Moctezuma Xocoyotzin

Sofía Guadarrama Collado

Fragmento

Moctezuma Xocoyotzin

prólogo

La historia del México antiguo comenzó a escribirse, por decirlo así, con los antiguos códices, o libros pintados en los que los habitantes de estas tierras dejaban su tlapializtli, que significa «acción de preservar algo», en este caso su testimonio y forma de pensar. Por desgracia muchos de esos libros pintados fueron presas de la destrucción de los conquistadores que se ocuparon de demoler todo aquello que consideraban demoniaco. Afortunadamente algunos sobrevivieron. Cabe mencionar que la forma de aprendizaje de los alumnos era viendo los tlacuilolli (pinturas) y memorizando la crónica que sus maestros repetían constantemente. Por otra parte, algunos libros pintados eran destruidos por los mismos tlatoque para borrar de la historia sus fracasos o penurias, pues tenían por interés mostrar a sus descendientes una historia plagada de triunfos.

Luego los conquistadores, frailes y algunos que jamás llegaron al nuevo continente, narraron lo que se había descubierto en el Nuevo Mundo: Andrés de Tapia, Francisco López de Gómara, Antonio de Solís, Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Andrés de Olmos, Toribio Paredes de Benavente Motolinía, Bernardino de Sahagún, Gerónimo de Mendieta, Juan de Torquemada, Bartolomé de las Casas, por mencionar algunos. En todos ellos abunda la confusión, la desinformación, la exageración y la invención. Esto se debe a que se copiaban entre sí o simplemente narraban lo que escuchaban de los ancianos que les contaban sobre el México antiguo, muchas veces cayendo en errores que hoy en día han sido descubiertos. Pues no por ser ancianos (los que les narraban), debían saber la verdad. Olmos y Motolinía (entre otros frailes) veían lo que se les contaba como obra del demonio. Bernal exageró en algunos datos o simplemente mintió. Cortés escribió a conveniencia. Las Casas escribió de forma apologética y criticando la ambición de los conquistadores, aunque Motolinía lo acusó de jamás haber defendido a los indígenas. Sahagún enfocó su atención en las costumbres y tradiciones de los pueblos.

Después de la conquista de México, a principios del siglo XVII, los mismos descendientes de los antiguos mexicanos (por decirlo de una manera general), se dieron a la tarea de escribir lo que recordaban, reescribir lo que hubo en los libros pintados destruidos, transcribir y traducir los códices rescatados, o mantenidos a salvo. Algunos lo hicieron de forma anónima; otros, casi de forma anónima, pues se sabe muy poco de ellos, como Hernando de Alvarado Tezozómoc, Domingo de San Antón Muñón Chimalpain y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, herederos de la realeza, que se basaron en documentos de sus antepasados, dieron su versión de los hechos con la intención de defender y justificar ante el mundo lo que sus antecesores hicieron; sin embargo, en muchos de sus comentarios se nota la influencia católica, no se sabe si por una conversión genuina o por temor a la inquisición.

En el siglo XVIII, aparecieron Lorenzo Boturini con un ensayo filosófico; Francisco Javier Clavijero, con visión religiosa, con absoluta ausencia de fechas antes de Acamapichtli, lo cual pudo haber hecho con el firme propósito de evitar incongruencias como lo hizo Mariano Veytia. Cabe mencionar que ellos no se conocieron ni mucho menos intercambiaron ideas. Clavijero con la idea de que Veytia escribía la historia de la Nueva España y no del México antiguo le envió una carta, pero Veytia jamás la respondió. De hecho no se sabe si llegó a sus manos. Se cree que éste murió antes de recibirla e incluso antes de ver publicada su obra. Mariano Veytia por su parte, quien escribió con intenciones novelescas y crítica devota a su religión, siguió a Ixtlilxóchitl, llamándolo siempre Fernando de Alva y omitiendo Ixtlilxóchitl, quizá desdeñando este nombre, o creyendo que al mencionarlo perdería credibilidad su obra; ocasionalmente menciona a Boturini y a Sigüenza; de ahí en fuera sigue sin citas ni bibliografía, contradictorio a otros historiadores. Pese a todo esto tiene grandes aciertos (comprobables) y datos únicos e invaluables.

Durante el siglo XIX surgieron las obras del Barón de Humboldt con una «imagen romántica» de lo que llamó «pueblos semi-bárbaros»; Alfredo Chavero, muy bien documentado, y a veces con un conato de novela; Manuel Orozco y Berra, mucho más informativo, pero aun así inclinado a su catolicismo y vagabundeando en comentarios religiosos; William Prescott, Joaquín García Icazbalceta, entre muchos otros.

