La guerra de Al Ándalus (Banu Qasi 2)

Carlos Aurensanz

Fragmento

 

Nota preliminar

 

Banū Qasī. La guerra de Al Ándalus, al igual que su antecesora Banū Qasī, Los hijos de Casio, es una novela que trata de acercar al lector los apasionantes acontecimientos que tuvieron lugar en la península Ibérica durante la última étapa del emirato de Al Ándalus, fundamentalmente en las tierras fronterizas del norte, donde el contacto con los nacientes reinos cristianos sometía a sus moradores a una situación de continua zozobra, que muy a menudo desembocó en el drama más descarnado.

Desde el primer momento ha sido mi intención mantenerme fiel a la cronología histórica, tal como queda reflejada en las crónicas que han llegado hasta nosotros. Su escasez y su fragmentación, sin embargo, obligan a interpretar los acontecimientos de acuerdo al mejor conocimiento de los historiadores contemporáneos y, cuando tampoco éste existe, es cuando verdaderamente ha entrado en juego la faceta literaria. Mi objetivo ha sido ofrecer al lector un relato coherente, verosímil y sobre todo ameno de lo que bien pudo suceder en aquella lejana época de nuestra Historia, hace casi mil doscientos años.

Como en Banū Qasī. Los hijos de Casio, he pretendido construir una novela que, aunque compleja, permita un ejercicio grato de lectura. He prescindido prácticamente de muchos de los personajes que surgen en un árbol genealógico cada vez más extenso, para centrar el relato en aquellos que resultan fundamentales para el desarrollo de la historia. Aun así, resulta inevitable la reiteración de algunos de los nombres propios (los Muhammad, los Fortún, los Mūsa...) que podría causar cierta confusión en un lector no avisado.

De la misma forma, será bueno advertir que la novela transcurre, como la anterior, enfocando la mirada en diversos escenarios de forma alternativa: los personajes se desplazan entre la Córdoba emiral, el valle del Ebro, el naciente reino de Pamplona o alguno de los escenarios de las grandes revueltas, como la sierra malagueña, dibujando así la trama que da forma al relato.

He querido dejar caer en el texto algunos términos árabes, tal como se escucharon en la Península durante cuatrocientos años, con el único objeto de ilustrar y ambientar una novela que transcurre en Al Ándalus. De igual manera he hecho un esfuerzo especial por utilizar topónimos árabes para todos los lugares que se citan. Si el significado no queda claro en el contexto, un rápido vistazo al breve glosario o al glosario toponímico que se acompañan resultarán suficientes.

Sólo una cosa más: en la época de la comunicación global y las redes sociales, sería imperdonable no utilizar las vías de contacto entre autor y lector de las que disponemos. No dudes en hacerlo para trasladarme tus sensaciones, tu opinión, o tus sugerencias. Puedes utilizar las redes sociales más habituales, el blog de la novela www.banuqasi.blogspot.com o el correo electrónico: banuqasi@hotmail.es

Adelante, pues, con la lectura de Banū Qasī. La guerra de Al Ándalus.

 

CARLOS AURENSANZ

 
 

Dramatis personae

 

Abán ibn Abd Allah: Hijo del emir Abd Allah.

Abbas ibn Abd al Barr: Gobernador de Huesca.

Abd al Aziz al Tuchibí: Patriarca de los Tuchibíes.

Abd al Malik: Personaje ficticio. Ministro del emir Abd Allah.

Abd al Malik ibn Umayya: General en jefe del ejército de Abd Allah.

Abd al Rahman al Tuchibí: Caudillo árabe de los Tuchibíes de Calatayud.

Abd al Rahman I: Primer emir de Córdoba (756-788).

Abd al Rahman ibn Marwan: Rebelde de la cora de Mérida.

Abd al Rahman ibn Muhammad: Nieto del emir Abd Allah, hijo de Muhammad, futuro califa Abd al Rahman III.

Abd al Rahman II: Cuarto emir de Córdoba (822-852).

Abd Allah ibn Hayyay: Rebelde árabe de Sevilla.

Abd Allah ibn Jalaf: Ualí de Barbastro y suegro de Ismail ibn Mūsa.

Abd Allah ibn Muhammad: Séptimo emir de Córdoba (888-912), esposo de Onneca y padre de su hijo Muhammad.

Abd Allah ibn Muhammad: Hijo de Muhammad ibn Lubb, hermano de Lubb ibn Muhammad.

Abdel: Personaje ficticio. Esclavo de Fortún y Onneca en Córdoba.

Abu Marwan: Alfaquí cordobés.

Adur: Personaje ficticio. Hermano de Muzna.

Afrah: Personaje ficticio. Concubina en el palacio del gobernador de Zaragoza.

Ahmad ibn Abd Rabbih: Poeta cordobés.

Ahmad ibn Al-Barra: Gobernador de Zaragoza y de la Marca Superior.

Aishun: Caudillo de Archidona.

Al Ablí: Poeta muladí de Granada.

Al Anqar: El Tuerto. Gobernador tuchibí de Zaragoza durante el sitio de la ciudad. Muhammad ibn Abd Allah al Tuchibí (aunque en la novela se le conoce como Mujahid para evitar la constante repetición del mismo nombre).

Al Asadí: Poeta árabe de Granada.

Al Hakam I: Tercer emir cordobés (796-822).

Al Mundhir: Sexto emir de Córdoba (886-888).

Al Sarray: Capitán de Ibn Hafsún.

Al Sarray: Santón musulmán contrario al poder del emir.

Al Tawil: Sobrenombre de Muhammad ibn Abd al Malik, gobernador de Huesca.

Alfonso III: Rey de Asturias (866-910). Conocido como Alfuns entre los musulmanes.

Álvaro de Córdoba: Monje cordobés, amigo y biógrafo de Eulogio de Córdoba.

Amrús ibn Umar: Muladí que se hizo con el poder en Huesca.

Amrús ibn Yusuf: General de origen muladí oscense, gobernador de Talavera, más tarde de Toledo y posteriormente de la Marca Superior. Fortíficó Tudela en 802, y por ello se le considera fundador de la ciudad.

Asbag ibn Isa: Estratega cordobés en la batalla de Bulay.

Assona Iñiguez: Hija de Iñigo Arista, y esposa de Mūsa ibn Mūsa.

Ayab: Esposa de Lubb ibn Mūsa.

Ayyub: Uno de los hijos de Ibn Hafsún.

Aznar Fortúnez: Hijo de Fortún Garcés.

Aznar Sánchez de Larraón: Hijo de Sancho Garcés, esposo de Onneca Fortunez.

Badr: Personaje ficticio. Eunuco del harén de Abd Allah.

Banū Anyalin: Familia de muladíes sevillanos.

Banū Sabariquh: Familia de muladíes sevillanos.

Bashir: Personaje ficticio. Uno de los administradores de Umar ibn Hafsún.

Belasco Fortúnez: Hijo de Fortún Garcés.

Belasquita: Hija del rey García Iñiguez de Pamplona, casada con Mutarrif ibn Mūsa, de los Banū Qasī. Falisquita entre los musulmanes.

Conde Casio: Conde visigodo que dominaba las tierras del Ebro a la llegada de los musulmanes en 714. Adoptó la fe de los conquistadores y se convirtió en mawla del califa de Damasco, conservando así sus derechos y el gobierno de sus tierras. Sus descendientes, los Banū Qasī, mantendrían este poder durante generaciones.Tuvo cinco hijos: Fortún, Abu Tawr, Abu Salama, Yunus y Yahya.

Dadildis de Pallars: Segunda esposa de García Ximénez de Pamplona, madre de Sancho Garcés I.

Damián: Personaje ficticio. Colaborador mozárabe de Huesca que ayuda a Belasquita.

Diego de Salazar: Personaje ficticio. Caballero pamplonés.

Diego Rodríguez: Conde al servicio del rey Alfonso III, uno de los oficiales de sus huestes.

Dulcidio: Clérigo leonés, embajador en la corte cordobesa.

Enneco Fortúnez: Primer hijo varón de Fortún Garcés.

Enneco Garcés: Hijo de García Ximénez, hermano mayor de Sancho Garcés.

Enneco Iñiguez: Conocido como Iñigo Arista, primer rey pamplonés, hermano de sangre de Mūsa ibn Mūsa.

Eulogio de Córdoba: Religioso cordobés, impulsor de la respuesta mozárabe ante el emir.

Fortún Garcés: Hijo de García Iñiguez. Permaneció como rehén de Córdoba entre 860 y 880. Regresó como rey de Pamplona, aunque abdicó antes de su muerte en 905. Su sucesor fue Sancho Garcés I.

Fortún ibn Mūsa: Cuarto hijo de Mūsa ibn Mūsa.

Galindo Aznar: Conde de Aragón.

García Iñiguez: Rey de Pamplona (852-882).

García Ximenez: Uno de los seniores vascones, emparentado con los Arista. Casó a varios de sus hijos e hijas con hijos y nietos del rey de Pamplona. Padre de Sancho Garcés I, el sucesor de Fortún Garcés.

Garsiya: Personaje ficticio. Hombre de negocios vascón asentado en Huesca.

Guifrid: Wifredo el Velloso, primer conde de Barcelona.

Habiba: Personaje ficticio. Concubina en el palacio del gobernador de Zaragoza.

Habil: Personaje ficticio. Hombre de confianza de Umar ibn Hafsún, encargado de las finanzas.

Haddad: Personaje ficticio. Uno de los administradores de Umar ibn Hafsún.

Hadiya: Personaje ficticio. Esposa de Fortún ibn Mūsa.

Hafs: Padre de Umar ibn Hafsún.

Hafs al Mur: Lugarteniente de Umar ibn Hafsún.

Hakim: Personaje ficticio. Representante de los muladíes de Zaragoza.

Harith ibn Hamdun: Señor de Al Hamma.

Haxim ibn Abd al Aziz: General y hachib del emir Muhammad I.

Hazine: Personaje ficticio. Concubina de Muhammad ibn Abd Allah.

Hixam I: Segundo emir de Córdoba (789-796).

Ibn Galib: Oficial muladí a las órdenes del emir Abd Allah.

Ibn Mastana: Rebelde muladí de Priego, amigo de Ibn Hafsún.

Ibn Zennún: Rebelde toledano.

Ibrahim: Personaje ficticio. Maestro de obras de Muhammad ibn Lubb en Zaragoza.

Ismail ibn Fortún: Hijo mayor de Fortún ibn Mūsa.

Ismail ibn Mūsa: Hijo menor de Mūsa ibn Mūsa.

Jawhar: Personaje ficticio. Oficial de Muhammad ibn Lubb en Saraqusta.

Khaled: Personaje ficticio. Jefe del zoco en Zaragoza.

Kurayb ibn Jaldún: Rebelde árabe de Sevilla.

Lubb ibn Fortún: Hijo de Fortún ibn Mūsa.

