El Círculo

Dave Eggers

Fragmento

Dios mío, pensó Mae. Es el paraíso.

El campus era enorme y laberíntico, inundado de los colores del Pacífico, y sin embargo no había detalle que no hubiera sido tenido en cuenta y diseñado con la máxima habilidad. En unas tierras que antaño habían sido unos astilleros, después un autocine y por fin un mercadillo y un solar deprimido, ahora había lomas suaves y verdes y una fuente de Calatrava. Y una zona para picnics, con mesas desplegadas en círculos concéntricos. Y pistas de tenis, tanto de tierra como de hierba. Y una cancha de voleibol, donde ahora estaban los niñitos de la guardería de la empresa, corriendo, chillando y reverberando como el agua. Y en medio de todo esto también había un centro de trabajo, más de ciento sesenta hectáreas de acero pulido y cristal que albergaban la sede de la empresa más influyente del mundo. El cielo era impoluto y azul.

Mae estaba cruzando todo esto en su travesía a pie, desde el aparcamiento al edificio central, intentando transmitir la impresión de que se sentía cómoda allí. El sendero serpenteaba alrededor de las arboledas de limoneros y de naranjos, y entre sus adoquines rojos y silenciosos destacaban losas desperdigadas con mensajes suplicantes de inspiración. En una de ellas había la palabra «Sueña» grabada a láser en la piedra roja. En otra ponía: «Participa». Y había docenas más: «Encuentra tu comunidad», «Innova», «Imagina». A punto estuvo de pisarle accidentalmente la mano a un joven con mono de trabajo gris que estaba instalando una nueva losa con la inscripción «Respira».

Aquel lunes soleado de junio, Mae se detuvo frente a la entrada principal, bajo el logotipo grabado en el cristal. Aunque la empresa todavía no tenía seis años de antigüedad, su nombre y su logotipo –un círculo rodeando una trama de líneas entretejidas, con una pequeña «c» en el centro– ya se contaban entre los más conocidos del mundo. En aquel campus central trabajaban más de diez mil empleados, pero el Círculo tenía oficinas por todo el planeta, y seguía contratando todas las semanas a centenares de mentes jóvenes y brillantes. Llevaba cuatro años seguidos siendo elegida la empresa más admirada del mundo.

A Mae ni se le habría ocurrido que tuviera posibilidades de trabajar en un lugar así de no haber sido por Annie. Annie era dos años mayor que ella y ambas habían compartido habitación durante tres semestres en la universidad, en un feo edificio que habían hecho habitable gracias a lo extraordinariamente unidas que estaban; eran algo a medio camino entre amigas y hermanas, o bien primas a quienes les gustaría ser hermanas y así tener una razón para no separarse nunca. El primer mes que habían vivido juntas, Mae se había roto la mandíbula una tarde-noche, tras desmayarse durante los exámenes finales por culpa de la gripe y la mala alimentación. Annie le había dicho que se quedara en la cama, pero Mae había ido al 7-Eleven en busca de cafeína y había despertado en la acera, bajo un árbol. Annie la había llevado al hospital y había esperado allí mientras le cosían la mandíbula, y después se había quedado toda la noche con Mae, durmiendo a su lado en una silla de madera, y luego, ya en casa, se había pasado días alimentando a Mae con una cañita. Era un nivel tremendo de compromiso y aptitud, que Mae no había visto nunca en una persona de su edad o más o menos de su edad, y a partir de entonces Mae le había sido leal de una forma que ella misma no habría imaginado nunca.

Mientras Mae seguía en Carleton, probando distintos itinerarios troncales, primero historia del arte, después marketing y por fin psicología, y sacándose la carrera de psicología sin tener plan alguno de trabajar en ese terreno, Annie se licenció, hizo su MBA en Stanford y recibió ofertas de trabajo de todas partes, aunque la más importante fue la del Círculo, adonde llegó cuatro días después de terminar el máster. Ahora tenía un título altisonante –directora de Garantizar el Futuro, bromeaba ella– y animó a Mae a que se presentara a un puesto de trabajo en la empresa. Mae lo hizo, y aunque Annie insistía en que no había usado sus influencias, Mae estaba segura de que sí las había usado, de manera que ahora sentía una deuda incalculable hacia su amiga. Había un millón de personas, mil millones, que querrían estar donde estaba Mae en aquel momento: entrando en aquel atrio de diez metros de altura y surcado por la luz de California, en su primer día de trabajo para la única empresa que importaba realmente.

Empujó la pesada puerta para abrirla. El vestíbulo era tan largo como un desfile y tan alto como una catedral. Las alturas estaban llenas de oficinas, cuatro pisos de oficinas a cada lado, con todas las paredes de cristal. Brevemente invadida por el vértigo, bajó la vista, y en el suelo inmaculado y resplandeciente vio reflejada la expresión de preocupación de su cara. Notó una presencia detrás de ella y obligó a su boca a sonreír.

–Tú debes de ser Mae.

Mae se giró para encontrarse una cara joven y hermosa suspendida encima de un pañuelo violeta y una blusa de seda blanca.

–Soy Renata –dijo.
–Hola, Renata. Estoy buscando a…
–A Annie. Ya lo sé. Está de camino. –A Renata le salió de la oreja un ruido, un tintineo digital–. Mira, está…

Renata estaba mirando a Mae pero viendo otra cosa. Interfaz retinal, supuso Mae. Otra innovación que había nacido allí.

–Está en el Viejo Oeste –dijo Renata, volviendo a mirar a Mae–, pero llegará pronto.

Mae sonrió.
–Espero que lleve galletas y un caballo bien recio.

Renata sonrió cortésmente pero no se rió. Mae sabía que la empresa bautizaba cada parte del campus con el nombre de una época histórica; era una estrategia para que aquel lugar enorme resultara menos impersonal y menos corporativo. Mucho mejor que llamar a los sitios Edificio 3B-Este, como hacían en el último sitio donde Mae había trabajado. Solo habían pasado tres semanas desde su último día de trabajo en las instalaciones municipales de su pueblo –se habían quedado estupefactos al presentar ella su dimisión–, pero ya le parecía imposible el haber malgastado una parte tan grande de su vida allí. Al cuerno con aquel gulag, pensaba Mae, y con todo lo que representaba.

Renata seguía recibiendo señales de su auricular.
–Oh, espera –dijo–. Ahora me está diciendo que está liada. –Renata miró a Mae con una sonrisa radiante–. ¿Por qué no te acompaño a tu mesa? Me dice Annie que pasará a buscarte dentro de una hora más o menos.

Mae se emocionó un poco al oír aquello, «tu mesa», y se acordó inmediatamente de su padre. Su padre estaba orgulloso. «Muy orgulloso», le había dejado grabado en el buzón de voz; debía de haberle grabado el mensaje a las cuatro de la madrugada. Ella lo había encontrado al despertarse. «Muy, muy orgulloso», le había dicho con voz estrangulada. No hacía ni dos años que Mae se había licenciado y allí estaba ahora, trabajando remuneradamente para el Círculo, con seguro médico incluido y con un apartamento en la ciudad; por fin ya no era una carga para sus padres, que tenían otras muchas cosas de que preocuparse.

Mae siguió a Renata hasta el exterior del atrio. En el jardín salpicado de luz había un par de jóvenes sentados sobre un montículo artificial, con una especie de tablet transparente en las manos y hablando con gran intensidad.

–Tú estarás en el Renacimiento, que es aquello –le dijo Renata, señalando al otro lado del jardín, en dirección a un edificio de cristal y cobre oxidado–. Es donde está toda la gente de Experiencia del Cliente. ¿Habías venido aquí alguna vez?

Mae asintió con la cabeza.
–Sí. Unas cuantas veces, pero a ese edificio no.
–Así que has visto la piscina, la zona deportiva. –Renata hizo un gesto con la mano en dirección a un paralelogramo azul y al edificio enorme y anguloso, el gimnasio, que se elevaba tras él–. Por allí están los centros de yoga, crossfit, pilates, masajes, spinning… Me han dicho que haces spinning, ¿no? Ahí detrás están las pistas de petanca y el nuevo espacio para jugar a espiro. La cafetería está al otro lado del césped… –Renata señaló la exuberante extensión verde, donde había un puñado de personas con ropa de trabajo y desparramados como si estuvieran tomando el sol en la playa–. Y ya hemos llegado.

Se detuvieron delante del Renacimiento, también provisto de un atrio de diez metros, con un móvil de Calder girando lentamente en las alturas.

–Ah, me encanta Calder –dijo Mae.

Renata sonrió.

–Sí, ya lo sé. –Se lo quedaron mirando juntas–. Este estaba colgado en el Parlamento de Francia. O algo parecido.