El mayor error de los historiadores y narradores, hasta entonces, fue creer —o en su defecto pretender que sus lectores creyeran— que tenían la razón, o a su entender el dominio de la verdad, una verdad absoluta, que a fin de cuentas resultó ser relativa, parcial e ingenua.

Finalmente, en el siglo XX, surgió un grupo de investigadores, filólogos, etnólogos, y arqueólogos más cautelosos y críticos, enfocados a estudiar las fuentes, códices, y textos indígenas, como Francisco del Paso y Troncoso, Eduard Seler, Pablo González Casanova, Walter Lehmann, Hugh Thomas, Manuel Gamio, George C. Vaillant, Alfonso Caso, Ángel María Garibay, Miguel León-Portilla, Eduardo Matos Moctezuma, José Luis Martínez, Alfredo López Austin, Leonardo López Luján, Juan Miralles, Jaime Montell, Christian Duverger, por mencionar algunos.

La historia del México antiguo se escribió desde distintas trincheras. Mucha tinta se ha derramado en este camino y como consecuencia se han creado muchos mitos; entre ellos la creencia de que los mexicas veían a los españoles como dioses —en particular a Hernán Cortés como Quetzalcóatl—, y la supuesta cobardía de Motecuzoma Xocoyotzin, quien ha sido injustamente menospreciado —y en ocasiones ninguneado— por historiadores y novelistas. Un gobernante se convierte en tirano cuando se le ve desde la oposición, generoso cuando se está de su lado; héroe cuando gana la guerra, cobarde cuando la pierde y traidor cuando cede al diálogo con el enemigo.

Para que un mito se infle basta con repetirlo una y otra vez; para desinflarlo, se necesita leer con lupa y a cuentagotas todos los documentos que existen sobre el tema. Motecuzoma Xocoyotzin, quien —además de ser un poeta versado, sacerdote ferviente, guerrero temerario, político astuto y hombre analítico— estuvo al frente del suceso más importante de la historia del continente americano, y consciente del alto riesgo que conllevaba una batalla contra un ejército invencible, por la calidad de sus armas y el avasallador número de las tropas aliadas, decidió —para librar a su pueblo de una masacre— adoptar como estrategia una lucha de inteligencias contra, quizá el único adversario a su altura, Hernán Cortés.

Para poder entender a Motecuzoma necesita ignorarse lo que él ignoraba. Es por ello que en la presente obra decidí abordar la Conquista de México desde la mirada de este tlatoani, poniendo a los conquistadores en un plano de fondo, muy distante.

No pretendo mostrar una imagen exacta de lo que ocurrió en el México antiguo, pues —como escribió Miguel León-Portilla—, intentarlo sería ingenuo. Tampoco quiero menospreciar la figura de Hernán Cortés, pues eso sólo mostraría un rencor, por supuesto, ajeno y pueril; ni mucho menos, enaltecer el recuerdo de Motecuzoma, que no fue ninguna víctima. Cortés y Motecuzoma, dos adversarios que se encontraron sin jamás esperarlo, vivieron lo que les tocaba e hicieron lo que pudieron para ganar cada uno su propia batalla.

Moctezuma Xocoyotzin

20 de marzo de 1520

A LAS CUATRO DE LA MAÑANA, COMO HAN SIDO TODAS TUS madrugadas desde que eras niño, abres los ojos, Motecuzoma Xocoyotzin, y te dispones a cumplir con tus obligaciones. Pero ahora ves el techo de tu habitación, inhalas y exhalas profunda y lentamente; los vuelves a cerrar y esperas que al abrirlos todo sea como antes. Pero ese antes ya se encuentra muy lejano.

Cuando eras un niño te levantabas, aunque fatigado, apurado para eludir el regaño de tu padre. Los años que estuviste en el Calmecac (escuela para los pipiltin) y los que fuiste soldado, capitán, sacerdote y tlatoani fueron estrictamente iguales. Ahora sólo permaneces acostado hasta que aparece la luz del sol. Te acomodas de lado izquierdo y cuando te cansas te acuestas bocarriba. Piensas en la desdicha de tu pueblo. Te acomodas de lado derecho. Se te duerme el brazo y harto de estar acostado te sientas y observas la habitación casi vacía y descuidada.

En tu mente cruza una ráfaga de recuerdos. Lo que más te gustaba hacer era subir a la cima del Coatépetl, (Templo Mayor), y observar el horizonte antes de que aparecieran los primeros rayos de sol. Cuando eras aún un escuincle solías gritar y correr alegre con tus hermanos hacia los templos; competían por llegar primero a la cima. Tenían fuerza, juventud y muchas ganas de vivir. Y cuando algún sacerdote los encontraba jugando en los teocallis ustedes salían corriendo.

