Gracia venidera: El poder purificador de las promesas de Dios

John Piper

Fragmento

ACLARACIÓN

Desde que se publicó la primera edición de Gracia venidera, en 1995, me he topado con grandes controversias acerca de la naturaleza, el fundamento y el instrumento de la justificación. Estas controversias han afilado mi propio entendimiento de lo que enseña la Biblia. He escrito un poco acerca de eso en los libros Counted Righteous in Christ: Should We Abandon the Imputation of Christ’s Righteousness? [Justificados en Cristo: ¿debemos abandonar la acusación de la justicia de Cristo?] (Crossway, 2007), The Future of Justification: A Response to N. T. Wright [El futuro de la justificación: una respuesta a N. T. Wright] (Crossway, 2007) y Finally Alive: What Happens When We Are Born Again? [Al fin vivos: ¿qué sucede cuando nacemos de nuevo?] (Christian Focus, 2009). Algunas personas han percibido tensiones entre la primera edición de Gracia venidera y el mensaje de esos libros. Mi deseo es que esta edición revisada aclare esos conflictos.

La justificación es el acto de gracia de Dios en el que, al unirnos a Cristo por medio de la fe, Dios nos hace perfectamente justos, nos imparte su propia justicia consumada por Cristo y, así, satisface todas las demandas de la ley por nuestro castigo y nos perfecciona por medio del sufrimiento y la obediencia de Cristo por nosotros. La santificación —que no es igual que la justificación y tampoco es parte de ella— es el acto de gracia de Dios mediante el cual nos libera progresivamente del pecado y nos conforma al carácter de Cristo. La fe protestante históricamente ha creído que quien es verdaderamente justificado será santificado de verdad. El motivo de esto es que la misma fe que nos une a Cristo para la justificación es también el canal que utiliza el poder del Espíritu de Dios para la santificación. Ese es uno de los puntos principales de este libro. Otro punto es que la fe está orientada hacia el futuro de forma profunda y penetrante.1

Desde la primera edición de Gracia venidera también salió mi libro Dios es el evangelio: para el alma hambrienta y sedienta (Editorial Portavoz, 2007). Este libro es importante para entender Gracia venidera. Lo que digo aquí ahora está remarcado con un libro entero, por así decirlo, en el que cada vez que hablo de la gracia venidera de Dios, lo incluyo a Él mismo, al que conozco y disfruto. La gracia venidera es todo lo que Dios nos da, de su ayuda y de sí mismo, desde este momento hasta la eternidad. Por lo tanto, la fe en la gracia venidera siempre se trata de confiar en las promesas de Dios y abrazar su persona. Es una sensación de seguridad plena en los dones que Dios prometió y de satisfacción en Él.

Para ser más claro y remarcar lo más importante, la gracia venidera no solo incluye a Dios en sí, sino a Cristo, el Hijo de Dios, crucificado, resucitado, quien está presente en su Espíritu y vendrá en cuerpo. Desde el ataque del 11 de septiembre de 2001 al World Trade Center y el crecimiento prominente del islam en el mundo, todo lo que he escrito tiene un sabor que exalta a Cristo más explícitamente. El auge del islamismo hace que la mera conversación sobre Dios parezca inadecuada. La fe bíblica debería sumergirnos completamente en el mar del pluralismo religioso y el Hijo de Dios, Jesucristo, quien fue crucificado por pecadores y resucitado de la muerte, debería ser el tema sobresaliente en todas nuestras conversaciones. Él es nuestro Dios y sin Él no hay salvación (1 Juan 5:12). En el libro No desperdicies tu vida escribí:

Desde el 11 de septiembre de 2001, he visto más claro que nunca lo esencial que es engrandecer la excelencia del Cristo crucificado por los pecadores y resucitado. Cristo debe estar explícito en todo lo que hablamos de Dios. No sirve en estos días de pluralismo hablar de la gloria de Dios de modo vago. Dios sin Cristo no es Dios. Y quien no es Dios no puede salvar ni satisfacer el alma. Si seguimos a un falso Dios, sea cual fuere su nombre o su religión, significa que desperdiciamos nuestra vida. Dios en Cristo, ese es el único Dios, el único camino al gozo.2

Por lo tanto, siempre que leas el término «gracia venidera» en este libro, ten en mente que Dios mismo en Cristo es el corazón de la gracia que Él promete. En todos sus dones y acciones, Él se ofrece a sí mismo para que lo disfrutemos y Jesucristo es la revelación más clara de Dios: «Él es el resplandor de la gloria de Dios. Es la imagen misma de lo que Dios es» (Hebreos 1:3).

Si nos adentramos más en la totalidad de la gracia venidera, el Cristo que vemos y disfrutamos ahora y para siempre es el Cristo crucificado y resucitado. Es decir, el Hijo de Dios, cuya gloria complacerá nuestros asombrados corazones por toda la eternidad y por siempre lo alabaremos y disfrutaremos como el Cordero que fue inmolado. Esto es una parte de su gran valor. Por siempre cantaremos: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste inmolado. Con tu sangre redimiste para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Apocalipsis 5:9). La gracia venidera siempre significa ver y disfrutar no solo de Dios y de Cristo, sino de la inmolación de Cristo para la redención de todos sus escogidos. Esta es la piedra angular de la gloria de Dios por la que Jesús oró para que algún día lo veamos cara a cara: «Padre, quiero que donde yo estoy también estén conmigo aquellos que me has dado, para que vean mi gloria» (Juan 17:24). Esta es la cima de la gracia venidera.

Esta aclaración que exalta a Cristo nos lleva a otra más. Cuando hablo de la gracia pasada, o gracia antigua, como fundamento de la fe en la gracia venidera, me refiero a los eventos de la encarnación de Cristo en los evangelios, su vida perfecta, su muerte por sustitución, el aplacamiento de la ira de Dios, el pago por nuestro perdón, la resurrección de Cristo y la derrota de Satanás junto con la muerte. Lo que hace gloriosos a estos sucesos es que realmente ocurrieron en la historia. No son simplemente ideas que atraviesan los tiempos: son hechos. Sin ellos no habría gracia venidera para los pecadores como nosotros.