El viento que las había seguido hasta el interior hizo girar ahora el móvil de tal manera que uno de sus brazos se quedó señalando a Mae, como si le diera la bienvenida en persona. Renata la cogió del codo.

–¿Estás lista? Subamos por aquí.

Entraron en un ascensor de cristal ligeramente tintado de color naranja. Las luces se encendieron y Mae vio que aparecía su nombre en las paredes, junto con su foto del anuario de su instituto. bienvenida, mae holland. A Mae le salió un ruido de la garganta, casi como una exclamación ahogada. Llevaba años sin ver aquella foto y se alegraba mucho de haberla perdido de vista. Debía de ser cosa de Annie, atacarla una vez más con aquella imagen. Estaba claro que la chica de la foto era Mae –la boca ancha, los labios finos, la piel cetrina y el pelo negro–, pero en aquella foto, más que al natural, sus pómulos marcados le daban una expresión severa, y sus ojos castaños no sonreían, sino que se limitaban a mostrarse pequeños y fríos, listos para la guerra. Desde la época de la foto –en la que salía con dieciocho años, furiosa e insegura– Mae había ganado un peso que la favorecía mucho; la cara se le había suavizado y le habían salido curvas, unas curvas que llamaban la atención a hombres de todas las edades y motivaciones. Después de acabar la secundaria, se había esforzado por ser más abierta y más tolerante, y ahora la puso nerviosa el hecho de ver allí aquel documento de una época remota, en la que ella siempre estaba pensando mal del mundo. Justo cuando ya no la podía soportar más, la foto desapareció.

–Sí, todo funciona con sensores –le dijo Renata–. El ascensor lee tu acreditación y te saluda. Esa foto nos la dio Annie. Debéis de ser muy amigas si tiene fotos tuyas del instituto. En todo caso, espero que no te moleste. Es algo que hacemos sobre todo con las visitas. Y normalmente se quedan impresionadas.

A medida que el ascensor subía, fueron apareciendo por las paredes del ascensor las actividades programadas para la jornada, imágenes y texto que se desplazaban de un panel al siguiente. Cada anuncio venía acompañado de vídeo, fotos, animación y música. A mediodía había un pase de Koyaanisqatsi, a la una demostración de automasajes y a las tres refuerzo abdominal. Un congresista del que Mae no había oído hablar nunca, canoso pero joven, daba una rueda de prensa en el Ayuntamiento a las seis y media. En la puerta del ascensor se lo veía hablar en un estrado, con banderas ondeando detrás, remangado y cerrando los puños para mostrar su severidad.

Las puertas se abrieron, partiendo al congresista por la mitad. –Ya hemos llegado –dijo Renata, saliendo a una estrecha pasarela de rejilla de acero.

Mae bajó la vista y notó que se le encogía el estómago. Podía ver hasta la planta baja, cuatro niveles más abajo.

Mae intentó aparentar ligereza.
–Supongo que no ponéis aquí arriba a nadie con vértigo. Renata se detuvo y se giró hacia Mae, con cara de preocupación.

–Por supuesto que no. Pero tu perfil decía…
–No, no –dijo Mae–. No me pasa nada.
–En serio. Te podemos poner más abajo si…
–No, no. En serio. Está perfecto. Lo siento. Estaba de broma. Renata estaba visiblemente agitada.
–Vale. Tú dímelo si hay algún problema.
–Te lo diré.
–¿De verdad? Porque Annie querrá que me asegure.
–De verdad, te lo prometo –dijo Mae, y sonrió a Renata, que se recuperó y siguió andando.

La pasarela llegó a la planta principal, amplia, llena de ventanas y dividida en dos por un largo pasillo. A ambos lados, las oficinas tenían fachadas de cristal del suelo al techo, con sus ocupantes visibles en el interior. Todos ellos tenían su espacio decorado de forma elaborada pero con gusto: una oficina estaba llena de parafernalia marítima, la mayor parte de la cual parecía flotar en el aire, colgada de las vigas al descubierto, mientras que en otra había hileras de bonsáis. Pasaron frente a una pequeña cocina con todos los armarios y los estantes de cristal y la cubertería magnética, pegada a la nevera en filas pulcras, todo iluminado por una enorme araña de luces donde resplandecían bombillas multicolores, extendiendo sus brazos de color naranja, melocotón y rosa.

–Pues esta es la tuya.

Se detuvieron ante un cubículo, gris, pequeño y cubierto de un material que parecía lino sintético. A Mae se le cayó el alma a los pies. Era casi exactamente igual que el cubículo donde había estado trabajando los últimos dieciocho meses. Era lo primero que veía en el Círculo que no había sido replanteado, que guardaba algún parecido con el pasado. El material que cubría las paredes del cubículo era –ella no se lo creía, le parecía imposible– arpillera.

Mae era consciente de que Renata la estaba observando y también de que su propia cara estaba traicionando algo parecido al horror. Sonríe, pensó. Sonríe.

–¿Te parece bien? –dijo Renata, recorriendo rápidamente la cara de Mae con la mirada.

Mae obligó a su boca a indicar algún nivel de satisfacción. –Genial. Es bonito.

No era lo que se había esperado.
–Muy bien, pues. Te dejo para que te familiarices con el espacio de trabajo, y enseguida vendrán Denise y Josiah para orientarte y darte lo que necesites.

Mae volvió a componer una sonrisa, y Renata dio media vuelta y se marchó. Mae se sentó, notando que el respaldo estaba medio roto y que la silla no se movía, tenía las ruedas atascadas, todas las ruedas. Le habían puesto un ordenador en la mesa, pero era un modelo muy antiguo que ella no había visto en ninguna otra parte del edificio. Mae estaba desconcertada, y su estado de ánimo se desplomó en el mismo abismo donde había pasado los últimos años.

¿Acaso alguien todavía trabajaba en una empresa de servicios públicos? ¿Cómo había acabado Mae trabajando allí? ¿Cómo lo había tolerado? Cuando la gente le preguntaba dónde trabajaba, casi prefería mentir y decir que no tenía trabajo. ¿Acaso la cosa habría sido mejor de no haber estado en su pueblo?

Después de seis años aproximadamente de odiar su pueblo y de maldecir a sus padres por haberse mudado allí y por someterla a aquello, a sus limitaciones y a su escasez de todo –diversiones, restaurantes, mentes iluminadas–, recientemente Mae había empezado a recordar Longfield con algo parecido a la ternura. Era un pueblecito situado entre Fresno y Tranquillity, constituido en municipalidad y bautizado en 1866 en honor de un granjero sin imaginación. Ciento cincuenta años más tarde, su población había crecido hasta quedarse un poco por debajo de las dos mil almas, la mayoría de las cuales trabajaban en Fresno, a unos treinta kilómetros de distancia. Vivir en Longfield era barato, y los padres de las amigas de Mae eran guardias de seguridad, maestros y camioneros aficionados a la caza. De las ochenta y dos personas que se habían graduado en la promoción de Mae, ella era una de las doce que habían ido a una universidad de cuatro años, y la única que había ido al este de Colorado. El hecho de que se marchara tan lejos, y contrajera una deuda tan grande, solo para regresar y trabajar para el Ayuntamiento local, era algo que la destrozaba, y también a sus padres, aunque de puertas afuera dijeran que su hija estaba haciendo lo correcto, aprovechando una oportunidad sólida y empezando a pagar sus créditos de estudios.

El edificio de los servicios municipales, el 3B-Este, era un bloque funesto de cemento con ventanas en forma de estrechas ranuras verticales. Por dentro, la mayoría de las oficinas tenían las paredes de hormigón y todo estaba pintado de un verde horrible. Era como trabajar en un vestuario. Mae era aproximadamente una década más joven que el resto de los ocupantes del edificio, y hasta los que estaban en la treintena eran de otro siglo. Se maravillaban de las habilidades de ella con los ordenadores, que eran básicas y comunes a todo el mundo que ella conocía. Pese a todo, sus compañeros de trabajo en el edificio municipal estaban asombrados. La llamaban «Centella Negra», en referencia casposa a su pelo, y le decían que tenía «un porvenir muy halagüeño» en la gestión municipal si jugaba bien sus cartas. ¡En cuatro o cinco años, le decían, podría ser jefa de informática de toda la subestación! La exasperación de ella no conocía límites. No había ido a la universidad, pagando 234.000 dólares de formación de élite en el terreno de las humanidades, para acabar en un trabajo así. Pero era un trabajo, y a ella le hacía falta el dinero. Sus créditos de estudios eran voraces y exigían ser alimentados todos los meses, de manera que aceptó el trabajo y el sueldo y se mantuvo alerta por si aparecía algo mejor.

