El enigma del faraón

Fragmento

cap-1

PRÓLOGO
CIUDAD DE LOS MUERTOS

Abidos, Egipto
1353 a.C., decimoséptimo año del reinado del faraón Akenatón

La luna llena ponía un resplandor azul en las arenas de Egipto, pintando las dunas del color de la nieve y los templos abandonados de Abidos con tonos de hueso y alabastro. Bajo esa fría iluminación se movían unas sombras, una procesión de intrusos que se deslizaban atravesando la Ciudad de los Muertos.

Los intrusos, treinta hombres y mujeres, avanzaban a un ritmo sombrío, los rostros cubiertos por las capuchas de las exageradas túnicas, la mirada clavada en el camino. Pasaron por delante de las cámaras funerarias que contenían los faraones de la primera dinastía y los santuarios y monumentos construidos en la Segunda Era para honrar a los dioses.

En un polvoriento cruce, donde la arena arrastrada por el viento cubría la calzada de piedra, la procesión se detuvo en silencio. Su líder, Manu-hotep, escudriñó la oscuridad, ladeando la cabeza para escuchar mientras apretaba la empuñadura de una lanza.

—¿Has oído algo? —preguntó una mujer, deteniéndose a su lado.

La mujer era su esposa. Detrás de ellos venían otras familias y una docena de sirvientes que transportaban las camillas donde descansaban los cuerpos de los niños de cada familia. Todos con la vida segada por la misma misteriosa enfermedad.

—Voces —contestó Manu-hotep—. Susurros.

—Pero la ciudad está abandonada —dijo ella—. Por decreto del faraón, entrar en la necrópolis es ahora delito. Solo por estar aquí corremos peligro de muerte.

Manu-hotep se echó la capucha de la túnica hacia atrás, descubriendo una cabeza afeitada y un collar de oro que lo señalaba como miembro de la corte de Akenatón.

—Nadie es más consciente de eso que yo.

Durante siglos, Abidos, la Ciudad de los Muertos, había prosperado, poblada por sacerdotes y acólitos de Osiris, señor de la vida de ultratumba y dios de la fertilidad. Allí habían sido enterrados los faraones de la dinastía más antigua, y aunque los reyes más recientes se habían enterrado en otro sitio, habían seguido construyendo templos y monumentos en honor a Osiris. Todos menos Akenatón.

Poco después de convertirse en faraón, Akenatón había hecho lo impensable: rechazó los viejos dioses, minimizándolos por decreto y deponiéndolos después, echando abajo el panteón egipcio y sustituyéndolo por la adoración de una sola divinidad por él elegida: Atón, el dios sol.

Por ese motivo la Ciudad de los Muertos estaba abandonada, y hacía muchos años que no entraban en ella sacerdotes ni fieles. Cualquiera que fuera sorprendido dentro de sus límites sería ejecutado. Para un miembro de la corte del faraón, como Manu-hotep, el castigo sería peor: incesante tortura hasta que pidiera la propia muerte con oraciones y súplicas.

Cuando iba a hablar, Manu-hotep percibió un movimiento. De la oscuridad salió corriendo un trío de hombres armados.

Manu-hotep empujó a su mujer hacia las sombras y embistió con la lanza. Acertó en el pecho al hombre que iba delante, empalándolo y parándolo en seco, pero el segundo hombre clavó una cuchillada a Manu-hotep con una daga de bronce.

Manu-hotep torció el cuerpo para evitar el golpe y cayó al suelo. Arrancó la lanza y atacó con ella al segundo agresor. No acertó, pero el hombre dio un paso atrás mientras le salía por el pecho la punta de una segunda lanza: uno de los criados había empezado a participar en la lucha. El herido se desplomó de rodillas, boqueando y sin poder gritar. Cuando terminó de caer, el tercer agresor huyó a la carrera.

Manu-hotep se levantó y arrojó la lanza haciendo girar el cuerpo con potencia. El arma falló por unos centímetros y el objetivo desapareció en la noche.

—¿Ladrones de tumbas? —preguntó alguien.

—O espías —dijo Manu-hotep—. Durante días tuve la sensación de que nos seguían. Hay que darse prisa. Si se lo cuentan al faraón, mañana no estaremos vivos.

—Quizá deberíamos irnos —dijo su mujer—. Quizá nos estemos equivocando.

—El error fue seguir a Akenatón —afirmó Manu-hotep—. El faraón es un hereje. Osiris nos castiga por haberlo apoyado. Sin duda habrás advertido que son nuestros hijos quienes se duermen y no despiertan nunca más; solo nuestro ganado yace muerto en los campos. Debemos pedir clemencia a Osiris. Y debemos hacerlo ya.

Mientras hablaba, estaba cada vez más decidido. Durante los largos años del reinado de Akenatón, toda resistencia había sido aplastada por el poder de las armas, pero los dioses habían empezado a vengarse y ahora quienes habían apoyado al faraón eran los que más sufrían.

—Por aquí —señaló Manu-hotep.

Siguieron internándose en la ciudad silenciosa y pronto llegaron al edificio más grande de la necrópolis, el Templo de Osiris.

Era una construcción amplia, con azotea, rodeada de altas columnas que brotaban de enormes bloques de granito. Una gran rampa conducía hasta una plataforma de piedra exquisitamente tallada. Mármol rojo de Etiopía, granito veteado de lapislázuli persa. En la parte delantera del templo había un par de gigantescas puertas de bronce.

