Tiempo prestado

Danielle Steel
Danielle Steel

Fragmento

Capítulo 1

1

Era un día perfecto de junio cuando el sol se elevó sobre la ciudad. Coco Barrington estaba en su terraza, en Bolinas, contemplando el cielo que empezaba a teñirse de rosa y naranja, mientras tomaba una taza de humeante té chino estirada en una vieja, medio rota y descolorida tumbona que había comprado de segunda mano. Una efigie de madera de Quan Yin, maltratada por la intemperie, observaba plácidamente la escena. Quan Yin era la diosa de la compasión, y Coco atesoraba aquella estatua como el mejor de los regalos. Bajo la benévola mirada de Quan Yin, la bonita joven de cabellos color caoba disfrutaba del dorado amanecer mientras los primeros rayos de sol estival generaban reflejos cobrizos en su ondulada melena, que le llegaba casi hasta la cintura. Llevaba puesto un viejo camisón de franela con un estampado de corazoncitos apenas visible ya, e iba descalza. La casa estaba situada en terreno elevado y desde ella se dominaba el mar y la angosta playa al pie del risco. Hacía cuatro años que Coco vivía allí, y no podía estar más contenta. Bolinas, una zona de campos de labor y playas medio olvidadas, a una hora escasa de San Francisco, era el refugio ideal para sus veintiocho años.

Llamarlo «casa» quizá era un tanto excesivo, teniendo en cuenta que no pasaba de ser un chaletito, o, como su madre y su hermana gustaban de decir, un tugurio (o una choza, cuando estaban de buen humor). Ninguna de las dos entendía cómo podía gustarle vivir allí, o que lo soportara siquiera. Era la peor de las pesadillas hecha realidad. Su madre lo había intentado todo: camelar, insultar, criticar... e incluso sobornarla para que volviera a lo que madre y hermana llamaban la «civilización», esto es, a Los Ángeles. En opinión de Coco, nada en la vida de su madre —ya desde su infancia— se podía calificar de «civilizado», si es que no era todo ella un fraude. La vida de Coco en Bolinas era simple y auténtica y sin complicaciones, como ella misma. Coco odiaba todo lo falso. No es que su madre fuera falsa; era una persona elegante y tenía una imagen que se preocupaba de mantener. Durante treinta años, había sido una muy exitosa autora de novelas románticas. Lo que escribía no era fraudulento, sino simplemente poco profundo, pero tenía un público que le era fiel. Firmaba con seudónimo, aprovechando el nombre de soltera de su madre, la abuela de Coco, Florence Flowers. Tenía sesenta y dos años y había vivido una vida de cuento casada con Bernard Buzz Barrington, el agente literario más importante de Los Ángeles hasta su muerte, ocurrida cuatro años atrás. Dieciséis años mayor que su mujer, el padre de Coco gozaba todavía de buena salud cuando sucumbió a una repentina apoplejía. Había sido uno de los hombres más poderosos del mundo editorial y había cuidado y protegido a su esposa durante los treinta y seis años de matrimonio. Fue él quien la animó a escribir y quien la guió en su carrera literaria. Coco se preguntaba si habría salido adelante como escritora primeriza sin la ayuda de su marido. Su madre nunca se había hecho esa pregunta y jamás había dudado de la valía de su obra, como tampoco dudaba de sus mil y una opiniones sobre los más variados aspectos de la vida. No ocultaba en ningún momento que se sentía decepcionada por Coco, a quien a menudo calificaba de colgada, hippy o bicho raro.

La opinión que tenía de Coco su también exitosa hermana, Jane, no era más benévola. Según Jane, su hermana pequeña era una «perdedora crónica». Siempre le decía que había tenido todas las oportunidades posibles para alcanzar el éxito en la vida, y que hasta entonces lo había echado todo por la borda. Le recordaba constantemente que todavía no era tarde, pero que su vida sería un desastre mientras siguiera viviendo en una choza en Bolinas dedicada a contemplar la playa.

