Dalí joven, Dalí genial

Ian Gibson

Fragmento

Nota preliminar

Nota preliminar

Dalí joven, Dalí GENIAL pretende ser una introducción, para el lector no especializado, al Dalí esencial, al Dalí que a los veintiséis años, después del intenso aprendizaje de una década, ya ha creado obras que figuran entre las más extraordinarias de toda su carrera.

¿Cómo llegó Dalí a ser Dalí? ¿Quién era la persona detrás del personaje mundialmente famoso que luego fue? ¿Cómo se explica el milagro de un cuadro como Cenicitas (1927-28), pintado antes de conocer personalmente a los surrealistas? Son algunas de las preguntas fundamentales que hemos tratado de esclarecer al bucear en las raíces de la familia del pintor, al estudiar el ambiente que le vio nacer y crecer y al irle siguiendo los pasos, primero por los escenarios ampurdaneses de su infancia y juventud —Figueras, la llanura del Alto Ampurdán, Cadaqués—, y luego por Madrid, Barcelona y París.

Desgraciadamente no ha sido posible, por razones económicas, reproducir todos los cuadros y dibujos comentados en el libro. Por ello recomiendo, como complemento imprescindible del texto, el volumen Dalí. La obra pictórica, de Robert Descharnes y Gilles Néret, publicado por Taschen. Las reproducciones no siempre son buenas y los comentarios dejan mucho que desear, pero están casi todas las obras de Dalí. El precio, otra ventaja, es razonable (actualmente, treinta euros). En «Taschen», como lo designamos en las notas, el lector encontrará, además, numerosas obras correspondientes a cada momento de nuestra narrativa, pero no siempre mencionadas. Ello le permitirá hacer sus propios descubrimientos.

He tratado de conseguir que este libro sea práctico, un incentivo para que el lector salga y vea lugares caros a Dalí y sus amigos y, allí donde sea posible, obra original. En vista de que la mayor parte de los cuadros del Dalí presurrealista y surrealista se encuentran en el extranjero, sobre todo en Florida, es una inmensa suerte que, gracias al testamento del pintor, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) albergue Cenicitas, ya mencionado, Pierrot tocando la guitarra (1925), El Gran Masturbador (1928) y Monumento imperial a la mujer niña (1929), así como, entre otras obras de primera fila, unos retratos magníficos de su hermana Anna Maria. El MNCARS ofrece, al mismo tiempo, la posibilidad de familiarizarse con los españoles contemporáneos de Dalí, algunos de ellos cruciales para su desarrollo artístico, como Picasso, Joan Miró y Juan Gris. También hay algunas obras francesas de la época surrealista muy relevantes, entre ellas Belomancie (1927) —estupendo e inquietante óleo de Yves Tanguy, pintor con quien Dalí está tan en deuda— y una interesante madera pintada de Hans Arp, Objetos colocados según las leyes del azar (1926).

Para el lector que quiere conocer mejor el impresionismo francés, el movimiento que despertó en Dalí su vocación de pintor, la espléndida colección del Museo Thyssen-Bornemisza está a dos pasos del Reina Sofía. La pinacoteca posee, además, unos picassos cubistas y unos cuadros surrealistas importantes, entre ellos uno excelente de nuestro artista (Gradiva descubre las ruinas de Antropomorfos, 1931) y un tanguy de 1927, Composición (Muerto acechando a su familia), que complementa admirablemente el del MNCARS.

Al otro lado del paseo, en el Prado, está El jardín de las delicias, de El Bosco, una de las creaciones humanas más extraordinarias de todos los tiempos y que ejerció sobre la imaginación de Dalí una influencia duradera. A Dalí lo fascinaron también, en el Prado, los velázquez, los goya y los rafael, que antes sólo conocía por reproducciones en blanco y negro, además de El tránsito de la Virgen, de Mantegna, cuadro intensamente admirado también por sus íntimos amigos Lorca y Buñuel (de quienes se habla mucho en este libro).

Para acercarse al Dalí joven, al Dalí profundo, la visita a la madrileña Residencia de Estudiantes (Castellana arriba, en la calle del Pinar), así como a Figueras, Cadaqués y el cercano Port Lligat es también obligada. El Teatro-Museo de Dalí en Figueras alberga obras importantes del periodo que aquí nos interesa, entre ellas la serie de estupendos dibujos hechos en 1922 —uno de los cuales, Sueños noctámbulos, reproducimos— y los cuadros Mesa junto al mar (1926), Composición surrealista (1928) y El espectro del sex appeal (1932), un poco más tardío. La llanura ampurdanesa es de una gran belleza, aunque los especuladores siempre están al acecho, y merece ser recorrida tranquilamente, si es posible fuera de temporada. ¡Y Creus! Epicentro del universo daliniano, el cabo es uno de los parajes más extraños e imponentes de España y del mundo. Nadie debería morirse sin conocer Creus, donde Buñuel rodó las primeras secuencias de La edad de oro y cuyas metamorfosis inspiraron la técnica de la imagen doble de Dalí. El artista dijo que él era la encarnación humana del cabo. Quién sabe. Una visita a su casa de Port Lligat, a dos pasos de Creus, ayuda a desentrañar muchos secretos del pintor.

Debo añadir que, todavía en Cataluña, uno de los cuadros más fabulosos de toda la producción de Dalí se encuentra desde hace poco tiempo en el museo del monasterio de Montserrat, nada menos, donado por quien fuera su propietaria, Josefina Cusí. Me refiero a Composición con tres personajes (Academia neocubista), de 1927, que no se había visto en público en más de setenta años. Me complacería enormemente pensar que, después de leer este libro, alguien decidiera visitar por primera vez Montserrat, tan interesante, además, desde otros puntos de vista. Espero que así sea porque vale con creces la pena.

El dalinista, en ciernes o confirmado, puede emprender también viajes virtuales gracias a Internet. Tanto la Fundació Gala-Salvador Dalí en Figueras como el Salvador Dalí Museum en Saint Petersburg, Florida, tienen sitios web con información y reproducciones. Y hay otros muchos sitios que tratan del pintor. No doy las direcciones. Que cada uno navegue y descubra por sí mismo.

En cuanto a las principales fuentes para el periodo que nos ocupa, recomiendo sobre todo las obras del crítico Rafael Santos Torroella, el máximo especialista en la obra del joven Dalí. La muerte de Rafael en septiembre de 2002 hace que sea el gran y muy llorado ausente del Año Dalí. Entre su imponente bibliografía daliniana quiero destacar sobre todo tres títulos publicados por la Residencia de Estudiantes y muy bellamente impresos: Dalí residente (1992), Dalí. Época de Madrid. Catálogo razonado (1994) y «Los putrefactos» de Dalí y Lorca. Historia y antología de un libro que no pudo ser (1995).

Casi terminado este libro, Ediciones Destino y la Fundació Gala-Salvador Dalí han iniciado la publicación de la obra literaria completa del artista. El tomo inicial contiene, además de La vida secreta de Salvador Dalí y Diario de un genio, la primera traducción al español de los diarios adolescentes del pintor. La lectura de estos textos juveniles es imprescindible para conocer a Dalí, por lo cual no dudo en recomendar dicho libro.

Hay quienes dicen que Salvador Dalí es tan conocido en España que no hace falta traer a su país natal la magna exposición de sus obras que se va a inaugurar en Venecia este octubre, y que luego viajará por otras latitudes. Creo que es un error mayúsculo. Dalí no es suficientemente conocido en España, ni muchísimo menos. Aquí no ha habido una retrospectiva suya desde 1983. Si Dalí joven, Dalí GENIAL puede contribuir a que se conozca un poco mejor al pintor de Figueras que quiso ser tan famoso como Picasso —y que lo ha conseguido—, me daré por muy satisfecho.

IAN GIBSON
Restábal (Granada)

Marzo de 2004

CAPITULO I Fondo y trasfondo del divino Dali

CAPÍTULO I

Fondo y trasfondo del divino Dalí

EL HIJO DE LA TRAMONTANA

La llaman la tramontana. Es el furioso viento norte que baja ululando desde los Pirineos hasta la llanura gerundense del Alto Ampurdán, tierra de la Cataluña profunda, tierra fronteriza con Francia, tierra natal de Salvador Dalí. La tramontana, que rompe o molesta todo lo que encuentra en su camino, es capaz de soplar a más de ciento veinte kilómetros por hora, aunque dicen que no resulta tan agresiva como antaño. Si es así, debió de ser entonces realmente tremebunda.

La célebre tozudez de los ampurdaneses se ha atribuido a la necesidad de avanzar tan a menudo contra la tramontana. Y nunca hubo personaje tan tozudo como Dalí, nacido en Figueras —capital de la comarca— en 1904. No sin razón el pintor se consideraba a sí mismo hijo del feroz viento de su patria chica.

