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Pitt tiritaba en la escalera que conducía del patio a la acera y miraba los grumos de sangre y el pelo que tenía a sus pies. También había sangre en los cristales rotos, y en parte ya se había congelado. Había astillas dispersas por los escalones. El viento de enero gemía sobre aquel tramo del río en dirección a las graveras que se divisaban a lo lejos.
—Y la doncella, ¿ha desaparecido? —preguntó Pitt en voz baja.
—Sí, lo lamento, señor —respondió el sargento con tristeza. Su joven rostro reflejaba dureza a la luz gris del amanecer—. Al ver de quién era la casa pensé que debíamos avisarle enseguida.
—Ha hecho bien —lo tranquilizó Pitt.
Estaban en Shooters Hill, una zona residencial muy agradable en las afueras de Londres. No quedaba lejos de Greenwich, la Escuela Naval y el Observatorio Real, que marcaba la hora para el mundo entero. La imponente casa que se alzaba ante ellos en medio de la penumbra era la de Dudley Kynaston, un alto funcionario del Gobierno dedicado a cuestiones de defensa naval, un experto en armas de alguna clase. Un acto violento tan cerca de su casa era competencia de la Special Branch* y, por consiguiente, de Pitt como comandante. Hacía poco que lo habían ascendido a ese cargo y aún se sentía incómodo con el extraordinario poder que le confería. Quizá siempre sería así. Se trataba de una responsabilidad que, en última instancia, no podía compartir con nadie. Sus triunfos serían secretos y sus fracasos absolutamente públicos.
Contemplando las desalentadoras pruebas que tenía a sus pies, con gusto habría intercambiado papeles con el sargento que estaba a su lado. De joven, veinte años atrás, cuando contaba la edad de este, había pertenecido a la policía regular. Entonces se había ocupado de delitos corrientes: robos, incendios provocados, algún que otro homicidio, aunque muy pocos con implicaciones políticas y nunca relacionados con actos de terrorismo o violencia contra el Estado.
Se enderezó. Ahora vestía con elegancia, aunque no sin cierto desaliño, pero ni siquiera su nuevo abrigo de lana podía mitigar el viento gélido y cortante que lo hacía sentirse helado hasta los huesos. Soplaba desde un par de kilómetros río abajo, sin fuerza pero con la constante inclemencia de la humedad. Desde aquella altura alcanzaba a ver las riberas bajas del este envueltas en bruma y a oír el lastimero lamento de las bocinas de niebla.
—¿Dice que ha informado la primera criada que se ha levantado? —preguntó Pitt—. Eso tuvo que ser hace horas —agregó, echando un vistazo al pálido cielo matutino.
—Sí, señor —contestó el sargento—. La pinche. Poco más que una chiquilla, pero muy espabilada. La pobre se ha llevado un buen susto, con toda la sangre y el pelo; sin embargo, ha conservado su presencia de ánimo.
—¿No habrá ido corriendo hasta la comisaría a oscuras? —preguntó Pitt, incrédulo—. Debe de estar a un par de kilómetros de aquí, como mínimo.
—No, señor —respondió el sargento con tono de satisfacción—. Como he dicho, es bastante racional pese a tener unos trece años, diría yo. Ha vuelto a entrar para despertar al ama de llaves, una mujer muy sensata. Está autorizada a utilizar el teléfono y, tras comprobar que la sangre y el pelo eran de verdad, no restos de una pelea entre animales, ha telefoneado a la comisaría. Si no lo hubiese hecho, es probable que todavía estuviésemos de camino hacia aquí.
Pitt bajó la vista a la sangre, que tanto podía ser humana como animal. No obstante, los mechones de pelo eran largos, de un color castaño rojizo a la luz de la linterna, y solo podían ser humanos. También pensó que si no lo hubiese despertado el teléfono en su casa de Keppel Street, en la otra orilla del río, ahora estaría desayunando en la cocina, ajeno a aquella tragedia y a los pesares y complicaciones que pudiera traer aparejados.
