«Leo y Ernest»: la vida secreta de Hemingway en Cuba por Wendy Guerra
En los años cuarenta, Ernest Hemingway estableció su segundo hogar en La Vigía, una finca en las afueras de La Habana en la que vivió durante dos décadas, entre idas y vueltas, con su segunda y tercera mujer, y donde escribió dos de sus novelas más célebres, «Por quién doblan las campanas» (Lumen) y «El viejo y el mar» (DeBolsillo). Más de una noche, y con el consentimiento de su esposa, el escritor recibió allí la visita de una mujer cubana de la que solo recientemente se conoció la identidad: Leopoldina Rodríguez, mestiza, criada en un hogar de la burguesía habanera donde trabajaba su madre, ex amante del líder falangista José Antonio Primo de Rivera y prostituta en el bar El Floridita, donde se conocieron. Aquella relación fue un secreto a voces durante diez años: Hemingway pagaba su vivienda, le daba a leer sus manuscritos y se hizo cargo de su tratamiento cuando Leopoldina enfermó de cáncer primero y finalmente de su funeral. Con esa historia se encontró la escritora y poeta cubana Wendy Guerra —autora de las novelas «Posar desnuda en La Habana», «Nunca fui Primera Dama» y «El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara)»— y la recrea en este cuento inédito que publicamos a continuación.
Por Wendy Guerra

Crédito: Getty Images.
Leopoldina ha encontrado un lugar maravilloso para anclar El Pilar, el embarcadero de Cojímar. Es allí, junto a los pescadores, donde pasan las noches, en el restaurante La Terraza, charlando frente al voluble y poderoso mar, mientras Samuel, un pescador disfrazado de Chef, fríe los plátanos verdes y prepara los «animales», como diría Ernest, que atrapan juntos durante el día, explorando los territorios de agua clara por los que viajan, intentando conocer al detalle la costa norte de Cuba. Abrazados, insolados y sedientos, sin hacerse demasiadas preguntas, interrogan las cartas españolas. Leopoldina no puede ocultar que le gusta el americano, lo toca, lo acaricia, lo pellizca y saborea mientras lee su suerte que al mismo tiempo, es la suya.
—¿Otra vez cuentos cortos? Pero Ernesto, así no vamos a avanzar. Tienes que escribir algo que se relacione con todo esto. La mar… la mar es tu pasión… ¿por qué cambiar el tema? Yo no te entiendo, la verdad.
Hemingway no podía creer lo que escuchaba. La frescura con la que Leo metía las manos en el cartucho de su vida era impactante, pero lo mejor era que lograba hacerlo sin lastimarlo, sin crearle ruidos en su cabeza llena de temores. Necesitaba robársela, llevarla consigo antes de que uno de esos mafiosos se la arrebatara. «Eso debo hacer», pensó, «regalarnos un viaje por Europa, presentarla a mis amigos, mostrarle el mundo, y a la vez, volver a mí». Ernest quería sentirse amado en lugares que nunca había recorrido con nadie, mucho menos con alguien tan original y memorable. Solo pensaba en lo que dirían sus amigos, incluso su editor, quien coincidía con ella en tantas cosas…
—Mi editor piensa…
—¡Date prisa! este año morirá, y será así, en un pestañear, no dará tiempo a nada. Soltó la cubana estrujando el seño y revisando cuidadosamente sus cartas.
—¿Quién?
—Tu editor, despídete, resuelve los pendientes que tienes con él. Debes buscarte otro y ese otro si no te aguantará tus perretas, eh.
Hemingway balbucea otras preguntas, intenta averiguar un poco más, pero no sabe, siquiera, si tomar en serio lo que Leopoldina le comenta.
—¿Max, Max Perkins? Pregunta Ernest. Así es, querido. Confirma la cubana agitando la carta de La Torre entre sus manos.