A la tramontana, pese a sus devastaciones, se le atribuían en otros tiempos propiedades antisépticas. En 1612 hubo en Figueras una grave epidemia de fiebre que empezó a remitir justo después de una embestida del viento especialmente salvaje. Los ciudadanos no tardaron en organizar una peregrinación de agradecimiento a la iglesia de Nuestra Señora de Requesens, considerada apropiada por su ubicación entre las estribaciones de la sierra de las Alberes desde las cuales la tramontana barre la llanura. La romería se convirtió pronto en acontecimiento anual (salía de Figueras el primer domingo de junio), y perduró hasta principios del siglo XX.

La tramontana puede afectar las emociones con la misma violencia con que trastorna el mar y el campo, y es un eterno tema de conversación entre los ampurdaneses. A las personas depresivas una racha prolongada del viento —y las rachas pueden durar ocho o diez días, sobre todo en invierno— es capaz de conducirles a la desesperación más absoluta. Incluso se dice que es responsable de no pocos suicidios y de volver loca a la gente.

El protagonista de Tramontana, el sorprendente cuento de Gabriel García Márquez, es una de dichas víctimas[1].

Otra fue el abuelo paterno del pintor, Galo Dalí Viñas.

Galo había nacido en 1849 en el pueblo marinero de Cadaqués, que iba a ser el epicentro del mundo y de la obra de su famosísimo nieto. Empezó a trabajar como taponero —es decir, como fabricante de corchos—, profesión relativamente lucrativa en Cadaqués toda vez que el pueblo exportaba entonces a Francia e Italia pescado, olivas y, hasta la llegada de la filoxera, vino. Luego fue dueño de un bus que, tirado por caballos, efectuaba el penoso trayecto montañoso que separaba el pueblo de la llanura del Alto Ampurdán y Figueras. También parece ser que Galo hacía alguna que otra incursión en el tráfico de contrabando, sobre todo de tabaco, actividad muy extendida en la zona debido a la proximidad de Francia, las muchas cuevas del cercano cabo de Creus y el extremado aislamiento del lugar, separado del hinterland por la imponente mole del Pení, que alcanza 513 metros de altura[2].

La personalidad de Cadaqués ha quedado plasmada en un célebre refrán local que se repite de generación en generación: Cadaqués, tabaquers, contrabandistes de fama i bons mariners.

Galo Dalí era un tipo estrafalario que llegó a temer que la tramontana, fiel a su reputación, le volviera loco. Tanto, que hacia 1881 abandonó para siempre su pueblo natal y se mudó a Barcelona con su mujer, Teresa Cusí (oriunda de Rosas), y sus hijos Salvador y Rafael[3].

A Montserrat Dalí Pascual, nieta de Galo y prima predilecta del pintor, le contaron de niña cómo, jurando no regresar jamás a Cadaqués, el abuelo Galo había reunido familia y pertenencias y emprendido, resuelto, el camino de la estación de Figueras. Entre las pertenencias iba una bolsa llena de monedas de oro para cuya protección había contratado a dos guardias armados con trabucos[4].

Si la tramontana se había convertido en auténtica amenaza para su equilibrio mental, Galo Dalí tenía otra buena razón para trasladarse con su familia a la Ciudad Condal. Y era que, en septiembre de 1882, su hijo Salvador, que iba a cumplir diez años, debía comenzar el bachillerato. En teoría, Galo podía haberse mudado con su familia a Figueras, que contaba con uno de los institutos más antiguos de España, pero la capital del Alto Ampurdán padecía casi tanto como Cadaqués las arremetidas de la tramontana. Es probable que Galo considerara que más valía cortar por lo sano y marcharse a Barcelona, ciudad libre del azote del temido viento y que además ofrecía más oportunidades para ganar dinero.

La capital catalana tenía entonces casi doscientos cincuenta mil habitantes (cuando el total de la población de Cataluña ascendía a un millón setecientos mil). Veinte años antes se habían echado abajo las murallas de la ciudad medieval, el moderno trazado geométrico del Ensanche estaba a punto de terminarse y Barcelona crecía a un ritmo vertiginoso. Además, llevaba siete años entregada a una inusitada sed de ganancia fácil, conocida popularmente como la febre d’or, la «fiebre del oro». Dieciséis nuevos bancos abrieron sus puertas entre 1881 y 1882. «La gente sacaba sus ahorros y los invertía sin pensárselo dos veces en la Bolsa —escribe Robert Hughes en su magnífico libro sobre Barcelona—. Los proyectos subían como milanos, como pompas de jabón, como globos. Todo estaba destinado a subir. Durante varios años, los catalanes perdieron cualquier derecho a reivindicar el que suele considerarse como su virtud principal: el seny»[5].

En efecto, el seny parecía olvidado, y el impetuoso Galo Dalí no fue una excepción a la regla. El canto de sirena del dinero fácil le atraía, insistente, y decidió invertir sus reservas de oro en la Bolsa. ¿Por qué no hacer lo mismo que los demás? ¿Iba a enterrar los ahorros traídos de Cadaqués cuando se le brindaba ahora la posibilidad de multiplicar su riqueza?

Con todo, Galo fue lo bastante sensato como para asegurarse, primero, de que sus hijos recibieran una buena formación. En septiembre de 1882 Salvador ingresó en uno de los mejores colegios privados de la ciudad, el de San Antonio, dirigido por los escolapios. Al mismo tiempo se matriculó en el Instituto para cursar su bachillerato[6]. Dos años después, su hermano Rafael siguió sus pasos[7].

Teresa Cusí, la mujer de Galo, tenía una hija de un matrimonio anterior, Catalina Berta, que se casó en Barcelona, en 1883, con un conocido abogado, ferviente catalanista, José María Serraclara. Galo no sólo estaba ahora bien conectado socialmente sino que contaba con asesoría jurídica gratuita. Le venía muy bien, porque había desarrollado una tendencia paranoica a poner denuncias a personas con altos cargos que, según estaba convencido, le perseguían[8].

Cuando, de repente, los valores bursátiles sufrieron una caída estrepitosa —el boom se había acabado—, Galo Dalí perdió de la noche a la mañana una importante suma de dinero. Y se volvió loco de verdad. A primera hora de la mañana del 10 de abril de 1886 se asomó al balcón del piso que tenía alquilado en la tercera planta de un edificio de la Rambla de Cataluña, y empezó a gritar que unos ladrones querían robarle y matarle. Pero no había ningún ladrón. Si la policía no se lo hubiera impedido, aquella misma tarde habría conseguido arrojarse a la calle. Seis días después se salió con la suya, tirándose de cabeza a un patio interior del inmueble. Murió en el acto. Según el diario El Barcelonés, el «infeliz demente» iba a ser internado ese mismo día en un manicomio. Sólo tenía treinta y seis años[9].

El suicidio fue públicamente silenciado, gracias sin duda a los buenos oficios de José María Serraclara, y en el certificado oficial de defunción, basado en una declaración de aquél, se hizo constar eufemísticamente que Galo Dalí Viñas había muerto de un «traumatismo craneal». Pese al suicidio, Galo recibió un entierro católico en el Cementerio del Este y se publicó su esquela en El Diario de Barcelona[10]:

José María Serraclara y Catalina Berta acogieron generosamente a la desconsolada familia. Salvador y Rafael vivirían con ellos hasta concluir sus carreras universitarias y Teresa Cusí, la viuda de Galo, hasta su muerte en 1912.

La familia declaró inmediatamente tabú el asunto del suicidio de Galo, y los detalles de su muerte se ocultaron celosamente a la siguiente generación. En octubre de 1920 Salvador Dalí apuntaría en su diario que su abuelo era el médico de Cadaqués —lo cual no era cierto—, sin mencionar para nada su trágica muerte[11]. Es decir, a los dieciséis años todavía no le habían dicho la verdad. Tampoco sabía nada su prima Montserrat. «Cuando me enteré de lo ocurrido, yo ya era mayor y supuso para mí un auténtico golpe —nos explicó ella en 1992—. Fue Catalina Berta quien me lo contó, y me dijo: “No digas ni una palabra a tu padre”. Mi primo Salvador se enteró más o menos en la misma época»[12]. Podemos suponer que la revelación afectó profundamente al pintor, que jamás se refiere al suicidio de Galo en su obra publicada (es uno de los secretos clave nunca revelados en la mal llamada La vida secreta de Salvador Dalí).

Durante su infancia, Dalí debió de oír historias de personas que se suicidaban o se volvían locos en la comarca por influencia de la tramontana. Ahora se enteraba de que su abuelo, que huyera de Cadaqués por miedo al viento, no había conseguido evitar su destino. No es de extrañar, pues, que años más tarde Dalí sentenciara que los cadaquenses eran «los paranoicos más grandes producidos por el Mediterráneo»[13].

