El polvo estaba quieto a lo largo del camino. Quietos los pies descalzos de Candelaria como renacuajos confinados en la estrechez de la pecera. Quietas las ballenas que custodiaban la casa y que nunca habrían de cantar. Quieta el agua del estanque en el que iban a pasar tantas cosas. No es que fuera verano y el viento no soplara, lo que pasaba era que hacía mucho tiempo que nadie recorría el camino hacia Parruca. Pero no era una quietud de las que indican calma, sino de las que anuncian que algo está a punto de ocurrir. Y lo estaba. Como la quietud que antecede a la borrasca que ha de desbordar el cauce de la quebrada o la de los conejos un instante antes de ser atacados por los zorros.
Candelaria vigilaba desde el techo con un libro entre las manos y la mirada en ese lugar impreciso en donde se pierden las miradas. Antes había oído el sonido de un carro, pero no pudo identificarlo porque venía envuelto en una nube de tierra reseca. O tal vez porque no se tomó el tiempo necesario para hacerlo. Tenía tendencia a sentarse a esperar cosas sin saber que, a veces, lo importante es lo que ocurre en el acto mismo de esperarlas.
Mucho había cambiado desde que su padre se marchó y ella se sintió tan sola y aburrida como para llenar con renacuajos su pecera y esperar a que la luna se llenara tres veces antes de que se convirtieran en sapos. Primero les salieron las patas, luego se les ensanchó la boca, y la piel se les puso rugosa. Al final, les asomaron los ojos. Cuando los abrieron, eran redondos y brillantes como bolas de cristal. Su mirada era una mezcla de frialdad e indiferencia.
Al final del tercer plenilunio los vio tan apretujados que decidió liberarlos en el estanque. Luego se subió al techo a divisar la carretera y fue entonces cuando vio la nube de polvo en movimiento que le indicó que alguien estaba a punto de llegar. No era la persona a quien ella esperaba, pero eso aún no lo sabía. Lanzó el libro al suelo, cruzó los corredores y bajó las escaleras gritando:
—¡Volvió, volvió!
Tobías salió de su cuarto y se unió a la carrera de su hermanastra. El piso de madera crujió bajo los pasos apurados. Sortearon con habilidad las raíces asomadas entre las grietas de los mosaicos y esquivaron las ramas cada vez más frondosas del árbol de mangos que crecía, orondo, en mitad de la sala. Ambos sintieron el portazo que dio la madre cuando tiró de un golpe la puerta de su habitación. No pudieron ver que se había escabullido debajo de sus cobijas, sin dejar al descubierto ni un solo orificio por el cual respirar. Estaba en esos días en que habría querido dejar de hacerlo para siempre. Las piedras redondas se amontonaban por su cuarto observándola sin parpadear, con esos ojos inmutables y fijos, esos ojos que miraban sin mirar. Si hubiera estado de humor se habría puesto de pie para voltearlas hacia la pared a manera de castigo, pero hacía días que el buen humor no estaba de su lado.
Al llegar a la portada Candelaria se detuvo. Tenía la respiración agitada, no tanto por la carrera sino por la emoción de ver a su padre. No tardó en darse cuenta de su equivocación. Giró la cabeza en busca de la mirada de Tobías y en sus ojos no encontró más que desencanto. En vez del padre, una mujer que no conocían forcejeaba intentando abrir la puerta del carro. Candelaria reparó en las latas de ese Jeep destartalado porque tenían más abollonaduras que los maracuyás olvidados en la plaza del mercado cuando los campesinos no lograban venderlos. Estaban oxidadas debido a la rila de las aves y al exceso de sol y de lluvia. Por el estado de la llanta de atrás, calculó que se había explotado hacía muchos kilómetros, no quedaba nada de la redondez original del rin. Al ver salpicaduras de pelos y sangre en el parachoques se imaginó un montón de animales arrollados en el camino y entonces pensó que esa mujer, al igual que sus padres, también era mala conductora.
