Una supuesta escritora puertorriqueña, contemporánea y negra, estudia y escribe sobre una poeta histórica de la isla, Julia de Burgos (1914-1953) y el resultado es una novela doble fascinante sobre la búsqueda de la belleza y la dificultad de conseguirla si provienes de los márgenes sociales. Es un libro que habla de la discriminación, los deseos y los miedos, del fulgor y el furor de la vida, del horror de la vejez, del vínculo entre madres e hijas y, sobre todo, de la dignidad de haber sido consideradas indignas.
ROSA MONTERO, escritora galardonada, con una amplia obra traducida a más de veinte idiomas.
Nuestras ancestras no tienen que haber sido familia, pueden ser mentoras involuntarias para generaciones futuras. Para las artistas, la motivación surge de las obras que nos inspiran, no tienen el peso emocional de vivir las mismas experiencias y privaciones de autoras que nos hablan mucho después de que sus voces han callado en este reino. La vida de Julia de Burgos inspira a la escritora y la empuja a entenderse a sí misma y a encontrar lecciones que la ayudan a lidiar con dificultades y retos. La otra Julia es una canción de una artista a otra, un agradecimiento y celebración de ambas vidas, distintas pero conectadas por el arte. ¡Bravo!
ESMERALDA SANTIAGO, autora de los bestseller Las madres y Cuando era puertorriqueña, entre otros.
Con ternura y verdad, Mayra Santos-Febres traza un paralelo entre dos escritoras: Julia de Burgos, la gran poeta de Puerto Rico, y su biógrafa, un personaje que quizás no sea tan ficcional, dos mujeres negras en una isla “azotada por huracanes, olvido y pobreza” que retan al destino, se sobreponen a las adversidades y saben brillar. Una novela conmovedora y lúcida.
PILAR QUINTANA, autora de Los abismos (Premio Alfaguara) y La perra (Premio de Biblioteca de Narrativa Colombiana y finalista del National Book Award, entre otros).
¡Qué La Charca ni qué ocho cuartos! La otra Julia es la novela puertorriqueña que nos faltaba. Escrita desde el corazón y la mirada de aquellas a las que el proyecto colonial de ‘la modernidad’ les falló más profundamente: las mujeres negras. Si Julia de Burgos es el alma de Puerto Rico, esta novela es su historia viva, y también la de todas las mujeres caribeñas cuyas vidas ella vaticinó con la suya, destrozadas por las promesas incumplidas del poder. Mayra Santos-Febres nos regala la más personal de sus novelas, una obra profundamente conmovedora, que captura nuestra lucha y nuestra insistencia en la esperanza con belleza, con esas verdades que atraviesan el alma, que no nos dejan olvidar quiénes somos. De dónde vinimos.
ANJANETTE DELGADO, autora de La clarividente de la Calle Ocho y Las bichotas, entre otros libros y antologías, y conductora y creadora de CaribeFemLit para “Hablemos, Escritoras”.
A todas mis madres ancestrales: Petrona Cortijo, hija de africanos; Brígida Canales; Valentina Torres; Gumersinda Ramos, mulata; Paula Bulerín; Magdalena Arroyo; Claudina Ayuso; Crucita Ruiz; Paola González; Juana Vizcarrondo; María Andrade; Pascasia Hernández; Rafaela Rodríguez Hernández; Clemencia Falú; y a mi madre, Mariana Febres Falú.
Pero sobre todo a ti, Julia.
Pero la dificultad crece más —sean cuales sean al país y la civilización de que se trate— cuando la vida del escritor ha sido tan variada, rica, impetuosa y a veces tan sabiamente calculada como su obra, que tanto en la una como en la otra advertimos los mismos fallos, las mismas marrullerías y las mismas taras, pero también las mismas virtudes y, finalmente, la misma grandeza.(…) Todos tendemos a tener en cuenta, no solamente al escritor, que, por definición, se expresa en sus libros, sino también al individuo, forzosamente difuso, contradictorio y cambiante, oculto aquí, visible allá y, finalmente, quizás, sobre todo al personaje, esa sombra o ese reflejo que el propio individuo (en este caso Mishima) contribuye a presentar a veces, por defensa o por bravata, pero más allá o más acá de los cuales el hombre real ha vivido y ha muerto en ese secreto impenetrable que es el de cualquier vida.