A la vista de lo anterior, existen sobrados motivos para sospechar una relación entre el empecinado silencio de Dalí sobre su abuelo —no consta que jamás hablara del suicidio con sus amigos—, su insistencia en que él no estaba loco («la única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco») y el desarrollo, cincuenta años después de la muerte de Galo, de su célebre y nunca bien definido «método paranoico-crítico». Además, la preocupación de la familia Dalí por la paranoia hereditaria (y la depresión) estaba justificada: años más tarde, Rafael, el tío de Salvador, intentó matarse utilizando el mismo método que su padre. Sólo lo impidió la repentina aparición de una criada[14].

El padre de Dalí le contó numerosos pormenores de su infancia en Cadaqués antes de la mudanza de la familia a la Ciudad Condal. Algunos de ellos se recogen en el diario adolescente del pintor, por ejemplo la llegada al pueblo de la filoxera, que mató todas las viñas. «El pueblo quedó en la miseria —apunta Dalí—, la gente volvió al mar, algunos para pescar, otros para atravesarlo hacia América, hacia lo desconocido. Muchos no hicieron nada y se quedaron allí al lado del agua o delante de su puerta. Las montañas quedaron áridas, secas, sin una brizna de verde. Sólo algunos olivares de hojas plateadas y trémulas se veían de vez en cuando, y en el pueblo reinaba una quietud fría y un silencio de muerte»[15].

LOS ANTEPASADOS DE LLERS

Los antepasados de los Dalí habían llegado a Cadaqués a principios del siglo XIX desde Llers, localidad situada a cinco kilómetros de Figueras y famosa por su castillo, hoy en ruinas.

Los registros parroquiales de Llers, que por suerte sobrevivieron a la Guerra Civil, responsable de la destrucción de gran parte del pueblo, nos permiten seguir la pista en éste de los Dalí hasta finales del siglo XVII, pero no más allá[16]. Afortunadamente existen unos documentos anteriores, conservados en el Archivo Histórico de Girona, que demuestran que, si bien en un censo realizado en 1497 no constaba ningún Dalí en Llers, ya para mediados del siglo XVI figuraba entre los vecinos un tal Pere Dalí[17].

Dalí no es apellido español ni catalán, y ha desaparecido casi por completo de la Península. El pintor afirmó repetidas veces que sus antepasados —y en consecuencia, su apellido— eran de origen árabe. «En mi árbol genealógico, mi linaje árabe, remontando hasta el tiempo de Cervantes, ha sido casi definitivamente establecido», nos asegura en su Vida secreta[18]. Otros comentarios suyos indican que, al decirlo, pensaba en el célebre Dalí Mamí, pirata del siglo XVI que había luchado con los turcos y que fue el responsable, entre otras hazañas de dudoso mérito, del cautiverio de Cervantes en Argel. Sin embargo, no hay una sola prueba que permita suponer que el artista estuviera emparentado con aquel aventurero bravucón[19].

Insistiendo en su «linaje árabe», Dalí afirmó una vez que sus antepasados descendían de los musulmanes llegados a España en el año 711. «De esos orígenes —añadió— procede mi amor por todo lo dorado y excesivo, mi pasión por el lujo y mi fascinación por los trajes orientales»[20]. El pintor se refirió con frecuencia a sus «atavismos» norteafricanos o árabes. En una ocasión atribuyó a tal origen la causa de una repentina sed de verano[21] ; en otra, el desierto africano que figura en su cuadro Perspectivas (1936-37). Incluso le gustaba creer que la facilidad con que se ponía muy moreno, hasta volverse casi negro, era otro rasgo árabe[22].

Al parecer, Dalí tenía razón cuando reivindicaba sangre árabe o, al menos, mora. El apellido es frecuente en el Magreb, y hay numerosos Dalí en los listines telefónicos de Túnez, Marruecos y Argelia (escritos indistintamente Dali, Dallagi, Dallai, Dallaia, Dallaji y, sobre todo, Daly)[23]. El artista nunca investigó seriamente, sin embargo, su pasado familiar (no era hombre de archivos). Si lo hubiera hecho, podría haber descubierto que el catalán hablado en la cuenca del bajo Ebro conservaba un interesante vestigio de la época musulmana en el sustantivo dalí —en árabe «guía» o «líder»— que designaba el bastón llevado por el daliner, jefe de las cuadrillas que remolcaban las barcas con una cuerda desde la orilla del río[24]. También podría haber caído en la cuenta de que del mismo étimo proceden el catalán adalil y el castellano adalid. A Dalí le gustaba decir que llamarse Salvador era un indicio de que estaba llamado a salvar el arte moderno. Si se hubiera enterado de que su muy poco común apellido coincidía fonéticamente con un término que en árabe quiere decir «guía» o «jefe» lo habría proclamado, seguramente, a los cuatro vientos, como lo hacía al señalar que sonaba igual que el vocablo catalán delit («deleite»). Pero, aun sin saberlo, disfrutaba a lo grande tanto de su nombre como de su apellido paterno, o, mejor, de la feliz combinación de ambos, haciendo resaltar la l palatal del apellido y enfatizando su i acentuada. La verdad es que Salvador Dalí no podría haber tenido un primer apellido más sonoro y pintoresco, ni un nombre de pila más apropiado. Ello le producía un placer infinito[25].

¿De dónde procedían los Dalí que ya hacia mediados del siglo XVI vivían en Llers? Cabe pensar que eran moriscos, musulmanes que, con tal de evitar la expulsión o el hostigamiento, optaran por convertirse al cristianismo tras la caída de Granada en 1492. Pero, si fue así, carecemos de noticias acerca de la odisea que les llevó a tierras gerundenses.

La primera referencia a la familia en los registros parroquiales de Llers data de 1688, donde consta que Gregori Dalí —que se clasifica en el documento de Girona mencionado antes como laborator Castri de Llers («labrador del castillo de Llers») y aquí, en catalán, como jove treballador («joven trabajador»)— se acaba de casar con Sabyne Rottlens, hija de un carpintero de Figueras[26]. Los Dalí de las siguientes generaciones figuran casi invariablemente como «trabajadores», aunque unos pocos fueron herreros, incluido el tatarabuelo del pintor, Pere Dalí Ragué, nacido en Llers hacia 1780[27].

A comienzos del siglo XIX, por razones desconocidas, Silvestre Dalí Ragué, el hermano mayor de Pere, abandonó Llers y se estableció en Cadaqués. La primera referencia a Silvestre que hemos encontrado en los registros parroquiales cadaquenses aparece en 1804, año del bautismo de su hijo Felipe. No se especifica su profesión[28].

Tras perder a su primera esposa, Pere Dalí siguió a su hermano Silvestre a Cadaqués, donde se casó en 1817 con una joven del lugar, Maria Cruanyas[29]. Varios documentos de la parroquia le atribuyen la condición de «herrero», por lo que parece seguro que en Cadaqués siguió ejerciendo dicho oficio[30].

Pere Dalí y Maria Cruanyas tuvieron tres hijos: Pere, Cayetano y, en 1822, Salvador, bisabuelo del pintor[31]. En 1843 Salvador se casó con Francisca Viñas, cuyo padre, según el certificado de matrimonio, era «trabajador»[32], si bien en otro documento consta como «marinero»[33].

Antes de despedirnos de Llers, un breve inciso. El pintor no menciona en ninguno de sus escritos el hecho de que los Dalí procedían de dicho pueblo. ¿Lo desconocía? Parece improbable. ¿O es que fue otro secreto de la familia? A Rafael Dalí Cusí, tío de Salvador, no le gustaba nada recordar que sus antepasados eran naturales de Llers. Su hija Montserrat, a quien debemos esta información, nunca supo la razón, pero sospechaba que su padre se avergonzaba de los orígenes humildes de la familia. Es posible, pues, que se tratase de otro asunto tabú. Sea como fuera, Dalí ilustró en 1924 el libro Las bruixes de Llers de su amigo Carlos Fages de Climent. Por lo menos estaba al tanto de la fama brujesca del lugar.

LOS HERMANOS DALÍ CUSÍ Y CATALUÑA

Volvamos un momento a Barcelona y a la familia del desdichado abuelo Galo, muerto tan a deshora. Su hijo Salvador Dalí Cusí, futuro padre del pintor, terminó el bachillerato en octubre de 1888, y ese mismo invierno ingresó en la Facultad de Derecho de Barcelona[34]. El otro hijo, Rafael, se matriculó dos años después en la Facultad de Medicina[35]. Corpulentos y apasionados, los hermanos, que se querían entrañablemente, disfrutaban discutiendo de religión y de política y eran capaces de padecer un ataque de rauxa («furia») en cualquier momento, sobre todo Salvador[36]. Cabe pensar que se parecían mucho a su padre. Influidos sin duda por los Serraclara, Salvador y Rafael se convirtieron pronto a la causa del federalismo catalán (detestaban la monarquía centralista) y se erigieron en firmes defensores de la lengua catalana, excluida por Madrid —desde la llegada de los Borbones a principios del siglo XVIII— de la vida pública. De hecho, Salvador Dalí Cusí era tan acérrimo federalista que, poco después de licenciarse, dio una serie de conferencias sobre la cuestión en el Centro Federalista-Republicano Catalán[37]. Tanto él como Rafael eran ateos y anticlericales vocíferos, y Salvador seguiría siéndolo hasta que los excesos de la Guerra Civil, o las exigencias de la posguerra franquista, le impulsaran a revisar su postura, tras lo cual comenzaría a practicar el catolicismo con la misma vehemencia que le había caracterizado como librepensador. Salvador Dalí Cusí defendía sus convicciones del momento, fueran las que fueran, con celo apostólico («un militante permanente», le llamó Josep Pla)[38].