Cuando logró abrir la puerta, Candelaria vio cómo se afincaba en el suelo un tacón rojo seguido de otro, y estos, a su vez, seguidos por unas piernas cubiertas por el polvo de la carretera, si es que puede llamarse así al torpe rasguño de la vegetación hecha por la gente de la montaña, en un intento por atravesarla. La mujer se sacudió vigorosamente el vestido blanco y ajustado que llevaba, el mismo que ya no estaba ni tan blanco ni tan ajustado. Se contuvo el pelo oscuro detrás de las orejas y removió el cascajo del suelo con la parte de delante del tacón. Candelaria se preguntó cómo podía mantener el equilibrio y la compostura sobre un terreno tan inestable, y eso que aún no la había visto caminar. Cuando la viera, se daría cuenta de que las cosas no siempre son lo que parecen. Luego reparó en el Jeep destartalado y le pareció que era impropio de una mujer como ella.
—¿Aquí alquilan cuartos? —preguntó.
—No —dijo Tobías.
—Sí —dijo Candelaria casi al mismo tiempo.
—Necesito uno —dijo mirando a Candelaria, porque las mujeres como ella siempre saben hacia dónde les conviene más hacerlo—. Y tú —dijo dirigiéndose a Tobías— agarra una pala, abre un hueco bien, pero bien grande y entierra este pedazo de Jeep cuanto antes.
La mujer lanzó al aire las llaves del carro, pero Tobías no alcanzó a cogerlas y fueron a dar al suelo. Acto seguido, le mandó la mano al trasero y eso hizo que Candelaria abriera los ojos más de la cuenta, como si al hacerlo pudiera abarcar una mayor extensión con la mirada. Luego Tobías metió la mano en el bolsillo de su pantalón y advirtió que allí reposaba un fajo de billetes.
Se oyó un cascabeleo que inundó el aire. Un cascabeleo delicado, etéreo como la neblina mañanera. Candelaria notó que la mujer se quedó inmóvil, con esos ojos quietos que no se atreven a parpadear para no espantar la concentración. Alcanzó a alegrarse de que pudieran oír la misma melodía y, por eso, cuando la vio tomar impulso para hablar, esperó con ilusión algún comentario sobre ese sonido que a ella tanto le gustaba. La culpa fue su pelo rojo. No tardó en darse cuenta de que no fue el cascabeleo, sino el color del pelo, lo que había robado la atención de la recién llegada.
—Eres como yo, cariño.
—¿Y cómo es usted?
—Decidida. Las pelirrojas somos decididas. Aunque ahora lo llevo negro para pasar de agache. A veces, es mejor así.
Dicho esto, la mujer caminó hasta la parte de atrás del carro. Candelaria reparó en el pelo y le costó imaginar cómo un pelo tan negro pudo ser alguna vez rojo. Aún no se acostumbraba a los cambios drásticos ni de pelo ni de nada. Luego la vio sacar un guacal en cuyo interior reposaba una serpiente amarilla de anillos pardos. Se la enroscó en el cuello con delicadeza, casi con ternura, mientras le hablaba en un idioma incomprensible. Candelaria conocía lo suficiente de serpientes para saber que aquella no era venenosa.
Pero no siempre fue así. La vez que su padre, a manera de broma, le dejó una docena de sapos revolcándose dentro de la ducha de su cuarto estuvo una semana entera sin bañarse allí. O cuando fue a supervisar el nido de los mirlos recién nacidos y encontró una culebra dándose un banquete con los pichones intentó agarrarla a pedradas, con una pésima puntería, por cierto. Su padre, en ese entonces, le dijo que la vida era así. Que tenía que haber mirlos para que hubiera culebras y culebras para que controlaran los ratones. Eso la ponía en el dilema moral de proteger a unos y despreciar a otros basándose exclusivamente en sus gustos personales y en sus necesidades. Apenas empezaba a darse cuenta de que crecer no es otra cosa que tomar decisiones. Cuando creyó haberse decidido en contra de anfibios y reptiles, su padre la llevó al humedal con el fin de obligarla a interactuar con ellos. Se aplicó con tanto fervor a la enseñanza que, al final, Candelaria les perdió el miedo por completo y hasta terminó por interesarse en esos seres húmedos, rugosos y, para la mayoría de la gente, repulsivos. Fue entonces cuando concluyó que tomar decisiones es lo que nos hace adultos, pero arrepentirse de ellas es lo que nos hace humanos. De ahí le quedó la manía por recolectar renacuajos y esperar tres lunas llenas hasta que se convirtieran en sapos. De ahí también que no se asustara al ver la serpiente de la recién llegada. Le pareció inofensiva, tímida y puede que, incluso, hasta asustadiza. Sin duda, era una serpiente incapaz de cazar su propio alimento. Lo supo con solo mirarla.