La vida era mirar el lago de Tezcuco a la sombra de un árbol que los cobijaba. Contemplabas con devoción los cuerpos bronceados de las niñas que jugaban cerca de las canoas. Era una flor de Tenochtitlan la que más te atormentaba. Hablaba sin cesar, pero no contigo. Y cuando la tarde llegaba abusabas del apuro de ella y la perseguías de lejos, sin ser visto; rondabas por su casa y luego volvías a la tuya y recibías las reprimendas acostumbradas. Tenías juventud. La juventud ya no está. Las noches de pasión se han desvanecido. La gloria se ha derrumbado. Las sonrisas se han diluido en tu recuerdo.

Te frotas las mejillas, los labios y la nariz. Inhalas con profundidad. Te sientes demolido. Ya no puedes ir a cantarle y bailarle a Huitzilopochtli. Extrañas el sonido de los teponaxtles y las caracolas. Los muros del palacio de Axayácatl son tan gruesos que no se escucha nada. Extrañas la ciudad, el aire libre, los campos, el lago, los teocallis; extrañas tu libertad, tu juventud, tus mujeres, el poder. Tú, el huey tlatoani de la ciudad en el centro del lago de Tezcuco, Méxihco1 Tenochtitlan, y señor de trescientos setenta pueblos que se encuentran desde el mar del poniente hasta el oriente —cuarenta y cuatro de ellos conquistados por ti mismo— Motecuzoma Xocoyotzin, te encuentras preso.

1 Méxihco se pronuncia en náhuatl meshico.

Moctezuma Xocoyotzin

1.

8 de noviembre de 1519

MOTECUZOMA XOCOYOTZIN NO SONRÍE AL PASAR, CARGADO en ricas andas, por la calzada de Iztapalapan que los macehualtin2 comenzaron a barrer desde la madrugada y donde luego colocaron la majestuosa alfombra de algodón en la cual el tlatoani está transitando justo en este momento en compañía de Cacama, tecutli3 de Tezcuco; Totoquihuatzin, tecutli de Tlacopan4; Cuitláhuac, tecutli de Iztapalapan, el joven Cuauhtémoc, e Itzcuauhtzin, señor de Tlatelolco y más de doscientos pipiltin (nobles), que llevan sus cabelleras largas atadas sobre la coronilla con una cinta roja, todos descalzos, en silencio, sin mirar a nadie. Miles de hombres, mujeres, niños y ancianos —en la calzada, en las canoas, en las azoteas y en las calles— yacen arrodillados, con las frentes y manos tocando el piso, pues está prohibido ver al huey tlatoani. Ya casi nadie recuerda su rostro, ése que muchos conocieron apenas hace dieciséis años; y los más jóvenes ni siquiera lo conocen.

Al final de la calzada están esos hombres de los que tanto se ha hablado en los últimos años, esos hombres barbados, cubiertos de atuendos que parecen de oro sucio y opaco. Es verdad que tienen venados tan grandes como las casas que no huyen de la gente; que entienden el idioma de los barbudos y obedecen; exhalan con tanta fuerza que parece que se tratara de un fuerte y breve chorro de agua de las cascadas. Sus pasos son ruidosos, como golpes de palos huecos. Vienen caminando hacia el huey tlatoani. Son cuatrocientos cincuenta hombres blancos y aproximadamente seis mil soldados tlaxcaltecas, cholultecas, huexotzincas y totonacas.

Se escucha un trueno, un estruendo ensordecedor que espanta a los miles de macehualtin arrodillados, un estallido salido de una de las cerbatanas de fuego que traen los hombres barbados. Sólo Motecuzoma y los pipiltin han visto asustados el humo y el fuego extendiéndose rápidamente y que imposibilita ver de lejos. La gente no se ha atrevido a levantar la cabeza. Aunque sólo unos cuantos mexihcas han visto esos palos de fuego, como le llaman algunos, todos los demás saben que cuando se escucha el trueno alguien cae muerto con la cabeza o el pecho despedazado. Lo saben porque de eso se ha hablado en todos los pueblos y en todas las casas desde hace muchos días. Los barbudos se han apoderado de muchos pueblos de las costas y otros tantos cerca de Méxihco Tenochtitlan, utilizando estas trompetas de fuego, como las llaman otros.

En cuanto Motecuzoma baja de sus andas, ayudado por Cacama, tecutli de Tezcuco y Totoquihuatzin, tecutli de Tlacopan, se advierten sus sandalias decoradas con teocuitlatl, (oro) y piedras preciosas, y unas correas que cruzan en forma de equis por sus pantorrillas. Cuatro miembros de la nobleza sostienen las cuatro patas del palio rojo, decorado con plumas verdes, oro, iztac teocuitlatl (plata), chalchihuites y perlas, que evita que al huey tlatoani lo incomoden los rayos del sol. Motecuzoma, Cacama y Totoquihuatzin tienen en sus cabezas las tiaras de oro y de pedrería que los distinguen como señores de la Triple Alianza, y visten exquisitos trajes de algodón anudados sobre los hombros izquierdos.