Salvador Dalí heredó de su padre la facilidad para cambiar rápidamente de opinión, aunque siempre con bien fundados argumentos. Y tanto él como su hermana Anna Maria y su prima Montserrat resultarían catalanistas tan fervorosos como los Dalí Cusí. Hasta su muerte en 1993, con casi noventa años, la elocuencia de Montserrat, cuando se trataba de los males ocasionados por Madrid a Cataluña, nunca decayó. Su obsesión, por encima de todo, era la «Nueva Planta», el odiado orden impuesto en 1714 por Felipe V después del apoyo prestado por los catalanes al archiduque Carlos, pretendiente habsburgo al trono, en la guerra de la Sucesión Española.

El 11 de septiembre de 1714, día en que Barcelona se rindió a las tropas borbónicas, marcó, en efecto, una línea divisoria en la historia de Cataluña. Un tercio de la ciudad fue arrasado como represalia; se abolieron las instituciones catalanas y se cometió, además, la mayor ofensa posible: la imposición del castellano como lengua de la administración, disposición según la cual los documentos oficiales, hasta entonces redactados en catalán, debían expedirse ahora obligatoriamente en español, con los consiguientes cambios en las formas de los nombres de pila. Sin embargo, aunque se hizo lo posible para socavar el uso del idioma en otros ámbitos, los catalanes nunca dejaron de hablar su lengua, y fue ésta la principal forma de resistencia al opresor. ¿Cómo podía esperarse —protestaba una y otra vez Montserrat Dalí— que ella y los suyos sintieran algo que no fuera repugnancia por Madrid, por la lengua castellana y por la monarquía centralista? ¿No era cierto que, cuando ella y su primo Salvador iban al colegio, el catalán seguía sin enseñarse en las aulas, como si se tratase de un dialecto sin cultura? Bastaba con recordar —solía seguir Montserrat— que Cataluña, que antes se extendía hasta Francia y formaba parte del Reino de Aragón, con un imperio mediterráneo, fue reducida por los Borbones a la condición de una mera provincia, pese a que su capital era tan populosa como Madrid, y hasta más rica y más civilizada. «Compare las dos ciudades ahora», decía. En Barcelona había orgullo cívico, una vida bien ordenada, la gente se interesaba apasionadamente por su ciudad, por los edificios de Gaudí, por el Ensanche. Madrid, en cambio, era caótico, sucio, ruidoso. Las finas aletas de la nariz de Montserrat Dalí temblaban con emoción mientras hablaba, al tiempo que sus ojos parecían echar chispas. En su familia y la de su primo, añadía, nunca se usaba el castellano porque esta lengua se asociaba con el colegio, con la represión. Era un idioma impuesto, y ellos —y sus padres antes que ellos— habían llegado a odiarlo profundamente. Por eso, siempre que podían, evitaban emplearlo. Y punto. Cuando se ponía así Montserrat Dalí, casi daba miedo. Y uno se preguntaba: si ella se encandila de esta manera al hablar del eterno problema de Cataluña, ¿cómo no serían su padre Rafael y su tío Salvador, padre del pintor?[39].

EL FUTURO NOTARIO

Salvador Dalí Cusí cursó una buena, aunque no extraordinaria, carrera universitaria y, tras licenciarse en Derecho, en 1893[40], trabajó durante unos años en una oficina del Registro de la Propiedad así como en el bufete de los Serraclara[41].

El nombre de Dalí Cusí apareció fugazmente en la prensa barcelonesa cuando, el 7 de junio de 1896, estalló una bomba en la cola de una procesión del Corpus y ocasionó la muerte de doce trabajadores. El atentado se atribuyó a los anarquistas, aunque existe la posibilidad de que su autor fuera un provocador a sueldo de la policía. Numerosos anarquistas sospechosos fueron detenidos, llevados a la infame prisión militar de Montjuïc, y allí, en muchos casos, sometidos a atroces torturas. Varios de ellos murieron, y uno se volvió loco. Cinco hombres, casi seguramente inocentes, fueron ejecutados con garrote vil, y, de los absueltos, sesenta y cinco acabaron en la colonia penitenciaria de Río de Oro, en el Sáhara español. Los juicios de Montjuïc, celebrados en diciembre de 1896, mostraron la otra cara de un país que ocho años antes, con la Exposición Universal de Barcelona, había querido hacer alarde ante el mundo de su modernidad[42].

Entre los encarcelados había un joven abogado llamado Pere Coromines. Aunque en realidad republicano moderado, Coromines fue acusado de ser cómplice de los anarquistas. Citado como testigo de la defensa, Salvador Dalí Cusí declaró ser amigo íntimo suyo e insistió en que el patriotismo de Coromines era del dominio público en Barcelona. Según Dalí Cusí, no cabía posibilidad alguna de que hubiera estado implicado en el brutal suceso[43]. Hábilmente defendido por un abogado militar, Coromines quedó en libertad y más tarde sería célebre director de periódico, escritor y comentarista político[44].

Deseoso de trabajar por cuenta propia, Salvador Dalí Cusí había decidido ya hacerse notario. Es interesante observar que tanto él como su hermano optaron por profesiones que les garantizaran a la vez unos ingresos estables y una sólida posición social (los Serraclara consiguieron para Rafael una plaza como médico en el cuerpo de bomberos de Barcelona, puesto que nunca abandonaría). Después de lo que le había ocurrido a su padre, era como si los hermanos quisiesen correr el menor riesgo económico posible, y ello pese a su entusiasmo por causas progresistas.

En 1898 Salvador Dalí Cusí optó sin éxito a diversas notarías. Al año siguiente decidió dedicar todos sus esfuerzos a conseguir la de Figueras, alentado por José (Pepito) Pichot Gironés, amigo íntimo suyo desde los tiempos del Instituto. La relación había continuado en la Universidad de Barcelona (donde Pichot abandonó sus estudios de Derecho en 1892 tras dos años sin aprobar un solo examen)[45]. Eran tan amigos que, según parece, hasta visitaban juntos los burdeles[46]. Podemos deducir que Dalí Cusí frecuentaba la casa de la familia Pichot en la primera planta del número 21 de la calle de Montcada (inmueble situado en el corazón de la Ciudad Antigua a unos pocos metros de la bellísima iglesia gótica de Santa María del Mar). Ramón Pichot Mateu, el padre, tenía una posición importante en la empresa Vidal i Ribas, especializada en medicamentos y productos químicos. Su mujer, Antonia Gironés Bofill, natural de Figueras, era hija de un hombre acaudalado, Antonio Gironés, oriundo de Cadaqués, y le apasionaban las artes[47].

En un momento en que Barcelona se había convertido en uno de los centros neurálgicos de la vanguardia y de la arquitectura europeas tras la Exposición Universal de 1888, el salón de los Pichot en la calle de Montcada era célebre por su hospitalidad, su elegancia y su animación. En la segunda planta del vetusto edificio vivía el joven escritor Eduardo Marquina, cuyo padre, como los Pichot, trabajaba para Vidal i Ribas. Marquina, luego uno de los dramaturgos más famosos de España, aunque hoy yace en el olvido, se casó en 1903 con Mercedes, la menor de los siete hijos de los Pichot[48]. Su hermano, el pintor Ramón, era gran amigo de Pablo Picasso y es posible que Dalí Cusí conociera al malagueño en casa de los Pichot o en el café Els Quatre Gats. Debía de estar al corriente, en cualquier caso, de la vida bohemia llevada por Picasso y Ramón Pichot en Barcelona e, inmediatamente después, en el París de comienzos de siglo.

Una de las más originales proezas de Pepito Pichot fue casarse con su tía Àngela Gironés, hermana de su madre Antonia. La boda se celebró a principios de 1900, cuando Pichot tenía treinta años y ella veintiocho. Àngela Gironés había heredado una casa en Figueras. Ello explica, probablemente, el hecho de que la pareja se estableciera en la capital del Alto Ampurdán. Según tradición familiar, tanto de los Pichot como de los Dalí, la intervención de José fue decisiva a la hora de convencer a Salvador Dalí Cusí para que perseverase en sus intentos por conseguir la notaría de Figueras, ya que, de salirse con la suya, los dos amigos podrían seguir viéndose con gran frecuencia. Además, ¿no tenía Figueras la notaría más próxima a Cadaqués?[49].