Manu-hotep se acercó y las abrió con asombrosa facilidad. Recibió una bocanada de incienso y el fuego que ardía delante del altar y las antorchas instaladas en las paredes lo sorprendieron. La luz vacilante le permitió ver unos bancos dispuestos en semicírculo. Sobre ellos yacían hombres, mujeres y niños muertos, rodeados por el llanto apagado y las oraciones susurradas de los miembros de su familia.

—Parece que no somos los únicos que han desobedecido el decreto de Akenatón —dijo Manu-hotep.

Los que estaban dentro del templo lo miraron, sin reaccionar.

—Rápido —ordenó a sus servidores, que se acercaron y colocaron los cuerpos de los niños donde encontraron sitio mientras Manu-hotep se acercaba al gran altar de Osiris, ante el cual se arrodilló junto al fuego, haciendo una reverencia en señal de súplica. De la túnica sacó dos plumas de avestruz—. Gran Señor de los Muertos, a ti venimos en sufrimiento —susurró—. Nuestras familias han padecido una desgracia. Sobre nuestras casas ha caído una maldición y nuestros campos se han vuelto improductivos. Pedimos que te lleves a nuestros muertos y los bendigas en el más allá. A ti, que controlas las Puertas de la Muerte, que a la semilla caída ordenas renacer, te rogamos: devuelve la vida a nuestras tierras y a nuestros hogares.

Depositó las plumas en el suelo con reverencia, las roció con una mezcla de sílice y oro en polvo y dio un paso atrás alejándose del altar.

Una ráfaga de viento recorrió la sala, empujando las llamas hacia un lado. Hubo entonces un sonoro estruendo que resonó en toda la sala.

Manu-hotep giró a tiempo para ver como, en el otro extremo del templo, se cerraban las enormes puertas. Nervioso, miró alrededor mientras las antorchas de las paredes parpadeaban, amenazando con apagarse. Sin embargo, siguieron ardiendo y pronto se estabilizaron. Restituida la iluminación, descubrió detrás del altar la silueta de unas figuras donde poco antes no había nadie.

Cuatro de ellas llevaban ropa negra y dorada: sacerdotes del culto de Osiris. La quinta lucía una vestimenta diferente, como si fuera el mismísimo señor del inframundo. Tenía las piernas y la cintura envueltas con la tela que se usaba para momificar a los muertos. Pulseras y un collar de oro contrastaban con su piel verdosa, y una corona repleta de plumas de avestruz le adornaba la cabeza.

En una mano esa figura llevaba un cayado de pastor y en la otra un mayal de oro, usado para azotar el trigo y separar el grano de la paja.

—Soy el mensajero de Osiris —dijo el sacerdote—. El avatar del Gran Señor del Más Allá.

La voz era profunda y resonante, de un tono casi sobrenatural. Todos los que estaban en el templo inclinaron la cabeza y quienes acompañaban a esa figura central se adelantaron. Caminaron alrededor de los muertos desparramando hojas, pétalos de flores y —esa fue la impresión que tuvo Manu-hotep— piel seca de reptiles y anfibios.

—Buscas el consuelo de Osiris —dijo el avatar.

—Mis hijos están muertos —respondió Manu-hotep—. Busco su protección en el más allá.

—Tú sirves al traidor —fue la respuesta—. Como tal, eres indigno de tal favor.

Manu-hotep siguió con la cabeza inclinada.

—He dejado que mi lengua hiciera el trabajo de Akenatón —admitió—. Por eso puedes castigarme. Pero lleva a mis seres queridos al más allá como se les había prometido antes de que Akenatón nos corrompiera.

Cuando Manu-hotep se atrevió a levantar la mirada, descubrió que el avatar seguía clavándole los ojos negros sin parpadear.

—No —dijeron finalmente aquellos labios—. Osiris te ordena actuar. Tienes que demostrar tu arrepentimiento.

Un dedo huesudo apuntó hacia un ánfora roja apoyada en el altar.

—En ese recipiente hay un veneno que no se puede degustar. Llévatelo. Échalo en el vino de Akenatón. Le oscurecerá los ojos y le impedirá ver. Ya no podrá mirar su precioso sol, y su gobierno se derrumbará.

—¿Y mis hijos? —preguntó Manu-hotep—. Si hago eso, ¿tendrán privilegios en el más allá?

—No —dijo el sacerdote.

—Pero ¿por qué? Pensé que tú...

—Si eliges este camino —le interrumpió el sacerdote—, Osiris ordenará que tus hijos vivan de nuevo en este mundo. Hará que el Nilo vuelva a ser un río de vida y permitirá que estos campos sean otra vez fértiles. ¿Aceptas el honor?

Manu-hotep vaciló. Una cosa era desobedecer al faraón, pero asesinarlo...

Mientras dudaba, el sacerdote se apresuró a actuar, metiendo una punta del mayal en el fuego que había junto al altar. Las hebras de cuero se encendieron de repente, como si estuvieran empapadas en aceite. Con un movimiento de muñeca, el sacerdote descargó el arma en las cáscaras y hojas secas desparramadas por sus seguidores. El fuego saltó al instante a la paja seca y corrió hasta rodear tanto a los vivos como a los muertos.

