El celo

Sabina Urraca

Fragmento

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2.10. Heridas y llagas

Se unta la parte afectada con aceite de pardela. Es también bueno para las llagas dárselas de lamer a un perro.

 

DOMINGO GARCÍA BARBUZANO,

Prácticas y creencias de una santiguadora canaria

 

 

Leí un cuento de Afanassiev, El vampiro, y me pregunté por qué Marusia, que tenía miedo del vampiro, se obstinaba en negar lo que había visto, aun sabiendo que denominarlo significaba para ella la salvación.

 

MARINA TSVIETÁIEVA,

El poeta y el tiempo

 

 

¿Qué necesidad hay de diablo cuando basta la persona?

 

HENRI MICHAUX

Uno

Los cordones

 

 

 

 

La Perra empieza a sangrar. Deja lamparones rojos en el suelo del metro, en el sofá, motea el suelo de la casa. Empiezan a seguirla perros de todo el barrio. De otros barrios. Se le extravía la mirada. Dentro de ella, algo empieza a fermentar. No come. Bebe lo justo para sostener ese nervio vivo que la llevará, en un par de semanas, a ser otra distinta, a querer ser otra con otros, a querer ser muchos perros más.

 

En el blog Amo a mi mascota:

 

El sangrado de tu perrita durará un máximo de catorce días. En este tiempo, a pesar de que los machos empezarán a interesarse por ella, es probable que la perra aún no se muestre dispuesta.

 

Debajo del texto aparece la ilustración de una perra con ojos de cachorro inocente y un lazo rojo en la cabeza.

 

En el parque, junto al río, un señor con una furia de años se acerca mucho mucho a la cara de la Humana. Si la Humana fuese un hombre, la habría agarrado de la pechera. Pero no es. El señor lleva una chaqueta de cuero cuarteada y un gorro del Atleti lleno de bolitas. Le dice:

 

Mirabonita: si mi Mirko - le huele - el coño - a tu perra - y cruza la calle - y lo pilla un coche - y lo mata - la próxima vez que nos veamos no-va-a-ser-agradable-ya-me-entiendes.

 

El aliento del señor es el cuchillo de un bandido que ha estado partiendo ajos. Pero el peligro para el mundo no es él. Por lo visto el delito es la bicha loca, la criatura suelta, la Perra esparciendo feromonas. Soltando muerte coño abajo. La Humana pide perdón. Se disculpa y tiembla como en la guardería, después de haber robado un muñequito precioso, diminuto, de boca roja, después de haberse metido el muñequito primero en el bolsillo, luego en la boca, luego en el culo, para que no la pillaran, después de haber sido descubierta y obligada a sentarse en un orinal y no levantarse hasta que hubiese cagado el muñequito. Ahora tiene treintaidós. Le parece haber sido veinte distintas desde entonces, pero esta pequeñez repentina, el miedo bajando como un pis de hielo ante cualquier voz que hable desde arriba son iguales que cuando el muñequito.

 

Por la noche, de nuevo en el parque, otro señor. Tiene tres perritos diminutos: abuelo, padre e hijo. Bichos tristes que necesitan ayuda para reproducirse, para parir, para respirar. Dos de ellos llevan pajarita. Liliputienses de gala, ahogados en su propio aliento tras varios días de fiesta. Para aparearse con la Perra tendrían que treparse unos sobre otros. La abuela, madre e hija, amante de los tres, todos los cargos familiares juntos en una sola perra, murió hace dos años, le dice el señor. Se puso gorda como un tonel. No le cabía ninguno de sus vestidos. Tenía nueve. El señor viste polo negro, pantalones cortos negros. Fuma tabaco negro. Al señor le gustan los hombres, pero nunca ha follado con uno. Quizá ni siquiera sabe que le gustan los hombres. Es eso lo que huele la Humana en esos sesenta años mal llevados, el crujido que ve en su ceño oscuro: un celo jamás agotado, amargo ya. El perro hijo se acerca a la Perra intentando lamer encaramarse multiplicarse. Al señor se le envenena el gesto.

 

Nerón deja a la perrita.

Nerón no la molestes.

Nerón ¿qué te estoy diciendo?

 

Finalmente se enfurece, el perrito casi ahogado por el tirón de correa.

 

Nerón DÉJALA EL CRISPI.

