El cielo de New Prospect, atravesado por robles y olmos desnudos, estaba lleno de promesas húmedas —un par de sistemas frontales sombríamente confabulados para traer una Navidad blanca— mientras Russ Hildebrandt hacía la ronda matinal en su Plymouth Fury familiar por los hogares de los feligreses seniles o postrados en cama. La señora Frances Cottrell, miembro de la congregación, se había ofrecido a ayudarlo esa tarde a llevar juguetes y conservas a la Comunidad de Dios, y aunque Russ sabía que sólo como pastor tenía derecho a alegrarse por el acto de libre albedrío de la mujer, no podría haber pedido un mejor regalo de Navidad que cuatro horas a solas con ella.
Después de la humillación que Russ había sufrido tres años antes, el párroco de la iglesia, Dwight Haefle, había aumentado su cuota de visitas pastorales. Qué hacía exactamente Dwight con el tiempo que le ahorraba su auxiliar, aparte de tomarse vacaciones más a menudo y trabajar en su largamente esperada colección de poesía lírica, Russ no lo tenía claro. Aun así, apreciaba el coqueto recibimiento de la señora O’Dwyer, a quien una amputación tras un edema severo había confinado en una cama de hospital instalada donde había sido el comedor de su casa, y en general la rutina de servir a los demás, en particular a quienes, a diferencia de él, no recordaban nada de lo sucedido tres años antes. En el asilo de Hinsdale, donde el olor a pino de las coronas navideñas mezclado con el de las heces geriátricas le recordaba a las letrinas del altiplano de Arizona, Russ le mostró al viejo Jim Devereaux el nuevo anuario parroquial, que últimamente usaban como pretexto para iniciar la conversación, y le preguntó si se acordaba de la familia Pattison. Para un pastor envalentonado por el espíritu de Adviento, Jim era el confidente ideal: un pozo de los deseos donde nunca resonaría el eco de una moneda al llegar al fondo.
—Pattison —musitó Jim.
—Tenían una hija, Frances. —Russ se acercó a la silla de ruedas del feligrés y buscó las páginas de la ce—. Ahora lleva el apellido de casada... Frances Cottrell.
Nunca hablaba de ella en casa, ni siquiera cuando habría sido lógico mencionarla, por temor a lo que su esposa pudiera adivinar en su voz. Jim se inclinó para ver mejor la fotografía de Frances y sus dos hijos.
—Ah... ¿Frannie? Sí que recuerdo a Frannie Pattison. ¿Qué fue de ella?
—Ha vuelto a New Prospect. Perdió a su marido hace un año y medio: una tragedia. Era piloto de pruebas en General Dynamics.
—¿Y dónde está ahora?
—Ha vuelto a New Prospect.
—¡Vaya, vaya! Frannie Pattison. ¿Y dónde está ahora?
—Ha vuelto a casa. Ahora se llama Frances Cottrell. —Russ la señaló en la foto y repitió—: Frances Cottrell.
Iban a verse en el aparcamiento de la Primera Reformada a las dos y media. Como un niño incapaz de esperar hasta Navidad, Russ llegó allí a la una menos cuarto, sacó la fiambrera y comió dentro del coche. En los días malos, que habían sido muchos en los tres años anteriores, recurría a un intrincado rodeo —entraba por la sala de actos de la iglesia, subía una escalera y recorría un pasillo flanqueado por pilas de cantorales proscritos, cruzaba un almacén donde se guardaban atriles desvencijados y un belén expuesto por última vez once Navidades atrás, un batiburrillo de ovejas de madera y un buey manso encanecido por el polvo con el que sentía una desolada fraternidad; a continuación, tras bajar una escalera angosta donde sólo Dios podía verlo y juzgarlo, accedía al templo por la puerta «secreta» que había en el panel trasero del altar para salir al fin por la entrada lateral del presbiterio— con tal de no pasar por el despacho de Rick Ambrose, el director del programa juvenil. Los adolescentes que se agolpaban delante de su puerta eran demasiado jóvenes para haber asistido en persona a su humillación, pero seguro que conocían la historia y él no podía mirar a Ambrose sin delatar su fracaso a la hora de perdonarlo siguiendo como debía el ejemplo del Redentor.
Aquél era un día muy bueno, sin embargo, y los pasillos de la iglesia estaban aún desiertos. Fue directamente a su despacho, puso papel en la máquina de escribir y empezó a rumiar el sermón para el domingo siguiente a Navidad, cuando Dwight Haefle estaría otra vez de vacaciones. Se arrellanó en la butaca, se peinó las cejas con las uñas, se pellizcó el caballete de la nariz, se toqueteó la cara de perfiles angulosos que, como había comprendido demasiado tarde, muchas mujeres (no sólo la suya) encontraban atractivos e imaginó un sermón sobre su misión navideña en los barrios del sur de la ciudad: predicaba con demasiada frecuencia sobre Vietnam o sobre los navajos. Atreverse a decir desde el púlpito las palabras «Frances Cottrell y yo tuvimos el privilegio de...» —pronunciar su nombre mientras ella escuchaba desde un banco en la cuarta fila y los ojos de la congregación, quizá con envidia, la conectaban con él— era un placer desdichadamente coartado por su esposa, que leía los sermones de antemano, también se sentaría en un banco de la iglesia e ignoraba su encuentro de aquel día con Frances.
En las paredes de su despacho había un póster de Charlie Parker con su saxo y otro de Dylan Thomas con su cigarrillo, una foto más pequeña de Paul Robeson enmarcada junto a un programa de mano de su presentación en la iglesia de Judson en 1952, el diploma del seminario bíblico de Nueva York donde estudió y una foto ampliada de él y dos amigos navajos en Arizona en 1946. Diez años antes, cuando asumió como auxiliar del párroco en New Prospect, esas señas de identidad tan sagazmente elegidas sintonizaban con los jóvenes cuyo crecimiento en Cristo era parte de su labor pastoral. En cambio, para los chicos que últimamente atestaban los pasillos de la iglesia, con sus pantalones de campana, sus petos vaqueros y sus pañuelos en el pelo, sólo significaban antigüedad obsoleta. El despacho de Rick Ambrose, aquel muchacho de greñas morenas y lustroso bigote a lo Fu Manchú, recordaba a un parvulario: las paredes y las estanterías engalanadas con las toscas efusiones pictóricas de sus jóvenes discípulos, con los amuletos de piedra, los huesos blanqueados y los collares de flores silvestres que le regalaban, con los carteles serigrafiados de conciertos benéficos sin vínculos discernibles con ninguna religión que Russ reconociera. Después de la humillación se había escondido en su despacho para sufrir entre los emblemas desvaídos de una juventud que a nadie, salvo a su esposa, le parecía ya interesante. Y Marion no contaba porque fue ella quien lo empujó a ir a Nueva York, fue ella quien le descubrió a Parker, a Thomas y a Robeson, fue ella quien se entusiasmó con las historias de los navajos y quien lo apremió a seguir su vocación religiosa. Marion era inseparable de una identidad que había demostrado ser humillante y que sólo la llegada de Frances Cottrell había conseguido redimir.
—Dios mío, ¿éste eres tú? —dijo la primera vez que visitó su despacho, el verano anterior, mientras examinaba la foto de la reserva navaja—. Te pareces a Charlton Heston de joven.
Había acudido a Russ en busca de consejo para superar el duelo, otra faceta de su labor sacerdotal, aunque no la favorita, porque la pérdida más dolorosa que él había padecido hasta la fecha era la de Skipper, el perro que tenía de niño. Se tranquilizó al oír que la mayor queja de Frances, pasado un año tras la truculenta muerte de su marido en Texas, era una sensación de vacío. Cuando le sugirió que se uniera a uno de los círculos de mujeres de la Primera Reformada, ella hizo un ademán impaciente con la mano.
—No voy a ir a tomar café con las señoras de la parroquia —dijo—. Sé que soy madre de un chico que va a empezar el instituto, pero sólo tengo treinta y seis años.
En efecto, no tenía grasa ni bolsas ni flacidez ni arrugas: era la imagen misma de la vitalidad con aquel vestido ceñido sin mangas y estampado de cachemira, con aquel pelo rubio natural y corto como el de un chico, con aquellas manitas cuadradas como las de un chico. A Russ le parecía obvio que pronto volvería a casarse, que el vacío de aquella ausencia tal vez sólo era la añoranza de un marido, pero también recordó la rabia que le dio a él cuando, poco después de que muriese Skipper, su madre le preguntó si quería otro perro.