—Llévame a mi cuarto —le pidió a Candelaria—. ¡Vamos, cariño, abre bien los ojos! ¿O vas a quedarte ahí pasmada como tu hermano?
—Es mi hermanastro —aclaró mientras abría los ojos al límite que sus párpados le permitían—. ¿No trae más equipaje?
—No tuve tiempo de empacarlo. Por cierto, digamos que me llamo Gabi de Rochester-Vergara y esta es Anastasia Godoy-Pinto —dijo acariciando la serpiente que ahora dormitaba alrededor de su cuello.
—¡Vamos! —le dijo Candelaria a Tobías que seguía inmóvil, observando la escena. Ni siquiera había recogido las llaves del suelo ni contado los billetes del fajo que Gabi había depositado en su pantalón.
—No te preocupes por el pasmarote de tu hermano, cariño. Los hombres a esa edad suelen ser tontos. Y la mayoría empeora con los años, lo cual es una suerte para mujeres como nosotras.
—Es mi hermanastro —aclaró por segunda vez con la intención de marcar distancia.
No era algo que hiciera a menudo, de hecho, nunca lo hacía, le gustaba referirse a Tobías como su hermano, pero la presencia de la mujer, de una u otra manera, la había obligado a tomar distancia. Intuyó que, si no quería ser tildada de tonta, tendría que diferenciarse de él.
El tintineo continuaba, no porque venteara más que de costumbre, pues en ese caso, además de los cascabeles, también habrían sonado los guaduales como flautas y es posible que hasta hubieran cantado las guacharacas anunciando una lluvia pasajera de esas que llegan cuando nadie las espera y se van de la misma forma. Lo que pasaba era que los conejos brincaban cerca de la casa porque la cosecha de guayabas estaba a reventar. Había tantas frutas que los pájaros se daban el lujo de picotearlas todas y luego tirarlas al suelo y justo esas eran las que mordisqueaban los conejos mientras batían los cascabeles que les rodeaban el cuello generando un sonido hipnótico, imposible de ignorar. Candelaria se alegró al darse cuenta de que la recién llegada, por fin, había oído la canción de los conejos. Lo advirtió al verla apretar los labios y barrer el entorno con la mirada llena de curiosidad. Una vez que detectó los conejos, Gabi se quedó mirándolos completamente inmersa en el sonido que producían mientras retozaban sobre las guayabas maduras cuyo aroma dulzón el viento transportaba hasta su nariz.
Candelaria reparó en el vestido blanco que tenía puesto, ignorando que la recién llegada siempre vestía de ese color con el fin de resaltar el bronceado y, además, porque combinaba bien con sus tacones rojos. No pudo contener la sonrisa cuando volvió a reparar en ellos con más detalle y hasta hizo cálculos sobre cuánto tiempo iba a aguantar sin despojarse de la incomodidad que, seguro, le generaban. Lo que ocurría era que Candelaria le había declarado la guerra a todo tipo de zapatos y aún no sabía que una mujer como Gabi de Rochester-Vergara se quitaría más fácil la ropa que los tacones. Aun así, cojeaba un poco al andar, tal vez debido a la inestabilidad del terreno, a fin de cuentas, parecía una mujer acostumbrada a pisar asfalto, no hierba, cascajo y tierra suelta.