Los extranjeros bajan de sus grandes venados y caminan hacia el tlatoani. Hay mucho silencio. Se miran a los ojos con gran asombro. Motecuzoma, Cacama y Totoquihuatzin —cumpliendo con el saludo ceremonial— se arrodillan ante los hombres blancos, toman tierra con los dedos y se la llevan a los labios.

Un hombre que trae un cuchillo muy largo, fino y delgado, de un metal parecido a la plata, atado a la cintura, se quita la gorra, la pone cerca de su pecho, sonríe, agacha la cabeza y comienza a hablar frente al huey tlatoani. Su lengua es incomprensible. Otro hombre habla segundos después, pero en lengua de los mayas. Luego una niña, de aproximadamente quince años, que viene con los barbados, pero que no es como ellos, sino que tiene la cara y la piel como todas las que viven en Méxihco Tenochtitlan, tan hermosa como cualquier doncella, camina junto a los que vienen al frente; se acerca al huey tlatoani, sin mirarlo, se arrodilla, pone su frente y sus manos en el piso y pide permiso para hablar.

Motecuzoma ha sido muy bien informado en los últimos años. Sabe que al hombre que viene al mando del invencible ejército que llegó del mar, en todos los pueblos, le llaman Malinche (dueño de Malintzin),5 y deduce que esa niña que camina junto a él es Malintzin Tenépatl, esclava y lengua del señor de barbas largas.

—Mi tecutli Hernando Cortés, capitán de la tropa española enviada por el tlatoani Carlos de España —habla Malintzin—, dice que se alegra mucho de que por fin puede ver a tan grande señor, y que se siente honrado de que usted le permita conocerlo. También le agradece todas las mercedes que desde su llegada le ha hecho.

En cuanto Malinche se aproxima, Motecuzoma percibe un hedor desconocido. Se acerca con una confianza que hasta el momento nadie se ha permitido, y extiende los brazos hacia el frente. «¿Qué está haciendo?», se preguntan rápidamente todos los miembros de la nobleza. «¿Cómo se atreve?». Cuitláhuac y Cacama se apresuran para interceptar al hombre blanco —y también se percatan de su mal olor—, le toman de las manos y le dicen que está prohibido tocar al huey tlatoani. Los hombres que acompañan a Malinche se alteran y apuntan con sus cerbatanas de fuego. Se escuchan rumores. El tecutli Malinche alza las manos, da un paso hacia atrás y habla pero no se le entiende. Entonces el otro hombre traduce a la lengua maya y la niña Malintzin al náhuatl.

—Mi señor Hernando Cortés quiere hacerle un regalo. —La niña mira directamente a los ojos del huey tlatoani.

Motecuzoma voltea a ver a Cacama y a Totoquihuatzin.

—Niña —Cacama la regaña—, cada vez que te dirijas al huey tlatoani Motecuzoma debes hacerlo de esta manera: Tlatoani, notlatocatzin, huey tlatoani: (Señor, señor mío, gran señor).

Con humildad Malintzin agacha la cabeza y responde que así lo hará. El tecutli Malinche le pregunta qué le han dicho y ella le cuenta lo ocurrido. Entonces él se arrodilla ante el huey tlatoani y todo su séquito lo imita.

—Señor, señor mío, gran señor —dice Malinche sin levantar la cabeza.

—Dile que ya se puede poner de pie —le dice Motecuzoma a Malintzin, quien a su vez le dice en lengua maya al otro hombre, al que llaman Jeimo6 y que habla la lengua de los barbados.

En cuanto Malinche se pone de pie se quita un collar de margaritas y diamantes de vidrio que trae puesto y se lo ofrece a Motecuzoma. Cuitláhuac y Cacama se disponen a detenerlo, pero en esta segunda ocasión, Motecuzoma les dice que no intervengan. Malinche se acerca al tlatoani y le pone el collar.

—Tráiganle dos collares de regalo —Motecuzoma dice en voz baja sin quitar la mirada del hombre blanco.

Minutos después uno de los hombres de la nobleza se acerca con dos collares hechos de piezas de conchas rosadas y con unos pendientes de oro con forma de camarones. Se las entregan a Cacama quien se prepara para entregárselas a Malinche.

—Espera —dice Motecuzoma muy sereno—. Yo se lo daré.

Cacama, Totoquihuatzin, Cuitláhuac y el resto de la nobleza no pueden creer que el huey tlatoani esté dispuesto a tener contacto con los extranjeros. Motecuzoma camina lentamente hacia Malinche y le pone el collar.