Le habló a Frances de un círculo de mujeres en particular, distinto de los otros y dirigido por él mismo, que trabajaba hermanado con la Comunidad de Dios, una iglesia de la zona más pobre del casco urbano.
—Esas señoras no van a tomar café —dijo—. Pintamos casas, desbrozamos terrenos, tiramos trastos viejos. Llevamos a los ancianos al médico, ayudamos a los niños con los deberes de la escuela. Lo hacemos cada dos martes, el día entero. Y añadiré que espero con ganas esos martes. Es una de las paradojas de nuestra fe: cuanto más das a los desfavorecidos, más plenamente te sientes en Cristo.
—Pronuncias su nombre con tanta facilidad... —dijo Frances—. Hace tres meses que voy a misa los domingos y sigo a la espera de sentir algo.
—Ni siquiera mis sermones te han conmovido.
Ella se ruborizó un poco con aire cautivador.
—No me refería a eso. Tienes una voz preciosa. Es sólo que...
—Francamente, es más probable que sientas algo un martes que un domingo. Yo mismo preferiría estar en los barrios del sur que dando sermones.
—¿Es una iglesia de negros?
—Es una iglesia negra, sí. Kitty Reynolds es nuestra cabecilla.
—Kitty me cae bien. Me dio lengua al final de secundaria.
A Russ también le caía bien Kitty, aunque advertía que lo miraba con recelo, como a cualquier macho de la especie; Marion lo había invitado a considerar que Kitty, soltera tenaz, probablemente era lesbiana. Se vestía como un leñador para sus excursiones quincenales a la zona sur y no había tardado en tomar posesión de Frances insistiendo en que fuese y volviese con ella mejor que en el coche familiar de Russ. Consciente de esa suspicacia, él le cedió el terreno a Kitty, pero aguardaba el día en que estuviera indispuesta.
El martes después de Acción de Gracias, en medio de un brote de gripe, sólo tres señoras, todas ellas viudas, se presentaron en el aparcamiento de la Primera Reformada. Frances se montó en el asiento delantero de su Fury con una gorra de lana a cuadros como la que Russ llevaba de niño, y se la dejó puesta, tal vez por el escape en el radiador de la calefacción del coche, que empañaba el parabrisas si no dejabas una ventanilla bajada. ¿O acaso sabía que aquella gorra de caza le daba un adorable aire andrógino que lo desgarraba por dentro y ponía a prueba su fe? Las dos viudas mayores quizá sí lo supieran porque durante todo el trayecto hasta el sur de la ciudad, más allá del Aeropuerto Midway y la calle 55, a Russ le pareció que lo atosigaban desde el asiento trasero con preguntas mordaces sobre su esposa y sus cuatro hijos.
La Comunidad de Dios era una pequeña iglesia de ladrillo ocre, sin campanario, construida originariamente por alemanes; tenía anejo un centro parroquial con techo de tela asfáltica. Al frente de la congregación, de mayoría femenina, se hallaba un pastor de mediana edad, Theo Crenshaw, que le hacía un favor al círculo de los acomodados suburbanitas aceptando su caridad sin dar las gracias. Theo se limitaba a entregar cada dos semanas a Russ y Kitty una lista de tareas enumeradas en orden de prioridad; allí no iban a predicar, sino a servir. Kitty se había manifestado con Russ para reivindicar los derechos civiles, pero él tuvo que amonestar a otras mujeres del grupo y explicarles que, aunque a ellas les costara entender aquel inglés «urbano», no era necesario que alzaran la voz ni que hablaran lento para que las entendieran. Quienes captaron la idea y lograron vencer el miedo a caminar por la manzana del 6700 al sur de Morgan Street, vivieron una poderosa experiencia con el círculo. A las que no la captaron (algunas se habían unido para no ser menos y no quedar marginadas) se vio obligado a infligirles la misma humillación que él había padecido a manos de Rick Ambrose y pedirles que no volvieran más.
Como Kitty siempre la llevaba pegada a su lado, aún estaba por ver lo que Frances podía dar de sí. Cuando llegaron a Morgan Street salió del coche con desgana y esperó a que se lo pidieran antes de ayudar a Russ y las otras viudas a cargar las cajas de herramientas y las bolsas de ropa de invierno donada al centro parroquial. Esa falta de iniciativa hizo que de pronto a Russ lo asaltaran dudas (tal vez había confundido el estilo con la sustancia, una simple gorra con el espíritu aventurero), pero un soplo de compasión las disolvió cuando Theo Crenshaw, ignorando a Frances, pidió a las dos viudas mayores que catalogaran una remesa de libros de segunda mano para la catequesis dominical. Los dos hombres iban a instalar una nueva caldera en el sótano.
—¿Y Frances? —preguntó Russ.
Andaba merodeando por la puerta de la calle. Theo la escrutó fríamente.
—Hay un buen montón de libros.
—¿Por qué no nos ayudas a Theo y a mí? —le propuso Russ.
Frances asintió con entusiasmo; así se confirmaba el instinto compasivo de Russ y se disipaba la sospecha de que en realidad él pretendía alardear de su fuerza o de su habilidad con las herramientas. En el sótano se quedó en camiseta interior, rodeó con los brazos la vieja y sucia caldera cubierta de amianto y la levantó de su soporte. Con cuarenta y siete años ya no era un esbelto retoño; el pecho y los hombros se le habían ensanchado como a un roble. Frances, en cualquier caso, no podía hacer mucho más que mirar. Cuando la toma de agua empotrada se desprendió de la pared y tuvo que trabajar con el cincel y una terraja, Russ tardó en advertir que ella se había ido del sótano.
Lo que más le gustaba a Russ de Theo era esa reticencia que le ahorraba la vanidad de creer que ambos podían ser compinches interraciales. Theo sabía lo básico sobre Russ (que no temía trabajar duro, que nunca había vivido lejos de la pobreza, que creía en la divinidad de Jesucristo) y ni pedía ni deseaba entrar en más honduras. Acerca de Ronnie, por ejemplo (el chico retrasado del vecindario que entraba y salía a su antojo del centro parroquial en cualquier época del año, y a veces se detenía para mecerse con los ojos cerrados en un peculiar vaivén o gorronear un cuarto de dólar a alguna señora de la Primera Reformada), Theo sólo le dijo: «Mejor deja a ese chico tranquilo.» Cuando aun así Russ intentó charlar con Ronnie preguntándole dónde vivía y quién era su madre, el chico contestó: «¿Me da veinticinco centavos?» Theo le dijo entonces a Russ, esta vez con más rotundidad: «Más vale que lo dejes en paz.»
A Frances nadie le había dado esa indicación. Al subir a almorzar la encontraron sentada junto a Ronnie en el suelo del salón parroquial con una caja de ceras de colores. Ronnie llevaba un anorak que sin duda provenía de las donaciones de New Prospect y se balanceaba sobre las rodillas mientras Frances dibujaba un sol naranja en una hoja de papel prensa. Theo se detuvo en seco, hizo ademán de decir algo y se resignó a negar con la cabeza. Frances le ofreció a Ronnie el lápiz y miró a Russ ilusionada. Había encontrado una manera de servir, de auxiliar a los demás, y él también se alegró por ella.
A Theo, que lo siguió hasta la iglesia, no le hizo ninguna gracia.
—Tienes que hablar con ella y decirle que Ronnie es coto vedado.
—La verdad, no veo que tenga nada de malo...
—No es ésa la cuestión.
Theo se marchó a casa a comer caliente con su mujer y Russ, sin querer desalentar el acto caritativo de Frances, se llevó la fiambrera a la sala de catequesis, donde las viudas mayores habían emprendido una reorganización íntegra. Cuando tu cuerpo está enfermo, lo entregas a la manipulación de extraños; cuando estás enfermo de pobreza, claudicas y te rindes a la descomposición de tu entorno. Sin pedir permiso, las viudas habían clasificado todos los libros infantiles creando etiquetas llamativas para hacerlos más vistosos. Cuando eres pobre, a veces cuesta ver lo que se debe hacer hasta que alguien te enseña a hacerlo con su ejemplo. Actuar sin permiso, inmiscuirse en las vidas ajenas, no era algo natural para Russ, pero resultó ser la lógica contrapartida de no esperar agradecimientos. Cuando se adentraba en un patio plagado de hierbajos y zarzas hasta la altura de los hombros, no le preguntaba a la anciana dueña del solar qué matorrales o qué chatarra oxidada podía tirar. Una vez acabado el trabajo, las más de las veces, la anciana no le daba las gracias. «Anda que no cambia la cosa», le decía.