Por esto, la vida de fe en la gracia venidera tiene un recuerdo vivo, sabe que toda la gracia que necesitamos hoy y la que necesitaremos por siempre depende de lo que sucedió en la historia hace dos mil años. Por este motivo dedico tres capítulos a «El lugar crucial de la gracia pasada». A Romanos 8:32 lo llamo «la lógica gloriosa del cielo», es el ritmo de vivir por la fe en la gracia venidera. «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». Observamos la gracia pasada: «Él no escatimó ni a su propio hijo». Y la lógica es: «Si Él realizó la gracia pasada, sin duda realizará la gracia venidera». Por eso es que miramos atrás. Ese momento en que Dios no escatimó a su Hijo sino que lo dio por todos nosotros, es la garantía firme de nuestra fe en la gracia venidera.

Sin embargo, es un error pensar que los recuerdos de la crucifixión son solo parte del pasado, y aquí está la aclaración sobre la gracia pasada. Hemos dicho que el Cristo que conocemos hoy y el que anhelamos ver cara a cara es el que fue crucificado y resucitó. Por lo tanto, cada reflexión de Cristo hoy y cada idea de Él en el futuro es un recordatorio de ese momento pasado en que Dios no escatimó a su Hijo. El Cristo que abrazamos en todo momento y en el que buscaremos ayuda en el futuro (ya sea dentro de diez segundos o diez siglos) es el que fue crucificado y resucitó.

Esto significa que los hechos de la historia del evangelio tienen un impacto constante en el creyente. Romanos 5:8 lo dice mejor con sus tiempos verbales. «Pero Dios muestra [presente] su amor por nosotros en que, cuando aún éramos pecadores, Cristo murió [pasado] por nosotros». Es decir, que los eventos pasados del evangelio median las vivencias presentes del amor de Dios. Nos sentimos amados ahora por Dios gracias a esos eventos pasados del evangelio. Este sentido profundo de ser amados por Dios ahora es la forma en que la gracia pasada se vuelve el fundamento de nuestra fe en la gracia venidera, cuando Dios cumplirá cada promesa para nuestro bien.

Con estas aclaraciones, espero que desaparezcan los obstáculos y que puedan brillar las enseñanzas de la Biblia acerca de vivir por la fe en la gracia venidera.

NOTAS

1. Explico esta frase «orientada hacia el futuro de forma profunda y penetrante» en la Introducción.

2. John Piper, No desperdicies tu vida, Editorial Portavoz, 2011.

DEDICATORIA

He decidido dedicar este libro a mi madre, quien murió en un accidente de autobús en Israel en 1974. Yo tenía veintiocho años cuando ella falleció. Durante los últimos diez años de su vida ella me escribió casi una vez por semana, primero en Illinois durante la universidad, luego en California durante el seminario, luego en Alemania durante mi posgrado y después en Minnesota, cuando comenzaba mi ministerio de enseñanza. Su amor fue incansable. Prácticamente todas las cartas tenían una cita de las Escrituras. De niño ella me había saturado y continuaba haciéndolo cuando yo ya era un hombre. De todos los textos que citaba había uno que predominaba, creo que debe de haber sido su favorito o, al menos, era el que creía que yo necesitaba muchas veces: Proverbios 3:5-6 (en su Versión Reina-Valera 1960):

Fíate de Jehová de todo tu corazón,

Y no te apoyes en tu propia prudencia.

Reconócelo en todos tus caminos,

Y él enderezará tus veredas.

A lo largo de los años he llegado a ver que este pasaje es un llamado a vivir por la fe en la gracia venidera. Ese llamado a vivir por fe está en las palabras: «Fíate de Jehová de todo tu corazón»; y la referencia a la gracia venidera está en: «él enderezará tus veredas». Mes tras mes mi madre me aconsejaba que viviera por la fe en la gracia venidera. Ella me animaba a confiar en el Señor y me mostraba que el foco de mi confianza es lo que Dios prometió hacer por mí en el futuro: «Hijo, el Señor enderezará tus veredas, confía en Él, confía en Él». Este libro es un tributo al legado de la invitación de mi madre.

Ella me enseñó a vivir entre dos frases del himno Amazing Grace [Gracia sublime, en español]. La primera es: «Su gracia siempre me libró», y la segunda es: «Y me guiará al hogar». Antes de poder explicarlo, aprendí que creer en esa primera frase fortalece la fe en la segunda, y creer en la segunda, potencia la obediencia radical a Jesús. De eso se trata este libro.

AGRADECIMIENTOS

Este libro también es una evidencia de la gracia derramada sobre mí a través del personal, los ancianos y la congregación de la Iglesia Bautista Belén en las ciudades gemelas de Minnesota. Ya se acerca mi fin como pastor allí, y sé que me amaron, me cuidaron, me disciplinaron y me inspiraron en esta hermandad durante más de treinta y dos años. No me han negado mis etapas de soledad para pensar, orar y escribir. Los amo y valoro el placer de vivir juntos por la fe en la gracia venidera.

Cuando escribí la primera edición de este libro, Jon Bloom, quien ahora es presidente del ministerio Desiring God, era mi asistente y el administrador de nuestro incipiente ministerio de recursos. Hoy mi asistente es David Mathis, y quiero ser claro en esto: la primera edición de este libro no hubiese sido posible sin Jon, y esta edición revisada no hubiese sido posible sin David. Ambos han llevado innumerables cargas por mí y en estos últimos días la lectura y evaluación rigurosa de David me han guiado adonde más se necesitaban las correcciones. Pero lo mejor de todo es que los tres compartimos una pasión por la verdad a la que servimos juntos: que Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en Él.

A pesar de que Daniel Fuller y yo vemos algunas cosas de distinta forma, estoy muy agradecido con él, ya que casi todos mis puntos de vista han sido forjados en el crisol de nuestros debates, especialmente en esos viejos tiempos. Si bien he tomado algunas direcciones diferentes, mi deuda con él no disminuye. Aunque la fraseología de «vivir por la fe en la gracia venidera» es propia, el concepto lo aprendí en el trabajo exegético que he compartido con el Dr. Fuller. Principalmente, el entendimiento que he obtenido de la Biblia es debido, además de a Dios, a los conocimientos de observación y análisis que he aprendido de su guía apasionante.