—Sean todos usted bienvenidos a esta su casa —dice Motecuzoma.

Cuitláhuac avanza al frente, se arrodilla, toca la tierra con los dedos y se la lleva a los labios. Se pone de pie y vuelve a su lugar. El acto lo repite cada uno de los miembros de la nobleza. Sólo se escuchan los ruidos que hacen los venados gigantes con sus hocicos y sus patas, el graznido de las aves acuáticas, el trino de los pajarillos, el arrullo de las tórtolas y el agua meneándose inquieta en el lago.

—Cuitláhuac, acompaña al tecutli Malinche —ordena Motecuzoma.

Aunque no está de acuerdo, Cuitláhuac agacha la cabeza y camina hacia Malinche, le toma del brazo y espera a que Motecuzoma suba a sus andas. En cuanto comienzan a caminar se escuchan los gruesos graznidos de las caracolas, el retumbo de los teponaxtles, el silbido de las flautas y las sonajas. La gente, como en tiempos pasados, cuando Motecuzoma volvía victorioso de las guerras, les entregan girasoles, magnolias, flores de maíz tostado, flores de tabaco amarillas, flores de cacao. Cuelgan en los cuellos de los hombres barbados collares de guirnaldas y adornos de oro. Muchos de los extranjeros se muestran a la defensiva ante los regalos de los macehualtin. Alzan sus armas y apuntan con sus arcos de metal. Méxihco Tenochtitlan, de quince kilómetros cuadrados, tiene doscientos mil habitantes. Todos observan curiosos —desde las azoteas, las canoas en los canales y las ramas de los árboles— las armas extrañas de esos hombres, sus venados gigantes, sus barbas largas, sus trajes de plata opaca y sus perros llenos de pelo, pues los de estas tierras apenas si tienen pelambres en la frente y el pecho.

Adelante va un grueso contingente de danzantes. Los siguen los sacerdotes —con las orejas como si se las hubieran mordido por el autosacrificio— que echan incienso hacia los lados; luego vienen los capitanes veteranos, con sus trajes de águila y jaguar, y sus macahuitles7 y escudos en cada mano. Otros traen arcos y flechas. Después avanzan los venados gigantes, moviendo sus cabezas de izquierda a derecha, defecando al mismo tiempo que caminan. Una docena de hombres barbados jalan de sus correas a los perros que ladran exaltados, olfatean, vuelven a ladrar, orinan y vuelven a ladrar.

La gente se pregunta qué significa lo que está dibujado en el estandarte que carga sobre los hombros uno de los extranjeros.

Siguen más venados gigantes y los niños ríen al escuchar las exhalaciones que suenan como chorros de agua. Los extranjeros cargan tantas cosas que parece que trajeran cascabeles de metal. Luego marchan decenas de hombres con más arcos de metal y cerbatanas de fuego.

Hasta el final entra el tecutli Malinche con sus capitanes que lo protegen. Cientos de guerreros —con sus atuendos de guerra, macahuitles, arcos, flechas, cerbatanas, lanzas y escudos provenientes de Tlaxcala, Tepoztlan, Tliliuhquitepec, Huexotzinco, Cempoala y Cholula— cantan orgullosos porque han logrado entrar a la ciudad de Méxihco Tenochtitlan, un lugar que para algunos de ellos ha estado prohibido por años.

A ellos, los tenochcas no les dan muestras de bienvenida. La celebración se extingue rápidamente. Cuitláhuac los guía hasta un muro de piedra gruesa, con pilares que resguardan el palacio de Axayácatl, conocido por todos como las Casas Viejas —ubicado en el lado oeste del recinto sagrado y construido por el abuelo de Motecuzoma Xocoyotzin, el tlatoani Motecuzoma Ilhuicamina, cincuenta años atrás y remodelado por el padre de Motecuzoma Xocoyotzin, el tlatoani Axayácatl— el cual tiene en la parte del centro dos pisos y cuatro construcciones exteriores de un piso.

—Aquí es —señala Cuitláhuac a la entrada del palacio de Axayácatl.

Pero Malinche no le pone atención. Está impresionado con el majestuoso teocalli que se ve al fondo. Está bastante lejos pero resalta por sobre todos los edificios.

—Es el Coatépetl, el monte sagrado —explica la niña Malintzin—. Está dedicado a Huitzilopochtli, dios de la guerra y Tláloc, dios del agua.

Malinche quiere ir a ver ese edificio que vio desde que estaba a punto de entrar a la ciudad. Entonces Malintzin le expresa a Cuitláhuac los deseos de su dueño.

—Motecuzoma los está esperando —dice Cuitláhuac ignorando lo que acaba de escuchar.