 

Hace unos meses que la Humana vive en un bajo, un piso diminuto en los edificios amarillos junto al río, esos bloques al sur de la ciudad que se construyeron hace casi cien años para alojar a los trabajadores del antiguo matadero. Frente a la que ahora es su casa paseaban medio desmayados los bebedores de sangre, enfermos que hacían cola para recibir un vaso de líquido vital aún tibio, exprimido del cuerpo recién muerto del animal. Antes vivía sola. Ahora con la Perra. Orejas puntiagudas, pelo negro. Cuando está a punto de ser guapa, le sobresale un diente de abajo. Perros sacatapas. Así llamaba la Abuela a los chuchos mil leches, más cerca de las ratas que de los lobos, en los que la mandíbula de abajo ganaba a la de arriba. La recuerda visitando el pueblo en verano, vestida de señora de ciudad, el cardado impecable, como una Sofía Loren chaparra y arisca, ahuyentando a un grupo de perros que iba tras las tortas de manteca ocultas en el bolso, tras los dedos manchados de azúcar de la nieta blanda. Quita demonio. Quita demonio, espantando la miseria de su infancia, descalza por esas mismas calles. Los huesos de sus pies deformados, ahora en tacones bajos marrón oscuro, presionaban el cuero, como queriendo romper y salir a dar con la tierra antigua. Estos pies endemoniados que tengo. Y la parada en la fuente, a recolocar la plantilla cuando no pasara nadie. Tú no mires vuélvete. La nieta girada hacia el pueblo de adobe, imaginando los pies de la Abuela, oyendo su quejido. Endemoniados endemoniados. Sólo iban de visita tres veces cada verano, bien repartidas a lo largo de los tres meses de vacaciones. El Abuelo evadía el teatrillo social. Las dejaba con el coche en la entrada del pueblo. MILAGROS en letras negras sobre el cartel oxidado. A veces, ya enfilando la calle central, a la Abuela empezaban a temblarle los labios, los párpados. Creo yo que me está bajando el azúcar. Les echaban las tortas desmigadas a los perros y tomaban el camino hacia la ermita, rodeado de campos de cultivo, para que la Abuela pudiese descansar. Quedaba temblando, apoyada en una alpaca de paja. Comía, uno tras otro, terrones que sacaba del bolso. La Humana repasaba con una vara el trigal recién segado, espantando el miedo de la Abuela a las culebras. La Abuela crujía el azúcar en el carrillo. Señalaba el camino. Por aquí iba yo más chica que tú con la hogaza para el santo. Sin nada en los pies. La Humana ponía la cara de espanto que a la Abuela le gustaba que pusiera. No pongas esa cara, que era muy bonito. Había que llevar la hogaza más grande que hiciera tu madre. Atronaban las chicharras. La Humana se quitaba las zapatillas blancas de loneta y posaba los pies tiernos en la vereda. Exploraba el daño de la Abuela niña. Íbamos descalzas por la nieve, porque era en enero. Todas las más pequeñas. Si te nacía otra hermana, ya no tenías que ir. Cuando supo caminar la Quina yo ya no fui más. Y cuando nació la Valvanera tampoco fue más la Quina.

A veces llegaban hasta la puerta de la casa, pero una vez allí no las dejaban entrar porque la Quina estaba mala. Ya sabes que cuando se pone así no es bonito de ver, decía Valvanera, nariz de pájaro, dos dientes a faltar, cerrándoles el paso. Ya en el trigal, esperando al Abuelo, la Abuela se cubría fuerte la boca para taponar el llanto. Sonaba a vaca que pide desde un pozo. La Humana no miraba por un pudor sólido como una torta de manteca. Le agarraba la mano, pero ponía la vista en la carretera. A veces esperaban media hora, a veces menos, hasta que el coche del Abuelo aparecía por el camino vibrante de calor, entre los campos agostados. Las llevaba a comer a Las Aguas 1 —RESTORÁN escrito en gruesas letras rojas de pintura abultada—, donde la Abuela, mientras se le apagaba el temblor, tomaba solamente leche frita y moscatel. Después volvían a la casa de veraneo de los abuelos, pequeña, pero con terraza, toldo y muebles de pino comprados en Almacenes Astorga. Juegos Reunidos bajo la mesita del salón, ediciones manoseadas de Torres de Malory con el nombre de la madre o la tía Silvia en la primera página y una piscina central que compartían todos los vecinos. Por las noches, la Abuela fumaba unos puritos que se llamaban señoritas. La casa la habían comprado en los sesenta, lo suficientemente cerca del pueblo de origen para decir este verano vamos al pueblo. Y lo suficientemente lejos del pueblo para no veranear en el pueblo, para que la Abuela no temblase y pudiese intentar ir al pueblo. A veces conseguían completar la visita, entrar a la casa, fresca y con suelo de cemento. Un zapato viejo de hombre calzaba la puerta entreabierta. Así entra el aire. Frases y actos tan repetidos que perdían significado. ¿Por qué no abrían las ventanas? Quina y Valvanera les ofrecían café en unos pocillos azules y les hablaban de tierras, dinero y muerte. La Abuela asentía humilde, como si les debiera algo. La chaqueta, el cardado y el collar de perlas se volvían lo que eran: un disfraz.