Tom Schreiner, profesor del Nuevo Testamento en el Seminario Southern de Louisville, Kentucky, fue mi camarada en el ministerio en Bethlehem cuando escribí la primera edición de este libro. Él no solo me ayudó a publicar el material en aquellos días, sino que también lo leyó completo e hizo sugerencias fundamentales. Si no expresé las cosas de una forma mejor en esa primera edición, fue probablemente porque no presté la suficiente atención a sus opiniones.

Aunque no hemos escrito un proyecto juntos en mucho tiempo, quiero agradecer nuevamente a Steve Halliday porque Sed de Dios, Los deleites de Dios y Gracia venidera son resultado de su apoyo inicial, su ánimo y su visión editorial. Esos diez años de colaboración desde mediados de la década de los ochenta hasta mediados de los noventa fueron trascendentales de muchas maneras.

Por último, por más de cuarenta y tres años, Noël ha estado junto a mí en la difícil bendición del matrimonio. Dios ha sido bueno en hacerla parte de la gracia en la que me he sostenido con esperanza desde que la conocí, en 1966.

Dios es más glorificado en nosotros cuanto más satisfechos estamos en Él.

Démosle mayor gloria a nuestro Señor si queremos obtener más de su gracia. Si tengo más fe, entonces puedo entender a Dios en su Palabra… Debo honrar grandemente a mi Señor y Rey.

CHARLES SPURGEON

INTRODUCCIÓN 1

CÓMO Y POR QUÉ SE ESCRIBIÓ ESTE LIBRO

El propósito principal de este libro es que Dios sea estimado por sobre todas las cosas. También se podría decir que el propósito es alabar la gloria de la gracia de Dios. Ambos son los objetivos principales, ya que valorar es la esencia auténtica de alabar. No se puede alabar lo que no se valora o, en otras palabras, Dios se glorifica más en nosotros cuanto más estamos satisfechos en Él.

Por la otra cara de la moneda, el objetivo de este libro es liberar al corazón humano de la esclavitud de los placeres efímeros del pecado. El pecado es eso que hacemos cuando nuestro corazón no está satisfecho en Dios. Nadie peca por deber. Pecamos porque pareciera que el pecado nos promete algo de felicidad, y eso nos esclaviza hasta el momento en que creemos que Dios es más deseable que la vida misma (Salmos 63:3). Esto significa que el poder de las promesas del pecado se rompe con el poder de las promesas de Dios. Todo lo que Dios prometió para nosotros en Jesús se opone a lo que promete el pecado para nosotros sin Él. Esta gran perspectiva de la gloria de Dios es lo que yo llamo la gracia venidera, y estar satisfecho con eso es lo que yo llamo fe. Por lo tanto, la vida de la que hablo en este libro es la vida por fe en la gracia venidera.

UNA CRISIS EN LA ESPIRITUALIDAD

Alister McGrath, un teólogo de Oxford y observador perspicaz de la iglesia evangélica estadounidense, escribió un artículo en el que habla de una «Crisis de espiritualidad en la iglesia evangélica estadounidense».1 Él dice que ser evangélico, particularmente en Estados Unidos, es fallarle a la iglesia.

Los evangélicos han hecho el gran trabajo de evangelizar a la gente, llevándolos hacia un conocimiento de Jesucristo como Salvador y Señor, pero fallan en darle a los creyentes el enfoque para que vivan constantemente en crecimiento en su relación espiritual con Él (…). Muchos comienzan la vida de fe con gran entusiasmo y al poco tiempo se ven involucrados en dificultades. Sus grandes anhelos y buenas intenciones parecen desvanecerse. El espíritu puede estar dispuesto, pero la carne es débil (…). La gente necesita un sostén para seguir cuando el entusiasmo desaparece.2

Mi objetivo y mi oración es que este libro brinde ese tipo de sostén y provea «a los creyentes el enfoque para que vivan constantemente en crecimiento». Esto es algo que se ha forjado en el crisol del ministerio pastoral, donde la mezcla entre las llamas del sufrimiento y el éxtasis hace que cada alegría sea más profunda y cada carga sea más liviana. Es el fruto de la meditación constante en la Palabra de Dios, relacionado con lo que David Powlinson llama «las realidades existenciales y situacionales de la experiencia humana en las trincheras de la vida».3

EL PENSAMIENTO ERRÓNEO DETRÁS DE LA MALA MANERA DE VIVIR

Este libro ha nacido de la convicción de que detrás de las malas maneras de vivir yace un pensamiento erróneo. Jesús nos llama, por ejemplo, a una pureza radical, pero veo que muchos cristianos no tienen categorías para pensar con claridad acerca de los mandamientos, las advertencias y las promesas de Jesús. Cuando Él dice que debemos arrancarnos los ojos lujuriosos, lo respalda con una advertencia: «Es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno» (Mateo 5:29). Las amenazas de ir al infierno a causa del pecado simplemente no son la forma en que los cristianos contemporáneos suelen hablar o pensar. Esto no es porque esas advertencias no estén en la Biblia, sino porque no sabemos cómo hacerlas encajar junto con otros pensamientos acerca de la gracia, la fe y la seguridad eterna. Anulamos la fuerza de las palabras de Jesús porque nuestro marco conceptual está desfigurado. Nuestra vida cristiana está renga por ese pensamiento cristiano secundario acerca de la vida.

En estos casi cuarenta años de predicar, enseñar y lidiar con personas que quieren ser auténticos cristianos, he descubierto que la forma en la que consideran la vida cristiana muchas veces se impregna del aire cultural que respiramos y no de lo que aprendemos en las Escrituras. Además, algunas de esas categorías heredadas de pensamiento «cristiano» están tan alejadas de la Biblia que funcionan en contra de la propia obediencia que tenían el propósito de promover.