El calor hizo retroceder a Manu-hotep. El humo y los gases se volvieron insoportables, empañándole la vista y haciéndole perder el equilibrio. Cuando levantó la cabeza, un muro de fuego lo separaba de los sacerdotes, que se iban retirando.

—¿Qué has hecho? —gritó su mujer.

Los sacerdotes desaparecían por una escalera detrás del altar. Las llamas le llegaban al pecho y tanto los dolientes como los muertos estaban ahora atrapados por un resplandor circular.

—Dudé —murmuró Manu-hotep—. Tenía miedo.

Osiris les había dado una oportunidad y la habían desperdiciado. Agobiado, Manu-hotep miró el ánfora cargada de veneno que había en el altar. La desdibujaba el calor y después la ocultó el humo.

La luz que entraba a raudales por los abiertos paneles del techo despertó a Manu-hotep. El fuego se había apagado y en su lugar quedaba un círculo de cenizas. Olía a humo y en el suelo se veía una delgada capa de residuos, como si el rocío de la mañana se hubiera mezclado con las cenizas o como si hubiera caído una fina llovizna.

Aturdido y desorientado, Manu-hotep se incorporó y miró alrededor. Las enormes puertas en el otro extremo de la sala estaban abiertas y por ellas entraba el frío aire de la mañana. Después de todo, los sacerdotes no los habían matado. ¿Por qué?

Mientras buscaba la razón, a su lado se agitó una mano pequeña con dedos diminutos. Al volver la cabeza vio a su hija temblando como si sufriera una convulsión, boqueando como un pez en la orilla del río.

La cogió con las manos. No estaba fría sino caliente, no estaba rígida sino que se movía. No podía creerlo. Su hijo también se movía, pateando como si soñara.

Trató de que sus hijos dejaran de temblar y hablaran, pero no logró ninguna de las dos cosas.

Alrededor, otros niños despertaban de la misma manera.

—¿Qué les pasa a todos? —preguntó su mujer.

—Están atrapados entre la vida y la muerte —aventuró Manu-hotep—. Quién sabe qué dolor produce ese estado.

—¿Qué hacemos?

Ahora no podían vacilar. Ahora no había vuelta atrás.

—Haremos lo que Osiris nos ordena —dijo—. Cegaremos al faraón.

Se levantó y caminó deprisa sobre las cenizas hacia el altar. El ánfora roja llena de veneno seguía allí, aunque había quedado negra a causa del hollín. La agarró, colmado de fe y convicción. Repleto también de esperanza.

Manu-hotep y los demás salieron del templo, esperando que sus hijos hablaran o les respondieran o incluso permanecieran inmóviles. Pasarían semanas antes de que eso ocurriera, meses antes de que quienes habían sido resucitados empezaran a actuar como antes de caer en las garras de la muerte. Pero para entonces se estarían apagando los ojos de Akenatón y el reino del faraón hereje iría llegando rápidamente a su fin.

cap-2

1

Bahía Abukir, en la desembocadura del río Nilo
1 de agosto de 1798, poco antes del anochecer

El ruido del fuego de cañones tronaba sobre la amplia extensión de la bahía mientras unos fogonazos iluminaban el lejano crepúsculo gris. Cada vez que los proyectiles de hierro caían a poca distancia de sus objetivos, brotaban géiseres de agua blanca, pero la escuadra atacante se acercaba con rapidez a la flota anclada. La siguiente andanada no sería disparada en vano.

Una chalupa avanzaba hacia esa maraña de mástiles impulsada por los fuertes brazos de seis marineros franceses. Iba directa al buque situado en el centro de la batalla en lo que parecía una misión suicida.

—Llegamos tarde —gritó uno de los remeros.

—Sigue remando —ordenó el único oficial del grupo—. Tenemos que llegar a L’Orient antes de que la rodeen los británicos y la flota entera entre en combate.

La flota en cuestión era la gran armada mediterránea de Napoleón, diecisiete barcos, incluidos trece navíos de línea. Devolvían las descargas inglesas con disparos atronadores y toda la zona quedó rápidamente envuelta en humo de cañón, incluso antes de que oscureciera.

En el centro de la chalupa, temiendo por su vida, iba un civil francés llamado Emile D’Campion.

Si no hubiera estado esperando morir en cualquier momento, D’Campion podría haber admirado la cruda belleza del espectáculo. El artista que llevaba dentro —porque era un conocido pintor— podría haberse planteado la mejor manera de plasmar toda aquella ferocidad en la quietud de un lienzo. Cómo representar los destellos de luz silenciosa que iluminaban la batalla. El aterrador silbido de las balas de cañón que chillaban hacia sus objetivos. Los altos mástiles se apiñaban como matorrales esperando el golpe del hacha. Podría haber dedicado especial atención al contraste entre las cascadas de agua blanca y los últimos toques de rosa y azul en el cielo cada vez más oscuro. Pero D’Campion temblaba de pies a cabeza y se aferraba al borde de la lancha.

Cuando un proyectil perdido produjo un cráter en la bahía a cien metros de distancia, intervino:

—¿Por qué demonios nos disparan?

—No nos disparan —respondió el oficial.

—Entonces ¿cómo explica que las balas de cañón caigan tan cerca?