 

También a la Humana le pasa como a la Perra, como a los perros de Milagros: cuando está a punto de ser un poco guapa, le asoma la tristeza como un colmillo. Le asoma el dolor en las tetas enormes y llenas de estrías. Heridas hechas de a poquito, carne que crece desde dentro contando una historia. Le gustaría ir a una bruja de esas que anuncian los papelitos en los parabrisas de toda la ciudad, subirse la camiseta, enseñarle el entramado de líneas moradas y blancas, y preguntarle qué dice aquí qué está escrito cuándo va a llegar el final tenía razón él. Que le lean las estrías de las tetas como quien lee los posos del café.

 

Tuvo una amiga argentina que vivía en Madrid. La abuela de su amiga, ofendida porque su nieta se hubiese salido del cerco feroz de la familia y el pueblo, la llamaba por teléfono desde Catamarca y se regocijaba con sus penurias españolas. Papeleos infernales, precariedad, desamor, verrugas genitales que al final resultaban ser virus del papiloma humano: ese manantial calmaba la sed de la abuela. La llamaba cada vez más a menudo. Al final ni saludaba. Decía regocijada contame contame qué cositas malas te están pasando por Europa.

 

La Humana vive ahora en un continuo repaso de sus cositas malas. Cada nueva cosita le hace doler más las tetas, alforjas que portan el peso de todo lo anterior. Y no le queda una sola abuela mala a la que contarle.

 

La Perra, incapaz de dormir, de detenerse un momento para dejar de ansiar, empieza a lamerle los pies con una insistencia maniática. Por primera vez, la deja hacer. Su lengua rosa se cuela entre los dedos, insiste en las uñas, se centra durante un rato en el empeine, en un punto concreto, y luego vuelve a repasar el pie entero. En la pantalla del ordenador, mil foros abiertos. La Humana pregunta al oráculo en busca de una balsa firme, algo de compañía en medio del lodazal. La Perra sigue lamiéndole los pies, insistiendo en los talones. En los últimos tiempos la Humana evita observar su cuerpo. Es un vehículo que la transporta a sitios, que traiciona, se desmaya y duele. Nada más que eso. Pero ahora la atención de la Perra sobre sus pies hace que los mire como si los viese por primera vez después de mucho tiempo. Y allí están: los talones y toda la planta, endurecidos, callosos, como si el cuerpo hubiese fabricado una suela para ellos. La capa de piel ha crecido sobre la suciedad, manteniéndola intacta. Vitrina de museo, tatuaje indeleble. El pasado atrapado en los talones, igual que la Abuela. Pero esa tierra enjaulada, el encierro que su anatomía impone, le da menos miedo ahí atrapada. Prefiere observar a la bestia del pasado antes que tocarla. La Perra, espoleada por esa suciedad sabrosa imposible de atrapar, lame los talones cada vez con más desesperación. La Humana siente la lija de la lengua volverse colmillo. Se sobresalta. Es siempre así en los últimos meses: su sistema nervioso es tan frágil que un pequeño ruido la lleva de un salto al otro lado de la habitación. Los dientes de la Perra en el talón la ponen sobre aviso. Su instinto de sobreprotección se afila. Al fin y al cabo, no deja de ser una bestia salvaje, otro animal del que protegerse. En un acto reflejo, la pierna de la Humana se estira y empuja a la Perra, que sale disparada hacia el mueble de enfrente. Su cuerpo golpea contra la esquina. No chilla, no se queja. Le lanza una mirada de desconcierto. La Humana tiembla. Como siempre le sucede tras el sobresalto, no entiende qué es lo que ha hecho. Se le encoge el alma. Le gustaría pedirle perdón, consolarla, explicarle, llamarla por un nombre. En realidad, ya ha pensado su nombre, lo ha pensado mil veces, y al mismo tiempo ha manoteado sobre él para emborronarlo, porque no tiene sentido ponerle nombre a nada. Le parece absurda cualquier proyección de futuro. Cremas antienvejecimiento, detergentes que mantienen los colores de la ropa, un protector para la pantalla del teléfono. Si ella no tuviese nombre tampoco se pondría ninguno.

 

Cuando tiene que llamar a la Perra, lo hace silbando, como le enseñó el Abuelo. Hay que chiflar distinto si las ovejas están lejos que si se quiere que vayan más despacio en careo. Cuanto más lejos estén más recio, ¿ves? Así. A mí de pequeño se me oía a kilómetros. Ahora me cuesta más.

 

Abre el periódico que cada día le dejan al vecino viejo de al lado en la puerta, y que se va acumulando sin que nadie lo coja hasta que limpian el portal. Lee:

 

Hoy un cazador de veintidós años que participaba en una batida para matar jabalíes en los Alpes ha matado por error a un ciclista de cuarenta al confundirlo con un animal.