Pasaron semanas conociendo la isla desde el mar, y en su bojeo exploratorio el sexo y las confesiones los acompañaron noche y día, pero Leopoldina quería mucho más para Ernest, al rompecabezas le faltaba una pieza. Necesitaba dejar a un lado El Pilar, y aventurarse a salir de pesca en las pequeñas embarcaciones, debiluchas e inestables, desvencijadas y sucias en las que los cubanos acostumbran a pescar, a pulmón y a mar abierto.
Leopoldina recordó al pescador que les llevaba camarones, parguitos escamados, filetes de Emperador, enormes cabezas de cherna y hasta Langostas Pintas a la casa de la familia Pedroso donde ella pasara su primera infancia. Anselmo Hernández se había hecho muy amigo de su madre, e incluso, en una de sus escapadas de domingo, la escuchó declinar la propuesta de matrimonio del cojimero. ¿Dónde estará Anselmo? Pensó.
Ernest y Leopoldina se presentaron en la vieja choza de madera levantada en pilotes en la que solía perderse los veranos para robarle ostiones a la costa. Leo posó su mirada sobre el ventanal abierto de par en par, los mismos muebles, las mismas flores de papel detenidas en el tiempo desafiaban al mar de invierno que parecía robarse la casa con el oleaje. Un temblor se apoderó de Leo, quien, apretando la mano de Ernest, susurró:
—Vámonos, algo me dice que Anselmo no está aquí. Se lo llevaron y… murió en un hospital. Murió solo, pobre hombre. Adivinó Leopoldina emocionada.
En efecto, solo de pisar el amplio portalón apareció Anselmito, el flaco y desvencijado muchachón que solía jugar de niño con Leopoldina, el chico parecía un anciano, el mar lo había arrugado como una pasa, de él solo quedaban sus ojos grises, profundos y sublimes, pero comidos por la sal.
—Buenas tardes, dijo Leo desde el portal.
Pero Aselmito apenas alcanzaban a reconocer las dos figuras a contraluz.
—¡No hay pescado, hoy es lunes y descanso! Gritó el nuevo, «viejo Anselmo».
Leopoldina puso en el cuello de Ernest su medalla de oro con la imagen de la Virgen de La Caridad del Cobre, patrona de Cuba. Le pidió al pescador que lo llevara con él en su barquito, a pescar durante la semana, y a cambio, le comprarían todo el pescado del mes, le juró que Hemingway conocía las leyes del mar y le encargó que lo cuidara y protegiera como a su propia vida.
—Aquí duermes hoy —Dijo Leopoldina extendiendo una sábana percudida en la antigua cama de Anselmo.
–Ernest no lo podía creer. —¿A dónde vas? —La detuvo sosteniéndola por la cintura, mientras ella intentaba avanzar rumbo a la calle.
—Voy a ver a mi hijo, te dejo en manos de Anselmito.
—Pero… ¿y por qué debo quedarme aquí? ¿Y sin ti?
—Esto es cosa de hombres, para los pescadores las mujeres sobran en alta mar. No querrás que me tiren por la borda ¿no? Dijo Leopoldina fingiendo que le gustaba abandonarlo.
Ernest se quedó pasmado pero la dejó ir, la siguió con sus ojos por la pequeña playa sembrada de barquitos, algunos flotando en el veril, y otros, anclados en el fango. Con los tacones en la mano, la falda blandiendo en el soberano aire de Cojímar y su contoneo acostumbrado, se le fue Leopoldina como arena entre las manos, ella, que más que caminar, bailaba, que más que pisar, volaba, desapareció mirando para atrás de vez en cuando. «No la veré nunca más», pensó el escritor sin ánimo para decirle adiós.
—¡Lo que suceda ya está escrito! —Gritó Leo a Yemayá, lanzándole sus argollas de oro blanco como ofrenda para abrirle camino al escritor.
Al llegar a la Finca Vigía, solo y cansado de navegar, Hemingway mira cómo ha florecido todo y se percata del tiempo que ha pasado sin ir a su casa, ¡casi un mes! Su esposa está de cumpleaños y él ni siquiera la ha felicitado. En medio de la celebración, con el patio engalanado de luces, repleto de invitados, y un olor a carne de cerdo tostada levitando sobre el humo de los Habanos, Ernest reaparece en finca La Vigía. Campoamor le acompaña al estudio, es en ese momento que el cronista le pide que se vista elegante para la fiesta, pero Ernest lo mira con sorna y lanza una sola frase:
—¡Es adictiva!