EL LUGAR DE LA GRATITUD EN LA MOTIVACIÓN

Por ejemplo, una de las principales premisas de este libro es que la Biblia rara vez, si es que lo hace, motiva al cristiano a vivir con gratitud. Sin embargo, la gratitud es algo que está presente en la iglesia casi universalmente como «el motor de la vida cristiana auténtica». Estoy de acuerdo con que la gratitud es un afecto hermoso e indispensable para un cristiano, no hay salvo que no la tenga; pero quien busque en la Biblia lo hará en vano, ya que no encontrará ninguna conexión explícita entre gratitud y obediencia. Como intentaré mostrar en los capítulos 1 y 2, si la gratitud nunca fue pensada como la principal motivación para la obediencia cristiana radical, esa puede ser una de las razones del fracaso de tantos esfuerzos por conseguir la santidad. ¿Será que se ha forzado a la gratitud por la gracia pasada a ser ese motor de la santidad que solo la fe en la gracia venidera es capaz de ser? Esa convicción es uno de los principales impulsos de este libro.

GRACIA INMERECIDA Y CONDICIONAL

También he descubierto que algunas ideas populares de la gracia están tan distorsionadas y difundidas, que ciertas enseñanzas bíblicas son casi imposibles de comunicar. Por ejemplo, el concepto bíblico de gracia inmerecida y condicional es casi incomprensible para muchos cristianos contemporáneos que suponen que la incondicionalidad es la esencia de toda gracia.

Sin duda, existe la gracia incondicional, y esta es el fundamento glorioso de todo lo demás en la vida cristiana. Sin embargo, también existe la gracia condicional. Para casi todos los que hoy respiran el aire popular de la gracia y la compasión, gracia condicional parece un oxímoron, como decir que existen plumas pesadas. Por eso, cuando, por ejemplo, alguien oye la promesa de Santiago 4:6 en la que Dios «da gracia a los humildes», puede entrar en conflicto al pensar en una gracia que está condicionada por la humildad. O si escucha la valiosa promesa de que «a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados» (Romanos 8:28 RV60), apenas puede permitirse pensar que esta promesa de gracia está condicionada para los que son llamados y aman a Dios.

Sin embargo, las promesas de gracia condicionales se intercalan a lo largo de todo el Nuevo Testamento, enseñando cómo vivir la vida cristiana. «Si ustedes perdonan a los otros sus ofensas, también su Padre celestial los perdonará a ustedes» (Mateo 6:14). «Pero si vivimos en la luz, así como él está en la luz… la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado» (1 Juan 1:7). Me parece que el pensamiento bíblico detrás de estas promesas condicionales no es común en las ideas de los cristianos de hoy. Algunas concepciones populares de la gracia no pueden concebir ningún papel para la condicionalidad más que el legalismo. Pero si Dios quiso que estas enseñanzas nos ayudaran a vivir el amor cristiano de forma radical, ¿existe alguna duda de que muchas veces nuestros esfuerzos son insuficientes? Como cultura y como iglesia no somos muy dados a las reflexiones profundas. La consecuencia es que muchas veces nos vemos envueltos en conceptos populares y no nos empapamos de los bíblicos, al punto de que la iglesia se parece mucho al mundo.

Lo que impulsa a este libro es la convicción de que el pensamiento correcto moldea la vida correctamente. ¿Qué pensamos cuando alguien toma los mandamientos como contrarios a una vida empoderada por la gracia de Dios? ¿Por qué Juan dice: «Pues éste es el amor a Dios: que obedezcamos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son difíciles de cumplir» (1 Juan 5:3)? ¿Qué pensamos cuando oímos a Jesús decir, por un lado: «mi yugo es fácil, y mi carga es liviana», y por el otro: «estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida» (Mateo 11:30; 7:14)? ¿Cómo puede la vida cristiana ser fácil y difícil a la vez? ¿Qué pensamos cuando leemos que la justificación es por gracia solo mediante la fe (Romanos 3:28) y, sin embargo, también leemos que el Reino lo heredarán «los que lo aman» (Santiago 2:5)? ¿Cómo se relacionan la fe y el amor como requisitos para la salvación final? Este libro es una respuesta a esas preguntas.

LA FE ESTÁ PROFUNDA Y ABSOLUTAMENTE ORIENTADA HACIA EL FUTURO

En el corazón de este libro está la convicción de que las promesas de la gracia venidera son las llaves para vivir la vida cristiana como Cristo lo hizo. La mano que gira la llave es la fe y el resultado es vivir por fe en la gracia venidera. Con venidera no me refiero solo a la gracia del cielo y la era venidera, sino a la gracia que comienza ahora, en este preciso segundo, y sostiene nuestra vida hasta el final de este párrafo. Con gracia no me refiero solo a la seguridad de que Jesús murió por nuestros pecados, sino a la convicción de que Dios «nos dará también con él todas las cosas» (Romanos 8:32).

Este libro está basado en la convicción de que la fe tiene una orientación profunda y absoluta hacia el futuro. Sin duda, la fe puede mirar atrás y creer una verdad del pasado (como la verdad de que Cristo murió por nuestros pecados), puede mirar y confiar en una persona (como cuando se recibe a Jesucristo personalmente) y puede mirar hacia adelante y estar seguro de una promesa (como «estaré con ustedes hasta el fin del mundo»).

Sin embargo, incluso cuando la fe abraza una realidad pasada, su esencia salvadora incluye la aceptación de lo que implica esa realidad en el presente y en el futuro. Vemos esto en Romanos 5:10: «Porque, si cuando éramos enemigos de Dios fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo [pasado], mucho más ahora, que estamos reconciliados [presente], seremos salvados por su vida [futuro]». Por lo tanto, cuando la fe mira hacia atrás y acepta «la muerte de su Hijo», también acepta la reconciliación del presente y la salvación del futuro.

Cuando la fe mira hacia afuera y confía en Cristo en el presente, su esencia salvadora consiste en estar satisfechos en Él ahora y para siempre. Por lo tanto, Jesús dice en Juan 6:35: «El que a mí viene [presente], nunca tendrá hambre [futuro]; y el que en mí cree [presente], no tendrá sed jamás [futuro]». Es decir, cuando la fe mira hacia afuera y acepta a Cristo en el presente, también acepta su infinita suficiencia.

Por esto digo que la fe está orientada de forma profunda y absoluta hacia el futuro. No existe un acto salvador de fe —tanto si miramos hacia atrás en la historia como hacia una persona o hacia una promesa— que no contenga una orientación futura.