—Puntería inglesa —dijo el oficial—. Es extrêmement pauvre. Muy pobre.

Los marineros se echaron a reír. Un poco exageradamente, pensó D’Campion. También ellos tenían miedo. Sabían que llevaban meses jugando al zorro con los sabuesos británicos. No habían coincidido en Malta por solo una semana, y en Alejandría por no más de veinticuatro horas. Ahora, con el ejército de Napoleón en tierra después de anclar los barcos en la desembocadura del Nilo, los ingleses y su cazador preferido, Horacio Nelson, habían encontrado el rastro por fin.

—Debo de haber nacido con mala estrella —murmuró D’Campion por lo bajo—. Propongo regresar.

El oficial negó con la cabeza.

—Tengo órdenes de entregarlo a usted y estos baúles al almirante Brueys a bordo de L’Orient.

—Conozco sus órdenes —respondió D’Campion—. Estaba presente cuando se las dio Napoleón. Pero si su intención es llevar esta lancha entre los cañones de L’Orient y los buques de Nelson, lo único que logrará es matarnos a todos. Debemos regresar, a la costa o a uno de los otros barcos.

El oficial dio la espalda a sus hombres y volvió la cabeza para mirar por encima del hombro hacia el centro de la batalla. L’Orient era el buque de guerra más grande y poderoso del mundo. Una fortaleza sobre el agua con ciento treinta cañones a su disposición, que pesaba cinco mil toneladas y que transportaba a más de mil hombres. Iba flanqueado por otros dos barcos de línea franceses en lo que el almirante Brueys consideraba una inexpugnable posición defensiva. Solo que nadie parecía haber informado de eso a los británicos, cuyos buques más pequeños arremetían contra él impertérritos.

Hubo un intercambio de granadas a corta distancia entre L’Orient y el buque británico Bellerophon. El barco británico, más pequeño, se llevó la peor parte, ya que la barandilla de estribor quedó hecha añicos y dos de los tres mástiles se quebraron y cayeron estrellándose contra las cubiertas. El Bellerophon se alejó hacia el sur, pero al abandonar la batalla ocuparon su lugar otros buques británicos. Mientras tanto, las fragatas, más pequeñas, se metieron en las aguas menos profundas, internándose en los huecos de la línea francesa.

D’Campion pensaba que entrar con la lancha en ese tumulto era una especie de locura e hizo otra sugerencia.

—¿Por qué no entregar los baúles al almirante una vez que haya despachado a la flota inglesa?

Al oír estas palabras, el oficial asintió.

—¿Ven? —dijo el oficial a sus hombres—. Por eso Le General lo llama savant.

El oficial señaló uno de los barcos de la retaguardia francesa, que aún no había sido atacado por los británicos.

—Vayamos al Guillaume Tell —dijo—. Allí está el contraalmirante Villeneuve. Él sabrá qué hacer.

Volvieron a remar con fuerza y la pequeña lancha se alejó de la mortífera batalla con la debida celeridad. Maniobrando en la oscuridad y bajo la capa de humo, la tripulación llevó la lancha hacia la retaguardia de la línea francesa, donde esperaban cuatro barcos extrañamente silenciosos mientras allí delante rugía la batalla.

En cuanto el bote chocó contra los gruesos maderos del Guillaume Tell, les tiraron unos cabos. Enseguida se amarraron y desde arriba los subieron, tanto a los hombres como la carga.

Cuando D’Campion llegó a cubierta, la ferocidad y la brutalidad de la batalla habían alcanzado una intensidad que difícilmente hubiera imaginado. Los británicos habían logrado una enorme ventaja táctica a pesar de su ligera inferioridad numérica. En vez de atacar toda la flota francesa por el flanco, ignoraron la retaguardia de los buques franceses y redoblaron el fuego sobre la primera línea. Ahora cada barco francés luchaba contra dos británicos, uno a cada lado. El resultado era previsible: la gloriosa armada francesa estaba siendo destruida.

—El almirante Villeneuve desea verle —anunció a D’Campion un oficial del Estado Mayor.

Lo condujeron bajo cubierta y lo llevaron ante la presencia del contraalmirante Pierre-Charles Villeneuve. El almirante tenía abundante pelo blanco, el rostro estrecho marcado por una frente alta y una nariz romana. Llevaba un uniforme impecable, con la parte superior de color azul oscuro, bordada en oro y atravesada por una banda roja. A D’Campion le pareció que estaba más preparado para un desfile que para una batalla.

Villeneuve jugueteó un instante con los candados del pesado baúl.

—Tengo entendido que es usted uno de los savants de Napoleón.

Savant era la palabra que usaba Bonaparte, y que molestaba a D’Campion y a algunos otros. Ellos eran científicos y académicos, reunidos por el general Napoleón y enviados a Egipto, donde según él encontrarían tesoros que disfrutarían en cuerpo y alma.

D’Campion era un incipiente experto en la nueva disciplina de la traducción de lenguas antiguas, y en ese sentido ningún lugar ofrecía mayor misterio o potencial que la tierra de las pirámides y la Esfinge.