Campoamor comprende que no hay nada que hacer. Hemingway ha sido hechizado por Leopoldina y, en lo adelante, sacarlo de ese mundo sería un verdadero castigo.
—¿No piensas salir a saludar? —Sugiere Campoamor con discreción.
—Claro, solo necesito hacer una llamada. —Contestó Ernest tomando el auricular, marcando frenéticamente los números, insultando a la operadora quien se disculpaba con humildad por no lograr el resultado que él esperaba. ¡Localizar a Leopoldina!
A las cuatro de la madrugada, después de interrogar a la madre de Leo en los enormes jardines de la Casa Pedroso, en El Vedado, y usando como pretexto el extravío de su cámara fotográfica en El Floridita, Campoamor logra, por fin, dar con el paradero de Leopoldina. Regresa a su flamante Cadillac descapotable y se dispone a localizarla en el Hotel Nacional. El aire del Malecón desordena aún más sus ideas: ¿cuáles serán las consecuencias de este desliz?, ¿debe o no debe informar de esto a Ernest?, es mejor no despertar la fiera que duerme dentro del escritor, piensa mientras parquea y se peina ante el espejo retrovisor en los jardines del Nacional.
¿Qué hacía Leo allí? Se preguntaba Campoamor apurando su paso por la piscina. ¿Acaso el amor de Ernest no le era suficiente como para quemar sus naves? Cuántas veces ella se había quejado del indelicado modo en el que los mafiosos trataban a las cubanas, cuando, borrachos, intentaban «ir al grano» desnudándolas delante de los guardaespaldas, violentándolas, abochornándolas de un modo tan bajo e hiriente que Leopoldina se negaba a tolerar. «¿Qué diablos haces ahí Leopoldina Rodríguez?» Se preguntaba Fernando Campoamor, mientras a distancia la veía conversar, comerse las uñas, fumar, e intercambiar risas y palabras en la en el bar de la piscina, vistiendo un soberbio traje de noche, color granate, que la hacía lucir como una diosa ante el peor de todos los italianos escondidos en Cuba, Jake, el terrible hermano de Meyer Lanski.
Fernando Campoamor era un caballero, un hombre culto y sin prejuicios, pero, en esta vida todo tiene un límite, y no estaba dispuesto a permitir que Leopoldina se burlara de su mejor amigo, así que decidió volver sobre sus pasos. Abandonó el hotel y a pesar del cansancio decidió conducir hasta La Vigía para contarle todo al escritor, necesitaba poner punto final a una pesadilla que, sin querer, él mismo había propiciado. Mientras Fernando salía del hotel, Ernest entraba. Había decidido buscar en las todas zonas que ella un día, le confesara, solía merodear.
Amanecía, un señor encorvado pero muy ágil subía a los faroles para apagar las luces que iluminan el malecón, La Habana se va apagando lentamente, el mar se va tragando los destellos como cuentas de vidrio, y a las seis de la mañana, un tiroteo entre cubanos e italianos despierta a los turistas que dormían plácidamente en las habitaciones del hotel. Ernest había intentado rescatar a Leopoldina de las manos de Jake, quien insistía en hacerla viajar a New York esa misma tarde, pues, la cubana, era el perfecto regalo de cumpleaños que el entonces director del hotel deseaba enviarle a su hermano Meyer Lanski. La joven solo había ido a despedirse, y, tomando su primer café con leche del día, declinó la propuesta con elegancia, le dijo que había encontrado una pareja, un hombre que amaba y que la amaba, pero mientras más explicaciones daba peor se ponían las cosas.