Su supervisor inmediato era un hombre llamado Kevin, que trabajaba como director visible de tecnología del departamento de servicios públicos pero que, paradójicamente, no sabía nada de tecnología. Sabía de cables y de salidas dobles; debería haber estado manejando un equipo de radioaficionado en su sótano en lugar de supervisar a Mae. Cada día de cada semana llevaba la misma camisa de botones de manga corta y las mismas corbatas de colores oxidados. Era ofensivo a todos los sentidos, con un aliento que olía a jamón y un bigote peludo y alborotado, como dos patitas que emergían, hacia el sudeste y el sudoeste, de unos orificios nasales enormes.

No habría habido problema, pese a sus muchas ofensas, de no ser por el hecho de que estaba convencido de que a Mae le importaba todo aquello. Estaba convencido de que a Mae, licenciada por Carleton, llena de sueños especiales y dorados, le importaba su trabajo en el departamento de gas y electricidad. De que ella se preocuparía si Kevin consideraba que no había rendido lo suficiente durante un día determinado. Aquello la ponía furiosa.

Las ocasiones en que él la llamaba a su despacho, en que cerraba la puerta y se sentaba en una esquina de su mesa, eran atroces. «¿Sabes por qué te he hecho venir?», le preguntaba, como si fuera un policía de carreteras que la hubiera hecho parar. En otras ocasiones, cuando estaba contento del trabajo que ella había hecho esa jornada, hacía algo peor: la elogiaba. La definía como «su protegida». Le encantaba aquella palabra. La presentaba a las visitas así, diciendo «Esta es mi protegida, Mae. Es bastante espabilada, la mayoría del tiempo», y le guiñaba un ojo como si él fuera un capitán y ella su segundo de a bordo, los dos veteranos de muchas aventuras sonadas y devotos el uno del otro para siempre. «Si ella misma no se lo impide, le espera un futuro halagüeño.»

Ella no lo podía soportar. Cada día que había pasado trabajando allí, los dieciocho meses, se había preguntado si tal vez podría pedirle un favor a Annie. Nunca se le había dado bien pedir aquella clase de cosas: que la rescataran, que la sacaran de allí. La idea la hacía sentirse una molestia, un engorro, un «incordio», como lo llamaba su padre, algo que no le salía con naturalidad. Sus padres eran personas discretas a quienes no les gustaba molestar a los demás, personas discretas y orgullosas que no aceptaban regalos de nadie.

Y Mae era igual, pero aquel trabajo la estaba convirtiendo en otra persona, en alguien capaz de hacer lo que fuera para marcharse. Todo resultaba repulsivo. Había literalmente una fuente de oficina. Había literalmente fichas perforadas. Certificados de mérito cada vez que alguien hacía algo que se consideraba especial. ¡Y el horario! ¡De nueve a cinco, nada menos! Todo daba la sensación de ser de otra época, de una época justamente olvidada, y le infundía a Mae la sensación de que no solo ella estaba echando su vida a perder, sino que la empresa entera estaba echando a perder la vida en general, desperdiciando potencial humano y ralentizando la rotación del planeta. Y el cubículo que ella tenía en aquel lugar era un concentrado de todo aquello. Las mamparas que la rodeaban, destinadas a facilitar que se concentrara plenamente en el trabajo que tenía entre manos, estaban cubiertas de arpillera, como si cualquier otro material la fuera a distraer, o bien fuera a sugerirle formas más exóticas de pasar su tiempo. De manera que se había pasado dieciocho meses en una oficina donde pensaban que, de todos los materiales que ofrecían el hombre y la naturaleza, el único que su plantilla debía ver, todo el día y todos los días, fuera la arpillera. Una arpillera a granel, arpillera de pobres, rebajada de precio. Juraba por Dios, para sus adentros, que cuando se marchara de allí jamás volvería a tocar aquel material, ni siquiera a admitir su existencia.

Y no esperaba volver a verlo. ¿Con qué frecuencia, después del siglo xix, con la excepción de las tiendas del siglo xix, se encontraba uno arpillera? Mae daba por sentado que no se la encontraría nunca más, y sin embargo allí estaba ahora, en aquella nueva oficina del Círculo, y cuando la vio, y sintió su olor a moho, se le llenaron los ojos de lágrimas:

–Puta arpillera –murmuró para sus adentros.

De pronto oyó un suspiro a sus espaldas, seguido de una voz. –Ahora me da por pensar que esto no ha sido tan buena idea.

Mae se dio la vuelta y se encontró a Annie, con los brazos en jarras y los puños cerrados, con pose de niña enfurruñada.

–Puta arpillera –dijo Annie, imitando su mohín, y luego se echó a reír. Cuando se le pasó la risa, consiguió decir–: Ha sido increíble. Muchas gracias, Mae. Sabía que lo odiarías, pero quería ver cuánto. Siento que hayas estado a punto de llorar. Joder.

Ahora Mae miró a Renata, que tenía las manos en alto en gesto de rendición.

–¡No ha sido idea mía! –dijo–. ¡Me ha obligado Annie! ¡No me odies!

Annie soltó un suspiro de satisfacción.
–He tenido que comprar este cubículo en Walmart. ¡Y el ordenador! Me costó una eternidad encontrarlo en internet. Yo pensaba que podríamos traer un trasto parecido del sótano o algo similar, pero la verdad es que en todo el campus no tenemos nada que sea así de viejo y de feo. Por Dios, tendrías que haberte visto la cara.

A Mae le latía el corazón con fuerza.
–Tía, tú estás enferma.

Annie fingió confusión.
–¿Yo? Yo no estoy enferma. Yo soy la leche.
–No me puedo creer que te hayas esforzado tanto para hacérmelo pasar mal.

–Pues sí. Así es como he llegado a donde estoy. Todo es cuestión de planificación y de puesta en práctica. –Le dedicó a Mae un guiño de vendedor y a Mae se le escapó la risa. Annie era una lunática–. Ahora vámonos. Voy a enseñarte todo esto.

Mientras la seguía, Mae tuvo que recordarse a sí misma que Annie no siempre había sido una alta ejecutiva de una empresa como el Círculo. Hubo un tiempo, apenas hacía cuatro años, en que Annie era una estudiante universitaria que llevaba pantalones de pijama de franela de hombre a clase, a las cenas y a las citas informales. Annie era lo que uno de sus novios, y había habido muchos, siempre monógamos y siempre formales, llamaba una friki. Pero podía permitirse serlo. Su familia tenía dinero, desde hacía muchas generaciones, y además era muy guapa, tenía unas pestañas muy largas, un hoyuelo en la barbilla y un pelo tan rubio que solo podía ser natural. Todo el mundo conocía su efervescencia y su incapacidad aparente para dejar que nada la molestara más de un minuto. Pero también era una friki. Era flaca y desgarbada, y usaba las manos de forma exagerada, peligrosamente, cuando hablaba, y era propensa a irse grotescamente por las ramas en las conversaciones y a las obsesiones extrañas: las cuevas, la perfumería amateur o la música doo-wop. Era amiga de todos sus ex, de todos sus líos y de todos los profesores (los conocía a todos en persona y les mandaba regalos). Había estado involucrada en casi todos los clubes y causas de la universidad, o bien los había dirigido, y sin embargo encontraba tiempo para dedicarse en cuerpo y alma a su trabajo de curso –bueno, a todo–, mientras que en las fiestas siempre era la más dispuesta a ponerse en ridículo para que los demás se relajaran y también la última en marcharse. La única explicación racional de todo esto habría sido que no durmiera, pero no era el caso. Dormía de forma opulenta, entre ocho y diez horas al día, podía dormir en cualquier parte, en los trayectos en coche de tres minutos, en el reservado mugriento de una cafetería cercana al campus, en los sofás de la gente, en cualquier momento y lugar.

Mae sabía todo esto de primera mano, puesto que había hecho de chófer para Annie en muchos trayectos largos, por toda Minnesota, Wisconsin y Iowa, con rumbo a incontables y casi siempre insignificantes competiciones de cross-country. Mae había conseguido una beca parcial para correr en Carleton, que era donde había conocido a Annie, dos años mayor, a quien se le daba bien correr sin apenas esforzarse, aunque solo le preocupaba de vez en cuando el hecho de si ella, o el equipo, perdían o ganaban. En una competición Annie se entregaba por completo, provocando a los oponentes e insultando sus uniformes o bien sus resultados en los exámenes de aptitud académica, y en la siguiente se mostraba completamente desinteresada en el resultado pero contenta de estar participando. Y durante aquellos largos trayectos en su coche, que ella prefería que condujera Mae, Annie ponía en alto los pies descalzos o bien los sacaba por la ventanilla, y empezaba a hablar ociosamente sobre el paisaje que atravesaban, o bien se pasaba horas especulando acerca de lo que ocurría en el dormitorio de sus entrenadores, un matrimonio con peinados idénticos y casi militares. Mae se reía de todo lo que decía Annie, y aquello la distraía de las competiciones, donde ella, a diferencia de Annie, necesitaba ganar, o por lo menos clasificarse bien, para justificar el subsidio que le había suministrado la universidad. Siempre llegaban pocos minutos antes de la competición, y Annie se había olvidado de en qué carrera tenía que correr, o bien el hecho mismo de si tenía que correr.