Dio su conformidad con una especie de gruñido y, antes de poder añadir algo más, oyó pasos apresurados en la acera. Acto seguido apareció Stoker en el patio de servicio. Era el único hombre de la Special Branch en quien Pitt confiaba plenamente. Después de las traiciones que habían desembocado en el despido de Victor Narraway solo depositaba su confianza en quien se la hubiera ganado. Narraway había sido inocente y, tras desesperados esfuerzos y un elevado coste, así se había demostrado. Pero con todo y eso, aquel episodio había supuesto el fin de su carrera.
—Buenos días, señor —dijo Stoker con un ligero matiz de curiosidad en la voz. Bajó la mirada al tramo de escalones que iluminaba la linterna y luego se volvió hacia Pitt. Era un hombre enjuto con un rostro duro e inteligente aunque demasiado huesudo para ser guapo y demasiado adusto para tener encanto.
—Ha desaparecido una doncella —explicó Pitt. Miró otra vez al cielo y a continuación a Stoker—. Anote cuanto vea con la máxima exactitud. Dibújelo. Tome muestras por si algún día las necesitamos como prueba. Más vale que se dé prisa. Si llueve, todo desaparecerá. Entretanto, hablaré con el servicio.
—Sí, señor. ¿Por qué tenemos que ocuparnos nosotros, señor? —preguntó mirando al sargento, pero dirigiéndose a Pitt—. Una sirvienta desaparecida... ¿No debería encargarse la policía local?
—El dueño de la casa es Dudley Kynaston, defensa naval... —contestó Pitt.
Stoker maldijo para sus adentros.
Pitt sonrió, contento de no haber oído con claridad sus palabras, aunque probablemente habría estado de acuerdo con ellas. Se volvió y llamó a la puerta de la antecocina. La abrió y pasó entre los estantes de las verduras hasta la cocina. Lo envolvieron de inmediato la calidez y los ricos aromas de los fogones. Era una estancia amplia en la que imperaba el orden. Sartenes de brillante cobre bruñido colgaban de ganchos. La porcelana limpia estaba apilada en el aparador. En los anaqueles había tarros de especias cuidadosamente etiquetados. Ristras de cebollas y manojos de hierbas secas pendían de las vigas del techo.
—Buenos días —saludó Pitt en voz alta y clara, y tres mujeres dejaron lo que estaban haciendo para volverse hacia él.
—Buenos días, señor —respondieron casi al unísono. La cocinera era una mujer rolliza y en ese momento sostenía en la mano un cucharón de madera. Una sirvienta con el delantal almidonado preparaba té con tostadas para llevarlo arriba, y la pinche pelaba patatas. Tenía el pelo moreno y rebelde y unos ojos muy grandes. En cuanto la vio, Pitt supo que era quien había salido y encontrado la sangre y los cristales rotos. Llevaba el uniforme gris arremangado por encima de los codos y el delantal tiznado tras encender los fogones.
La cocinera miró a Pitt con aprensión, sin saber dónde situarlo en la escala social. No era un caballero, puesto que había entrado por la puerta de atrás, y además carecía de la arrogancia de quienes están acostumbrados a la atención de la servidumbre. Por otra parte, parecía muy seguro de sí mismo de un modo peculiar, y le bastó un vistazo para comprobar que su abrigo era de primera calidad. Habida cuenta de las circunstancias, seguramente era alguna clase de policía por más que no pareciese un sargento corriente.
Pitt le dedicó una breve sonrisa.
—¿Podría hablar con su pinche, por favor? Le agradecería que me indicara una habitación tranquila donde no nos interrumpan. Si desea que el ama de llaves esté presente, no tendré inconveniente.
A pesar de que se trataba de una orden, Pitt formuló la pregunta como si fuese una solicitud, y le sostuvo la mirada el tiempo suficiente para asegurarse de que la cocinera lo entendiera.
—Sí, señor —dijo la cocinera con la voz tomada, como si tuviera la garganta seca—. Dora puede acompañarla. —Hizo una seña hacia la perpleja camarera—. Ya subiré yo esa bandeja a la señora Kynaston. Maisie, ve con el policía y explícale lo que quiera saber. Y sé cortés, ¿eh?