Candelaria suponía muchas cosas, las evidentes, las obvias, pero sentía que se le escapaban aquellas verdaderamente importantes. Era fácil deducir que unos dientes tan perfectos habían sido alineados a punta de ortodoncia y blanqueados con alguno de esos tratamientos que los dejan en aquel tono impreciso donde termina el blanco y empieza el azul. Lo difícil, entonces, era saber por qué una mujer que pudo costearse esa sonrisa andaba en un Jeep cuyo parachoques estaba lleno de sangre y pelos; menos mal que si su hermano hacía bien el trabajo muy pronto el carro yacería bajo tierra y eso, junto con la dosis de silencio adecuada, era casi lo mismo que no haber existido. Tampoco era fácil saber por qué el equipaje no era más que un bolso de cuero lleno de fajos de billetes empacados a última hora y, la compañía, una serpiente perezosa que ahora mismo tenía enroscada alrededor del cuello. Se le ocurrió pensar que, tal vez, estuviera huyendo.
Su padre alguna vez le había dicho que las personas que huyen nunca tienen tiempo de hacer un equipaje decente. Tampoco usan sus nombres verdaderos ni carros propios para evitar que los rastreen. Y menos aún contratan conductores, a no ser que estén dispuestos a deshacerse de ellos para impedir que la información sobre el paradero final les quede brincando en la punta de la lengua. Pero su padre era un buen contador de historias, aunque la verdad es que a veces parecía un mentiroso profesional y había una gran diferencia entre lo uno y lo otro.
Pensó en los renacuajos. Era un buen día para llenar la pecera con nuevos ejemplares. Tener inquilinos representaba un acontecimiento cuya duración era importante registrar. Luego pensó en Tobías y deseó que sus brazos flacuchos estuvieran ya cavando un hoyo lo suficientemente grande para enterrar el Jeep. Confiaba en que la complicidad de la tierra pudiera disolverlo o, al menos, ocultarlo de la vista y hacerles pretender que nunca había existido, pero al volver la vista atrás se dio cuenta de que su hermano seguía inmóvil. Solo se le movían unas hebras de pelo y la razón era que, por fin, había un poco de viento. Tobías, como muchas cosas en Parruca, también tendía a la quietud: como el polvo a lo largo del camino, como los renacuajos de la pecera o como las ballenas que se apostaban como guardianes alrededor de la casa, aunque eso les impidiera cantar.
Acompañó a Gabi a la casa, un poco insegura, un poco curiosa por conocer la reacción de la mujer ante un lugar extraño como Parruca. Mientras caminaban la vio sacar del bolso un frasco de vidrio con dos ratones dentro. Se le ocurrió que entre extraños podrían llegar a entenderse y por lo tanto tenerla como huésped en Parruca no podía ser tan mala idea. Por un lado, necesitaban el dinero para sostener la propiedad y, por otro, tal vez podría convencerla de que la acompañara a buscar a su padre. Ya estaba cansada de seguir acumulando preguntas sobre su partida. Justo cuando ese pensamiento surcó su mente, oyó el chillido de uno de los ratones y entonces giró la cabeza y vio cómo Anastasia Godoy-Pinto le enterró los colmillos para reducirlo y lo engulló de un tirón sin siquiera masticarlo.
Cuando estuvieron frente a la casa, Gabi se detuvo un momento en el empedrado y se quedó observándola sin decir ni una sola palabra, seguro que en su mente intentaba encontrarle lógica a una propiedad que carecía de ella. En la boca aún se le dibujaba esa risita salpicada de inquietud con la que había llegado. Candelaria miró la casa y luego miró a la inquilina en un intento por descifrar sus pensamientos. Se dio cuenta de cómo cambió la percepción que tenía de las cosas ahora que las observaba a través de los ojos de otro. Debió haber podado un poco las enredaderas que se derramaban por la fachada como si fueran cascadas verdes. O retirado las melenas grisáceas que pendían de los laureles. También debió limpiar el musgo alrededor de las ballenas y raspar los líquenes de las columnas de madera. Después de que pasaron los conejos interpretando la que siempre fue su melodía favorita, pensó si acaso esos cascabeles tintineantes eran molestos para quien no estuviera acostumbrado a ellos.
Empezó a sentirse mal por haber permitido que la vegetación les arrebatara la casa y porque los árboles hubieran decidido por sí mismos dónde plantarse. Curiosamente sintió vergüenza por aquello por lo que su padre la había hecho sentir orgullosa: las plantas, los conejos, el caos de la naturaleza, los sonidos de todas las cosas. Miró a Gabi para tratar de explicarle que la casa estaba en mantenimiento, que mejoraría, que todo estaba bajo control, pero de pronto le pareció que esa risita indescifrable que estuvo intentando contener en el borde de la boca era casi de euforia. Le brillaban los ojos, las mejillas y los dientes blanquiazules.