Estaba charlando con las dos viudas cuando oyó un portazo abajo y la voz de una mujer cada vez más encolerizada. Se levantó de un salto y bajó corriendo al salón parroquial. Frances agarraba un papel y retrocedía ante una joven a quien Russ nunca había visto, una mujer demacrada y con el pelo mugriento. Incluso desde la puerta notó que apestaba a alcohol.
—Éste es mi hijo, ¿te enteras? Mi hijo.
Ronnie continuaba arrodillado sin dejar de balancearse con sus ceras.
—Calma, calma —dijo Russ.
La joven se giró en redondo.
—¿Eres su marido?
—No, soy el pastor.
—Bueno, pues dile a ésta que no se acerque a mi niño. —Se dirigió de nuevo a Frances—: ¡No te acerques a mi niño, perra! ¿Y qué tienes ahí?, vamos a ver.
Russ se interpuso entre las dos mujeres.
—Señorita. Por favor.
—¿Qué es lo que tienes ahí?
—Es un dibujo —respondió Frances—. Un dibujo muy bonito. Lo ha hecho Ronnie. ¿A que sí, Ronnie?
El dibujo en cuestión era un garabato rojo sin pies ni cabeza. La madre de Ronnie se lo arrancó a Frances de la mano.
—Esto no te pertenece.
—No —dijo Frances—. Creo que lo ha hecho para ti.
—¿Sigue hablando conmigo, la tía? ¿Es eso lo que estoy oyendo?
—Creo que tenemos que tranquilizarnos todos un poco —intervino Russ.
—Esta tía tiene que apartar su culo blanco de mi cara y dejar en paz a mi niño.
—Lo siento —dijo Frances—. Es tan dulce, yo sólo estaba...
—¿Por qué sigue hablando conmigo? —La madre rompió el dibujo en cuatro trozos y de un tirón levantó a Ronnie del suelo—. Te dije que no te acercaras a esta gente, ¿no te lo dije?
—No sé —dijo Ronnie.
Ella le dio una bofetada.
—¿No lo sabes?
—Señorita —dijo Russ—, si vuelve a pegar al chico tendremos problemas.
—Ya, ya, ya. —Echó a andar hacia la puerta de la calle—. Vamos, Ronnie. Nos largamos de aquí.
Cuando se marcharon y Frances se deshizo en lágrimas, él la abrazó. Sentía los temblores con que se desahogaba del susto, pero también cómo encajaba aquella fina silueta en sus brazos, aquella cabecita delicada en su mano. Russ estaba a punto de llorar. Deberían haber pedido permiso. Debería haber estado atento para protegerla. Debería haber insistido en que ayudara a las otras señoras con los libros.
—No sé si estoy hecha para esto —dijo ella.
—Sólo ha sido mala suerte. Nunca había visto a esa mujer.
—Pero a mí me dan miedo y ella lo sabía. A ti no te asustan y te respetó.
—Se hace más fácil con el tiempo, persevera.
Ella negó con la cabeza: no lo creía.
Cuando Theo Crenshaw volvió de almorzar, a Russ le dio demasiada vergüenza mencionar el incidente. No tenía ningún plan con Frances, ninguna fantasía en concreto más allá del deseo de estar cerca de ella, y ahora, por presunción y por error, había echado por tierra la oportunidad de verla dos veces al mes. Ya era malo por desear a una mujer que no era su esposa y encima se le daba mal ser malo. Qué táctica tan grotescamente pasiva había sido llevarla al sótano. Al imaginar que con sólo verlo metido en faena lo desearía tanto como la deseaba él al verla haciendo cualquier cosa, se convertía justamente en el tipo de hombre que ese tipo de mujer no desearía jamás. Se aburrió mirándolo y Russ merecía cargar con la culpa de lo que sucedió después.
En el Fury, en el lento trayecto de regreso a New Prospect, permaneció callada hasta que una de las viudas le preguntó si a su hijo Larry, de quince años, le estaba gustando Encrucijada. Era la primera noticia que Russ tenía de que el chico se había unido al grupo juvenil de la iglesia.
—Rick Ambrose debe de ser un genio —dijo Frances—. Creo que el grupo en mis tiempos no tenía más de treinta chavales.
—¿Tú ibas de jovencita? —preguntó la viuda mayor.
—No, no había demasiados chicos guapos por allí. Ninguno, a decir verdad.
Viniendo de Frances, la palabra «genio» fue como vitriolo en el cerebro de Russ. Debería haber aguantado estoicamente, pero en sus días malos era incapaz de no hacer cosas que más tarde lamentaría. Era casi como si las hiciera precisamente para lamentarlas más tarde. Retorciéndose de vergüenza al mirar atrás, humillándose en soledad, encontraba el camino de vuelta a la misericordia de Dios.
—¿Sabéis por qué el grupo se llama Encrucijada? —preguntó—. Es porque a Rick Ambrose le pareció que los jóvenes podrían identificarse con el título de una canción de rock.
Era una verdad espinosa, una verdad a medias. El propio Russ había propuesto el nombre en un principio.
—Así que le pregunté, cómo no, si conocía la canción original de Robert Johnson. Y me miró perplejo. Porque para él, claro, la historia de la música empieza con los Beatles. Creedme, he oído la versión que hace Cream de «Crossroads». Sé muy bien lo que hay detrás: un hatajo de ingleses desvalijando a un auténtico maestro del blues negro americano y actuando como si ésa fuera su música.
Frances, con su gorra de caza, tenía la mirada fija en el camión que llevaban delante. Las viudas mayores contuvieron la respiración mientras aquel párroco auxiliar despellejaba al director del programa juvenil.
—Da la casualidad de que tengo la grabación original del «Cross Road Blues» de Johnson —alardeó en un tono repelente—. Cuando vivía en el Greenwich Village, bueno, ya sabéis que pasé una temporada en Nueva York, buscaba viejos discos de 78 revoluciones en las tiendas de segunda mano. Durante la Gran Depresión las discográficas se echaron al campo e hicieron grabaciones asombrosas: Leadbelly, Charley Patton, Tommy Johnson. Yo trabajaba para un programa extraescolar en Harlem y cada noche volvía a casa y ponía esos discos: era como si me transportaran directamente al Sur durante los años veinte. Había tanto dolor en esas viejas voces... Me ayudó a entender la congoja con que lidiaba a diario en Harlem. Porque eso es el blues en el fondo. Y eso es lo que se perdió cuando las bandas de músicos blancos empezaron a plagiar el estilo. No oigo ni rastro de dolor en esa nueva música.
Se hizo un silencio incómodo. La última luz de finales de noviembre se extinguía en colores de crayón bajo las nubes del horizonte suburbano. Ahora Russ tenía motivos más que sobrados para el arrepentimiento, motivos más que sobrados para un sufrimiento bien merecido. Esa artificiosa rectitud hundida en el pozo de sus peores días, la sensación de vuelta al hogar en sus humillaciones, eran su forma de saber que Dios existía. Mientras conducía hacia la luz mortecina saboreaba un anticipo de ese reencuentro.
Al llegar al aparcamiento de la Primera Reformada, Frances se demoró en el coche cuando las otras se marcharon.
—¿Por qué me ha tratado con ese odio? —preguntó.
—¿La madre de Ronnie?
—Nadie me había hablado nunca así.
—Siento mucho lo que te ha ocurrido —dijo él—. Pero a eso me refería al hablar del dolor. Imagínate ser tan pobre que tus hijos fuesen lo único que tienes, las únicas personas que se preocupan por ti y que te necesitan. ¿Qué harías si vieras a otra mujer tratándolos mejor que tú, dándoles lo que no puedes darles? ¿Puedes imaginar lo que sentirías?
—Entonces intentaría tratarlos mejor.
—Sí, pero eso es porque tú no eres pobre. Cuando vives en la miseria, las cosas te pasan sin más. Sientes que no puedes controlar nada. Estás completamente en las manos de Dios. Por eso Jesús nos dice que los pobres son bienaventurados porque no tener nada te acerca a Dios.
—No me ha parecido que esa mujer esté precisamente muy cerca de Dios.
—En realidad, Frances, no hay modo de saberlo. Saltaba a la vista que estaba furiosa y perturbada...
—Y borracha como una cuba.
—Y borracha como una cuba a mediodía. Pero aunque no sacáramos ninguna otra enseñanza de estos martes, deberíamos aprender que ni tú ni yo tenemos derecho a juzgar a los pobres. Sólo podemos servirlos.