—Sí, cocinera —respondió Maisie obedientemente, y condujo a Pitt hasta la puerta. De pronto se volvió hacia él y lo miró de arriba abajo con ojo crítico—. Parece helado hasta la médula. ¿Le apetece una taza de té... señor?
Pitt no pudo evitar sonreír.
—Gracias, me vendría muy bien. ¿Tal vez Dora podría traernos una tetera?
Dora adoptó una expresión reprobadora. Ella era camarera, no alguien que sirviera tazas de té a policías y pinches, pero no supo hallar las palabras apropiadas para decirlo.
Pitt sonrió más abiertamente.
—Muy amable de su parte —dijo, agradeciendo que aceptara llevar a cabo una tarea impropia de su posición, y siguió a Maisie por el pasillo hasta la sala de estar del ama de llaves. El ama de llaves, sin duda, estaba atendiendo a otros deberes a causa de las alarmantes circunstancias que habían surgido aquella mañana.
Pitt se sentó en un sillón junto al fuego, que estaba recién encendido y apenas calentaba. Maisie se sentó delante de él, muy erguida en una silla de respaldo duro.
—¿A qué hora ha bajado a la cocina esta mañana? —preguntó Pitt sin más preámbulos.
—A las cinco y media —contestó Maisie sin titubear—. He recogido la ceniza y la he sacado al patio. Ha sido entonces cuando he visto la... —tragó saliva— sangre y los cristales.
—¿Hacia las seis menos cuarto?
—Sí...
—Aún debía de ser de noche a esa hora. ¿Qué hizo que se fijara? No estaban cerca del cubo de las cenizas —señaló Pitt—. ¿Había alguien más, Maisie?
Maisie respiró profundamente y soltó el aire suspirando.
—El limpiabotas de enfrente, pero nunca habría hecho algo así. Además, le gusta Kitty... Quiero decir que ella era buena con él. Es un chico de campo y echa de menos a su familia —repuso, mirando a Pitt a los ojos.
—¿Quién es Kitty? —preguntó él.
—Kitty Ryder —contestó ella, como si Pitt tuviera que haberlo sabido—. La doncella de la señora Kynaston que ha desaparecido.
—¿Cómo sabe que ha desaparecido? —preguntó Pitt con curiosidad. Le constaba que las doncellas rara vez se levantaban a las cinco y media.
—Porque no está aquí —respondió Maisie con pretendida naturalidad, pero la rebeldía que reflejaba su rostro le indicó a Pitt que estaba siendo evasiva.
—¿Le pareció que el pelo de los escalones se parecía al de Kitty Ryder? —la presionó.
—Sí... un poco...
A Pitt se le ocurrió una idea, una oportunidad que aprovechar antes de que Dora llegara de improviso con el té y, por descontado, se quedara.
—¿Temió en algún momento que le hubiese ocurrido algo a Kitty? —inquirió.
—Sí... Yo... —Maisie se interrumpió. Miró a Pitt a la cara y supo que aquella pregunta encerraba una trampa, pero no apartó la mirada.
Pitt oyó los pasos de Dora en el pasillo.
—¿De modo que es probable que Kitty estuviera en la escalera del patio en plena noche de invierno y que, quizá, tuviera una discusión que terminase de forma violenta? ¿Un pretendiente que a usted no le gusta, tal vez?
—¿Un qué?
—Un joven.
Dora entró llevando una bandeja con una tetera, una jarra de leche, un azucarero y dos tazas con sus platos. La dejó encima de la mesa y se apartó unos pasos. Su expresión seguía reflejando desaprobación.
Pitt asintió a modo de agradecimiento, pero sin desviar la mirada de los ojos de Maisie.
—Un joven —repitió—. Kitty mantenía relaciones con un joven y salía a verlo por las noches. Por eso cuando usted vio la sangre y el pelo pensó de inmediato en ella y decidió comprobar si estaba en casa... y no estaba. Fue así, ¿verdad?
Maisie lo miró fijamente con respeto y cierto temor. Asintió en silencio.
—Gracias —dijo Pitt—. Y... ¿ha encontrado a Kitty?
