Vestida de blanco

Mary Higgins Clark

Fragmento

cap-1

Prólogo

Era un jueves por la noche de mediados del mes de abril en el hotel Grand Victoria de Palm Beach.

Amanda Pierce, la futura novia, se estaba probando el vestido para la ceremonia con la ayuda de Kate, su amiga de toda la vida.

—Ruego a Dios que me quepa —dijo, y la cremallera subió ese peliagudo punto por encima de la cintura.

—No puedo creer que te preocupara no caber en él —repuso Kate sin rodeos.

—Bueno, después de todo el peso que perdí el año pasado temía haber engordado lo suficiente como para que me quedara estrecho de cintura. Se me ha ocurrido que era mejor saberlo ahora que el sábado. ¿Te imaginas que tuviéramos que lidiar con la cremallera cuando esté a punto de ir hacia el altar?

—Eso no va a pasar —declaró Kate de forma categórica—. No sé por qué estabas tan nerviosa por eso. Mírate al espejo: estás preciosa.

Amanda contempló su reflejo.

—Es un sueño, ¿verdad?

Recordó que se había probado más de un centenar de vestidos y que había buscado en las mejores tiendas de novias de Manhattan antes de descubrir el que ahora llevaba puesto en un minúsculo establecimiento de Brooklyn Heights. Era todo cuanto había imaginado: de seda de color marfil, corte imperio y con encaje hecho a mano cubriendo el corpiño.

—Mucho más que eso —aseveró Kate—. Entonces ¿por qué pareces tan triste?

Amanda se miró de nuevo al espejo. Era rubia, con un rostro en forma de corazón, grandes ojos azules, largas pestañas y labios de un tono frambuesa natural, y sabía que había sido bendecida con unos rasgos hermosos. Pero su amiga tenía razón: parecía triste. Triste no, en realidad, sino más bien preocupada. El vestido le quedaba perfecto, se recordó. Eso debía de ser una buena señal, ¿o no? Se obligó a sonreír.

—Solo me preguntaba cuánto puedo comer esta noche para que esto siga cabiéndome el sábado.

Kate se echó a reír y se dio una palmadita en el vientre, un tanto abultado.

—No digas eso delante de mí, precisamente. En serio, Amanda, ¿estás bien? ¿Todavía le estás dando vueltas a nuestra conversación de ayer?

Amanda agitó una mano.

—Ni por asomo —respondió, sabiendo que no estaba siendo sincera—. Bueno, ayúdame a quitarme esto. Los demás ya deben de estar a punto de bajar a cenar.

Diez minutos más tarde, a solas en su dormitorio, ataviada ya con un vestido de lino de color azul claro, Amanda se puso unos pendientes y echó un último vistazo al traje de novia, extendido con esmero sobre la cama. Entonces reparó en una mancha de maquillaje en el encaje, justo bajo la línea del escote. Había puesto mucho cuidado y aun así había una mancha. Sabía que saldría, pero tal vez esa fuera la señal que estaba esperando.

Se había pasado casi los dos últimos días como una extraña en el exótico paraje donde se iba a celebrar su propia boda, buscando pistas que le dijeran si aquella ceremonia debía o no celebrarse. Al mirar aquella mancha en su vestido hizo un juramento, no a su novio, sino a sí misma: «Solo tenemos una vida y la mía será feliz. Si persiste en mí una sola duda, no me casaré el sábado».

«Muy pronto lo sabré», se dijo.

En ese momento la invadió una sensación de control absoluto. Amanda no imaginaba que a la mañana siguiente desaparecería sin dejar rastro.

cap-2

1

Laurie Moran escuchó mientras la adolescente que tenía delante practicaba su francés de instituto. Estaba en la cola de Bouchon, la pastelería que acababan de abrir, ubicada al doblar la esquina de su oficina en Rockefeller Center.

Ye vu-dre pan chocolate. Que sean deux.

La cajera sonrió con paciencia mientras esperaba a que la joven hilara su segunda petición. Sin duda estaba acostumbrada a esos patéticos intentos de algunos de los clientes de practicar el francés, pese a que la pastelería estaba en el corazón de Nueva York.