Así pues, ¿cómo era posible que aquella persona dispersa y ridícula, que seguía llevando un pedazo de su manta de infancia a todas partes en el bolsillo, hubiera ascendido tanto y tan deprisa por el Círculo? Ahora era una de las cuarenta mentes más cruciales de la empresa –la Banda de los 40–, con acceso a sus planes y datos más secretos. ¿O que pudiera forzar la contratación de Mae sin esfuerzo alguno? ¿O que pudiera organizarlo todo en una simple cuestión de semanas después de que Mae se tragara finalmente su orgullo y le pidiera el favor? Aquello daba fe de la voluntad interior de Annie, de su misteriosa y crucial noción del destino. Por fuera, Annie no daba señales de poseer una ambición llamativa, pero Mae estaba segura de que dentro de Annie había algo que insistía en aquello, en el hecho de que ella debía estar allí, en aquel puesto, sin importar de donde viniera. Si hubiera crecido en la tundra siberiana, ciega e hija de pastores, aun así habría llegado a donde estaba ahora.

–Gracias, Annie –se oyó decir a sí misma.

Atravesaron unas cuantas salas de conferencias y áreas de descanso y se adentraron en la nueva galería de la empresa, donde colgaba media docena de obras de Basquiat, recién adquiridas de un museo casi arruinado de Miami.

–No las merecen –dijo Annie–. Y siento que estés en Experiencia del Cliente. Sé que parece una mierda, pero te aseguro que la mitad de los altos cargos de la empresa empezaron ahí. ¿Me crees?

–Te creo.
–Bien, porque es verdad.

Salieron de la galería y entraron en la cafetería de la segunda planta –«El Comedor de Cristal… ya sé, es un nombre espantoso», le dijo Annie–, diseñada para que los comensales comieran repartidos en nueve niveles distintos, con todos los suelos y las paredes de cristal. A primera vista daba la sensación de que había un centenar de personas comiendo suspendidas en el vacío.

Atravesaron la Sala de Préstamo, donde se prestaba cualquier cosa, de bicicletas a telescopios pasando por alas delta, gratis, a cualquier miembro de la plantilla, y luego entraron en el acuario, un proyecto defendido por uno de los fundadores. Se plantaron ante un tanque, tan alto como ellas, lleno de medusas, lentas y fantasmagóricas, que ascendían y descendían sin razón ni dinámica aparente.

–Te voy a estar vigilando –dijo Annie–, y cada vez que hagas algo magnífico me aseguraré de que se entere todo el mundo para que no tengas que estar mucho tiempo ahí. Aquí la gente asciende de forma bastante segura, y ya sabes que contratamos casi exclusivamente a gente de dentro. De manera que haz las cosas bien y mantén la cabeza gacha y te asombrará lo deprisa que vas a salir de Experiencia del Cliente y cazar algún puesto suculento.

Mae miró a los ojos de Annie, que resplandecían bajo la luz del acuario.

–No te preocupes. Estoy contenta de estar en cualquier puesto de aquí.

–Es mejor estar al pie de un escalafón por el que quieres subir que en medio de uno por el que no, ¿verdad? De una mierda de escalafón hecho de mierda…

Mae se rió. Fue la impresión de oír aquellas palabrotas procedentes de una cara tan dulce.

–¿Siempre has dicho tantas palabrotas? No recuerdo esa faceta tuya.

–Lo hago cuando estoy cansada, que es casi siempre.
–Con lo dulce que eras…
–Lo siento. ¡Joder, lo siento, Mae! ¡Me cago en la puta, Mae! Vale. Vamos a ver más cosas. ¡La perrera!

–¿Hoy no trabajamos o qué? –preguntó Mae.
–¿Trabajar? Esto es trabajar. Esta es la tarea que te asignan el primer día: familiarizarte con el lugar y con la gente y aclimatarte. ¿Sabes cuando te ponen suelos nuevos de madera en casa…?

–Pues no.

–Bueno, pues cuando te los pongan vas a tener que dejarlos ahí diez días, para que la madera se aclimate. Y luego te instalas.

–Y en esta comparación, ¿la madera soy yo?
–La madera eres tú.
–Y luego me instalo.
–Sí, luego te instalamos. Te clavamos con diez mil clavos pequeñitos. Te va a encantar.

Visitaron la perrera, un concepto ideado por Annie, cuyo perro, el Doctor Kinsmann, acababa de fallecer, pero que había pasado unos cuantos años de felicidad allí, sin necesidad de alejarse de su propietaria. ¿Por qué iban miles de empleados a dejar sus perros en casa cuando los podían traer aquí, para que estuvieran con gente y con otros perros y tuvieran quien los cuidara en vez de estar solos? Este había sido el razonamiento de Annie, rápidamente aceptado y ahora considerado visionario. Visitaron a continuación la discoteca –que a menudo se usaba de día para algo llamado baile extático, que según Annie era muy buen ejercicio–, después vieron el enorme anfiteatro al aire libre y el pequeño teatro interior –«Aquí hay unos diez grupos de improvisación cómica»–, y por fin llegaron al almuerzo en la cafetería principal de la primera planta, en cuyo rincón, sobre una tarima, había un hombre tocando la guitarra que se parecía a un cantautor ya mayor al que los padres de Mae escuchaban…

–¿Ese no es…?
–Sí –dijo Annie, sin aminorar la marcha–. Hay alguien todos los días. Músicos, humoristas, escritores. Es el proyecto personal de Bailey, traerlos aquí para que puedan tener visibilidad, sobre todo teniendo en cuenta lo mal que están las cosas ahí fuera para ellos.

–Sabía que venían a veces, pero ¿dices que es todos los días? –Los contratamos con un año de antelación. Tenemos que sacudírnoslos de encima.

El cantautor estaba cantando apasionadamente, con la cabeza inclinada y el pelo cubriéndole los ojos, rasgando febrilmente la guitarra con los dedos, pero la enorme mayoría de la cafetería le prestaba poca atención o ninguna.

–No me imagino cuánto debe de costar eso –dijo Mae.

–Oh, por Dios, no les pagamos. Ah, espera, a este tipo lo tienes que conocer.

Annie detuvo a un hombre llamado Vipul, que según Annie pronto iba a reinventar la televisión entera, un medio que estaba más encallado que ningún otro en el siglo xx.

–En el diecinueve más bien –dijo él, con un ligero acento indio y un inglés preciso y distinguido–. Es el último sitio en el que los clientes nunca consiguen lo que quieren. El último vestigio de la organización feudal entre el creador y el espectador. ¡Ya no somos vasallos! –dijo, y enseguida se excusó.

–Este tipo está a otro nivel –dijo Annie mientras cruzaban la cafetería.

Se detuvieron en otras cinco o seis mesas, conociendo a gente fascinante, todos los cuales trabajaban en algo que Annie calificó de «revolución mundial», «cambio histórico» o «cincuenta años por delante de su época». El espectro de trabajos que se llevaban a cabo allí era asombroso. Conocieron a un par de mujeres que estaban trabajando en un vehículo de exploración submarina que haría que la fosa de las Marianas dejara de ser un misterio.

–Harán un mapa de la fosa como si fuera Manhattan –dijo Annie, y ninguna de las mujeres le discutió la hipérbole.

Se detuvieron junto a una mesa donde había un trío de jóvenes mirando una pantalla incorporada a la mesa que mostraba planos en 3-D de un nuevo tipo de vivienda de bajo coste que se podía adoptar por todo el mundo en vías de desarrollo.

Annie cogió de la mano a Mae y tiró de ella hacia la salida. –Ahora vamos a ver la Biblioteca Ocre. ¿Has oído hablar de ella?

Mae no había oído hablar de ella, pero no quería confesarlo. Annie le echó una mirada de complicidad.
–En realidad no deberías verla, pero yo digo que sí. Entraron en un ascensor de metacrilato y neón y ascendieron por el atrio, a lo largo de cinco niveles de plantas y oficinas visibles.

–No entiendo cómo estas cosas pueden encajar en el balance final –dijo Mae.

–Oh, Dios, yo tampoco lo entiendo. Pero esto ya no es una simple cuestión de dinero, como imagino que sabrás. Hay suficientes ingresos para mantener las pasiones de la comunidad. Esos tipos que trabajan en las casas sostenibles eran programadores, pero un par de ellos estudiaron arquitectura. De manera que escribieron una propuesta, y a nuestros Sabios les entusiasmó. Sobre todo a Bailey. Le encanta dar rienda suelta a la curiosidad de las grandes mentes jóvenes. Y su biblioteca es una locura. Es en esta planta.