Aún es preciso hacer más aclaraciones. El tiempo es un misterio, apenas sabemos lo que es. Por eso, las palabras como pasado, presente y futuro («ayer, hoy y mañana») pueden ser ambiguas. Por ejemplo, es muy difícil definir el presente. Ya que el pasado y el futuro pueden estar a milisegundos de distancia, ¿qué le queda al presente? Podemos enredarnos un poco, pero de manera práctica podemos saber de qué estamos hablando.

A lo que me refiero con futuro es a esa porción de tiempo que aún no experimentamos y que tiene la capacidad de asustarnos o darnos esperanza. En diez segundos tal vez tú tengas que subirte a un escenario y hablar delante de miles de personas; eso también es el futuro: es muy poderoso y todavía puede escaparse. En diez años tal vez tengas que jubilarte con un ingreso fijo. ¿Será suficiente? En diez siglos estarás en el cielo o en el infierno. El futuro es cuando todas esas vivencias cercanas o lejanas pueden suceder.

¿Qué hay del presente? ¿Qué es eso? Para nuestro objetivo aquí podemos definirlo así: es el instante —y la secuencia de instancias— en las que experimentamos la fe. Cuando digo que la fe está orientada hacia el futuro de forma profunda y absoluta, no me refiero a que se viva en el futuro; la fe siempre se vive en el presente. De hecho, así es como defino el presente: es el instante en el que se vive. La fe siempre se vive ahora. Cuando digo que está orientada hacia el futuro de forma profunda y absoluta, me refiero a que dentro de esta vivencia presente de fe, el corazón está construyendo un futuro. Cuando la fe está completamente en acción, dibuja un futuro con un Dios que es tan poderoso, amoroso, sabio y satisfactorio que esta imagen futura se siente segura. En este instante.

Lo más cercano que tenemos a una definición de fe en el Nuevo Testamento está en Hebreos 11:1 (RV60): «la fe es la certeza [del griego hypostasis] de lo que se espera». La palabra certeza significa «sustancia» o «naturaleza» como en Hebreos 1:3 (RV60): «[Cristo] siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia [hypostaseos]». Por lo tanto, para mí, el mensaje de Hebreos 11:1 es este: cuando la fe pinta el futuro que Dios promete, vive, por así decirlo, una «sustanciación» presente del futuro. La sustancia del futuro, su naturaleza, en cierta forma, está presente en la vivencia de la fe. La fe descubre el futuro, que tiene, como quien dice, un anticipo, como cuando estamos muy ansiosos por algo y tan expectantes que decimos: «¡Ya puedo sentirlo!»

¿QUÉ FUE LO QUE LIBERÓ A MOISÉS?

Este entendimiento de la fe explica por qué la fe actúa mediante el amor (Gálatas 5:6). El poder transformador de la fe en la gracia venidera se debe a la satisfacción liberadora que esta gracia mantiene en el corazón. Analicemos, por ejemplo, ¿por medio de qué poder Moisés se liberó de los «deleites temporales del pecado» en las cortes de Egipto? La respuesta de Hebreos 11:24-26 es que se liberó por el poder de la fe en la gracia venidera. «Por la fe [Moisés]… prefirió ser maltratado junto con el pueblo de Dios, antes que gozar de los deleites temporales del pecado, pues consideró que sufrir el oprobio de Cristo era una riqueza mayor que los tesoros de los egipcios. Y es que su mirada estaba fija en la recompensa». La promesa de Dios venció la promesa del pecado y produjo una vida de amor sacrificado. Este libro es un intento de entender y poner en práctica ese poder, el poder purificador de preferir a Dios por encima del pecado.

«EL PODER EXPULSIVO DE UN NUEVO AFECTO», DE THOMAS CHALMERS

Thomas Chalmers fue un gran predicador y profesor de la Universidad de Saint Andrews, en Escocia. Después de siete años de un ministerio rural sin éxito, tuvo un encuentro profundo con Cristo que cambió su corazón y encendió su mensaje. Uno de sus sermones más famosos comienza con palabras que expresan completamente el objetivo de este libro:

Hay dos formas en que un moralista puede intentar desplazar del corazón humano su amor por el mundo: o por la demostración de la vanidad del mundo, para que prevalezca el corazón y quite su aprecio de un objeto que no lo merece; o estableciendo otro objeto como merecedor de su aprecio, incluso Dios, para que así el corazón prevalezca y no renuncie a un antiguo afecto que no tendrá éxito sino que cambiará un antiguo afecto por uno nuevo. Mi propósito es mostrar que en la constitución de nuestra naturaleza, el primer método es incompetente e inútil y que el último será suficiente para rescatar y recuperar el corazón de los malos afectos que lo dominan.4

Mi objetivo es el mismo que el de Chalmers: desplazar del corazón humano su amor por el mundo «estableciendo otro objeto como merecedor de su aprecio, incluso Dios». De esta manera, mi deseo y mi oración es que se magnifique el valor infinito de Dios (como en un telescopio, no en un microscopio).

Una diferencia con Chalmers es que no baso mi punto principalmente desde «la constitución de nuestra naturaleza», sino especialmente desde las enseñanzas de las Escrituras. Intentaré mostrar desde las Escrituras lo que la fe salvadora significa, en esencia, estimar el valor superior de todo lo que Dios es para nosotros en Jesús y el hecho de que esta fe no solo es la llave del cielo sino también de la santidad. Por eso es que la Biblia puede enseñar que no hay cielo sin santidad práctica (Hebreos 12:14) y, sin embargo, que el cielo se alcanza «por gracia… mediante la fe» (Efesios 2:8).

Este libro es una meditación extendida sobre el testimonio bíblico que dice que el corazón humano se purificó por la fe (Hechos 15:9); que cada acto de obediencia a Cristo es una «obra de fe» (1 Tesalonicenses 1:3; 2 Tesalonicenses 1:11); que el objetivo de todas las instrucciones bíblicas es «el amor que nace de… una fe sincera» (1 Timoteo 1:5); que Abel, Noé, Abraham5 y Rahab recibieron poder para obedecer «por la fe» (Hebreos 11:4, 7, 8, 31); que la santificación es «por la fe» en Jesús (Hechos 26:18); y que «la fe… obra por el amor» (Gálatas 5:6).

