Querido lector:
En realidad, yo no quería escribir este libro.
¿Te suena? Debería. Eso fue lo que dije cuando escribí Querido Martin. Y es tan cierto ahora como lo fue entonces, aunque mis razones sean distintas: cuando cerré la contratapa de esa historia, me dije que había terminado con Justyce McAllister y el mundo que habitaba. Justyce había alcanzado cierta paz y comprendía de forma más profunda su papel como capitán de su propio barco. Como mamá libresca, sentía que podía dejarlo libre para decidir hacia dónde ir y cómo llegar ahí.
Pero entonces llegó el día en que recibí una serie de mensajes de parte de un par de chicos que había conocido gracias a Querido Martin… y a quienes llegué a respetar y admirar. La cosa fue así (literalmente):
D: Qué onda chicos.
Z: Oaaaaaaa
Yo: FAVORITOS!
D: He estado pensando… tal vez, solo tal vez… Deberías hacer un libro sobre nosotros.
Z: Sííí
D: Chicos negros, que… no sean como Justyce. Porque Justyce tenía esperanzas. Fue a una buena uni.
Yo: Cuéntame más.
D: Nosotros no tenemos buenas universidades. No tenemos una familia perfecta como todo el mundo.
Z: Es la pura verdad.
D: Sinceramente, no sé si vamos a pasar de los 18.
Z: Las cosas que D y yo vivimos todos los días.
D: Tal vez no quepa todo en un libro… pero uffff.
Z: Y tenemos familia y amigos en el bote y todo.
D: Sé que la gente te va a escuchar. Tú eres nuestra voz.
Desde esa conversación, he tenido el privilegio de conocer a muchos chicos y chicas que no se parecen nada a Justyce. Que no son buenos en la escuela ni tienen un futuro brillante por delante. No les va bien en sus SAT ni ganan campeonatos estatales de debate. No los he conocido en preparatorias ni en universidades de la Ivy League, sino en escuelas “alternativas” y en centros de detención juvenil.
Eso me hizo percatarme de que, si bien la historia de Justyce llegó a una conclusión satisfactoria (para mí, al menos), había alguien más —otro personaje— cuya historia no había terminado: Vernell LaQuan Banks Jr.
Si no lo recuerdas de Querido Martin (o no has leído ese libro), no te preocupes: lo recordarás.
Tiene una historia que contarte.
Aunque la condición sea crítica,
y la vida sea miserable,
tu postura es crucial,
no te estoy mintiendo.
—TALIB KWELI
PRIMERA
PARTE

El final
Imagen:

Dos niños en
una zona de
juegos nueva
(2010)
No le tomó mucho tiempo a Quan decidir que esta vez se iba. Se siente un poco mal, sí: saber que Dasia y Gabe siguen en la casa hace que le duela la panza como siempre le pasa cuando se enfrenta con problemas de adultos que no puede resolver. Pero Quan apenas tiene nueve años. Irse de la casa solo ya es muy difícil. Tratar de llevarse a una hermana de cuatro y a un hermano de dos no iba a funcionar.
Le alegra que la primavera haya llegado antes. No le dio tiempo de agarrar una chaqueta al salir. Está bastante seguro de que había demasiada conmoción para que alguien se diera cuenta, pero da un par de vueltas innecesarias de camino a su destino por si Olaf —así le dice Quan al “novio engominado” de su mamá (y así le dice su papá)— notó su fuga.
¿De qué está seguro Quan? De que no podía quedarse ahí. No con ese tipo gritando y aventando cosas. Quan sabía lo que seguía y no podía verlo otra vez. Ya le costaba trabajo ver las secuelas florecer en esas raras manchas azuladas que hacían que los brazos y piernas de mamá se vieran como si alguien le hubiera lanzado globos llenos de pintura. Realmente no podía hacer nada al respecto. Aunque Olaf (Dwight es su nombre real) no sea tan, tan grande, sí es mucho más fuerte que Quan. La única vez que intentó intervenir, acabó con su propia mancha de colores. En la espalda baja, donde se pegó con la mesa del comedor cuando el tipo literalmente lo aventó hasta el otro lado de la casa.
