1
Ward Persall paseaba por una playa angosta, un tramo deliciosamente fresco en el que las olas avanzaban y retrocedían por la reluciente arena. Tenía solo diecisiete años y era bajo y delgado para su edad, y consciente de ambas cosas. No había nubes en el cielo y la marea llegaba desde el golfo de México. Se le hundían las chancletas en la superficie húmeda, una presión extrañamente agradable, y a cada paso lanzaba un puñadito de arena con el dedo gordo del pie.
—Eh, Ward. —El que hablaba era su padre. Al darse la vuelta, Ward lo vio sentado en una silla plegable a unos cinco metros del agua, con una gorra de los Nationals y una toalla cubriéndole las piernas. En el regazo tenía una gruesa libreta Boorum & Pease que siempre parecía llevar con él—. Vigila a tu hermana, ¿vale?
—Claro.
Como si no llevara prácticamente una semana haciéndolo. Además, Amanda no iría a ninguna parte y, desde luego, no se metería en el agua. Estaba buscando conchas un poco más adelante, agachada en lo que, según descubrió Ward, llamaban La inclinación de Sanibel.
Ward observó a su padre, que volvió a concentrarse en la libreta, escribiendo ecuaciones, notas u otras cosas que nunca le dejaba ver. Su padre trabajaba para un contratista de defensa privado en Newport News, y siempre recalcaba que durante la cena no podía hablar con su familia de cómo le había ido el día y qué había hecho porque era todo extremadamente secreto, lo cual solo sirvió para agrandar la brecha entre ellos. Era curioso que Ward empezara a darse cuenta de cosas como aquella, cosas que siempre habían estado allí pero que nunca había podido precisar con exactitud, como el motivo por el que su padre siempre llevaba gorra (para disimular su calvicie) o cómo se tapaba aquellas piernas pálidas con la toalla (para evitar el cáncer de piel, que era un mal de familia). Imaginaba que su madre había visto todo aquello y mucho más, y que sin duda había contribuido al divorcio tres años antes.
Su hermana corrió hacia él con un cubo en una mano y una pala de plástico en la otra.
—¡Mira, Ward! —dijo entusiasmada, y luego soltó la pequeña pala, metió la mano en el cubo y sacó algo—. ¡Un caracol rojo!
Ward lo cogió para examinarlo con detenimiento. A su izquierda, el incesante y repetitivo sonido de las olas.
—Qué bonito.
Su hermana volvió a cogerlo y lo introdujo en el cubo.
—Al principio pensaba que era un cantharus por todas esas protuberancias alisadas, pero la forma no cuadra.
Acto seguido, sin esperar respuesta, reemprendió la búsqueda de caracolas.
Ward la observó unos instantes. Hacerlo le hacía sentirse mejor que cuando miraba a su padre. Luego echó un vistazo rápido para cerciorarse de que no habían llegado nuevos tesoros mientras hablaba con ella, pero aquella zona de la playa de Captiva era tranquila y la competencia, mínima. No había más de una docena de personas caminando junto al agua en la misma curiosa posición que habían adoptado su hermana y él.
Ward se había sentido profundamente decepcionado cuando llegaron a la isla de Sanibel, cinco días antes. Hasta entonces, sus vacaciones en la playa habían sido en destinos como Virginia Beach y Kitty Hawk. Sanibel parecía el fin del mundo, sin paseo marítimo y con pocas tiendas o servicios y, lo peor de todo, una pésima conexión a internet. Pero con el paso de los días se había acostumbrado a la calma. Había descargado suficientes películas y libros para toda la semana y no necesitaba acceso a la red para recopilar nuevas versiones del juego de desplazamiento lateral que estaba desarrollando para su clase de programación Python. Desde el divorcio, su padre no tenía demasiadas oportunidades de llevarlos de vacaciones —con la pensión y todo lo demás no le sobraba mucho dinero—, y cuando un amigo del trabajo le ofreció pasar una semana en su casita de la playa en Sanibel, cerca de Gulf Drive, aceptó. Ward sabía que hasta eso le suponía un esfuerzo económico, teniendo en cuenta los billetes de avión, los restaurantes y otros gastos, así que había procurado no quejarse.
Las caracolas ayudaban.
Las islas de Sanibel y Captiva, situadas en la costa sudoeste de Florida, eran famosas porque allí podían encontrarse algunas de las mejores conchas del mundo. Las dos islas se adentraban en el golfo de México como una red y atrapaban toda clase de moluscos, muertos y vivos, y los esparcían por la arena. La noche antes de su llegada había caído una pequeña tormenta, lo cual fue un golpe de suerte. Por lo visto, las tormentas siempre traían más conchas. Su primer día de playa había arrojado un botín casi increíble de especímenes inusuales y hermosos —no las pinzas de cangrejo, las conchas rotas de vieira y demás bazofia que encontrabas en las Outer Banks—, y la fiebre de las caracolas los había cautivado a los dos, sobre todo a Amanda. Ya se había convertido en una especie de experta, capaz de distinguir cauris de buccinos y bígaros. La fascinación de Ward se enfrió al cabo de unos días y su ojo se había vuelto mucho más exigente. No solo recogía buenos especímenes aquí y allá. Para el vuelo de regreso, su padre les había impuesto un límite de una bolsa de conchas por cabeza, y Ward sabía que la selección de la noche siguiente y las protestas de Amanda serían un infierno.
La marea estaba subiendo, el viento había arreciado y las olas golpeaban la arena con algo más de energía. Una rompió sobre el pie de Ward e hizo rodar una concha rosa con forma de espiral por encima de sus dedos. Al recogerla, apareció otro buscador de caracolas detrás de él; los colores llamativos en las aguas poco profundas los atraían como moscas. Con la respiración entrecortada, miró por encima del hombro de Ward.
—¿Es un pétalo de rosa? —preguntó el hombre con excitación.