EL ASOMBRO DE J. C. RYLE POR LAS PROMESAS DE DIOS

Esta fe asombrosamente efectiva tiene tanto poder porque mira hacia el futuro y concibe las promesas de Dios como más satisfactorias que las del pecado, es decir, que las promesas de Dios tienen gran importancia en este libro. Comparto el asombro de J. C. Ryle, que tiene en cuenta el panorama de promesas en la Palabra de Dios. Me maravillo con él por la forma en que Dios nos las ha dado, tan sabia y amorosamente, para «incitarnos» a escuchar y obedecer.

Dios continuamente apela al hombre a que lo escuche, lo obedezca y lo sirva… Él ha… demostrado su conocimiento perfecto de la naturaleza humana al incluir, a través de todas sus páginas, una riqueza inconmensurable de promesas precisas para cada experiencia y cada circunstancia de la vida… Son miles. El tema es casi inagotable. No hay ni una etapa en la vida humana, desde la niñez hasta la vejez, ninguna posición en que se pueda encontrar una persona para la cual la Biblia no brinde aliento a todo el que quiera hacer lo correcto a los ojos de Dios. Hay demandas y promesas en el tesoro de Dios para cada situación. Hay promesas acerca de su misericordia y su compasión infinitas; de su disposición a recibir a todo el que se arrepiente y cree; y acerca de su buena voluntad para perdonar y absolver al peor de los pecadores. Sus promesas hablan de su poder para cambiar los corazones y transformar nuestra naturaleza corrupta; nos incentivan a orar, escuchar el evangelio y acercarnos al trono de gracia; y nos dan la fortaleza para cumplir nuestro deber, nos dan consuelo en la aflicción, dirección en la perplejidad, ayuda en la enfermedad, consolación en la muerte, fortaleza cuando hemos perdido a un ser querido, felicidad más allá de la tumba y recompensa en la gloria. Para todo esto, en la Palabra existe una gran cantidad de promesas. Nadie puede darse una idea de su abundancia, a menos que analice atentamente las Escrituras con una constante atención en el tema. Si alguien lo duda, solo puedo decir: «Vengan y vean».6

Eso es lo que me gustaría que el lector hiciera con este libro, que venga y vea. Para ayudar a recorrer el camino, ahora daré una síntesis que explica cómo se organiza el libro.

¿POR QUÉ EL LIBRO TIENE TREINTA Y UN CAPÍTULOS?

Esto no es algo al azar, sino que es intencional desde el principio y fue inspirado por los libros Permaneced en Cristo, de Andrew Murray, y Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis. Ambos tienen treinta y un capítulos, uno para cada día del mes. Murray explicó la estructura de su libro de la siguiente manera:

Solo al concentrar su mente por un tiempo constante en algunas lecciones de fe, es que el cristiano puede tomarlas gradualmente y asimilarlas por completo. Tengo la esperanza de que para algunos… será una ayuda para que durante un mes, día tras día, comprendan estas preciosas palabras: «permaneced en mí».7

Mi deseo es que, incluso las personas que no tengan mucho tiempo disponible para leer, puedan dedicar un momento cada día durante un mes para leer un capítulo de Gracia venidera. Con ese fin, hice los capítulos relativamente cortos. La ventaja de esa lectura diaria no solo es, como dice Murray, la asimilación profunda, sino también la reflexión sin prisa. ¡Qué riquezas se obtienen de la comprensión de una nueva idea (o una expresión nueva de una antigua idea)! Me gustaría que este libro se leyera de la misma forma en que el apóstol Pablo quería que Timoteo leyera sus cartas: «Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo» (2 Timoteo 2:7). Cada libro digno de leer requiere esto: «Considera lo que digo». No creo que lo que escribí sea difícil de entender si una persona está dispuesta a reflexionar sobre lo leído. Cuando mis hijos se quejan de que un buen libro es difícil de leer, les digo: «Rastrillar es fácil, pero todo lo que obtienes son hojas; cavar es difícil, pero quizá encuentres diamantes».

Intenté escribir como suelo predicar: con la idea de instruir la mente y movilizar el corazón. No me tomo a la ligera los desafíos de la lectura. Por ejemplo, no haría lo que hizo John Owen, el pastor y teólogo puritano del siglo XVII, quien comienza uno de sus libros con una advertencia al lector casi despectiva: «LECTOR… si usted es, como muchos en esta era ficticia, solo un contemplador de letreros o títulos que ingresa a los libros como Catón al teatro, para marcharse inmediatamente, entonces ya ha tenido su diversión; ¡adiós!».8 Casi todos los que conozco que han leído a John Owen se quejan de que escribe de una forma engorrosa y poco práctica, y que sus ideas son difíciles de comprender. Sin embargo, él tiene una defensa formidable: veinticuatro volúmenes de sus libros se siguen imprimiendo trescientos años después de su muerte. La gente sigue luchando con su discurso complejo en busca de tesoros. ¿Cuál es la lección? Que el fundamento bíblico alimenta a la Iglesia, no la sencillez. No soy quien debe juzgar si hay un contenido nutritivo para la Iglesia en estas páginas. Pero ese es mi designio.

UNA SINOPSIS DEL LIBRO

Si el pensamiento recto nutre la vida recta, entonces parecería que la verdad debe preceder a la utilidad al escribir un libro. Sin embargo, la vida es mucho más compleja. Casi todos necesitamos algo que evidencie que lo que leemos no solo es verdad, sino que además es útil. Hay muchas cosas verdaderas que no son relevantes. Solo tenemos una vida y quizá unas pocas horas en la semana (¡o menos!) para leer, por lo tanto, lo que leemos debe ser algo tan útil como verdadero.

Por esta razón, no espero hasta el final del libro para exponer algunos de los efectos prácticos de vivir por la fe en la gracia venidera. La aplicación está mezclada con los fundamentos. En este libro hay ocho capítulos intercalados bajo el título «Aplicando el poder purificador». En estos capítulos tomo ocho áreas del conflicto humano con la maldad e intento mostrar que vivir por la fe en la gracia venidera es la forma de prevalecer ante las promesas engañosas del pecado. En cierto sentido este sistema no es el ideal, porque cierta aplicación viene antes del fundamento pertinente, pero en otro sentido, la vida es así. Aprendemos, vivimos, nos perfeccionamos y seguimos aprendiendo. Creo que son más los beneficios de la práctica temprana y continua que sus daños.