Mishima o la visión del vacío (1985)
MARGUERITE YOURCENAR
Al poner “lo que ocurrió cuando” en crisis y al explotar la “transparencia de las fuentes” como ficciones de la historia, quería hacer visible la producción de vidas desechables (en el comercio de esclavos en el Atlántico y también en la disciplina de la historia), describir “la resistencia del objeto” al menos, al imaginario primero, escuchando los murmullos, juramentos y llantos de la mercancía.
Lose your Mother (2007) SAIDIYA HARTMAN
PRIMERA PARTE
ÍNTIMA
ANDANDO DE NOCHE SOLA
Era sábado. Los hijos estaban con sus padres. La escritora había ido esa tarde a la Biblioteca Nacional a presentar la biografía de Julia, ese texto que tantas reacciones disímiles provocó desde su aparición.
Hacía ya tres meses que su vida se había convertido en eso: ir de una presentación a otra. Ni con sus propios libros había estado tan expuesta. Presentaba ahora un texto basado en la vida de otra escritora. En esa ficción que era, a su vez, biografía, asumió la voz de Julia Constanza de Burgos García, una de las primeras mujeres en el Caribe en acceder a la categoría de letrada. Julia Constanza de Burgos, su antecesora, la poeta muerta, había pagado por la entrada a ese lugar difuso llamado Literatura el precio total.
De Julia de Burgos García se había salvado una grabación en la que recitaba cinco poemas, la colección de cartas a su hermana Consuelo y el diario que escribió estando recluida en el Hospital Mount Sinai, Bellevue y, finalmente, en el Welfare Island de Nueva York. Se suman a esas cartas, grabaciones y diarios, tres poemarios, algunos poemas sueltos y varios artículos de prensa. La escritora revisó la bibliografía completa, o eso creyó, y el ejercicio le enseñó a reconocer al dedillo el estilo de Julia, esos versos desgarradores que respondían a una sensibilidad tan distinta a la suya.
Habían pasado cien años desde el natalicio de la poeta. En la isla que las vio nacer a ambas cambiaron muchas cosas en ese tiempo, también las sensibilidades. Sin embargo, las coincidencias en sus vidas hacían que a veces, íntimamente hablando, sus diferencias casi no se percibieran. O no, quizás no era eso exactamente. Era como si ambas vivieran conectadas en una especie de reverberación, en una onda de ecos diferidos, de intimidades repetidas.
Hubo veces en que no sabía quién estaba escribiendo escenas de la biografía, si era ella o era Julia. Se dejó llevar por sus manos resbalando sobre el teclado y solo corroboraba los hechos, fechas y exactitudes históricas que podía encontrar. En el centenario de su natalicio y a más de medio siglo de su temprana muerte, Julia era más un mito que una persona. Pero a veces, las visiones de Julia caminando por las calles de San Juan hacia una protesta política, a su casa en la calle Luna o a la cárcel La Princesa se le hacían tan reales que dudaba. ¿Serían revelaciones o sería escritura? ¿La descripción —no exacta, sino más bien íntima— de estas escenas de la vida de Julia provenía tan solo de su imaginación?
Cuando terminó de componer la biografía, la escritora se encontró entre contenta y aliviada. Al principio, pensó que había hecho un buen trabajo, respetuoso, históricamente preciso y con altura creativa. Después, algo incómodo se le despertó por dentro. Ese algo la llamaba a seguir explorando aquella vida tan dolorosa y distinta a la suya, pero a la vez paralela. Sin embargo, ella no tenía tiempo para paralelismos. Había que seguir adelante hacia el próximo trabajo, la próxima obra. Después de todo, la escritora había cumplido con la asignación y ahora debía cobrar la comisión y seguir. Necesitaba el dinero desesperadamente para recuperarse de una pérdida que no osaba nombrar. Además, una escritora como ella nunca debía descansar en los laureles. Era su estilo no dejarse descansar.