Lubb ibn Muhammad: Hijo primogénito de Muhammad ibn Lubb.

Lubb ibn Mūsa: Segundo hijo de Mūsa ibn Mūsa y padre de Muhammad ibn Lubb.

Lubb ibn Mutarrif: Hijo de Mutarrif ibn Mūsa.

Maslama: Capitán de Ibn Hafsún.

Masud ibn Amrús: Hijo de Amrús ibn Umar, gobernador de Huesca como él.

Mijail: Personaje ficticio. Oficial de confianza de Muhammad ibn Lubb.

Moisés de Rada: Personaje ficticio. Médico mozárabe en Zaragoza.

Mudáhir: Tío de Umar ibn Hafsún.

Muhammad I: Quinto emir de Córdoba (852-886).

Muhammad ibn Abd Allah: Hijo primogénito del emir Abd Allah y Onneca Fortunez.

Muhammad ibn Ismail: Hijo de Ismail ibn Mūsa.

Muhammad ibn Lubb: Hijo primogénito de Lubb ibn Mūsa y protagonista de la novela como caudillo de los Banū Qasī.

Muhammad ibn Lubb: Hijo primogénito de Lubb ibn Muhammad, nieto del protagonista del mismo nombre.

Muhammad ibn Mutarrif: Hijo de Mutarrif ibn Mūsa.

Muhammad ibn Salma: Primer qādī de Córdoba en tiempos de Abd Allah.

Mūsa ibn Fortún: Hijo de Fortún ibn Mūsa, de Tudela.

Mūsa ibn Galind: Gobernador de Huesca.

Mūsa ibn Ismail: Hijo de Ismail ibn Mūsa.

Mūsa ibn Muhammad: Hijo de Muhammad ibn Lubb, hermano de Lubb ibn Muhammad.

Mūsa ibn Mūsa: Muladí, principal caudillo de los Banū Qasī (788-862). Llegó a ser considerado «el tercer rey de España» por las crónicas cristianas. Hermano de madre de Iñigo Arista.

Mūsa ibn Mutarrif: Hijo de Mutarrif ibn Mūsa.

Mūsa ibn Nusayr: Conquistador de la península Ibérica a partir de 711.

Mutarrif ibn Abd Allah: Segundo hijo del emir Abd Allah.

Mutarrif ibn Muhammad: Hijo de Muhammad ibn Lubb, hermano de Lubb ibn Muhammad.

Mutarrif ibn Mūsa: Tercer hijo de Mūsa ibn Mūsa, casado con Belasquita de Pamplona.

Muzna: Esclava vascona, esposa del príncipe Muhammad.

Onneca: Madre de Mutarrif, Fortún y Mūsa ibn Mūsa, casada en primeras nupcias con Iñigo Jimeno, de quien tuvo a sus dos primeros hijos: Iñigo Iñiguez (Iñigo Arista) y Fortún Iñiguez.

Onneca Fortúnez: Hija del rey Fortún Garcés, cautiva con él en Córdoba durante veinte años. Allí casó con el príncipe Abd Allah, después emir, para ser madre de su primogénito. Abuela de Abd al Rahman III, primer califa de Córdoba.

Onneca Rebelle: Primera esposa de García Ximenez de Pamplona.

Ordoño I: Rey de Asturias (850-866). Conocido como Urdún entre los musulmanes.

Ordoño II: Rey de León a principios del siglo X.

Rashida: Personaje ficticio. Madre de Mutarrif ibn Abd Allah, esposa del príncipe Abd Allah.

Recafredo: Obispo metropolitano de Córdoba en tiempo de Muhhamad I.

Sa’id Amrú al Akri: Poeta cordobés.

Sadún al-Surumbaqi: Lugarteniente de Ibn Marwan.

Sahra: Personaje ficticio. Esposa de Muhammad ibn Lubb, madre de Lubb ibn Muhammad.

Said: Personaje ficticio. Partidario de Amrús ibn Umar en Huesca.

Said ibn Ismail: Hijo de Ismail ibn Mūsa.

Saleh: Personaje ficticio. Funcionario cordobés, amigo del eunuco Badr.

Sancha Aznárez: Hija de Onneca Fortúnez y Aznar Sánchez.

Sancha Garcés: Hija de García Ximénez, esposa de Enneco Fortúnez.

Sancho: Personaje ficticio. Abad de Leyre.

Sancho Aznárez: Hijo de Onneca Fortúnez y Aznar Sánchez.

Sancho Garcés: Segundo hijo de García Iñiguez, regente durante el cautiverio de su hermano Fortún.

Sarband: Servando, hijo del conde cristiano de Córdoba del mismo nombre.

Sawar ibn Hamdun: Rebelde árabe de Granada.

Sayida: Hija de Ibn Jalaf, esposa de Ismail ibn Mūsa.

Servando: Conde cristiano de Córdoba.

Shamena: Personaje ficticio. Esposa de Lubb ibn Muhammad.

Tariq ibn Ziyad: Lugarteniente de Mūsa ibn Nusayr, conquistador de la península Ibérica a partir de 711.

Temam ibn Alqama: Canciller del gobierno de Al Mundhir.

Toda Aznárez: Hija de Onneca Fortúnez y esposa de Sancho Garcés I.

Ubayd Allah ibn Muhammad: General de vanguardia en la batalla de Bulay.

Umar ibn Hafsún: Rebelde malagueño que consiguió poner en jaque al emirato de Qurtuba.

Umayya ibn Abd al Gafir: Gobernador de Sevilla enviado por el emir Abd Allah.

Vela Jiménez: Conde al servicio del rey Alfonso III.

Walid ibn Ganim: General del emir Muhammad I.

Wanyat: Ualí de la ciudad de Arnedo, depuesto por Lubb ibn Mūsa.

Willesindo: Obispo de Pamplona.

Wuhayb (hijo): Gobernador de Zaragoza.

Wuhayb (padre): Gobernador de Tudela.

Ximena: Princesa pamplonesa, casada con Alfonso III, rey de Asturias. Madre de Ordoño.

Ximena Belasco: Hija de Belasco Fortúnez, casada con un hijo de García Ximénez.

Ximeno: Obispo de Pamplona en tiempos de Fortún Garcés.

Ya’ad ibn Abd al Gafir: Gobernador de Ilbira (Granada), enviado a Sevilla por Abd Allah.

Yahya ibn Abd al Aziz: Procurador en el juicio contra Muhammad.

Yasar: Personaje ficticio. Uno de los administradores de Umar ibn Hafsún.

Yaziz: Personaje ficticio. Mercenario al servicio de Ismail ibn Mūsa.

Yunus ibn Muhammad: Hijo de Muhammad ibn Lubb, hermano de Lubb ibn Muhammad.

Yusuf ibn Muhammad: Hijo de Muhammad ibn Lubb, hermano de Lubb ibn Muhammad.

Zakariyya: Lugarteniente de Ibn Hafsún.

Zakariyya ibn Amrús: Miembro de los Banū Amrús de Huesca.

 

Año 863, 249 de la hégira

1

Qurtuba

 

El atardecer era sin duda el momento del día que Onneca prefería. Aunque aquél era el tercer verano que pasaría en la capital, no había conseguido acostumbrarse al calor intenso del estío cordobés y, si algo echaba en falta de su tierra natal, allá en el norte, en tierras vasconas, eran los días soleados pero frescos de las montañas, que le permitían mantener la actividad incluso durante las horas más calurosas del mediodía.

No era así en Qurtuba, desde luego. Cuando el sol alcanzaba su cénit, tanto ella como Fortún, su padre, solían encontrarse ya refugiados en sus cómodas estancias de la Dar al Rahn, la magnífica construcción destinada a albergar a los numerosos rehenes políticos del emirato.

La Casa de los Rehenes ocupaba un espacio privilegiado entre la mezquita aljama y el muro que separaba la madinat del Uādi al Kabir. El acceso principal al edificio se hallaba junto a la Puerta del Puente, un lugar de trasiego continuo de personas y mercancías que hacía las delicias de la joven Onneca. A sus quince años, era una muchacha jovial y despierta, en opinión de su padre quizá demasiado para una sociedad como aquélla, en la que las mujeres tenían perfectamente marcados los límites que no debían traspasar.

Las primeras semanas de estancia en Qurtuba habían sido duras: todavía guardaba en su retina las imágenes de la destrucción de Pampilona y de todas las aldeas vasconas que el ejército de Muhammad I había devastado a su paso. Recordaba su zozobra durante la negociación en la que Fortún hubo de aceptar ser trasladado a la capital en calidad de rehén, y cómo se lanzó a los pies de su padre para rogarle que la llevara consigo. Aquellas imágenes retornaban a ella una y otra vez envueltas en una nube de irrealidad, que se prolongaba en las tres interminables semanas que emplearon en atravesar de norte a sur todo el territorio de Al Ándalus.

Tres años. Sólo tres años, pero para Onneca parecía haber transcurrido toda una existencia. En Qurtuba había descubierto una forma de vida completamente nueva, de la que sólo había tenido referencias por los relatos de sus parientes musulmanes del Ebro. Pero entonces era una niña, y para ella todas aquellas historias de emires y concubinas, fastuosos palacios y enormes mezquitas no se diferenciaban en absoluto del resto de los relatos que solían escuchar durante las frías noches en la vieja Pampilona, confortados por el calor del fuego.

El trato que recibieron desde el primer día había supuesto una sorpresa tanto para su padre como para ella. Incluso durante su traslado, habían dispuesto de comodidades impensables en la retaguardia de un enorme ejército como el de Muhammad I. Es cierto que la haymah que ocupaban durante los breves descansos nocturnos estaba permanentemente vigilada por cuatro miembros de la guardia personal del emir, pero las monturas en las que cabalgaron eran excelentes, las viandas que se les ofrecieron, más que dignas, y no les faltó un cántaro de agua fresca mientras atravesaban las interminables llanuras del centro de la Península.

Una vez alojados en la Dar al Rahn de Qurtuba, fueron recibidos por uno de los chambelanes de palacio, que estableció las condiciones de su estancia forzada: Fortún sería tratado como correspondía a su calidad de hijo y heredero del rey Garsiya de Banbaluna. Disfrutaban de total libertad para circular por la ciudad, e incluso se les permitía acceder a las estancias del palacio del soberano, con excepción del harem y del resto de los aposentos privados. Las únicas restricciones impuestas giraban en torno a la prohibición de mantener cualquier reunión o actividad de carácter político, enviar o recibir correspondencia sin comprobación previa por parte de los funcionarios de la administración y, por supuesto, abandonar la ciudad sin la autorización personal del emir.