Ward se volvió hacia él. Rondaba los cincuenta años y tenía sobrepeso. Llevaba una visera Ron Jon y gafas de sol baratas, y tenía los brazos quemados de los codos para abajo. Por supuesto, era un turista, como todos los demás. Los lugareños sabían qué horas eran las mejores para rebuscar en la playa, y Ward casi nunca los veía.
—No —respondió Ward—. Es solo un cono. Un cono morado.
Su hermana, cuyo instinto la alertó de un posible hallazgo, se acercó a toda prisa y Ward se lo lanzó. Amanda lo observó unos instantes e hizo ademán de tirarlo al agua, pero se lo pensó mejor y lo metió en el cubo.
El hombre de la visera se alejó y Ward salió detrás de Amanda, aplastando los huesos de ancestrales criaturas marinas con sus chanclas. La idea de hacer la maleta le recordó que estaría en casa en dos días, lo cual significaba retomar su vida: terminar su penúltimo año de instituto y luego empezar con el trajín de los exámenes y las solicitudes de acceso a la universidad que se sucederían. Hacía poco había empezado a preocuparle la posibilidad de acabar como su padre, trabajando como un burro sin terminar de salir adelante, superado por gente más joven con titulaciones más lustrosas y aptitudes más vendibles. No creía que pudiera soportarlo.
Otra ola rompió a sus pies y Ward corrigió el rumbo de forma automática para dirigirse al interior de la isla. Con la resaca empezaron a rodar nuevos ejemplares: una concha de barrena, una caracola, otra concha de barrena y luego otra. Ya había recogido suficientes conchas de barrena para el resto de su vida.
Otra ola, más fuerte aún, le hizo mirar hacia el mar. El agua se estaba embraveciendo. Probablemente era algo bueno. Mañana sería el último día que pasaba allí y tal vez llegaría otra tormenta que trajera bonanza, igual que cuando llegaron.
Entonces vio un destello verde más adelante. Era de un tono más claro que el agua turquesa y rodaba sobre sí mismo con las olas. Y era grande. ¿Un canelo? No, no eran de ese color. Y tampoco era un buccino.
En un instante se evaporó su hastío, que fue sustituido por el ansia de rarezas de un coleccionista. Miró furtivamente a un lado y otro de la playa. Ni su hermana ni el hombre de la visera se habían percatado, y Ward apretó el paso con disimulo. Volvería con la próxima ola, o tal vez con la siguiente.
Entonces lo vio de nuevo, medio sumergido a unos dos metros de la orilla. Y esta vez se dio cuenta de que no era una concha, sino una zapatilla deportiva. Una zapatilla nueva de color verde claro. Nunca había visto una así.
Aunque no pudiera permitírselas, sabía que ciertas zapatillas eran piezas de coleccionista. Las Balenciaga Triple S o las Yeezy a menudo costaban trescientos o cuatrocientos dólares, si es que las encontrabas. Y, si tenías mucha suerte y conseguías las inusuales Air Jordan 11 Blackout, un par de segunda mano podía alcanzar las cinco cifras en eBay.
A pesar del afán de Amanda, el mejor espécimen que había encontrado en toda la semana valdría como mucho diez dólares.
Una zapatilla, solo una, de un verde uniforme. ¿De qué marca era? Se dirigía a la orilla, así que Ward no tardaría en averiguarlo.
El agua le rodeó los tobillos con un susurro sordo y Ward cogió la zapatilla con un movimiento hábil. Pesaba mucho; sin duda estaba llena de agua, aunque su estado era muy bueno. Al momento le dio la vuelta para ver la suela, pero en la superficie engomada no había ningún logotipo ni marca.
Más que ver a Amanda y al gordo de la visera, notó que se acercaban, pero los ignoró y siguió mirando la suela. A lo mejor era un prototipo. Seguramente las habían probado en la playa. La gente pagaría aún más por un prototipo. Su mirada se desvió hacia la línea de las olas. Si la pareja estaba flotando cerca de allí, aquel descubrimiento incluso podía convertir unas vacaciones mediocres en algo especial.
De pronto, su hermana soltó un grito y Ward la miró con el ceño fruncido. Amanda gritó de nuevo, esta vez más fuerte. Por alguna razón, tenía los ojos clavados en la zapatilla que Ward tenía en la mano. Movido por la curiosidad, miró hacia abajo y giró la muñeca para ver mejor.
Ahora podía ver el interior de la zapatilla. Dentro había algo pulposo de color rosa con una esquirla blanca sobresaliendo en el centro. Ward permaneció inmóvil, su cerebro era incapaz de procesar lo que tenía ante sus ojos.
Su padre se puso en pie y corrió hacia ellos. Desde lo que le parecía una gran distancia, Ward pudo oír al hombre de la visera maldiciendo y a su hermana gritando, retrocediendo y vomitando en la arena. Cuando logró liberarse de la parálisis, Ward soltó la zapatilla como si le quemara y empezó a caminar hacia atrás. Al hacerlo, perdió el equilibrio y cayó de rodillas, pero, aun así, su mirada se volvió por instinto hacia el mar, donde ahora podía distinguir entre las cremosas olas más zapatillas, docenas y docenas, cabeceando indolente e inexorablemente hacia la orilla.
2
P. B. Perelman dejó el Ford Explorer en el aparcamiento público de Turner Beach. Solo había tardado cinco minutos desde el primer aviso de la central de emergencias, ya que su casa de Coconut Drive se encontraba a menos de un kilómetro y medio de allí, pero se sintió aliviado al ver que dos de sus agentes de la patrulla costera, Robinson y Laroux, ya estaban en la escena. Robinson parecía estar desalojando la playa y pidiendo a la gente que volviera a sus coches antes de acordonar la zona. Laroux hablaba con un pequeño grupo de personas a unos cuatrocientos metros de allí. Mientras Perelman observaba, el agente giró la cabeza, se dio la vuelta y fue hacia la orilla. Entonces sacó algo del agua y lo depositó con sumo cuidado en la arena, fuera del alcance de las olas.