Al entrar, Malinche y sus hombres cruzan un amplio patio hasta llegar a la sala principal donde ya se encuentran Motecuzoma y el resto de la nobleza.

—Siéntate aquí. —El tlatoani toma a Malinche de la mano y lo guía hasta el asiento real.

Todos los miembros de la nobleza están asombrados al ver lo que hace el huey tlatoani.

—Esta es tu casa —dice Motecuzoma mirándolo directamente a los ojos—, come y descansa. Este palacio puede albergar a más de doscientos hombres. He dado instrucciones para que los miembros de la nobleza los atiendan como se merecen. Volveré después para hablar contigo. —Moctezuma sale y se dirige a su palacio.

2 Macehualtin es el plural de macehualli, que significa, plebeyo, siervo, peón.

3 Tecutli en náhuatl significa señor o gobernante.

4 Actualmente Tacuba.

5 Sobre el significado de Malintzin hay muchas versiones. Una de ellas dice que fue bautizada como Marina y ya que en náhuatl no existía la letra r pronunciaban el nombre como Malina y que al agregarle la terminación tzin, que en náhuatl es un sufijo que indica respeto o cariño, se le llamaba Malintzin. Otra versión dice que Malinalli era su nombre en náhuatl y que significa hierba seca y que simplemente se le llamaba Malintzin en forma de respeto. Otra versión es que Mali en náhuatl significa cautivo, y con el tzin, Malintzin era «venerable cautiva». Otra versión asegura que su nombre se deriva de Malinalli, nombre del decimosegundo día del mes mexica, y que por ser nombre propio, se podían suprimir las últimas dos letras, li, quedando como Malinal.

6 Jerónimo de Aguilar.

7 El macahuitl era una macana o garrote de madera que tenía unas cuchillas de obsidiana —vidrio volcánico— finamente cortadas y que tenía el mismo uso que una espada.

Moctezuma Xocoyotzin

2.

CONTABA MI PADRE AXAYÁCATL QUE CUANDO YO NACÍ, en el calpulli (barrio) de Aticpac, en el año 1 Caña (1467), mi tío abuelo, Tlacaeleltzin, el cihuacóatl (supremo sacerdote), hombre de sesenta y nueve años, me observó en brazos de mi madre por unos minutos en silencio, y sin acercarse dijo: «Tú serás tlatoani».

Crecí sabiendo que era uno de los probables sucesores de mi padre. No sabía aún quién le seguiría en el puesto, pero mi tío abuelo, el gran cihuacóatl Tlacaeleltzin, se encargó de educarme con mano dura siempre que tuvo oportunidad. No hubo día en mi infancia —si se cruzaba en mi camino— en el que él no me corrigiera. Su actitud tan seria y soberbia me hizo pasar muy malos ratos. Jamás me permitió hacer berrinches ni responder de forma insolente ante mis mayores.

Mi padre también fue muy estricto. No recuerdo el día exacto, pero lo que no puedo olvidar es la primera vez que me castigó. Si cierro los ojos puedo ver otra vez la imagen de la mano de mi padre acercándose a mi boca. En la otra tenía un punzón, el cual se veía enorme. Yo lo veía enorme. Tragué saliva cuando sentí sus dedos ásperos en mi labio inferior; lo jaló hacia afuera y sin avisarme lo perforó.

—No debes mentir —Me dijo al mismo tiempo que giraba su mano de derecha a izquierda para que el punzón perforara mi piel.

Mucho después, mi madre me contó que entonces yo tenía cinco años de edad.

En mi mente había un solo pensamiento:

«Te odio».

Tenía los brazos extendidos hacia abajo, apretando mis muslos con las manos.

—No llores —ordenó mi padre, como siempre lo hacía, con la misma mirada inflexible.

Pero yo nunca lloraba. Enterré las uñas en mis muslos cuando sentí la segunda perforación. Cerré los ojos para no ver las enormes manos de mi padre. Los cerré para no ver a mi madre, para que su llanto no me contagiara, para no pensar en lo que me estaba ocurriendo.

«Te odio».

Luego sentí la tercera perforación. Seguía con los ojos cerrados. No quería ver el rostro de mi padre.

—Que no se repita —dijo mi padre tras sacar el punzón de mi labio—. Abre los ojos.

Obedecí.

—Esto es para que aprendas que no debes mentir, jamás. —Me apuntó al rostro con el dedo índice. Sus ojos estaban tan abiertos que parecía que se le iban a salir y añadió—: «Por ninguna razón». —Me dio la espalda y se fue.