Y D’Campion no era un sabio del montón. Napoleón lo había elegido personalmente para que desvelara la verdad que se escondía detrás de una misteriosa leyenda. Se le prometió una gran recompensa, incluida una riqueza que no podría acumular ni en diez vidas, y tierras que le daría la nueva República. Recibiría medallas y gloria y honores, pero antes debería encontrar algo que, según se rumoreaba, existía en el País de los Faraones: la manera de morir y después regresar a la vida.

Durante un mes, D’Campion y su pequeño destacamento habían estado tomando todo lo que podían llevar consigo de un sitio que los egipcios llamaban la Ciudad de los Muertos. Tenían escritos en papiros, tablillas de piedra y esculturas de todo tipo. Lo que no podían transportar, lo copiaban.

—Pertenezco a la Comisión de Ciencia y Arte —dijo D’Campion, usando el título oficial preferido.

Villeneuve no parecía muy impresionado.

—¿Y qué le ha traído a mi barco, comisionado?

D’Campion cobró ánimo.

—No puedo decírselo, almirante. Los baúles deben permanecer cerrados por orden del propio general Napoleón. No se puede hablar de su contenido.

Villeneuve seguía impertérrito.

—Siempre se pueden sellar de nuevo. Deme las llaves.

—Almirante —le advirtió D’Campion—, esto no le gustará al general.

—¡El general no está aquí! —exclamó Villeneuve con brusquedad.

En ese momento Napoleón ya era una figura poderosa, pero todavía no era emperador. El Directorio, formado por cinco hombres que habían conducido la Revolución, seguía al frente del gobierno mientras otros competían por el poder.

Aun así, a D’Campion le costaba comprender la actitud de Villeneuve. Napoleón no era un hombre con quien conviniera meterse; tampoco el almirante Brueys, que era el superior inmediato de Villeneuve y en ese momento luchaba por su vida a menos de media milla de distancia. ¿Por qué Villeneuve se preocupaba por esos asuntos en vez de ir a combatir contra Nelson?

—¡La llave! —exigió Villeneuve.

D’Campion superó las dudas y tomó la decisión más prudente. Sacó la llave del cuello y la entregó.

—Confío los baúles a su cuidado, almirante.

—Más le vale hacerlo —dijo Villeneuve—. Puede retirarse.

D’Campion dio media vuelta pero se detuvo en seco y arriesgó otra pregunta.

—¿Entraremos pronto en batalla?

El almirante enarcó una ceja como si la pregunta fuera absurda.

—No tenemos órdenes de hacerlo.

—¿Órdenes?

—No hemos recibido señales del almirante Brueys desde L’Orient.

—Almirante —dijo D’Campion—, los ingleses lo están atacando por ambos flancos. Seguramente no es el mejor momento para esperar una orden.

Villeneuve se levantó de repente y avanzó hacia D’Campion como un toro enfurecido.

—¡¿Se atreve a darme instrucciones?!

—No, almirante, solo...

—No nos favorece el viento —dijo Villeneuve con un ademán displicente—. Tendríamos que recorrer toda la bahía para tener alguna esperanza de entrar en la pelea. Más fácil sería que el almirante retrocediera hasta nuestra posición y nos permitiera apoyarlo. Hasta ahora ha decidido no hacerlo.

—Pero no podemos quedarnos aquí quietos.

Villeneuve cogió una daga que tenía en el escritorio.

—Lo mataré si vuelve a hablarme en ese tono. Después de todo, savant, ¿quién le enseñó a navegar o a combatir?

D’Campion sabía que se había propasado.

—Mis disculpas, almirante. Ha sido un día difícil.

—Retírese —ordenó Villeneuve—. Y agradezca que no vayamos a entrar todavía en combate, porque lo pondría en la cubierta de proa con una campana al cuello para que los británicos hicieran puntería en ella.

D’Campion dio un paso atrás, hizo una ligera reverencia y desapareció de la vista del almirante con la mayor rapidez posible. Subió, encontró un hueco en la amura del buque y observó la carnicería a lo lejos.

Hasta desde esa distancia resultaba pasmoso ver tanta ferocidad. Durante varias horas las dos flotas se bombardearon mutuamente a bocajarro, una a la par de la otra, mástil contra mástil, tiradores selectos tratando de matar a cualquiera que anduviera a descubierto.

Ce courage —pensó D’Campion. Cuánto valor.

Pero no bastaba con el valor. Para entonces, cada barco británico realizaba tres o cuatro disparos por cada uno de los franceses. Y, gracias a la reticencia de Villeneuve, tenían más buques participando en la batalla.

En el centro de la acción, tres de los barcos de Nelson machacaban L’Orient, transformándolo en un armatoste irreconocible. Hacía rato que había perdido la hermosa silueta y los imponentes mástiles. Los gruesos costados de roble estaban astillados y rotos. Hasta por el sonido de los pocos cañones que quedaban, D’Campion se daba cuenta de que el buque se estaba muriendo.

D’Campion veía que las llamas corrían como mercurio por la cubierta principal. Crueles, saltaban de aquí para allá, sin mostrar piedad, subiendo por las velas caídas y bajando por las escotillas abiertas hacia la bodega.

Se produjo un repentino destello que cegó a D’Campion aunque había cerrado los ojos. Le siguió el trueno más fuerte que había oído jamás. La onda de choque lo arrojó hacia atrás y le quemó el rostro y el pelo.