Esconderle ese moretón a papá fue casi imposible. Y Quan tenía que esconderlo, porque sabía que si papá se enteraba de lo que pasaba en realidad cada vez que Olaf/Dwight iba de visita… bueno, la cosa se pondría muy fea.
Así que se aseguró de que Dasia y Gabe estuvieran seguros en el clóset. Eso era todo lo que podía hacer.
Al ver el parque de Wynwood Heights aparecer a su izquierda, Quan se alza un extremo de la camiseta para limpiarse la cara. Es la cuarta vez que lo hace, así que ahora la camiseta está mojada. Se pregunta si le quedará algún tramo seco para cuando consiga contener las lágrimas. Lo bueno es que no hay nadie por ahí que pueda verlo. Si lo hubiera, nunca más dejarían de recordarle que lo vieron llorar.
Salta en puntas de pies al pisar el suelo mullido de la nueva zona de juegos. Un letrero dice que son llantas viejas molidas, que los juegos están hechos de “botellas de agua y otros plásticos reciclados”, y que todo el lugar es “verde”, pero como señaló Dasia la última vez que mamá los llevó ahí, el que construyó eso no se sabía los colores, porque todo es rojo, amarillo y azul.
Pensar en su desenfadada hermanita le agolpa nuevas lágrimas en los ojos.
Quan va directo hacia el cohete espacial. Está en un rincón, separado de todo lo demás, con la punta hacia el cielo, como si fuera a despegar en cualquier instante. Dentro de su base cilíndrica hay botones que apretar y perillas que girar y una escalera que lleva a una “plataforma de observación” con una ventanita. Ese es su lugar favorito en el mundo, pero nunca se lo diría a nadie.
Al entrar, se siente tan aliviado que se desploma contra la pared redondeada y deja su cuerpo deslizarse hasta el suelo como helado de chocolate por un cono en un cálido día de verano. Echa la cabeza para atrás, cierra los ojos y deja correr las lágrimas.
Pero entonces algo suena encima de él. Un tosido.
La luz de la luna a través de la ventana del observatorio hace que la cara del niño que lo está mirando se vea medio fantasmal. De hecho, cuanto más tiempo se le queda mirando sin decir palabra, más se pregunta Quan si de verdad será un fantasma.
—Eh… ¿hola?
El niño no le contesta.
Ahora Quan empieza a asustarse, y eso lo enoja. Se supone que ese es el único lugar en el mundo en el que se puede relajar. Donde no tiene que cuidarse de nadie ni ser demasiado precavido. Donde puede cerrar los ojos y contar del diez al cero e imaginar que despega hacia el espacio, muy, muy lejos de todos y de todo.
—Ey, ¿qué me ves? —escupe Quan, cada palabra afilada y sumergida en el veneno de su ira.
—Ah, eh…
El otro niño deja caer la mirada hacia sus manos. Juguetea con la piel en sus pulgares. Algo que Quan hace a veces cuando le gritan.
—Hmmm —murmura Quan.
El niño habla al fin:
—Perdón. Es que… no esperaba que alguien más viniera aquí.
—Ah.
Los niños se quedan callados un momento y luego:
—Me llamo Justyce, por cierto.
Justyce. A Quan le suena el nombre…
—¿Eres el cerebrito del anuncio matutino en la escuela? ¿El que ganó un concurso o algo así?
Una vez más, Justyce no contesta.
—¿Me escuchaste? —dice Quan.
—¿Te vas a burlar de mí?
—¿Qué?
Entonces Justyce se asoma por la ventana. Quan se pregunta qué estará viendo.
—Ojalá no hubieran hecho ese anuncio. Ganar un concurso académico no es cool. Todo el mundo se burla de mí.
Quan se encoge de hombros.
—Tal vez tengan celos porque nunca han ganado nada.