Lo preguntó anticipando una profunda tristeza. Ya sabía la respuesta. Maisie negó con la cabeza.
—No está en ninguna parte.
—¿Le apetece una taza de té? —preguntó Pitt.
Maisie asintió, mirándolo todavía a los ojos.
—Dora, ¿tendría la bondad de servirnos dos tazas, por favor? —solicitó Pitt—. Yo lo tomo con leche y sin azúcar. Seguro que usted sabe cómo lo prefiere Maisie. Luego quizá pueda ir en busca del mayordomo o el ama de llaves y pedirle que venga aquí.
Dora lo fulminó con la mirada, pero hizo lo que le ordenaban. La habían criado para que tuviera mucho cuidado en no meterse en líos con los policías, fueran de la clase que fueran.
Al cabo de una hora Pitt había averiguado cuanto podía referirle el servicio. Él y Stoker efectuaron un concienzudo registro del patio, con esbozos y diagramas, y después fueron juntos al salón para hablar con Dudley Kynaston. De ser necesario, también hablarían con su esposa.
La estancia era espaciosa, tal como Pitt había esperado. Sorprendentemente, también era acogedora, como si la hubiesen decorado para estar a gusto en ella, no para recibir o impresionar a las visitas. Las alfombras eran tupidas y de tonos suaves, el cuero de los sillones presentaba las arrugas propias del uso y había cojines para arrellanarse. Kynaston estaba de pie en medio del salón, pero había un montón de papeles sobre el sofá en el que al parecer había estado sentado. Seguro que había oído sus pasos en el parquet del vestíbulo y se había levantado para recibirlos. Pitt se preguntó si lo habría hecho por sus buenos modales o por el deseo instintivo de no estar en desventaja.
Kynaston era un hombre alto, casi de la estatura de Pitt. Su rostro resultaba atractivo, de facciones regulares, y su abundante cabellera rubia estaba encanecida en las sienes. Parecía preocupado, pero no más inquieto de lo que lo estaría cualquier hombre respetable ante la idea de un posible acto violento.
Pitt se presentó e hizo lo propio con Stoker.
—Mucho gusto —respondió Kynaston con cortesía, limitándose a dirigir un gesto de asentimiento a Stoker—. Agradezco la preocupación de la Special Branch, pero si este asunto guarda relación con mi desafortunada doncella, es probable que solo se trate de una discusión más brusca de lo normal. Tal vez un muchacho bebiera más de la cuenta y se negara a aceptar un «no» por respuesta. Es desagradable, pero esas cosas ocurren.
Le estaba diciendo educadamente a Pitt que todo aquello constituía una pérdida de tiempo, y no presentaba el aspecto de un hombre que pusiera excusas.
—¿Es normal que la señorita Ryder se haya levantado a esas horas de la madrugada? —preguntó Pitt.
Kynaston negó con la cabeza.
—No, es de lo más inusual. No me lo explico. Por lo general es una muchacha muy responsable.
A sus espaldas, Pitt percibió más que oyó a Stoker cambiar su peso de un pie al otro.
—¿Está seguro de que no se encuentra en la casa? —inquirió Pitt a continuación.
—No puede estar en sitio alguno —respondió Kynaston, que de pronto parecía confuso—. Es la primera vez que hace algo así. Ahora bien, según lo que me ha contado el mayordomo, lo que han encontrado en la escalera del patio apunta a una pelea. Resulta muy desagradable y tendremos que desprendernos de ella, aunque espero que no esté herida de gravedad. Aparte de permitirle que registre la casa e interrogue a quien quiera, no se me ocurre de qué otra manera puedo serle de ayuda.
—Gracias, señor —respondió Pitt—. ¿Sería posible hablar con la señora Kynaston? Estoy convencido de que sabrá más acerca de la servidumbre. Como bien dice usted, lo más probable es que solo se trate de una pelea que acabó de manera violenta, y en cuanto hayamos localizado a Kitty Ryder y constatemos que está sana y salva, podremos dar el asunto por zanjado.
Kynaston titubeó.