Como decía Dorothy Parker, ¿qué nuevo infierno era aquel? Los de emergencias solo le habían dicho que había un «altercado en la playa». Pero sabía por experiencia que incluso en un lugar tan aletargado como Sanibel y Captiva, esas palabras podían incluir desde unos turistas borrachos que habían hecho encallar su lancha motora hasta ceremonias equinocciales organizadas por los vejestorios de la Colonia Nudista de North Naples.
Perelman se alejó del Explorer, cruzó un pequeño tramo de hierba y avena del mar y echó a andar por la playa. Pasó junto a Robinson, que en ese momento acompañaba a dos familias aparentemente afligidas a la zona de aparcamiento, portando sus mantas, sillas plegables, neveras, tablas de bodyboard y toda la parafernalia.
—Será mejor que llame a la caballería, jefe —susurró Robinson cuando se cruzaron.
—¿A todos?
Robinson se limitó a asentir en dirección al agente Laroux.
Perelman siguió avanzando a paso rápido. Laroux, que había vuelto con el grupo, se apartó de nuevo y fue a recoger algo en el agua. Cuando Perelman se acercó, vio que era un zapato o una zapatilla de un material verde claro.
Laroux se detuvo al verlo. Cuando Perelman se aproximó, vio que dentro de la zapatilla había un pie, a todas luces cercenado.
Sin mediar palabra, Laroux le enseñó la zapatilla y la dejó en la arena.
—Hola, jefe.
Perelman guardó silencio unos instantes y contempló la zapatilla que reposaba sobre la arena. Entonces se volvió hacia su ayudante.
—Henry —dijo—, ¿le importaría ponerme al día de la situación?
El agente lo miró con un semblante curiosamente inexpresivo.
—Reece y yo íbamos en el todoterreno hacia Silver Key. Justo antes de llegar a Blind Pass vi revuelo en la playa pública, así que di el aviso y paramos a…
—Me refiero a esta situación —especificó Perelman señalando la zapatilla.
Laroux miró hacia donde apuntaba el dedo. Entonces se encogió de hombros en un gesto de impotencia y señaló por encima de su hombro.
El jefe siguió su dedo hasta ver gran cantidad de zapatillas formando una hilera por encima de la línea de la marea alta. Todas parecían contener pies. Al mirar de nuevo hacia el mar, vio unas cuantas más revolcándose en las olas. Las gaviotas empezaban a sobrevolarlas en círculos graznando con estrépito.
Perelman comprendió por qué sus agentes estaban demasiado ocupados y abrumados por la sorpresa como para hacer algo más que una simple llamada cuando aparcaron el todoterreno cinco minutos antes. Él también lo sintió: una pesadilla inesperada, tan rara y extravagante que costaba no mostrarse incrédulo. Cerró los ojos y respiró hondo una vez, y luego otra. Entonces señaló al pequeño grupo congregado junto a las dunas.
—¿Esos son los que encontraron el… eh… el primer pie?
Laroux asintió.
El jefe miró de nuevo a su alrededor. Laroux había demostrado tener buen instinto. Hasta que contaran con más recursos, lo máximo que podía hacer era sacar los pies del agua y dejarlos en un terreno más elevado, más o menos a la misma altura de donde habían llegado a la orilla.
—¿Le han dado mucha información?
—No tenían mucho que decir, más allá de lo que estamos viendo nosotros mismos.
Perelman asintió.
—De acuerdo. Buen trabajo. —Señaló el mar ladeando la cabeza—. Siga con ello. Recójalos todos, y recuerde que estamos tratando con restos humanos.
Cuando Laroux regresaba hacia el agua, el jefe sacó la radio.
—Centralita, aquí Perelman.
—Centralita. Adelante, P. B.
Conque era Priscilla quien atendía la recepción aquella mañana. Le pareció reconocer su graznido. Nadie habría tenido la osadía de dirigirse a él como P. B. No solo lo llamaba por sus iniciales, sino que, como Perelman nunca le decía a nadie qué significaban, Priscilla disfrutaba intentando averiguarlo cada vez que lo tenía cerca. A lo mejor creía que el hecho de que Perelman fuera el jefe de policía más inverosímil que cupiera imaginar le daba licencia para hacerse la listilla. Había probado varias docenas de opciones, incluyendo Planta Baja, Pera Blanquilla y Pene Bulboso, sin acercarse a la realidad.
Perelman se aclaró la garganta.
—Priscilla, voy a lanzar un código rojo. Quiero que avise a todo el mundo que tenga pistola o placa.
—Sí, señor.
La voz de Priscilla se tensó considerablemente.
—Quiero a los dos tenientes que están de servicio y a todos los sargentos en estado de alerta por si en breve tenemos que imponer un toque de queda. Ellos ya saben de qué va. Pídales discreción, no queremos aterrorizar a los turistas. Vamos a cerrar toda la playa de Captiva y el litoral oeste ahora mismo. Dígales que hagan los preparativos necesarios para la posible evacuación de la isla Captiva. Y avise a la alcaldesa, si es que no se ha enterado ya.
—Sí, señor.
Perelman hablaba rápido, y parecía que sus palabras se aceleraban a cada segundo que pasaba. Entretanto, Laroux había recogido otras cuatro o cinco zapatillas más. A ojo, calculó que debía de haber unas veinticinco, y seguían llegando. Ahora, el agente estaba ahuyentando a las gaviotas que intentaban hacerse con algunas de ellas. Robinson había sacado a los últimos buscadores de conchas y bañistas de la playa y estaba acordonando los puntos de acceso.
—Quiero un control en el tramo interior de la carretera elevada de Sanibel y otro en el puente de Blind Pass. Por este último solo podrán pasar los habitantes e inquilinos de Captiva. Avise a la oficina del forense del Distrito 21 y que vengan lo antes posible para ocuparse de un número considerable de restos humanos en Turner Beach.
—Sí, señor —dijo Priscilla por tercera vez.