 

La Perra es de un color pasmado, con calvas aquí y allá, sin brillo. El cuerpo es atlético, pero tiembla. Ni grande ni pequeña. Huele las esquinas de la casa. Los primeros días le daba miedo bajar y subir escaleras, entrar en espacios cerrados. Miraba el marco de las puertas con precaución, como si estuviese entrando en una nave espacial. Su pelo negro quemado revelaba intemperie, ni una sola techumbre en su vida tan corta. Cuando la encontró, estaba tan destrozada que la Humana pensó que recogía un trapillo viejo que viviría con ella sus últimos años de vida. En su amargor, la cosa le sonó dulce: un talismán de orejas mordidas para acompañarse mutuamente hasta el final, muy próximo. Días después, el veterinario tasó sus dientes, pequeños como granos de arroz partidos a la mitad, y dijo un año poco más tendrá. El culo de la Perra era una fuente de lombrices. El veterinario abrazó a la Humana pensando que estaba arrasada por la emoción de la caridad, pero el shock era otro: no saber qué hacer con tanto tiempo de perra por delante. El veterinario le apretaba el cuerpo, las tetas globos llenos de daño, mientras con la mano le daba golpecitos paternales en la espalda. Un beso en el pelo. Es muy bonito lo que estás haciendo. Le explicó que las tabletas antiparasitarias podían provocar unos días de estreñimiento. Lombrices que se quieren alojar un par de días más en el hotel y se agarran fuerte a las tripas. Vas a ver que lo echa todo y se queda sanita.

 

La noche que encontró a la Perra, la Humana había tomado mdma. El efecto de esta droga produce una reacción similar a la de la oxitocina que segregan las mujeres al dar a luz: amor desbordante, un mundo mullido. Esa sensación hace que la madre, aunque dé a luz a un monstruo acuclillada entre unas ruinas, ame instantáneamente a la criatura. El organismo droga a la recién parida para que quiera a su bebé y relativice cualquier horror del entorno. En términos salvajes, ¿por qué iba alguien a tener clemencia con un ser que le ha dejado el cuerpo como un globo roto? Una de las razones es el imperativo cultural, la tradición de amar a tu bebé. La otra, la oxitocina.

Actualmente, en Estados Unidos, el ensayo clínico sobre terapia asistida con mdma se encuentra en la última etapa que debe pasar un tratamiento experimental antes de ser aprobado. Se usa principalmente para tratar trastornos de estrés postraumático. La noche del encuentro con la Perra, la Humana nadaba en éxtasis para descansar por un momento de patalear en el fango. Por supuesto, su consumo estaba fuera de cualquier programa terapéutico. Era una toma no pautada e ilegal, en una rave al sur de la ciudad. Nadie controla lo que toma la Humana, nadie sabe de qué forma le sirve lo que toma, porque tampoco nadie sabe exactamente lo que le ha pasado. Ha vuelto a la ciudad después de un año en el campo, con muy pocas cosas, lo que cabría intuir una huida, pero ya se ocupa ella de que nadie lo intuya. Si se tropieza con algún conocido, muestra todos los dientes posibles en una sonrisa radiante que en realidad es esa mueca grotesca de algunos perros de youtube cuando se han comido todos los muffins y pretenden ocultarlo frente a su dueño, que se acerca con el móvil, deseoso de grabar el miedo.

La dosis de esa noche la había conducido a un claro luminoso del bosque oscuro de adentro. Sabía que el efecto pasaría, pero intentaba apretarse contra la sensación burbujeante, antigua: Era esto, así era esto antes, antes de. Abría una y otra vez el atadito de plástico, mojaba el dedo en el polvo color vainilla, lo chupaba como una teta de loba cuya leche diera fuerzas para construir una ciudad que dominará el mundo. Se le acercó una chica. La muchacha estaba hambrienta por saber. Resulta que una amiga suya le había contado que alguien le había contado que otro le había contado que. La Humana miró a la chica, vio su bigote aterciopelado, no disimulado, e intuyó un salvajismo común. Habló porque necesitaba tumbarse, que le entablillaran y vendaran todas las partes posibles. Habló porque chupar mdma la ayudaba a pensar que el mundo era bueno, y el bigote le pareció una camilla mullida. Desmayó el cerebro y dejó que brotara. Pero hay cosas que no se pueden ni preguntar ni contar en una noche, en una fiesta. El gesto de la chica volviéndose amargo, escéptico. No sé, me parece rarísimo. No entiendo por qué no te fuiste. Un cierto desprecio en la voz, una red a medio zurcir para un cuerpo que salta al vacío. Los ojos duros, fríos. A mí lo que me han contado es otra cosa. El bigote de pronto casi ni se veía, estaba decolorado con Andina. Quizá no existía, y lanzarse a él había sido un salto al suelo desnudo. La Humana sintió un coágulo de miedo taponándole los sentidos, pero la droga se ocupó de diluirlo. Saltó con deportividad por encima de ese bigote que se retorcía de ganas de llamarla mentirosa. La chica quedó ahí, defendiendo el honor de él, con su sed de cotilleo saciada, mientras las luces estroboscópicas arrancaban destellos de su bigote ahora rosa ahora azul ahora verde ahora morado, morado desvaído, morado tono hermana, yo no te creo nada. La Humana siguió bailando. El mdma conseguía esas cosas.