Aterrizó de lado, boqueando, rodando varias veces y tratando de apagar las llamas de la ropa. Cuando finalmente levantó la mirada, quedó estupefacto.

L’Orient había desaparecido.

Alrededor de los restos ardía un amplio círculo de fuego. Tan fuerte había sido la explosión que ardían otros seis barcos, tres de la flota inglesa y tres de la francesa. El estruendo de la batalla cesó mientras los tripulantes, con bombas y cubos, trataban desesperadamente de impedir su propia destrucción.

—El fuego debe de haber llegado al polvorín —susurró la voz de un apenado marinero francés.

En las profundidades de la bodega de cada buque de guerra había centenares de barriles de pólvora. La menor chispa representaba un peligro.

Por la manchada cara del marinero corrían lágrimas mientras hablaba, y aunque D’Campion tenía ganas de vomitar, estaba demasiado agotado para mostrar verdadera emoción.

Al llegar a Abukir había en L’Orient más de mil hombres. El propio D’Campion había viajado a bordo y había cenado con el almirante Brueys. Casi todos los hombres que había conocido en el viaje iban en ese barco, incluso los hijos de los oficiales, niños de tan solo once años. Al contemplar ese destrozo, D’Campion no podía concebir que hubiera sobrevivido uno solo de ellos.

También se habían esfumado —salvo los baúles de los que Villeneuve se había apoderado— todos los esfuerzos de su mes en Egipto y la oportunidad de su vida.

D’Campion se desplomó en la cubierta.

—Me lo advirtieron los egipcios —dijo.

—¿Te lo advirtieron? —repitió el marinero.

—Que no sacara piedras de la Ciudad de los Muertos. Insistieron en que me caería una maldición. Una maldición... Me reí de ellos y de sus tontas supersticiones. Pero ahora...

Intentó levantarse pero volvió a derrumbarse. El marinero se acercó y le ayudó a meterse bajo cubierta. Allí esperó la inevitable arremetida inglesa que acabaría con ellos.

Esa arremetida llegó al amanecer, cuando los británicos se reagruparon y avanzaron para atacar lo que quedaba de la flota francesa. Pero en vez de estruendos producidos por el hombre y el espeluznante crujido de madera bajo las balas de cañón, D’Campion oyó solo el viento, mientras el Guillaume Tell se ponía en marcha.

Al subir a la cubierta descubrió que estaban viajando hacia el nordeste a toda vela. Los seguían los británicos, que rápidamente se iban rezagando. Esporádicas bocanadas de humo señalaban los inútiles esfuerzos por alcanzar el Guillaume Tell desde tan lejos. Pronto sus velas se volvieron casi invisibles en el horizonte.

Durante el resto de su vida, Emile D’Campion no dejaría de poner en duda el valor de Villeneuve, pero jamás criticaría la astucia del hombre, e insistiría ante quien quisiera oírlo que le debía la vida.

A media mañana el Guillaume Tell y otros tres barcos al mando de Villeneuve habían dejado atrás a Nelson y su implacable Banda de Hermanos. Se dirigieron a Malta, donde D’Campion pasaría lo que le quedaba de vida trabajando, estudiando y hasta conversando por carta con Napoleón y Villeneuve, sin dejar de pensar todo el tiempo en la pérdida de los tesoros que había sacado de Egipto.

cap-3

2

Motonave Torino, setenta millas al oeste de Malta
En la actualidad

La motonave Torino era un carguero de trescientos pies de eslora y casco de acero construido en 1973. Con su avanzada edad, pequeño tamaño y baja velocidad, no era ahora más que un buque costero que hacía rutas cortas por el Mediterráneo y atracaba en varias islas pequeñas, en un circuito que incluía Libia, Sicilia, Malta y Grecia.

En la hora antes del alba navegaba hacia el oeste, a setenta millas de su último puerto de escala en Malta y con destino en Lampedusa, la pequeña isla de soberanía italiana. A pesar de la hora temprana, se apiñaban varios hombres en el puente. Todos nerviosos, y con buena razón. Durante la última hora un barco camuflado y sin luces los había estado siguiendo.

—¿Continúa acercándose?

La pregunta fue un grito del capitán del buque, Constantine Bracko, hombre robusto con brazos de martinete, pelo entrecano y barba de tres días que parecía papel de lija.

Con la mano en el timón, esperó una respuesta.

—¿Y bien?

—El barco sigue allí —gritó el primer oficial—. Acompañando nuestra maniobra. Y acortando la distancia.

—Apaguemos todas las luces —ordenó Bracko.

Otro miembro de la tripulación cerró una serie de interruptores maestros y la Torino quedó a oscuras. Con el barco en tinieblas, Bracko volvió a cambiar de rumbo.

—Esto de poco servirá si tienen radar o gafas de visión nocturna —dijo el primer oficial.

—Nos permitirá ganar un poco de tiempo —respondió Bracko.

—¿Serán inspectores de la aduana? —preguntó otro miembro de la tripulación—. ¿O la Guardia Costera italiana?

Bracko negó con la cabeza.

—No tenemos tanta fortuna.

El primer oficial sabía lo que eso significaba.

—¿La mafia?

Bracko asintió.

—Tendríamos que haber pagado. Nos dedicamos al contrabando en sus aguas. Quieren su tajada.