—O sea, estás diciendo que fue culpa mía.
—Ni mucho menos. Te instigaba un mensaje generoso de tu corazón. Por eso jamás se puede culpar a nadie.
También él oía un mensaje generoso dentro de su corazón: aún podía ser un buen sacerdote para ella.
—Sé que cuesta verlo cuando uno está disgustado —dijo con suavidad—, pero lo que has vivido hoy es lo que la gente experimenta a diario en ese barrio. Insultos, prejuicios raciales... Y sé que el dolor no te es ajeno, no me puedo ni imaginar por lo que has pasado. Si decides que has sufrido bastante y prefieres no seguir trabajando con nosotros ahora mismo, no te lo voy a reprochar. Sin embargo, podrías aprovechar esta oportunidad para que tu dolor se convierta en piedad. Cuando Jesús nos dice que pongamos la otra mejilla, ¿qué nos está diciendo en realidad? ¿Que quien nos está ofendiendo es la encarnación del mal y debemos aguantarlo? ¿O nos recuerda que ese individuo es una persona como nosotros, una persona que siente el mismo dolor que nosotros? Sé que es difícil verlo, pero esa perspectiva siempre está ahí y creo que todos deberíamos luchar por sostenerla.
Frances sopesó sus palabras unos instantes.
—Tienes razón —dijo—. Me cuesta verlo de ese modo.
Y con eso pareció que daba por zanjado el asunto. Cuando la llamó por teléfono al día siguiente, como habría hecho cualquier buen pastor, ella le dijo que su hija tenía fiebre y que no podía hablar en ese momento. No se presentó a la misa dominical durante dos semanas y faltó a la siguiente cita del círculo de mujeres. Pensó en llamarla de nuevo, aunque sólo fuera para reabastecerse de vergüenza, pero la pureza de la herida abierta por aquella pérdida entonaba con las tardes oscuras y las largas noches de esa época del año. La habría perdido tarde o temprano (a lo sumo cuando uno de los dos muriera, a buen seguro mucho antes que eso) y su necesidad de volver a conectar con Dios era tan apremiante que se aferró al dolor casi con avaricia.
Frances lo llamó cuatro días atrás. Tenía un resfriado horroroso, le contó, pero no podía dejar de pensar en las palabras que Russ le había dicho en el coche. Ella misma no creía que tuviera entereza para ser como él, pero sentía que había superado una barrera, y Kitty Reynolds había mencionado un reparto navideño en los barrios del sur. ¿Podía acompañarlos y echar una mano?
Russ se habría conformado con la alegría de ser su pastor, su guía, si a continuación Frances no le hubiera pedido que le prestara algunas de sus grabaciones de blues.
—Nuestro tocadiscos se puede poner a 78 revoluciones por minuto —dijo—. Estoy pensando que, si voy a hacer esto, debería entender mejor su cultura o, al menos, intentarlo.
Russ se crispó al oír «su cultura», pero ni siquiera a él se le daba tan mal ser malo como para no saber lo que significaba compartir música. Subió al gélido desván del caserón que le proporcionaba la iglesia y pasó una hora larga de rodillas seleccionando y cribando una decena de discos, tratando de adivinar qué combinación prometía inspirar más sentimientos como los que él ya sentía por ella. Su conexión con Dios se había desvanecido, pero eso no lo inquietaba de momento. Le preocupaba Kitty Reynolds. Era esencial tener a Frances sólo para él, pero Kitty era muy avispada y a Russ se le daba fatal mentir. Cualquier estratagema que ideara (como quedar a las tres con ella y luego marcharse con Frances a las dos y media) sin duda despertaría las sospechas de Kitty. Vio que no tenía otra opción que ser franco con ella (hasta cierto punto) y contarle que Frances había pasado por un trance bastante penoso en la ciudad y necesitaba volver al escenario del trauma a solas con ella.
—Diría que no estuviste a la altura de las circunstancias —señaló Kitty cuando la llamó.
—Tienes razón. Fallé. Y ahora necesito ganarme de nuevo su confianza. Me parece alentador que quiera volver, pero el tema aún está muy delicado.
—Y ella es una preciosidad y llega la Navidad. Si se tratara de cualquier otro, Russ, sería muy malpensada.
Le dio vueltas a la insinuación de Kitty sin saber si lo juzgaba excepcionalmente bueno y fiable o excepcionalmente asexuado, timorato e inofensivo. En cualquier caso, ese comentario dio una emoción ilícita a su inminente cita con Frances. Por lo pronto sacó de contrabando la selección final de discos de blues, la llevó a la iglesia y se puso un viejo chaquetón, una andrajosa pelliza de carnero que, a su entender, le daba un poco de chispa. En Arizona había tenido esa chispa y, fuese o no justo, creía que era su matrimonio lo que la había apagado. Cuando Marion, después de su humillación, se comprometió lealmente a odiar a Rick Ambrose y lo tachó de «charlatán», Russ la interrumpió (la censuró) diciendo que Rick podía ser muchas cosas, pero no un charlatán: el caso era que él había perdido la chispa, ya no podía relacionarse de tú a tú con la gente joven y punto. Russ se flagelaba y lo ofendía que Marion interfiriera en el goce de su padecimiento. La vergüenza que sentía a diario desde entonces, tanto si pasaba por delante del despacho de Ambrose como si daba un cobarde rodeo con tal de evitarlo, lo había unido a la pasión de Cristo. Era un tormento que lo alimentaba en su fe, mientras que la suave caricia de la mano de Marion en su brazo, cuando intentaba consolarlo, era un tormento sin recompensa espiritual.
Desde su despacho, cuando por fin se acercaban las dos y media y con el folio en la máquina de escribir todavía en blanco, oyó la marabunta de los adolescentes que acudían a Encrucijada como a un panal de rica miel ofrecido por Ambrose a la salida de clase: el estruendo de sus correteos, el griterío de palabrotas que el señor Joder-Puta-Mierda alentaba usándolas incesantemente. Había entonces unos ciento veinte jóvenes en Encrucijada, entre ellos dos hijos del propio Russ; y tanto se había obcecado con Frances, tantas expectativas delirantes había puesto en su cita, que sólo ahora, al levantarse de su escritorio y ponerse la zamarra, se le pasó por la cabeza que podían cruzarse con su hijo Perry.
A los delincuentes ineptos se les pasan por alto los detalles más obvios. Las relaciones con Becky, su hija, se habían deteriorado desde que en octubre, de buenas a primeras, se unió a Encrucijada, pero al menos ella era consciente de que lo había herido en lo más hondo y rara vez la veía en la iglesia después de clase. Perry, en cambio, no tenía ningún tacto. Perry, a quien le habían calculado un cociente intelectual de 160, veía demasiado y se mofaba demasiado de lo que veía. Perry era perfectamente capaz de darle palique a Frances (con aquellos modales que parecían francos y respetuosos, pero que de algún modo no lo eran) y sin lugar a dudas se fijaría en la pelliza de carnero.
Russ podría haber dado el rodeo hasta el aparcamiento, pero el hombre que recurría a eso no era el hombre que se proponía ser hoy. Irguió los hombros, olvidó adrede los discos de blues, de manera que Frances y él tuviesen una razón para volver a su despacho ya de noche, y se adentró en la densa humareda de los cigarrillos que fumaba una docena de chicos acampados en el corredor. A primera vista no había señal de Perry. Una chica rolliza con los mofletes colorados estaba despatarrada tan ricamente en los regazos de tres tíos sobre el viejo diván descoyuntado que alguien (a pesar de las discretas objeciones de Russ a Dwight Haefle: el pasillo daba a una salida de incendios) había arrastrado hasta allí para los chavales que esperaban turno antes de que Ambrose los fustigara con una sinceridad brutal pero afectuosa en la privacidad de su despacho.
Russ avanzó sin levantar la mirada del suelo sorteando perneras de vaqueros y zapatillas deportivas, pero al aproximarse al despacho de su adversario vio con el rabillo del ojo que su puerta estaba entornada y entonces oyó la voz de Frances.
Se detuvo sin proponérselo.
—Es genial —decía ella efusivamente—. Hace un año tenía que llevarlo a la iglesia casi a punta de pistola.
A Ambrose, desde fuera, sólo se le veían los bajos deshilachados del pantalón y unas maltrechas botas de faena, pero la silla de Frances quedaba frente al pasillo y al ver a Russ lo saludó con la mano.
—¿Nos vemos fuera? —le preguntó.