Laurie no tenía tanta paciencia. Debía reunirse más tarde con su jefe, Brett Young, y aún no había decidido qué historia abordar primero para el próximo especial de su programa. Necesitaba tanto tiempo como fuera posible para prepararse.

Tras un último «mer sí», la chica se marchó con una caja de pastas en la mano.

Laurie era la siguiente.

—Pediré en inglés, s’il vous plaît.

Merci.

Se había convertido en una tradición que los viernes por la mañana pasara por la pastelería y llevara algo especial a su equipo: su asistente, Grace García, y su ayudante de producción, Jerry Klein. Agradecían el surtido de pastelillos, cruasanes y panes. Después de que hiciera el pedido, la cajera le preguntó si deseaba alguna otra cosa. Los macarons tenían una pinta deliciosa. Quizá se llevara unos pocos para su padre y Timmy, para después de la cena, se prometió, y como premio para sí misma si la reunión de ese día con Brett iba bien.

Cuando salió del ascensor en la planta dieciséis del número 15 de Rockefeller Center, se percató de que la disposición de las oficinas de los Estudios Blake Fisher reflejaba el éxito de su trabajo ese último año. Antes ocupaba una pequeña oficina sin ventanas y compartía un ayudante con otros dos productores, pero la carrera de Laurie había despegado desde que creó un «informativo especial», basado en crímenes reales, que se centraba en casos sin resolver. Ahora tenía una larga hilera de ventanas en su espacioso despacho repleto de elegantes y modernos muebles, Jerry había sido ascendido a ayudante de producción y ocupaba un despacho más pequeño al lado del suyo, y Grace siempre estaba muy atareada y se había instalado en un amplio espacio abierto junto al suyo. Los tres se dedicaban a tiempo completo a su programa, Bajo sospecha, lo cual los liberaba de trabajar en otros programas de noticias normales y corrientes.

Grace había cumplido veintisiete años hacía poco, pero parecía más joven. Laurie se había sentido tentada en más de una ocasión de decirle que no necesitaba usar todo el maquillaje que de forma meticulosa se aplicaba cada día, pero resultaba evidente que Grace prefería un estilo personal muy diferente de los gustos clásicos de su jefa. Ese día vestía una blusa de seda multicolor con unas mallas increíblemente ceñidas y botas de plataforma de casi trece centímetros. Llevaba su largo cabello negro recogido en un moño al estilo de Mi bella genio, formando una fuente perfecta.

Por lo general, Grace se abalanzaba sobre la bolsa de la pastelería, pero ese día no fue así.

—Laurie —comenzó despacio.

—¿Qué sucede, Grace? —Laurie conocía a su ayudante lo bastante bien como para darse cuenta de cuándo estaba preocupada.

Jerry salió de su despacho justo cuando la joven estaba a punto de explicarse. Verse entre el alto y larguirucho Jerry y Grace, con sus altísimos tacones, siempre hacía que Laurie se sintiera baja, a pesar de que medía casi un metro setenta y cinco.

Jerry levantó las manos.

—Hay una mujer sentada en tu despacho. Acaba de presentarse. Le he dicho a Grace que le concertara una cita para otro momento. Que conste que yo no tengo nada que ver con esto.

cap-3

2

Sandra Pierce miró por la ventana del despacho de Laurie Moran. Dieciséis pisos más abajo se encontraba la famosa pista de hielo del Rockefeller Center. Al menos eso era lo que Sandra siempre veía, aun en esos momentos, en pleno mes de julio, en que un jardín de verano y un restaurante sustituían de forma temporal el suave hielo y a los patinadores.

Recordó a sus propios hijos patinando de la mano en ese mismo lugar más de veinte años atrás. Charlotte, la mayor, a un lado; Henry, su hermano menor, al otro. En medio estaba la pequeña, Amanda. Sus hermanos la agarraban con tanta fuerza que si sus patines hubiesen dejado de tocar la pista, habría seguido en pie sin problemas.