—Llame al mando de la Guardia Costera de Fort Myers y dígales que envíen una patrullera de inmediato. Creo que el Pompano está atracado ahora mismo en la base de Cortez. Pídale al personal de mando que se comunique directamente conmigo y limite el espacio aéreo de Captiva a operaciones de emergencia; nada de helicópteros de la prensa. ¿Lo tiene todo?
Hubo un breve silencio en el que Perelman pudo oír el rasguido de un bolígrafo.
—Recibido.
—Bien. Cuando las islas estén protegidas y los controles en marcha, pida a todos los agentes que estén libres que se personen en Blind Pass. Cambio y corto.
Perelman guardó la radio y se volvió hacia Laroux, que se movía lo más rápido que podía para recoger zapatillas del mar, pero las gaviotas volaban en manada, graznando y dando vueltas, y el agente se veía superado numéricamente. Perelman era consciente de lo extraña que era la situación, pero, a pesar de ello, se concentró en tenerlo todo bajo control. Veinticinco zapatillas, veinticinco pies, habían llegado a la playa y, por lo visto, llegarían muchos más con la marea. Habría sido más fácil amontonarlas, pero Perelman sabía que cualquier pista sería importante y que las zapatillas debían seguir lo más cerca posible de donde habían llegado a la orilla.
Sacó la cámara del bolsillo y avanzó por la playa tomando fotografías y vídeos cortos de la escena. Entonces miró a los testigos, que en aquel momento se encontraban al otro lado de la cinta perimetral. Eran un grupo pequeño de apariencia espectral. Le habría gustado mucho entrevistarlos, aunque dudaba que pudiera averiguar gran cosa, pero por ahora su labor era estabilizar y proteger la escena hasta que llegaran refuerzos.
Se aproximaban más gaviotas, que hendían el aire con sus graznidos, y Perelman vio a una posándose al lado de una zapatilla.
—¡Henry, dispare a las gaviotas!
—¿Qué?
—¡Que dispare a las gaviotas!
—Hay demasiadas. No puedo…
—¡Usted dispare! ¡Ahuyéntelas!
Perelman observó a Laroux abrir la funda, sacar la Glock y disparar en dirección al mar. Una nube enorme se elevó hacia el cielo, incluida la gaviota que a punto había estado de afanar una zapatilla. Contemplando la costa, le apenó ver que a lo lejos se acercaban más zapatillas. Tal vez habría que acordonar y cerrar todo el litoral occidental como si fuera la escena de un crimen.
En ese momento Perelman empezó a ver figuras que aparecían a intervalos en lo alto de la duna. No intentaban acercarse, solo curioseaban inmóviles como si fueran centinelas. Más mirones. Lo invadió el desánimo. No eran turistas, sino residentes. Gente cuya casa se encontraba en Captiva Drive, cuya playa estaba siendo violada por aquella extraña y espantosa marea. Mirando a aquellas personas se dio cuenta de que conocía el nombre de al menos la mitad.
«La muerte es una alondra feroz: las montañas son piedra muerta…».
De repente se formó un alboroto. Un grito y una maldición seguidos de un colérico ladrido. Perelman miró a su alrededor, desorientado un instante por aquella escena inmanejable, hasta que vio un destello de color cobre. Acababa de pasar junto a él un perro con una zapatilla en la boca y se dirigía al noreste, en dirección a la reserva. Era un setter irlandés llamado Sligo.
«Hijo de puta».
—¡Sligo! —gritó—. ¡Sligo, vuelve!
Pero el perro se alejaba a toda prisa con los restos humanos en la boca. Si Sligo llegaba a la reserva, tal vez no volverían a ver esas pruebas nunca más.
—¡Sligo!
No sirvió de nada. El perro, alterado por tanta actividad y con su instinto de cazador en estado de alerta, no estaba dispuesto a obedecer.
—¡Sligo!
«Mantened la cadena de custodia», parecía gritarle al oído su formación como agente. «Sed respetuosos con los restos humanos cueste lo que cueste». En su condición de jefe, la responsabilidad última recaía en él.
Perelman sacó su arma reglamentaria.
—¿Qué está haciendo? —chilló uno de los curiosos.
—¡No! ¡No lo haga! —gritó alguien.
Perelman apuntó, hizo una larga y temblorosa inspiración, retuvo el aire y, cuando el perro estaba a punto de desaparecer entre la maleza, abrió fuego.
El perro se dio la vuelta sin emitir ningún sonido, cayó de espaldas y soltó la zapatilla. Después de unos momentos terribles, se oyó el clamor de la gente encaramada a la duna.
—¡Dios mío, le ha disparado al perro! —exclamó alguien con la voz entrecortada.
Perelman volvió a enfundar el arma. «Hijo de puta».
Detrás de él se oyeron más disparos. Laroux estaba ahuyentando a las gaviotas mientras intentaba coger más zapatillas a la desesperada. Robertson corrió hacia él para ayudarlo. A lo lejos, Perelman pudo oír el zumbido de un helicóptero y el rugido de un motor surcando el agua.
—¡Eh, usted! ¡Señor!
Era una voz fuerte y acusatoria. Perelman se volvió hacia el grupo de curiosos.
—¡Le ha disparado al perro!
Era una mujer de unos cincuenta años que lo señalaba con el dedo en un gesto de recriminación. Perelman no la conocía. A lo mejor había ido allí de vacaciones.
No dijo nada.
La mujer dio un paso al frente y se situó al borde de la cinta perimetral.
—¿Cómo ha sido capaz? ¿Cómo ha podido hacer eso?
—No podía permitir que se llevara una prueba.
—¿Una prueba? ¿Una prueba? —La mujer aleteó el brazo en dirección a la playa—. ¿Es que no tienen suficientes?
De repente, algo —tal vez el modo en que la mujer señaló con desprecio los trozos de carne inmóviles que salpicaban la arena, o tal vez lo absurdo del comentario— hizo que Perelman soltara una amarga carcajada.
—¡Y encima le hace gracia! —gritó la mujer—. ¿Qué pensará su dueño?
—No, no me hace gracia —repuso Perelman—. Ayer fue su cumpleaños.