Sabe Dios qué expresión se le quedó a Russ en la cara. Siguió caminando, a ciegas rebasó la entrada principal y se vio frente a la sala de actos. Notó el agua oscura que penetraba por los grandes agujeros de su corteza mental. La estupidez de no haber imaginado en ningún instante que pudiera acudir a Ambrose. El claro presentimiento de que Ambrose se la arrebataría. La culpa de haberle endurecido su corazón a la esposa que había jurado amar. La vanidad de creer que aquella zamarra de carnero haría de él algo más que un payaso fatuo, obsoleto y repelente. Quiso arrancarse el chaquetón e ir a por su abrigo de paño habitual, pero le faltaba valor para recorrer de nuevo el pasillo y, considerando el estado en que se hallaba, temía que se le saltarían las lágrimas si daba el rodeo y veía el buey polvoriento del belén.
«¡Dios mío, por favor ayúdame!», suplicó desde la ignominia de aquel chaquetón que lo cubría.
Si Dios contestó a su ruego fue para recordarle que la manera de soportar la desgracia era humillarse, pensar en los pobres y ser útil. Fue a la secretaría de la iglesia y transportó cajas de juguetes y conservas hasta el aparcamiento. Cada minuto iba consolidando la certeza de que el día se había echado a perder. ¿Qué hacía con Ambrose? ¿De qué podían estar hablando para tardar tanto? Todos los juguetes parecían nuevos o tan indestructibles que podían pasar por nuevos, pero Russ consiguió sobrevivir unos minutos más hurgando en las cajas de comida, cribando los donativos negligentes o inadecuados (cebolletas en vinagre, castañas de agua), pero se consolaba con el peso de las latas gigantes de alubias con carne de cerdo, de pasta Chef Boy-R-Dee, de peras en almíbar: pensaba cuánto las agradecería una persona hambrienta de verdad y no, como él, famélica sólo en espíritu.
Faltaban ocho minutos para las tres cuando Frances llegó dando brincos, igual que un muchacho, llena de vigor. Llevaba la gorra de cuadros y, ese día, una cazadora de lana a juego.
—¿Dónde está Kitty? —preguntó alegremente.
—Kitty temía que no iba a caber con tantas cajas.
—¿No viene?
Incapaz de mirar a Frances a los ojos, Russ no podía saber si estaba desilusionada o, peor aún, recelosa. Negó con la cabeza.
—¡Qué tontería! —dijo ella—. Me podría haber sentado en su regazo.
—¿Te importa?
—¿Importarme? ¡Es un privilegio! Hoy me siento muy especial. He superado una barrera.
Hizo un etéreo paso de ballet, como superando una barrera. Russ se preguntó si ese sentimiento precedía o se debía a su charla con Ambrose.
—Bien, pues. —Cerró de golpe la puerta trasera de su Fury—. Deberíamos ponernos en marcha.
Era una levísima alusión a su retraso, la única que pretendía permitirse, y ella no la captó.
—¿Necesito llevar algo?
—No. Contigo basta.
—¡La única cosa sin la que jamás salgo de casa! Sólo déjame comprobar que he cerrado el coche con llave.
La vio ir dando brincos hasta su coche, más nuevo. Sin duda estaba de mejor humor que él, quizá incluso más eufórica de lo que él había estado en toda su vida. Y, desde luego, nunca había visto a Marion tan animada.
—¡Ja! —exclamó desde el otro lado del aparcamiento—. ¡Cerrado!
Russ levantó los dos pulgares. Nunca hacía ese gesto, y le resultó tan extraño que no estaba seguro de haberlo hecho bien. Miró a su alrededor para ver si alguien más, Perry en particular, había sido testigo de la anomalía. A la vista no había más que un par de adolescentes que cargaban con las fundas de sus guitarras hacia la iglesia y que no lo miraron, tal vez aposta. Uno era un chico al que conocía desde el segundo curso de catequesis.
¿Cómo sería la vida al lado de una persona con el don de la alegría?
Justo cuando entraba en el Fury, un copo solitario, el primero de la infinidad que el cielo había anunciado a lo largo del día, le cayó en el brazo y se derritió. Frances se subió por el otro lado mientras decía:
—Ese viejo chaquetón que llevas es genial. ¿De dónde lo has sacado?
«Razónese: que el alma es inmutable e independiente del cuerpo. Primer orador a favor de la tesis: Perry Hildebrandt, Instituto Municipal de New Prospect.
»Ejem. Por tentador que pueda parecer, no cometamos el error de malinterpretar la experiencia, conocida por cualquier fumeta que se precie, de estar en un lugar haciendo una cosa (por ejemplo, luchando por abrir una bolsa de golosinas en la cocina de Ansel Roder) y de pronto, al cabo de un instante, encontrar a tu ser corpóreo llevando a cabo una tarea enteramente distinta en un contexto totalmente nuevo. Esas supresiones espaciotemporales o (en el habla común aunque engañosa) «vahídos» no sugieren por fuerza una separación entre el alma y el cuerpo; cualquier teoría mecanicista de la mente puede darles una explicación más que aceptable. Empecemos, en cambio, por examinar una cuestión que a primera vista quizá resulte trivial o incontestable o incluso absurda: ¿Por qué yo soy yo y no otro? Asomémonos a las vertiginosas profundidades de esa pregunta...»
Era curioso cómo se ralentizaba el tiempo, hasta casi detenerse, cuando se encontraba bien: ¡qué maravilla (y a la vez no, por la noche en vela que auguraba) el número de vueltas que su mente podía dar durante los segundos que tardaba en subir un tramo de escaleras! La latente inmediatez del ahora, cuerpo y alma en sincronía: su piel registrando cada grado menos según bajaba la temperatura cuando subía al desván de la rectoría cochambrosa; su nariz, el olor a humedad en el aire frío que bajaba hacia la puerta al pie de las escaleras, que había dejado abierta por si su madre volvía a casa de improviso; sus oídos, la certeza de que no había vuelto; sus retinas, la luz ligeramente menos lúgubre de diciembre en las ventanas más próximas al cielo, menos ensombrecidas por los árboles; su alma, la familiaridad de subir esas escaleras solo, casi como en un déjà vu.
Una vez (una sola vez) había preguntado a las instancias superiores si una de las habitaciones del desván podía ser para él o, más que preguntar, había señalado con toda lógica que la tercera planta era idónea para el tercer hijo que ineludiblemente era. Cuando llegó la respuesta desde la autoridad materna («no, tesoro, hace demasiado frío en invierno, demasiado calor en verano y a Judson le gusta compartir cuarto contigo»), la había aceptado sin protestas ni nuevas súplicas porque, de acuerdo con su muy racional criterio, era el único hijo de la familia que no tenía derecho a reclamar una habitación propia por no ser ni el mayor ni el menor ni el más guapo. Estaba acostumbrado a operar a un nivel de racionalidad inaccesible para los demás.
Sin embargo, en su imaginación, el desván le pertenecía. Cuántas bocanadas de humo había echado por la ventana del trastero, cuántas colillas habían tiznado el alféizar cubierto de polen y qué pocos secretos guardaba para Perry el despacho del reverendo padre donde entró en ese momento con total descaro. Había leído (en parte por curiosidad, en parte para saber hasta qué punto podía ser un gusano miserable) la totalidad de la correspondencia prematrimonial enviada por su madre salvo por dos cartas que su padre nunca había abierto. Buscando con escaso optimismo algún número de Playboy, había exhumado las pilas de The Other Side y The Witness que guardaba su padre, fruto de mentes tan envaradas que no se podía extraer de ellas ni una gota de dulzura, junto con los ejemplares de Psychology Today de un año entero; hojeando uno de ellos se había demorado en las palabras «clítoris» y «orgasmo clitoriano», por desgracia no ilustradas. (El padre de Ansel Roder guardaba su colección de Playboy en unos archivadores de cartón etiquetados por años en la tapa, algo que impresionaba, pero disuadía del hurto.) Los discos de jazz y blues del reverendo no eran más que plástico mudo y fundas deterioradas y los viejos abrigos del armario de la buhardilla no eran codiciables, cortados como estaban para un hombre mucho más corpulento que Perry, que podía sentir en los huesos, literalmente, que acabaría siendo el canijo de la camada Hildebrandt porque cuando dio el estirón, el año antes, fue como un cohete hecho en casa con una botella, un proyectil que sale desviado y se extingue con un triste ¡plop! El armario le interesaba sólo en diciembre, cuando todos los regalos se amontonaban en el suelo.
