléfono en la mano y los auriculares en los oídos. A veces le parecía que lo único que hacía era hablar por teléfono—. ¿Y tú?

Jill era artista y estaba más de viaje que en casa.

—Estoy tan cansada que apenas recuerdo cómo se llama la ciudad. ¿Qué haces ahí? Creía que odiabas Kiruna.

—Odio casi todo.

—Es cierto. Yo también. ¿Va todo bien? ¿Estás segura de que no quieres un regalo de Navidad?

—Totalmente segura —respondió Ambra con decisión.

Jill ganaba a la semana más o menos lo mismo que Ambra en un año, así que resultaba un poco complicado regalarle algo cuando llegaba el momento. No era nada fácil tener de hermana de adopción a una de las cantantes

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