Tras exhalar un suspiro, Sandra apartó la vista de la ventana y buscó algo en que fijar la atención mientras esperaba. Le sorprendía el orden del despacho. Jamás había estado en un estudio de televisión, pero había imaginado uno de esos enormes espacios abiertos con hileras de mesas, como las que se ven al fondo de los informativos. Por el contrario, el despacho de Laurie Moran parecía más una elegante aunque cómoda sala.

Sandra se fijó en una fotografía enmarcada sobre la mesa de Laurie. Tras ver que la puerta del despacho continuaba cerrada, la cogió y la estudió con atención. En ella aparecía esta con su marido, Greg, en una playa. Supuso que el niño situado delante de ellos era su hijo. Sandra no conocía a la familia en persona, pero había visto fotografías de Laurie y de Greg en internet. Su curiosidad por Bajo sospecha despertó cuando el programa se emitió por primera vez. Pero supo que tenía que ir allí y conocer a Laurie Moran en persona tras leer recientemente un artículo en el que se mencionaba la experiencia de la propia productora con un crimen sin resolver.

De inmediato sintió remordimientos por la invasión de la intimidad de Laurie. Sandra sabía que a ella tampoco le agradaría que un desconocido viera fotografías suyas con Walter y Amanda. Se estremeció al darse cuenta de que la última vez que había estado con su exmarido y su hija pequeña fue hacía cinco años y medio, durante las últimas Navidades familiares antes de la boda de Amanda. O la que se suponía que iba a ser su boda.

«¿Me acostumbraré algún día a pensar en Walter como mi exmarido?», se preguntó. Conoció a Walter en su primer año en la Universidad de Carolina del Norte. Había vivido por todo el mundo debido a la carrera militar de su padre, pero nunca en el Sur. Le estaba costando adaptarse, como si los demás estudiantes que habían crecido allí se rigieran por un código no escrito que ella no comprendía. Su compañera de cuarto la llevó al primer partido de fútbol americano de la temporada, prometiéndole que en cuanto animara a los Tar Heels, sería una lugareña de pura cepa. El hermano de su compañera se llevó a un amigo, un estudiante de segundo año llamado Walter, un chico de la localidad. Se pasó más tiempo hablando con Sandra que viendo el partido. Cuando cantaron la canción de ánimo en el último cuarto —«Nací Tar Heel, crecí Tar Heel y moriré siendo un Tar Heel»—, Sandra pensó que creía haber conocido al hombre con el que iba a casarse. Estaba en lo cierto. Estuvieron juntos de entonces en adelante. Criaron a sus tres hijos en Raleigh, a solo media hora en coche del estadio donde se habían conocido.

Pensó en cómo se habían ayudado el uno a otro en sus muy diferentes ámbitos durante los primeros treinta y dos de sus casi treinta y cinco años de matrimonio. Si bien Sandra jamás trabajó de forma oficial para la empresa de la familia de Walter, siempre le aconsejó acerca de los nuevos lanzamientos de productos, las campañas publicitarias, y sobre todo, problemas de personal en el trabajo. De los dos, ella era la más sensibilizada con las emociones y motivaciones de la gente. Walter le había devuelto el favor ayudándola siempre que podía con los proyectos de la iglesia, del colegio y de la comunidad que ella supervisaba. Casi sonrió al recordar la imagen de su grandote Walter numerando cientos de diminutos patitos de goma con un rotulador fluorescente para la carrera rotativa anual de patos en el río Ol’ Bull, recitando cada número en voz alta mientras añadía otro nuevo pato a la montaña.

Walter siempre le había dicho que eran compañeros en todo. Pero ahora Sandra se daba cuenta de que eso nunca había sido del todo cierto. A pesar de lo mucho que Walter lo había intentado, no le había resultado fácil ser padre. Había acudido a recitales y a partidos de fútbol americano, pero los niños se daban cuenta de que tenía la cabeza en otra parte. Por lo general, su mente estaba puesta en el trabajo: una nueva línea de productos, fallos de fabricación en una de las fábricas, un minorista que insistía en recibir descuentos mayores. Para Walter, su mejor contribución como padre era ocuparse del negocio, creando un legado y una seguridad económica para la familia. Sandra había tenido que compensar su distanciamiento emocional con sus tres hijos.