Salieron del ascensor a un largo pasillo, este con acabado de madera de cerezo oscura y nogal, donde una serie de arañas de luces emitían una serena luz de color ámbar.

–Qué clásico –comentó Mae.
–Has oído hablar de Bailey, ¿verdad? Le encantan estos rollos antiguos. Caoba, bronce, vidrieras de colores. Es su estética. En el resto de los edificios está en franca minoría, pero aquí hace lo que quiere. Mira esto.

Annie se detuvo ante un cuadro de gran tamaño, un retrato de los Tres Sabios.

–Espantoso, ¿verdad? –dijo.

El cuadro era torpe, como si lo hubiera pintado un artista de instituto de secundaria. En él los tres hombres, los fundadores de la empresa, estaban colocados en formación piramidal, los tres vestidos con sus mejores galas y con expresiones que hablaban, caricaturescamente, de sus personalidades. Ty Gospodinov, el visionario y niño prodigio del Círculo, llevaba unas gafas anodinas y una capucha enorme, sonriente y mirando a la izquierda; parecía estar disfrutando del momento, él solo, sintonizado con una frecuencia lejana. La gente decía que bordeaba el síndrome de Asperger, y la imagen parecía subrayar esa idea. Con su pelo negro y descuidado y su cara sin arrugas no aparentaba más de veinticinco años.

–A Ty se lo ve perdido, ¿verdad? –dijo Annie–. Pero no es posible que lo estuviera. Ninguno de nosotros estaría aquí si él no fuera también un genio de la dirección empresarial. Debería explicarte la dinámica. Vas a ascender deprisa, o sea que te la explicaré.

Ty, cuyo nombre completo era Tyler Alexander Gospodinov, era el primer Sabio, explicó Annie, y todo el mundo lo llamaba Ty a secas.

–Eso lo sé –dio Mae.
–Ahora no me interrumpas. Te estoy dando la misma charla que les doy a los jefes de Estado.

–Vale.

Annie continuó.

Ty era consciente de ser, en el mejor de los casos, socialmente torpe, y en el peor un completo desastre para las relaciones interpersonales. Así pues, apenas seis meses antes de que la empresa saliera a Bolsa, tomó una decisión tan sagaz como provechosa: contrató a los otros dos Sabios, Eamon Bailey y Tom Stenton. La maniobra tranquilizó a los inversores y acabó triplicando el valor de la empresa. La salida a Bolsa cosechó tres mil millones de dólares, una cifra sin precedentes pero no inesperada, y una vez olvidadas todas las preocupaciones monetarias, y con Stenton y Bailey a bordo, Ty fue libre de flotar, de esconderse y de desaparecer. A cada mes que pasaba se lo veía menos por el campus y en los medios. Se fue volviendo un ermitaño, y su aura personal, de forma intencionada o no, se magnificó. Los espectadores del Círculo se preguntaban: «¿Dónde está Ty y qué anda tramando?». Sus planes se mantenían en secreto hasta el momento mismo de anunciarse, y cada vez que el Círculo presentaba alguna novedad estaba menos claro si venía del propio Ty o si era producto del grupo cada vez más grande de inventores, los mejores del mundo, que ahora la empresa tenía en su redil.

La mayoría de los observadores daban por sentado que él continuaba involucrado, y algunos insistían en que tanto su impronta personal como su talento para las soluciones globales, elegantes e infinitamente ajustables a escala, seguían presentes en todas las innovaciones importantes del Círculo. Había fundado la empresa al acabar el primer año de la universidad, sin ninguna visión particular para los negocios ni metas mensurables. «Solíamos llamarlo Niágara –decía su compañero de piso en uno de los primeros artículos publicados sobre él–. Las ideas le salían así, le brotaban de la cabeza a millones, a cada segundo de cada día, era una cosa sobrecogedora, no se acababa nunca.»

Ty diseñó el sistema inicial, el Sistema Operativo Unificado, que combinaba todas las cosas de la red que hasta entonces habían estado separadas y mal hechas: los perfiles de usuarios de medios sociales, sus sistemas de pago, sus distintas contraseñas, sus cuentas de correo electrónico, sus nombres de usuario, sus preferencias y todas y cada una de sus herramientas y manifestaciones de intereses. La vieja forma de hacer las cosas –una transacción nueva y un sistema nuevo para cada página y cada compra– era como coger un coche distinto para hacer cada recado. «Lo normal no es que necesites tener ochenta y siete coches», di ría más tarde, después de que su sistema hubiera conquistado la red y el mundo.

Así pues, lo que hizo él fue ponerlo todo, todas las necesidades y herramientas de todos los usuarios, en un solo recipiente, y así es como inventó TruYou: una sola cuenta, una sola identidad, una sola contraseña y un solo sistema de pago por persona. Se acabaron las demás contraseñas y las identidades múltiples. Tus aparatos sabían quién eras, y tu única identidad –el TruYou, el «yo verdadero», imposible de deformar o enmascarar– era la persona que pagaba, se inscribía, respondía, hacía de espectador y reseñaba, veía y era vista. Tenías que usar tu nombre de verdad, que estaba vinculado con tus tarjetas de crédito y tu banco, de manera que pagar siempre resultaba simple. Un solo botón para el resto de tu vida en la red.

Para usar cualquiera de las herramientas del Círculo, que eran las mejores, las más dominantes, ubicuas y gratuitas, tenías que hacerlo como tú mismo, como tu yo real, como tu TruYou. Se había acabado la era de las identidades falsas, de los robos de identidad, de los nombres múltiples de usuarios, de las contraseñas y los sistemas de pago complicados. Cada vez que querías ver algo, usar algo, comentar sobre algo o comprar algo, había un solo botón, una sola cuenta, todo bien ligado y fácil de rastrear y simple, todo operable por medio del teléfono móvil o el ordenador portátil, la tablet o el retinal. En cuanto te hacías con ella, tu cuenta única ya te llevaba hasta el último rincón de la red, hasta el último portal y la última página de pago, hasta todo lo que quisieras hacer.

TruYou cambió internet, de cabo a rabo, en el curso de un año. Aunque había páginas que al principio se resistieron, y los defensores de internet libre clamaron por el derecho de ser anónimo en la red, TruYou se propagó como un maremoto y aplastó toda oposición significativa. Empezó con las páginas comerciales. ¿Por qué iba una página no pornográfica a querer usuarios anónimos cuando podía saber exactamente quién estaba entrando por su puerta? De la noche a la mañana, todos los foros de comentarios se volvieron civilizados y todos los que posteaban se volvieron responsables. Los trolls, que hasta entonces habían sido más o menos los dueños de internet, fueron repelidos de vuelta a las tinieblas.

Por su parte, quienes deseaban o necesitaban rastrear los movimientos de los consumidores en la red habían dado con su Valhalla: ahora los auténticos hábitos de compra de la gente real se podían registrar y calibrar en gran medida, gracias a lo cual el marketing se podía orientar con precisión quirúrgica. La mayoría de los usuarios de TruYou, la mayoría de los usuarios de internet que solo querían simplicidad, eficiencia y una experiencia limpia y funcional, se quedaron encantados con los resultados. Ya no les hacía falta memorizar doce identidades y contraseñas; ya no necesitaban tolerar la locura y la rabia de las hordas anónimas; ya no tenían que aguantar marketing al por mayor que, en el mejor de los casos, intentaba acertar tus gustos y erraba el tiro por un kilómetro. Ahora los mensajes que uno recibía eran precisos y certeros y, en la mayoría de las ocasiones, hasta bienvenidos.

Y Ty había llegado a todo esto más o menos por accidente. Estaba cansado de recordar identidades, de introducir contraseñas y la información de su tarjeta de crédito, de manera que diseñó un código que lo simplificara todo. ¿Acaso usó a propósito las letras de su nombre en TruYou? Según él, solo fue consciente de la coincidencia más adelante. ¿Acaso tenía alguna idea de las implicaciones comerciales de TruYou? Él afirmaba que no, y la mayoría de la gente daba por sentado que ese era el caso, que la monetización de las innovaciones de Ty era cosa de los otros dos Sabios, que eran quienes tenían la experiencia y la visión de negocio para hacerla realidad. Fueron ellos quienes explotaron económicamente TruYou, quienes encontraron formas de cosechar ganancias con todas las innovaciones de Ty, y fueron ellos quienes hicieron crecer la empresa hasta convertirla en la fuerza que absorbería en su seno a Facebook, Twitter, Google y por fin a Alacrity, Zoopa, Jefe y Quan.