Onneca había sido feliz durante aquellos tres años. Muerta su madre, la separación de su padre, al que adoraba, habría resultado insoportable. Tenerlo a su lado, poder acompañarlo durante su cautiverio, la había hecho sentirse extrañamente afortunada desde el primer momento. La Casa de los Rehenes era una espaciosa y bien conservada construcción de dos plantas cuyas estancias se abrían a un patio que incluso contaba con una fuente cantarina en el centro. Fortún y Onneca ocupaban un alojamiento compuesto por tres estancias adosado a la muralla meridional, una ubicación que le permitía recibir los primeros rayos de sol de la mañana y lo mantenía en la sombra durante las calurosas horas de la tarde.

La muchacha era una de las pocas mujeres que vivían en el edificio, cuyos habitantes eran en su mayoría varones, más jóvenes que viejos, pertenecientes en su mayor parte a linajes de alta cuna. A pesar de la diversidad de procedencias y religiones, el cautiverio había establecido entre ellos fuertes lazos de amistad, y habían adoptado a la vivaz vascona como la hija o la hermana que todos hubieran querido tener a su lado.

Desde el primer momento, Onneca se había afanado en hacer la vida de su padre lo más fácil posible. Se levantaba al amanecer, para dedicar las horas más frescas del día a los quehaceres domésticos que podían suponer algún esfuerzo, y antes de que calentara el sol salían juntos hacia el cercano mercado, donde les recibía el familiar bullicio que tanto le agradaba. A esa hora temprana, los puestos rebosaban de mercancías procedentes de las huertas y alquerías próximas, y pronto la cesta que colgaba de su brazo contenía lo necesario para abastecer la reducida despensa.

En los últimos meses el encargado de portar esa carga había sido Abdel. En la primera entrevista que habían mantenido con el chambelán, se les ofreció la posibilidad de contar con uno o dos esclavos que atendieran sus necesidades, y Fortún se mostró agradecido y dispuesto a aceptar la propuesta. Sin embargo, en cuanto quedaron a solas, Onneca le hizo otra sugerencia a su padre. Ella se haría cargo de las sencillas tareas domésticas, y a cambio Fortún pediría algo en el alcázar. Desde que conoció su destino, Onneca había decidido no perder el tiempo durante su cautiverio, y la primera meta que se marcó fue hablar con corrección la lengua árabe. Si bien era cierto que ya conocía sus rudimentos, gracias al contacto con sus parientes y con los muchos comerciantes musulmanes que visitaban Pampilona, no pensaba dejar pasar la oportunidad que le ofrecía su forzada permanencia en aquella espléndida ciudad, la capital del emirato. Pero necesitaba a su lado a alguien con los conocimientos suficientes.

Abdel entró en la Dar al Rahn sólo dos semanas después de la llegada de Onneca. Era un muchacho de diecisiete años, alto, delgado y moreno, cuya mirada apenas se alzaba del suelo, y cuya compañía se hizo habitual desde que, con voz queda, se presentara ante ambos. Cada día, en las horas más calurosas, Fortún se retiraba a su alcoba, y no era extraño que conciliara el sueño oyendo a su hija repetir una y otra vez viejas sentencias árabes, corregida ocasionalmente por la voz masculina de su joven maestro. Poco a poco, sus visitas fueron haciéndose más frecuentes y se extendieron a las horas centrales de la mañana. Con estudiado gesto de sorpresa, fingía tropezarse con Onneca en el mercado, se ofrecía a llevarle la cesta y la acompañaba hasta la Casa de los Rehenes. Una vez allí, ambos buscaban cualquier excusa para prolongar el encuentro, y con la aquiescencia de Fortún, el muchacho acababa acompañándolos en su frugal almuerzo, antes de dar comienzo a las cotidianas lecciones. Mediada la tarde, tras el breve descanso, Fortún volvía a hacer acto de presencia en la amplia estancia, y entonces Abdel se levantaba y con una ligera reverencia se despedía de ambos.

Ése era el momento en que Fortún, aprovechando la sombra de las edificaciones y sin dejar de admirar el soberbio muro meridional de la mezquita mayor, solía atravesar la plaza en dirección al alcázar. Había descubierto lo que para él constituía el mayor tesoro del palacio de Muhammad, un tesoro del que ya había tenido cumplidas noticias a través del abad de Leyre, allá en las lejanas estribaciones del Pirineo: la magnífica biblioteca del alcázar albergaba miles de volúmenes, y una parte nada despreciable de éstos estaba traducida al latín. No le había costado ningún esfuerzo conseguir los permisos necesarios para acceder a sus dependencias, y en aquellos años había entablado una relación de franca amistad con el alto funcionario en el que el emir delegaba personalmente su autoridad como responsable de la conservación y ampliación de aquel centro del saber.

Aunque las horas para Fortún pasaban veloces allí, su deseo de gozar de la compañía de su hija no disminuía, así que pronto empezó a tomar en préstamo rollos y volúmenes con los que llenar su tiempo sin necesidad de abandonar la Dar al Rahn. Su fe cristiana había arraigado sólidamente bajo la influencia tanto de su padre como del obispo de Pampilona, Willesindo, confesor y amigo de la familia, por lo que sus primeras lecturas se habían dirigido a las obras de los padres de la Iglesia, que con gran sorpresa había hallado en aquellos inmensos anaqueles. Allí había descubierto De civitate Dei, de Agustín de Hipona, e incluso había tenido ocasión de disfrutar de algunos de los veinte tomos de las Etimologías del viejo obispo de Ishbiliya, Isidoro. Las profundas meditaciones de los antiguos maestros constituían un bálsamo para él, pues de alguna manera compensaban la imposibilidad de practicar el culto en las iglesias de la ciudad, algo que el soberano había prohibido al inicio de su reinado, después de los graves sucesos protagonizados por los mártires cristianos que, encabezados por el obispo Eulogio, habían desafiado las leyes religiosas del emirato hasta que terminaron ejecutados.

Aquella tarde del final del verano, mediado el mes de Rajab, la ciudad era un hervidero de rumores, pues el regreso del victorioso ejército cordobés, al mando del príncipe Abd al Rahman, resultaba inminente. Al parecer, la campaña de Alaba contra el rey Ordoño de Asturias había resultado un verdadero éxito. Ningún habitante de Qurtuba esperaba algo distinto, ya que, en la pasada primavera, habían comprobado con sus propios ojos el descomunal despliegue de hombres procedentes de todas las coras del sur de Al Ándalus que se habían concentrado a pie y a caballo en la explanada de la musara, dispuestos para partir.

Los narradores que recorrían las calles y plazas de Qurtuba no escatimaban elogios hacia un soberano que les había conducido a una nueva victoria contra los infieles del norte: veinte condes cristianos habían mordido el polvo según los relatos que circulaban de boca en boca, y el propio hermano del rey Ordoño había sido abatido durante la batalla. Onneca se había mostrado preocupada por la suerte de sus familiares, pero Fortún pudo tranquilizarla tras confirmar en el alcázar que en esta ocasión los pamploneses no habían tomado parte en la contienda.

Sin duda la vanguardia del ejército se aproximaba a la ciudad, porque la Bab al Qantara, la puerta más cercana al río, se encontraba abierta de par en par, y una comitiva de alto rango procedente del alcázar se dirigía hacia allí flanqueada por la muchedumbre. También en la Dar al Rahn se respiraba expectación. Los hombres se disponían a salir, y Onneca, tras tratar de atisbar algo de lo que sucedía en el exterior por encima de hombros y cabezas, se encaminó decidida a su alojamiento, donde encontró a Fortún entregado a la lectura de un pesado volumen.

—Padre, ¡el ejército se acerca! Ya salen a recibirlos.

Fortún alzó la mirada y contempló a la muchacha con una ligera sonrisa.

—Ah, la juventud... —dijo con un suspiro—. Quieres salir y deseas que te acompañe...

—Quizá no sea necesario, padre. Abdel puede hacerlo, aún se encuentra junto a la puerta, puedo verlo desde aquí.

Fortún estudió las páginas que tenía ante sí.

—Sea, hija mía. Sin embargo, no debéis alejaros del edificio. Y regresad antes del anochecer.

El rostro de Onneca se iluminó, besó a su padre en la mejilla y salió de la estancia ocultando su cabello bajo una ligera pañoleta. Cruzó el patio a la carrera, sin pensar demasiado en el decoro que una muchacha de su posición debía mantener, se deslizó entre las personas agrupadas bajo el dintel del portalón y, una vez en el exterior, buscó con la mirada a Abdel. No lo encontró inmediatamente, pues el muchacho no contaba con su presencia y había tratado de acercarse a la comitiva, pero debido a su altura su cabeza se destacaba sobre el resto. Onneca logró abrirse camino casi a empujones, y rio con franqueza al ver la cara estupefacta del joven cuando se situó junto a él.

—¡Onneca! ¡Deberías haberme advertido! No es seguro para una muchacha...

—¡Chsss! —chistó—. ¿Quiénes son? —preguntó con la vista clavada en los dos soberbios jinetes que se acercaban desde el extremo opuesto de la explanada.

—Son los hijos de Muhammad. El primero es el príncipe heredero, Al Mundhir. El que avanza tras la guardia es Abd Allah. Sin duda van a recibir aquí mismo a su hermano el príncipe Abd al Rahman, que regresa al frente de las tropas.

—¿Cómo pueden ser hermanos siendo tan diferentes? Al Mundhir es moreno y de cabello ensortijado, pero fíjate en Abd Allah: su piel es clara, los cabellos rubios... y esos ojos azules.

—Ambos son hijos del emir, pero sin duda concebidos con diferentes esposas. Tengo entendido que nacieron el mismo año. Pero Abd Allah se parece mucho más a su padre.

—¿Cuántos hijos tiene Muhammad? —preguntó Onneca.

—Al menos una veintena de varones y una quincena de hembras... Pero fíjate en sus vestiduras, y en sus monturas... ¡son magníficas!

—Acerquémonos —dijo Onneca mientras trataba de abrirse paso, llena de curiosidad.

La muchedumbre apenas permitía caminar. Familias completas se habían echado a la calle para contemplar de cerca a los herederos al trono, un espectáculo que no se repetía con frecuencia. Onneca avanzó de lado y, a costa de soportar algunas quejas, se hizo un hueco en primera fila, junto a una mujer con un niño de corta edad que miraba el cortejo con ojos de asombro. Al Mundhir pasaba en ese momento frente a ellos, y Onneca se fijó en su rostro, hermoso pero picado de viruelas. Observó también que un perro correteaba con naturalidad entre los jinetes, como queriendo tomar parte en la fiesta. El niño también lo vio y se separó de su madre para acercarse a él, pero el animal retrocedió asustado, hasta quedar a escasos codos del caballo de Abd Allah, que saludaba a la multitud agolpada en los laterales. Onneca percibió el peligro de inmediato. La montura se encabritó, y alzó las patas delanteras en el aire. La madre lanzó un grito de advertencia, pero fue Onneca la que se abalanzó hacia el pequeño, lo tomó de un brazo y, con un tirón que dio con ambos en el suelo, evitó en el último instante que los cascos del caballo aplastaran su cuerpo diminuto.