Y entonces, dos años atrás, tuvo que tomar una decisión. Sabía que ya no podía tolerar la intensa incomodidad de Walter cada vez que pronunciaba el nombre de Amanda. «Teníamos dos formas de llorar su pérdida y la pena era demasiado grande como para que cupiera bajo un mismo techo», pensó.

Se enderezó la chapa prendida a la solapa, la chapa de SIGUE DESAPARECIDA de Amanda. Había perdido la cuenta de cuántas había hecho en el transcurso de los años. Oh, cuánto despreciaba Walter esas chapas repartidas en cajas por toda la casa. «No puedo soportar verlas —decía—. No puedo pasar ni un solo minuto en mi propia casa sin imaginar qué puede haberle ocurrido a Amanda.»

¿De verdad había esperado que dejara de buscar a su hija? Imposible. Sandra continuó fiel a su misión y Walter volvió a su vida normal. Se acabó el compañerismo.

Así que ahora Walter era su exmarido, por extraño que siguiera resultándole ese término. Ella llevaba casi dos años viviendo en Seattle, adonde se había mudado para estar más cerca de Henry y de su familia. Ahora vivía en una preciosa casa de estilo neocolonial holandés en Queen Anne, y sus dos nietos tenían sus propios cuartos cuando se quedaban a dormir en casa de la abuela. Como era de esperar, Walter se había quedado en Raleigh. Había dicho que tenía que hacerlo por el bien de la empresa, al menos hasta que se jubilara, lo cual sabía que jamás ocurriría.

Sandra oyó voces al otro lado de la puerta del despacho y se apresuró a sentarse de nuevo en el largo sofá de piel blanco situado bajo las ventanas. «Por favor, Laurie Moran, por favor, sé la persona que tanto he pedido encontrar en mis oraciones.»

cap-4

3

Cuando Laurie entró en su despacho, la mujer que la estaba esperando se levantó de inmediato del sofá para ofrecerle la mano.

—Señora Moran, muchísimas gracias por recibirme. Me llamo Sandra Pierce. —El apretón fue firme y estuvo acompañado de un contacto visual directo, pero Laurie se dio cuenta de que la mujer estaba nerviosa. Sus palabras parecían ensayadas y la voz le temblaba al hablar—. Su ayudante ha tenido la bondad de dejar que esperara aquí. Me temo que he sufrido una pequeña crisis. Espero que no tenga problemas. Ha sido muy amable conmigo.

Laurie posó con delicadeza una mano en el codo de la mujer.

—Por favor, Grace ya me ha explicado que estaba muy alterada. ¿Va todo bien?

Tras echar un rápido vistazo a su despacho, Laurie se dio cuenta de que la fotografía enmarcada sobre su mesa estaba en una posición ligeramente distinta. No se habría percatado del sutil cambio si se hubiera tratado de cualquier otro objeto, pero esa posesión en particular era de especial importancia para ella. Durante cinco años, su despacho había estado desprovisto de fotografías familiares. No quería que sus compañeros de trabajo en el estudio se enfrentaran a un constante recordatorio de que su esposo había sido asesinado y de que el crimen seguía sin resolverse. Pero en cuanto la policía identificó al asesino de Greg, enmarcó aquella fotografía —la última que Timmy, Greg y ella se habían tomado como familia— y la puso sobre su mesa.

La mujer asintió, pero aún tenía aspecto de que fuera a romperse ante la más mínima provocación. Laurie la condujo de nuevo al sofá, donde podría serenarse.

—Lo siento, no acostumbro a ser una persona nerviosa —comenzó Sandra Pierce. Juntó las manos sobre el regazo para que no le temblaran—. Lo que sucede es que a veces siento que me estoy quedando sin opciones. La policía local, la policía estatal, los fiscales, el FBI. He perdido la cuenta del número de investigadores privados. Hasta contraté a un médium. Me dijo que Amanda se reencarnaría en Sudamérica en un futuro próximo. No he vuelto a probar con eso.

