Créditos
Título original: The Finisher
Traducción: Cristina Martín
1.ª edición: abril 2015
© 2014, by Columbus Rose, Ltd.
© Ediciones B, S. A., 2015
para el sello B de Blok
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
DL B 9380-2015
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-078-9
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Contenido
Portadilla
Créditos
Nota del autor
Dedicatoria
Citas
UNUS. Un lugar llamado Amargura
DUO. Chimeneas
TRES. Héctor y Helena
QUATTUOR. Thansius
QUINQUE. La salida
SEX. Los Delphia
SEPTEM. Morrigone
OCTO. En el interior de un libro
NOVEM. La recompensa
DECEM. Un par de Dabbats
UNDECIM. Destin, la cadena
DUODECIM. La posibilidad imposible
TREDECIM. Morrigone llama
QUATTUORDECIM. Una noche de preguntas
QUINDECIM. El principio del fin
SEDECIM. La partida de John
SEPTENDECIM. Harry Segundo
DUODEVIGINTI. De nuevo en casa
UNDEVIGINTI. Sola de verdad
VIGINTI. Un aliado insólito
VIGINTI UNUS. Eón y el Agujero
VIGINTI DUO. El pasado no pasa nunca
VIGINTI TRES. ¿Quién debe sobrevivir?
VIGINTI QUATTUOR. Secretos
VIGINTI QUINQUE. La Empalizada de mentirijilla
VIGINTI SEX. El entrenamiento
VIGINTI SEPTEM. El Duelum
VIGINTI OCTO. El Valhall
VIGINTI NOVEM. El Consejo
TRIGINTA. Actúa o muere
TRIGINTA UNUS. Con la práctica se llega a la imperfección
TRIGINTA DUO. Una sola preocupación
TRIGINTA TRES. Enemigos unidos
TRIGINTA QUATTUOR. Mi yo mágico
TRIGINTA QUINQUE. Comienza la batalla
TRIGINTA SEX. La Sala de la Verdad
TRIGINTA SEPTEM. Un trío de farallones
TRIGINTA OCTO. Una apuesta ganadora
TRIGINTA NOVEM. Todo se derrumba
QUADRAGINTA. Espejito, espejito
QUADRAGINTA UNUS. Muy pocas cuñas
QUADRAGINTA DUO. Una pequeña travesura
QUADRAGINTA TRES. Cuestión de pergamino
QUADRAGINTA QUATTUOR. Vega, ahí debajo
QUADRAGINTA QUINQUE. Una noche especial
QUADRAGINTA SEX. El golpe llegado de ninguna parte
QUADRAGINTA SEPTEM. El polvo al polvo
QUADRAGINTA OCTO. Un batiburrillo de plan
QUADRAGINTA NOVEM. A la muerte
QUINQUAGINTA. El campeón del Duelum
QUINQUAGINTA UNUS. Respuestas, por fin
QUINQUAGINTA DUO. El fin del principio
Nota del autor
Apreciado lector:
De pequeño leí muchos libros de fantasía, pero lo cierto es que nunca probé dicho género cuando me hice escritor. Hasta que se me ocurrió una idea para un personaje: el de Vega Jane. Tuve el convencimiento de que la conocía a fondo, como si de repente hubiera irrumpido en mi cerebro ya totalmente conformada. Lo único que necesitaba era un argumento en el que situarla, y dicho argumento apareció por fin.
Aquel lugar denominado Amargura me envolvió de tal manera que distinguí con claridad todos sus detalles. Sentí el deseo de describir a lo grande un mundo pequeño. No quise ofrecer al lector un mundo enorme y dibujarlo con trazos superficiales, sino mostrarle un espacio diminuto y retratarlo de forma tan vívida que tuviera la impresión de encontrarse dentro de él. Así es como funciona en realidad la suspensión de la incredulidad que resulta necesaria en la mayor parte de la literatura de ficción, y desde luego en la literatura fantástica.
Espero que el lector disfrute leyendo el relato de Vega Jane y el reino de lo desconocido tanto como he disfrutado yo al escribirlo. Para mí representa una emoción muy profunda zambullirme de cabeza en el mundo de la fantasía y dejarme invadir por esa maravillosa capacidad de asombro que es propia de la adolescencia.
DAVID BALDACCI
Dedicatoria
A Rachel Griffiths,
gracias por haberte arriesgado con un autor llamado Janus Pope
Citas
A la mañana solo se puede llegar atravesando las tinieblas.
J. R. R. TOLKIEN
A veces he creído hasta en seis cosas imposibles antes de desayunar.
LEWIS CARROLL
Las personas que busquen aquí dentro erudición serán llevadas ante la ley; las personas motivadas por descubrir significados serán exiliadas; las personas que esperen sacar a la luz una alegoría serán ordenadas sacerdotes de manera sumaria.
El autor
UNUS. Un lugar llamado Amargura
UNUS
Un lugar llamado Amargura
Cuando oí el chillido, estaba dormitando. Me perforó el cráneo igual que un disparo de morta y generó una terrible confusión en mi cerebro. Fue tan estridente y aterrador como si todo estuviera ocurriendo allí mismo y en aquel mismo instante.
Tras el estruendo llegó la visión: el azul, el color azul, en una bruma en forma de nube que aparecía posada en el suelo y que me envolvió la mente al tiempo que apartaba todos los demás pensamientos y recuerdos. Cuando por fin desapareció, también se disipó mi confusión. Y, sin embargo, en todo momento tuve el convencimiento de que había algo de gran importancia que simplemente no había recuperado.
De repente me incorporé sobre la plataforma en que estaba tumbada, en lo alto de mi árbol, y al instante se despejaron la visión y la somnolencia. En la primera luz casi siempre estaba en lo alto de mi árbol, un robusto álamo que se elevaba recto hacia el cielo, dotado de una imponente copa densamente poblada. La escala que utilizaba para subir era una formada por veinte tablones recortados, fijados con clavos al tronco; allá arriba el suelo eran ocho listones anchos y astillados, y el techo, una tela impermeable que yo misma había untado con grasa, extendido sobre las ramas y sujetado bien tensa con unos metros de cuerda que robé furtivamente. Pero no pensaba en eso, porque en mis oídos todavía resonaba un grito, y no era el chillido de la bruma azul, que al parecer tan solo existía en mi mente. Aquel grito procedía de abajo.