–Tom no sale muy bien –señaló Annie–. En realidad no tiene tanta pinta de tiburón. Pero he oído decir que a él le encanta el cuadro.

A la izquierda y por debajo de Ty estaba Tom Stenton, el presidente de magnitud colosal y autodenominado «Capitalista Prime» –le encantaban los Transformers–, vestido con traje italiano y sonriendo igual que el lobo que se comió a la abuela de Caperucita Roja. Tenía el pelo oscuro, con vetas grises en las sienes y una mirada inexpresiva e indescifrable. Su modelo eran los agentes bursátiles de Wall Street de los años ochenta, carentes de reparos a la hora de exhibir su riqueza y de mostrarse solteros y agresivos y posiblemente peligrosos. Era un titán global manirroto de cincuenta y pocos años que parecía hacerse más fuerte a cada año, y derrochaba su dinero y su influencia sin miedo. No le daban miedo los presidentes. No le intimidaban los pleitos de la Unión Europea ni las amenazas de los hackers chinos patrocinados por el Estado. Nada le preocupaba, nada le resultaba inalcanzable y nada estaba fuera de su rango salarial. Era propietario de un equipo de la NASCAR y de un par de yates de carreras y pilotaba su propio avión. Era el anacronismo del Círculo, su presidente extravagante, y generaba sentimientos encontrados entre muchos de los jóvenes utópicos del Círculo.

El consumo extravagante al que era aficionado se encontraba notablemente ausente de las vidas de los otros dos Sabios. Ty tenía alquilado un apartamento destartalado de dos dormitorios situado a unos kilómetros de distancia, pero la verdad era que nadie lo había visto llegar nunca al campus ni tampoco marcharse de él; simplemente se daba por sentado que vivía allí. Y todo el mundo sabía dónde vivía Eamon Bailey, en una casa de tres dormitorios muy visible y profundamente modesta, situada en una calle ampliamente accesible a diez minutos del campus. Stenton, sin embargo, tenía casas en todas partes: en Nueva York, en Dubái y en Jackson Hole. Una planta en lo alto de la Millenium Tower de San Francisco. Una isla cerca de la Martinica.

Eamon Bailey, de pie junto a él en el cuadro, parecía estar completamente en paz, y hasta disfrutando, en compañía de aquellos hombres, que eran los dos, por lo menos en apariencia, diametralmente opuestos a los valores de él. Su retrato, debajo y a la derecha del de Ty, lo mostraba tal como era: canoso, de cara rubicunda y ojos centelleantes, risueño y sincero. Era la cara pública de la empresa, la personalidad que todo el mundo asociaba con el Círculo. Cuando sonreía, que era casi constantemente, sonreía su boca, sonreían sus ojos y hasta sus hombros daban la impresión de sonreír. Era mordaz. Era gracioso. Tenía una forma de hablar que resultaba al mismo tiempo lírica y mundana, concediéndoles a sus oyentes expresiones maravillosas y un momento más tarde puro sentido común en el idioma de la calle. Era de Omaha, de una familia de seis miembros excesivamente normal, y no tenía básicamente nada notable en su pasado. Había estudiado en Notre Dame y se había casado con su novia, que había estudiado al lado, en Saint Mary’s, y ahora ellos también tenían cuatro hijos, tres hijas y por fin un varón, aunque el niño había nacido con parálisis cerebral. «Ha nacido especial –había dicho Bailey al anunciar el nacimiento a la empresa y al mundo–. Así que lo querremos todavía más.»

De los tres Sabios, Bailey era el que más números tenía de dejarse ver por el campus, para tocar el trombón estilo Dixieland en el concurso de talentos de la empresa, y también el que más números tenía de aparecer en tertulias televisivas en representación del Círculo, soltando risitas cuando hablaba –quitándole importancia– de tal y de cual investigación de la Comisión Federal de Comunicaciones, o bien cuando desvelaba alguna nueva aplicación ultrapráctica o alguna innovación tecnológica que cambiaba las reglas del juego. Le gustaba que lo llamaran Tío Eamon, y cuando se paseaba dando zancadas por el campus, se comportaba como un tío entrañable, un Teddy Roosevelt en su primer mandato, accesible, genuino y vocinglero. Los tres juntos, tanto en la vida real como en aquel retrato, componían un ramillete extraño y discordante, pero no había duda de que la combinación funcionaba. Todo el mundo sabía que funcionaba, aquel modelo tricéfalo de dirección, y prueba de ello es que la dinámica fue emulada por todas las compañías del Fortune 500, con resultados desiguales.

–Entonces –preguntó Mae– ¿por qué no se pudieron pagar un retrato de verdad hecho por alguien que supiera hacer su trabajo?

Cuanto más miraba aquel cuadro, más extraño se volvía. El artista había colocado a los Sabios de tal manera que cada uno tenía puesta una mano en el hombro del de al lado. El resultado no tenía sentido alguno, y desafiaba la forma en que los brazos podían doblarse o estirarse.

–A Bailey le mata de la risa –dijo Annie–. Él lo quería en el vestíbulo principal, pero Stenton lo vetó. Sabes que Bailey es coleccionista y todo eso, ¿no? Tiene un gusto increíble. O sea, tiene imagen de ser el fiestero, el tío normal y corriente de Omaha, pero también es un entendido en arte, y está bastante obsesionado con conservar el pasado, y hasta el arte malo del presente. Espera a ver su biblioteca.

Llegaron a una puerta enorme, que parecía y probablemente fuera medieval, diseñada para mantener a raya a los bárbaros. Al nivel del pecho le sobresalían dos llamadores gigantes en forma de gárgolas, y Mae soltó el chiste fácil.

–Vaya par de melones.

Annie soltó un soplido de burla, pasó la mano por un panel azul de la pared y la puerta se abrió.

Annie se volvió hacia ella.
–Para flipar, ¿no?

Era una biblioteca de tres plantas, tres niveles construidos alrededor de un atrio abierto, todo a base de madera, cobre y plata, una sinfonía de colores apagados. Habría con facilidad diez mil libros, la mayoría encuadernados en cuero y colocados pulcramente en unas estanterías relucientes de barniz. Entre los libros se erigían severos bustos de seres humanos notables, griegos y romanos, Jefferson y Juana de Arco y Martin Luther King. Del techo colgaba una maqueta de la Spruce Goose, ¿o tal vez era la Enola Gay? Había una docena aproximada de globos terráqueos de anticuario iluminados desde el interior, con una luz suave y mantecosa que calentaba diversas naciones perdidas.

–Muchas de estas cosas las ha comprado cuando estaban a punto de ser subastadas o directamente perdidas. Es su cruzada personal, ya sabes. Visita las fincas caídas en desgracia y habla con la gente que está a punto de verse obligada a malvender terriblemente sus tesoros, y no solo les paga precios de mercado, sino que les da a los propietarios originales acceso ilimitado a las cosas que él les ha comprado. Luego los ves a menudo por aquí, tipos canosos que vienen a leer o a tocar sus cosas. Uy, esto lo tienes que ver. Te va a dejar alucinada.

Annie llevó a Mae escaleras arriba, por los tres rellanos revestidos de intrincados mosaicos, que Mae dio por sentado que eran reproducciones de piezas bizantinas. Subió ayudándose de la barandilla de bronce y reparó en que esta no tenía huellas dactilares ni manchas de ninguna clase. Vio lámparas de lectura verdes de contable, y telescopios entrecruzados de colores cobre y dorado relucientes, orientados al otro lado de las muchas ventanas de cristal biselado.

–Mira hacia arriba –le dijo Annie, y ella obedeció, y se encontró con que el techo era una vidriera que representaba febrilmente una multitud de ángeles desplegados en círculos–. Es de una iglesia de Roma.

Llegaron al piso superior de la biblioteca, y Annie condujo a Mae por una serie de angostos pasillos flanqueados por libros de lomos redondeados, que a ratos le llegaban casi a la coronilla: biblias y atlas, historias ilustradas de guerras y levantamientos, de naciones y de pueblos desaparecidos largo tiempo atrás.

–Muy bien. Mira esto –dijo Annie–. Espera. Antes de enseñártelo, tienes que aceptar un acuerdo verbal de confidencialidad, ¿de acuerdo?

–Vale.
–En serio.
–Te lo digo en serio. Me lo estoy tomando en serio.
–Bien. Ahora, cuando mueva este libro… –dijo Annie, sacando un volumen de gran tamaño titulado Los mejores años de nuestras vidas–. Mira ahora –dijo, y retrocedió un paso. Lentamente, la pared, que albergaba un centenar de libros, empezó a moverse hacia dentro, revelando una cámara secreta en el interior–. Frikismo de primera, ¿verdad? –dijo Annie, mientras entraban.