Las palabras fluían con tanta rapidez que a Laurie le estaba costando seguirlas, pero no necesitaba oír más para saber que Sandra Pierce era una más de los que creían que Bajo sospecha podría resolver sus problemas. Ahora que el programa era un éxito parecía que no había límite para el número de personas que estaban seguras de que un programa de televisión basado en la realidad podía reparar cualquier injusticia. Todos los días, la página de Facebook del programa se llenaba de complejas historias tristes, cada una de las cuales reclamaba ser más trágica que la anterior: coches robados, maridos infieles, caseros terribles. No cabía duda de que algunas de las personas que pedían ayuda la necesitaban de verdad, pero pocas de ellas parecían comprender que Bajo sospecha investigaba delitos graves sin resolver, no infracciones leves. Laurie se había visto obligada a rechazar casos aun cuando las víctimas de delitos legítimos o sus familiares se ponían en contacto con ella. No podía producir tantos especiales.

—Por favor, señora Pierce, no es necesario que se apresure —dijo Laurie, a pesar de que notaba que se le estaba agotando el tiempo antes de su reunión con Brett.

Fue hacia la puerta y le pidió a Grace que les llevara un par de cafés. Se había molestado con esta por permitir que una persona cualquiera entrara en su despacho, pero ahora entendía por qué lo había hecho. Esa mujer tenía algo que suscitaba compasión.

Cuando se volvió de nuevo hacia Sandra Pierce, se fijó en que la mujer era bastante atractiva. Tenía un rostro alargado y estrecho y el cabello rubio ceniza le llegaba hasta el hombro. Sus ojos eran de un azul claro. De no ser por las reveladoras arrugas del cuello, Laurie podría haber estimado que Sandra no era mucho mayor que ella, que tenía treinta y seis años.

—Grace ha dicho que es usted de Seattle —adujo Laurie.

—Sí. Pensé en escribir o llamar por teléfono, pero me di cuenta de que usted escucha a cientos de personas cada día. Sé que probablemente parezca una locura cruzar el país sin ser invitada y sin anunciarme, pero tenía que hacerlo de esta forma. Necesitaba asegurarme de que no desperdiciaba la oportunidad. Creo que es usted la persona que he estado esperando; usted no, no soy una acosadora ni nada parecido, sino su programa.

Laurie estaba empezando a lamentar la decisión de escuchar a esa mujer. Tenía poco tiempo para acabar su presentación para Brett. ¿Qué tenía Sandra Pierce que hacía que bajara la guardia y le prestara atención? Estaba a punto de explicarle que tenía que prepararse para una reunión cuando reparó en la chapa prendida en la chaqueta de Sandra.

En ella había una fotografía de una mujer joven muy hermosa. Su parecido con su madre era asombroso. Justo debajo del rostro de la chica se veía la imagen de un lazo amarillo. La fotografía le resultaba familiar.

—¿Está aquí por ella? —preguntó Laurie, señalando la chapa.

Sandra bajó la mirada y, como si acabara de recordar algo, se metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó otra chapa igual. Se la entregó a Laurie.

—Sí, es mi hija. Nunca he dejado de buscarla.

Ahora que Laurie le echó un vistazo más de cerca, la sonrisa de la chica llevó a su memoria un lejano recuerdo. No había visto aquella fotografía en concreto, pero reconocía la sonrisa.

—Ha dicho que se apellida Pierce. —Esperaba que decirlo en voz alta la ayudara a recordar.

—Sí. Sandra. Y mi hija es Amanda Pierce. Mi hija es la persona a la que la prensa llama la Novia Fugitiva.

cap-5

4

«La Novia Fugitiva.» Laurie recordó el caso nada más oír aquello. Amanda Pierce era una preciosa y rubia novia a punto de casarse con un guapo abogado al que conoció en la universidad. Habían hecho todos los planes para celebrar la boda en Palm Beach, Florida. Y entonces, la mañana previa al gran día, ella desapareció sin más.