Un hecho notable, y quizá relevante en la cuestión de la inmutabilidad del alma, era que una persona llamada Perry Hildebrandt había existido en el mundo durante nueve Navidades, cinco de ellas con una conciencia viva y ágil, antes de que se le ocurriera que los regalos que aparecían debajo del árbol en Nochebuena debían de estar en la casa, todavía sin envolver, durante días o incluso semanas antes de su aparición. Su ceguera no guardaba ninguna relación con Santa Claus: los Hildebrandt siempre habían dicho que eso de Santa Claus eran paparruchas. Y sin embargo, cuando ya tenía edad de sobra para entender que los regalos no se compran ni se envuelven solos, había aceptado que cada año aparecieran de súbito, si no por obra de un milagro, tal vez como un fenómeno similar al de su vejiga llenándose de orina, como parte del curso normal de los acontecimientos. ¿Por qué con nueve años no había captado una verdad que a los diez le parecía tan obvia? La disyuntiva epistemológica era absoluta. El Perry de nueve años le parecía un perfecto extraño y no en el mejor de los sentidos. Era una figura vagamente amenazadora para el Perry mayor, quien no podía sustraerse a la sospecha de que, aunque se reconocía en la cara de querubín visible en las fotos de 1965, uno y otro Perry no tenían la misma alma. Que de alguna forma había habido un cambiazo. Y en tal caso, ¿de dónde procedía su alma actual y adónde había ido a parar la otra?
Abrió la puerta del armario y se dejó caer de rodillas. La desnudez de los regalos en el suelo era una triste premonición de su futuro desnudo tras la falsa gloria fugaz del envoltorio. Una camisa, un suéter de falso terciopelo, calcetines. Un jersey de rombos, más calcetines. Una caja de los grandes almacenes Marshall Field atada con cintas, ¡menudo lujo! Al sacudirla suavemente se adivinaba que dentro había una prenda ligera, sin duda para Becky. Rebuscando más hacia el fondo, deslió las bolsas de papel de libros y discos, entre los que estaba el álbum de Yes que le había mencionado a su madre hablando con esas evasivas que a ambos les divertían. (Comunicar una lista de deseos navideños sin aludir a la Navidad era un juego muy elemental, y aun así el reverendo padre no se las habría apañado sin guiñar el ojo y Becky lo habría echado a perder por completo: «¿Estás intentando decirme lo que quieres para Navidad?» Sólo su madre y su hermano pequeño tenían facultades lúdicas propiamente dichas.) Pensándolo ahora, era una pena haber insinuado que quería el disco de Yes antes de haberse formulado su nuevo propósito. Yes iba de perlas con el cánnabis, pero temía que su música pudiera perder cierto lustre si la escuchaba con la cabeza despejada.
Al fondo del armario había artículos más voluminosos, una maleta Samsonite amarilla (para Becky, seguro), lo que parecía ser un microscopio de segunda mano (tenía que ser para Clem), una grabadora portátil (¡que él mismo insinuó, pero con la que no contaba en absoluto!) y, ¡vaya por Dios!, un juego eléctrico de fútbol americano de la NFL. Pobre Judson. Todavía tenía edad para que le regalaran juegos de mesa, pero Perry ya había jugado con ése en casa de Roder y era tal porquería que casi se desmayó de la risa. El campo era una plancha de metal (al enchufarse vibraba con el típico zumbido de una maquinilla de afeitar Norelco) colocada bajo dos equipos de diminutos jugadores de plástico que llevaban unos rectángulos de césped (también de plástico) pegados a los pies: los quarterbacks eternamente congelados en la postura viril del pase hacia delante, los corredores (cuyo «balón» era más bien una bolita de pelusa que a menudo se les caía) se desorientaban tanto en el jaleo de la melé que se lanzaban hacia su propia zona de anotación y marcaban a favor del rival. No hay nada más tronchante cuando vas emporrado que ver a gente que parece ciega de porros; pero Judson, por supuesto, no jugaría emporrado.
Mirando el lado positivo: ni rastro de la cámara. Perry estaba bastante seguro de que sólo él sabía lo que más ilusión le hacía a su hermano pequeño porque Judson era un ser humano superior a quien no se le ocurriría soltarle insinuaciones codiciosas a su madre y el estilo paterno era tan antimaterialista que nunca se solicitaban listas de deseos navideños. Aun así existía la mala suerte, las conjeturas intuitivas, y por eso había tenido que registrar el armario: una infracción insignificante, más insignificante aún en el contexto de un bien mayor.
Porque ése era su nuevo propósito: ser bueno.
O, como mínimo, ser menos malo.
Aun cuando sus motivos para tomar esa decisión sugerían que la maldad era subyacente y quizá incurable.
Por ejemplo: la reticencia que de pronto sintió a liquidar su patrimonio cuando, tras levantarse, bajaba por la fría escalera. Esa liquidación era un castigo autoinfligido, una multa punitiva que se había impuesto en el momento álgido de su firmeza, pero ahora se preguntaba si realmente resultaba necesaria. En la cartera tenía el billete de veinte dólares que su madre le había pasado bajo mano para las compras de Navidad además de los once dólares que había conseguido no pulirse envenenando su sistema nervioso central. La cámara que los había encandilado a Judson y a él en el escaparate de New Prospect Photo costaba 24,99 dólares, impuestos y carretes aparte. Incluso si podía hallar un marco usado no muy caro para el retrato en témpera de su madre y compraba libros de bolsillo para todos los demás —y su irritación por tener que comprar algo para Becky, Clem o el reverendo ya amenazaba con revertir su propósito de enmienda—, iba corto de presupuesto.
Y había una solución más barata. A Judson también le habría gustado que le regalaran el Risk, un juego de mesa que, nuevo, no costaba ni la mitad que la cámara, y jugar con Perry en su cuarto, algo que Perry habría hecho de buen grado como regalo extra para Judson porque también le divertía ese juego. No obstante, al igual que cualquier otro juego que implicara librar una guerra o matar, cualquier juguete que disparase proyectiles o pudiera imaginarse que los disparara, cualquier representación de soldados, aviones de combate, tanques, etcétera —en resumen, todo lo que desearía un niño normal con la edad de Judson—, el Risk estaba prohibido en esa casa dado el furibundo pacifismo del reverendo. Perry tenía un arsenal de argumentos racionales a su disposición: ¿no era una especie de victoria bélica el objetivo de todos los juegos? ¿Por qué la matanza virtual del ajedrez o las damas no entraba en conflicto con el veto? ¿De verdad era obligatorio ver las fichas esmaltadas del Risk como «soldados de un ejército» y no como signos abstractos en un juego de estrategia topológica y tiradas de dados? ¡Si al menos fuera posible discutir con su padre sin ponerse colorado, ahogarse en lágrimas de rabia y odiarse por ser más listo que el viejo, pero también peor persona! ¡Vaya un regalo para Judson, una trifulca la mañana de Navidad!
Tras concluir a regañadientes que no había manera de salvar su patrimonio, cerró la puerta de la escalera y encontró a Judson donde lo había dejado: en el cuarto que ambos compartían leyendo un libro a la luz de la lámpara de lectura casera que Perry le había montado encima de su cama de capitán. El rincón que Judson ocupaba en el dormitorio recordaba a la cabina del Spray, el velero en el que había dado la vuelta al mundo su héroe Joshua Slocum (todo en su lugar, la ropa bien doblada y guardada en los cajones debajo de la cama, los libros de quiosco ordenados alfabéticamente por título, coches en miniatura aparcados en batería sobre una repisa, un despertador al que siempre daba cuerda) y más allá rugía el mar embravecido de Perry, para quien doblar ropa era una delirante pérdida de tiempo y ordenar sus posesiones algo totalmente superfluo, ya que recordaba con absoluta precisión dónde las había dejado. Las existencias estaban debajo de su cama, en la caja fuerte de madera contrachapada y con candado que había construido como proyecto final en la clase de manualidades de octavo.
—A ver, muchachito, perdona que te moleste —dijo desde la puerta—, pero necesito que vayas a otra parte.
El libro de Judson era El viaje increíble. Frunció el ceño exageradamente.
—Primero me dices que no me mueva de aquí y luego me dices que me vaya.
—Sólo un minuto. En Navidad hay que obedecer instrucciones inusuales.
Judson no se movió del sitio.
—¿Qué te apetece hacer hoy?
Una pregunta evasiva.
—Ahora mismo me apetece hacer una cosa para la que necesito que salgas de la habitación —contestó Perry.
—Más tarde, quiero decir.