—¡Y además conocía al perro! —La mujer dio una patada en el suelo—. ¡Lo conocía… y le ha disparado de todos modos!
—Pues claro que lo conocía —respondió el jefe de policía—. Era mío.
3
Tras salir de Miami, el helicóptero del FBI sobrevoló el agua verde azulada de Biscayne Bay rumbo al sur, y viró hacia el este al llegar a la extensa zona boscosa del parque nacional que marca el extremo superior de los Cayos de Florida. El director adjunto Walter Pickett, que viajaba en el asiento del copiloto del Bell 429, buscó la ruta en un mapa desplegado sobre el delgado maletín que tenía apoyado en el regazo. No eran ni las dos de la tarde y el brillo del sol, que se reflejaba en las plácidas aguas, le resultaba insoportable a pesar de las gafas y del cristal tintado del helicóptero. Las plantas marinas y los arrecifes de coral dieron paso a una delgada formación de islas tropicales unidas, como cuentas en una cuerda, por una carretera de cuatro carriles. Primero avistaron caminos de entrada con plantas bien cuidadas y, de pronto, mansiones y yates que, a su vez, dieron paso a lo que parecía un pintoresco pueblo pesquero, después a bloques de apartamentos idénticos y más tarde al océano una vez más. Y luego otra isla, otra carretera angosta como una cenefa y otra isla. Plantation Key, dedujo el director adjunto Pickett. La velocidad del helicóptero y la baja altitud dificultaban seguir el mapa.
Entonces el helicóptero viró bruscamente hacia el este y se alejó de los cayos en dirección a mar abierto. Volaron tanto rato —diez minutos o tal vez más— que Pickett empezaba a pensar que el piloto se había perdido. Más adelante solo había color azul hasta el horizonte.
Pero no, no era del todo cierto. Entrecerrando los ojos detrás de sus gafas oscuras, Pickett pudo distinguir una diminuta mancha verde que asomaba de vez en cuando y casi con coquetería entre las olas más lejanas. Observó unos instantes y luego metió la mano en el compartimento del pasajero para coger los pesados prismáticos marinos. A través del cristal, la mancha se convirtió en un oasis autónomo de vegetación, un pequeño ecosistema en mitad del océano.
Pickett bajó los prismáticos.
—¿Es ahí? —El hombre asintió—. No aparece en el mapa.
El hombre asintió de nuevo, esta vez con una sonrisa.
—Todavía me pregunto cuánto costó ese pedacito de tierra.
Pickett echó otro vistazo a la isla mientras el helicóptero sobrevolaba un arrecife de coral. Ahora se aproximaban con rapidez y las plácidas aguas adquirían un tono esmeralda pálido a medida que perdían profundidad. Lo que antes parecía una jungla silvestre se concretó en palmeras tan esbeltas y dentadas como líneas de granaderos. Pickett alcanzaba a distinguir formas entre los árboles, siluetas blanco marfil que contrastaban con el verde. Eran torres de vigilancia estratégicamente ubicadas, discretas pero equipadas con ametralladoras. Y entonces apareció un largo cobertizo para barcas, oculto con mucho ingenio entre la frondosa vegetación. En su interior apenas se veían dos barcas junto a un extenso muelle que se adentraba en las aguas turquesa.
El helicóptero aminoró la marcha y se ladeó en dirección al cobertizo. Al final del muelle había dos plataformas de aterrizaje, construidas sobre el agua y relucientes como si estuvieran por estrenar.
El piloto descendió en círculos y tomaron tierra sin contratiempos en una de las plataformas. Pickett cogió el maletín, abrió la puerta y se apeó bajo el sol cegador. Al hacerlo, dos hombres salieron de la sombra de los árboles y enfilaron el muelle para recibirlo. Tenían la piel de color canela y llevaban boina negra, camisa verde oliva y pantalones cortos a juego perfectamente planchados. Parecían salidos del Raj británico con un toque del Caribe.
Ambos sonrieron, le estrecharon la mano a Pickett y lo acompañaron por unos elegantes senderos serpenteantes, cubiertos de conchas aplastadas y con bancos de mármol medio ocultos entre un follaje lleno de flores tropicales. Subieron unas escaleras de mármol, bajaron por otro camino y subieron de nuevo. A pesar del sol, bajo las palmeras se estaba fresco, y una brisa suave pero constante agitaba el aire perfumado por las flores. De vez en cuando, Pickett oteaba edificios entre los árboles, construcciones de color marfil, como todas las demás estructuras. Aquí y allá, un pavo real cruzaba el camino y varios papagayos enormes los observaban desde los calistemos. La isla parecía poco concurrida, tan solo unos cuantos hombres y mujeres a los que Pickett veía de vez en cuando en los claros que se abrían entre los árboles o en extensas zonas de hierba, todos vestidos con el mismo atuendo que sus guías.
Por fin, tras subir otra escalera, esta más grande y larga, y bordear una escultura de Poseidón, los dos guías se detuvieron frente a un pasaje oscuro y le indicaron que debía continuar él solo. Pickett les dio las gracias, se quedó quieto un momento y luego echó a andar por el pasaje abovedado.
Se encontraba en una columnata con tejado sustentada por pilares corintios del mismo mármol níveo. Cuando se adentró en ella, unas franjas de sol teñían el sendero y un murmullo lejano quedaba prácticamente ahogado por el canto de los pájaros. Al otro lado, la columnata daba a un peristilo que rodeaba un patio bordeado de macetas con plantas. En el centro, dos elaboradas fuentes con querubines se lanzaban chorros de agua con actitud traviesa.
Al fondo del patio habían colocado varias sillas debajo de una celosía con enredaderas, y fue allí donde Pickett vio por fin al agente especial Aloysius Pendergast. Vestía un traje de lino blanco parecido al que Pickett recordaba de su encuentro un mes antes en un bar situado en una azotea de Miami Beach. Tenía las piernas cruzadas y llevaba unos bonitos mocasines de piel color mantequilla.