Sabía que habría reconocido al instante la fotografía de Amanda si esa historia hubiera surgido en cualquier otro momento de su vida. Con toda seguridad hasta habría reconocido a Sandra, la madre de Amanda. En otro momento, la historia de una joven novia que desapareció sin dejar rastro justo antes de su boda de ensueño habría sido perfecta para ella. Sabía que algunas personas especulaban con que Amanda se echó atrás y comenzó una nueva vida en otro lugar, lejos de su controladora familia, o tal vez con un amante secreto. Otros creían que el novio y ella tuvieron una pelea de madrugada que degeneró en un violento ataque: «Es solo cuestión de tiempo que su cadáver aparezca».

Pero aunque era la clase de historia que normalmente captaría su atención, Laurie no había seguido el caso con detalle. Amanda Pierce desapareció solo unas semanas antes de que el marido de Laurie, Greg, recibiera un disparo mortal delante de Timmy, su hijo de tres años. Mientras el rostro de Amanda se mostraba por todo en país, Laurie estaba de baja laboral, ajena a los acontecimientos que tenían lugar fuera de su propia casa.

Recordó haber apagado el televisor pensando que si la novia no se había echado atrás, algo terrible debía de haberle sucedido. Recordó que se sintió parte de la familia y de lo que debía de estar sufriendo.

Continuó observando la foto con atención mientras recordaba aquel terrible día. Greg había llevado a Timmy al parque. Laurie le dio a su marido un beso rápido cuando se marchó con su hijo a hombros. Fue la última vez que iba a sentir sus cálidos labios contra los de ella.

Por irónico que pareciera, la boda de Amanda Pierce tendría que haberse celebrado en el hotel Grand Victoria. Laurie se acordó de que había estado allí y que Greg había tirado de ella para que se metiese en el mar a pesar de sus protestas, entre risas, porque el agua estaba demasiado fría.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una llamada a la puerta, tras la cual entró Grace llevando una bandeja con dos tazas de café y algunas de las pastas que Laurie había comprado en Bouchon. Laurie le brindó una sonrisa a Grace, reparando en que había optado por ofrecer su cruasán favorito, el de almendras, a la señora Pierce.

—¿Puedo traerle alguna otra cosa? —Grace no era precisamente tradicional, pero cuando era necesario mostraba unos buenos modales chapados a la antigua.

—No, cielo, pero gracias. —Sandra Pierce consiguió esbozar una sonrisa.

Laurie se volvió hacia Sandra en cuanto Grace se marchó.

—No puedo decir que haya oído recientemente alguna cosa sobre la desaparición de su hija.

—Tampoco yo, y ese es el problema. Incluso cuando desapareció sospechamos que la policía solo estaba cubriendo el expediente. No había señales de lucha en el cuarto de Amanda. Ni informes de que ocurriera nada inusual dentro del hotel. Y el Grand Victoria…, ahí es donde iba a celebrarse la boda…, no podría ser más seguro. Veía a los policías mirando el reloj y el teléfono móvil como si Amanda fuera a aparecer de nuevo en la casa de Nueva York y a confesar que se había echado atrás.

Laurie se preguntó si las percepciones de Sandra acerca de la investigación policial podrían ser sesgadas. A pesar de lo poco que había visto en la televisión en su momento, Laurie recordaba que había equipos de voluntarios peinando los terrenos del resort en busca algún rastro de la novia desaparecida.

—Según recuerdo, se realizaron considerables esfuerzos para encontrarla —dijo—. Salió en las noticias nacionales durante semanas.

—Oh, desde luego, cumplieron con todos los procedimientos que se supone que deben seguir cuando alguien desaparece —repuso Sandra, con tono de amargura—. Y además nosotros salíamos en pantalla cada día para suplicar a la gente que nos ayudase a encontrarla.

—¿Quiénes? —Laurie fue hasta su mesa para coger su cuaderno. Ya estaba sumergiéndose en la historia de Sandra.

—Mi marido, Walter. O exmarido ya, pero es el padre de Amanda. Y su prometido, Jeff Hunter. En realidad se implicó todo el cortejo nupcial; mis otros hijos, Charlotte y Henry; dos de las amigas de la universidad de Amanda, Meghan y Kate; y después dos de los compañeros de universidad de Jeff, Nick y Austin. Repartimos octavillas por toda la zona. Al principio la búsqueda se centró en los terrenos del resort. Más tarde la ampliaron desde allí. Se me partía el corazón al verlos peinar zonas aisladas, canales, obras y marismas a lo largo de la costa. Al cabo de un mes dejaron de buscar.