El silencio los envuelve de nuevo, pero ya no es tan incómodo. De hecho, cuanto más tiempo pasa Quan con Justyce allá arriba, mejor se siente. Es bueno no estar completamente solo. Lo que le hace preguntarse…
—Estás en quinto, ¿no? ¿No te van a regañar por estar en la calle tan tarde?
—Claro que sí —dice Justyce.
Quan se ríe.
—Me escapé —prosigue Justyce—, pero no es la primera vez y seguro que no va a ser la última. Creo que mi mamá sabe que siempre voy a regresar.
—Ojalá yo no tuviera que regresar… —se le sale a Quan, y al principio se arrepiente. Pero entonces se da cuenta de que siente el pecho un poquito más suelto. Una vez, en casa de papá, vio una peli sobre un barco enorme que chocó con un iceberg y se hundió, y había una escena en la que a la protagonista la envolvían con algo por la panza y luego la amarraban por detrás como un zapato. Después le dijeron que se llamaba “corsé”, y eso es lo que le viene a la mente al pensar en su vida.
—El novio de mi mamá es un imbécil —continúa. El corsé se suelta un poco más—. Es el papá de mis hermanos menores, así que medio entiendo por qué mi mamá lo aguanta… —Un poco más—. Pero lo odio. Cada vez que viene, trae rabia y se desquita con mi mamá.
—Me suena familiar —dice Justyce.
—Yo me quiero quedar por mis hermanos, pero… espera.
Quan voltea a ver a Justyce, que tiene la barbilla recargada en una mano.
Todo ojos (y oídos) en él.
—¿Qué dijiste? —pregunta Quan.
—¿Eh?
—Ahorita mismo.
—Ah. Dije que me suena familiar.
—¿De qué hablas?
Justyce suspira.
—Mi papá estaba en el ejército y se fue a Afganistán. Desde que regresó ha estado… distinto. Bebe mucho y a veces tiene “episodios”. Así les dice mi mamá. De la nada empieza a gritar y a aventar cosas. —Ahora Justyce ya no mira a Quan—. A veces le pega.
Justyce se seca los ojos. Quan se levanta.
—¿Alguna vez has venido acá de día?
—Ocasionalmente —solloza Justyce—. Perdón por llorar.
—No pasa nada, viejo. Ya entiendo por qué te ganaste esa cosa académica.
—¿Eh?
—¿Quién dice “ocasionalmente” en quinto? —Quan niega con la cabeza—. Voy a mi casa a ver cómo están mis hermanos. Tú deberías ir a ver a tu mamá.
Los niños cruzan miradas y se entienden.
—Nos vemos.
Quan se agacha para salir por el arco de la entrada del cohete. Casi llega al borde del piso de caucho de los juegos cuando…
—¡Oye! ¡Espera!
Quan se gira y descubre que Justyce va hacia él.
—No me dijiste cómo te llamas —dice Justyce, jadeando. Quan sonríe.
—Vernell LaQuan Banks Jr. —responde, alzando una mano—. Llámame Quan.
—Encantado de conocerte, Quan —dice Justyce chocando la mano contra la de Quan y enganchando los dedos—. Incluso… eh… a pesar de las circunstancias.
Quan se ríe.
—Tienes diez años, viejo. Relájate.
—Perdón.
—Para nada. —Quan mete los puños en los bolsillos. Ha bajado la temperatura—. Un gusto conocerte también, Justyce.
Quan da media vuelta sobre el talón de sus Jordans gastados y regresa a casa.
1

Perdido
Vernell LaQuan Banks Jr. recuerda la noche en que todo cambió. Se había quedado dormido en el sofá de cuero de la sala de papá mientras veía Lemony Snicket: Una serie de eventos desafortunados (la película), y estaba soñando con el conde Olaf —que se había bronceado, al parecer, y se veía sospechosamente parecido al “novio” de su mamá, Dwight—, que caía en un pozo de víboras amarillas gigantes como el del reptilario de Montgomery Montgomery. Prometía vengarse a gritos mientras se hundía en esas arenas movedizas llenas de escamas y siseos.
Quan está bastante seguro de que sonreía al dormir.