Me llevé la mano a la boca y respiré profundo para no llorar. Era otra de las reglas que mi padre me había impuesto. No llorar. Por nada. Jamás. Ya antes me había castigado con azotes o golpes. Y me había dejado largas horas encerrado. Mi madre decía que yo dejé de llorar cuando empecé a caminar. Aprendí que no llorar era equivalente a no mostrar mis sentimientos, que a fin de cuentas era lo mismo que mentir. Supuse que mentir estaba permitido. Y sin comprenderlo comencé con una mentira ligera, luego con otra. Eran mentiras para eludir mi culpa por alguna travesura. Hasta que mi padre me descubrió, me castigó perforándome el labio inferior y me dejó solo con mi dolor. De pronto vi la palma de mi mano teñida de rojo. Fue la primera vez que vi sangre. Mi sangre escurriendo desde mi boca hasta mi pecho. Sentí su sabor y me gustó.

Imposible olvidar mi infancia. Imposible ignorarla. No entendía porqué los niños teníamos tantas obligaciones y castigos por no cumplirlas. Sonreí el día que mi padre nos avisó a mis hermanos y a mí que seríamos entregados a los sacerdotes para que nos educaran: creí que me había liberado de mi padre, quien no preguntó por mi alegría. Estoy seguro de que pensó que se debía a un interés por mi educación.

Mis hermanos y yo salíamos a jugar con otros niños: primos y vecinos. Nos correteábamos unos a otros con palos de madera, simulando ser guerreros. Algunos teníamos caparazones de tortugas que nuestros padres nos regalaban para que jugáramos, utilizándolos como escudos. A las ramas les arrancábamos las hojas y «brazos» para construir pequeñas lanzas que luego nos aventábamos. Corríamos a veces hasta la orilla del lago y —si alguien nos daba permiso— nos escondíamos en las canoas. Desde entonces fui mandón. Por lo mismo yo siempre era el capitán, aunque fuese un juego. Premiaba a los que demostraban su valor y a los cobardes los castigaba o los expulsaba.

La guerra era un juego.

Ninguno de nosotros sabía lo que nos esperaba a partir del día siguiente.

—Van a enseñarnos a ser guerreros —dijo uno de mis primos.

Me fui a dormir esa noche imaginando que nunca más volvería a ver a mi padre, que mi vida cambiaría a partir de entonces. Y cambió. Cambió por completo.

Al amanecer mi padre habló conmigo. Ignoré su largo discurso. Sé que algo decía sobre la obediencia y nuestro futuro. Hubo una despedida solemne antes de entrar a una de las pequeñas aulas. Yo no sabía aún que volvería a casa y que seguiría mi vida con mi padre. Sonreía. Lo único que me interesaba era alejarme de los castigos. Todos los niños corríamos llenos de alegría. A la entrada de uno de los sacerdotes nadie le dio importancia. Al primer llamado de atención sólo algunos obedecieron. Luego ingresó otro sacerdote y dio un grito descomunal que provocó un silencio repentino. La desobediencia de un niño provocó que los dos hombres fueran tras él. Lo arrastraron hasta el frente del cuarto pese a sus patadas y gritos. Uno de los sacerdotes sacó un punzón igual al que mi padre había utilizado para castigarme por haber mentido y se lo enterró en las costillas, una y otra vez. El niño lloró y le ordenaron que no lo hiciera, de lo contrario seguirían con el castigo.

La mirada del sacerdote me hizo recordar los ojos de mi padre. Apenas había llegado y sentía que ya no soportaba estar ahí. Observé en varias direcciones y encontré a mis compañeros con gestos llenos de terror. Era una desilusión. La evidencia de que la vida era así en todas partes. Que no sólo se trataba de nuestros padres. Que la educación era general. Miré con odio al sacerdote. Sus ojos me irritaban más que los piquetes que le propinaba al niño, que se esforzaba por no llorar. Y yo me preguntaba por qué aquel niño no podía contener el llanto.

Comenzaron a llevarnos a los teocallis para que aprendiéramos a orar mientras echábamos incienso a los dioses. Hacía mucho frío, era de madrugada y nos llevaron casi desnudos. De mi nariz salía mucho líquido. Todo mi cuerpo temblaba. Los sacerdotes hacían oraciones al dios Huitzilopochtli; mientras, los niños debíamos permanecer hincados, soportando el clima, el hambre y las diminutas piedras en la tierra que se nos incrustaban en las rodillas. Hubo un momento en el que tuve deseos de gritarles y salir corriendo. Pero ya tenía la experiencia y la consciencia para entender que eso sólo sería motivo para otro castigo.

—Tengo frío. —Me atreví a interrumpir la oración de los sacerdotes.

Las llamas en la fogata bailoteaban con el viento mientras una recua de hojas secas se deslizaba de un lado a otro del recinto sagrado, que entonces era mucho más pequeño. El sacerdote, que también estaba arrodillado, detuvo sus oraciones, bajó la cabeza y manos hasta la tierra y habló sin mirarme.