A Coco, su vida no le parecía ningún desastre. Era económicamente independiente, una persona respetable que no tomaba drogas ni las había probado, aparte de algún porro en su época universitaria, pero muy raramente, lo cual era casi un prodigio a esa edad. No constituía una carga para su familia, no la habían echado de ninguna casa, no era promiscua ni la habían dejado embarazada. Tampoco había estado en la cárcel. Ella no criticaba el estilo de vida de su hermana ni sentía el menor deseo de hacerlo, como tampoco le decía a su madre que le parecía ridículo que vistiera como una jovencita, ni que se hubiera pasado un poquito con el último lifting. Coco no ansiaba otra cosa que ser ella misma, ir a su aire, que la respetaran. Siempre se había sentido incómoda con aquel tren de vida tan lujoso, odiaba que la señalasen como hija de dos personas famosas, y últimamente como hermana mucho más joven de otra celebridad. Coco no quería vivir de esa manera, quería vivir su propia vida. Las discusiones habían ido en aumento a partir de su graduación con matrícula de honor por la Universidad de Princeton, su paso un año más tarde por la facultad de Derecho en Stanford y el abandono de los estudios durante el segundo curso. Desde entonces habían pasado tres años.

Le había prometido a su padre que intentaría estudiar leyes y él, por su parte, le dijo que en la agencia siempre tendría un sitio, porque si uno quería tener éxito como agente literario, necesitaba contar con un licenciado en derecho. Coco no tenía ningunas ganas de representar a autores de bestsellers, guionistas o maleducadas estrellas de cine, que era el mundo de su padre, lo que le daba de comer y lo único que le interesaba en la vida. Por su casa, siendo ella una niña, habían pasado todos los famosos de Hollywood. No se imaginaba tratando con ellos el resto de su vida, como había hecho su padre. En el fondo creía que lo que acabó con él fue la tensión de representar y aguantar durante casi cincuenta años a gente malcriada, irrazonable y exigente hasta la paranoia. La perspectiva de seguir la trayectoria paterna se le antojó una muerte anunciada.

Su padre había fallecido estando ella en el primer curso de facultad. Aguantó un año más y luego colgó los estudios. Su madre se había pasado meses llorando por ese motivo y todavía ahora se lo echaba en cara, diciéndole que parecía una sin techo, viviendo en aquella cabaña. No había visto la casita de Bolinas más que una vez, pero desde entonces no había dejado de criticarla. Coco había decidido quedarse en la zona de San Francisco después de abandonar Stanford. El norte de California le gustaba más, era más su estilo. Su hermana Jane se había mudado allí tres años antes, aunque iba con frecuencia a Los Ángeles por trabajo. Su madre continuaba molesta por que sus dos hijas hubieran huido de la gran ciudad para irse al norte, pese a que Jane la visitaba a menudo. Coco raramente aparecía por casa.

A Jane le faltaba un año para cumplir los cuarenta. A los treinta se había convertido en una de las productoras cinematográficas más destacadas de Hollywood. Su carrera hasta el momento había sido deslumbrante, con once películas batiendo récords de taquilla. El hecho de que tuviera tanto éxito hacía más evidente la falta del mismo por parte de Coco. Por si fuera poco, su madre no dejaba de recordarle lo orgulloso que su padre había estado siempre de Jane, y a renglón seguido soltaba lágrimas otra vez por su descarriada hija pequeña. El recurso del llanto siempre le había funcionado; gracias a él había conseguido de su marido todo cuanto deseaba. Buzz había mimado a su esposa hasta la exageración, del mismo modo que adoraba a sus hijas. Coco pensaba a veces que quizá a su padre habría podido explicarle sus puntos de vista, pero en el fondo sabía que no habría valido la pena. Él, como su madre y su hermana, tampoco lo habría entendido, y el estilo de vida de Coco le habría causado un gran disgusto. Su padre estaba entusiasmado cuando ella entró a estudiar en Stanford, entre otras cosas porque pensó que eso pondría fin a las ideas extremadamente progresistas de su hija pequeña. En su opinión estaba bien ser muy tolerante y preocuparse por el futuro del planeta y del vecino de al lado, pero sin pasarse. Pasarse era lo que, según Buzz, había hecho Coco ya en sus últimos años de instituto, pero le había asegurado a su esposa que en la facultad la enderezarían de una vez por todas. Por lo visto, no había sido así.

Su padre le había dejado dinero más que suficiente para vivir, pero Coco nunca tocaba un solo dólar de la herencia, prefería gastar únicamente lo que ella ganaba, y a menudo hacía donaciones relacionadas con la ecología, la conservación de la fauna o los niños indigentes del Tercer Mundo. Su hermana Jane decía que era una defensora de causas perdidas. Entre unos y otros, barajaban un sinnúmero de apelativos poco halagüeños, y a Coco le dolían todos por igual. Sin embargo, ella era la primera en admitir que, en efecto, era una defensora de causas perdidas, y por eso le gustaba tanto la estatua de Quan Yin. La diosa de la compasión le llegaba al alma. Coco no podía ser una persona más íntegra, tenía un grandísimo corazón y siempre volcaba su bondad en los demás, lo cual no le parecía ningún crimen.

Jane también había sido causa de conflicto familiar en la última fase de su adolescencia. Con diecisiete años les había dicho a sus padres que era homosexual. Coco tenía entonces seis años y no se enteró del revuelo. Jane estaba terminando el instituto cuando proclamó sus tendencias sexuales, y una vez en la UCLA —donde estaba estudiando cine— se convirtió en lesbiana militante. Su madre tuvo un gran desengaño cuando le pidió que hiciera su presentación en sociedad y Jane se negó en redondo, diciendo que antes prefería morirse. Pero, a pesar de su orientación sexual y de su prematuro activismo, los objetivos materiales de Jane eran los mismos que los de sus padres. Buzz la perdonó en cuanto vio que ella apuntaba alto, a la fama. Y no bien la hubo alcanzado, todo volvió a ir bien. Desde hacía diez años Jane compartía su vida con una guionista que, además de ser famosa por derecho propio, era una persona muy afable. Se habían mudado a San Francisco pues allí había una numerosa comunidad de homosexuales. Todo el mundo había visto sus películas y les encantaban. Jane había sido nominada cuatro veces al Oscar pero no había ganado ninguno todavía. Su madre ya no veía ningún problema en que Jane y Elizabeth llevaran todo este tiempo viviendo como pareja. Era Coco la que les causaba quebraderos de cabeza, la que los tenía preocupadísimos, la que los hacía sentir tan incómodos con su estilo de vida, su hippismo, su indiferencia hacia lo que ellos consideraban importante. A su madre la hacía llorar.

Al final atribuyeron la culpa de todo al chico con quien estaba viviendo Coco cuando dejó los estudios, y no a la influencia que ellos —sus padres y su hermana— habían tenido en ella en años precedentes. El joven en cuestión había compartido vivienda con ella durante el segundo, y último, año de facultad, que él mismo abandonó también sin licenciarse años más tarde. Ian White era justo lo que los padres de Coco no deseaban para su hija. Pese a ser listo, competente y culto, era, en palabras de Jane, un «perdedor» igual que Coco. Ian había llegado a San Francisco desde su Australia natal y abierto una escuela de surf y submarinismo. A Coco le había parecido alegre, cariñoso, divertido, de trato fácil: un encanto de chico. Era un diamante sin pulir, un ser independiente que hacía lo que le daba la gana, y ella supo que había encontrado su alma gemela el día en que se conocieron. Se fueron a vivir juntos dos meses más tarde, ella con veinticuatro años. Ian murió dos años después. Para Coco fueron los mejores de su vida, no se arrepentía de nada, y solo lamentaba que él ya no estuviera a su lado. Habían transcurrido dos años desde su muerte en un accidente. Ian estaba volando en ala delta cuando un fuerte viento racheado lo precipitó contra unas rocas y cayó sin sentido al vacío. La historia terminó en un visto y no visto, los sueños compartidos, todo. Habían comprado la casita de Bolinas entre los dos; su equipo de submarinismo, los trajes de neopreno, todo eso estaba aún allí. Durante el primer año, Coco lo había pasado muy mal, y al principio su madre y su hermana habían tenido una actitud compasiva, pero luego se les había agotado toda la compasión. Para ellas lo único que contaba era que Ian había muerto y que por tanto Coco tenía que superarlo, empezar de nuevo, madurar. Y eso hizo, solo que no como ellas hubieran querido. Se lo tomaron como una gran ofensa.

Coco sabía muy bien que no podía aferrarse al recuerdo de Ian, que debía dar un paso adelante. El último año había salido con algunos chicos, pero ninguno estaba a la altura de él. No había vuelto a conocer a nadie tan lleno de vida, con tanta energía, calidez y encanto personal. Era un mirlo blanco, ella lo sabía, pero confiaba en que tarde o temprano aparecería alguien. Era cuestión de tiempo. Además, Ian no habría querido que estuviera sola. Pero Coco no tenía ninguna prisa, era feliz viviendo en Bolinas y afrontaba cada nuevo día con alegría. No tenía un camino profesional marcado. No necesitaba la fama para sentirse realizada, a diferencia del resto de su familia. No quería vivir en Bel-Air en una mansión. Solo deseaba aquello que había tenido con Ian, días hermosos y momentos felices, noches de amor, cosas que llevaría dentro para siempre. No le hacía falta saber adónde le conducirían sus pasos. Cada día era una bendición por sí mismo. Su vida con Ian había sido perfecta, para los dos, pero en los últimos dos años Coco había ido asumiendo el hecho de estar sola y ya no le preocupaba. Le echaba de menos, sí, pero había aceptado finalmente que Ian ya no estaba. No se moría de ganas por casarse, tener hijos o conocer a otro hombre. Con veintiocho años, nada de eso le parecía urgente y se contentaba con ir viviendo al día en Bolinas.

Al principio le había parecido raro vivir allí, y a Ian también. Era un sitio muy curioso: sus habitantes habían decidido años atrás no solo pasar desapercibidos sino, como quien dice, desaparecer del mapa. No había señales de tráfico que indicaran cómo llegar a Bolinas, ni nada que evidenciara su existencia. Uno tenía que apañárselas para encontrarlo. Fue un bucle temporal que ambos habían disfrutado entre risas. En los años sesenta aquello había estado repleto de hippies y demás flower people. Muchos seguían viviendo allí todavía, solo que ahora tenían el pelo gris y muchas arrugas. Se veía a hombres de cincuenta y hasta sesenta años largos camino de la playa con su tabla de surf bajo el brazo. Los únicos comercios de Bolinas eran una tienda de ropa —donde aún vendían vestidos muumuu y camisetas tie dye—, un restaurante lleno de viejos surferos canosos, una tienda de comestibles —casi todo comida ecológica— y una head shop con toda la parafernalia de los fumadores de hierba, incluidas pipas de agua de todos los colores, tamaños y formas. Una cala separaba Bolinas de la larga playa de Stinson y sus caras edificaciones. En el pueblo de Bolinas también había algunas casas bonitas, pero eran sobre todo de gente que por un motivo u otro había decidido apartarse de la corriente principal y pasar lo más desapercibida posible. A su modo, era una comunidad elitista, aparte de ser la antítesis de lo que Coco había conocido de pequeña y de la familia de altos vuelos que Ian había dejado en Sydney. En eso habían encajado a la perfección. Ahora Ian ya no estaba pero ella seguía en Bolinas y no tenía la menor intención de marcharse pronto de allí, por no decir nunca, les gustara o no a su madre y su hermana. El terapeuta que la había tratado durante casi dos años a raíz de la muerte de Ian le había dicho que seguía rebelándose, como una adolescente. Tal vez sí, pero Coco se sentía a gusto con la vida que llevaba. Le gustaba esta vida y le gustaba el lugar donde vivía. Y si alguna cosa había descartado totalmente, era volver a Los Ángeles.

Se levantó para ir a por otra taza de té y se cruzó con la perra de Ian, Sallie, un pastor australiano, que acababa de dejar la cama de Coco. Sallie meneó apenas la cola y se fue a dar un paseo en solitario por la playa, como cada mañana. Era más independiente que un gato y ayudaba a Coco en su trabajo. Ian le había dicho que los pastores australianos eran, entre otras cosas, excelentes socorristas, pero Sallie iba siempre a la suya. Era la perra de Coco, pero solo hasta cierto punto, y tomaba sus propias decisiones. Ian había hecho un adiestramiento perfecto y la perra respondía a las órdenes clásicas.

Sallie se alejó con su andar saltarín mientras Coco se servía más té y miraba el reloj. Eran poco más de las siete. Tenía que ducharse e ir al trabajo. Le gustaba estar en el puente del Golden Gate sobre las ocho treinta. Llegaba siempre a la hora y era extremadamente responsable con sus clientes. Todo cuanto había aprendido por asociación sobre el éxito y el trabajo duro le había servido. Tenía un pequeño negocio, pero lo cierto era que funcionaba sorprendentemente bien. Estaba muy solicitada, y así había sido desde que Ian la ayudara a montarlo tres años atrás. Y el chiringuito había prosperado muchísimo en los dos años transcurridos desde su muerte, si bien Coco había limitado el número de clientes para no estresarse. Le gustaba estar de vuelta en casa hacia las cuatro de la tarde, así tenía tiempo de sobra para dar un paseo por la playa con Sallie al atardecer.