En términos terapéuticos lo explican así: al pasar el efecto de la droga, lo más probable es que el paciente vuelva a estar deprimido. Pero durante su viaje de éxtasis ha vuelto a conocer la sensación de felicidad, la tiene reciente. Es decir, que el camino para retornar a ese punto, hasta entonces lleno de maleza, está ahora recién desbrozado por los machetazos certeros de la droga. Sólo le queda al explorador andar de nuevo ese sendero, poniendo el pie en las huellas frescas de sus propias pisadas en el barro, ignorando a los tucanes desplumados que graznan detrás, en la selva oscura que abandona.

 

La Humana abre el periódico y sigue leyendo:

 

La familia del ciclista muerto a tiros por error, confundido con un jabalí, no se sorprendió demasiado al saber la noticia. El ciclista llevaba años alejado de ellos.

 

Deja el periódico. Piensa en su padre, en el que nunca piensa, que vive en un pueblo de Almería, y con el que no habla por teléfono desde hace tres años, en un pacto tácito y mutuo de comodidad para todos. En la época en la que se veían era porque él viajaba por trabajo a la isla. Concertaban una cita que terminaba siendo como una entrevista de trabajo en la que los dos eran los aspirantes al puesto, pero en realidad ninguno quería el trabajo. La sangre no tira, nunca tiró. Imagina a su madre, lejos, en la isla. En su cabeza aparece junto al mar, porque desde que se jubiló va cada día a la playa. La ve enterándose de la noticia de su muerte. Mi hija mi hijaaaa. El ruido de las olas no deja oír sus gritos de dolor. Sus amigas jubiladas la arrastran hasta el bar del paseo marítimo para darle un vaso de agua. Y, sin embargo, hace un par de semanas, cuando intentó hablar con ella de lo que le está pasando, chocando con las palabras que no quería decir, intentando no contar más de la cuenta, la frase de la Madre la atropelló. Es que. Hija. Pareces tonta. Le parecía que estaba viendo sus ojos negros, ninguna diferencia entre el iris y la pupila, líquidos, enormes, muy abiertos. ¡Tus ojos me dan miedo! Se lo gritó de muy pequeña, después de recibir una reprimenda. Y salió corriendo. La Madre no podía parar de reír.

 

Junto con las delicias de la jubilación, la Madre ha descubierto que tiene el tipo de sangre de los cazadores. Se lo ha dicho una nutricionista. Nada de cereales. Carne, pescado, sólo algunas verduras. Agua. La Madre devora cortezas de cerdo con el teléfono sujeto entre el hombro y la barbilla. Me encuentro mejor que nunca. Pienso mejor. El nuevo tono de voz de la Humana, un susurro en descenso, se ahoga en el crujir de las cortezas. Qué boca entusiasmada la de su madre. ¡Anímate mujer! No seas boba. Y a la Humana esa última palabra le hace doler, le hace latir esas tremendas boobs, esas tetas de boba que cada dos o tres días expulsan un suerillo ácido. ¿Y leche materna puedes tomar mamá? La frase encuentra su lugar entre cruje y cruje. La Madre ríe, la hija ríe imitando una risa de antaño, como una grabación enlatada y guardada. La Madre se cree la risa. Le dice que la quiere mucho. Cuelga.

 