Al principio de esta introducción dije que el objetivo de este libro es liberar al corazón humano de la esclavitud de los placeres efímeros del pecado. Ese objetivo alcanza su enfoque más nítido en estos capítulos llamados «Aplicando el poder purificador». ¿Cómo triunfa la fe en la gracia venidera sobre la ansiedad, la soberbia, la vergüenza, la impaciencia, la codicia, la amargura, el desánimo y la lujuria? Esa es la pregunta que estos capítulos intentan responder.

El libro comienza con dos capítulos que distinguen el vivir por la fe en la gracia venidera del vivir por la gratitud en la gracia pasada. Mi razonamiento es que Dios no creó el remordimiento de la gratitud como el principal motor de la obediencia, sino que el motor principal es la obra de su Espíritu que está siempre en nuestras vidas. La forma de apropiarnos de esta promesa de poder es por la fe en el cumplimiento de sus promesas. Es decir, por la fe en la gracia venidera. Por eso Pedro dice: «Cuando alguno sirva, hágalo según el poder que Dios le haya dado, para que Dios sea glorificado en todo por medio de Jesucristo» (1 Pedro 4:11). Y Pablo pregunta: «Aquel que les suministra el Espíritu y hace maravillas entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la ley, o por el oír con fe?» (Gálatas 3:5). Nuestro principal motor para el servicio es la obra milagrosa de Dios, el Espíritu que genera el servicio, que llega a nuestras vidas acorde a su promesa. Y la obra del alma por la que llega es la fe en que Dios cumplirá su promesa: «Yo soy quien te da fuerzas, y siempre te ayudaré; siempre te sostendré con mi justiciera mano derecha» (Isaías 41:10). Fe en la gracia venidera.

Los capítulos 1 y 2 explican la diferencia entre hacer de la gratitud el motor movilizador a la obediencia y la alternativa de vivir por fe en la gracia venidera. Los dos siguientes capítulos (4 y 5) explican cuál es el significado de las palabras «gracia» y «venidera», contestando las siguientes preguntas: ¿realmente la Biblia remarca esto de la gracia venidera? ¿Es un concepto bíblico importante?

A esta altura, puedo sentir cómo crece la tensión en aquellos que, al igual que yo, valoran la magnificencia de la gracia pasada. Del capítulo 7 al 9 intento aliviar esta tensión. El objetivo aquí es demostrar que las grandes obras redentoras de la gracia pasada —como la muerte y resurrección de Jesús— son fundamentos indispensables para nuestra fe en la gracia venidera. Pero allí es precisamente donde radica el poder de estos fundamentos, en que adquieren y certifican la gracia venidera en la que esperamos. La vida y muerte de Jesús fueron el Sí de Dios a todas sus promesas (2 Corintios 1:20). Cristo vino a este mundo «para confirmar las promesas hechas a nuestros antepasados» (Romanos 15:8). Por la muerte de Cristo, Dios «nos dará también con él todas las cosas» (Romanos 8:32). A los que Dios justificó, también los glorificará (Romanos 8:30). La gracia pasada es el fundamento de la fe transformadora en la gracia venidera.

Para ser lo más claro y preciso posible, la gracia pasada de los sucesos del evangelio es exclusivamente fundacional, comparada con todas las otras gracias pasadas. Hay mil cosas que Dios ha hecho por nosotros en el pasado, desde darnos vida hasta ayudarnos a prepararnos para la muerte. Sin embargo, esta gracia pasada no es la misma que la gracia de los sucesos del evangelio. La crucifixión y resurrección de Cristo son algo único. Gracias a esto ha venido sobre nosotros toda la gracia, la pasada y la venidera.

Cuando hablo de «sucesos del evangelio», me refiero al plan de Dios para salvarnos, la encarnación de Cristo como humano, su muerte y resurrección para darnos salvación; soportar la condenación de los escogidos de Dios, satisfacer la ira del Padre, pagar el perdón del pecado, cumplir la ley de Dios, derrotar a Satanás y conquistar a la muerte. Basándonos en estos sucesos del evangelio —esta especial gracia pasada—, todas las bendiciones de salvación fluyen hacia aquellos que creen en Cristo. Algunas de estas bendiciones son pasadas, como nuestra regeneración, justificación y la morada del Espíritu. Sin embargo, ellas fueron el fruto de los sucesos del evangelio. Por eso podemos decir que el evangelio, totalmente contrario a nosotros en el pasado, es el fundamento para toda gracia que viene sobre nosotros, pasada y futura.

Otra forma de remarcar la particularidad de la gracia pasada de los sucesos del evangelio es tener en cuenta que poseen un papel único para mostrarnos el amor de Dios en nuestro presente. Toda gracia pasada nos recuerda el amor de Dios (Salmos 107:8, 15, 21, 31). Sin embargo, no hay nada como la muerte de Cristo para mostrarnos el amor de Dios por nuestra alma. Vemos en Romanos 5:8, «Dios muestra [presente] su amor por nosotros en que, cuando aún éramos pecadores, Cristo murió [pasado] por nosotros». Dios continúa mostrándonos su amor ahora en este preciso instante al traernos a la mente el hecho del pasado en el que «Cristo murió por nosotros». De esta forma, su voluntad amorosa de cumplir sus promesas se hace presente y poderosa, para que nuestra fe en la gracia venidera se fundamente siempre en la obra excepcional de la gracia pasada en los sucesos del evangelio.

Los capítulos 11 y 12 estudian el Antiguo y Nuevo Testamento para responder la pregunta: ¿por qué la obediencia a veces decae y a veces prospera? Mi conclusión es que la obediencia aumenta o disminuye en proporción a la fe en la gracia venidera. Tanto los mandamientos de Dios en el Antiguo Testamento (Hebreos 11:8, 17, 24; Números 14:11; 20:12; Deuteronomio 9:23) como las enseñanzas de Jesús y los apóstoles en el Nuevo (2 Tesalonicenses 1:11; Gálatas 5:6; Hebreos 11) fueron hechos para cumplirlos por medio de la fe en la gracia venidera. A veces esa fe era fuerte, pero muchas veces no lo era.