Cuando el niño era ya atendido por su madre y Abdel avanzaba hacia ella, la muchacha alzó la vista y descubrió que el príncipe trataba de controlar su cabalgadura sin apartar los ojos azules de su rostro. Se le había caído el pañuelo que le cubría la cabeza, y de pronto se sintió expuesta a todas las miradas. Incapaz de controlar la situación, se abrió paso entre la multitud y desapareció en dirección a la Casa de los Rehenes.

Abdel trató de seguirla, pero una voz a su espalda lo detuvo.

—¡Tú! ¿Conoces a la muchacha? —preguntó Abd Allah con tono grave.

Abdel se detuvo y recompuso la postura para dirigirse al príncipe de forma respetuosa.

—La conozco, mi señor. Se trata de la hija de uno de vuestros huéspedes, Fortún, heredero del reino de Banbaluna. Se aloja con su padre en la Dar al Rahn, y yo mismo he sido designado para mejorar su conocimiento de nuestra lengua.

El príncipe entornó los ojos y pareció sonreír. Con una mano indicó al muchacho que se alejara, de forma que Abdel, tras una leve inclinación de cabeza, retrocedió para seguir los pasos de Onneca. Debía dar cuenta de la conversación que acababa de mantener.

Cuando la mañana siguiente un lacayo del alcázar entró en los aposentos de la Dar al Rahn con un rollo de pergamino en la mano, Fortún lo tomó con pulso tembloroso. Estaba seguro de conocer su contenido.

 

 

Año 870, 256 de la hégira

2

Tutila

 

La vieja almúnya situada a orillas del Uādi Qalash había conocido tiempos mejores. La frondosa vegetación invadía ahora parte de las veredas, trepaba por los troncos de los árboles y cubría la red de acequias y canalillos que tan acogedora había hecho la finca en sus momentos de esplendor, cuando las parras, las higueras y los albérchigos bien cuidados ofrecían sus frutos a los moradores durante todo el verano.

Fortún ibn Mūsa había conseguido conservar su propiedad tras la desposesión a manos del emir de la mayor parte de los dominios de la familia. En interés de los suyos, tras la muerte de su padre se había incorporado al ejército del nuevo gobernador de la Marca, Jalid ibn Ubayd Allah, junto a quien había prestado buenos servicios a Qurtuba. Bien lo sabían los habitantes de Alaba y las tierras fronterizas de Al Qila, sometidas en los últimos años al azote de una guerra sin cuartel.

Aquella tarde Fortún tenía motivos para estar feliz, pero también para sentirse inquieto. De hecho, hacía rato que deambulaba impaciente ante la fachada de aquella vieja construcción a la espera de los dos visitantes, que ya se retrasaban. El sol declinaba, y de nuevo le asaltaron las dudas habituales. Sus hermanos Ismail y Mutarrif habían confirmado la recepción del aviso y su puesta en marcha, pero... ¿habrían sufrido algún contratiempo en el camino?, ¿hubo un error, quizás, en la fecha convenida? Tomó asiento en un sólido poyo de piedra, y se entretuvo contemplando los caprichosos dibujos que trazaban las nubes arrastradas por el viento otoñal, mientras volvían a su mente los inesperados acontecimientos de las últimas semanas. Lubb... Después de tantos años, su añorado hermano, el primogénito, había regresado, y su llegada había puesto fin a una década en que las cosas habían estado claras para él, en la que se había dedicado a guerrear a las órdenes de Qurtuba, a ver crecer a sus hijos y a tratar de olvidar las afrentas pasadas.

Debía reconocer que durante todos aquellos años el rencor hacia su hermano había anidado en su corazón. Tras la muerte de su padre, se habían confirmado los rumores sobre aquello que, gracias al Todopoderoso, el viejo Mūsa no había llegado a ver con sus propios ojos: la defección de su hijo mayor, su entrada en tratos con el mismo rey Urdún, el rey de los cristianos, el causante en Al Bayda de la desgracia de la familia.

Al acudir a la cita con Lubb en la alcazaba de Arnit, el viejo feudo de sus ancestros, los reproches rumiados durante años habían brotado en forma de preguntas en cuanto hubo ocasión. El encuentro había sido tenso, y un muro de recelo se interpuso entre ambos desde el primer abrazo. Fueron necesarias dos jornadas de conversaciones interminables, de largos paseos por la ribera del río, y una última velada en la que sólo el amanecer arrojó la luz necesaria. Fortún pudo al fin entrever, incluso comprender, las razones que habían llevado a su hermano a permanecer durante años entre infieles, más allá de las fuentes del Uādi Ibru, en las tierras de los yilliqiyun, aun cuando Urdún se enfrentaba a Qurtuba. Aun cuando Urdún se enfrentaba a su propia familia.

Al parecer, todo había comenzado en Tulaytula: como gobernador de la ciudad —le contó su hermano— Lubb llegó a captar el sufrimiento de sus habitantes, muladíes y mozárabes en su mayor parte, sojuzgados cruelmente por el poder omnímodo de los sucesivos emires. El cruel Al Hakam fue el primero, y acabó con la resistencia a golpe de sable en la recordada jornada del Foso. Su hijo Abd al Rahman II, testigo en su niñez de aquel desdichado castigo, se sirvió de la protesta mozárabe para pasar por las armas a los habitantes de la ciudad y conducir a sus notables cargados de cadenas a las sucias mazmorras cordobesas. Y qué decir de Muhammad I, el actual soberano. Un emir que no había dudado en desposeer de sus cargos a los miembros de su familia, los Banū Qasī, cuando tras una derrota, una única derrota, éstos habían dejado de ser útiles a sus intereses. El relato de Lubb, desde la perspectiva de los sufridos toledanos, era sobrecogedor. La ejecución de Eulogio, que para entonces era el obispo metropolitano, concertó voluntades en toda la comunidad cristiana, y los mozárabes pusieron sus ojos en el rey que había tratado de enfrentarse a su opresor. El propio Lubb había formado parte de la embajada toledana que se entrevistó con Ordoño I, y había descubierto en él, según contaba, a un hombre inteligente y audaz, poco soberbio, incluso austero, que disfrutaba de una evidente autoridad sobre su pueblo procedente no del temor, sino de su valía como gobernante.

Ordoño I se había mostrado incisivo al preguntar a su hermano por su alejamiento de la familia, antes ya de la muerte de su padre, pero la respuesta de Lubb fue firme y sincera: tras su destitución como wālī de Tulaytula, no había tenido dudas acerca del camino que debía tomar. Ni siquiera la diferencia de credo fue un obstáculo insalvable, nunca lo había sido, tampoco con sus parientes vascones. La fe islámica de la familia era reciente y tibia. Le confesó que, en realidad, con el paso de los años había comprendido que la religión, las religiones, no eran sino el banderín de enganche que los poderosos utilizaban para movilizar a las masas en pos de sus propios intereses políticos y militares. Tampoco pensó, sin embargo, en volver a abrazar el cristianismo de sus ancestros: al parecer, simplemente había querido jugar sus cartas con pragmatismo, del lado de quien favoreciera mejor sus intereses. Y en aquel momento ya lejano, ése había sido el rey Ordoño I de Asturias.

Lubb realmente se había sincerado con él durante aquellos días, había desnudado su alma, y se había mostrado convincente al explicar con detalle cómo se había desarrollado aquel proceso de acercamiento gradual, que con el paso del tiempo desembocó en una relación de mutua confianza. Incluso los hijos de ambos, Alfonso y Muhammad, habían crecido juntos en la corte astur, y habían llegado a desarrollar un apego sólo posible debido a la extrema juventud de los dos muchachos. Quizá la diferencia de origen, lo exótico que para ambos resultaban sus respectivos pasados, fue lo que les había atraído en un principio, pero al cabo de los meses —recordaba Lubb— la amistad entre su hijo y el pequeño príncipe era sincera y profunda. Muhammad era tres años mayor que el heredero asturiano, y al parecer esa diferencia había marcado su relación. Alfonso admiraba a su buen amigo muladí por su madurez, su fortaleza y por la generosidad de quien no dudaba en dedicar días enteros a enseñarle nuevas destrezas con la espada, con los caballos o con el arco.

Lubb le había revelado cómo la amistad entre los dos muchachos se había sellado definitivamente cuatro años atrás, cuando los acontecimientos se precipitaron con la repentina muerte de Ordoño, y Alfonso se vio abocado a asumir el trono asturiano con tan sólo dieciocho años. Porque la sucesión no había sido pacífica, pues uno de los condes, el llamado Fruela Vermúdez, se apoderó con malas artes del trono para tratar de alterar el orden sucesorio. De inmediato los fideles de Alfonso, con Muhammad ibn Lubb entre sus filas, se alzaron en armas contra el intruso, que fue eliminado sin dar lugar a un posible enfrentamiento civil de funestas consecuencias. De alguna manera Alfonso debía el trono al hijo de Lubb... a un musulmán.

 

 

Ismail, su hijo mayor, interrumpió sus pensamientos.

—¡Se acercan jinetes por el camino de Saraqusta!

El muchacho siguió los apresurados pasos de su padre hasta el pesado portón de madera que daba acceso a la finca. El mismo Fortún hizo girar los goznes y accedió al exterior a tiempo para ver cómo un grupo reducido de hombres a caballo remontaba los mil codos escasos de camino de ribera que conducían a la almúnya.

Como habían convenido, no portaban ningún signo que diera pistas sobre su verdadera identidad, vestían ropas sencillas y cubrían sus cabezas con los discretos gorros de fieltro comunes entre la población. Sin embargo, a Fortún no le costó trabajo distinguir la figura de sus dos hermanos, Mutarrif e Ismail, que avanzaban al frente, y una sonrisa le iluminó el rostro. Con un leve movimiento de cabeza como saludo, padre e hijo se hicieron a un lado para franquear el paso al grupo, y los recién llegados esperaron aún a que las puertas estuvieran bien cerradas para descabalgar.

Fortún abrazó en primer lugar a un cambiado Ismail. El cabello ralo y la barba cana daban cuenta de que el benjamín de la familia había alcanzado ya la cincuentena, aunque para él siempre sería su hermano menor. Llegaba solo, sin sus hijos, a diferencia de Mutarrif, a quien acompañaban sus tres jóvenes vástagos, cuyos rasgos no dejaban duda sobre su filiación.

—Muhammad, Mūsa, Lubb... —presentó Mutarrif, mientras los muchachos abrazaban por turno a su tío.

—Veros así, convertidos en hombres, me hace pensar que en estos años la relación con mis hermanos podría haber sido más estrecha —confesó Fortún, no sin cierta emoción.

—Eso es algo que podemos remediar —terció Ismail.