—Tengo que pasar por el centro. ¿Por qué no vas a casa de Kevin? ¿O de Brett?
—Los dos están enfermos. ¿Cuánto rato estarás fuera?
—Seguramente hasta la hora de la cena.
—Tengo una nueva idea sobre cómo montar el juego. ¿Puedo hacerlo mientras estás fuera y así jugamos después de cenar?
—No sé, Jay. Quizá.
El gesto de desilusión de Judson hizo que Perry retomara su propósito.
—O sea, sí —dijo—. Pero nada de sacar el juego antes, ¿de acuerdo?
Judson asintió y saltó de la cama con su libro.
—¿Prometido?
Perry se lo prometió y cerró la puerta cuando salió. Desde que hizo una copia bastante lograda del stratego con cartón de embalaje, su hermano estaba loco por jugar con él. Como presuntamente era un juego de bombas y muertes, entrañaba el riesgo de que las instancias superiores se lo confiscaran: no hizo falta decirle a Judson que guardara el secreto. Había hermanos pequeños mucho peores en New Prospect. Para Perry, Judson no sólo era la mejor prueba de que el amor existe, sino también un jovencito de lo más agradable, formal y juicioso, casi tan inteligente como él y con muchas más aptitudes para dormir por la noche; tantas eran esas virtudes que a Perry a veces le habría gustado ser su hermano pequeño.
Sin embargo, ¿qué significaba eso? Si el alma es un mero artefacto psíquico creado por el cuerpo, era una tautología manifiesta que el alma de Perry residía en Perry y no en Judson. Y, aun así, no parecía tan manifiesta. La razón por la que se preguntara si el alma podía ser independiente e inmutable era la persistente sensación de que había algo muy raro y en apariencia aleatorio en el hecho de que su alma hubiese aterrizado precisamente donde lo había hecho. Por mucho que se esforzara, con las facultades alteradas o sobrio, nunca llegaba a solucionar (ni siquiera a articular propiamente) el misterio de que a él le tocara ser Perry. No le quedaba nada claro, por ejemplo, qué había hecho Becky para merecer ser Becky o cuándo exactamente (¿en una encarnación anterior?) había adquirido ese privilegio. Sólo le correspondía ser Becky y que los cielos giraran a su alrededor. También eso lo desconcertaba.
Un tufillo delicioso emanó de la caja fuerte abierta. Su patrimonio consistía en cien gramos de hierba, en bolsitas dobles, y veintiún quaaludes, el remanente de una compra al por mayor que, como todas las compras previas, le había costado una ansiedad y una vergüenza casi insoportables. Miró la mercancía, le costaba creer que iba a desprenderse de todo sin más retribución que la presunta alegría de la generosidad navideña. ¡Qué cruel su propósito! Pensó que quizá quisiera un poco más a su hermano de lo que le gustaba colocarse, pero no tenía tan claro que no fuese a preferir dos quaaludes cuando la cabeza se le acelerara y una noche en la cama fuese como las noches de un mes entero. He ahí la cuestión: guardarse la puta mercancía en el bolsillo del anorak y deshacerse de todo o dormir esa noche. Con la marihuana ya sacaría treinta dólares, más dinero del que necesitaba. ¿Por qué no guardarse unos cuantos «ludes»? Y para el caso, ¿por qué no guardárselos todos?
Once días antes, en un inquietante correlato de la lotería cósmica en la que a su alma le tocó caer dentro de Perry, él había escogido el nombre «Becky H» entre un montón de papelitos doblados sobre el suelo de linóleo en la sala de actos de la parroquia. (¿Qué probabilidad había? Alrededor de una posibilidad entre cincuenta y cinco; cien millones de veces más que la probabilidad de ser Perry, pero aun así bastante baja.) En cuando vio el nombre de su hermana, se acercó con disimulo al montón para cambiar el papelito, pero un orientador de Encrucijada estaba allí para evitar ese tipo de trampas. Por lo general, cuando llegaba la hora de elegir compañeros para un ejercicio en parejas, Rick Ambrose pedía que todos escogieran a una persona a la que no conocían bien o con la que no hubiesen pasado mucho tiempo últimamente. El domingo anterior, sin embargo, uno de los chicos mayores del círculo selecto, Ike Isner, se levantó para quejarse al grupo de que la gente elegía demasiados compañeros «a tiro hecho» en lugar de arriesgarse. Al más puro estilo de las farsas judiciales estalinistas, con un despliegue cargado de emoción, Isner confesó que también era culpable. El grupo lo arropó de inmediato por su valiente acto de honestidad. Alguien propuso entonces echarlo a suertes; otro miembro del círculo selecto sostuvo que debían asumir la responsabilidad personal de sus decisiones sin depender de un sistema mecánico, pero el grupo aceptó la propuesta por una amplia mayoría. Siguiendo su costumbre, Perry esperó a ver en qué dirección soplaba el viento antes de levantar la mano para emitir su voto.
Becky fue una de las pocas que se opusieron. Al ver ahora su nombre en la tira de papel, se preguntó si ella había previsto justamente esa eventualidad; si había sido, de manera excepcional, más perspicaz que él. Todos corrían por la sala de actos buscando a su pareja. Becky miraba a su alrededor con aire inocente y ganas de saber quién le había tocado. Cuando se acercó a ella, Perry vio cómo reaccionaba su hermana al darse cuenta de lo ocurrido. Ambas caras expresaban lo mismo. Decían: «¡Ay, mierda!»
—¡Muy bien, escuchad! —rugió Ambrose—. En este ejercicio, quiero que cada uno le diga a su compañero algo que de veras admira de él. Primero uno, después el otro. Y luego quiero que cada cual le explique a su compañero qué aspecto de su conducta supone una barrera para conocerlo mejor. Hablo de barreras para la comunicación, no de ataques personales. ¿Todo el mundo lo entiende? ¿Tenemos claro por dónde hay que empezar?
El grupo era lo bastante grande para que Perry y Becky se hubieran esquivado sin problemas desde la noche en que, seis semanas antes, su hermana conmocionara al mundo anunciando que se unía a Encrucijada. A él en concreto lo trastornó porque se veía a la legua que Becky era el vástago favorito del reverendo y ella sabía muy bien cuánto odiaba su padre a Rick Ambrose; la deserción de Perry y su incorporación a Encrucijada sólo había ahondado una frialdad ya existente entre él y el reverendo, mientras que la de Becky era una traición despiadada. Aún más impactante para el universo fue el advenimiento de su rostro un domingo por la noche en la Primera Reformada. Perry estaba allí. Vio cómo se volvían a mirarla, oyó los murmullos de asombro. Fue como si Cleopatra hubiese aparecido durante uno de los baños de multitudes de Jesús en Galilea, una majestuosa reina allí sentada para mezclarse voluntariamente con los parias, los extravagantes y los leprosos; porque Becky, también, venía de un mundo diferente: la realeza social del Instituto Municipal de New Prospect.
De niño, Perry no había sido un observador de las andanzas de su hermana. Junto con Clem, a quien estaba muy unida, formaban una unidad genérica de hermanos mayores que destacaban sobre todo por aventajar siempre a Perry: eran mejores haciendo manualidades con las tijeras, mejores jugando a la rayuela, mejores (mucho mejores) en el control de las emociones y los cambios de humor. Sólo cuando empezó a ir al instituto tomó conciencia de que Becky tenía entidad propia y era una persona en quien el resto del mundo creía firmemente. Era la capitana del equipo de animadoras de Lifton Central y podría haber ganado cualquier otro concurso de popularidad en el que se hubiese tomado la molestia de participar. Cualquier mesa donde se sentara a almorzar se llenaba en el acto con las chicas más guapas y los chicos más chulitos. Por extraño que pareciera, la consideraban muy guapa. A Perry, la chica alta y huesuda con la que impacientemente compartía el cuarto de baño, la que torcía el gesto como una arpía cuando la corregía en un dato o en gramática, le resultaba más bien un tanto repugnante, si bien el grupo de los chicos mayores de Lifton Central con los que él enseguida encajó, entre ellos Ansel Roder, le aseguraban que estaba equivocado. Nunca fue capaz de darles la razón, aunque al final reconoció que su hermana tenía «algo» —un aura de singularidad, una fuerza al mismo tiempo atrayente e inaccesible (nadie se había atrevido nunca a decir que era su novio), una «clase» que no tenía nada que ver con el dinero (se decía que no era tan engreída como las otras animadoras, parecía que ni siquiera notaba cuánto llamaba la atención sin proponérselo)— porque el propio Perry, el hermano satélite apenas visible, adquirió un resplandor propio bajo el halo de su ascendencia.