Era curioso. En los momentos más intensos de la composición de la biografía, la escritora creyó haber visto un celaje. Pensó que sería lo suficientemente fuerte para perseguir ese celaje y entender finalmente qué era aquello que se le escapaba. El celaje la invitaba a detenerse en Julia; a seguir caminando la isla presentando su libro, pero a estar atenta por si pasaba algo más. ¿Qué secretos de la vida de Julia se le escaparon mientras revisaba bibliografías, leía textos, consultaba fuentes históricas? ¿Existía acaso otra Julia por conocer?
Esa tarde de sábado su presentación sería breve. Dentro de tres horas le tocaba hacer otra en Utuado, a cincuenta minutos de la capital. Le dieron la bienvenida a la Biblioteca Nacional, saludó al público presente, hizo una presentación corta de la biografía de la poeta muerta. Ya la tenía ensayada. Corroboró con el reloj que le había tomado exactamente treinta minutos completar su exposición. Pasaron a tomar preguntas del público. A los quince minutos de diálogo, la directora de la biblioteca, una señora muy atenta, gordita y con acento gringo, dio por terminada la actividad. Agradeció su asistencia a los presentes y anunció que la biografía de Julia estaba a la venta. Fue entonces cuando abriéndose paso entre el público que la felicitaba, poco a poco, casi a tientas, se le acercó una mujer. Tendría como sesenta y ocho años. Quizás tuviese menos edad, pero se veía avejentada. Sin embargo, mientras se acercaba a hablarle un brillo extraño le ocupaba la mirada.
—Mi nombre es Victoria —le susurró al oído—, Victoria Muñoz. Soy la hija de Olivo Muñoz.
La escritora reconoció quién le hablaba de inmediato. Olivo Muñoz fue el último hombre de Julia Constanza de Burgos García, poeta nacida el 17 de febrero de 1914 en los campos del pueblo de San Fernando de las Carolinas, en la isla de Puerto Rico. Maestra rural, ensayista y poeta, luego de la muerte de la madre en 1939, emigró a Nueva York. Iba persiguiendo al hombre que la inició en su largo peregrinar. Ese hombre no era Rubén Rodríguez Beauchamp, su primer marido, el periodista radial con quien se casó a los diecinueve años. Tampoco era el padre de la mujer que ahora le hablaba en susurros. Ese hombre fue Juan Isidro Jimenes Grullón. Era dominicano de nacimiento e hijo del exsecretario de Estado de la República Dominicana. Julia vivió un intenso y tumultuoso romance con el médico y activista político que duró escasamente tres años. Vivió con él en Nueva York, no exactamente con él, sino en casa de su excuñado José Zacarías Beauchamp, donde se quedaba para guardar las apariencias. Allí, Juan Isidro la visitaba en secreto. Estaba casado y esperando sentencia de divorcio. Luego, lo persiguió a La Habana soportando estrecheces y el rechazo feroz de la insigne familia de su amante. Nunca logró convencerlo de que se casaran. Por eso y por razones que Juan Isidro prefirió callar, el romance acabó abruptamente. Julia abandonó La Habana rumbo a Nueva York a bordo de un vuelo por el que Juan Isidro pagó cuarenta pesos. A los dos años ya estaba enamorada de nuevo. Esta vez sí contrajo matrimonio. El agraciado esposo se llamaba Armando Marín y era contable y músico. La poeta se mudó con él a Washington a rehacer su vida, luego de un breve encuentro con Jimenes Grullón, que fue a buscarla a Nueva York, intentando recuperarla. Julia se negó a intentar la reconciliación. Algo irremediable la convenció de perseguir otras rutas.