—Así lo espero... en verdad, así lo espero —sonrió Fortún—. Yo os presento a mis hijos: Ismail, Lubb...

Por un momento, en aquella vereda reinó una confusión de abrazos y animados saludos.

—Ahora entremos en la casa, Hadiya nos espera —atajó Fortún al tiempo que tomaba a sus hermanos por el brazo—. Debéis de estar hambrientos, y... tenemos muchas cosas de que hablar.

 

 

La cena se celebró en el interior, porque el viento otoñal había refrescado el ambiente, y el simple intercambio de informaciones sobre las respectivas familias después de la prolongada separación fue suficiente para animar el banquete improvisado. Sólo cuando las bandejas fueron retiradas cambió el tono de la conversación.

—¿Crees que nuestra presencia aquí habrá pasado inadvertida para la guarnición de Tutila? —se interesó Mutarrif con voz más queda, ya con un dulce en la mano.

—Lo dudo —respondió Fortún—, pero hasta ahora disfruto de total libertad de movimientos. Nadie duda de mi lealtad al emir, la he demostrado sobradamente en los últimos tiempos. El wālī no se atreverá a enviar a su guardia para indagar y, en cualquier caso, nada hay de extraño en que un hombre libre quiera reunir a sus hermanos... Aunque, si sospechara lo que se va a hablar aquí esta noche, quizá tendría motivos para inquietarse.

Fortún sonrió al comprobar el efecto de sus palabras en sus hermanos y en sus sobrinos, disfrutando de la curiosidad reflejada en sus rostros. A una seña, dos únicos sirvientes se apresuraron a retirar los restos de la cena y antes de abandonar la sala, escanciaron las copas de los comensales. Fortún sorbía pequeños tragos de la suya sin perder aquella sonrisa algo enigmática. Centró su atención en su hermano mayor, cuyo carácter conciliador seguía reflejándose en su rostro a pesar del paso de los años. No podía decirse que Mutarrif hubiera sido un hombre falto de ambición, pero siempre se había mostrado fiel a su padre, y por tanto a su familia, a la que había servido bien, primero desde su cargo como gobernador de Uasqa, y luego como cabeza de los Banū Qasī en ausencia del primogénito. Si alguien ambicionaba un destino más alto no era él, sino su esposa Belasquita, hija del rey de Banbaluna.

En Ismail, en cambio, se había acentuado el carácter arisco y huraño que en mayor o menor grado había venido mostrando desde la adolescencia. Sin duda su calidad de benjamín de la familia le había hecho sentirse relegado en los momentos trascendentales, y no habían sido pocos los conatos de enfrentamiento que tal sentimiento había generado entre los tres hermanos. Su intento de marcar diferencias se reflejaba incluso en su aspecto y, bajo aquel gorro verde de fieltro, el cabello cano había sufrido un corte drástico, muy alejado de las pobladas barbas y las cabelleras rizadas que lucía el resto de los varones de la familia. Las miradas de los dos hermanos se cruzaron, e Ismail aprovechó el momento para reclamar una explicación a sus últimas palabras.

—Nos tienes en ascuas —confesó, impaciente, cuando el último de los sirvientes hubo salido—. ¿Qué motivo habría de tener el gobernador para estar inquieto?

Fortún rio abiertamente esta vez, depositó su copa y comenzó a hablar:

—Mutarrif, Ismail... y yo mismo. Tres de los hijos del gran Mūsa ibn Mūsa, el caudillo más grande que han visto las tierras del Uādi Ibru —dijo en tono enfático, declamando casi—, juntos aquí, en Tutila, la ciudad que contribuyó a engrandecer. Sólo falta uno de sus hijos, el primogénito...

—Lubb no es digno de llamarse hijo de Mūsa.

—No precipites tu juicio, Ismail —respondió Fortún, al tiempo que alzaba la mano abierta—. Quizá nuestro hermano tuviera razones poderosas para actuar como lo hizo.

—¿De qué estás hablando, Fortún? —preguntó el menor con extrañeza—. ¿Qué puede haber que justifique su apoyo a nuestro mayor enemigo?

Mutarrif escuchaba también con el ceño fruncido.

—Fortún... ¿qué tratas de decirnos? Si existieran esas razones... ¿cómo ibas a conocerlas tú?

Fortún sonrió de nuevo mientras asentía con la cabeza, alargando el momento.

—Sí, es lo que pensáis —dijo al fin—. He tenido una larga entrevista con nuestro hermano.

—¿Quieres decir que...? ¿Dónde...? —titubeó Ismail.

—Lubb se encuentra en Arnit, junto a su hijo Muhammad—declaró.

 

 

Durante un largo rato, Fortún trasladó a sus hermanos el contenido de sus conversaciones con Lubb en Arnit. La sorpresa y el desconcierto se disiparon a medida que fueron saliendo a la luz las circunstancias de la vida de Lubb junto a los dos reyes asturianos.

—Esto que os cuento habréis de oírlo en boca del propio Lubb. Si todo transcurre como espero, ese momento no debería tardar. El hecho de que nuestro hermano no esté aquí hoy se debe a su interés por que su presencia en la Marca se mantenga aún en secreto.

—Sea como dices. Pero nos queda por conocer algo fundamental —intervino Mutarrif de nuevo—. ¿Cuál es el motivo que lo ha traído hasta aquí, diez años después?

—El motivo es que sin duda nos necesita, tanto como nosotros lo necesitamos a él, aunque quizás hasta ahora no nos habíamos dado cuenta...

—Déjate de acertijos, Fortún. ¿Qué propone nuestro hermano? —gruñó Ismail.

—Está bien —concedió, mientras se ponía en pie y comenzaba a caminar con las manos a la espalda—. Al parecer Alfuns, a pesar de su juventud, es un hombre inteligente y capaz, bien formado, quizá porque ha podido beber también en fuentes musulmanas. Según Lubb, su capacidad de análisis de las situaciones a las que se enfrenta es sorprendente, lo que le permite aprender de sus errores. Hace sólo un lustro que los asturianos sufrieron la mayor derrota que se recuerda a manos de los musulmanes, todos os acordaréis. Fue en La Morcuera, junto a las peñas de Amaya. Aquello supuso un duro revés para los planes de Urdún, que había iniciado una estrategia de avance hacia el sur para tratar de alcanzar la línea del Uādi Duwiro. Recordad que el heredero del emir, el príncipe Al Mundhir, reunió a un ejército formidable, el mayor del que tenemos memoria, y con él hizo saltar cualquier defensa que se le opusiera. Alfuns es consciente de que podría repetirse algo semejante: el ejército cordobés unido es, hoy por hoy, invencible. Por eso ha trazado una nueva estrategia. Sabe del descontento existente en muchas de las ciudades musulmanas, sobre todo en la periferia del emirato. Sabe de la dura situación que viven los mozárabes en Al Ándalus, y también los muladíes, aunque en menor medida. Por ello ha decidido apoyar, e incluso alentar, todo movimiento de resistencia contra Qurtuba que surja dentro de sus fronteras. Ya ocurrió en la Marca Inferior, con el rebelde Ibn Marwan en Mārida, que atrajo la atención del emir hace dos veranos y evitó una nueva aceifa hacia el norte. El foco de descontento de Tulaytula es casi permanente, y llegan noticias de una enorme inquietud entre los muladíes del sur de Qurtuba, en las zonas de Raya, Niebla e Ishbiliya.

—En cambio la Marca Superior sigue en calma —aventuró el hijo mayor de Mutarrif.

—Eso es. Y ahí entramos nosotros, los Banū Qasī, los sucesores del gran Mūsa. Su desaparición condujo de forma inevitable al declive de nuestra influencia, aunque tampoco el emir hubiera permitido entonces un atisbo de nuevas algaradas.

—¿Quieres decir que el rey de los cristianos nos propone tomar el relevo de nuestro padre? ¿Alzarnos de nuevo en rebeldía contra el emir? —inquirió Ismail—. Sus intenciones resultan demasiado evidentes. Una vez debilitado el poder de Qurtuba, nosotros seríamos el siguiente objetivo. Una nueva Al Bayda, ¿y por qué no seguir río abajo? ¡Incluso con la ayuda de los pamploneses!

—¡Cuánto me gustaría que Lubb estuviera aquí, que pudierais escuchar estos argumentos de sus propios labios! —se lamentó Fortún—. Os aseguro que su entusiasmo era sincero. Desea ver reconstruido el principado de nuestro padre, y sabe que, si nuestras fuerzas merman, la siguiente generación está lista para reemplazarnos.

—Debemos valorar la posibilidad que se nos ofrece, Ismail—convino Mutarrif—. ¿O es que tú no has soñado con legar a tus hijos un país que no se vea sometido a los deseos de un soberano que se encuentra en el otro extremo de la Península? El país de los Banū Mūsa...

Ismail guardó silencio, pero no pudo evitar removerse en su diván.

—Si prende la chispa de la rebelión, ésta puede extenderse como el fuego en un pajar y dejar a Qurtuba sin capacidad de reacción —apuntó el hijo de Fortún—. También ha sucedido en Uasqa, ¿no es cierto, Mutarrif? Si alguien tiene información de primera mano ése has de ser tú. Nos gustaría que nos pusieras al corriente.

—Así es, sobrino. Como sabéis, el emir había dejado Uasqa en manos de Mūsa ibn Galind, pariente de mi esposa Belasquita y de mi suegro, el rey de Banbaluna. Pues bien, al finalizar este último invierno, Amrús ibn Umar consiguió sorprenderlo mediante traición, y se hizo con el control de la ciudad.

—¿Es cierto que ese Amrús es nieto de Amrús ibn Yusuf, el antiguo gobernador de la Marca? —intervino Ismail.

—El mismo que fortificó esta ciudad. Y ya conocéis la respuesta del emir: no ha vacilado en enviar a un ejército de mercenarios contra Amrús. También el gobernador de la Marca movilizó tropas del contorno y se dirigió a Uasqa, pero, adelantándose a la llegada de semejante ejército, Amrús salió de la ciudad... no sin antes colgar de sus muros el cadáver de Mūsa ibn Galind como regalo de bienvenida. Dicen que se ha refugiado en algún villorrio del Pirineo, quizá pendiente de una nueva oportunidad, o tal vez en busca del apoyo de los sirtaniyyun.

—¿Y no es ése el destino que nos espera a nosotros si nos alzamos de nuevo contra el emir? —terció Ismail—. Tenemos mucho que perder: nuestra familia aún conserva gran parte de sus posesiones. Una respuesta fulminante por parte de un Muhammad airado supondría el final de los Banū Qasī.

—No si la rebelión se extiende —insistió Fortún—. No si contamos con la complicidad de un rey poderoso, si elegimos el momento adecuado... Sabes que contamos con el apoyo incondicional de la población de la Marca.