Pensando que podría pasar inadvertido en la oscuridad de la noche, Bracko se había arriesgado, pero le había salido mal la jugada.

—Traed las armas —ordenó—. Tendremos que luchar.

—Pero, Constantine —dijo el primer oficial—, con lo que llevamos eso será peligroso.

La cubierta de la Torino iba cargada de contenedores, y la mayoría ocultaba tanques presurizados del tamaño de autobuses, llenos de propano licuado. Llevaban también otras cosas, incluidos veinte barriles de una misteriosa sustancia subida a bordo por un cliente egipcio, pero debido a los galopantes impuestos sobre el combustible en toda Europa era en el propano donde estaba el dinero fuerte.

—Hasta los contrabandistas tienen que pagar impuestos —masculló Bracko. Sumado el dinero que cobraban por la protección, por el tránsito y por atracar en los puertos, las organizaciones delictivas eran tan malas como los gobiernos—. Ahora vamos a pagar el doble. Nos quitarán el dinero y la carga. Puede incluso ser el triple, si deciden darnos un castigo ejemplar.

El primer oficial asintió. No tenía ningún deseo de pagar con su vida por el combustible de otro.

—Voy a buscar las armas —dijo.

Bracko le arrojó una llave.

—Despierta a los hombres. Si no luchamos, moriremos.

El tripulante partió hacia la cubierta inferior, donde estaban las literas y el pañol de armas. En cuanto se marchó, entró en la cabina de mando otra figura. Un pasajero que respondía al extraño nombre de Amón Ta. Bracko y la tripulación lo llamaban el Egipcio.

Delgado y larguirucho, con ojos hundidos, cabeza afeitada y piel de color caramelo, tenía poco que pudiera impresionar a Bracko. De hecho, Bracko se preguntaba por qué habían elegido una escolta tan poco imponente para acompañar lo que para él eran, sin duda, barriles de hachís o alguna otra droga.

—¿Por qué han oscurecido el barco? —preguntó sin rodeos Amón Ta—. ¿Por qué hemos cambiado de rumbo?

—¿No lo adivinas?

Después de unos cálculos, el Egipcio pareció entender. Sacó una pistola 9 milímetros del cinto y, sosteniéndola con poca firmeza, salió a la puerta, desde donde contempló el oscuro vacío del mar.

—Detrás de nosotros —dijo Bracko.

Mientras Bracko pronunciaba esas palabras, la realidad lo desmintió. Desde cerca de la amura de babor, iluminaron el barco dos haces de luz: uno pintó el puente con brillo cegador y el otro alumbró la barandilla.

Se acercaban con gran rapidez dos botes de goma. Instintivamente, Bracko hizo girar el barco hacia ellos, pero de nada sirvió; se desviaron y volvieron, igualando rápidamente su rumbo y velocidad.

Alguien lanzó hacia arriba unos arpeos, que se engancharon en los tres cables metálicos que hacían de barandilla de seguridad. Segundos más tarde, dos grupos de hombres armados empezaron a subir y a entrar en la Torino.

De los botes llegaba fuego de cobertura.

—¡Agáchate! —gritó Bracko.

Pero aunque una ráfaga de balas hizo añicos una ventana del puente y rebotó en la pared, el Egipcio no se puso a cubierto. Lo que hizo fue deslizarse con calma detrás de la gruesa mampara, echar un vistazo fuera y hacer varios disparos con la pistola que tenía en la mano.

Para sorpresa de Bracko, los disparos fueron mortales. Amón Ta había metido sendas balas en la cabeza de dos abordadores a pesar del cabeceo del barco y del difícil ángulo. Su tercer disparo apagó uno de los focos que apuntaban en su dirección.

Después de disparar, el Egipcio retrocedió sin prisa y sin malgastar movimientos mientras le respondía una furiosa lluvia de fuego automático.

Bracko permaneció en cubierta viendo el fuego enemigo tabletear alrededor de la caseta del timón. Una bala le rozó el brazo. Otra hizo añicos una botella de sambuca que Bracko guardaba como un talismán. Bracko vio el líquido derramado en la cubierta como mal presagio. Se suponía que los tres granos de café que contenía la botella auguraban prosperidad, salud y felicidad, pero no se los veía por ningún lado.

Enfadado, Bracko sacó su propia pistola de una funda sobaquera y se preparó para luchar. Miró al Egipcio, que seguía de pie. Viendo la conducta y la infalible puntería del hombre, la opinión que Bracko tenía de él cambió con rapidez. No sabía quién era de verdad ese egipcio, pero de repente comprendió que estaba mirando al hombre más letal del barco.

Bueno, pensó, al menos lo tenemos de nuestro lado.

—Excelente disparo —gritó—. Quizá te he juzgado mal.

—Quizá yo quise que fuera así —dijo el Egipcio.

Resonaron más disparos en la oscuridad, esta vez hacia popa. Bracko reaccionó levantándose y disparando a ciegas por la ventana rota.

—Malgasta su munición —dijo el Egipcio.

—Gano tiempo —replicó Bracko.

—El tiempo los favorece a ellos —sentenció el Egipcio—. Han abordado el barco por lo menos una docena de hombres. Quizá más. Hay un tercer bote de goma cerca de popa.

Un segundo intercambio de disparos en esa dirección confirmó lo que decía el Egipcio.