También al cabo de dos años abandonó a Armando Marín. Lo dejó solo, mudándose del exilio dentro del exilio que era Washington, como ella comentó en sus cartas. Aquella ciudad quedaba demasiado lejos de la pequeña pero creciente comunidad latina que se iba forjando en Nueva York. Tan pronto regresó a la Gran Manzana, se instaló en casa de una amiga e intentó tomar cursos de periodismo en Columbia University. Mientras tanto, trabajó de costurera en fábricas (sweat shops) y como vendedora en tiendas. Gracias a Juan Antonio Corretjer publicó entrevistas, artículos y crónicas en el diario Pueblos hispanos. A pesar de todos sus esfuerzos, no logró juntar dinero para continuar estudios en la universidad. Luego de esa etapa conoció y sostuvo un romance con Olivo Muñoz. No se sabe si fue en La Habana, en Washington o en Nueva York cuando se recrudeció su problema con la bebida.
Fue Olivo quien salió a buscarla a las calles, hospitales, estaciones de policía —por todas partes— cuando Julia se perdió por última vez en el laberinto que era el Spanish Harlem. Se iniciaba el mes de julio del año 1953. Olivo llamó al marido oficial de Julia, el callado contable con quien se casó en segundas nupcias una vez que abandonó La Habana, luego de la gran ruptura.
—Ahora sí que Julita no aparece —le anunció Olivo a Armando.
Entonces, salieron los dos, el marido oficial y el último amante, a ver si daban con ella. Julia acababa de salir del hospital de Welfare Island de su último tratamiento de depresión crónica y cirrosis hepática. Esa vez, había estado casi un año recluida en la clínica. La encontraron en la morgue. Identificaba su cuerpo hinchado el número 4009146 bajo el nombre de Jane Doe, hispana. La causa de muerte: neumonía. Sin embargo, Julia murió en pleno verano, el 6 de julio de 1953.
¿Qué es lo que esperan?
¿No me llaman?
¿Me han olvidado entre las yerbas
mis camaradas más sencillos
todos los muertos de la tierra?
Julia había escrito esos versos en “Dadme mi número”, como si presintiera que así iban a encontrar su cuerpo, identificado por una cifra en una morgue extranjera.
Ahora, la que se le acercaba era la hija de Pucucho, es decir, de Olivo Muñoz, amante de la poeta. La escritora permaneció inmóvil, sin siquiera pestañear. No quería espantar ni una sola de las palabras que aquella señora buscaba depositar en sus oídos. Tan solo le tomó la mano, como para darle fuerzas mientras hablaba.
—Mi padre y mi madre se divorciaron cuando yo era pequeña, pero eran muy buenos amigos. Yo regresé a Puerto Rico hace años. Antes era de la vida, ahora soy de la religión. Yo conocí a Julia.
Entre susurros, aquella mujer le recitó un poema acerca de un hijo no nacido, pero no era el que ella conocía:
Como naciste para la claridad
te fuiste no nacido.
Te perdiste sereno,
antes de mí,
y cubriste de siglos
la agonía de no verte.
Aquellos otros versos sonaban indiscutiblemente a Julia de Burgos, sin embargo no eran exactamente los del poema publicado. Quizás componían uno de los tantos borradores que se escriben en lo que una encuentra las palabras precisas. Tal vez Victoria le recitaba un borrador de “Poema al hijo que no llega”, que se publicó en 1937 en la revista El Poeta de Hoy. Sin embargo, Julia conoció a Olivo y, por lo tanto, a su hija, después de 1946, once años después de que fuera publicado el poema. Tal vez los versos que Victoria le declamaba eran una versión reapropiada de su poema al hijo que nunca pudo parir, esa canción a la pena enquistada que cargan tantas mujeres estériles o en pugna con la maternidad como valoración máxima de lo femenino. Aquel poema vivo y cambiante en la memoria de Victoria compartía el mismo tono poético marcado por la melancolía que se comió a Julia, ese neorromanticismo del más puro y duro al cual incorporaba su toque especial. La poeta dejaba que los versos cortaran por respiración propia y no por las reglas de la musicalidad de mediados del siglo pasado. Sus poemas sonaban más a bolero que a poema neorromántico, más a oración interna que a construcción de academia. El poema que le recitaba Victoria Muñoz no figuraba en libro, documento o folio que ella hubiera leído. Habitaba en el cuerpo de Victoria.