A ambos lados de la celosía había dos hombres con aquel omnipresente uniforme. Pero había otra persona allí. Para sorpresa de Pickett, una chica ocupaba la silla más cercana a Pendergast. Debía de tener poco más de veinte años y, cuando Pickett se acercó, vio que era muy hermosa, con unos ojos violáceos y una elegante media melena oscura. Llevaba un vestido claro de organdí y en la mano sostenía un libro al parecer en francés titulado À rebours. Ella lo miró con una fría impasividad que por alguna razón incomodó a Pickett. Debía de ser Constance Greene, la pupila de Pendergast. Había oído hablar de ella y aunque intentó averiguar más, no parecía existir demasiada información, ni siquiera en las bases de datos del FBI. Había algo sobrenatural en ella que Pickett no lograba descifrar. Tal vez eran sus ojos. Era como si aquellos ojos, pensó, tan fríos e inalterables, lo hubieran visto todo y no les perturbara nada.
La chica se aclaró la garganta para hablar. Pickett volvió la cabeza al darse cuenta de que la estaba mirando fijamente.
—Mira, mi señor —dijo ella con un tono de contralto sorprendentemente grave y aterciopelado—. Ya llega.
—Ángeles y ministros de gracia, defiéndannos —murmuró Pendergast.
—¿Perdón? —intervino Pickett dando un paso adelante.
—Debe de perdonar a Constance por sus bromitas. —Pendergast se volvió hacia ella—. Querida, me temo que el director adjunto Pickett no comparte tu afición por las alusiones literarias.
Ella asintió.
—Quizá sea mejor así.
Pendergast ofreció una silla a Pickett.
—Siéntese, por favor. Y permítanme que los presente: director adjunto Walter Pickett, del FBI. Mi pupila, Constance Greene.
Pickett le estrechó la mano a la joven, se sentó y dejó el maletín en el suelo. En el silencio posterior observó el patio y la columnata, flanqueada por majestuosas palmeras. A lo lejos, más allá de la línea de vegetación, se divisaba el verde jade del océano. Era un lugar hermoso, increíblemente privado, increíblemente tranquilo y, sin duda, increíblemente caro.
A Pickett no le gustaba la opulencia innecesaria, pero aquel lugar le complacía en un nivel visceral. Parecía tan elegante y exclusivo como un arcoíris sobre una catarata. Sí, podría acostumbrarse a él.
—¿Le apetece una copa? —le ofreció Pendergast alzando un vaso que contenía una bebida turbia de color carmesí.
—¿Qué es? —preguntó.
—No tengo la menor idea. Nuestros anfitriones me han dicho que es un brebaje autóctono y que es bueno para la digestión.
—No lo pruebe —le advirtió Constance—. He bebido un sorbo del «brebaje autóctono» y sabía a formaldehído en escabeche. —Señaló a Pendergast—. Ha estado bebiendo prácticamente desde que llegamos. ¿No se ha fijado en que ya ha empezado a encogérsele la cabeza?
En respuesta a ello, Pendergast bebió un sorbo más largo.
—Constance, no me obligues a enviarte a la habitación sin cenar.
—¿Puedo preguntarle qué bebe usted? —dijo Pickett.
—Lillet blanc con una rodaja de lima de los cayos.
Pickett tampoco tenía intención de arriesgarse con eso.
Pendergast llamó a uno de los hombres uniformados, que preguntó a Pickett qué quería.
—Un daiquiri —pidió.
El hombre se retiró haciendo una ligera reverencia y volvió casi de inmediato con la bebida.
—No sé cómo ha encontrado este sitio —empezó Pickett—. Hay algo en él que me recuerda a la Atlántida.
—E igual que en la Atlántida —respondió Pendergast arrastrando las palabras—, la naturaleza se ocupará de que pronto quede sumergido. Ahora parecía el momento idóneo para disfrutarlo.
—No esperaba volver a Florida tan pronto —comentó Pickett—, pero ayer por la tarde me citaron ante un gran jurado. Es por el caso Brokenhearts.
Pendergast asintió.
—También solicitaron mi presencia. Presté declaración a principios de semana.
Pickett ya sabía que Pendergast se había presentado ante el gran jurado y que seguía en Florida. Lo que no sabía era dónde exactamente. Dar con él le había llevado más tiempo y esfuerzo del que le habría gustado.
—Ha sido muy amable visitándonos durante nuestras vacaciones —continuó Pendergast—. Imagino que ahora volverá a Nueva York.
¿Pendergast nunca se cansaría de tocarle las pelotas? Sabía de sobra que no se trataba de una visita informal. Aquello había sucedido en el peor momento posible, justo cuando Pickett esperaba un traslado a Washington para ocupar un cargo superior.
—En realidad no volveré aún al norte. Voy a la isla Captiva.
Pendergast bebió un sorbo.
—Ah.
Pickett asintió con brusquedad.
—Mientras hablamos se está desarrollando un caso. Uno muy extraño. Esta mañana ha aparecido en la costa un gran número de pies. Pies humanos, todos ellos metidos en una zapatilla verde.
Pendergast arqueó las cejas.
—¿Cuántos?
—Siguen llegando con la marea. Según el último recuento, hay casi cincuenta.
Pendergast y Constance Greene guardaron silencio; Pickett cogió el maletín y lo abrió. Se sentía un poco incómodo revelando información confidencial a Pendergast delante de la señorita Greene, pero había oído que, además de la amanuense e investigadora de Pendergast, era su pupila y alumna. Asimismo, tenía la sensación de que pedirle que se fuera no lo ayudaría en sus propósitos, por decirlo con suavidad.
—Nadie sabe de dónde salieron los pies, por qué hay tantos ni a quiénes pertenecían —añadió mientras sacaba un sobre marrón que contenía varias fotografías y se lo tendía a Pendergast—. Por eso ha intervenido el FBI, además de la Guardia Costera y las autoridades locales. Formaremos un equipo especial.
—¿Han identificado rasgos en común? —preguntó Pendergast, ojeando las fotografías—. ¿Edad, sexo, raza?