La cámara interior era redonda y estaba llena de libros, pero el foco de atención era un agujero en mitad del suelo, rodeado de una baranda de cobre; por el agujero del suelo descendía un poste, en dirección a las regiones desconocidas de más abajo.

–¿Hace de bombero? –preguntó Mae.

–Ni puñetera idea –dijo Annie.
–¿Adónde va a parar?
–Que yo sepa, va a parar al aparcamiento de Bailey.

A Mae no se le ocurrió ningún adjetivo para aquello.
–¿Tú has bajado alguna vez?
–Qué va, el mero hecho de enseñármelo ya fue un riesgo. Eso me dijo. Y ahora yo te lo estoy enseñando a ti, lo cual es una tontería. Pero es una muestra de la mentalidad del tipo. Puede tenerlo todo y elige tener un poste de bombero que baja siete plantas hasta el aparcamiento.

Del auricular de Annie salió aquel ruido como de una gotita, y ella dijo «Vale» a quien estuviera al otro lado de la línea. Era hora de marcharse.

–Bueno –me dijo Annie en el ascensor. Estaban bajando a las plantas principales del personal–. Tengo que irme a trabajar un rato. Es hora de la inspección de los alevines.

–¿Hora de qué? –preguntó Mae.
–Ya sabes, pequeñas empresas emergentes que confían en que la enorme ballena, o sea nosotros, las encontremos lo bastante sabrosas como para comérnoslas. Una vez por semana montamos una serie de reuniones con esos aspirantes a Ty, y ellos intentan convencernos de que necesitamos adquirirlos. Es un poco triste, porque es que ya ni siquiera fingen que tienen ingresos, ni potencial para conseguirlos. Pero escucha, te voy a poner en manos de dos embajadores de la empresa. Los dos se toman su trabajo muy en serio. De hecho, ándate con ojo con su devoción por el trabajo. Ellos te enseñarán el resto del campus y yo te recogeré para la fiesta del solsticio que hay después, ¿vale? Empieza a las siete.

Las puertas se abrieron a la segunda planta, cerca del Comedor de Cristal, y Annie le presentó a Denise y a Josiah, los dos de veintiséis o veintisiete años, los dos provistos de la misma sinceridad de mirada serena y los dos con camisas de botones sencillas de colores elegantes. Los dos le dieron sendos apretones a Mae con ambas manos y parecieron a punto de hacerle una reverencia.

–Aseguraos de que no trabaje hoy –fueron las últimas palabras de Annie antes de desaparecer otra vez en el ascensor.

Josiah, un tipo flaco y muy pecoso, volvió hacia Mae su mirada de ojos azules que no parpadeaban nunca.

–Nos alegramos muchísimo de conocerte.

Denise, alta, delgada y asiática-americana, sonrió a Mae y a continuación cerró los ojos, como si estuviera saboreando el momento.

–Annie nos lo ha contado todo de vosotras dos, nos ha dicho que os conocéis de siempre. Annie es el alma de este sitio, así que tenemos mucha suerte de tenerte aquí.

–Todo el mundo quiere a Annie –añadió Josiah.

La deferencia que mostraban hacia Mae resultaba algo incómoda. Estaba claro que eran mayores que ella, pero se comportaban como si ella fuera una eminencia de visita.

–En fin, ya sé que quizá resulte en parte redundante –dijo Josiah–, pero si no te importa nos gustaría hacerte la visita guiada completa que les hacemos a los recién llegados. ¿Te parece bien? Prometemos que no será muy pesado.

Mae se rió, les encareció a hacerlo y se puso a seguirlos.

El resto del día fue un revuelo de habitaciones de cristal y presentaciones breves e imposiblemente cálidas. Todo el mundo a quien le presentaban estaba ajetreado, al borde del exceso de trabajo, pero aun así estaban emocionados de conocerla, felices de tenerla allí, cualquier amiga de Annie… Le enseñaron el centro sanitario y le presentaron al médico con rastas que lo llevaba, el doctor Hampton. La llevaron a ver la clínica de urgencias y le presentaron a la enfermera escocesa que admitía a los pacientes. La llevaron a ver los huertos orgánicos, de un centenar de metros cuadrados, donde había dos hortelanos empleados a tiempo completo dando una charla a un grupo de circulistas mientras estos probaban la última cosecha de zanahorias, tomates y col rizada. Luego la llevaron a ver la zona de minigolf, el cine, las boleras y la tienda de comestibles. Por fin, en lo que a Mae le pareció que era la esquina misma del campus –podía ver la verja del otro lado y los tejados de los hoteles de San Vincenzo donde se alojaban los invitados del Círculo–, visitaron las residencias de los empleados de la empresa. Mae había oído hablar de ellas: Annie le había contado que a veces se quedaba a pasar la noche en el campus y que ya prefería aquel alojamiento a su propia casa. Mientras caminaba por los pasillos y veía aquellas pulcras habitaciones, todas con sus relucientes cocinas americanas, mesas de trabajo, sofás de lo más mullido y camas, Mae tuvo que admitir que su atractivo era visceral.

–De momento hay ciento ochenta habitaciones, pero estamos creciendo deprisa –dijo Josiah–. Con unas diez mil personas más o menos en el campus, siempre hay un porcentaje de gente que trabaja hasta tarde o que necesita echar una siesta durante el día. Estas habitaciones siempre están libres y limpias: basta con mirar en internet cuáles están disponibles. Ahora mismo se llenan deprisa, pero el plan es que en los próximos años haya por lo menos varios miles de habitaciones.

–Y después de las fiestas como las de esta noche, siempre se llenan –dijo Denise, con lo que pretendía ser un guiño de complicidad.

La visita continuó a lo largo de la tarde, con una parada para probar la comida de la clase de cocina, que aquel día impartía un famoso chef joven conocido por no desperdiciar ninguna parte de ningún animal. El chef le presentó a Mae un plato llamado «asado de careta de cerdo», que Mae probó y descubrió que sabía como el beicon pero más grasiento. Le gustó mucho. En su recorrido por el campus se cruzaron con otros visitantes, grupos de estudiantes universitarios, cuadrillas de vendedores y lo que parecía ser un senador acompañado de las personas que se hacían cargo de él. Pasaron por un salón recreativo con máquinas de pinball antiguas y una pista de bádminton interior, donde, según Annie, tenían en nómina a un antiguo campeón del mundo. Para cuando Josiah y Denise la devolvieron al centro del campus, ya empezaba a atardecer y el personal estaba instalando antorchas tiki en la hierba y encendiéndolas. Varios millares de circulistas empezaron a congregarse con la puesta del sol, y allí, entre ellos, Mae supo que ya nunca jamás querría trabajar –ni siquiera estar– en ninguna otra parte. Su pueblo natal, junto con el resto de California y el resto de Estados Unidos, le parecían un caos total perdido en un país en vías de desarrollo. Fuera de los muros del Círculo, todo era ruido y pugna, fracaso e inmundicia.

Aquí, sin embargo, todo se había perfeccionado. Las mejores personas habían construido los mejores sistemas, y los mejores sistemas habían cosechado fondos, unos fondos ilimitados que hacían posible aquello: el mejor lugar para trabajar. Y era natural que lo fuera, pensó Mae. ¿Quién podía construir una utopía más que la gente utópica?

–¿Esta fiesta? Esto no es nada –le aseguró Annie a Mae, mientras paseaban junto a la mesa de doce metros del bufet. Se había hecho oscuro y el aire nocturno estaba refrescando, pero en el campus reinaba una calidez inexplicable y brillaban centenares de antorchas rebosantes de luz de color ámbar–. Esta fiesta es idea de Bailey. No es que vaya de Madre Tierra ni nada, pero sí que le gustan las estrellas y las estaciones, de forma que el solsticio es patrimonio suyo. En algún momento aparecerá y dará la bienvenida a todo el mundo, o por lo menos tiene costumbre de hacerlo. El año pasado llevaba una especie de camiseta sin mangas. Está muy orgulloso de sus brazos.

Mae y Annie pasearon por entre la hierba frondosa, llenando sus platos y luego encontrando asiento en el anfiteatro de piedra construido sobre un arcén alto y cubierto de hierba. Annie se dedicó a rellenarle el vaso a Mae con una botella de Riesling que le explicó que se hacía en el mismo campus, una especie de brebaje nuevo que tenía menos calorías y más alcohol. Mae miró al otro lado del césped, hacia las antorchas susurrantes y desplegadas en hileras, cada una de las cuales conducía a los celebrantes a una actividad distinta –limbo, kickball, el baile del Carro Eléctrico–, ninguna de ellas relacionada de ninguna forma con el solsticio. La aparente arbitrariedad y la ausencia de horario imperativo generaban una fiesta que planteaba pocas expectativas y las rebasaba con facilidad. Todo el mundo se puso como una cuba rápidamente y Mae no tardó en perder a Annie, y por fin en perderse del todo, hasta que pudo encontrar el camino que llevaba a las pistas de petanca, que estaban siendo usadas por un pequeño grupo de circulistas de más edad, todos ya en la treintena, para jugar a los bolos con melones. Así consiguió regresar al césped, donde se unió a una partida de un juego que los circulistas llamaban «Ja», y que parecía consistir simplemente en tumbarse, superponiendo los brazos o las piernas o ambas cosas. Cada vez que la persona que tenías al lado decía «Ja», tú también lo tenías que decir. Era un juego espantoso, pero de momento Mae lo necesitaba, porque le estaba dando vueltas la cabeza y se sentía mejor estando horizontal.

–Mira a esta. Qué en paz se la ve –dijo una voz cercana. Mae se dio cuenta de que la voz, que era de hombre, se estaba refiriendo a ella, de manera que abrió los ojos. Pero no vio a nadie junto a ella. Solo vio el cielo, que estaba en su mayor parte despejado, con volutas de nubes grises sobrevolando rápidamente el campus con rumbo al mar. A Mae se le cerraban los ojos, aunque sabía que no era tarde, no debían de ser más de las diez, y no quería hacer lo que hacía a menudo, que era quedarse dormida después de un par o tres de copas, de manera que se puso de pie y se fue en busca de Annie, o de más Riesling, o de ambas cosas. Encontró el bufet pero lo encontró devastado, como un banquete asaltado por animales o por vikingos, de manera que caminó hasta la barra más cercana, donde se había acabado el Riesling y solo se ofrecía un brebaje a base de vodka y alguna bebida energética. Se marchó de allí, preguntándole a la gente con quien se cruzaba si habían visto el Riesling, hasta que notó que se le ponía delante una sombra.

–Hay más por allí –dijo la sombra.

Mae se giró para encontrarse con unas gafas que emitían destellos azules y que coronaban la silueta difusa de un hombre. Este dio media vuelta para marcharse.

–¿Te sigo? –preguntó Mae.
–Todavía no. Estás quieta. Pero si quieres más vino tendrás que seguirme.

Ella siguió a la sombra, primero por el césped y después por debajo de un dosel de árboles altos por entre los cuales se filtraba la luz de la luna, como un centenar de lanzas plateadas. Ahora Mae pudo ver mejor a la sombra; llevaba una camiseta de color arena y una especie de chaleco por encima, de cuero o de ante, una combinación que Mae llevaba tiempo sin ver. Por fin el hombre se detuvo y se agachó al pie de una cascada, una cascada artificial que caía por el costado de la Revolución Industrial.

–He escondido aquí unas cuantas botellas –dijo, con las manos sumergidas en el estanque que recogía el agua de la cascada.

Como no encontró nada, se puso de rodillas y hundió los brazos hasta el hombro. Así consiguió agarrar dos botellas finas y verdes, se incorporó y se giró hacia ella. Por fin Mae pudo verlo bien. Su cara era un triángulo de contornos suaves, que finalizaba en una barbilla con un hoyuelo tan sutil que ella no lo había visto hasta aquel momento. Tenía piel de niño, ojos de hombre mucho mayor y una nariz prominente que, a pesar de es tar torcida, conseguía conferirle estabilidad al resto de su cara, como la quilla de un yate. Sus cejas eran gruesas líneas que corrían hacia sus orejas, redondas, grandes y de color rosa princesa.

–¿Quieres volver a la partida o…?

Parecía estar sugiriendo que el «o» podía ser mucho mejor. –Claro –dijo ella, dándose cuenta de que no conocía a aquel tipo, no sabía nada de él.

Pero como tenía aquellas botellas, y como ella había perdido a Annie, y además confiaba en todo el mundo que estuviera dentro de los muros del Círculo, y en aquel momento tenía tanto amor para todo el mundo que estuviera dentro de aquellos mu ros, donde todo era nuevo y todo estaba permitido, Mae lo siguió de regreso a la fiesta, o por lo menos a su extrarradio, donde se sentaron en una escalinata circular y alta que dominaba el césped y se quedaron mirando cómo las siluetas del fondo corrían, chillaban y se caían.

El hombre abrió las dos botellas, le entregó una a Mae, dio un sorbo de la suya y dijo que se llamaba Francis.

–¿No Frank? –preguntó ella.

Cogió la botella y se llenó la boca de aquel vino acaramelado. –La gente intenta llamarme así, pero yo… les digo que no. Ella se rió y él también.

Trabajaba en desarrollo de proyectos, le explicó, y llevaba casi dos años en la empresa. Antes había sido una especie de anarquista, un provocador. Había conseguido el trabajo hackeando el sistema del Círculo hasta llegar más adentro que nadie. Ahora formaba parte de su equipo de seguridad.

–Hoy es mi primer día –comentó Mae. –No te creo.

Y luego Mae, que tenía intención de decir «No es coña», decidió innovar, pero en el curso de su innovación se hizo un lío y acabó articulando las palabras «No es coño», dándose cuenta casi al instante de que recordaría aquellas palabras, y se odiaría a sí misma por decirlas, durante décadas.

–¿No es coño? –preguntó él, en tono neutro–. Me parece muy tajante. Has tomado una decisión con muy poca información. No es coño. Uau.

Mae intentó explicarle lo que había tenido intención de decir, el hecho de que se le había ocurrido, o por lo menos a algún departamento de su cerebro se le había ocurrido, introducirle algún cambio a la expresión. Pero no importaba. Ahora él se estaba riendo, y sabía que ella tenía sentido del humor, y ella sabía que él también lo tenía, y de alguna manera él la hacía sentir segura, le daba la sensación de que no volvería a sacar aquello a colación, de que aquella ordinariez que ella acababa de decir quedaría entre ellos, de que los dos entendían que todo el mundo cometía equivocaciones y de que, si todos reconocían el hecho de ser igualmente humanos, igualmente frágiles y propensos a decir cosas ridículas y a hacer el ridículo mil veces, había que dejar que aquellas equivocaciones cayeran en el olvido.

–Primer día –dijo él–. Pues felicidades. Un brindis. Entrechocaron las botellas y dieron sendos sorbos. Mae levantó su botella hacia la luna para ver cuánto quedaba; el líquido se volvió de un color azul como de otro mundo y ella vio que ya había engullido la mitad. Dejó la botella.

–Me gusta tu voz –dijo él–. ¿Siempre la has tenido así? –¿Grave y ronca?
–Yo la definiría como «curtida». Diría que tiene «alma». ¿Conoces a Tatum O’Neal?

–Mis padres me hicieron ver Luna de papel cien veces. Para animarme.

–Me encanta esa película –dijo él.
–Pensaban que yo acabaría siendo como Addie Pray, mundana pero adorable. Querían a una chica masculina. Me cortaban el pelo como a ella.

–Pues a mí me gusta.
–¿Te gusta el pelo estilo chico?

–No. Tu voz. De momento es lo mejor que tienes.

Mae no dijo nada. Tuvo la sensación de haber recibido una bofetada.

–Mierda –dijo él–. ¿Ha sonado raro? Estaba intentando hacerte un cumplido.

Hubo una pausa incómoda; Mae había tenido unas cuantas experiencias terribles con hombres que hablaban demasiado bien y que se saltaban los peldaños que hiciera falta para aterrizar en cumplidos inadecuados. Se giró hacia él, a fin de confirmar que no era lo que ella había pensado –generoso e inofensivo–, sino deforme, nervioso y asimétrico. Cuando lo miró, sin embargo, vio la misma cara suave, las mismas gafas azules y los mismos ojos ancianos. Tenía una expresión afligida.

Él se quedó mirando su botella, como si quisiera echarle la culpa.

–Solo quería hacer que te sintieras mejor con tu voz. Pero supongo que he insultado al resto de ti.

Mae pensó en aquello un momento, pero su cerebro, atiborrado de Riesling, andaba despacio y con movimientos pegajosos. Por fin renunció a analizar la declaración de él o sus intenciones.

–Creo que eres raro –le dijo.
–No tengo padres –dijo él–. ¿Quizás eso me disculpa un poco? –Luego, consciente de que estaba revelando demasiado y de forma demasiado desesperada, dijo–: No estás bebiendo.

Mae decidió dejarle que abandonara el tema de su infancia. –Ya he terminado –dijo–. Ya me ha hecho efecto del todo. –Lo siento de verdad. A veces me equivoco con el orden de las palabras. En esta clase de cosas me lo paso mejor cuando no hablo.

–Eres raro de verdad –volvió a decir Mae, y lo decía en serio. Tenía veinticuatro años y nunca había conocido a n

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