Pitt se preguntó si estaba protegiendo a su esposa o si temía que sin querer fuera indiscreta. Seguramente no tendría relación con el pelo y la sangre de la escalera sino con otra cuestión por completo distinta, pero aun así debía de tratarse de algo que el señor Kynaston preferiría mantener en secreto. En numerosas ocasiones Pitt había investigado una cosa para acabar descubriendo secretos de una naturaleza absolutamente distinta. La privacidad, una vez que te inmiscuías, nunca volvía a ser la misma. Por un instante sintió compasión por Kynaston y lamentó no poder permitírselo.
—¿Señor Kynaston? —instó.
—Sí... sí, claro —dijo Kynaston con un suspiro. Tendió el brazo y tiró del cordón de la campanilla que colgaba junto a la chimenea. Enseguida acudió el mayordomo, un hombre serio, con cierta expresión de inquietud en el rostro por lo demás apacible—. Norton, ¿me haría el favor de pedir a la señora Kynaston que venga al salón?
Quedó claro que no tenía intención de permitir que Pitt hablara a solas con ella.
Norton se retiró de nuevo y aguardaron en silencio hasta que la puerta volvió a abrirse para dar paso a una mujer de aspecto a primera vista anodino. Tenía el cabello abundante, pero de un color castaño muy corriente. Sus rasgos eran regulares, los ojos, ni grises ni azules. Cuando más tarde Pitt pensó en ello, no recordó cómo iba vestida.
—Perdona que te moleste, querida —dijo Kynaston—, pero al parecer la policía local ha llamado a la Special Branch a propósito de la sangre y el pelo que han encontrado en la escalera del patio. Al menos hasta que sepamos que Kitty no está malherida, debemos permitir que investiguen el caso.
—¡Santo cielo! —exclamó la señora Kynaston, sorprendida. Miró a Pitt con repentino interés—. ¿Tan poco amenazada está la seguridad nacional que dispone de tiempo para investigar la mala conducta de una criada?
Su voz constituía el único rasgo destacable de ella. Era profunda y suave. Pitt no pudo dejar de pensar que en caso de que cantara debía de hacerlo de maravilla, con la clase de timbre que torna guturales y plenas de emoción todas las notas.
Kynaston se quedó sin saber qué decir.
—Todavía no podemos afirmar que el pelo sea de la señorita Ryder, señora —respondió Pitt en su lugar—. Como tampoco la sangre.
La señora Kynaston se mostró un tanto perpleja.
—Tenía entendido que el pelo que han encontrado es de color caoba, igual que el de Kitty. Aunque me figuro que mucha gente lo tiene del mismo color. ¿Es posible que esto no guarde relación con la casa? Lo encontraron en la escalera del patio, ¿verdad? Cualquiera pudo haber estado allí.
Kynaston frunció el entrecejo por un instante. En cuanto fue consciente de que Pitt lo miraba, suavizó de nuevo su expresión.
—Por supuesto —convino—. Aunque no suelen importunarnos desconocidos. Tenemos pocos vecinos.
Fue un comentario superfluo; su obviedad saltaba a la vista. Vivían rodeados de campo abierto, alguna arboleda y las extensas graveras que eran tan comunes entre el pueblo de Blackheath y Greenwich Park.
—La verdad, Dudley —dijo con tono paciente Rosalind Kynaston—, ¡las personas siempre encuentran un sitio! Y en esta época del año, el refugio del patio seguro que resulta mucho más agradable que estar expuestos al viento.
Pitt se permitió sonreír.
—Sin duda —concedió—; pero ¿es posible que, en este caso, una de esas personas fuese Kitty Ryder?
—Supongo que sí. —La señora Kynaston encogió ligeramente los hombros, esbozando apenas el gesto—. Hay un joven que sale a pasear con ella de vez en cuando. Un carpintero o algo por el estilo.
Kynaston dio un respingo.
—¿En serio? ¡Nunca me lo comentaste!
Su esposa lo miró con impaciencia apenas disimulada.
—Por supuesto. ¿Por qué iba a hacerlo? Esperaba que fuese algo pasajero. Ese muchacho no es precisamente el más adecuado para una chica como Kitty.