—Malas noticias —respondió Bracko—. El depósito de armas está en la cubierta inferior de popa. Si mis hombres no consiguen llegar allí o regresar, nos superarán ampliamente en número.

El Egipcio fue hasta la puerta del mamparo, la entreabrió y miró hacia el pasillo.

—Parece que ya ha ocurrido eso.

En el pasillo retumbaban unos pasos torpes y Bracko se preparó para luchar, pero el Egipcio abrió la puerta para que entrara un hombre que llegaba cojeando y sangrando.

—Han tomado la cubierta inferior —alcanzó a decir el tripulante.

—¿Y los rifles?

El tripulante negó con la cabeza.

—No pudimos llegar a donde están.

El hombre se apretaba el estómago, tapándose la herida de bala por donde le brotaba la sangre. Se derrumbó en el suelo y quedó allí tumbado.

Se acercaba el grupo de abordaje, disparando a todo lo que se interponía en su camino. Bracko abandonó el timón y trató de ayudar a su tripulante.

—Déjelo —dijo el Egipcio—. Necesitamos salir de aquí.

Bracko detestaba la situación, pero vio que era demasiado tarde. Furioso y sediento de sangre, amartilló la pistola y se acercó a la escotilla. Estaba preparado para entrar en batalla y disparar todos los tiros que fuera necesario sin medir las consecuencias, pero el Egipcio lo agarró de un brazo y lo detuvo.

—Suéltame —exigió.

—¿Para que muera inútilmente?

—Están asesinando a mi tripulación. No dejaré que eso ocurra sin responder.

—Su tripulación no vale nada —respondió con frialdad Amón Ta—. Tenemos que llegar a mi cargamento.

Bracko estaba aturdido.

—¿De veras crees que vas a salir de aquí con tu hachís?

—Esos barriles contienen algo mucho más potente —respondió el Egipcio—. Tan potente que puede salvar su barco de esos idiotas si llegamos allí a tiempo. Lléveme a donde están.

Mientras el Egipcio hablaba, notó en aquellos ojos una extraña intensidad. Quizá —solo quizá— no mentía.

—Acompáñame.

Seguido por el Egipcio, Bracko trepó por la ventanilla rota del puente y saltó sobre el contenedor más cercano. Era una caída de dos metros y aterrizó golpeándose con torpeza y lastimándose una rodilla.

El Egipcio aterrizó detrás, agachándose de inmediato y volviendo la cabeza.

—Tu cargamento está en la primera hilera de contenedores —explicó Bracko—. Sígueme.

Echaron a correr, saltando de un contenedor a otro. Al llegar a la fila delantera, Bracko se deslizó entre ellos y se dejó caer sobre la cubierta.

Acompañado por el Egipcio, se ocultaron un instante entre las enormes cajas metálicas. Para entonces, el apagado sonido de los disparos era mucho más esporádico: un tiro por aquí, otro por allí. La batalla estaba llegando a su fin.

—Es este —dijo Bracko.

—Ábralo —exigió el Egipcio.

Bracko metió la llave maestra en el candado y tiró con fuerza de la palanca que aseguraba la puerta. Apretó los dientes mientras las viejas bisagras soltaban un chillido agudo.

—Entre —ordenó el Egipcio.

Bracko se metió en el oscuro contenedor y encendió una linterna de mano. Uno de los tanques cilíndricos de propano ocupaba la mayor parte del espacio, pero contra la pared de enfrente se veían los barriles blancos que el Egipcio había subido a bordo.

Bracko llevó a Amón Ta hasta donde estaban.

—Y ahora ¿qué? —preguntó.

El Egipcio no respondió. Se limitó a sacar la parte superior de uno de los barriles y dejarla a un lado. Para sorpresa de Bracko, tras el borde del contenedor brotó una niebla blanca que flotó hacia el suelo.

—¿Nitrógeno líquido? —preguntó, sintiendo un frío instantáneo en el aire—. ¿Qué demonios tienes ahí?

Amón Ta siguió sin prestarle atención, trabajando en silencio, sacando una botella criogénicamente enfriada con un extraño símbolo en el costado. Mientras miraba el símbolo, comprendió que aquello debía de ser un gas nervioso o algún tipo de arma biológica.

—Esto es lo que buscan —estalló Bracko, abalanzándose sobre el Egipcio y aferrándolo—. No el propano o el dinero de protección. Te buscan a ti y ese producto químico. ¡Tú tienes la culpa de que esos matones estén acabando con mi tripulación!

La reacción inicial había tomado por sorpresa al Egipcio, que rápidamente se recuperó. Se zafó de Bracko, le retorció uno de los fornidos brazos y lo arrojó al suelo.

Un instante después de caer, Bracko sintió el peso del Egipcio sobre el pecho. Al levantar la mirada vio un par de ojos despiadados.

—Ya no te necesito —dijo el Egipcio.

Un dolor agudo desgarró a Bracko mientras se le hundía en el estómago una daga triangular. El Egipcio retorció la hoja, la sacó y se levantó.

Con un dolor atroz, el capitán tensó y aflojó la mano. Su cabeza cayó hacia atrás, contra el suelo metálico del contenedor, mientras se apretaba el estómago y sentía que la sangre caliente y oscura le empapaba la ropa.

Sería

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