La Perra apareció tras la cima de un montículo mientras la rave rugía. La Humana vio bajar su figurilla oscura, sortear personas, olisquear. Cuando llegó a ella, aupó su cuerpo para apoyar las patas delanteras sobre sus piernas. Ahora se pregunta si su cerebro engañado por las sustancias fabricó la escena límpida, con estrellitas parpadeando. Strong hands on my hips is the first thing I remember. La voz dulce, plena de vocoders, de una sueca que finge ser una geisha que finge ser una niña, entrelazándose con el retumbar de la música. El organismo drogado de la Humana quedó cosido a la Perra como el de la parturienta al niño que le acaba de salir de las tripas. La oxitocina como una uña afilada escribiendo en la carne tierna: Salvar, no abandonar en el bosque, querer. La magia duró un par de días más. Después empezó a esfumarse. La Humana no sabe si quiere recorrer otra vez el camino, no sabe si está dispuesta a recoger las miguitas que la lleven de nuevo a querer a ese animal. Esa bicha de caminar de caballo diminuto que, al principio, por la calle, se giraba cada cuatro pasos para ver si ella seguía ahí. Pero pronto, con esta nueva furia hormonal que comienza, la abandonará con tal de ser olida lamida. Estará dispuesta a cruzar calles con coches zumbando, dejarse aplastar por un camión, sin perder de vista la posibilidad, al otro lado de la carretera, de ser ensartada impregnada. La Humana siente una furia extraña, no sabe hacia quién. Hace no tanto, ella cruzó sin mirar calles con coches zumbando, llamada por la fragancia intoxicante de un amor. Le duele el cuerpo como si la hubiesen atropellado varias veces. Los coches, jugadores de un rugby fatal; ella, una pelota desmadejada y hambrienta que no cejaba en su intento de cruzar, olisqueando lo que estaba al otro lado. En el pueblo de sus abuelos había un hombre que atropellaba un poco a los perros, sólo un toquecito, sin llegar a matarlos, haciéndoles el daño justo para que les cogieran miedo a los coches.

 

A veces se asusta al recordar de pronto que hace semanas que ha encontrado una Perra y ahora vive con ella. En la chica del bigote mullido intenta no pensar. Se gira de golpe en la cama y mira el trozo de casa que queda a la vista. Y la Perra, quizá alertada por su falta de confianza, está siempre ahí, mirándola muy atenta, tumbada en el único rayo de sol que entra en la casa, con la sombra de la higuera que brota mágicamente en el jardín interior de la vecindad proyectada en su cuerpo gastado. Las hojas bíblicas del árbol acarician su lomo. La Humana aún no es capaz.

 

El primer día, cuando llegaron a casa, se vio de pronto frente a frente con ella, en la cocina. Dos especies animales en dos metros cuadrados de luz blanca de bajo consumo. Fuera empezaba a amanecer. La Perra se sentó en mitad de la cocina, mirándola fijamente. Ella le hizo una tortilla francesa. Esa tortilla era una muestra del primer contacto entre el científico y el extraterrestre, el encuentro con un ser al que estudiar y observar con extrañeza, ofrecerle objetos y ver qué hace con ellos. Le hizo aquella tortilla porque las tortillas francesas de queso y cornflakes son de lo poco que la ata a la vida ahora mismo. La Perra tragaba y le brillaban los ojos saltones. Se relamía una y otra vez, repasando con la lengua su hocico fino. Cuando terminó, pasó una hora buscando más tortillas francesas que brotaran del suelo. Intentaba escarbarlo, se sorprendía ante el chasquido de las uñas contra el falso parqué. No acudía a la Humana. Ni siquiera la relacionaba con aquel nuevo manjar que aún le manchaba los bigotes.

Ahora descansa con su pelo crespo estremecido, los ojos dorados a medio abrir. Así es el sueño de los que nunca han podido relajarse del todo: puro tremor. También la Humana pasa noches terribles, como si el Predicador la mirase mientras duerme.

 

Abre el periódico y lee un poco más:

 

El ciclista confundido con un jabalí tenía varias denuncias que no habían prosperado. Había violado a chicas de su pueblo y a varias familiares. Ellas denunciaron cuando el delito ya había prescrito.

 

Lo cierra de golpe.

 

Al ver la boca abierta de la Perra, los dientes brillando, piensa vives con un animal que podría comerte, pero no te come.

Después ve cómo la Perra la mira a ella, a veces asustándose ante su sombra humana: también la Perra sabe que vive con un animal que podría comérsela, pero que no se la come. Una cadena trófica sólo interrumpida por el posible amor. No te como porque quiero que sigas estando aquí conmigo. Eso, o algo parecido, le dijo el Predicador la primera noche, al despertar. Ella se reía, se reía.

 

El periódico sigue sobre la mesa, abierto por la misma página. Mientras los cornflakes y el huevo crujen en su boca, termina de leer:

 

«Lo mataron como a un animal porque eso es lo que era. Un animal en celo», dijo la madre del ciclista a los medios.

 

Los edificios amarillos rezuman calor. Las calles reverberan. El río trae un hilo fino de agua. Las obras del antiguo matadero están detenidas. La ciudad espera a que alguien la mire de nuevo para poder existir, pero no hay nadie a esa hora. Vagando por las calles vacías, la Humana y la Perra parecen dos personas que se han salvado de una catástrofe y caminan juntas antes de que las metan a cada una en una ambulancia y no vuelvan a verse jamás. La correa es el único hilo que las comunica. Cada una olisquea el miedo por su cuenta.

 

Cosas que la Perra teme:

Los niños que no saben caminar del todo (como si esa zozobra indicase un peligro inminente).

Los líquidos que salen a presión de las cañerías. También las mangueras, serpientes imprevisibles.

Los patines en línea. Los otros no.

Mira las escobas con el lomo encrespado. En la revisión, el veterinario dijo que tenía contusiones en las costillas. Pero más tarde, cuando la Humana buscó en los papeles la confirmación de ese recuerdo, no lo encontró. Son tantos los recuerdos de los que duda.

 

Cosas que la Humana teme:

No puede decirlas.

 

Sólo duerme de puro agotamiento. La Perra la despierta husmeando su boca, lamiendo la saliva pastosa que se derrama sobre el cojín. Por primera vez, le da la pata, como solicitando algo urgente. La Humana ve la luz del atardecer, ya casi naranja, y echa cuentas: no ha sacado a la Perra desde el día anterior. El peso de la irresponsabilidad hilvana sus días. En su prisa por salir, ni siquiera se ata los cordones de las zapatillas. Y entonces, en medio de la calle, se agacha a anudarlos y sucede. Cae el último sol sobre su pelo rubio mal cortado. Su espalda fina se estremece. Los dedos se disponen a la coreografía como gusanitos obedientes, pero el movimiento se pierde en una bruma espesa. El cerebro queda columpiándose en un balancín con las cuerdas deshilachadas. No puede atarse los cordones.

Por darse tiempo mientras sigue en cuclillas, en medio del paso de cebra, asimilando las órdenes que se pierden en el sendero de la mente a las manos, se concentra en el latir de su corazón desbocado. Mira sus tetas doloridas, enormes desde los trece años, divinas durante tanto tiempo, inasumibles desde hace seis meses. Mira a la Perra, que tampoco entiende nada. El cuerpo de pelo negro se remueve, los ojos amarillos suplican, la correa se tensa, como diciendo ¿podemos seguir caminando, por favor? Están todos los olores ahí delante esperándonos. Quizá alguien quiera lamerme encaramarse multiplicarse conmigo. En los últimos días le han empezado a brotar las texturas blandas y afelpadas de los cachorros. Asoman nuevas impaciencias. Tira y tira de la correa mientras la Humana intenta vencer los cordones desatados, sus manos y su cerebro de pronto inútiles. Intuye una mancha con motor acercándose al fondo de la calle. Una máquina de obra, con su cadencia de tren chuchú. Quizá la urgencia deshaga la confusión. ¿Cómo no va a poder hacerlo? Aprendió a los cuatro años, al lado de una fuente. Se hace así y así este extremo encima del otro haces una «o» con uno pasas la otra lazada por encima. ¿Ves? Enseñó a otros niños, a pesar de que ella era de octubre y ellos de enero o febrero. Pero ahora, detenida en el cruce de calles, no sabe ni por dónde se empieza a pensar. El camioncito cargado de bloques quiere pasar. Se incorpora y avanza renqueante para no pisar el cordón desatado. Se dice que ahora, ya a salvo en la acera, volverá a arrodillarse y lo conseguirá. Claro que sí. Pero, cuando se agacha, vuelve la bruma espesa. La Perra ha dejado de tirar de la correa. Huele y lame los cordones como si fuesen carne en salsa. Todo lo sucio es sabroso. Y después sigue con ella, zapateando con sus uñas negras, hambrienta de ser olida lamida ensartada. Sin importarle nada que la Humana camine con los cordones sueltos y la sangre detenida dentro de las venas.

 

Va al médico. Claro que va al médico.

Señora el cuerpo duele es así, le decía el doctor hace muchos años a la Abuela. La Humana, entonces un cerebro tierno que bebía todo lo que pasaba cerca, tragó la información, bien obediente. Y, bien obediente, sólo ha ido al centro de salud en momentos de confusión suprema hacia los comportamientos de su cuerpo. Es decir, ahora. Y hace un mes. Y hace dos, y hace dos y medio, y hace tres. En cada visita ha balbuceado los males de la anterior y ha añadido uno más, como en esas canciones de campamento en las que había un hoyo en el fondo del mar, y en ese hoyo un palo y en el palo una rana y en la rana un ojo y en el ojo un pelo y en el pelo un piojo, y cada vez que se añadía un elemento se repetían todos los demás, mientras un niño mareado vomitaba al fondo del autobús y salpicaba a otro y todos gritaban.

Hoy espera en la sala llena de gente y ecos que rebotan en los techos altos. Hace diez años, el centro de salud era un mercado. Ahora las señoras que van a contar sus dolores gritan como cuando iban a por fruta. La salud se mide por kilos y magulladuras en la pulpa. La Humana las admira, tan deseosas de vivir bien. Una ciruela pocha siempre vale para compota, decía la Abuela mirándose los brazos pellejudos.