—Es pronto para decirlo. Los recursos de la policía siguen llegando y los restos están siendo trasladados a la oficina del forense en Fort Myers. No es una escena del crimen fácil de acordonar. Sabremos más en doce o veinticuatro horas.
Constance Greene se inclinó hacia delante.
—Lo ha llamado escena del crimen. ¿Cómo puede estar tan seguro?
Pickett se disponía a responder, pero no lo hizo. La pregunta parecía muy astuta o muy absurda. ¿Qué podía ser aquello, sino un horrendo asesinato en masa?
—Los pies presentan traumatismos extremos: carne desgarrada y huesos rotos y troceados. No se me ocurre ningún accidente o circunstancia que pueda provocar esas lesiones.
—¿Y dice que solo han llegado pies a la orilla? ¿No hay otros miembros corporales?
—Ninguno. No se han encontrado los otros restos.
—Habla usted de restos. ¿Cómo saben que los antiguos propietarios de esos pies están muertos?
—Bueno… —Pickett calló unos instantes—. No lo sabemos. Como le decía, este caso parece único.
A pesar de lo molesto que le resultaba aquel interrogatorio, se cuidó de dar un énfasis especial a la palabra «único».
—Ya me imagino. Gracias, señor Pickett.
Con eso, Constance se recostó en la silla como un abogado que acaba de concluir un contrainterrogatorio. Pendergast le entregó a su pupila el sobre con las fotografías y Pickett se crispó por dentro, pero no dijo nada.
—Fascinante —comentó Pendergast mientras apuraba la bebida—. Pero deduzco que no se ha desviado tanto de su ruta solo para intercambiar pareceres sobre un caso extraño.
—No. —Pickett ya se estaba acostumbrando a la novedad del entorno y volvía a sentir que controlaba la situación—. Lo cierto es que no me he desviado tanto. Como le decía, ahora me dirijo a Captiva, y me gustaría que me acompañara.
—Entiendo —dijo Pendergast después de un silencio—. ¿Y eso por qué, si no le importa que se lo pregunte?
—Todo apunta a que este será un caso inusual y complicado. Creo que su experiencia sería… útil.
—Me complace que tenga fe en mi experiencia, pero, como puede observar, estamos de vacaciones.
Pickett se percató de que Constance estaba mirando las fotografías con notable interés.
—Pensé que, de todos los agentes que tengo al mando, precisamente a usted le parecería interesante —añadió.
—En circunstancias normales quizá. Pero Constance y yo aún estamos de vacaciones.
Pickett respiró hondo.
—Aun así, me gustaría que echara un vistazo a la escena.
Sabía que podía ordenarle a Pendergast que aceptara el caso, pero era una táctica que sin duda tendría repercusiones.
Pendergast se acabó la copa.
—Señor —dijo a continuación—, imagino que no le importará que hable con franqueza.
Pickett aleteó una mano.
—Ya me ordenó que abandonara Nueva York y viniera a Florida para trabajar en un caso. Y ahora me pide que «eche un vistazo» a un segundo caso. Si le soy sincero, no me gusta mucho la idea de ocuparme de casos en lugares lejanos según su capricho. Preferiría volver a mi oficina de campo, es decir, a Nueva York. Además, a juzgar por lo que me ha contado, este problema no parece entrar dentro de mis competencias. No tiene pinta de ser obra de un asesino en serie. Puede que las circunstancias sean interesantes, pero yo no veo ningún ángulo psicológico anormal. Y sería poco caballeroso dejar a Constance aquí sin un adulto que la acompañe.
—No se preocupe, Aloysius —repuso Constance, que le devolvió las fotografías—. Aquí no hace falta compañía. Además, eso puede hacerlo Huysmans.
Ladeó un poco y señaló el libro que tenía junto a ella.
Pickett empezó a darle vueltas a la cabeza. Podía asignarle el caso a Gibbons, a Fowler o a Singh. Pero tenía la corazonada de que era tan extraño, tan sui generis, que Pendergast sería con diferencia su mejor herramienta. El caso de Brokenhearts ya lo había demostrado. Volvió a plantearse ordenarle que fuera con él. Lo cierto era que la negativa de Pendergast rayaba en la insubordinación y la habitual impaciencia de Pickett empezaba a dejarse notar. Había ido hasta allí. Le había seguido la corriente a Pendergast poniéndole delante sabrosas exquisiteces. Él también quería volver a Nueva York, y el tiempo pasaba. Se puso en pie.
—Oiga, Pendergast —dijo—, venga conmigo. Tengo un helicóptero esperando. Echaremos un vistazo a la escena. Solo un vistazo, por el amor de Dios. Podemos discutir los detalles más tarde. Comiendo cangrejos moros.
Pendergast, que estaba contemplando su vaso vacío con aire ausente, alzó despacio la cabeza.
—¿Cangrejos moros?
4
El helicóptero aterrizó en el hoyo catorce de un campo de golf situado en el extremo norte de la isla de Sanibel. Pendergast se desabrochó el cinturón de seguridad y miró a su alrededor al bajarse. Parecía que alguien, ya fuera Pickett o un lacayo, había hecho un buen trabajo con los preparativos: había una lancha motora esperándolos en un muelle al otro lado del rough que, cuando embarcaron, zarpó de inmediato por el canal de Wulfert, viró y puso rumbo al oeste, pasando por debajo del puente de Blind Pass, el estrecho pasaje que mediaba entre Sanibel y Captiva. Durante el trayecto por los pantanos de Florida, Pickett le contó a Pendergast lo que sabía sobre las dos islas: eran mecas turísticas, conocidas —a diferencia de Palm Beach o Miami— por su ambiente relajado, sus extensas reservas naturales, su resistencia al desarrollo comercial y por guardar algunas de las mejores conchas del mundo.