La seguridad del hotel reconoció y siguió a Ernest Hemingway, quien, como un loco gritaba el nombre de Leopoldina amplificado su vozarrón en la compleja acústica del edificio. El americano tocaba y abría puertas sin percatarse de la hora y el lugar donde se encontraba, y completamente fuera de sí, avanzaba armado de un revolver. Por fin llegó a la piscina, Leopoldina estaba de espaldas, su cuerpo bronceado, perfectamente esculpido, el pelo recogido dejaba ver su cuello de garza, y el escote del mismo vestido que noches atrás lució para él en El Floridita la hacían inconfundible. Hemingway avanzó con agilidad hacia el mafioso, quien a esas alturas había mandado a dormir a sus guardaespaldas. Ernest apuntó directamente a la nuca de Jake, y sin permitirle hacer ningún movimiento, le arrebató a Leopoldina. Los camareros, botones y hasta algunos clientes del hotel evitaron que corriera la sangre. A las siete en punto de la mañana con ayuda de la policía lograron sacar a la pareja del lugar sin darle tiempo a reaccionar a la «familia» de Jake.
Leopoldina y Ernest salieron a la calle, la Habana parecía una ciudad de juguete, el aire limpio de la bahía desató su pelo, la cubana miró a Hemingway y sonrió feliz y complacida, ella siempre había buscado un héroe, ese hombre que se la jugara todo por ella, en cambio él estaba rabioso y confundido. «¿Por qué Leopoldina Rodríguez?» Le preguntó a la entrada del Ambos Mundos, el lugar más seguro de la ciudad después de la finca.
Leopoldina no supo responder, vio su vida pasar a la velocidad de un tren por su cabeza.
Hicieron el amor durante buena parte del día, cenaron juntos, tumbados en silencio mirando el techo. El americano había lanzado una pregunta que la cubana había decidido no contestar, tal vez, porque simplemente ella no tenía una respuesta.
Dos días más tarde Ernest recibió una nota de amenaza: «Ernest Hemingway, vete de Cuba cuanto antes o desaparecerás de los titulares y aparecerás en los obituarios».
Fernando Campoamor se hizo eco del asunto y publicó una crónica que blindó al escritor.
Significa una vergüenza para los cubanos que el señor Ernest Hemingway, una verdadera gloria de la literatura universal, deba abandonar la isla a causa de ciertas leyes de gueto que insisten en imponernos algunos italianos asentados en Cuba, personas inescrupulosas que vienen aquí a intentar cambiar nuestras costumbres y apropiarse de nuestro patrimonio. ¿Qué harán las autoridades al respecto?
Las autoridades, la prensa, y la opinión pública reaccionó a favor de Hemingway, ahora faltaba averiguar qué haría Leopoldina. Detrás de su sensualidad, detrás de sus dedicación y buenas intensiones se escondía un demonio ilustrado, y nadie, ni el mismísimo Ernest, podía adivinar lo que les sucedería en lo adelante. Ante al paso irreflexivo y pasional de la cubana y las impulsivas reacciones del escritor, Fernando decidió escoltarlos por una Habana tan peligrosa como fascinante.
Leopoldina y Ernesto vivieron tiempos maravillosos, días y noches intensos, meses de solo separarse para que Hemingway escribiera. Si la pareja se hizo popular fue gracias a la memorable foto tomada por Campoamor, en el Salón Rojo de la Cervecería La Tropical durante un partido de béisbol entre los equipos Almendrares y La Habana, pero esa imagen era solo el inicio de esos viajes frecuentes por una ruta habanera nocturna que ellos tres, el escritor, su amante y el cronista, se habían construido.
Según cuenta Campoamor: «Luego de esta foto en La Tropical, nos fuimos al Floridita y al Donoban a ver a unos amigos. A veces, visitábamos la Avenida del Puerto, y los barrios más rudos que había cerca, ya que Hemingway buscaba a menudo la compañía de gente sencilla y noble. Siempre lo pasamos muy bien en estas salidas. Íbamos a ver peleas de gallos, al Casino de Montmartre, y al Sloppy Joe's, al Hotel Plaza, al Hotel Sevilla, al Casino Sans Souci, y otros lugares de la ciudad».
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