—Espero que mi cuarto esté así de enmarañado, cariño. Adoro las plantas. En especial las que alejan las pesadillas y los problemas. Sobre todo, esas. Las que alejan los problemas..., espero encontrar algunas por acá.
—Aquí todo está tan enmarañado que uno no puede quedarse quieto mucho tiempo —dijo Candelaria—. Hace poco mi hermano se sentó a meditar y una mirla casi anidó en su pelo.
—Por eso no pueden cerrarse los ojos tanto tiempo, cariño. Se corre el riesgo de creerse los propios sueños.
Una vez dentro, se hizo evidente que el silencio era más propio de un lugar sagrado que de una vivienda. Candelaria advirtió la quietud del cuerpo de Gabi en contraste con los ojos que le brincaban curiosos de un lado a otro, tratando de asimilar si la casa estaba en medio de la vegetación o si la vegetación estaba en medio de la casa. Ninguna pronunció ni una sola palabra y por eso se oyó hasta el aleteo de las mariposas estrellándose contra las vidrieras y el eterno rasguñar de los armadillos haciendo túneles bajo tierra. Había más ventanales que paredes: inmensos, transparentes, testigos silenciosos del rumor de la maleza. Se suponía que su función era marcar la línea entre estar dentro o fuera de la vivienda, pero desde hacía rato parecía que tanto los humanos como las plantas habían dejado de distinguir lo uno de lo otro. Cuando se sintió en confianza, Gabi empezó a caminar con el sigilo de quien apenas está descubriendo el mundo. El golpeteo de sus tacones le recordó a Candelaria el constante martillear del suelo con el que su padre trataba de impedir que se asomaran las raíces entre las grietas. Pero esa guerra siempre estuvo perdida desde mucho antes de que él se fuera y por eso consideró apropiado alertarla de posibles tropiezos. Gabi miró al suelo y vio raíces asomadas por todas partes aprovechando cualquier descuido para seguir reclamando terreno. Se alargaban con una fertilidad descontrolada. Cada brote se ramificaba en otro y este, a su vez, en otro más. Daba la sensación de que si uno se sentaba a observarlos fijamente un buen rato, los vería crecer y retorcerse como lombrices en tierra fértil.
A Gabi se le escapó una mueca cuando vio un árbol de mangos creciendo en mitad de la sala. Estaba lleno de flores blancas. Pronto daría cosecha. Candelaria no supo si la mueca era por asombro o incredulidad o por ambas cosas. Un portazo en la planta alta la obligó a alzar la mirada, y al hacerlo notó que los biseles de la lámpara estaban llenos de insectos muertos y de telarañas balanceándose como serpentinas transparentes. Deseó que Gabi no lo hubiera notado. Su padre era obsesivo con las telarañas, jamás habría permitido que llegaran a acumularse de esa manera. Arriba en la cúpula del techo zumbaban algunas abejas. Se veían de todos los colores porque los vitrales teñían los rayos de sol que se filtraban por ellos.
Al portazo lo siguieron unos pasitos delicados en pleno descenso por las escaleras. Candelaria sintió un poco de vergüenza al percatarse de que su madre había decidido salir del cuarto y ahora bajaba hacia ellas. Tenía el cuerpo envuelto en una toalla que dejaba ver su extrema blancura, sus venas abultadas y los puntos rojos que le dejaban las picadas de las sanguijuelas en el cuerpo. Estaba descalza, como de costumbre. Candelaria vio los ojos de asombro que puso Gabi al verla y tuvo la certeza de que su madre seguía siendo un espectro. El mismo en el que se había convertido desde que el padre se marchara tres lunas llenas atrás, cuando los sapos grandes y brillantes que ahora nadaban en el estanque eran apenas unos renacuajos diminutos que cabían en la palma de la mano.
—¿Y quién es esta? —preguntó la madre.
—La primera huéspeda que llega a Parruca —respondió Candelaria.