Dalí Cusí no necesitaba que le insistiera Pichot. Recordaba con nostalgia su lugar de nacimiento y le entusiasmaba la idea de poder frecuentarlo otra vez.

No así su hermano Rafael. Según Montserrat, la hija de éste, su padre había jurado, como el abuelo Galo, no volver a vivir jamás allí por culpa de la tramontana. En 1935 Rafael visitó Cadaqués y escribió a su hija: «El meu poble seria el parais terrenal si no fos la tramuntana» («Mi pueblo sería el paraíso terrenal si no fuera por la tramontana»). Quizás él también temía el efecto del viento sobre su estabilidad emocional[50].

Dalí Cusí no obtuvo la notaría de Figueras en 1899, pero sí en abril de 1900. Un mes después, el 7 de junio, tomó posesión formal del puesto[51]. No quería perder el tiempo —había que ganar dinero—, y entre el 24 de junio y el 30 de agosto de aquel verano insertó, en lugar destacado de la primera plana del periódico figuerense El Regional, la noticia de la apertura de su despacho[52].

LOS DOMÈNECH

Una vez obtenida su notaría figuerense, Salvador Dalí Cusí, que en 1900 tenía veintiocho años, estaba en condiciones de casarse con su prometida, Felipa Domènech Ferrés, bonita y recatada muchacha de Barcelona dos años menor que él. Se habían conocido en Cabrils, cerca de Vilassar de Mar, cuando Salvador pasaba el verano en la villa que allí poseían los Serraclara[53].

Anselm Domènech Serra, el padre de Felipa, había muerto en 1887, a la edad de cuarenta y siete años, cuando su hija apenas contaba trece. Importador de mercería, había viajado mucho por Francia[54]. La madre, Maria Anna Ferrés Sadurní, que a diferencia de su esposo vivió hasta una edad avanzada, era una mujer sensible y tranquila con temperamento artístico heredado de su progenitor, Jaume Ferrés, dueño de una tienda especializada en artesanía. Maria Anna Ferrés le contó a su nieta Anna Maria Dalí, la hermana del pintor, que su padre había sido el primer catalán en trabajar con concha. Diversos objetos, originales o retocados, «todos hechos con arte, con un gusto y una sencillez exquisitos», fueron después reliquias de la familia Dalí. Maria Anna hacía recortables de papel que entusiasmaban a sus nietos Salvador y Anna Maria. Era, además, muy buena conversadora, y le gustaba contar que de niña había viajado con su padre en el primer ferrocarril de España, la línea de Barcelona a Mataró, trayecto durante en cual habían podido tomar un vaso de agua sin derramar, decía, «una sola gota»[55].

A la muerte de su padre, Maria Anna Ferrés había heredado el negocio familiar, situado en el Call, la antigua judería de Barcelona, junto a la plaza de Sant Jaume. Sus descendientes actuales están convencidos de que la familia Ferrés era, de hecho, de origen judío[56].

Felipa Domènech, la primera hija de Maria Anna, ayudaba a su madre en el taller y demostraba gran destreza como diseñadora de «objetos artísticos». Era capaz, según nos cuenta Dalí en Vida secreta, de dibujar animales fantásticos, con lápices de color, en una larga tira de papel que, cuidadosamente doblada, quedaba reducida a «un librito que se desplegaba como un acordeón»[57]. Parece ser que también creaba delicadas figuritas de cera, utilizando velas de colores, que harían las delicias del futuro pintor durante su infancia[58].

A Felipa le habían seguido pronto dos hermanos, Anselm (1877) y Catalina (1884).

Anselm Domènech comenzó desde muy joven a trabajar en la Llibreria Verdaguer, que también era editorial. Fundada en 1835 por Joaquim Verdaguer, había pasado al hijo de éste, Àlvar, tío y padrino de Anselm, y fue uno de los motores de la Renaixença, el renacimiento literario catalán. El hijo de Àlvar Verdaguer murió de niño, y sus tres hijas mostraban muy poco interés por la empresa. Era natural, pues, que Anselm se convirtiera en socio suyo, como así sucedió en 1915[59].

La Llibreria Verdaguer se encontraba casi enfrente del Teatro del Liceo, en las Ramblas, y era predilecto lugar de encuentro de escritores y artistas. Al cumplir los veinte años, Anselm Domènech estaba ya inmerso en la vida cultural de Barcelona. Amante de la música, fundó la Asociación Wagneriana de Barcelona y, con Amadeu Vives y Lluís Millet, el Orfeó Català. Iba a desempeñar un importante papel en la carrera artística de su sobrino Salvador Dalí[60].

En cuanto a Catalina, nacida en 1884, era sombrerera de cierto talento[61].

El 29 de diciembre de 1900, Salvador Dalí Cusí y Felipa Domènech Ferrés se casaron en Barcelona en la iglesia de la Mercè. Fueron testigos Àlvar Verdaguer, el librero, y Amadeu Hurtado, conocido abogado y amigo del novio[62]. No sabemos dónde pasó la pareja su luna de miel, sólo que, unas pocas semanas después, instalada en su nueva casa de Figueras, Felipa estaba ya embarazada.

CAPITULO II Los primeros anos

CAPÍTULO II

Los primeros años

FIGUERAS Y SALVADOR I

Cuando llegó Salvador Dalí Cusí en 1900, Figueras tenía una población de casi once mil habitantes. Era una de las ciudades catalanas con mayor actividad política y un auténtico hervidero de republicanismo. En las filas opuestas militaban, aunque minoritariamente, los monárquicos partidarios del statu quo centralista. Figueras editaba sus propios periódicos, tanto progresistas como conservadores, tenía varios clubes y centros sociales, una plaza de toros, sociedades musicales, un teatro donde actuaban las principales compañías teatrales y operísticas de España, y, los jueves, un magnífico mercado rico en productos del campo ampurdanés. En 1877 la ciudad había quedado conectada por ferrocarril con Barcelona, y desde 1896 tenía luz eléctrica. En agosto de 1898 había hecho su entrada, desde Francia, el primer automóvil[1]. En cuanto a la arquitectura, el modernismo empezaba a notarse. Los domingos, la banda militar daba conciertos en la Rambla, ocasión que aprovechaban los soldados para cortejar a las muchachas del lugar.

Cuando se firmó en 1659 la Paz de los Pirineos, según la cual España cedía a Francia el Rosellón y Perpiñán, Figueras había descubierto con sorpresa, y no sin preocupación, que ahora sólo la separaban unos veintitrés kilómetros del país vecino. Tal proximidad, y las continuas hostilidades que se producían entre ambas naciones, convirtieron la región en una conflictiva zona fronteriza, y dieron lugar, a mediados del siglo XVIII, a la construcción, justo detrás de la ciudad, de una maciza fortaleza rodeada de un profundo foso. El castillo de San Fernando era la réplica española del de Bellegarde, al otro lado de la frontera. También servía para recordar a los catalanes que estaban bajo el dominio del gobierno central de Madrid. Guarnecida por el Regimiento de San Quintín, la fortaleza desempeñó un papel fundamental en el desarrollo socioeconómico de Figueras, al proporcionar trabajo a cientos de albañiles y operarios, estimular el comercio local y crear una fuerte demanda de entretenimiento, desde la prostitución a la ópera[2].

Figueras podía enorgullecerse de tener una notable tradición artística, literaria y científica. Entre sus hijos célebres estaba Narcís Monturiol (1819-1885), no sólo socialista defensor de los derechos de la mujer y de los trabajadores sino pionero del submarino. Pep Ventura (1817-1875), creador de la versión moderna de la sardana, era otro conocido personaje local, aunque en realidad había nacido en Andalucía. Figueras había sido también cuna de algunos destacados políticos, entre ellos el profeta del federalismo español, Abdó Terrades (1812-1856), y, durante la desafortunada Primera República de 1873-1874, de tres ministros: Francesc Sunyer i Capdevila, Joan Tutau y el general Ramón Nouviles. Tras la restauración borbónica de 1875 la ciudad había enviado, sistemáticamente, diputados republicanos a las Cortes. Lejos de ser un páramo provinciano, Figueras era una villa civilizada y próspera, influida además por la cultura francesa y la proximidad de Europa.

No es de extrañar, por lo tanto, que alguien tan sociable como Salvador Dalí Cusí echara pronto raíces allí, ni que en poco tiempo se convirtiera en miembro destacado del Sport Figuerense, el club más liberal de la ciudad y un centro de debate político. El notario acudía por las noches al local y allí defendía, con su vehemencia habitual, la causa federalista, tan entrañable para muchos figuerenses[3].

El despacho de Dalí Cusí ocupaba la planta baja de un elegante edificio sito en la calle Monturiol, número 20, en pleno centro de la ciudad, a cincuenta metros de la elegante Rambla y prácticamente enfrente del Sport. En el primer piso del mismo edificio Dalí Cusí había alquilado un apartamento espacioso.

Hemos visto que el nombre de Salvador era tradicional en la familia Dalí. No resulta sorprendente, pues, que el flamante notario y su mujer lo eligiesen para su primogénito, nacido en Figueras el 12 de octubre de 1901. La partida de nacimiento del niño (redactada, como era de rigor, en español) da fe de que se inscribió en el Registro Civil con los nombres de Salvador Galo Anselmo (Galo en homenaje a su malogrado abuelo paterno, Anselmo por su abuelo materno, Anselm Domènech, y el hijo de éste)[4].

No se trataba, todavía, del futuro pintor. Acerca del primer Salvador sabemos muy poco. Murió con veintidós meses, el 1 de agosto de 1903, víctima, según su certificado de defunción, de un «catarro enterico [sic] infeccioso»[5]. Es imposible saber si el diagnóstico fue correcto o no. La prensa local expresó las convencionales condolencias a los padres del niño, que fue enterrado en un nicho adquirido a toda prisa en el cementerio de Figueras[6].

Nueve meses y diez días después de la muerte del primogénito, como si hubiera sido concebido en la urgencia del dolor, vino al mundo el segundo Salvador Dalí, acontecimiento que tuvo lugar en la vivienda familiar a las 08.45 horas del 11 de mayo de 1904[7]. El 20 de mayo fue bautizado Salvador Felipe Jacinto en la iglesia parroquial de San Pedro. Padrinos: su tío Anselm Domènech y Teresa Cusí, su abuela paterna[8]. Contrariamente a lo que se ha afirmado, Dalí no recibió el nombre de Salvador en memoria de su hermano muerto, sino, igual que éste, por su padre y su abuelo. Con toda seguridad Felipe se escogió como forma masculina de Felipa, la madre, y Jacinto como detalle para con el hermano del padre, Rafael, cuyo nombre completo era Rafael Narciso Jacinto.

En sus diarios adolescentes, al menos en los que se han conservado, Dalí no menciona una sola vez a su hermano muerto. Las referencias a éste en los escritos posteriores están plagadas de desinformación, no sabemos hasta qué punto de manera deliberada o inconsciente. En La vida secreta de Salvador Dalí el pintor afirma que su hermano tenía siete años, no veintidós meses, cuando falleció, y que su muerte (de meningitis, afirma Dalí, en abierto desacuerdo con el certificado de defunción) se produjo tres años y no nueve meses antes de que él naciera. Dalí también asegura que su hermano tenía «la inconfundible morfología facial del genio» y presentaba síntomas de «alarmante precocidad», todo lo cual es muy cuestionable[9].

Más tarde, en Confesiones inconfesables, Dalí dijo que sus padres, al ponerle el mismo nombre que a su hermano, habían cometido «un crimen subconsciente», forzándole a compararse negativamente con un ideal imposible. El crimen se habría agravado al tener sus padres una fotografía del primogénito muerto encima de una cómoda de su dormitorio, en significativa yuxtaposición con una reproducción del Cristo de Velázquez[10]. Probablemente se trata de la fotografía que dejó entre sus efectos personales Anna Maria Dalí, hermana del pintor. Si bien el niño es hermoso (más, sin duda, que Salvador II, y, de hecho, de aspecto casi angelical), nada en su semblante sugiere «la inconfundible morfología facial del genio» ni la «alarmante precocidad» señaladas por el pintor.

La mayor parte de lo que dice Dalí acerca de su hermano es una pura fantasía, urdida, a nuestro juicio, con el prurito de facilitar a los curiosos una justificación brillante de sus propias excentricidades.

MONTURIOL, 20

En Vida secreta y sus otros escritos autobiográficos, Dalí sólo ofrece una evocación muy incompleta del espacioso piso de la calle Monturiol, número 20, donde pasó los primeros ocho años de su vida. Es una suerte, por lo tanto, que su hermana Anna Maria nos haya dejado un bosquejo más detallado de la primera morada familiar.

La casa existe aún, en el actual número 6, aprisionada entre modernos bloques de apartamentos. La vivienda de los Dalí, en la primera planta, daba, al norte, a la calle Monturiol (donde estaba la entrada principal); al sur, a la paralela calle Caamaño; y, al oeste, al frondoso jardín de una aristócrata, la marquesa de la Torre, cuyo palacete, en el otro extremo del solar, estaba orientado hacia la Rambla. Desde la amplia terraza que había encima de la casa de los Dalí las vistas eran mucho mejores que en la actualidad, y se podía contemplar una extensa franja de la llanura del Ampurdán, con la cordillera costera de Sant Pere de Roda al fondo.

A lo largo de toda la vivienda, de cara al jardín de la marquesa de la Torre, corría una amplia galería, repleta de macetas de lirios y nardos, que más tarde sería recordada con nostalgia por Anna Maria. Felipa Domènech había instalado en un rincón de la galería una pajarera en la que criaba canarios y palomas. Los castaños del jardín casi rozaban la galería, confiriendo a ésta un ambiente de agradable intimidad. En uno de sus textos adolescentes, Dalí evoca el palacio de la marquesa bañado por la luz de la luna. Canta entre las ramas del alto eucalipto un ruiseñor, y desde el estanque viene el insistente croar de las ranas[11]. De día, según Anna Maria, la galería era «puro impresionismo» (pájaros, sombras, flores, vestidos largos), con «una evocación de pintura flamenca» en la serena presencia de la abuela Maria Anna, madre de Felipa Domènech, vestida de luto y cosiendo en silencio[12].

Maria Anna Ferrés y su hija Catalina habían llegado desde Barcelona en 1910 para estar con la familia, y ocupaban un pequeño apartamento en el último piso del edificio. Catalina tenía entonces veintisiete años, Salvador seis y Anna Maria dos[13].

En el entresuelo, debajo de los Dalí, vivía la familia Matas. Los padres, Pedro y María, naturales de la provincia de Barcelona, habían emigrado a Buenos Aires y regresado a España con tres hijos, Úrsula, Antonia y Dionisio. A su vuelta se habían instalado en Figueras, donde, en el censo de 1906, Pedro figura como comerciante[14]. Las dos familias trabaron una fuerte amistad, y Anna Maria recuerda cómo desde la galería del piso de abajo subían las risas de las chicas Matas, de su madre y de la tía Catalina —conocida en la familia como «la tieta»— mientras tomaban mate y cotilleaban[15]. Dicha galería, que en la actualidad ha visto reducido su tamaño considerablemente debido al nuevo edificio vecino, era más ancha que la de los Dalí, y la recorría una imponente balaustrada de piedra hoy desaparecida. Años más tarde Dalí le contó a Amanda Lear que, de niño, había sentido celos de esa balaustrada, mucho más distinguida y burguesa —pensaba él— que la reja de hierro forjado de la de su familia[16].

A Salvador le impresionó, a todas luces, el estilo de vida de los Matas, y cuenta en Vida secreta que Úrsula (catorce años mayor que él) le parecía la personificación de la elegancia, «el arquetipo de la belleza en 1900». Dalí enfatiza, en el mismo lugar, que el confortable salón de los vecinos, con su cigüeña disecada, sus montones de chucherías acumuladas y su barrilito de mate con la imagen de Napoleón —entonces su héroe— le creó el deseo, que sería vitalicio, de frecuentar casas distinguidas. Es posible que así fuera. Las visitas terminaron, de todas maneras, en 1911, cuando la familia Matas se marchó a Barcelona[17].

Cuenta Anna Maria que Salvador hizo sus primeros dibujos en la galería de la casa de Monturiol, 20. Se trataba de pequeños cisnes y patos obtenidos al rascar la pintura roja de una mesa que allí había y dejar al descubierto la superficie blanca que se encontraba debajo. La fascinación de Felipa Domènech no conoció límites al constatar que su hijo tenía talento artístico y se concretó en una frase que repetía a menudo y que pasó a formar parte de la memoria colectiva de la familia: «Cuando dice que va a dibujar un cisne, es un cisne; y cuando dice que será un pato, es un pato»[18].

En la vida de Salvador y Anna Maria ejerció una fuerte influencia su ama, Llúcia Gispert de Montcanut, que se evoca con cariño tanto en Vida secreta como en las memorias de la hermana. Anna Maria hace hincapié en la bondad de Llúcia, en su infinita paciencia y en su nariz bulbosa, objeto de mucho afecto y de constantes bromas[19]. Salvador, en cambio, recuerda preferentemente sus cuentos, dos de los cuales incorpora a Vida secreta. Llúcia solía cantarle, además, para que se durmiera, nanas tradicionales catalanas[20]. Dalí iba a recordar canciones y anécdotas de Llúcia, de quien realizó varios retratos durante su juventud, hasta los últimos días de su vida[21].

Si Llúcia llevaba el folclor catalán en la sangre, Felipa Domènech y su hermana Catalina lo habían adquirido a fuerza de tesón y de afición en Barcelona, donde ambas frecuentaban el Orfeó Català, que había contribuido a fundar su hermano Anselm. Las hermanas acumularon con los años un considerable repertorio que gustaban de cantar cuando andaban por la casa y, más que nada, a la hora de dormir a Salvador. Anna Maria reproduce la letra de una de ellas, una preciosa nana dirigida al Ángel del Sueño[22]. También el padre disfrutaba con la música, y Anna Maria le recuerda repantigado en su mecedora mientras sonaban en un gramófono de descomunal bocina el Ave María de Gounod o pasajes de Lohengrin. Don Salvador, además, era ferviente admirador de la sardana, así como de su principal revitalizador, Pep Ventura[23].

EL REY DE LA CASA

Salvador Dalí fue un caso crónico de niño mimado. Sus padres, abrumados por la muerte de su primogénito —quizás incluso, quién sabe, sintiéndose de alguna manera culpables de la misma— protegieron excesivamente al segundo. Desde su más tierna infancia Salvador comprendió que, si recurría a su «genio terrible» —así lo llama Anna Maria—, podía conseguir siempre lo que quería. La táctica empleada por sus padres en tales circunstancias era no oponerse nunca a su deseo del momento sino tratar de convencerle, sin que se diera cuenta de ello, para que pidiera algo más razonable[24]. El mismo Dalí recuerda que todas las mañanas, cuando se despertaba, su madre le miraba amorosamente a los ojos y le recitaba la fórmula tradicional Cor què vols? Cor què desitges? («¿Qué quieres, corazón? Corazón, ¿qué deseas?»). A medida que Salvador fue haciéndose mayor, más de una vez contestaría que lo que quería era que lo llevaran al cine[25].

La afición del niño por el séptimo arte había nacido durante las proyecciones organizadas en la casa familiar, cuando Felipa Domènech accionaba el rudimentario aparato manual. Dalí diría después que recordaba los títulos de dos de los filmes visionados en aquellas sesiones: La toma de Port Arthur (breve documental sobre la guerra ruso-japonesa) y una cinta titulada El estudiante enamorado. Según Anna Maria, su madre les pasaba películas de Charlot y de Max Linder. También había en casa una linterna mágica. El primer cine de Figueras, la Sala Edison, abrió sus puertas en 1914, cuando Dalí tenía diez años. A partir de aquel momento podía ver todas las películas que le apetecían[26].

La política familiar de satisfacer cada deseo y veleidad de Salvador tuvo consecuencias importantísimas, y se podría decir que nefastas, para su formación como ser humano. Terco como una mula cuando se trataba de conseguir lo que él quería, adorado, adulado, mimado y acicalado, fue el indiscutido gallo del corral hasta la llegada de Anna Maria en enero de 1908.

¡Ah, Anna Maria! Dalí no se detiene en ninguno de sus escritos autobiográficos a analizar el posible impacto sobre su personalidad del nacimiento de su hermana. No obstante, el episodio del cometa Halley, en 1910, relatado en Vida secreta, hace pensar que la aparición de tan inesperada competencia le originó un fuerte resentimiento. Puede que Salvador, en realidad, no le diera a su hermanita un puntapié en la cabeza la noche del cometa, cuando ella tenía dos años y él seis, pero es muy posible que sintiera unas ganas tremendas de hacerlo[27].

Es desternillante lo que nos cuenta Dalí en Vida secreta acerca de cómo utilizaba sus deposiciones infantiles para manipular a sus padres, ¿pero es verdad que dejaba excrementos por toda la casa, en los rincones más inaccesibles e inesperados, para sacar el máximo provecho de la ansiedad que provocaba tal procedimiento en los autores de sus días?[28]. ¿O que a los ocho años seguía orinándose en la cama para humillar al notario, que le había prometido un triciclo rojo si dejaba de hacerlo?[29]. Imposible saberlo. Ahora bien, nadie que contemple los cuadros surrealistas de Dalí puede desconocer su obsesión con los excrementos.

TRAYTER Y SU ESCUELA

El ingenioso capítulo cuarto de La vida secreta de Salvador Dalí, titulado, a modo de advertencia, «Falsos recuerdos de infancia», empieza con la siguiente frase: «Cuando yo tenía siete años mi padre decidió llevarme a la escuela». Allí Dalí evoca, y en parte inventa, su experiencia en la Escuela Municipal de Figueras, que dirigía un maestro excéntrico e innovador llamado Esteban Trayter Colomer (1851-1920). Dalí reproduce en su libro una fotografía escolar, con la fecha 15 de septiembre de 1908 claramente estampada en su esquina inferior derecha, que demuestra de modo contundente cuán poco le importa la exactitud cronológica, y cuán mucho los «falsos recuerdos». En la foto vemos a un orgulloso Trayter con sus alumnos —unos ochenta— a principio de curso. El maestro luce una barba realmente asombrosa, partida en dos, que le llega casi a la cintura. En la cuarta fila, casi a la altura del codo de su profesor, se ve a Dalí, pero es Dalí con cuatro años, no siete. Un Dalí, ciertamente, de aspecto muy tímido.

En su Vida secreta Dalí afirma categóricamente que sólo asistió un año a la escuela de Trayter[30]. Es posible que así lo creyera cuando se sentó en Estados Unidos a escribir su autobiografía tres décadas más tarde, pero todo indica que siguió con el maestro un año más, es decir, hasta el verano de 1910, el verano del cometa Halley y del supuesto puntapié a la cabeza de Anna Maria.

Dalí se pregunta por qué su padre, todo un ilustre personaje en Figueras, le envió a la Escuela Municipal, destinada a los niños más pobres de la ciudad, cuando podría haberle confiado a una institución privada, más apropiada para gente de su categoría social. La explicación aducida por el pintor es que el notario, todavía librepensador y simpatizante del anarquismo, no pudo siquiera considerar las otras alternativas, todas ellas católicas[31]. También es posible que Dalí Cusí actuara impresionado por la personalidad de Trayter. Hombre de amplios conocimientos y grandes inquietudes intelectuales, el maestro dibujaba muy bien, coleccionaba capiteles románicos y esculturas góticas y era un ardiente francófilo que hacía frecuentes visitas a París, de las que regresaba cargado de regalos tan maravillosos para sus numerosos hijos que éstos le apodaron Monsieur Lafayette (por los famosos almacenes en los que solía realizar sus compras). Al parecer, el único defecto del pedagogo eran sus reiterados arrebatos de mal genio[32].

En 1952 Dalí se acordó otra vez de aquel maestro estrafalario, tildándole ahora de ateo militante:

Cuando yo era muy pequeño, Trayter, mi primer profesor, lo único que me enseñó fue que «Dios no existe» y que «la religión era cuestión de mujeres». Esta idea me sedujo desde el principio. Al mismo tiempo encontré la confirmación empírica de esto en el seno de mi familia, en la cual las mujeres iban a la iglesia pero mi padre, que era librepensador, nunca. Además, él [Dalí padre] esmaltaba su conversación, ya de por sí suculenta y pintoresca, con una serie ininterrumpida de las más variadas blasfemias[33].

El proselitismo ateo de Trayter no está documentado, y parece altamente improbable a la vista de los muchos honores oficiales que acumuló durante su larga carrera de maestro de escuela, y también de su íntima amistad con un conocido cura de Figueras, el padre Callís[34]. No obstante, el hecho de que fuera discípulo ferviente de Darwin, hasta el punto de ponerle Darwina a una de sus cuatro hijas, demuestra que, desde el punto de vista de la Iglesia, era un heterodoxo[35].

Dalí afirma en Vida secreta que su aguda conciencia de ser más rico que los otros alumnos de la Escuela Municipal hizo crecer en él una innata predisposición a la megalomanía. Es posible que así fuera. Vestido esmeradamente por su indulgente madre, su aspecto debió de ofrecer un notable contraste con el de los otros niños, mucho menos favorecidos[36].

Trayter y su numerosa familia vivían a sólo unos pasos de los Dalí, en un edificio sito donde hoy se erige el Museu de l’Empordà, en una esquina de la Rambla. A veces el maestro invitaba a Salvador a su casa. Su despacho es recordado por el pintor como una especie de gruta encantada. Lo dominaba una librería inmensa donde gruesos y polvorientos volúmenes alternaban con una variada colección de objetos raros y heterogéneos. Trayter gustaba de sacar (a no ser que se trate de un «recuerdo falso» daliniano) un rosario gigantesco comprado en Jerusalén para su esposa con unas cuentas talladas de auténtica madera del monte de los Olivos. También tenía una estatuilla de Mefistófeles cuyo brazo articulado blandía un tridente que se encendía. Una rana disecada, que servía como infalible pronóstico del tiempo, colgaba de una cuerda[37].

Y, sobre todo, había una especie de «teatro óptico». A principios del siglo XX se difundió por toda Europa una oleada de entusiasmo por las fotografías estereoscópicas. Muy pocas familias de clase media se libraron del contagio, y los Trayter no fueron excepción a la regla. En Vida secreta Dalí evoca, sin poder precisar exactamente cómo era, una gran caja cuadrada del maestro que contenía dibujos coloreados que se metamorfoseaban de la manera más insólita. Al recordarlos le parece que eran como las «imágenes “hipnagógicas” que se nos aparecen en el estado de “semi-sueño”». En dicho «teatro óptico», nos asegura, vio imágenes que a partir de aquel momento nunca dejarían de conmoverle[38].

Dalí nos cuenta a continuación que en el aparato de Trayter le atraían especialmente unas escenas de paisajes rusos nevados y salpicados de cúpulas. Entre ellas había una secuencia de una niña rusa sentada en un trineo, enfundada en pieles blancas y perseguida por lobos de ojos fosforescentes. Nos asegura recordar la sensación de que la niña le miraba fijamente y que tenía una cara oval con rasgos tan armoniosos como los de una Virgen de Rafael. ¿Premonición de Gala? Nos quiere convencer de que sí[39].

Lo más importante del «teatro» mágico de Trayter, al margen de las interpretaciones posteriores del pintor, es que aquel mundo de transformaciones maravillosas fue uno de los orígenes de su fascinación vitalicia con la visión estereoscópica y las ilusiones ópticas.

Dalí dedica varias páginas, en su evocación de la escuela de Trayter, a su relación allí con un niño rubio, de ojos azules y mucho más alto que él, llamado Butchaques. Para Salvador se trata indudablemente del más guapo de todos sus compañeros. Le observa de reojo y cuando sus miradas se cruzan «accidentalmente» tiene la sensación de que la sangre se le hiela en las venas. Un día Butchaques se le acerca por detrás y le pone las manos suavemente en los hombros: «Me estremecí y se me atragantó la saliva, lo que me hizo toser convulsivamente. Me alegré de esta tos, pues excusaba mi agitación y la disimulaba. En efecto, me había puesto como la grana al darme cuenta de que el niño que me tocaba era Butchaques»[40].

Un poco después Dalí nos relata cómo, tras una insólita nevada en Figueras, conoce a la versión local de la niña rusa del «teatro óptico» de Trayter. El encuentro tiene lugar cerca de una fuente en las afueras de la ciudad. Embargado por una «vergüenza mortal», Salvador está demasiado azorado para intentar un acercamiento directo a la niña, a la que ahora, décadas después, llama Galuchka, insistiendo en que era otra prefiguración de Gala[41]. Cuando vuelve a verla, esta vez en Figueras, le domina otra vez la misma «vergüenza insuperable» y decide esperar a que anochezca antes de abordarla. En la creciente oscuridad ya no se sentirá avergonzado. Podrá mirar a Galuchka a los ojos y ella no verá su rubor[42].

Según numerosos psicólogos que han investigado el mecanismo del sonrojo, el que se siente repentinamente avergonzado tiene la dolorosa sensación de estar expuesto al más terrible examen crítico, o al ridículo más cruel[43]. Es el caso de Salvador ante la mirada escrutadora de Galuchka, tan penetrante que parece atravesar el cuerpo de una nodriza, vestida de blanco, detrás de la que se esconde para evitarla[44].

En sucesivos pasajes de Vida secreta Dalí sugiere, más que declararlo explícitamente, que el miedo pánico a sonrojarse (ereutofobia), y a que la gente se percatara de ello, fue un factor crucial en la formación de su peculiar personalidad. En su libro On Shame and the Search for Identity (Sobre la vergüenza y la búsqueda de la identidad), tal vez el más penetrante estudio sobre la vergüenza jamás publicado, Helen Merrell Lynd señala la esencial incomunicabilidad de la misma y explica cómo una persona que está sintiendo vergüenza o se está ruborizando es incapaz de comunicar a nadie lo que le está ocurriendo, porque la adrenalina liberada en el flujo sanguíneo la empuja a escaparse o a esconderse. Lo único que puede hacer es disimular, disfrazar la turbación lo mejor posible, fingir que no le pasa nada. La vida secreta de Salvador Dalí permite sospechar que ya a los siete u ocho años el futuro pintor padecía una ereutofobia aguda y nunca confesada que le hacía sumamente difícil mantener relaciones normales con quienes le rodeaban —en primer lugar, por supuesto, con sus compañeros de clase (siempre dispuestos a reírse)— y que le forzaba a buscar la manera de camuflar su angustia.

Vale la pena señalar que, al contarnos su amor por el rubio y hermoso Butchaques, Dalí insiste en que lo que le fascinaba sobre todo del muchacho eran sus nalgas. El pintor tiene treinta y ocho años cuando escribe La vida secreta de Salvador Dalí y sabe lo que dice. Se trata casi casi de una confesión de homosexualidad:

Butchaques me parecía hermoso como una niña; sin embargo, sus rodillas excesivamente gruesas me producían una sensación de inquietud, igual que sus nalgas demasiado apretadas en unos pantalones sumamente estrechos. No obstante, a pesar de mi confusión, una invencible curiosidad me impelía a mirar los apretados calzones cada vez que un movimiento brusco amenazaba con desgarrarlos[45].

Dalí pretende que nos creamos que Butchaques y él se pasaban el tiempo acariciándose, y que, cada vez que se separaban, se daban un largo beso en la boca. Seguramente se trata de una grotesca exageración de lo que ocurría en realidad, pues si tal afecto se hubiera expresado tan abiertamente cabe imaginar que Esteban Trayter habría tomado serias medidas represivas, por muy liberal y progresista que fuera. Por desgracia no tenemos la versión del propio Butchaques, que con el correr del tiempo sería fontanero. Años después aseguró haber oído que el pintor hablaba de él en un libro, pero no mostró el menor interés por conocerlo y, al parecer, se llevó sus recuerdos de aquella relación precoz, si es que hubo tal relación, a la tumba[46].

LOS PLACERES DE BARCELONA

Salvador Dalí Cusí nunca olvidó su deuda para con la familia Serraclara. Y como buen hijo que era, jamás dejó de escribir a su madre, Teresa Cusí, que seguía con ellos en Barcelona[47]. Pronto se convirtió en costumbre que los Dalí pasasen las fiestas de Navidad y Año Nuevo con los Serraclara. Ello significaba para Salvador un emocionante viaje en tren, la certeza de recibir magníficos regalos, el bullicio de una gran ciudad, entretenimientos maravillosos y, tal vez sobre todo, visitas al mundo fantasmagórico del Parque Güell, con sus mosaicos de vivos colores, sus líneas ondulantes y sus árboles de piedra.

Salvador esperaba la Navidad con incontenible impaciencia y, claro, aquellas visitas de fin de año le brindaban una oportunidad inmejorable para dar rienda suelta a sus ya famosos ataques de rauxa. Durante ellos «se ponía tan excitado que lloraba y rabiaba sin parar», o por lo menos así lo cuenta Anna Maria, tal vez de oídas, pues esas visitas terminaron en 1912, cuando ella apenas tenía cuatro años. «A Salvador le regalaban tantos juguetes —sigue la hermana— que llegaba a perder la cabeza». Recibir regalos iba a convertirse en una de las aficiones vitalicias de Dalí. Hacerlos siempre le costaría más trabajo[48].

Un día Salvador pidió que le compraran unos ajos de azúcar expuestos en el escaparate de una tienda de la calle de San Fernando que ya había cerrado. La rabieta fue tan desproporcionada, prosigue Anna Maria, que su madre, mujer de carácter suave, casi perdió los nervios[49].

Además de las fiestas navideñas y de Año Nuevo, los Dalí solían pasar algunas semanas cada verano en la villa que tenían los Serraclara en Cabrils, cerca de Vilassar de Mar, donde se habían conocido Salvador Dalí Cusí y Felipa Domènech[50]. Rafael Dalí Cusí y su familia también se contaban entre los huéspedes, y se conserva una encantadora fotografía de Salvador y su prima Montserrat tomados de la mano en Cabrils a la edad de tres o cuatro años[51].

En La vida secreta de Salvador Dalí el pintor narra dos escenas que, según él, ocurrieron en Cabrils cuando tenía siete años. La primera relata cómo, por pura diversión (se diría un acte gratuit al estilo de André Gide), empujó a un niño menor que él por un puente de baja altura[52]. La segunda es más interesante. En ella Dalí cuenta que un día vio a una hermosa mujer que orinaba en el campo y cómo, al ser descubierto, le subió al rostro «una vergüenza mortal»[53]. Tal desconcierto nos recuerda las escenas ruborosas con Butchaques y Galuchka, y es otro indicio de la medida en que, en el Dalí niño, la curiosidad sexual, el deseo de saber qué hacían los adultos, se convirt

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