Dedico este libro a mis queridos sobrinos
Martín, Belén, Ana, Manuel
y Juan Bautista Güemes Gálvez.
PRÓLOGO
La vigilia bajo las estrellas
Salta, 16 y 17 de junio de 2006
El automóvil trepaba dando tumbos por la estrecha carretera bordeada de cebiles, churquis y chalchales. Entre las piedras se asomaban algunas flores desafiando los rigores del invierno. Era un día templado y con sol cuando el heterogéneo grupo formado por doña Marucha Pereyra, tataranieta del general Güemes; su hijo, Guillermo Solá; Susana, su mujer; Delfina, mi hermana, casada con otro Martín Güemes, chozno del General, y yo partimos hacia la Quebrada de la Horqueta, distante 36 kilómetros de la ciudad de Salta. Allí, un sencillo obelisco de piedra recuerda la figura de Martín Güemes, su larga agonía y su muerte.
En otros autos y camionetas viajaban representantes de sus Gauchos, entre los que había algunas mujeres; también autoridades de los Gauchos jujeños, con sus blancos uniformes de gala, además de historiadores, escritores, poetas, periodistas, y dos de los más de cincuenta choznos que ya suma el árbol genealógico del General.
Estaba por comenzar el partido de fútbol entre la Argentina y Alemania —sede del Mundial de fútbol de ese año—, y sólo un puñado de locos idealistas se aventuraba esa mañana de sol hacia la sierra, lejos de televisores y radios. Por distintas razones, era una mañana muy especial para el mundo, para la Argentina, para Salta y también para la pequeña caravana evocadora que iba a reunirse en el lugar donde, después de siete días de intensos sufrimientos, murió Martín Miguel de Güemes; se cumplían entonces 185 años.
Bajo el cielo azul se realizó la sencilla ceremonia de La Horqueta. Se izó la bandera y hubo música y palabras, semejante a tantas otras ceremonias, si no hubiera sido por la intensa carga emotiva que se respiraba en ese lugar recóndito, sombreado por los mismos cebiles cuyas ramas acogieron la larga agonía del General.
Volvimos allí a la tarde, mientras el sol se iba poniendo en un anochecer lluvioso y poco propicio para participar de la “guardia bajo las estrellas”. Así se denomina esta ceremonia que se viene realizando hace ya cincuenta años. La intención de sus organizadores es recordar con oraciones, cantos y discursos la vida y la muerte del general Güemes.
Antes, pasamos por el monumento que lo recuerda en la ciudad, en el que su figura otea el horizonte desde el caballo sobre el cual se yergue, y que tiene como marco el cerro San Bernardo. Su autor, el escultor porteño Víctor Garino, se inspiró en la descripción que de él hizo el escritor Leopoldo Lugones en su obra La guerra gaucha.
El lugar estaba irreconocible por la gran cantidad de gente, sobre todo de grupos juveniles que comenzaban a encender las fogatas, imprescindibles para pasar allí la noche. Era sólo el inicio de la gran fiesta popular que se realiza todos los años, desde 1946, y que es organizada por la Agrupación Tradicionalista Gauchos de Güemes. Las guitarras y el vino caliente con canela y especias invitaban a quedarse, pero nuestra meta era nuevamente aquel sitio recogido y silvestre donde habíamos estado por la mañana, y que poco ha cambiado desde el episodio de la injusta muerte.
Esta vez llegamos a la Quebrada de la Horqueta en medio de una nube de niebla, apenas disipada por los primeros fuegos que deberían durar hasta el amanecer. El ambiente era muy distinto del de la mañana. El silencio, el frío y la soledad ayudaban a recrear aquellos días de congoja en los que el General se fue despidiendo de sus fieles gauchos y dictó su testamento espiritual. A medida que transcurría el tiempo, iban surgiendo nuevas hogueras en la oscuridad de la noche. Las encendían hombres y mujeres de todas las edades y condición social, que habían llegado en grupos de parientes o amigos.
Preguntamos a un joven el motivo por el que estaba allí y no en el monumento de la ciudad, y nos dijo: “Aquí se siente más la presencia del General; es una ceremonia, no una fiesta”. En efecto, podía percibirse la presencia avasalladora de aquel príncipe de los montes, valles y quebradas, desangrándose lentamente ante la mirada impotente del sacerdote que lo ayudó a morir y de sus amigos, que lo acompañaron y respondieron a sus últimos deseos. Podíamos aún oír aquella frase tierna y profética: “Mi Carmen morirá de mi muerte como vivió de mi vida”, y los llantos contenidos de sus fieles gauchos que no se resignaban a la idea de perderlo.
Los organizadores de la “guardia” o “vigilia” habían encendido antorchas frente al obelisco de piedra. Más de un centenar de personas se acercó para participar de los rezos y homenajes. Con atención escuchaban a quienes hablaron de aquel joven gobernador que llevó a la gloria a tantos paisanos pero que no pudo concretar su sueño debido a la alevosía de la traición que segó su vida a los 36 años. Después hubo asado y guitarras hasta el amanecer. Y cayó una llovizna lenta, que no impidió sentir la presencia de las estrellas un poco más arriba.
Al día siguiente, 17 de junio, todo sería muy distinto: la ciudad de Salta, engalanada y festiva, acudió a desfilar o a ver el inacabable paso de gauchos y paisanas de todas las edades y clases en sus caballos de variados pelajes; cepillados y enjaezados con especial dedicación, como una manera de honrar al General nombrado por San Martín, al Padre de los Pobres, al defensor de la Patria, quien, con su acción constante y heroica, secundado y admirado por sus compañeros, supo combatir a los poderosos ejércitos realistas.
Nos preguntamos por qué este héroe nacional, después de casi doscientos años de su muerte, convoca así a sus seguidores, con esa emoción tan sincera y sentida. ¿Por qué fue tan amado Güemes y por qué fue también tan odiado?
La historia del joven general salteño tiene elementos propios de la leyenda y él, a su vez, los atributos del héroe popular: personalidad carismática, aspecto noble y arrogante, consumado jinete; hombre generoso y justiciero, admirado por sus fieles