—Hay algo más —intervino Mutarrif—. Mi suegro, el rey García, ha dado en los últimos tiempos señales de acercamiento... señales que quizá no he sabido interpretar. Pero a la luz de tus noticias, Fortún, veo que todo podría formar parte de la misma estrategia... Sin duda Alfuns y García comparten un interés: alentar la rebelión interna, azuzar la protesta de muladíes y mozárabes.

—Últimamente parecen compartir mucho más que eso. Nuestro hermano me habló del próximo enlace de Alfuns con Ximena.

—¡El rey asturiano casado con una princesa pamplonesa! —exclamó Mutarrif con asombro.

—¿De qué te extrañas? —rio Fortún—. Los intereses políticos conciertan extraños matrimonios: el tuyo con Belasquita es un buen ejemplo.

—Es cierto —concedió el mayor—. Pero los enlaces entre los pamploneses y los Banū Qasī no son una novedad. En cambio, lo que nos cuentas implica que Alfuns se ha tomado muy en serio la alianza entre los reinos cristianos...

Ismail también se incorporó y, desentumeciendo los miembros, serio, se dirigió hacia la puerta que comunicaba con el patio interior.

—Me siento como un convidado de piedra a esta fiesta —dijo al tiempo que se volvía hacia el grupo y una corriente de aire fresco invadía la sala—. Si ese enlace se produce, ¡un hermano mío estará emparentado con el propio Alfuns! ¡Alguien está escribiendo esta historia por nosotros, y no somos más que actores secundarios en ella!

—Quizá sea cierto lo que dices, Ismail. Pero precisamente ahora se nos presenta la oportunidad de volver a ser protagonistas, como lo fuimos en vida de nuestro padre.

—¿Tal es el poder de persuasión de nuestro olvidado hermano Lubb? Después de dos lustros regresa a la tierra que abandonó y con una sola entrevista te convence para que eches por la borda y olvides esos mismos años de fidelidad a Qurtuba... —Ismail habló con un dejo de amargura desde el vano de la puerta, mientras contemplaba fijamente los jirones de nubes que el viento empujaba.

Los demás permanecieron en silencio, esperando la respuesta de Fortún.

—Desde la entrevista de Arnit hasta hoy, he tenido tiempo de meditar largamente sobre nuestra situación, Ismail. Me he preguntado qué decisión habría tomado nuestro padre en estas circunstancias... y cada vez me caben menos dudas. Hace sólo veinte años, los Banū Qasī consiguieron, conseguimos, dominar el Uādi Ibru por completo, y para ello tuvimos que hacer frente a un emirato fuerte y unido, sin ningún otro apoyo excepto el de nuestros parientes de Banbaluna. Por desgracia, aquella alianza terminó con la muerte de Enneco, el primer Arista, cuando García nos dio la espalda.

—Influenciado por el obispo Willesindo, que se oponía a cualquier alianza con musulmanes —recordó Mutarrif.

—Así es, pero ahora Willesindo está muerto, y García parece desear un nuevo acercamiento. Además contamos con una propuesta de colaboración con Alfuns, el único que puede hacer frente al poder de Qurtuba.

—Un poder que ahora también se ve amenazado por múltiples revueltas dentro de sus fronteras —apostilló de nuevo Mutarrif, ya decididamente alineado con la postura de Fortún.

Ismail regresó junto a los demás y ocupó su lugar en el diván. Las miradas de sus hermanos y las de todos sus sobrinos se centraban en él. Tomó su copa y bebió un largo sorbo, se mordió los labios con parsimonia, y a continuación se los secó con el borde de la manga. Por fin alzó los ojos y se decidió a hablar.

—No tomaré una decisión definitiva hasta mantener un encuentro con nuestro hermano.

 

Año 871, 257 de la hégira

3

Arnit

 

Lubb ibn Mūsa tenía motivos más que sobrados para la celebración. Su primer nieto, el primogénito de Muhammad, era un niño fuerte y sano que, además, iba a portar su mismo nombre. Con motivo de la circuncisión del pequeño, se habían sacrificado decenas de corderos para que la comida abundante contribuyera a alegrar el corazón de los habitantes de Arnit.

En aquel momento, aún llegaban a las dependencias de la alcazaba los ecos de la fiesta que se había extendido por las calles, como colofón a una semana de acontecimientos importantes para la ciudad y para el propio Lubb, pues el golpe de mano preparado con minuciosidad junto a su hijo había resultado un éxito. Después de tanto tiempo, el feudo originario de los Banū Qasī estaba de nuevo bajo su dominio, y Wanyat, el wālī de la ciudad, permanecía retenido en una de las dependencias de la fortaleza, custodiado día y noche por dos guardias armados.

Muhammad entró con paso tranquilo en la estancia, caldeada por un fuego acogedor que la protegía del frío invernal del exterior.

—Ese hombre insiste en hablar con nosotros. Se desespera cuando no recibe respuesta: al parecer tiene algo importante que decirnos. Deberíamos escucharle.

—Hijo mío, hace tiempo que tomas decisiones, algunas mucho más trascendentes que ésta. Si crees que es necesario, haz que lo traigan.

 

Wanyat era un muladí que rondaba los cuarenta años, un funcionario competente aunque un tanto gris de la administración omeya cuya lealtad se había visto recompensada tras la muerte de Mūsa con el valiato de Arnit. Cuando se adentró en la sala, todavía encadenado, su rostro reflejaba un enorme alivio.

—¡Allah Todopoderoso sea alabado! ¡Al fin se me permite aclarar este error, este inmenso error!

—¡Espera a que se te pregunte para hablar! —exclamó Muhammad.

—Os ruego que me excuséis, creedme que me temía lo peor. Vuestros hombres me detuvieron y fui encerrado sin que se me permitiera intercambiar una palabra con vosotros, mis desconocidos captores. Sólo en prisión conocí vuestra identidad, y desde entonces he pasado días rogando a Allah que llegara este momento.

—¿Qué tienes que decirnos? —atajó Lubb.

—Estas cadenas son innecesarias... ¡estoy con vosotros! De haber conocido vuestros planes, habría tomado parte y os habríais evitado el uso de la fuerza.

En el rostro de Lubb se dibujó un gesto de escepticismo. A pesar de su carácter, no imaginaba a aquel hombre cediendo la plaza pacíficamente ante una simple petición.

—Tú siempre has sido fiel a Qurtuba.

—¡Porque hasta ahora Qurtuba había mostrado consideración hacia mi familia y hacia mí mismo! —repuso el hombre con vehemencia—. Pero ahora eso ha cambiado, al menos por parte del gobernador de Saraqusta.

—¿Wuhayb?

—Así es, el verdadero enfrentamiento lo mantengo con su padre, que ahora ocupa el cargo de wālī de Tutila. Ambos son árabes de origen, y su odio hacia los muladíes resulta cada vez más evidente. Hemos mantenido serias disputas por la posesión de algunas tierras, y sé que andaban intrigando contra mí, como sé que mis días como wālī de Arnit estaban contados. Por ello os ofrezco mi colaboración, si lo que pretendéis es recuperar vuestras antiguas posesiones.

Muhammad no pudo reprimir una sonora carcajada.

—¡No es necesaria más colaboración de tu parte, ‘amil! ¡Ya tenemos todo lo que queríamos de ti!

—¡No lo entiendes! —se opuso el otro con vehemencia—. Tengo el mismo interés que vosotros en que la madinat de Tutila cambie de manos. Estas tierras vivieron su época de esplendor en manos de vuestra familia, y estoy dispuesto a apoyaros si vuestra intención es recuperarlas.

El rostro de Lubb aún reflejaba escepticismo y desconfianza.

—¿Y de qué manera piensas hacerlo? Tus fuerzas están más que menguadas: ni siquiera han sido suficientes para contener a un reducido grupo de hombres armados.

—¿Pensáis acaso tomar Tutila por la fuerza? Si es así, devolvedme a la mazmorra...

Muhammad frunció el ceño ante aquella muestra de desvergüenza, pero acabó esbozando una sonrisa.

—Hemos barajado otras posibilidades, pero no hay tiempo para componendas. Tampoco podemos contar con colaboradores dentro de la ciudad... Llevamos meses pergeñando un ataque masivo con todas las fuerzas que nos son fieles.

—¿Cuántas veces ha tenido éxito un ataque frontal contra las murallas de Tutila? ¡Ninguna hasta ahora! Esa madinat sólo ha cambiado de manos de forma pacífica... o mediante algún tipo de artimaña.

—No hay tiempo para eso...

—¡Sólo os pido que me escuchéis!

Padre e hijo intercambiaron una mirada, y Lubb hizo un movimiento afirmativo con la cabeza. Wanyat pareció volver a respirar aliviado.

—Tan sólo necesito alguna información... la que no han podido proporcionarme mis carceleros.

La ironía en las palabras del ‘amil a pesar de su comprometida situación no pasó desapercibida. Muhammad sonrió de nuevo, a la vez que con un gesto le invitaba a continuar. Quizá no habían valorado bien a aquel hombre.

—¿Qué información tiene Wuhayb, el ‘amil de Tutila, sobre lo acontecido aquí en Arnit?

—Ahora sabe que hemos regresado, y que con un golpe de mano nos hemos hecho con la ciudad. También que eres nuestro prisionero —respondió con ciertas reservas.

—¿Sabe de vuestros contactos con tus hermanos? —preguntó Wanyat dirigiéndose ahora a Lubb.

—En absoluto. Eso significaría su persecución inmediata. Cree que continuamos enfrentados, y que nosotros actuamos sólo por cuenta del rey Alfuns. De hecho, tenemos noticias de que está reuniendo sus fuerzas para devolver el golpe, ¡y ha solicitado la colaboración de mi hermano Fortún!

—¡Magnífico! Es cuanto necesitaba saber... pero entonces debéis actuar sin pérdida de tiempo.

—¿Qué nos propones? —preguntó intrigado Muhammad, aunque su tono de voz aún denotaba desconfianza.

A modo de respuesta, el ‘amil bajó la vista a las cadenas que rodeaban sus muñecas. Muhammad comprendió lo que quería, alzó la mirada desde las manos hacia el rostro de Wanyat y la clavó en sus ojos. Lo que vio en ellos debió de convencerlo, porque de forma casi imperceptible comenzó a asentir con ligeros movimientos de cabeza.

—¡Guardia! —llamó con repentina decisión—. ¡Liberad a este hombre!

 

 

Lubb se encargó de que durante el resto de la velada nadie interrumpiera su conversación. Él mismo encendió dos de los hachones que pendían de las paredes y avivó el fuego que ardía en la chimenea. Sentados frente a frente en las bancadas de madera que flanqueaban el hogar, las sombras reproducían sobre la piedra desnuda los gestos un tanto exagerados con los que Wanyat acompañaba sus argumentos. El ‘amil utilizó el atizador para trazar sobre la ceniza extendida lo que parecía ser el plano de una ciudad, y con voz vehemente fue desgranando su plan, mientras el gesto de recelo en los rostros de Lubb y de su hijo iba dando paso a expresiones de afirmación y hasta de regocijo.