Pero entonces hubo un PUM que lo espantó tanto que se despertó de un brinco y se cayó al piso.
Lo que acabó siendo bueno.
De repente, más policías de los que podía contar estaban inundando la casa, armas en mano.
Él se quedó tirado. Escondido.
No se habría podido levantar de intentarlo, así de espantado estaba.
Escuchó una conmoción encima de su cabeza, en el cuarto de papá.
Muchos golpes. Azotes. Un grito (¿de papá?). Gritos ahogados.
¡Al piso! Arriba las manos…
¡Ay, viejo! No tan apretado, ¿me quieres romper el brazo?
Zas. ¡PAF!
Las paredes temblaban.
¿Se iba a caer el techo?
Entonces el tumulto pasó a la izquierda. Oyó la puerta de papá azotarse contra el muro y luego algo que sonaba como ocho toneladas de ladrillos gigantes rodando por las escaleras.
¡Más lento, viejo! Maldición…
¡Cierra el hocico!
Quan cerró los ojos.
¡Tranquilo, viejo! No me estoy resis…
Quan sintió un dolor agudo en el hombro cuando le torcieron el brazo en una dirección en la que estaba seguro que no debía ir. Un brazo grueso le rodeó el torso tan fuerte que le sacó el aire… o quizá fue porque su cuerpo se separó del piso a gran velocidad.
Ni siquiera podía gritar. Al recordarlo, eso era lo más aterrador de todo. Que ya no tenía voz. Que no podía gritar. Que había perdido el control de su cuerpo y de su entorno y ni siquiera podía hacer ruido para que el mundo supiera que la estaba pasando mal.
Así se siente ahora, al despertar sobresaltado en su celda en el Centro Regional de Detención Juvenil Fulton, sin poder respirar.
Quan trata de inhalar. Y no puede. Es como si ese policía todavía lo tuviera agarrado y lo apretara demasiado fuerte. Sin espacio para expandir los pulmones.
No puede.
Respirar.
La oscuridad es tan densa que siente que se ahoga en ella. Quizá sea verdad. Quizá Quan no pueda respirar porque las tinieblas se solidificaron. Se volvieron viscosas, densas, pegajosas y pesadas. Eso también explicaría por qué no puede alzar los brazos ni bajar las piernas de su dizque “cama” de cartón con algodón, que hace que le duelan el cuello y la espalda todas las noches.
Lo que daría por estar de vuelta en su nubecita personal queen size de memory foam, con cobijas de franela suavecitas, en su cuarto en casa de papá. Si se va a morir en una cama —porque está seguro de que se está muriendo—, ojalá fuera en esa cama en vez de esta.
Cierra los ojos y más pedazos de aquella noche lo asaltan:
papá gritando
¡No lastimen a mi hijo!
antes de que lo sacaran a empujones.
El ruido del vidrio al romperse cuando el vaso medio lleno de ginger ale que Quan había dejado en la barra cayó al piso. Lo golpeó con el pie mientras el oficial que le aplastaba las costillas con su estúpido brazo musculoso lo cargaba por la cocina como si fuera un muñeco de trapo.
El repentino aire helado cuando lo sacaron a la calle en su piyama de Iron Man, sin abrigo ni zapatos… y luego el extraño calor que le corrió por las piernas Al. Ver. Cuántas.
Patrullas.
Había.
Afuera.
Perros ladrando, luchando contra sus correas. Un helicóptero dando vueltas arriba, su luz constante sobre el grupo de hombres que arrastraban a papá hacia el grupo de vehículos estacionados en desorden y bloqueando la calle.
Quan había contado seis cuando sus ojos llegaron a la camioneta en la que cinco oficiales estaban embutiendo a su papá.
Embutiendo, porque papá no dejaba de intentar asomarse por encima del hombro para ver qué le pasaba a Quan. Gritaba:
¡Todo va a estar bien, Junior!
¡Métete a la camioneta!
¡Todo va a es…
Uno de los oficiales le soltó un codazo en la nuca a papá. Quan vio cómo su cuerpo se desvanecía.
Entonces fue cua