Kynaston tomó aire como si se dispusiera a decir algo, pero volvió a soltarlo y aguardó a que hablara Pitt.
—¿No le preocupa ese joven, señora? —preguntó Pitt—. Si Kitty puso fin a la relación, ¿cree que pudo tomárselo mal?
La señora Kynaston reflexionó un momento antes de responder.
—En realidad, no lo había pensado. Siempre he creído que sentía afecto por ella pero que no tenía posibilidades. Además, para ser franca, pensaba que Kitty tenía la sensatez suficiente para no decírselo en la escalera del patio en plena noche de invierno.
—¡Tendría que haber estado a salvo frente a la puerta de la cocina! —protestó Kynaston. Su expresión se ensombreció—. ¿En qué medida era poco idóneo ese muchacho?
—No era poco idóneo, Dudley, solo que Kitty podría haber aspirado a algo mejor —explicó la señora Kynaston—. Es una chica muy guapa. Si hubiese querido, podría haber sido camarera en la ciudad.
—¿No lo deseaba? —Pitt sintió curiosidad. ¿Qué retendría a una chica atractiva en Shooters Hill para preferirlo a trabajar en una de las plazas más elegantes de Londres?—. ¿Tiene familia en la vecindad? —preguntó.
—No —contestó Rosalind—. Es oriunda de Gloucestershire. No sé por qué no probó suerte en la ciudad. Me consta que no le faltaron ofertas.
Quizá fuese irrelevante, pero Pitt se dijo que, si Kitty no aparecía sana y salva pronto, debía investigar el motivo de su lealtad.
—Supongo que tus consejos no fueron escuchados —observó Kynaston, mirando a su esposa—. La consideraba más sensata. —Se volvió hacia Pitt—. Según parece le hemos hecho perder el tiempo. Mis disculpas. Si hay algo de lo que ocuparse, y probablemente no lo haya, será competencia de la policía. En el caso de que Kitty no aparezca o tengamos motivos para suponer que le han hecho daño, lo denunciaremos. —Sonrió e inclinó un poco la cabeza, como dando por concluida la reunión.
Pitt vaciló, poco dispuesto a permitir que se zanjara el asunto tan fácilmente. Alguien había resultado herido en la escalera del patio, posiblemente de gravedad. De haber sido la hija de la casa en vez de una sirvienta, nadie se lo tomaría tan a la ligera.
—¿Puede describirme a la señorita Ryder, señor? —preguntó, sin moverse.
Kynaston pestañeó.
—¿Qué estatura tiene? —continuó Pitt—. ¿Constitución? ¿Tono de piel?
Fue Rosalind Kynaston quien contestó.
—Más alta que yo, al menos cinco centímetros, y muy bien formada. —Sonrió para sí con mordaz picardía—. Tiene unos rasgos espléndidos; de hecho, si perteneciera a la buena sociedad diríamos que es una beldad. Tiene la tez clara y una abundante cabellera ondulada de color caoba.
—Me parece que estás siendo excesivamente generosa, querida —intervino Kynaston con un tono de leve amenaza—. Es una doncella a quien le hacía la corte un joven de muy dudosos antecedentes. —Se volvió hacia Pitt—. Y, tal como, sin duda, sabe de sobras, las doncellas tienen dos tardes libres los fines de semana, pero que se quedara por ahí de esta manera resulta inaceptable, y mucho más que lo haya hecho a escondidas. Si sigue preocupado, quizá deba plantearse la posibilidad de que se haya fugado con él.
Rosalind se ahorró tener que contestar gracias a que en ese momento entró otra mujer en el salón. Era apenas unos centímetros más baja que Kynaston y tenía el cabello rubio platino. Pero lo que más llamaba la atención era su rostro, no por su belleza, cuestionable, sino por la capacidad de emoción que reflejaba, más deslumbrante que la mera regularidad de las facciones. Sus ojos eran de un azul abrasador.
—¿Ya habéis encontrado a la criada? —preguntó, mirando de hito en hito a Kynaston.