 

4

Tutila

 

El tercer día del mes de Rabí estaba resultando gélido. El amanecer había revelado ante sus ojos un paisaje cubierto por una fina capa de nieve que inmediatamente se había convertido en hielo, y ahora, con el sol casi en el cénit, el viento del norte hacía que el frío siguiera calándole hasta los huesos. De los ollares de su castigada cabalgadura surgía un vaho blanquecino mientras avanzaba hacia el este, en dirección a Tutila. A aquel paso alcanzaría la ciudad antes del anochecer, pero debía ser prudente, porque en su situación una caída podía ser fatal: llevaba las muñecas rodeadas por gruesos grilletes de hierro y unidas entre sí por una breve cadena. Su aspecto era lamentable: el cabello y la barba enmarañados, la ropa sucia e incluso en algunas zonas hecha jirones, el rostro tiznado... Sin duda resultaría convincente.

Alcanzó la puerta de Qala’t al Hajar poco después de la llamada vespertina del muecín, y no tuvo ninguna dificultad para demostrar un agotamiento que era real. Dos guardias corpulentos le dieron el alto, pero bajaron sus armas en cuanto comprobaron que aquel hombre estaba a punto de caer del caballo. Sin embargo, la visión de los grilletes los puso de nuevo en alerta.

—No tenéis nada que temer de mí —dijo el hombre con un hilo de voz—. Soy Wanyat, ‘amil de Arnit. He conseguido escapar de mis captores, y vengo en busca de asilo y protección. Dad aviso a vuestro gobernador, mi buen amigo Wuhayb.

Los dos hombres se miraron, asintieron, y de inmediato uno de ellos se encaramó a una cabalgadura y se adentró en la ciudad, camino de la alcazaba.

 

 

—Cuéntanos tu peripecia, querido amigo Wanyat. —El ‘amil utilizaba un tono afectado y sarcástico—. Explica a los presentes cómo ha caído la alcazaba de Arnit en manos de ese amigo de los infieles.

Para Fortún era evidente que Wuhayb estaba disfrutando con la humillación de aquel hombre derrotado. Había convocado a todos los notables de la ciudad y se había asegurado de que los dos hermanos de Lubb presentes en Tutila se contaran entre los asistentes a aquella reunión. Fortún no encontraba explicación a la aversión que aquel hombre, ya casi anciano, le producía. Desde luego, no era agraciado, pues al menguado tamaño de su cuerpo contrahecho, en el que destacaba una nariz desproporcionada que dotaba a su rostro de rasgos más propios de una rapaz, se sumaba una leve cojera. Pero no era sólo su apariencia física lo que inducía a la prevención: había algo en su mirada y en su forma de hablar que provocaba desconfianza, y cualquiera que lo escuchara dirigiéndose a Wanyat en aquel momento habría de tener la misma impresión.

—Lo tenían todo preparado —explicaba el gobernador depuesto—. Ese Lubb llevaba semanas en Arnit; había llegado de incógnito y, después de tantos años, nadie fue capaz de reconocerlo. Además, el responsable del peso de la operación fue su hijo Muhammad. Dispusieron a sus hombres en el exterior y junto a los puestos de guardia, y la señal para el ataque fue el canto del muecín. Todo ocurrió muy rápido, y desconozco los detalles de lo acaecido en el exterior de la alcazaba. Yo me encontraba en mis dependencias cuando entraron varios hombres fuertemente armados y me confinaron a una estancia vigilada permanentemente.

—Mi hermano debe de añorar mucho la vieja ciudad de Arnit. Sólo así se explica el atrevimiento de provocar a nuestro soberano y al gobernador de la Marca —intervino Fortún—. Lubb carece de fuerzas suficientes, y sabe que nuestra respuesta llegará en cuestión de días. Pero dinos... ¿cómo conseguiste escapar?

—Afortunadamente, el oro aún compra voluntades, y con la promesa de tres monedas pagué la ayuda de uno de los guardias. Era viernes, y supongo que no se descubriría mi ausencia hasta que finalizó la oración de la mezquita; de cualquier otra forma me habrían dado caza antes de alcanzar vuestra protección. Lo que me resultó imposible fue deshacerme de los grilletes, que hube de traer puestos hasta aquí.

—Querido amigo, no cabe duda de que esto, lamentablemente, acabará con tu carrera política —se recreó el gobernador—. Pero no debes afligirte, sabes que tu salida de Arnit era cuestión de tiempo. Ese bastardo traidor, Lubb, sólo ha precipitado los acontecimientos.

Wanyat pareció turbado por las palabras de Wuhayb, pero no respondió. Fortún asistía expectante a lo que el ‘amil, dueño de la situación, interpretaba como una victoria absoluta, hasta que uno de los dardos se dirigió hacia él.

—Me pregunto qué puede conducir a un hombre a traicionar a los suyos, a su Dios, a colaborar con infieles y degradarse hasta el extremo —escupió Wuhayb, tras lo cual guardó un breve silencio—. Espero que mis palabras no os ofendan, después de todo sigue siendo el primogénito de vuestra familia, pero Lubb es, desde luego, una vergüenza para los Banū Qasī. Afortunadamente Allah quiso que vuestro padre muriera a tiempo para no tener que soportar la ignominia de su traición.

Fortún mantenía los puños apretados, tratando de ocultar su rabia. El rostro de Ismail, más joven e impetuoso, mostraba una congestión que difícilmente podía achacarse en exclusiva al contenido de su copa, y su mano derecha se introdujo entre los pliegues de la túnica.

—Aunque supongo que —continuó Wuhayb—, para una familia de muladíes como la vuestra, el arraigo de las convicciones religiosas nunca ha sido perentorio... Las uniones con infieles están a la orden del día entre vosotros.

Las palabras del ‘amil fueron acogidas con un coro de risotadas. Fortún, en cambio, temió que Ismail pudiera desbaratar todos sus planes reaccionando de forma incontrolada. Con una mirada subrepticia y las palmas de las manos hacia abajo, transmitió su mensaje de calma. La tensión era palpable, por lo que aquella situación no podría mantenerse por mucho más tiempo. Wuhayb buscaba sin duda una respuesta airada, y el hecho de que ésta no se produjera acabaría despertando sospechas. Fortún tomó su copa y se levantó.

—Mi hermano tendrá en breve lo que se merece —dijo con la mirada fija en el ‘amil—. Por ello alzo mi copa y os invito a que hagáis lo mismo.

Con una sonrisa forzada, rodeó el diván donde se encontraba y, sosteniendo la copa en su mano izquierda, se dirigió hacia la cabecera de la mesa. Todos los asistentes empezaron a imitarle, y uno tras otro fueron poniéndose en pie. Ismail y Wanyat, con gesto casual y con las copas siempre en la mano, le siguieron.

—¡Oídme todos! ¡Deseo compartir este brindis con nuestro gobernador!

Al pronunciar estas palabras, Fortún volvió el rostro para que su voz llegara con claridad a todos los presentes, lo que le permitió comprobar que Ismail y Wanyat se encontraban a su espalda.

El ‘amil se había puesto en pie y, aunque un tanto extrañado, alzó su copa cuando Fortún llegó junto a él.

—¡Brindo contigo por el éxito de nuestra empresa...!

Antes de que las copas metálicas chocaran, Fortún había soltado la suya, que se estrelló con estrépito contra las losas. De forma casi instintiva, Wuhayb bajó la vista al suelo, y ése fue el momento que eligió Fortún para rodear el cuello del infeliz con el brazo izquierdo, mientras con el derecho le apretaba la daga contra la garganta. En un instante, Ismail y Wanyat habían hecho lo mismo con dos de los notables más próximos.

—¡Quietos todos! ¡Haced el más mínimo gesto y degollaré al ‘amil ante vuestros ojos!

Miró entonces a derecha e izquierda.

—Tenemos en nuestro poder al oficial jefe de la guarnición y al sahib al suq. Eso quiere decir que vuestras fuerzas están descabezadas.

Los comensales contemplaban la escena con ojos desorbitados.

—¡Ahora arrojad todas vuestras armas!

Justo entonces se abrió la puerta de la sala, y Fortún, en un acto reflejo, oprimió el cuello de Wuhayb, que apenas oponía resistencia. Sin embargo, se relajó al comprobar que en la entrada aparecían algunos de sus hombres. Se habían mezclado con toda naturalidad entre los miembros de la guarnición que aquella noche se encontraban de guardia, pues, no por un albur, esa guardia se hallaba bajo la responsabilidad de los hijos de Fortún.

—¡Las puertas de la ciudad han sido abiertas! —anunció uno de ellos—. Los nuestros se dirigen hacia aquí.

—Entretanto, impedid que nadie acceda a esta sala. Advertid que cualquier intento de hacerlo supondrá la ejecución inmediata del ‘amil.

—¡Vosotros! —gritó Ismail, dirigiéndose a quienes poco antes habían compartido su mesa—. Salid a la galería.

Un largo corredor flanqueaba el muro de la fortaleza a la altura de la planta más noble. Una bella celosía de madera protegía del sol y de las miradas indiscretas, pero no era de ninguna utilidad frente al viento inclemente de una noche invernal como aquélla.

—¡Aprisa! ¡Todos fuera! —los espoleó Fortún—. Cualquier señal de resistencia hará que os olvidemos aquí, y sabéis que en ese caso ninguno de vosotros llegará a ver amanecer.

Uno de los hombres de Fortún entró en la sala provisto de fuertes sogas de esparto, y uno tras otro amarró las muñecas y los tobillos de los tres prisioneros, que quedaron sentados en las frías losas del suelo con la espalda apoyada contra el muro.

—¡Pagaréis por esto! —se atrevió a gritar Wuhayb—. Nunca seréis como vuestro padre. Él sabía sopesar sus posibilidades, pero vosotros no veis más allá de vuestras narices.

La rabia parecía dictar sus palabras, y las venas a ambos lados de su cuello estaban a punto de reventar.

—¿No comprendéis que el gobernador de la Marca lanzarásus huestes sobre vosotros? ¡Pero, por Allah Todopoderoso, siel gobernador es mi propio hijo! ¡Éste es vuestro fin, Fortúnibn Mūsa! ¡El fin de los Banū Qasī! ¡Estáis acabados! ¡Estáis muertos!

—¡Cállate, perro!

Ismail había alcanzado al viejo ‘amil en dos zancadas y le había propinado un sonoro revés en la boca con el dorso de la mano. Un hilo de sangre comenzó a descenderle por la barbilla.

—Que seas el padre del gobernador puede suponer una gran desventaja para ti.