—Sandra, no lo entiendo. ¿Por qué la llamaron la Novia Fugitiva? Podría entender que la policía sospechara que se había echado atrás durante unas horas o puede que hasta un día o dos. Pero seguro que a medida que el tiempo pasaba debieron de compartir su preocupación. ¿Qué les llevó a pensar que su hija se marcharía sola? —Laurie vio que Sandra era reacia a contestar, de modo que insistió—: Ha dicho que no había señales de lucha en su habitación. ¿Había desaparecido su maleta? ¿Su bolso?

Esos eran los hechos que ayudaban a la policía a distinguir entre huidas y juego sucio. Resultaba difícil huir sin dinero ni identificación, pensó Laurie.

—No —se apresuró a responder Sandra—. Al parecer solo faltaba una cosa de su cartera: su carnet de conducir. Toda su ropa, su bolso, su maquillaje, sus tarjetas de crédito, su teléfono móvil…, todo ello estaba en su cuarto. Por la noche solía llevar un bolso diminuto con la llave de su habitación, un neceser de maquillaje y un brillo de labios. Eso no se encontró. Podría haberse guardado el carnet de conducir sin problemas en caso de que estuviera planeando utilizar el coche. Jeff y ella habían alquilado uno en el aeropuerto. Por lo que sabemos, Amanda fue la última que lo usó cuando las chicas y ella fueron de compras esa mañana. Hay una zona de aparcamiento libre dentro de los terrenos del hotel. Y era ahí donde lo tenían.

«O tal vez se llevó su carnet y algo de dinero y conoció a alguien», pensó Laurie. Ahora comprendía por qué tanta gente había especulado con que Amanda se había marchado por voluntad propia. No obstante, tenía otra pregunta.

—¿Qué pasó con el coche de alquiler?

—Lo encontraron tres días después, abandonado en una gasolinera a unos ocho kilómetros del hotel —respondió la mujer. Laurie vio que Sandra había apretado los labios y que su expresión se había tornado en una de intensa furia—. La policía se empeñó en creer que podría haber conocido a alguien en la gasolinera y haberse subido a un coche distinto. A la mañana siguiente, cuando los informativos dieron la noticia de que había desaparecido y enseñaron su fotografía en televisión, una mujer de Delray Beach afirmó que vio a Amanda en un Mercedes blanco descapotable, parada en un semáforo en torno a las doce de la noche de su desaparición. Aseguraba que el semáforo tardó lo suyo en ponerse verde y que le echó un buen vistazo. Se supone que Amanda estaba en el asiento del pasajero, pero la mujer no recordaba nada del conductor, salvo que parecía alto y que llevaba puesta una gorra. Esa mujer estaba loca, lo sé. Le encantaba la publicidad. Estaba impaciente por ponerse ante una cámara.

—¿Cree que la policía la creyó?

—La mayoría sí —respondió Sandra con rencor—. Un día, fuera de la comisaría, oí a dos detectives por casualidad. Estaban apoyados contra un coche patrulla, fumando y hablando de mi hija como si fuera un personaje de un programa de televisión. Uno de ellos estaba seguro de que Amanda tenía un novio secreto, un multimillonario ruso, y que estaba en alguna isla con él. El otro tipo meneó la cabeza y pensé que iba a defender a Amanda, pero en vez de eso (jamás lo olvidaré), dijo: «Me deberás diez pavos cuando saquen su cadáver del Atlántico».

Sandra contuvo un sollozo.

—Lo siento mucho —repuso Laurie, sin saber qué más decir.

—Oh, créame, les eché una bronca. Todavía hay una detective asignada de forma oficial al caso. Se llama Marlene Henson. Es una buena mujer, pero he venido aquí, a verla a usted concretamente, por una razón: usted sabe lo que es perder a una persona allegada e ignorar durante

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist