Introducción
En el Vaticano la palabra “revolución” no es muy popular. Alude a lágrimas, trastornos, grupos ganadores y perdedores. Es decir que es lo contrario al modo armónico, inclusivo, pacífico, de “sociedad perfecta”, con el cual la Iglesia Católica se ha presentado al mundo en más de dos mil años de historia. Sin embargo, teniendo en cuenta lo acontecido desde el inicio de 2013 hasta nuestros días, es difícil escapar a la impresión de estar viviendo eventos revolucionarios o, al menos, el desarrollo de una trasformación. Revolucionario con un sentido más profundo e inquietante que el utilizado por la historia: acontecimientos memorables que marcan una brecha real entre el pasado y el futuro. Uno de estos hechos memorables, para empezar, es la renuncia de Benedicto XVI, el 28 de febrero de 2013: algo que no había ocurrido en un período de unos setecientos años. Lo fue también la elección, en el cónclave, del argentino Jorge Mario Bergoglio el 13 de marzo, y lo que sucedió posteriormente marcó aún más la brecha entre el “antes” y el “después” del Vaticano.
No puede ser visto solamente como un gesto anómalo que Francisco haya elegido vivir en la Domus Sanctae Marthae (Casa Santa Marta), negándose a mudarse al departamento papal. Al instalarse en el edificio que aloja a los cardenales durante el cónclave ha dado la primera señal de una pedagogía del ejemplo personal, destinada a poner en discusión no tanto los hábitos y las costumbres de los grupos dirigentes eclesiásticos como una mentalidad que va más allá de la Iglesia Católica. Aquel ex lazareto pontificio construido a fines del siglo XIX para los enfermos de cólera, como puede verse en los documentos del Archivo Secreto del Vaticano que consulté, es el símbolo involuntario de una Iglesia parangonada por Francisco en una entrevista en La Civiltà Cattolica con “un hospital de campo después de una batalla”. Santa Marta es la metáfora de un catolicismo que ha decidido apartarse hacia un ángulo periférico del Vaticano para curar sus heridas y recuperar vigor, después de una enfermedad del alma que floreció de manera repentina y traumática.
Y cuando decide comer en la mesa del “hospicio”, junto a los otros, renunciando a autoencerrarse —insignia del poder papal y del soberano—, y sembrar migas de fe en la misa diaria, celebrada a las siete de la mañana en la capilla en la planta baja de Santa Marta, Francisco está intentando cambiar la Iglesia: marcando un perfil que refleja un enfoque totalmente nuevo en la relación entre el Papa y los fieles. No es solo el líder que se dirige a los pobres y a los excluidos y los convierte en los soldados elegidos de su “ejército” y en su reservorio de valores morales. Él mismo vive y se comporta como un pobre, en el sentido de que no se limita a predicar la frugalidad, la austeridad y la disponibilidad hacia los otros: la practica de una manera que sorprende, suscitando admiración en la gran mayoría de la opinión pública; como también, en paralelo, desconcierto, desaprobación y sarcasmo en los ambientes más tradicionalistas, dentro y fuera del Vaticano.
Sin embargo, es gracias a este modo de actuar inédito que la Iglesia ha pasado en pocos meses, del rol de “imputado global” por los escándalos de pedofilia, las disputas del Instituto para las Obras de Religión (IOR), el Vatileaks y la guerra de la curia, a autoridad moral nuevamente escuchada e influyente. Francisco no es la solución a los problemas que todavía se mantienen dolorosamente abiertos. Es, sí, la respuesta fuerte, radical, sorprendente que permite afrontar esos problemas con una autoridad y una credibilidad perdidas en los últimos años del pontificado de Benedicto XVI. La misma existencia de “dos papas”, uno a cargo y el otro, el ex, el “emérito”, es algo revolucionario. Y pone a prueba la capacidad vaticana de conciliar una paradoja que no ha producido aún todas sus consecuencias.
Pero deja vislumbrar ya la potencialidad y las incógnitas de una situación que desorienta, y plantea interrogantes teológicas y “políticas” sobre el gobierno de la Santa Sede. Y contiene una angustiosa pregunta sobre los verdaderos motivos que llevaron a Joseph Ratzinger a renunciar al papado; y sobre el carácter excepcional o no de su actuación, lo que, de ser confirmado por su sucesor, podría allanar el camino a una especie de “club de los ex” destinado a remodelar totalmente la sagrada imagen del “sucesor de Pedro”. Aunque Francisco ya la ha modificado. Y no solamente por ser argentino. El aspecto más intrigante es que se trata de un auténtico outsider: un “extranjero” respecto de la curia y la mentalidad romana, elegido justamente por esto; y encargado de desmantelar el aparato de la corte pontificia y la mentalidad de una nomenclatura eclesiástica frecuentemente autorreferencial y convencida de ser eterna y de estar por sobre la realidad y los problemas concretos.
Su identidad y su experiencia como jesuita y obispo latinoamericano están en las antípodas de la curia. Jorge Mario Bergoglio es hijo de una religión del pueblo forjada en la periferia de una megalópolis como Buenos Aires. Y es la primera vez que un pontífice proviene de una megaciudad. Para entenderla es fundamental sumergirse en la realidad de la capital argentina; en sus cromosomas culturales, su estilo y sus raíces. Haciéndolo pude darme cuenta de las implicaciones no solo religiosas sino también georreligiosas de su ascenso. Representa el triunfo del continente sudamericano, no ya como la tierra de las misiones de los europeos, sino como la “Patria grande” del catolicismo que se propone reevangelizar a Europa y a la Roma papal, apoyándose en sus quinientos millones de fieles y en los episcopados que en 2007, en la asamblea de Aparecida, en Brasil, donde Bergoglio jugó un rol estratégico, construyeron el primer papado americano y jesuita.
Sí, Bergoglio es un americano. América lo eligió. Es americano en relación con Europa. Es sudamericano, pues viene de Extremo Occidente. Es un animal urbano, hijo de una megalópolis donde los problemas de una sociedad globalizada existen desde hace ya más de una década. Se entrecruzan la desocupación, los crímenes y la integración, el diálogo interreligioso, el diálogo entre el centro y la periferia, los derechos individuales y el rol de la Iglesia. Y no es una coincidencia que Bergoglio haya elegido, como llave para entender a esta extensa ciudad horizontal, el poliedro: una figura geométrica sólida y desigual, con sus diferentes caras que forman una unidad en su totalidad; es más, compacta gracias a la diversidad de sus fragmentos individuales. Y este es el modelo que le propone a la Iglesia. No una pirámide jerárquica ni una esfera que borra las diferencias.
En el poliedro la periferia es un componente esencial. Representa nuevos problemas pero también sangre nueva y nuevos valores; es esa religiosidad popular la que Francisco observa como antídoto a la secularización y la indiferencia globalizadas. Para las sociedades occidentales, darse cuenta de su similitud con las “villas miseria” de Buenos Aires, ciudades invisibles de paupérrimos inmigrantes, enquistadas en el corazón de la capital, no es solo un deber sino más bien una necesidad: la alternativa es convertirse, progresivamente, en periferia. La lección del ex arzobispo de Buenos Aires ha sido trasformar estas marginalidades en un peso importante de la estrategia de la Iglesia Católica; promover la integración de los “nuevos bárbaros”, sumando no solo el peligro sino también la potencialidad.
Es también por este motivo que Francisco no encarna solamente un cambio de continente sino un cambio en el modo de pensar y percibir el corazón de la Iglesia: si no, habría bastado con votar a otro sudamericano, eso sí, orgánico a la curia y encargado de garantizar los deseos más gatopardistas. Se ha empezado a hablar de la “revolución del papa Francisco” porque su llegada es la afirmación del modelo latinoamericano de “religión popular” que arriba al Vaticano e intenta conquistarlo; un modelo con más del cuarenta por ciento de los católicos del mundo y que madura progresivamente. Es el resultado de un cónclave definido como “antiitaliano”, y no por cuestiones de nacionalidad: de otro modo, no se explicaría por qué el Papa nombró como secretario de Estado, es decir “primer ministro”, al veneciano Pietro Parolin.
El problema es que, en los últimos tiempos, los italianos a cargo de la dirigencia de la Iglesia estaban ofreciendo una imagen intrigante y de mediocridad que exasperó a los episcopados del mundo y provocó una suerte de ostracismo contra la sola idea del retorno de un pontífice elegido entre los cardenales “romanos”: fue así como, desde los treinta y tres días de Juan Pablo I en 1978, los papas provienen de distintos países. Por otra parte, hay que pensar que los cardenales italianos, más fuertes en términos numéricos, fueron apodados por los estadounidenses “the poison and dagger club”, “el club del veneno y el puñal”. Francisco fue considerado como el antídoto contra todo esto. Un antídoto amargo para la vieja guardia —que resiste fingiendo que nada ha sucedido— y difícil de tragar incluso para aquellos que votaron a Bergoglio porque estaban cansados de los métodos arrogantes y de la indiferencia de la curia.
Y ahora se dan cuenta de que se encuentran frente a un personaje amadísimo por las multitudes, agudo y con gran poder de decisión contra un aparato que se resiste, y esperan sobrevivir a su revolución sin ser cambiados.
Francisco lo sabe. Es consciente de que su desafío frente a las grietas profundas de un Vaticano que ha llevado al catolicismo al filo de la crisis de su autoridad moral debe ser ganado en Roma: de otro modo, habrá perdido también a nivel mundial. Y se da cuenta de que no puede tratarse de un simple lifting: la apuesta es hacer reformas que vuelvan irreversibles las elecciones de estos últimos meses, penetrando en profundidad en la conciencia común. Si el Vaticano fuera un Estado laico, se podría decir que, frente al peligro del default, fue “supervisado”, como hacen el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo con los países que están rozando el fracaso. Bergoglio y sus cardenales —que provienen de todo el mundo— son los “supervisores”, llamados a encarrilar a una institución que roza el default moral. Es la excepcionalidad negativa de la situación de partida la que explica el “fenómeno” Bergoglio. Los orígenes latinoamericanos y las reglas aparentemente inmutables de la Corte Pontificia fueron borrados como un tabú, así como su pertenencia a la Compañía de Jesús, porque la renuncia de Benedicto XVI modificó el fondo y cambió los paradigmas del pontificado.
De todas formas, aún no es un desafío ganado. Pensar que todavía se puede volver atrás confirma la miopía de quienes en los últimos años han subestimado la crisis de la Iglesia, acelerando la crisis de su sistema de gobierno. Contradecir la cesura provocada por Francisco significaría no reafirmar una concesión más ortodoxa e institucional del papado, sino más bien hundirlo completamente. Se terminaría por creer la peligrosa tesis de quienes, lamentando el emocionante pasado reciente, sostienen que el Vaticano es irreformable. Y mientras avanza, de forma coherente y atormentada, la revolución del papa Bergoglio, ya sueñan una restauración imposible.
I
El lazareto pontificio
EN SANTA MARTA, ESPERANDO EL CÓLERA
Tal vez no todos lo saben, pero el edificio elegido como casa por el papa Francisco era antiguamente un lazareto pontificio para los enfermos de cólera. Sí, un pequeño hospital ubicado en la periferia de los Palacios Apostólicos, cuando, hacia finales del siglo XIX, el pontífice temía que la epidemia del “morbo asiático”, como era llamado, llegara también a Roma. “Señor cardenal”, se lee en un antiguo documento papal de 1884 conservado en el Archivo Secreto del Vaticano, “el terrible flagelo del morbo asiático que apareció primero en la vecina nación francesa, como ya se temía, ha golpeado también en muchos lugares de Italia septentrional y meridional: y si bien en casi todas partes ha serpenteado lentamente, en la poblada ciudad de Nápoles siembra ruina y causa estragos... La Providencia, a partir de ahora, recubrirá a la ciudad de Roma con una protección especial, salvándola del flagelo... Pero nosotros, también deseosos de encontrarnos preparados para socorrer a nuestro predilecto pueblo romano, hemos establecido la apertura, el equipamiento y el mantenimiento, bajo nuestro costo, de un amplio hospital en las cercanías del Vaticano, donde sea fácil acceder personalmente a visitar y reconfortar a los enfermos... con tal fin... hemos ya asignado la suma de un millón”.
Fue el 10 de septiembre de 1884 cuando el papa León XIII escribía estas líneas, alarmado, al secretario de Estado, el cardenal Ludovico Jacobini. Y vio en el palacete de Santa Marta, de espaldas a la Basílica vaticana, el lazareto donde acoger a la familia pontificia y a aquellas de los barrios al abrigo de San Pedro, en una Roma que a pesar de la conquista saboyana se mantenía profundamente papal. Por al menos tres siglos existió una especie de quirófano con una iglesia dedicados a Santa Marta, “por haberlo albergado y por haber sido tan hospitalaria con Jesucristo en su casa de Nazaret”, recuerda Gaetano Moroni Romano en su Dizionario di Erudizione Storico-Ecclesiastica (Diccionario de Erudición Histórico-Eclesiástica). En 1537 Paulo III había hecho construir una pequeña clínica privada ante litteram para los “familiares, y las mujeres y las hijas de los familiares de los offizi menores del Palacio Apostólico y del Pontífice”. No quería que “en caso de enfermedad anduvieran por los hospitales públicos”.1 Desde entonces, el edificio estuvo abandonado, luego fue modificado en repetidas ocasiones. Y a fines del siglo XIX se convirtió para todos en “el lazareto pontificio de Santa Marta”.
Así se indica en las dos carpetas del Archivo Secreto del Vaticano que contienen los documentos sobre “Fábricas y agua”. No era un lugar alegre. Las fotos de la época muestran dos edificios antiguos de tres pisos, separados y unidos por un sector de ingreso común, con el techo a dos aguas como muchas construcciones del siglo XVIII del Borgo Pío, el barrio que rodea al Vaticano, en gran parte destruido en los años del régimen de Mussolini para celebrar los Pactos de Letrán de 1929 y construir la Via della Conciliazione. Y durante un siglo el “hospicio” no ha dejado nunca de ser un refugio. Fue un microcosmos periférico: un lugar de sufrimiento, potencial cuarentena y aislamiento destinado a transformarse, primero, en la residencia de los cardenales reunidos en el cónclave y, desde marzo de 2013, en la “casa” donde vive el papa Francisco.
En la actualidad “Santa Marta” designa al edificio con su habitante; y se ha convertido en la metáfora de la gran revolución del catolicismo deseada por Jorge Mario Bergoglio. En la entrevista publicada en La Civiltà Cattolica, al inicio del pontificado, realizada por el director del medio, Antonio Spadaro, Francisco dijo que veía a la Iglesia “como un hospital de campo después de una batalla... curar las heridas, curar las heridas... y hace falta empezar desde abajo”.2 Tal vez sabía que en aquel perímetro, ese pedazo de tierra pontificia que en 1726 fue abandonado “por la insalubridad del lugar”, era justamente “el hospital para la Familia del Palacio Apostólico”.3 Esta trinchera “extrema” contra una epidemia fantasma de cólera se convirtió en el reducto de la Iglesia para defenderse de sí misma: el primero y último baluarte de una resistencia contra una grave “enfermedad del alma”, contra la “mundanidad espiritual” y contra los símbolos externos de la corte papal; y también en el lugar elegido por el primer Papa sudamericano para la convalecencia de la Iglesia, determinada a recuperar la fuerza y la credibilidad perdidas.
El lazareto pontificio fue realmente destinado a ser una suerte de hospital de campo. “Nuestros doctores privados de la salud, doctor Alessandro Ceccarelli y Ruggero Valentini, tendrán pleno poder de modificar, transformar y reducir el antes mencionado edificio para su uso como hospital”, en palabras de León XIII, quien además se apuró en dictar cuatro disposiciones. La primera decía que Santa Marta pertenecía a los Palacios Apostólicos. La segunda, que debería funcionar “solo en caso de epidemias públicas, y estar, principalmente, abierto en beneficio de los distritos más cercanos al Vaticano como el Borgo y el Trastevere”. “En otros tiempos”, explicaba el tercer artículo, “con la aprobación del Sumo Pontífice, podrá funcionar como hospital para los peregrinos que, en gran número, accederán a Roma para visitar la tumba de los Apóstoles”. La última disposición se refería a la conservación del quirógrafo “por duplicado” en los archivos.
Siete años después, en 1884, en Roma aún no se había visto el cólera, pero el refugio había sido terminado. Y el pontífice, agradecido a la Divina Providencia por haber salvado a Roma “del funesto contagio”, escribió un quirógrafo en el que celebraba las tareas terminadas “con pericia y precisión”. Luego de haber gastado una gran suma, los dirigentes eclesiásticos estaban “deseosos de ocuparse ahora de su conservación, y garantizarle una existencia perpetua”. Por este motivo, León XIII emitió, “en virtud del presente quirógrafo, las siguientes disposiciones: Art. 1: El Pontificio Hospital Santa Marta, fundado por nosotros, es una dependencia de los Palacios Apostólicos. Art. 2: Deberá funcionar solamente en caso de epidemias públicas, y estar principalmente abierto en beneficio de los distritos más cercanos al Vaticano, como el Borgo y el Trastevere. Art. 3: En otros tiempos, con la aprobación del Sumo Pontífice, podrá funcionar como hospital para los peregrinos que, en gran número, accederán a Roma para visitar la tumba de los Apóstoles”. Firmado: papa León XIII, “el 21 de marzo de 1891”.4
Pero este no era el primer reglamento ni sería el último. De los archivos sobre el “pontificio hospital lazareto de Santa Marta” entre los años 1884 y 1909 emerge un pequeño universo de negocios y miserias, disputas por herencias y familias de la “nobleza negra” (aquellas que se mantuvieron fieles al Papa después de la conquista de Roma por parte de la Casa de Saboya en 1870, y que vestían trajes con “corte español”, rigurosamente negros) que giraban en torno a aquel edificio periférico; y normas exigentes sobre quiénes podían entrar y salir del edificio. Entre el Pontificio Colegio Pío Latino Americano, que pedía prestadas camillas, y las cartas al príncipe Chigi, “presidente de la Asociación de Ambulancias”, ya en 1887 se convenían las reglas de acceso al lazareto. Y también en el lejano año 1884 llegaron las primeras cuatro hermanas, guiadas por una mujer enérgica, Luisa Lequette. La superiora de las Hijas de la Caridad era la encargada de “todo el abastecimiento sacro para la Capilla, todo el material de blanquería, camas, muebles y utensilios de cocina, objetos de despensa y comedor”. Y con el fin de que el mantenimiento del hospital fuera “continuo, regular y exacto”, el mayordomo de Su Santidad ordenaba que cada jueves, “si el tiempo lo permite”, la Superiora de las hermanas ventilara “todo el interior del establecimiento”.
“ARMA DE FUEGO” PARA EL PORTERO DEL HOSPICIO
Luego estaba el “Sr. Ingeniero”, que debía controlar que “el portero maniobrara a diario el ascensor para el transporte de los enfermos, así como el montacargas para la entrega de los víveres”. Y en el punto 5 se pedía que el portero viniera “provisto de arma de fuego con permiso regular, para la defensa del lugar”, pues “el hospital-lazareto se encuentra en un lugar apartado y de fácil acceso, especialmente desde los jardines anexos”. A los peregrinos se les pedía siempre presentar “el billete personal de alojamiento gratuito”: una hoja de papel de quince por diez centímetros, con el logo pontificio y la leyenda: “Prefectura de los Santos Palacios Apostólicos”. Las seis de la mañana era la hora de levantarse. “A las 9.30, puntualmente, se servirá el desayuno (déjeuner)”, especificaba en francés el artículo 8 del reglamento para los peregrinos. A las 9.30 “de la tarde” llegaba la señal “para que cada uno volviera a su propia habitación a recostarse”. Luego de esa hora estaba “prohibido cualquier ruido que perturbara la quietud del establecimiento”.
En 1901 llegó la corriente eléctrica. Al año siguiente se construyó otra capilla para celebrar la misa. Y cuando Reggio de Calabria y Mesina fueron destruidas por el terremoto de 1908, algunas decenas de refugiados fueron hospedados allí. Entonces reinaba Pío X. Y las ofertas y los pedidos de ayuda se volvieron sobre Santa Marta. El “prefecto general de la orden de los ministros de los enfermos”, Vido, “ofreció al Papa hasta doce sacerdotes y hermanos, con su correspondiente patente de enfermeros, para socorrer a los heridos en el hospicio de Santa Marta, bajo la dependencia de la orden de los fatebenefratelli. Pío X hace responder que agradece la oferta, de la cual se aprovechará cuando sea necesario”.5 En aquellos meses llegaron las ayudas más impensadas al ex lazareto.
Una maestra de escuela primaria de la región de Cardoso de Stazzema, en la provincia de Lucca, que firmaba “sinceramente, Toti Tecla”, envió “una caja de madera que contenía dulces para servir entre los huérfanos y enfermos del terremoto que se estuvieran recuperando en Santa Marta”. Escribió la maestra: “Están frescos, los hice ayer y contienen flores, azúcar, huevos y miel. Así que creo que serán inocuos. Pido disculpas por mi miserable ofrecimiento...”. Extrañamente, cuando el 11 de diciembre de 2004 el cardenal Angelo Sodano recordaba los ciento veinte años de aquella que definía como la “casa de la caridad”, olvidó aquel breve período en el cual fueron alojadas y asistidas las víctimas del terremoto. Habló, en cambio, de la ayuda de los “sacerdotes necesitados, los gendarmes y la Guardia Suiza”.
ENTRE DIPLOMÁTICOS Y JUDÍOS PERSEGUIDOS
Santa Marta estaba destinada a convertirse cada tanto en algo distinto; aunque siempre sería ese lugar apartado en el cual convergían personajes y situaciones disparatadas. Y donde todos se sentían en un ambiente espartano, frugal y también vagamente familiar. En los años de la Segunda Guerra Mundial el ex lazareto pontificio adquirió un rol de refugio y de protección para algunas familias judías que tuvieron que ser alojadas para evitar caer presas en las redadas y las deportaciones de los fascistas y de las tropas alemanas en Roma, como también para los representantes diplomáticos en guerra contra la Italia de Benito Mussolini y contra la Alemania hitleriana. “De 1940 a 1945”, recordó el cardenal Angelo Sodano, “Santa Marta tuvo que acoger a los embajadores de los países con los que Italia había roto relaciones diplomáticas, pues se encontraban allí, en la Santa Sede: de los Estados Unidos de América a Inglaterra, de Francia a Bélgica, de Yugoeslavia a Polonia”.
Pero no se trataba solo de un refugio temporal. La extraterritorialidad vaticana consentía a sus habitantes la posibilidad de continuar teniendo contacto con los dirigentes de la Santa Sede y seguir intercambiando información con los otros diplomáticos durante todo el período bélico. En sus memorias, Myron Taylor, el financiero estadounidense enviado en 1939 a Roma por el presidente Franklin D. Roosevelt como su representante personal en la corte de Pío XII, ofreció información sobre el rol que el “hospicio” había cumplido por esos años. En el Sommario delle conversazioni tra Pio XII e Myron Taylor (Resumen de las conversaciones entre Pío XII y Myron Taylor) de los días 19, 22 y 26 de septiembre de1942, el diplomático se refiere a su viaje con monseñor Egidio Vagnozzi, entonces delegado apostólico en Washington. “En el aeropuerto de Roma fui recibido por varios representantes del Vaticano, incluyendo al padre Carroll, miembro estadounidense de la Secretaría de Estado de Su Santidad, y el arzobispo Carlo Grano, también de la Secretaría de Estado. Y sin incidentes fui conducido en un auto del Vaticano a la ciudad del Vaticano, al palacio Santa Marta, residencia del encargado de negocios estadounidense, el señor Harold Tittman”.6
Tittman se había mudado allí desde la suite del hotel Excelsior, en Via Veneto, donde previamente había tejido ya una red contactos, después del regreso temporal de Taylor a Filadelfia para curarse. Era él, Tittman, el verdadero hombre clave de los Estados Unidos, no solo por el acceso a las fuentes vaticanas que el alojamiento en el antiguo lazareto pontificio le facilitaba. Ex piloto de la Primera Guerra Mundial, en la cual había perdido una pierna, seguido esto del deterioro de una de sus manos, “ocupaba un pequeño departamento en el convento de Santa Marta... Sus fuentes eran limitadas, aunque de muy buena calidad, empezando por el sustituto de la Secretaría de Estado, Giovanni Battista Montini, el futuro papa Pablo VI, del cual se dice que le daba lecciones de latín al hijo de Tittman”.7 De hecho, en aquel período, Santa Marta se había convertido en una suerte de búnker de la inteligencia occidental en guerra con el nazifascismo, bajo la protección benévola de Pío XII. Por sus habitaciones fluía información reservada que de otra manera no se habría conocido.
Aquella pequeña comunidad de diplomáticos prófugos legitimaba la opinión expresada un siglo antes por un senador estadounidense de Indiana, Edward Hannegan, según la cual la corte papal era “el emporio de la inteligencia de Europa”. La embajada de los Estados Unidos en Italia ya en 1939 advertía que “la reanudación de las relaciones diplomáticas con el Vaticano representó una fuente de información política de extrema importancia”. Hugh Wilson, embajador de los Estados Unidos en Berlín, confirmaba aquello de que la Santa Sede era “el mejor servicio secreto de Europa”. Y el secretario de Estado americano de la época, Sumner Welles, alimentaba este juicio hasta los confines del mito, sosteniendo que “el profundo y minucioso conocimiento de la Santa Sede sobre las condiciones de muchos lugares del mundo, particularmente de los países europeos, es proverbial”.8
Estando en el viejo lazareto se podían enviar las comunicaciones reservadas a Washington o a Londres usando la valija diplomática vaticana que partía regularmente por Suiza, país neutral. Allí se ordenaba la correspondencia para las embajadas de las naciones en guerra. En suma, aquellas pequeñas habitaciones por las que pasaron por decenas enfermos, peregrinos, sacerdotes, hermanas, e hijas e hijos de la “gente común” del Borgo Pio y del Trastevere, y donde dominaban las hermanas Hijas de la Caridad, se trasformó por algunos años en una discreta y misteriosa central de información reservada.
Y JUAN PABLO II CONSTRUYÓ LA “CASA DEL CÓNCLAVE”
Aquel destino se mantuvo durante todo el segundo conflicto mundial. Luego, rápidamente, se volvió a la rutina del pasado, aunque cada vez maduraba más la idea de usar aquel hospicio como una especie de lugar de retiro, casi como un hotel para los eclesiásticos. Comenzó a recibir a los sacerdotes que eran llamados por los papas de la Secretaría de Estado u otras oficinas de la Santa Sede. La guerra había agudizado dentro del recinto de los Santos Muros el deseo por las habitaciones y la competencia por ocuparlas. Y Santa Marta se convirtió en una suerte de alojamiento temporal a la espera de la asignación de un departamento: un limbo visto por la nomenclatura eclesiástica como un lugar de pasaje, cómodo, familiar, pero un poco espartano. Además, la construcción era antigua, y aquellos años sombríos no habían mejorado la situación. Le tocó a Juan Pablo II, el pontífice polaco, decidir y llevar a cabo la reforma del edificio, así como su reconstrucción; y luego, utilizarlo para