Fortún, entretanto, se había acercado a la puerta y conversaba con voz queda con uno de sus hombres en el corredor. Se volvió al fin y se dirigió a Wuhayb:

—Hay muchas cosas que desconoces. Y estás a punto de descubrir una de ellas. Te va a sorprender. —Se apartó del vano con la clara intención de franquear el paso a alguien más—. Tengo el honor de presentarte, ‘amil, a Lubb ibn Mūsa, nuestro hermano, el primogénito de la familia, y a su hijo Muhammad, quien pronto dará mucho que hablar en toda Al Ándalus.

Un espeso silencio se adueñó de la sala cuando los dos hombres cruzaron el umbral. Fortún se recreó durante un instante contemplando la expresión de indecible asombro de los tres cautivos.

—¡Así que...! —apenas acertó a balbucear Wuhayb—. ¡Todos habéis tomado parte en esta conspiración!

—¿Sigues pensando que éste es el final de mi carrera, viejo presuntuoso? —escupió Wanyat.

—¡Mi hijo acabará con todos vosotros! Y si no es él, el propio emir os barrerá para siempre de la Marca, ¡traidores!

Lubb observaba la escena con gesto de satisfacción. Fortún se acercó a él y se abrazaron.

—¡Tutila es nuestra de nuevo, Lubb!

—Así es, hermano. La ciudad ya ha recuperado la calma, sólo se han producido unas cuantas bajas en nuestro ataque inicial: la resistencia ha desaparecido al saberse que el ‘amil había sido apresado. Tus hijos han rendido a la guardia de inmediato.

—Debemos darte las gracias, Wanyat —dijo Fortún.

—Tu esposa y tus hijos deben de gozar ya de libertad —añadió Lubb—. Espero que entiendas mi necesidad de tomar garantías. Ten por seguro que sabremos recompensar tu ayuda. Pero esto es sólo el comienzo. Nos esperan días difíciles.

 

5

 

Tutila era un hervidero de rumores y desmentidos. En sólo dos días se habían concentrado en los alrededores de la ciudad centenares de hombres procedentes de todas las alcazabas cercanas: Arnit, Qala’t al Hajar, Al Hamma, Tarasuna, Al Burj, Kabbarusho, Siya... Según se comentaba, el destino de todos ellos no era otro que la propia capital de la Marca, Saraqusta. El entusiasmo se había desbordado entre la población en cuanto se conocieron los acontecimientos de Tutila, y ninguno de los tres hermanos había previsto aquella respuesta casi explosiva. Comprendieron que durante mucho tiempo los habitantes de la Marca habían estado esperando el momento. Con seguridad, quienes años atrás habían luchado junto a Mūsa ibn Mūsa veían ahora la posibilidad de repetir aquellas razias en las que, además de asegurarse una buena soldada, tendrían derecho a una parte del botín capturado. Algunos eran hombres maduros que con sus relatos encendían el ánimo de los más jóvenes, y no era extraño ver en los campamentos improvisados de la musara a soldados que, ya en la cuarentena, preparaban sus armas junto a uno o varios de sus hijos.

 

 

La actividad era frenética en la alcazaba, y la confusión se había adueñado de cada palmo del terreno comprendido entre las construcciones y las murallas que formaban los dos anillos concéntricos. Multitud de hombres coincidían en los accesos: unos acudían a sumarse a las tropas de los Banū Mūsa; a otros, fieles al antiguo ‘amil, se les permitía abandonar la ciudad, con la excepción de los oficiales de mayor rango, que permanecían retenidos junto a su gobernador. Los correos iban y venían entre Tutila y el resto de las ciudades que se habían sumado a la revuelta, incluso llegaban a Saraqusta para llevar las últimas noticias sobre las actividades y los planes del ‘amil de la Marca. A duras penas se cruzaban en las calles atestadas las carretas tiradas por bueyes o mulas, y de nuevo un enjambre de vividores se afanaba en apoderarse de las monedas que los nuevos habitantes de la ciudad estuvieran dispuestos a gastar.

En la sala noble de la fortaleza, un trasiego continuo de funcionarios de la administración de la kūrah daba cuenta del estado de las finanzas, la reserva de monedas disponibles, los productos básicos que se almacenaban en los silos y que serían imprescindibles para el sustento de las tropas... Muchos de aquellos hombres habían visto pasar a varios gobernadores por la alcazaba, de modo que este cambio era sólo uno más. Sin embargo, se respiraba optimismo. Las órdenes eran obedecidas con presteza, y parecía imperar una confianza generalizada en las decisiones de aquellos tres hermanos.

—¡No hay tiempo que perder! ¡Debemos organizarlo todo para partir al amanecer! ¡Como sea! De otra forma, el gobernador tendrá tiempo de organizar su ataque, y nuestros planes pasan por alcanzar los muros de Saraqusta antes de que el hijo de Wuhayb y sus tropas abandonen la ciudad.

Desde la misma noche de la ocupación de Tutila, los tres hijos de Mūsa habían pernoctado en aquella estancia de la fortaleza, bien caldeada y orientada al sur. Muhammad los había acompañado en todo momento, y por fin, en la mañana que siguió al golpe, los hijos de Fortún se habían incorporado a aquel centro de mando improvisado.

—Ismail tiene razón —afirmó Lubb—. No podemos esperar al resto de nuestros hombres, y tampoco son necesarios. Si no funciona la estrategia que hemos trazado, sería inútil tratar de tomar Saraqusta por la fuerza, por muchas tropas que consigamos reunir.

—¿Ni siquiera con el apoyo de Uasqa? —intervino Muhammad.

—Parece que Mutarrif tiene sus propios problemas en Uasqa —repuso Fortún.

—Hasta Arnit no han llegado demasiadas noticias de lo sucedido allí —aclaró Lubb—. Sabemos que, tras el ataque de las tropas de Qurtuba el pasado verano, los habitantes de Uasqa recurrieron a Mutarrif, pero ignoramos las circunstancias...

—Así fue. Tras los acontecimientos que protagonizó Amrús hace ahora un año, el emir envió a la Marca a uno de sus generales, que, con la ayuda de Wuhayb, subió hasta Uasqa para tratar de apresar al rebelde y poner orden en la cora. Pero Amrús estaba bien refugiado en el monte, protegido por los sirtaniyyun, y hay quien dice que también por el propio rey Garsiya de Banbaluna. Sólo pudieron capturar a su tío Zakariyya ibn Amrús junto a dos de sus hijos y nombraron un nuevo ‘amil para la ciudad, un tal Abbas ibn Abd al Barr. Después regresaron con sus rehenes hasta Saraqusta, con la advertencia de que si Amrús no se entregaba serían ejecutados.

—Conociendo a los Banū Amrús, nunca unas vidas valieron tan poco —sentenció Ismail.

—Efectivamente, los rehenes fueron asesinados a las puertas de Saraqusta antes de partir hacia el sur y sus cabezas viajaron a Qurtuba ensartadas en tres picas.

—¿Y fue entonces cuando los habitantes de Uasqa llamaron a Mutarrif?

—Sí. Los muladíes de Uasqa son mayoría en la ciudad y no aceptaron de buen grado la autoridad del ‘amil impuesto por los cordobeses. Si pensaron en Mutarrif fue porque ya había sido ‘amil de Uasqa en vida de nuestro padre, y no debían de guardar mal recuerdo de él. Lo cierto es que no esperaron su llegada: cuando Mutarrif apareció, la revuelta ya había estallado y Abbas estaba preso, de modo que sólo tuvo que tomar posesión del cargo que se le ofrecía en bandeja de plata, aunque no todos los notables de Uasqa lo apoyaran.

El silencio reinó momentáneamente en la sala, mientras cada uno meditaba las consecuencias de lo que acababan de escuchar. Fue Muhammad quien verbalizó sus pensamientos.

—Tenemos entonces un nuevo oponente, además del emir. ¿No os dais cuenta? La rabia debe corroer a Amrús: no sólo sus parientes han sido ejecutados, sino que Mutarrif le ha ganado la partida sin ningún esfuerzo.

—Y hay otras implicaciones —apuntó Fortún—. Si es cierto lo que se dice, Garsiya protegía a Amrús, pero ahora es su propio yerno, Mutarrif, quien controla la madinat de Uasqa.

—El rey García apoyaba a quien garantizara la rebelión contra Al Ándalus —aclaró Lubb—. En un principio fue Amrús, y ahora es Mutarrif. Todo forma parte del plan trazado de acuerdo con el rey Alfuns. Pero no cabe duda de que su apoyo basculará haciael que es su yerno.

—En cualquier caso, debemos desconfiar de los Banū Amrús —advirtió Ismail—. Sus apoyos en la zona son importantes, tanto como los nuestros en el Uādi Ibru.

—Todas nuestras precauciones van a ser pocas, Ismail —admitió Lubb—. En unas semanas, hemos pasado de un largo anonimato a tener en nuestras manos la mayor parte del territorio que nuestro padre llegó a dominar en sus mejores días. Pero nuestros oponentes son poderosos, y debemos prepararnos para afrontar momentos difíciles.

—En cualquier caso, lo que nos espera, lo más inmediato —trató de reconducir Fortún—, es Saraqusta.

—Sin embargo, Fortún, uno de nosotros ha de permanecer en Tutila —recordó Lubb.

La objeción era evidente, pero parecía que nadie hubiera reparado en ello.

 

6

 

Muhammad apenas había tenido tiempo de conocer aquella ciudad de la que su padre tanto le había hablado, pero sí había contemplado desde lo alto de los muros de la alcazaba la compleja trama de sus callejuelas, el magnífico puente sobre el Uādi Ibru que daba paso a una de las puertas de la madinat, el alminar que coronaba la mezquita mayor y, más allá de las murallas, las feraces huertas regadas por las siempre abundantes aguas del río.

Ahora, en mitad de la noche, se guiaba instintivamente por sus calles, iluminadas tan sólo por un hachón que, en su diestra, proyectaba más sombras que luz. La bruma parecía abrirse para permitir su avance, y los cascos de su montura contra el empedrado producían un extraño eco al reverberar en las paredes encaladas. Sólo se oían a lo lejos las voces apagadas de los más rezagados en las tabernas. Reconoció la plazuela en la que se abría la entrada principal de la mezquita, y el cambio en la pendiente le confirmó el camino hacia la puerta oriental de la ciudad. Con una voz, alertó a la guardia de su presencia y de inmediato se vio deslumbrado por dos antorchas que le salieron al paso.

—Estad tranquilos, soy Muhammad ibn Lubb.

Los dos guardias se cuadraron en cuanto lo reconocieron, mientras un tercero, de mayor graduación, salía del cobertizo donde se protegían del intenso frío de la noche.

—Señor, no es seguro caminar a estas horas por las calles... y mucho menos atravesar las murallas.

—Me dirijo a la almúnya de Fortún, mi tío —dijo Muhammad, con el suficiente aplomo para demostrar su determinación.

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