—Doncella —la corrigió Rosalind—. No, todavía no.
—Buenos días, Ailsa —la saludó Kynaston con bastante más amabilidad de la que Pitt pensó que debía mostrar habida cuenta de las circunstancias—. Lamentablemente, no. Te presento al comandante Pitt de la Special Branch.
Ailsa enarcó sus delicadas cejas.
—¿La Special Branch? —dijo, incrédula—. Dudley, no habrás llamado a la Special Branch, ¿verdad? ¡Por Dios, querido, tienen cosas mejores que hacer! —Se volvió para mirar a Pitt con renovada curiosidad—. ¿No es cierto? —inquirió en tono desafiante.
—Mi cuñada, la señora de Bennett Kynaston —explicó Kynaston.
Pitt percibió la sombra de pesar que cruzó su semblante. Recordó que Bennett Kynaston había fallecido unos nueve años atrás. Resultaba interesante que su viuda hubiese mantenido un contacto tan estrecho con la familia, y resultaba evidente que no se había vuelto a casar, aunque era lo bastante atractiva para haber tenido oportunidades de sobra.
—Encantado de conocerla, señora Kynaston —la saludó Pitt. Lo estaba mirando con los ojos muy abiertos, de modo que contestó a su pregunta—. Ha desaparecido una mujer y hay restos de sangre, pelo y cristales rotos en la escalera del patio. Suficiente para indicar la posibilidad de, como mínimo, una riña muy acalorada. La policía local nos ha llamado porque son conscientes de la importancia del señor Kynaston tanto para la Armada como para el Gobierno, así como de la gravedad de cualquier amenaza contra su persona. Si resulta no ser más que una desagradable disputa entre amantes, lo dejaremos en sus manos para que tomen las medidas que juzguen oportunas. Por el momento la señorita Ryder parece haber desaparecido.
Ailsa negó con la cabeza.
—Tienes que reemplazarla, Rosalind. Tanto si regresa como si no, está claro que no cabe esperar demasiado de ella.
Una mirada de enojo asomó al semblante de Rosalind, pero fue tan breve que Pitt no tuvo la certeza absoluta de haberla visto. ¿Se la había imaginado porque sabía que su propia esposa, Charlotte, se habría ofendido ante tan prepotente instrucción por parte de un tercero, aunque se tratara de su hermana Emily, por más unidas que estuvieran?
Antes de que Rosalind pudiera formular una respuesta, Pitt intervino, dirigiéndose a Kynaston.
—Debemos mantener el caso abierto hasta que encontremos a Kitty Ryder o ustedes tengan noticias de ella, sean buenas o malas —dijo—. Entretanto, parece ser que no se ha llevado ninguna de sus pertenencias. El ama de llaves me ha dicho que incluso sus camisones y su cepillo todavía están en su habitación. En vista de esto, hay que suponer que no tenía planes de marcharse. Si descubre que falta algún objeto de valor en la casa, le ruego que informe a la policía local. Si me lo permite le sugeriría que fuese más diligente de lo habitual al asegurarse de que las puertas se cierran por la noche. Quizá quiera informar a su mayordomo sobre la posibilidad de un robo...
—Seguro que se trata de eso —lo interrumpió Kynaston—. Qué desagradable. Vino con buenas referencias. Pero su consejo es acertado y, sin duda, lo seguiré. Le quedo agradecido.
—No me creo que Kitty se implicara en un robo —dijo Rosalind con cierto acaloramiento y un ligero rubor en sus pálidas mejillas.
—Es lógico que seas reacia a creerlo —dijo Ailsa amablemente, dando un paso hacia su concuñada—. Era tu doncella personal y confiabas en ella. ¡Todas lo hacemos! Por lo general con razón, pero cualquiera puede equivocarse de vez en cuando. Tengo entendido que se enamoró de un canalla y sabemos de sobra que saben cómo engatusar a una joven. Ocurre en las mejores familias, mucho más si se trata de una chica que vive lejos de su casa, trabajando de criada.
La verdad de tal argumento era indiscutible, pero Pitt reparó en la incredulidad y frustración reflejadas en