—¿Y la serpiente?
—Es la mascota de la primera huéspeda que llega a Parruca.
—Apuesto a que no tiene dinero —dijo la madre.
—Lo que no tengo es en qué gastármelo —dijo Gabi.
—Entonces bienvenida. Me llamo Teresa. Acomódala en uno de los cuartos de abajo —ordenó—. ¿Dónde está tu hermano?
—Enterrando el Jeep en el que vino Gabi.
—Que tenga cuidado con las madrigueras de los armadillos. Donde derrumbe alguna, ahí sí se termina de caer esta casa —dijo antes de dirigirse al estanque.
La madre atravesó el salón principal esquivando las raíces y las baldosas levantadas, más por costumbre que por pericia. Candelaria reparó en los nudos del pelo y se preguntó si lo tenía demasiado largo para que el peine los desatara o si llevaba mucho tiempo sin peinarse. El blanco de las canas había superado al color original y eso la hizo fantasear sobre cómo se vería con un pelo oscuro como el de Gabi. Una vez abandonó la casa, escudriñó a la forastera para tratar de descifrar la impresión que la madre había dejado en ella. Pero, al parecer, las preocupaciones de Gabi eran de otra índole y no tenían nada que ver con canas ajenas, nudos en el pelo, raíces rebeldes, telarañas y árboles de mango creciendo en mitad de la sala.
—¡No estoy dispuesta a descalzarme! —comentó Gabi al cabo de un rato.
Candelaria la miró con extrañeza, tratando de entender adónde quería llegar con el anuncio.
—Ignoro si todos en esta casa andan descalzos porque es un hábito familiar, una estrategia para no tropezarse o una regla absurda propia de un lugar absurdo como este, pero sea lo que sea, no pienso descalzarme —dijo. Y luego, como para que quedara aún más claro añadió—: Ni muerta.
—Aquí, como se habrá dado cuenta, todo el mundo hace lo que le da la gana. Y eso incluye desplazarse con o sin zapatos —dijo Candelaria mirándose las plantas sucias de los pies.
Recordó cuando su padre la hacía parar sobre las baldosas calientes con el fin de que sacara callo y resistiera las inclemencias del terreno. A media tarde, cuando más calientes estaban, la hacía pararse y le contabilizaba el tiempo que resistía sin emitir ni una queja y sin meter los pies en la piscina para aliviar las quemaduras. La primera vez aguantó cinco segundos, luego veinte y treinta y así cada vez más. Para el final de ese verano había soportado dos minutos, hasta que llegó el día en que la planta del pie se engrosó y nunca más volvió a necesitar zapatos. Era algo de lo que solía sentirse orgullosa, pero ahora, ante la reticencia de la recién llegada a quitarse los tacones, no supo si andar descalza era motivo de orgullo o de vergüenza. Notó que Gabi se quedó más tranquila de saber que podía, si así lo hubiera querido, dormir o nadar con los tacones puestos. Lo supo por el desparpajo con el que la vio caminar alrededor del árbol de mangos y rozar la madera del tronco con los dedos como si necesitara cerciorarse de que era real. Luego se metió una hoja de albahaca en la boca y la masticó muy despacio mientras los pensamientos le deambulaban por quién sabe qué vericuetos de la mente. Pisó las sombras coloreadas por los vitrales, a veces rojas o azules o verdes según el reflejo que las filtrara.
Más tarde reparó en las inmensas vidrieras que iban del suelo al techo y, al ver su reflejo en ellas, no pudo evitar la tentación de mirarse de arriba abajo. Se arregló el peinado, se quitó los restos de polvo y se alisó las arrugas del vestido. Dedicó unos segundos a acomodarse el busto de manera que se viera más voluptuoso y luego se pasó la mano por el abdomen, como si quisiera comprobar que estaba plano. Por la amplitud de la sonrisa podría decirse que Gabi estaba satisfecha con su aspecto físico. Lo que Candelaria ignoraba era que esa sonrisa se debía a haber encontrado un lugar adecuado para camuflarse, como lo hacen los animales entre el follaje cuando no quieren que los encuentren. Aunque la verdad era que también se sentía a gusto con la forma en que lucía, y cada vez que miraba su reflejo en los cristales era más por placer que por necesidad de comprobación. Gabi era bonita. Y eso era algo que ciertas mujeres deben tener claro, en especial cuando su subsistencia depende enteramente de ello. Pero asuntos como esos aún estaban lejos de la comprensión de Candelaria, porque había logrado llegar hasta los doce años sin preguntarse si era bonita o no. Ni siquiera tenía un espejo ni tampoco, a excepción de su madre, un referente femenino con el cual compararse, por lo menos hasta ahora que veía a otra mujer regocijándose en el reflejo de su propia belleza.