Esto nos fuerza a insistir con la pregunta: ¿por qué la fe produce obediencia? ¿Por qué Dios lo diseñó así? ¿Qué sucede con la fe que necesariamente produce el fruto de la justicia y el amor? Los capítulos 14 al 16 abordan estas preguntas bajo el título «La naturaleza de la fe en la gracia venidera». Aquí vemos que la fe es el medio que Dios eligió para la justificación y santificación porque destaca, mejor que cualquier otro hecho, la libertad de la gracia y aumenta su gloria. Esto sucede porque la fe en la gracia venidera, en su esencia, significa estar satisfechos con todo lo que Dios promete para nosotros en Jesús. Esta clase de fe engrandece a Dios, que es más glorificado en nosotros cuanto más nos satisfacemos en Él.

Luego de diecisiete capítulos de ver las dinámicas bíblicas de vivir por la fe en las promesas de Dios, nos vemos obligados a abordar directamente la condicionalidad de muchas de esas promesas. ¿Cómo puede uno confiar en una promesa condicional (capítulo 18)? ¿Quiénes se benefician con las promesas (capítulo 19)? ¿Cuál es la condición final de las promesas de gracia venidera (capítulo 20)? Mi conclusión de estos tres capítulos es que la fe y el amor son las condiciones que cumple un cristiano para seguir disfrutando de los beneficios de la gracia venidera, pero la fe y el amor no son condicionales de igual manera. La fe percibe la gloria de Dios en las promesas de la gracia venidera y adopta todo lo que Dios nos promete en Jesús. Esta aprehensión espiritual y deleite en Dios es la evidencia auténtica propia de que Él nos ha llamado a ser beneficiarios de su gracia. Esta evidencia nos libera para confiar en la promesa como propia, y esta confianza nos empodera para amar a otros, lo que a su vez confirma que nuestra fe es real. Por lo tanto, la fe es la condición final que nos une al poder de la gracia venidera y el amor es una condición que solo confirma la realidad de esta fe.

Al entender la forma en que la fe aprehende el poder de la gracia venidera, estamos preparados para hablar de cómo la fe obra por amor, como dice Pablo en Gálatas 5:6 (capítulo 22), y cómo eso nos empodera para todo tipo de ministerio práctico (capítulo 23). A medida que describimos los vínculos entre la fe y el amor, se hace evidente que vivir por fe en la gracia venidera no es algo fácil y liviano; es vivir una batalla contra la incredulidad o, como le llama Pablo en 1 Timoteo 6:12, es «la buena batalla de la fe» (capítulo 25). Esto significa que debemos prestar atención al gran enemigo de la fe —Satanás— y exponer sus estrategias para deshacer nuestra confianza en la gracia venidera (capítulo 26).

A medida que el libro concluye, considero el hecho de que, mientras dure esta era, todos nosotros tendremos que sufrir y morir. «Para entrar en el reino de Dios es necesario pasar por muchas tribulaciones» (Hechos 14:22). Esto plantea una gran amenaza para la fe en la gracia venidera. Pero aquí, también, abundan las promesas. Dios nos deja en claro que el sufrimiento y la muerte en sí son canales para una gracia mayor y, al final, traerán un gozo eterno y cada vez mayor (capítulos 28 y 29). Dios nos dará nuevos cuerpos en una tierra nueva y pasará la eternidad agotando en nosotros los tesoros de su gracia inmensurable (capítulo 30).

El capítulo final es para esa gente que le gusta ver las raíces y las relaciones entre las cosas. Aquí intento mostrar cómo mis pensamientos sobre la fe en la gracia venidera coinciden con el pensamiento de Jonathan Edwards, el teólogo y pastor del siglo XVIII, y trato de mostrar que las ideas de este libro están en sintonía con la visión de Dios y la vida que desarrollé en mis libros anteriores: Sed de Dios y Los deleites de Dios.

LO QUE IMPORTA ES DÓNDE TERMINE USTED

Con esta noción de cómo encajan los capítulos, por supuesto, eres libre de comenzar a leer por donde desees. Mi mayor preocupación no es dónde comiences sino dónde termines. ¿Será con una fe más profunda en la gracia venidera? Mi oración es que así sea, que escuches y sigas el llamado a descubrir el gozo en todo lo que Dios te ha prometido en Jesús, que el poder expulsivo de este nuevo afecto te libere de los placeres efímeros del pecado y te empodere para tener una vida de amor sacrificial. De esta manera, si comprobamos que Dios es más valioso que todas las cosas, entonces vivir por fe en la gracia venidera será para la alabanza de su gloria. Porque Dios es más glorificado en nosotros cuanto más nos saciamos de Él.

NOTAS

1. Alister McGrath, Spirituality in an Age of Change: Rediscovering the Spirit of the Refomers [Espiritualidad en una era de cambios: redescubriendo el espíritu de los reformadores], Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1994, p. 9.

2. Ibid., pp. 9, 12.

3. Ibid., p. 12.

4. Thomas Chalmers, ed. por Andrew Watterson Blackwood, «El poder expulsivo de un nuevo afecto» en The Protestant Pulpit [El púlpito protestante], Gran Rapids: Baker Book House, 1947, p. 50 (énfasis añadido).

5. En este libro se usa en ciertas ocasiones la grafía Abrahán en vez de Abraham, en dependencia de la fuente de referencia, pero siempre se refiere al mismo patriarca bíblico. (N. del E.)

6. J. C. Ryle, Santidad: su naturaleza, sus obstáculos, dificultades y raíces, Chapel Library, 2015, p. 289.

7. Andrew Murray, Permaneced en Cristo, Nueva York: Grosset and Dunlap, n.d., pp. vi-vii.

8. William Goold, ed., Las obras de John Owen, vol. 10, Edimburgo: The Banner of Truth Trust, 1965, orig. 1850-53, p. 149.

¿Es mediante el instrumento de la fe que recibimos a Cristo como nuestra justificación, sin el mérito de nuestras obras? Así es, pero esta misma fe, si es tan vital como para aceptar a Cristo, también lo es para «obrar por amor» y «para purificar nuestros corazones». Por lo tanto, esta es la virtud del evangelio libre, como un ministerio de santificación, que la misma fe que acepta el don se vuelve un principio de obediencia poderoso, inevitable y divino.

ROBERT L. DABNEY


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