—Es para que valoren los privilegios que nos da el Sol.

—Tengo hambre —insistí.

—Sólo así le darán valor a lo que se llevan a la boca. Deben acostumbrarse a sufrir el hambre, el calor y el frío. De igual forma, prepárense para los días calurosos porque tampoco podrán quejarse.

Al día siguiente muchos niños amanecimos enfermos, lo cual no sirvió para evadir nuestras responsabilidades. Nos dieron unos brebajes hechos con hierbas y nos sacaron al sol. Decían que la mejor cura para esa enfermedad era estar activos. Cinco días después estábamos completamente sanos. Mi odio hacia mi padre fue creciendo con el paso del tiempo. Creía que yo merecía un mejor destino sin darme cuenta de que lo que mi padre hacía por nosotros era lo mejor. La educación era su mejor herencia. Pero nada de eso lo comprendía a esa edad.

Pronto fui acostumbrándome a las tareas y a obedecer, para no recibir los castigos. Nunca más volví a enfermarme por pasar casi desnudo toda la noche frente al teocalli de Huitzilopochtli. Mi cuerpo se acostumbró al poco alimento que recibía y mi mente a soportar el autosacrificio que debíamos hacer todos los días: perforarnos la lengua o los labios o alguna otra parte del cuerpo. Aprendí a pescar, a sembrar, a cosechar, a barrer los teocallis. Aprendí las primeras enseñanzas sobre nuestra religión, como los demás niños, sin entender. Repetíamos y repetíamos sin interés, sin ganas de saber por qué estábamos ahí. Para nosotros era una obligación, un camino sin salida, un procedimiento para no recibir castigos. Tardé muchos años en comprender la religión desde su esencia.

Hasta los seis años de edad creía que mi padre había sido tlatoani desde siempre. Tampoco entendía mi situación. No me importaba. Nunca pregunté sobre la jura ni las fiestas que se hicieron. Tal vez porque no me interesaba la alegría de mi padre o cualquier cosa relacionada con él.

Mi primer encuentro con la muerte fue cuando tenía siete años. Estaba jugando con mis hermanos a la orilla del lago. Ellos corrieron al interior de la isla mientras yo me quedé observando a dos hombres que golpeaban a otro. Le perforaron el pecho con un cuchillo y huyeron sin percatarse de que yo los espiaba. Por un momento me quedé paralizado. No sabía si debía callar o correr a avisar a mi padre o alguien del gobierno. No sentía miedo. En verdad no sentía miedo. Nunca he sabido qué es eso. No sé por qué. Cuando era niño me preguntaban si sentía miedo y yo no sabía qué responder porque no entendía el significado del miedo. Por eso no hice nada al ver a esos hombres. Por eso no sentí miedo al caminar hacia el hombre caído. No pude quitar la mirada de ese pecho lleno de sangre; tenía un color claro y brillante. Por un instante sentí deseos de tocarlo, meter mis dedos en su herida. Contemplé su rostro inmóvil, sus ojos abiertos que parecían observar el horizonte. De pronto el hombre se movió e hizo un ruido con su garganta sin mover los labios. Sus ojos se dirigieron a mí. Tenía las manos sobre el pecho. Los dedos de sus manos se movían como si quisieran cerrarse. Me estaba observando. De pronto dejó de moverse. Me incliné un poco para comprobar su muerte. En ese momento escuché el grito de un niño y corrí para que no me encontrara ahí, junto al cadáver.

Nunca me pregunté por qué habían asesinado a aquel hombre, pero sí me intrigaba saber qué había sentido al morir. Tampoco le comenté a nadie sobre lo que había visto ni lo que sentía al respecto. Ni siquiera a mi madre, a quien amé como a nadie. Ella solía observar la luna por largos ratos, a veces toda la noche. Yo sabía cuando lo hacía y salía tras ella, que sin decir una palabra, ponía su mano en mi cabeza y me acariciaba el cabello sin quitar la mirada del cielo. Decía que prefería ver la luna cuando salía, porque es el momento en el que se ve más grande. Ya luego se sentaba en algún lugar. Cuando yo era todavía muy pequeño, ella me sentaba en su regazo y me acurrucaba. Ella veía la luna y yo observaba sus labios, y extendía mi mano para acariciarlos. En cuanto ella sentía mis dedos, se inclinaba y me besaba la frente o las mejillas o la nariz o la boca; y yo me quedaba dormido. Fui creciendo y seguí con el mismo ritual de seguirla, hasta que una noche mi padre le prohibió que me cargara.

—Ya está muy grande ese niño para que lo trates así.

M

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