La escritora escuchó atentamente cada una de las palabras que le susurró la heredera del poema. El hijo que Julia no parió le daba una pista nueva acerca de su vida oculta, la vida que solo quienes la conocieron le podían contar, una vida que Julia misma no narró en sus cartas ni en sus diarios. En la biografía que acababa de presentar, la escritora declaraba que la gran tragedia que hizo que Julia de Burgos se consumiera en la bebida fue su pobreza material, la misma que le impidió terminar estudios en la Universidad de La Habana o en la de Columbia, montar casa fija, dedicarse a la escritura. Ahora descubría otra probable razón. Julia nunca pudo parirle un hijo a ninguno de sus “maridos”. No a Beauchamp, no a Juan Isidro, no a Marín ni a Olivo. Dependió materialmente de todos. Partió tras Juan Isidro a sus veinticuatro años, demasiado joven, demasiado pobre, demasiado grifa. Trabajó en lo que fuera, buscando cumplir la promesa que le hizo a su madre muerta de cuidar de sus hermanos menores.
Juan Isidro, de treinta y seis años, graduado de La Sorbona e hijo de hacendados, tampoco contaba con mucho más que su abolengo. El biólogo e intelectual comunista anduvo también por ahí, empleándose de propagandista médico, de miembro del partido comunista, dando conferencias donde lo invitaran. Solo así pudo sostener a sus padres, también exiliados en La Habana. Y ellos no querían a Julia. Para ellos, la poeta era una cualquiera, una mujer divorciada que andaba suelta por ahí leyendo poemas, involucrándose en mítines políticos, en tertulias literarias, queriendo que su amante la dejara participar junto a Juan Bosch y otros intelectuales caribeños de primer orden en sus conferencias o en la redacción de la Constitución cubana de los años 40, como si ella fuera también un hombre.
La escritora sabía que Julia era una contradicción. No quería endiosarla ni condenarla. Tan solo “transcribir” a la Julia que se definía como “grifa negra”, pero rechazó a los negros de Harlem; la que dijo: “Yo quise ser lo que los hombres quisieron que yo fuese/ un intento de vida/ un juego al escondite con mi ser/ pero mi alma estaba hecha de presentes”. Sin embargo, esa misma mujer declaró, poema tras poema, que no podía vivir sin que su alma “resonara en desnudo sideral con la del amado”. Julia migró de hombre en hombre, de país en país. No se quedó tiempo suficiente con ningún amante, pero, a la vez, sufría porque ninguno quería hacerla su legítima esposa ni podía hacerla madre.
La escritora había querido escribirle otra versión de vida más justa y menos centrada en sus actos de mujer “disipada”, “desordenada” y “loca”, como son de “locas” todas las mujeres literarias. Ella misma intentó convertirse en una mujer “coherente”, y que sus actos y expectativas fluyeran en armonía con esto. Sin embargo, tampoco pudo convivir por mucho tiempo con los hombres. Sobrellevó tres divorcios. Tuvo hijos a destiempo, después de los treinta y nueve años, edad en que Julia ya estaba muerta. Demasiado negra, demasiado pobre, demasiado latina.
—Julia siempre quiso tener hijos, pero no pudo. Una vez me contó, no sé si creerle, ese día andaba medio picá, que fue porque se tuvo que sacar un muchacho después de que se divorció de Rodríguez Beauchamp. Y eso es pecado. Quizás Dios la castigó.
—Yo no sé, Victoria. En aquel tiempo los abortos eran ilegales. Los hacían a lo matapuerco, con cuchillos de cocina, en cuartuchos sucios.
—Usted qué me cuenta, escritora. Eso yo lo sé. Recuérdese que yo era de la vida. Pero busqué de Dios y por eso míreme aquí. Lo que yo pasé no es para que siga viva.
—Ni Julia tampoco.