Me acerqué hasta el borde de la plataforma para mirar hacia el suelo, y de nuevo lo oí. Esta vez iba acompañado de aullidos de caninos de ataque. Todo aquel griterío alteró profundamente lo que hasta entonces había sido un amanecer tranquilo.
Los Wugmorts, por lo general, no chillaban al amanecer, ni tampoco en ningún otro momento de la luz ni de la noche. Descendí a toda prisa por los tablones del tronco de mi árbol. Nada más tocar el suelo con las botas, miré primero hacia la derecha y después hacia la izquierda. Se hacía difícil distinguir de dónde provenían los gritos y los aullidos, porque entre los árboles los sonidos rebotaban y reverberaban de manera confusa.
Cuando vi lo que se me venía encima, me volví y eché a correr lo más rápido que pude. El canino había surgido de pronto de entre un grupo de árboles enseñando los colmillos y con los cuartos traseros empapados en sudor, señal del esfuerzo que estaba realizando.
Yo era bastante veloz para ser un Wugmort hembra, pero no había Wugmort, ni hembra ni macho, que fuera capaz de correr más rápido que un canino de ataque. Me preparé para sentir el impacto de sus colmillos en la piel y en los huesos. Pero me pasó de largo, redobló su esfuerzo y no tardó en desaparecer de mi vista. En aquella luz, yo no era su presa.
Miré hacia la izquierda y vislumbré entre dos árboles una mancha oscura... era una túnica negra.
Los del Consejo andaban por allí. Seguramente habían sido ellos los que habían soltado a los caninos de ataque.
Pero ¿por qué motivo? El Consejo, con una sola excepción, estaba formado por varones, la mayoría de ellos Wugs de más edad, y siempre guardaban las distancias. Aprobaban leyes, normas y otros edictos que debían acatar todos los Wugs, pero todos vivíamos en paz y en libertad, aunque sin muchos lujos.
Y ahora estaban allí, en el bosque, con caninos, persiguiendo algo. ¿A un Wug, tal vez? Lo siguiente que se me ocurrió fue que alguien se había escapado del Valhall, nuestra prisión. Pero ningún Wug se había fugado nunca del Valhall. Y aunque así fuera, yo dudaba que hubiera por allí algún miembro del Consejo intentando darle caza; para devolver al redil a los Wugs díscolos disponían de otros recursos.
Seguí corriendo, guiándome por los aullidos y por el ruido de rápidas pisadas, y no tardé en darme cuenta de que mi trayectoria me estaba acercando peligrosamente al Quag. El Quag era una barrera impenetrable que rodeaba Amargura igual que el lazo de una horca. Era todo cuanto existía allí: Amargura y el Quag. Nadie había atravesado jamás el Quag, porque los terribles monstruos que había allí dentro lo asesinaban a uno y lo dejaban hecho pedacitos. Y como más allá del Quag no había nada, nunca llegaban visitantes a Amargura.
Me aproximé al límite de aquel lugar tan terrible, que los Wugs sabíamos desde muy temprana edad, porque se nos repetía constantemente, que debíamos evitar. Aminoré el paso y terminé deteniéndome a unos pocos metros de donde arrancaba el Quag. El corazón me latía con fuerza y los pulmones estaban a punto de estallar, y no solo a consecuencia de la carrera sino también debido al hecho de encontrarme tan cerca de un lugar que no deparaba otra cosa que la muerte al que fuera tan idiota como para internarse en él.
Los aullidos ya habían cesado, y también las pisadas. Miré a mi izquierda y vislumbré brevemente unos cuantos caninos y a varios miembros del Consejo que escudriñaban las profundidades del Quag. No alcanzaba a verles la cara, pero imaginé que estarían tan atemorizados como lo estaba yo. Ni siquiera los caninos de ataque querían acercarse a aquel sitio.
Exhalé aire una vez más, y entonces fue cuando percibí un ruido a mi derecha. Miré en aquella dirección y, en un instante de aturdimiento, comprendí que estaba viendo a alguien desaparecer entre la maraña de la vegetación y los árboles retorcidos que se alzaban a modo de barricada alrededor del perímetro del Quag. Y se trataba de un Wug al que conocía bien.
Miré a la izquierda para ver si se había percatado de aquello alguno de los miembros del Consejo o alguno de los caninos, pero por lo visto no. Me giré de nuevo, pero la visión ya había desaparecido. Me pregunté si no habría sido producto de mi imaginación; ningún Wug se aventuraría voluntariamente en aquel lugar tan espantoso.
Estuve a punto de soltar un grito al sentir que algo me tocaba el brazo. Lo cierto es que casi me caí al suelo, pero lo que me tocó, que resultó ser una mano, logró mantenerme en pie.
—¿Vega Jane? Eres Vega Jane, ¿verdad?
Me volví y contemplé las rugosas facciones de Jurik Krone. Era alto y fuerte, tenía cuarenta y cinco sesiones y era un miembro del Consejo en rápido ascenso.
—Soy Vega Jane —acerté a decir.
—¿Qué estás haciendo aquí? —me preguntó. Su tono no era severo, sino simplemente interrogativo, pero en sus ojos se apreciaba una cierta hostilidad reprimida.
—Estaba en lo alto de mi árbol y pensaba ir a Chimeneas. Oí un grito y vi a los caninos. También vi a varios Wugs de túnicas negras corriendo, así que... yo también eché a correr.
Krone afirmó con la cabeza.
—¿Has visto algo más? —me preguntó—. ¿Aparte de las túnicas negras y los caninos?
Volví la vista hacia el lugar en que había visto a un Wug internarse en el Quag.
—He visto el Quag.
Krone me apretó el hombro con más fuerza.
—¿Eso es todo? ¿Nada más?
Procuré conservar la calma. La expresión que había visto en el rostro del Wug antes de que este desapareciera en el interior del Quag me atravesó igual que un rayo.
—Eso es todo.
Krone me soltó y dio un paso atrás. Entonces lo contemplé de lleno. La túnica negra se adaptaba muy bien a sus hombros anchos y a sus gruesos brazos.
—¿Qué estabais persiguiendo? —le pregunté.
—Eso es asunto del Consejo, Vega —replicó él en tono tajante—. Sigue con lo tuyo, por favor. No es seguro estar tan cerca del Quag. Da media vuelta y vete derecha a Amargura, ahora mismo. Lo digo por tu bien.
Se volvió y se marchó, y me dejó temblando y sin respiración. Lancé una última mirada hacia el Quag y después eché a correr en la dirección de mi árbol.
Trepé a toda prisa por los veinte tablones recortados del tronco y me senté de nuevo sobre la plataforma, sin resuello y con la cabeza llena de pensamientos horrorosos.
—¿Q-q-qué hay, Ve-Ve-Vega Jane?
La voz provenía de abajo y pertenecía a un amigo mío. Se llamaba Daniel Delphia, pero para mí era simplemente Delph. Siempre me llamaba Vega Jane, como si ambos fueran mis nombres de pila. El resto del mundo me llamaba simplemente Vega, si es que se tomaba la molestia de llamarme.
—Delph —le dije—. Aquí arriba.
Oí cómo trepaba a toda prisa por los tablones. Yo me encontraba casi a veinte metros de altura. Y además tenía catorce sesiones y pico, ya a punto de cumplir quince. Y además era hembra.
Tener catorce sesiones y ser hembra eran dos cosas mal vistas en Amargura, el pueblo en el que vivíamos los dos, y nunca me ha quedado claro por qué. Pero me gustaba ser joven. Y me gustaba ser hembra.
Por lo visto, los que pensábamos así éramos minoría.
Amargura era un pueblo lleno de Wugmorts, llamados de forma abreviada Wugs. El término «pueblo» sugería la presencia de un espíritu comunitario que en realidad no existía. Yo intentaba echar una mano de vez en cuando, pero escogía con mucho cuidado a quién ayudar. Había Wugs que no tenían compasión ni eran dignos de fiar, y a esos procuraba evitarlos. Cosa que a veces se hacía difícil porque tendía a tropezármelos todo el tiempo.
Vi asomar la cabeza de Delph por el borde de la plataforma. Era mucho más alto que yo, y eso que yo era alta para ser hembra: un metro setenta y cinco, y aún continuaba creciendo, porque todos los Jane dábamos el estirón de manera tardía. Contaban que mi abuelo Virgilio creció diez centímetros más al cumplir veinte. Y cuarenta sesiones después llegó su Evento, con lo cual su estatura dejó de importar porque ya no quedó nada de él.
Delph medía un metro noventa y ocho y tenía unos hombros que, cuando los extendía, abarcaban tanto como la frondosa copa de mi álamo. Contaba dieciséis sesiones y lucía una larga melena negra que estaba casi toda de un blanco amarillento por culpa del polvo que él no se molestaba en lavar. Trabajaba en el Molino cargando enormes sacos de harina, de modo que no dejaba de acumular polvo constantemente. Tenía la frente ancha y corta, los labios carnosos, y unos ojos tan oscuros como la melena sin el polvo. Parecían dos agujeros gemelos que tuviera en la cabeza. Sería fascinante ver lo que sucedía en el interior de su cerebro. Y tenía que reconocer que aquellos ojos suyos eran preciosos; a veces, cuando me miraba, me entraban escalofríos.
No cumplía los requisitos para trabajar en Chimeneas, pues para ello se requería cierta creatividad y yo jamás había visto a Delph crear nada excepto confusión. Su mente iba y venía igual que los chubascos de lluvia. Siempre había sido así, desde que tenía seis sesiones. Nadie sabía qué era lo que le había ocurrido, y si lo sabían no me lo contaban a mí. Yo estaba convencida de que Delph se acordaba de ello. Y le había dejado huella en la mente. Era obvio que no se trataba de un Evento, porque en tal caso no quedaría nada de él; pero sí que podría haber sido el de un Wug muy allegado. Y, sin embargo, en ocasiones Delph decía cosas que me hacían pensar que dentro de su cerebro había mucho más de lo que creían la mayoría de los Wugs.
Aunque dentro de su cerebro las cosas anduvieran un poco torcidas, por fuera no tenía nada de raro. Era guapo, eso estaba claro. Aunque él nunca parecía darse cuenta, yo había visto a muchas hembras lanzándole una «miradita» al pasar. Lo que querían era besuquearlo, estoy segura. Pero Delph estaba siempre moviéndose. Y sus anchos hombros y sus brazos y piernas largos y musculosos le proporcionaban una fuerza que no era capaz de igualar prácticamente ningún otro Wug.
Delph se sentó a mi lado con las piernas cruzadas a la altura de sus huesudos tobillos y colgando por el borde de la plataforma. Allá arriba apenas había espacio suficiente para los dos. Pero a él le gustaba subir a mi árbol, porque no tenía muchos sitios más adonde ir.
Me aparté de los ojos el pelo, largo, oscuro y enmarañado, y me fijé en una mancha de suciedad que tenía en el brazo. No la limpié porque tenía muchas. Y al igual que ocurría con el polvo del Molino que cubría a Delph, no iba a servir de nada. Mi vida estaba llena de suciedad.
—Delph, ¿has oído todo lo de antes?
Se volvió y me miró.
—¿El q-q-qué?
—Los caninos de ataque y los gritos.
Delph me miró como si estuviera chalada.
—¿T-t-te encuentras b-b-bien, Ve-Ve-Vega Jane?
Probé otra vez:
—Había miembros del Consejo con caninos de ataque, persiguiendo algo. —Quise decir «alguien», pero decidí reservármelo—. Estaban muy cerca del Quag.
Delph se estremeció al oír nombrarlo, tal como yo esperaba.
—Qu-Qu-Qu... —Por fin, tembloroso, tomó aire y dijo simplemente—: Eso es malo.
Decidí cambiar de tema.
—¿Has comido? —le pregunté. El hambre era como una herida que duele y que supura. Cuando se sentía, no se podía pensar en otra cosa.
Delph negó con la cabeza.
Saqué una cajita metálica que constituía mi despensa portátil y que siempre llevaba conmigo. Dentro había una cuña de queso de cabra y dos huevos duros, un trozo de pan frito y un poco de sal y pimienta que guardaba en unos pequeños dedales de peltre fabricados por mí misma. En Amargura consumíamos mucha pimienta, sobre todo para hacer caldo. La pimienta curaba muchos males, como el sabor de la carne pasada y de las verduras podridas. También hubo antes un pepinillo, pero ya me lo había comido.
Le pasé la lata. Iba a ser mi primera comida, pero yo no era tan grande como Delph. Este necesitaba echar mucha leña al fuego, como decían por allí. Ya comería yo en otro momento, sabía dosificarme. Delph no se dosificaba, simplemente hacía las cosas. Y a mí me parecía que aquella era una de las cualidades más entrañables que tenía.
Espolvoreó con sal y pimienta los huevos, el queso y el pan, y a continuación lo engulló todo seguido. Oí cómo le rugían las tripas conforme la comida iba descendiendo hacia lo que hasta entonces había sido una caverna vacía.
—¿Mejor? —le pregunté.
—M-mejor —murmuró él en tono de contento—. Gracias, Ve-Vega Jane.
Me froté los ojos para despejar el sueño. Me habían dicho que tenía los ojos del color del cielo, pero que en otras ocasiones, cuando todo estaba cubierto de nubes, adquirían un tono más plateado, como si absorbieran los colores de allá arriba. Aquello era lo único que iba a cambiar en mí en toda mi vida.
—¿V-vas a ir a ver a tus padres en esta luz? —me preguntó Delph.
Le lancé una mirada.
—Sí.
—¿Pu-puedo acompañarte?
—Por supuesto, Delph. Podemos reunirnos allí, después de Chimeneas.
Delph afirmó con la cabeza, murmuró la palabra «Molino», y luego se levantó y comenzó a bajar por los tablones en dirección al suelo.
Yo fui detrás de él para dirigirme a Chimeneas, donde trabajaba confeccionando cosas bonitas. En Amargura era buena idea no dejar de moverse.
Y eso era lo que hacía yo.
Pero en aquella luz lo hice de manera distinta: lo hice teniendo presente la imagen de alguien que corría hacia el interior del Quag, cuando en realidad aquello era imposible porque significaba la muerte. De modo que me convencí de que no había visto lo que creí haber visto.
Pero no iban a pasar muchas cuñas antes de que me diera cuenta de que mi vista era perfecta. Y mi vida en Amargura, siempre que tuviera una vida, ya no volvería a ser igual.
DUO. Chimeneas
DUO
Chimeneas
Mientras caminaba por el sendero del bosque, ahora silencioso, fui calmándome y me vinieron a la memoria ciertas cosas que me habían dicho mucho tiempo atrás. No sé exactamente por qué; el momento era un tanto raro, pero he descubierto que estos pensamientos me asaltan en las cuñas más extrañas.
El primero de ellos fue el que me resultaba más imborrable.
«El lugar más espantoso de todos es uno que los Wugmorts no saben que es tan prohibido como se puede ser.»
Esto fue lo que me dijo mi abuelo antes de sufrir su Evento y marcharse para siempre. Y me parece que yo fui la única a la que se lo dijo. Nunca se lo he mencionado a nadie. Yo no era por naturaleza una Wugmort que se fiara de los demás. Nadie que lo fuera podría estar aquí.
Cuando mi abuelo pronunció esa frase yo era muy pequeña, y poco después de eso sufrió su Evento. Tuve que reconocer que en aquel momento no supe muy bien qué había querido decir, y tampoco lo sé con seguridad ahora. Estaba de acuerdo con él en que un lugar podía ser de lo más espantoso, pero ¿cuál podía ser tan prohibido como se puede ser? Aquel era el enigma que jamás logré descifrar, por más que lo intenté.
Mi abuelo también me habló de las estrellas fugaces. Me dijo: «Cada vez que se ve una estrella fugaz dibujando una estela brillante y caprichosa en el cielo, significa que algo va a cambiar en la vida de un Wugmort.»
Era una idea interesante para un lugar que no cambiaba nunca... como Amargura.
De repente estos dos pensamientos gemelos se apartaron de mí como si fueran volutas de humo que se van flotando y volví a centrarme en lo que me aguardaba más adelante: otra luz de duro trabajo.
Cuando ya me encontraba cerca de mi destino, aspiré profundamente y percibí un olor que me dejó atónita. Lo tenía ya metido en los poros de la piel y no se iba nunca, por más veces que me pusiera debajo del cubo de lluvia o de las tuberías. Doblé el recodo del sendero y apareció: Chimeneas. Lo llamábamos así porque tenía muchísimas chimeneas construidas para eliminar el hollín y la mugre. Torres de ladrillos, uno encima de otro, que se elevaban hacia el cielo. Yo no tenía ni idea de para qué había servido originalmente aquel lugar, ni sabía si alguna vez se había utilizado para algo que no fuera confeccionar cosas bonitas. Tenía una extensión inmensa y era tremendamente feo, con lo cual el uso que se le daba en la actualidad resultaba irónico.
Junto a las gigantescas puertas se hallaba de pie un Wug encogido y marchito, con su pequeño sello de tinta en la mano. Se llamaba Dis Fidus. Yo no tenía ni idea de cuál sería su edad, pero debía de andar cerca de las cien sesiones. Fui hasta él y le tendí la mano. La parte superior estaba ya descolorida a causa de la tinta acumulada a lo largo de las dos sesiones que llevaba trabajando allí. No quería ni imaginar cómo estaría cuando llevara diez o veinte. Seguro que mi piel tendría ya para siempre un tinte azulado.
Fidus me agarró la mano con la suya, esquelética, y me estampó el sello. Yo no tenía ni idea de cuál era el motivo por el que se hacía aquel gesto; no guardaba ninguna lógica, y las cosas que no tenían lógica me preocupaban a más no poder porque muy probablemente, me decía, tendrían lógica para alguien.
Miré a Dis Fidus intentando detectar en su expresión si estaba enterado de la persecución que había tenido lugar en aquella luz. Pero su actitud natural era siempre tan nerviosa que resultaba imposible deducir nada. Así que penetré en Chimeneas.
—Vega, me gusta que mis cargas estén aquí menos de tres cuñas antes de la segunda luz —dijo una voz.
Julius Domitar era grande y orondo como una rana gorda. Por añadidura, su piel poseía un curioso tinte verde pastoso. Era el Wug más engreído que yo conocía en todo Amargura, y eso que existía una dura competición por dicho título. Al decir que le gustaba que sus «cargas» estuvieran allí menos de tres cuñas antes, en realidad se refería a mí. Yo seguía siendo la única hembra que había en Chimeneas.
Giré la cabeza para mirarlo a través de la puerta de su oficina. Allí estaba, de pie junto a su pequeño escritorio de tablero abatible sobre el que descansaban varios botes de tinta de Quick y Stevenson, los únicos proveedores de tinta de todo Amargura. Sostenía en la mano su larga pluma de escribir y tenía varios rollos de pergamino en la mesa. Adoraba los rollos de pergamino. De hecho, adoraba lo que contenían dichos rollos: datos registrados. Pequeños fragmentos de nuestra vida de trabajadores.
—Tres cuñas de antelación ya es bastante antelación —dije sin detenerme.
—Vega —replicó Domitar—, hay muchos que han salido peor parados que tú. No lo olvides. Aquí no te va mal del todo, pero eso puede cambiar. Ya lo creo que sí.
Me apresuré a continuar hacia la planta principal de trabajo de Chimeneas. Hacía mucho tiempo que se habían encendido los hornos. Eran enormes, estaban colocados en un rincón y no se apagaban nunca. Proporcionaban a la estancia una sensación templada y húmeda, incluso en las luces más frías. Los musculosos Dáctilos golpeaban sin cesar sus metales con martillos y tenazas haciendo un ruido que recordaba a las campanas de Campanario. El sudor, que les empapaba la frente y las formas esculpidas de la espalda, resbalaba poco a poco e iba salpicando el suelo alrededor de sus pies. Jamás levantaban la vista del trabajo. Los Cortadores troceaban la madera y los metales, tanto duros como blandos. Los Mezcladores removían sus enormes bañeras fusionando ingredientes.
Aquellos Wugs eran iguales que yo, normales y corrientes en todos los sentidos y muy trabajadores. Su único objetivo era ir tirando. Y todos íbamos a desempeñar exactamente el mismo trabajo durante el resto de nuestras sesiones.
Me dirigí a mi taquilla de madera, situada en una sala contigua a la planta principal. En ella guardaba mis pantalones de trabajo, un grueso delantal de cuero, unos guantes y unas gafas protectoras. A continuación fui a mi puesto de trabajo, que estaba situado hacia el fondo de la planta. Consistía en una mesa de madera grande y llena de manchas, un carrito viejo y de diseño recargado, con ruedas metálicas, un juego de herramientas grandes y pequeñas que encajaban con precisión en mis manos, varios instrumentos de verificación que constituían nuestro control de calidad y unos cuantos botes de pinturas, tintes, ácidos y otros materiales que empleaba de vez en cuando.
Había una parte de mi trabajo que era peligrosa, por eso me protegía todo lo que me era posible. Muchos de los que trabajaban allí habían perdido un dedo, un ojo, un diente y hasta una extremidad entera, así que yo no estaba por la labor de asemejarme a ellos reduciendo el número de piezas de mi cuerpo. Me gustaban las que tenía, estaban en la cantidad justa y en su mayoría se hallaban emparejadas.
Pasé por delante de la amplia escalinata de piedra y balaustrada de mármol que conducía a la planta superior de Chimeneas. Era un detalle bastante elegante para un lugar como aquel, y ello me hizo pensar, y no por primera vez, que Chimeneas no había sido siempre una fábrica.
Sonreí al Wugmort de guardia que estaba allí de pie. Se llamaba Elton Torrón y nunca le había oído pronunciar palabra. Llevaba al hombro un morta de cañón largo. También tenía una espada envainada y una navaja guardada en un pequeño estuche de cuero sujeto a un cinturón negro y ancho. Su única tarea era impedir que cualquiera de nosotros accediera a la segunda planta de Chimeneas. Con su cabello largo y negro como el carbón, su rostro surcado de cicatrices, una nariz ganchuda que daba la impresión de haberse roto varias veces y aquellos ojos que parecían no tener vida, Elton Torrón ya daba bastante miedo sin necesidad de portar todas aquellas armas. Así que con ellas resultaba bastante terrorífico en todos los sentidos.
Me habían contado que una vez, mucho antes de que yo empezara a trabajar en Chimeneas, un memo intentó pasar por delante de Elton Torrón y subir la escalera. Según contaban, Torrón lo apuñaló con la navaja, le disparó con el morta, le cortó la cabeza con la espada y luego arrojó sus despojos a uno de los hornos que ardían en Chimeneas sin parar. No sé muy bien si me lo creí o no, pero desde luego en aquel momento no estuve tan segura de ello.
Y por esa razón me mostraba invariablemente amable con Elton Torrón. Me daba igual que él nunca me mirase ni me dirigiese la palabra; solo quería que supiese que en mí tenía una amiga.
Cuando empecé a trabajar en Chimeneas había un Wugmort llamado Quentin Hermes que me ayudaba a rematar. Porque eso era yo: una Rematadora. Cuando llegué en mi primera luz, lo único que me gruñó Domitar fue: «Llegas dos cuñas tarde. Que no vuelva a ocurrir.»
En aquella primera luz, me miré el sello de tinta que me habían estampado en la mano y me pregunté cuál era la labor que debía realizar yo en aquel sitio. Encontré mi puesto de trabajo solo porque figuraba mi nombre en él. Un rectángulo de metal renegrido con letras plateadas que decían VEGA JANE, fijado con clavos encima de la madera. No era un letrero en absoluto bonito.
Y pasé todo el tiempo pensando que mi nombre no era lo único que estaba sujeto con clavos a aquel lugar. Que también lo estaba yo.
En aquella primera luz, mientras yo aguardaba de pie junto a mi puesto de trabajo, Quentin vino corriendo a saludarme. Era un amigo de la familia y siempre había sido muy bueno conmigo.
—Vega, creía que ibas a comenzar en la luz siguiente —me dijo—. De haberlo sabido, habría estado preparado para tu llegada.
—No sé qué hacer —dije yo con una pizca de desesperación.
Quentin regresó a su puesto y volvió trayendo una figurilla fabricada con metal. Representaba a un macho muy joven que estaba acariciando a un canino.
—Esto, o cosas como esta, es lo que debes rematar —me explicó—. Esto es de metal, pero también te ocuparás del acabado de objetos de madera, cerámica, arcilla y otros materiales. A este Wug y su canino voy a pintarlos con colores agradables.
—¿Cómo sabes qué colores utilizar? —pregunté yo.
—En tu puesto de trabajo tienes instrucciones para cada objeto. Pero dispones de cierta libertad para servirte de tu propia creatividad. Unas veces pintarás los objetos, otras veces los tallarás o los moldearás, y algunas veces los envejecerás para que parezcan más antiguos.
—Pero es que nadie me ha enseñado a hacer eso.
—Yo sé que cuando estabas en Aprendizaje demostraste tener cierto talento artístico —replicó Quentin—. De no ser así, no te habrían traído aquí para trabajar de Rematadora.
Levanté la vista hacia él.
—Es que pensé que aquí me enseñarían.
—Y así es. Te enseñaré yo.
—¿Y tu trabajo? —pregunté mirando los objetos sin terminar que aguardaban en su puesto de trabajo.
—Eso será parte de tu formación, ayudarme a terminarlo. Estaba deseando que llegara esta luz, Vega. Siempre he abrigado la esperanza de que te asignaran a Chimeneas.
Y me enseñó. Cada luz llegaba yo al trabajo con una sonrisa, pero solo porque allí estaba Quentin. Aprendí todo muy deprisa, hasta que mi habilidad se igualó a la suya.
Recordaba ahora todo eso, pero no por nostalgia sino por una razón muy diferente: porque Quentin Hermes era precisamente el Wug que yo había visto abalanzarse de cabeza hacia el Quag mientras lo perseguían los caninos y el Consejo. Sabía que en aquella luz Quentin no iba a estar en Chimeneas, y me pregunté cuándo se darían cuenta de ello los demás.
Con la cabeza más llena de temor que de confusión, me concentré en lo único que sabía hacer: dar el acabado a objetos bonitos que serían adquiridos por Wugs que pudieran permitírselo económicamente. Entre ellos no me encontraba yo.
Levanté en alto la que iba a ser mi primera obra de aquella luz: un pequeño cuenco de porcelana, inacabado, que había que pintar y después hornear. Pero justo al levantarlo la tapa se resbaló y estuvo a punto de caer al suelo. La deposité sobre la mesa y agarré con más firmeza el cuenco. Entonces fue cuando vi el minúsculo fragmento de pergamino que estaba pegado en su interior. Miré en derredor para ver si había alguien observando y seguidamente introduje la mano en el cuenco y saqué el pergamino. Lo escondí en un trapo de trabajo, puse este encima de la mesa y lo abrí para descubrir el pergamino y desdoblarlo. Llevaba algo escrito a mano, con letra pequeña y esmerada, y se leía con claridad.
«No voy a regresar a Chimeneas, Vega. Ve a tu árbol esta noche. Lo que encontrarás allí puede que te libere de Amargura, si así lo deseas. QH.»
Hice una bola con el trozo de pergamino y me la tragué. Mientras sentía cómo me bajaba por la garganta, levanté la vista justo a tiempo para ver a cuatro varones que entraban en la oficina de Domitar. Todos ellos eran miembros del Consejo, tal como denotaban sus túnicas negras. Uno de ellos era Jurik Krone, lo cual no era nada bueno. Él me había visto en aquella luz cerca del Quag. Eso, unido al hecho de que yo trabajaba al lado de Quentin, tal vez no presagiara nada halagüeño para mí.
Pasaron treinta cuñas, y al oír que se abría la puerta de la oficina de Domitar levanté la vista. Todos a una, los de las túnicas negras me miraron fijamente. Sentí que el cuerpo se me ponía rígido como si me hubieran tocado con uno de los hierros al rojo vivo que usaban los Dáctilos para su trabajo.
Krone se acercó, seguido de los otros miembros del Consejo. Sostenía en alto un objeto. Cuando lo vi, se me bloqueó la respiración en la garganta. Lo reconocí de inmediato, aunque llevaba muchas sesiones sin verlo. Me maravillé de que ahora lo tuviera Krone en la mano.
—De nuevo nos encontramos, Vega —me dijo Krone al tiempo que él y sus cohortes me rodeaban en mi puesto de trabajo.
—Sí, así es —contesté yo intentando mantener un tono calmo, pero mi voz se tambaleó sin piedad, igual que una cría recién nacida que está probando la fuerza de sus patas.
Krone levantó el objeto. Era un anillo.
—¿Reconoces esto?
Afirmé con la cabeza.
—Era de mi abuelo.
Lucía un dibujo distintivo grabado en el metal, idéntico a una marca que tenía mi abuelo en el dorso de la mano: tres ganchos unidos como uno solo. Yo nunca supe lo que significaba y él nunca hablaba de ello, por lo menos conmigo, pero es que cuando él sufrió su Evento yo aún era muy pequeña.
—¿Puedes explicar cómo ha llegado un anillo de Virgilio Alfadir Jane a la casa de Quentin Hermes? —preguntó Krone con paciencia, pero su voz contenía un tonillo clarísimo.
Negué con la cabeza. Mi estómago estaba dando breves vuelcos y mis pulmones se expandían más deprisa de lo que a mí me habría gustado.
—Supuse que cuando mi abuelo tuvo su Evento, el anillo desapareció con él. Como sabes, después de un Evento no queda nada de un Wug.
Krone dejó caer el anillo sobre mi tablero de trabajo. Cuando yo alargué una mano para cogerlo, él clavó la punta de su cuchillo en el centro del aro y lo dejó inmovilizado sobre la madera. Retiré la mano y lo miré atemorizada.
Krone, con ademanes lentos, desclavó el cuchillo y tomó el anillo.
—¿Conoces a Hermes? —preguntó con voz queda—. Es amigo tuyo, ¿no es así?
—Es amigo de mi familia. Es el único Rematador que hay aquí, aparte de mí.
—¿Y por qué no está trabajando en esta luz?
—No lo sé —respondí sin faltar demasiado a la verdad. Así y todo, experimenté un inmenso alivio por haberme tragado la nota de Quentin—. A lo mejor está herido, o enfermo.
—Ni lo uno ni lo otro —replicó Krone al tiempo que se aproximaba un poco más—. Vamos a hablar con franqueza. En la primera luz tú estuviste cerca del Quag. Nos viste perseguirlo.
—Ya te dije que no vi nada. Y tú no me dijiste a quién perseguíais. —Miré a Krone directamente a la cara—. Pero ¿por qué perseguíais a Quentin?
—Hay leyes, Vega, leyes que Quentin Hermes ha infringido. Y por ello será castigado. —Krone me recorrió con la mirada de arriba abajo, sin dejar un solo resquicio de mi cuerpo por escudriñar—. Si intenta ponerse en contacto contigo, informarás al Consejo de inmediato. Si no lo haces, las consecuencias serán graves. Se trata de un asunto serio, Vega. Pero que muy serio. —Hizo una pausa—. Estoy hablando del Valhall, para quienes desobedezcan.
Todos los Wugs que se hallaban presentes, incluida yo misma, lanzaron una exclamación ahogada. Ningún Wug quería que lo encerrasen en aquella jaula, a la vista de todo el mundo y vigilada por el bruto de Nida y aquel feroz shuck negro.
Posó una mano en mi hombro y apretó ligeramente.
—Vega, cuento con tu ayuda en esto. En este asunto es necesario que todos los habitantes de Amargura permanezcan unidos.
Luego su mano se deslizó hasta mi rostro y recogió algo. Lo levantó en alto. Era un pedazo del pergamino de Quentin, que había quedado prendido en mi piel. Con un estremecimiento de horror, vi que todavía conservaba un poco de tinta.
—¿Un residuo de tu trabajo, tal vez? —inquirió Krone, y de nuevo me perforó con la mirada. Después, apoyándose en el pie derecho, dio media vuelta y se alejó. Su colegas hicieron lo propio.
Lancé una mirada a Domitar. Jamás lo había visto tan pálido y sudoroso.
—Colaborarás, o de lo contrario irás a parar al Valhall —me advirtió, y acto seguido giró sobre sus talones, una maniobra que estuvo a punto de tirarlo al suelo, y desapareció en el interior de su oficina.
Yo volví a mi trabajo y aguardé a que se hiciera de noche.
TRES. Héctor y Helena
TRES
Héctor y Helena
Cuando sonó el timbre que señalaba el final de la jornada en Chimeneas, me vestí de nuevo mis raídas ropas y salí para regresar andando a Amargura. Iba tan consumida por la impaciencia que me entraron ganas de hacer todo el camino a la carrera. Ojalá fuera ya de noche para poder subir a mi árbol, pero no podía hacer nada para acelerar el paso del tiempo.
La ruta que llevaba a Amargura propiamente dicho no era muy larga. Amargura no era un pueblo que se extendiera a lo ancho; era más bien compacto, como un puño pequeño que estuviera esperando golpear algo. En la calle Mayor, que tenía un ondulado pavimento de adoquines, había dos hileras de tiendas situadas unas enfrente de otras. En ellas se vendían cosas que necesitaban los Wugmorts, como ropa, zapatos, alimentos básicos, platos y vasos. Había una farmacia en la que se expendían hierbas medicinales, pomadas y tiritas. Incluso había un sitio en el que vendían sensaciones de felicidad, de las que por lo visto había escasez. Me habían dicho que dicha tienda tenía un negocio cada vez más próspero. Sabíamos que en Amargura se vivía bien, pero al parecer nos costaba trabajo creérnoslo.
Mientras andaba, mi cerebro trabajaba a toda velocidad. Krone y el Consejo habían estado persiguiendo a Quentin, que había huido internándose en el Quag. Yo logré verlo un instante antes de que desapareciera del todo. Logré ver la expresión que llevaba en la cara: era de terror, pero teñida de alivio. ¿Alivio por internarse en el Quag? Mi cerebro a duras penas conseguía siquiera imaginar algo así.
Pasé por delante del albergue de los Obtusus, y vi salir de él a un Wugmort al que conocía bien. Se llamaba Roman Picus y era el dueño. Vestía la indumentaria habitual: un sombrero de fieltro con una melladura en el centro; un peto de color azul y no del todo limpio; camisa blanca; chaleco negro; unas botas de pelo de garm de un luminoso rojo anaranjado y un abrigo grasiento. Lucía unas patillas que le bajaban por ambos lados de la cara y se curvaban como anzuelos hacia el interior de sus mofletes enrojecidos por el sol. En la parte frontal del chaleco, suspendido de una cadena llena de nudos, le colgaba un pesado reloj de bronce en cuya esfera se indicaban las diversas secciones de luz y noche divididas en sus respectivos compartimentos.
—Buena luz, Vega —saludó de mala gana.
Yo le hice un gesto con la cabeza.
—Buena luz, Roman.
—¿Vienes de Chimeneas?
—Sí. Voy a recoger a John en Aprendizaje y luego he quedado con Delph en Cuidados.
Roman dejó escapar un fuerte bufido.
—Nunca entenderé por qué pierdes el tiempo con ese inútil retrasado. Pero supongo que no tienes un concepto muy elevado de ti misma, y en eso tengo que coincidir contigo, hembra.
—Ya que consideras a Delph tan inútil, ¿por qué no lo retas en el próximo Duelum?
Roman enrojeció.
—Soy demasiado viejo para el Duelum. Pero en mis buenos tiempos, hembra...
—¿Y cuántos Duelums ganaste en tus buenos tiempos, macho?
Roman hizo una mueca de desagrado.
—Más te valdría enterarte, Vega —gruñó—. Sigue la corriente a los demás para llevarte bien con ellos.
—Hablando de todo un poco, ¿adónde ibas, Roman?
Me miró como si lo hubiera abofeteado.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Estábamos teniendo una conversación tan agradable que me apetecía continuarla.
—¿Quieres que te denuncien en el Consejo, Vega?
—Por supuesto. Tengo entendido que con dos o más infracciones un Wug ya tiene derecho a recibir no sé qué premio.
—No tengo cuñas para andar vacilando ociosamente con pobres como tú —replicó, pero luego calló unos instantes y me miró fijamente—. ¿Has dicho Quentin Hermes?
—¿Qué pasa con él?
—Tengo entendido que ha cometido una idiotez.
—Quizá —respondí con cautela.
Roman se encogió de hombros y se miró las botas.
—A lo mejor lo ha devorado un garm. Uf.
—¿Ya has cobrado todo el alquiler de la sesión trimestral? —le pregunté cambiando intencionadamente de tema. No quería hablar de Quentin Hermes.
Roman sonrió con malicia y extendió una mano grande y sucia.
—A propósito de eso, podrías pagarme el tuyo ahora, Vega.
Le mostré una pequeña hoja de pergamino que llevaba unas líneas escritas y un sello.
—Ya pagué después de llevar a John a Aprendizaje. Tu empleado me hizo un poco de descuento por llevárselo yo misma y ahorrarle un viaje.
Su sonrisa se transformó en un ceño fruncido.
—Vaya, no me digas. En fin, ya me encargaré de eso.
—Se te va la fuerza por la boca, Roman.
—¿Qué diablos quieres decir con eso?
—Tu empleado me enseñó el documento oficial que firmaste tú autorizando el descuento. Me gusta saber cosas como esa antes de comprometer mi sueldo para pagar un poco de espacio en ese montón de mierda que tú llamas albergue.
Si se le antojase, Roman podría echarnos a mi hermano y a mí del albergue de los Obtusus. Y puede que una parte de mí lo deseara. Pero se limitó a dar media vuelta y marcharse, y yo proseguí mi camino.
Aprendizaje se hallaba ubicado en un edificio situado cerca del otro extremo de la calle Mayor. Tenía sitio para varios cientos de jóvenes, pero actualmente había menos de la mitad. En Amargura se aprendía, pero no con demasiada energía. Estando allí de pie, sobre el desigual empedrado, esperando, me llamó la atención observar que el borde del tejado presentaba un aspecto deprimente. Se combaba un poco hacia abajo, como si estuviera frunciendo el entrecejo.
De repente se abrió la puerta y comenzaron a salir jóvenes.
El último Wug en salir era siempre mi hermano.
John Jane era bajo y flaco, y parecía mucho más joven de lo que era. Tenía el pelo moreno y largo, casi tan largo como el mío. No me permitía, ni a mí ni a nadie, que se lo cortase. No era fuerte, pero si alguien intentaba cortarle el pelo se peleaba con él. Siempre iba con la mirada gacha. Al parecer estaba fascinado con sus pies, que eran desproporcionadamente grandes y prometían una considerable estatura en el futuro. John Jane no era gran cosa por fuera, pero dentro de su cerebro ocurrían muchas cosas.
Yo lo había visto hacer observaciones que a mí no se me habrían ocurrido nunca. Y jamás se le olvidaba nada. Tan solo en algunos momentos privados en los que estábamos juntos acertaba yo a vislumbrar brevemente lo que sucedía de verdad en el espacio íntimo de su cabeza. Era un espacio bastante lleno, mucho más lleno que el mío.
Por su rostro se extendió una sonrisa tímida y aceleró un poco el paso. Yo le mostré mi lata metálica. Por el camino había hecho un alto para recoger unas pocas bayas para él, y también había un ala de ave que había ahumado anteriormente en Chimeneas. A John le gustaba la carne, aunque en el albergue de los Obtusus no comíamos mucha. Vino corriendo hacia mí, abrió la lata y vio el ala. Entonces me miró y sonrió de nuevo. Durante la mayor parte del tiempo yo no entendía a John, pero me encantaba ver aquella sonrisa. Durante el Aprendizaje no se suministraban alimentos, y eso que el tiempo que uno pasaba allí era prolongado. Decían que la comida distraía a los jóvenes. Yo estaba convencida de que la falta de comida distraía a todo el mundo, y eso era lo que decía cuando era joven. Ahora me daba cuenta de que fue un milagro que me permitieran continuar hasta que cumplí las doce sesiones, que era la edad a la que terminaba el Aprendizaje. En mi opinión era terminar demasiado pronto, pero no era yo quien dictaba las normas.
John me tomó de la mano sin dejar de comer con la otra y echamos a andar juntos. Yo iba mirando a mi alrededor. Aquí y allá había grupitos de Wugmorts, y todos estaban hablando en voz baja y en susurros. También vi a varios miembros del Consejo, con sus túnicas negras, pululando por ahí igual que las ratas entre la basura.
Había visto a Quentin huir en dirección al Quag. Y no era simplemente porque lo persiguiera el Consejo con los caninos. Su nota decía que no tenía la intención de volver, y dicha nota tuvo que ser escondida en el cuenco antes de la primera luz. Estaba claro que Quentin había planeado penetrar en el Quag, con Consejo y caninos o sin ellos. Pero ¿por qué? En el Quag no había nada salvo la muerte segura. Y al otro lado del Quag no había nada en absoluto. Sin embargo, la nota de Quentin decía que lo que me había dejado me liberaría de Amargura. Mi cerebro saltó a la conclusión más obvia: más allá del Quag existía un lugar. O así lo creía Quentin.
Volví a concentrarme en John.
John y yo teníamos un ritual. Al salir de Aprendizaje, cada dos luces íbamos a ver a nuestros padres. Se encontraban en Cuidados, un lugar al que se enviaba a los Wugs que no estaban bien y por los que ya no podían hacer nada más los Reparadores del hospital. El guarda del edificio era un Wug enorme que se llamaba Non.
Non ya nos conocía a mi hermano y a mí porque acudíamos con mucha frecuencia. Pero todas las veces nos trataba como si fuera nuestra primera visita. A mí eso me irritaba terriblemente, pero él por lo visto se divertía a lo grande.
John, muerto de hambre, ya había empezado a devorar el ala y tenía toda la boca manchada con el jugo grasiento de la carne. Cuando nos encontrábamos a escasos metros del edificio, vi a Delph salir de las profundas sombras de un castaño. Se le notaba nervioso. Llevaba el cabello todavía más blanco porque había estado trabajando durante toda aquella luz en el Molino, y tenía la cara y la camisa empapadas de sudor. Hizo un gesto tímido con la cabeza y miró a John.
—Hola, Delph —saludó John, y alzó en alto el ala que estaba comiendo—. ¿Quieres un poco?
Yo sabía que Delph se sentía tentado. Pero negó con la cabeza. Y creo saber por qué: resultaba bastante obvio lo delgado que estaba mi hermano, y no creo que Delph quisiera privarlo de aquella poca comida.
Los tres dimos media vuelta y fuimos juntos hasta la entrada. Apreté los dientes y le dije a Non que queríamos ver a nuestros padres. Y le mostré el pergamino del Consejo que nos otorgaba el permiso para dicha visita. Non examinó el documento sin darse ninguna prisa, y eso que a aquellas alturas seguramente ya había memorizado todo lo que decía.