Otra de las cosas que ignoraba eran las razones por las cuales Gabi tuvo que robar el Jeep y manejarlo sin cansancio a través de caminos olvidados. O aceptar las invitaciones del azar y detenerse solo cuando se le acabara el combustible o las llantas explotaran de tanto andar. No paró a socorrer los animales que golpeó con el parachoques ni se tomó el trabajo de poner al pie de la cuneta sus cuerpos sin vida. Cuando la oyó suspirar, adivinó que era un suspiro de alivio, de ilusión, puede incluso que hasta de enamoramiento, porque había oído infinidad de veces los suspiros de su madre y ninguno sonó nunca tan placentero como sonaban los de aquella mujer. Lo más posible es que durmiera bien en su nuevo cuarto, pues, tal y como lo había demandado, era toda una maraña de enredaderas y plantas. Candelaria deseó que fueran de las que alejan los malos sueños, pero es que otra cosa que ignoraba era el tipo de pesadillas que atormentaban a Gabi de Rochester-Vergara todas las noches desde tiempos inmemoriales.
Parruca es un buen lugar para esconderse. Viven pocas personas, es difícil llegar y las montañas no hablan. Nadie delata a nadie. Así se comportan quienes tienen asuntos que ocultar. A veces es mejor así: yo no hablo, tú no hablas, las montañas no hablan. Eso es lo que pasa con las personas que andan huyendo, nunca pueden estar seguros de adónde van a ir a parar, ni lo que les espera a donde sea que lleguen. Pero no siempre fue así. Antes de ser un buen lugar para esconderse, Parruca ni siquiera era un lugar sino una canción, porque el padre era un artista empeñado en crear ballenas que no cantaban y en oír canciones donde no las había. Y Candelaria, por su parte, era una niña que, de verdad, llegó a creer en las palabras de su padre. Si cerraba los ojos y ponía un poco de empeño aún era capaz de percibir los sonidos que él le había enseñado a escuchar.
Sonaban las campanas alrededor del cuello de los conejos y el canto de los currucutúes parapetados en las ramas de los laureles. Retumbaban las goteras al estrellarse en el techo en su imparable descenso hasta los charcos del suelo. Crujían los pasos de la madre a lo largo de los corredores y los martilleos del padre en su eterna lucha por mantener unidas las baldosas para que nadie se tropezara. Zumbaban las abejas y también se quejaban las columnas de madera y los travesaños del techo de tanto beberse la humedad del amanecer.
La madre también aportaba melodías pero sobre todo florescencia. Estaba convencida de que la música tenía más efecto sobre las plantas que el abono. Hizo experimentos con varios géneros musicales y, al final, llegó a la conclusión de que la ópera era lo que más les gustaba. Pero no todas las obras funcionaban de la misma manera. Según ella, las plantas también eran sensibles a las melodías tristes. Con ciertas piezas reaccionaban de inmediato a la melancolía y era entonces cuando las regañaba: «Debería darles pena ese follaje todo decaído y las flores mirando al suelo. Habiendo tanto cielo y a ustedes solo se les ocurre mirar para abajo», les decía, porque la madre, además de ponerles música a sus plantas, también hablaba con ellas. Un día durante el desayuno anunció: «La gazza ladra. Esa es la más efectiva. Háganse el favor de salir y ver lo que está a punto de pasar», dijo mientras le subía el volumen a la ópera de Rossini.
Pero nada pasó. O por lo menos eso le pareció a Candelaria. Los árboles ondeaban al vaivén del viento y susurraban entre el folla