En New Prospect las palabras «Becky Hildebrandt» eran rigurosamente mágicas: el mero hecho de pronunciarlas bastaba para garantizar la asistencia masiva a una fiesta o supuestas erecciones en la clase de manualidades (por desgracia, Perry oyó sin querer ese comentario). Gracias a su apellido, en Lifton Central le prestaron atención de inmediato, al menos el grupo de los chicos de octavo y noveno cuyos padres con altos ingresos y casas grandes les concedían cierta posición. Empezó siendo la mascota de la pandilla, el canijo, pero pronto demostró que estaba a la par o por encima de todos ellos. Nadie podía aguantar más tiempo en los pulmones el humo de una cachimba, nadie podía beber más chupitos sin arrastrar las palabras al hablar, nadie dominaba como él el vocabulario de la lengua. Incluso el pelo, de un rubio trigueño, con ondas naturales y cuerpo, le quedaba mejor que a sus amigos a la altura del hombro. Roder estaba tan harto de apartarse de los ojos los mechones de pelo lacio y sin brillo que al final se lo cortó al rape; ahora, con esa pinta de soldado, era el bicho más raro de todos ellos.
A Perry le parecía muy oportuno que todos sus amigos fuesen mayores que él. Tal vez Becky al principio le abriera el camino y tal vez ellos nunca olvidasen que era su hermana, pero él a su manera también resultaba singular. Se empezó a notar en noveno, cuando sus últimos amigos de la escuela pasaron al instituto de secundaria. Rodeado por coetáneos de inteligencia más débil y al no tener a nadie con quien sentarse a la hora del almuerzo, se sintió como un astronauta que tras pasear demasiado tiempo por la Luna hubiese perdido el vuelo de regreso a casa. Fue entonces cuando comenzó a tener problemas para dormir. Entre enero y marzo, durante un periodo de varias semanas ya casi perdido en la memoria (afortunadamente), experimentó sus primeras noches en vela hasta el amanecer; amaneceres en los que se sentía físicamente incapaz de abrir los párpados; cierto número de mañanas en las que volvía a rastras a la rectoría cochambrosa, subía las escaleras hasta el desván y dormía bajo una alfombra vieja hasta la hora de cenar; muchas incidencias de dormirse durante unas clases invariablemente improductivas; una charla atroz con el director y sus padres durante la cual también echó una cabezada; los esporádicos ataques de fobia a su madre y los sermones que endilgaba su padre sin levantar la voz. ¿No era asombroso que, aun así, hubiera sacado sobresalientes en todas las asignaturas ese trimestre? Eso se lo debía a sus noches en vela. Además contaba con el recreo mental de ver a sus amigos después de clase y los fines de semana, pero, durante los meses oscuros, esos encuentros quedaron ensombrecidos por la sensación de que quería —de que necesitaba— cantidades mayores que los demás de la sustancia fumada o ingerida. Todos sus amigos sin excepción podrían permitirse comprar más drogas. Sólo él (para quien las ansias de desahogo no alcanzaban su apogeo hasta estar solo en casa frente a otra noche en blanco) tenía por padre a un mísero ratón de sacristía.
Justo por la época en que llegó a la conclusión de que no le quedaba otra que empezar a traficar con drogas, tres de sus mejores amigos se habían unido a Encrucijada. El móvil para Bobby Jett fue una chica a la que intentaba seducir; para Keith Stratton, el aliciente de nueve días sin supervisión durante el viaje a Arizona que organizaba el grupo en primavera; y para David Goya, un castigo no muy severo que le puso su madre, miembro de la iglesia, por múltiples violaciones del toque de queda familiar. Bajo la dirección de Rick Ambrose, Encrucijada había empezado a minar las categorías sociales tradicionales. Inimaginables adeptos a la fraternidad cristiana terminaban allí y al menos probaban. Entre los que se quedaron, para sorpresa de Perry, estaban sus tres amigos. Seguían saliendo los fines de semana, pero el centro de gravedad de las charlas cambió. Cuando se referían con cariño al viaje a Arizona o con malicia al entrenamiento sensorial que practicaban los domingos por la tarde o con lascivia a sus chicas favoritas de Encrucijada, hacían que Perry se sintiera excluido de algo que sonaba divertido.
Después de una primavera angustiosa seguida por un verano consagrado a tragar humo de cortacésped, ponerse ciego y releer a Tolkien, le propuso a Ansel Roder que fueran juntos a echar una ojeada a Encrucijada. Roder se negó en redondo («paso de sectas»), así que, la tarde de su primer domingo en décimo curso, Perry entró en la sala de techo abovedado que Encrucijada se había apropiado en el segundo piso de la parroquia. El humo del tabaco azulaba el aire; citas pintadas a mano de e. e. cummings, John Lennon, Bob Dylan y hasta Jesucristo cubrían las paredes y las bóvedas del techo, junto con otras frases más inescrutables de procedencia desconocida como ¿Por qué especular? Atente a los hechos. LA MUERTE MATA. Antes de darse cuenta, Perry se vio abrazado por David Goya, con quien hasta entonces, naturalmente, había evitado todo contacto físico. A continuación, durante varios minutos, lo tocaron (lo abrazaron estrechándolo contra pechos excitantes) veinte veces más cuerpos femeninos de los que había tocado así en toda su vida. ¡Qué delicia! Tras los saludos y los trámites administrativos el grupo bajó las escaleras, un centenar de personas en tropel, hasta la sala de actos de la iglesia, donde el contacto entre chicos y chicas, en diversos formatos, se prolongó dos horas más. El único momento incómodo llegó cuando, al presentarse al grupo, Perry mencionó que su padre era el párroco auxiliar. Miró a Rick Ambrose y lo perforaron unos ojos oscuros centelleantes, ligeramente entornados con perplejidad o sospecha, como preguntando: «¿Tu padre sabe que estás aquí?»
El reverendo no lo sabía. Dado que Perry parecía incapaz de discutir con él sin llorar, por norma le ocultaba todo lo que podía tanto como podía. El domingo siguiente, para anticiparse a cualquier pregunta, le contó a su madre que iba a cenar a casa de Roder y de hecho paró allí un rato a tomar pizza congelada y, al parecer, un volumen notable de ginebra con gaseosa de uva frente al televisor en color que había en el sótano de los Roder, muy cómodamente amueblado. Pese a que tenía fama de aguantar bien el alcohol, las cosas empezaron a ir tan rápido cuando llegó a Encrucijada que luego no logró recordarlo todo. Puede que tropezara o se tambaleara. Se encontró cara a cara con dos orientadores, antiguos alumnos del grupo, que le informaron de que estaba borracho. Rick Ambrose se abrió paso entre la concurrencia y lo acompañó hasta el pasillo.
—No me importa que te quieras emborrachar —le dijo—, pero no vas a hacerlo aquí.
—Vale.
—A ver, ¿por qué vienes, eh? ¿Por qué viniste?
—No lo sé. Mis amigos...
—¿Tus amigos van borrachos?
El miedo al castigo le bajó el globo de golpe. Negó con la cabeza.
—Pues claro que no, maldita sea —dijo Ambrose—. Debería mandarte a casa.
—Lo siento.
—¿De verdad? ¿Quieres hablar de eso? ¿Quieres formar parte de este grupo?
Perry no lo había decidido aún, pero desde luego era agradable recibir plena atención de aquel líder bigotudo de quien sus irreverentes amigos hablaban con admiración; mantener una conversación franca, por una vez, con un adulto.
—Sí —dijo—, quiero.
Ambrose lo llevó de nuevo a la sala llena de humo e interrumpió las actividades programadas para realizar una «confrontación plenaria», la ceremonia esencial en Encrucijada. Los temas a tratar serían el consumo de alcohol, el respeto hacia los compañeros y el respeto hacia uno mismo. Chicos a los que Perry apenas conocía le hablaron como si fueran viejos amigos. David Goya le dijo que era una persona alucinante, pero que a veces le preocupaba que Perry consumiera alcohol y drogas para eludir sus verdaderos sentimientos. Keith Stratton y Bobby Jett comentaron algo en la misma línea. La cosa se alargaba. Aun cuando en cierto modo Perry nunca había pasado por un trago peor, también se emocionó al ver la magnitud de la atención que recibía para ser un pipiolo de segundo y un recién llegado sólo por haber bebido un poco de ginebra. Cuando se echó a llorar, avergonzado, sin fingir, el grupo respondió con una especie de éxtasis sol