Ninguno de esos atributos resultaba evidente cuando bordearon Blind Pass y avistaron Turner Beach. Frente al litoral había tres lanchas de la Guardia Costera. El guardacostas estaba ahuyentando a los curiosos que viajaban en embarcaciones recreativas, y las dos patrulleras recorrían unos cuantos centenares de metros por delante de la playa igual que sabuesos olfateando un rastro. Mientras Pendergast observaba la escena, oyeron un grito desde una de las patrulleras. La barca se detuvo y un hombre recogió algo con un palo largo y una red.
Otras embarcaciones de la policía y los servicios de emergencias abarrotaban el canal situado más allá de Blind Pass, y su lancha se vio obligada a aproximarse a la orilla en el extremo más cercano de la playa, donde la arena sostenía un rompeolas. La playa era el escenario de una actividad frenética: media docena de grupos de gente hablando animadamente; personal de emergencias médicas y la policía científica yendo de un lado para otro, tomando notas, recabando pruebas y arrodillándose en la arena; y agentes de la Guardia Costera comunicándose por radio. El tráfico se había visto interrumpido por un control policial, en el que los agentes comprobaban documentaciones y desviaban a los vehículos por un único carril del puente de Blind Pass. Casi dos kilómetros de playa estaban acordonados con cinta amarilla y docenas de banderitas de la policía científica ondeaban por encima de la marca de la marea alta.
—Parece que alguien le haya dado una patada a un hormiguero —comentó Pickett mientras él y Pendergast se apeaban en la arena. Luego miró a su alrededor durante un minuto—. Empecemos por esos —dijo, señalando al grupo más numeroso que había en la playa.
Al otro lado del cordón policial, una multitud se agolpaba junto a la carretera principal de la isla, de puntillas y con el teléfono en alto para conseguir una panorámica de lo que no podían ver por sí mismos. Otros observaban desde segundos y terceros pisos de casas y bloques de apartamentos. Algunos incluso utilizaban telescopios. Había una masa de periodistas detrás del control policial del puente. Los agentes habían empezado a desenrollar y colocar una pesada cortina de plástico blanco en paralelo a la cinta perimetral para tratar de impedir que se viera parte de la zona de playa cercana a la orilla.
Pickett llegó hasta el grupo, se presentó y ofreció unas cuantas tarjetas de visita. Luego se volvió para presentar a Pendergast, pero este había seguido adelante, abriéndose paso en medio de la confusión hasta un punto más elevado de las dunas desde el que podía ver toda la escena. Comprobó que alguien había llegado al lugar antes que él: un hombre alto y bronceado con pantalones cortos y polo. Debía de rondar los cincuenta años, el sol le había aclarado el pelo y los ojos y dos arrugas verticales le surcaban unas mejillas curtidas. Sus únicos signos de autoridad eran la funda de pistola y una radio policial prendida al cinturón. Estaba de brazos cruzados a la sombra de unas palmeras, observando la actividad con una expresión casi melancólica.
Asintió al ver a Pendergast, le dedicó una tímida sonrisa y, mirándolo de arriba abajo, se fijó en su traje.
—Buenas tardes —saludó Pendergast, que hizo una reverencia y se tocó el sombrero panamá con un dedo.
—¿De verdad lo cree? —respondió el hombre.
—No —le aseguró Pendergast—, pero uno tiene que mantener los buenos modales hasta cuando se enfrenta a algo grotesco.
—Eso no se lo puedo discutir. —El hombre le tendió la mano—. Perelman, jefe de policía de Sanibel.
—Agente especial Pendergast, FBI.
—Lo sabía. —Perelman señaló con la cabeza al grupo de gente con el que estaba hablando Pickett—. Le he visto llegar con él.
—Ah. —Pendergast asintió—. ¿Sabía que él vendría?
—Se cercioró de que lo supiera todo el mundo. Quizá sea mejor que saque la placa y se la cuelgue del cuello para que no le pregunten a cada paso.
—Me parece mucho más interesante y revelador ir de incógnito. Pero veo que usted también va de paisano.
Perelman se miró el polo.
—En realidad, este es mi uniforme habitual. Aquí todo el mundo sabe quién soy. Sanibel no es la típica ciudad turística de Florida, agente Pendergast. De hecho, no sería una ciudad típica en ningún sitio. Entre nuestros residentes tenemos ocho escritores de best sellers, tres pintores famosos en todo el mundo, un premio Nobel, un poeta que ha ganado el Pulitzer y dos exdirectores del servicio de espionaje. Aquí hay mucho dinero, pero no suele estar a la vista. Si quiere ver consumo a escala internacional, Naples está solo unos kilómetros más al sur cruzando la carretera elevada. Nos gusta que nuestras calles sean tranquilas; nuestras playas, limpias, y nuestros turistas, civilizados.
Esto último, al parecer un lema de la ciudad, lo dijo con cierto tono irónico.
Se oyó un grito desde la orilla, y luego otro, y varios policías uniformados y agentes de la Guardia Costera corrieron hacia allí. Ambos miraron en dirección al tumulto. Por lo visto, estaban llegando más pies.
—Parece que hay dos más —comentó el hombre—. Con esos serían cincuenta y siete.
—¿Su llegada ha mostrado alguna regularidad o patrón? —preguntó Pendergast.
El jefe negó con la cabeza.
—Que sepamos, hubo dos oleadas iniciales. Casi todos llegaron entonces. De momento, la última se ha producido hace casi una hora. Puede que haya una tercera a punto de llegar a la orilla. Como puede comprobar, es un no parar.
—¿Y se han limitado a este tramo de isla barrera?
Perelman asintió.
—Por el momento, sí.
—¿No es bastante inusual?
—Lo cierto es que no. Cuando las mareas son adecuadas, como ahora, en su punto bajo, los restos flotantes tienden a no dispersarse antes de llegar a tierra firme. La ubicación de estas islas es única en cuanto a las corrientes oceánicas, que concentran los restos en un carril estrecho y traen a la orilla inmensas cantidades de conchas.
En ese momento crepitó la radio de Perelman, que escuchó un instante, murmuró una breve serie de instrucciones y volvió a prendérse