—Es verdad, Julia sufrió mucho. Siempre andaba triste. Yo creo que fue por lo del hijo.
—Quizás fue por más.
—Todo el mundo dice que fue por lo que le hizo el dominicano. Que si la abandonó, que si la trató mal. Pero yo la conocí. La vi a ella y a mi papá queriéndose. Digo, mi pai no era hijo de próceres, pero era buena persona. Autodidacta. Escribía poemas. Él y Julia se quisieron mucho.
—Cada cual cuenta el cuento a su manera.
—Eso es verdad. Por eso quise recitarle el poema que Julia me dedicó. Es mi gran tesoro. Algunos no creen que yo la haya conocido.
—Yo sí le creo. Mil gracias, Victoria.
—Gracias a usted por oírme. Me avisa cualquier cosa, por si lo quiere incluir en alguna otra versión de la biografía que quiera publicar.
La escritora miró la pantalla del celular de soslayo. Pronto se le haría tarde para partir hacia Utuado a ofrecer su próxima presentación. Debía acortar aquella conversación. Los hijos llegarían a su casa a las seis y media de la tarde, dentro de cuatro horas. Y ella debía estar allí para darles comida, bañarlos, hablar con ellos. Debía llegar puntual para no tener la consabida discusión con los padres. Otra vez tarde, haciendo cosas de escritora. Ellos no estaban allí para facilitarle sus presentaciones. Bastante pagaban en pensión, desatendían sus otros menesteres. Bastante ayudaban con llevárselos los sábados a sus casas, a sus otras vidas rehechas. Nunca funcionaba. Ella no terminaba de convencerse de que el problema era ella que insistía en escribir, viajar, dar conferencias, apartarse del horario de ocho a cinco que observan todas las madres que trabajan y que después corren a buscar a los hijos a la escuela, a atender reuniones escolares, raspazos en rodillas, citas con dentistas, juegos de balompié, proyectos para la clase de ciencias, a cocinar en vez de encerrarse en el cuarto —computadora encendida— a escribir un libro. Debía partir.
A la escritora se le perdió Victoria Muñoz entremedio del público que la fue a escuchar hablar de Julia. A la vez, su voz se quedó vibrándole al oído esa otra historia que ella no acababa de apalabrar.
EL FÉRETRO DEL VIENTO
Era el olor. La acompañaba a todas partes. Nunca se le ocurrió pensar que la piel podrida oliera tanto a fruta. Un olor dulce a carne que se va pudriendo en vida. Por lo menos, así olían las úlceras de decúbito de la Madre.
La rutina le ayudó a encarar el olor. Había que levantarse temprano, a las cinco o seis de la mañana, comer algo, fumarse los tres cigarrillos reglamentarios con el primer café del día. Eran demasiados, lo sabía. No debían ser tantos cafés ni tantos cigarrillos. Se estaba matando. Pero si dejaba de fumar, se le olvidaba respirar. Café era lo único que soportaba en el estómago por las mañanas. Si fumaba y tomaba café, se distraía del dolor en el pecho con que se levantaba todas las mañanas. Aplacaba las náuseas en la boca del estómago y la vergüenza de sentirlas. Encubría el olor dulzón que se le activaba cada mañana con tan solo abrir los ojos y recordar a qué olía la muerte de su madre.
Tazón de café, tres cigarrillos. Partía entonces hacia el hogar de ancianos en que la había recluido. En el camino se fumaba dos cigarrillos más. Ya cuando entraba la noche y no lograba conciliar el sueño, terminaba de fumarse lo que quedaba en la cajetilla.
Llegaba al hogar. Revisaba a la Madre. Que no la tuvieran amarrada a la cama, aunque ya no sabía si esa humillación no era un mal necesario. La Madre yacía tirada en una cama de posiciones con la mandíbula desencajada y la mirada perdida en una inentendible esquina de la pared. Se estaba quedando sin carne, puro hueso. Las piernas eran dos canillitas encogidas en ininterrumpida posición fetal. La hija llegaba al cuarto que a veces olía a orines, a veces a fruta pasada. Bu