La Abuela nunca alzaba la voz en el médico, no se quejaba siquiera. Entraba en la consulta como si su presencia allí fuese una falta grave. Agachaba la cabeza, hacía lo posible por no molestar al doctor. Se apartaba el pelo con vergüenza para que él observara el hueco. Como si se estuviese quitando las bragas, pensaba la Humana niña. Nunca había visto a su abuela desnuda. Quería verla. El médico se lavaba las manos, palpaba la cabeza. Siento algo raro, decía la Abuela. Ni siquiera se atrevía a pronunciar dolor. Usted tiene el cerebro desplazado pero no afectado así que lo único que puede hacer es dar gracias. La Abuela se disculpaba ante el doctor, suspiraba, se llamaba tonta. El cuerpo duele señora. Ella bajaba la cabeza, cogía del bolso el cepillo redondo y se ahuecaba el pelo hasta tapar de nuevo la desnudez.

Cuando era pequeña, justo antes del hasta mañana si dios quiere, le pedía tocar el bache. La Abuela hacía como que se impacientaba, pero su rostro se iluminaba con algo parecido al orgullo mientras se acercaba a la cama, se sentaba en el borde y le ofrecía la cabeza. Tocar el bache era internar la mano en el cardado de pelo negro y avanzar, avanzar poco a poco hasta dar con el borde de la hondonada. Entonces llegaba el momento. Las dos sonreían mirándose a los ojos. Los dedos diminutos se aventuraban y caían en el hueco, hundiéndose dentro del cráneo. En el agujero la piel era fina y suave, sin pelo. Si apoyaba el dedo en el punto más profundo se podía sentir un latido, un bicho que bullía adentro. Es que el cerebro se mueve cuando pienso qué te cres.

 

Mi abuela tiene un agujero en la cabeza. Tenía siete años. Se acercaron expectantes, borrachos de azúcar en sus trajecitos de plaza en domingo, los dedos ardiendo por ver el horror, y ella formuló la pregunta con una sonrisa. La Abuela tomaba vermut con aceituna. Todas las señoras miraron. Al final de la pregunta, la Humana ya estaba sudando frío. La Abuela se levantó sin decir nada y se fue al baño. Cómo me has hecho pasar esa vergüenza, le dijo dos días después, cuando al fin le dirigió la palabra. Y ella entendió que era un secreto entre ellas dos.

Sólo una vez le pegó. La Humana tenía ya diez años. En la tele, un hombre con una traqueotomía hablaba de los efectos del tabaco en su vida. Intentaba no romper a llorar. La garganta perforada, esa voz de robot destemplado, eran algo mucho peor que lo de la Abuela. Sin embargo, aquel hombre lo contaba para toda España, tapándose el hueco con un pañuelito blanco. ¿Abuela el bache cómo te lo hiciste? Silencio. ¿El hueco cómo? El tortazo llegó como una tarea más del hogar. Después siguió planchando. Le temblaban las manos. Y ella entendió que era un secreto de su abuela sola.

Con el aujero este sólo tengo para agradecer, decía la Abuela en el médico, en esas construcciones confusas que la Humana repetía hasta que alguien le decía eso no se dice así. El médico agradecía, la Abuela agradecía el cerebro intacto, la Humana asentía. No le decía al doctor que a veces, en los tiempos muertos, mientras esperaban el autobús o en la cola de la frutería, mientras la Abuela miraba al vacío pensando en otra cosa, sus manos doblaban una toalla invisible o servían la nada en un plato de nada con un cucharón que nadie veía o colgaban una rebeca inexistente en una percha de aire. Un gesto maniático, como quien se muerde las uñas o se retuerce un mechón de pelo. No le decía al doctor, porque la Humana no sabía si la Abuela sabía, que a veces le servía para cenar un poco de arroz blanco con nocilla, un yogur con sal, un huevo frito con una naranja cortada en dados a modo de guarnición. La Humana niña comía y sonreía.

 

A la Humana no se le escapa que el médico no tiene tiempo para sus cositas malas, que la mira distraído, que le dice es que estás muy nerviosa como explicación a todo, sin ni siquiera preguntarle por qué está tan nerviosa. Si se lo preguntase, tampoco podría explicarlo. La consulta es pequeña, llena de los ruidos de afuera, absolutamente vacía del instrumental que ella siente que sería preciso para abrirla y extirparle lo malo. Estáis nerviosas siempre las chicas, le dice el médico. Sonríe paternal y osezno. Las chicas. Como si acabasen de darles la bofetada de la confirmación y estuviesen aún aturdidas. Como si bebiesen batido de vainilla y se les derramase un poquito por las c

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