Coco tenía por vecinos, a cada lado de la cabaña, a una aromaterapeuta y una acupuntora. Trabajaban las dos en la ciudad. La acupuntora estaba casada con un maestro de la escuela del pueblo, y la terapeuta vivía en pareja con un bombero de Stinson Beach. Eran todos ellos gente honesta, sincera y trabajadora, y siempre se ayudaban entre sí. Al morir Ian, los vecinos se habían portado muy bien con Coco. Ella había salido posteriormente un par de veces con un amigo del maestro, pero la cosa no había prosperado. Solo eran amigos, y eso a ella también le gustaba. Lógicamente, su familia decía que eran todos unos «hippies». Su madre, en concreto, los llamaba «vagos», cosa que no eran en absoluto, por más que a su madre se lo pareciera. A Coco no le importaba estar sin compañía y pasaba la mayor parte del tiempo sola.

A las siete y media, después de una ducha bien caliente, se vistió y fue a buscar la vieja furgoneta. Ian la había encontrado en un concesionario de Inverness, y cada día la utilizaba para ir a la ciudad. Era una furgoneta desvencijada, justo lo que ella quería, por más que hubiera hecho ya ciento cincuenta mil kilómetros. Funcionaba bien, y que fuera feísima no le importaba en absoluto. De la pintura, poca cosa quedaba ya, pero el motor tenía cuerda para rato. Los fines de semana, en vida de Ian, solían ir al monte en la moto de él, cuando no salían a navegar en la barca. Ian la había enseñado a bucear. Coco no había vuelto a utilizar la moto desde la muerte de Ian. La guardaba en el pequeño garaje detrás de la cabaña porque no quería desprenderse de ella, aunque sí había vendido la barca, y la escuela de submarinismo había tenido que cerrar a falta de alguien que la llevara. Ella no podría haberlo hecho, aparte de que tenía su propio trabajo.

Coco abrió la puerta trasera de la furgoneta y Sallie montó de un salto sin pensarlo dos veces. Su carrera por la playa la había espabilado y estaba lista para trabajar. Coco sonrió. Aquel perro blanco y negro, grandote y bonachón, podía parecer un chucho cualquiera si uno no conocía esa raza, pero Sallie era un pastor australiano con pedigrí, y unos ojos azules de mirada seria. Coco cerró el portón, se sentó al volante y arrancó saludando de pasada al vecino bombero, que regresaba del turno de noche. Era una comunidad bastante dormilona, y casi nadie se tomaba la molestia de cerrar con llave por la noche.

La carretera serpenteaba al borde del risco con el mar a un lado y el centro de la ciudad rielando a lo lejos al sol de la mañana. Iba a hacer un día precioso, lo cual ayudaba a trabajar. Y, tal como era su deseo, Coco enfiló el puente a las ocho. Llegaría puntual a su cita con su primer cliente, aunque tampoco pasaba nada. De haber llegado tarde, la habrían perdonado. Coco no era una holgazana, como su familia se empeñaba en pensar; simplemente no era como ellos, no lo había sido nunca. Se desvió a la altura de Pacific Heights y torció hacia el sur por la empinada cuesta de Divisadero. Estaba casi en el cruce con Broadway cuando le sonó el móvil. Era su hermana.

—¿Dónde estás? —preguntó Jane con sequedad. Siempre hablaba como si hubiera alguna emergencia nacional, como si unos terroristas hubieran puesto una bomba en su casa. Vivía en permanente estado de tensión, un gaje de su oficio que cuadraba a la perfección con su personalidad. Elizabeth, su pareja, era mucho más tranquila y le servía de contrapeso. A Coco le caía muy bien. Liz tenía cuarenta y tres años y era tan lista y talentosa como Jane, solo que lo llevaba con más discreción. Se había doctorado cum laude en literatura inglesa por Harvard y había escrito una hermética pero interesante novela antes de trasladarse a Hollywood para trabajar de guionista. De los muchos guiones que había escrito desde entonces, dos habían merecido sendas estatuillas. Liz y Jean se habían conocido hacía diez años trabajando en una película, y estaban juntas desde entonces. Tenían una relación muy sólida que les funcionaba bien a las dos. Se consideraban pareja de por vida.

—En Divisadero, ¿por qué? —dijo Coco, en tono cansino. Le dolía que Jane nunca le preguntara qué tal estaba, siempre iba a lo suyo. Así había sido desde que Coco era una niña. Toda la vida le había tocado hacer de chica de los recados de Jane, y durante la época en que iba a terapia había hablado de ello horas y horas. No era fácil darle la vuelta a una cosa así, pero Coco lo intentaba. Sallie, que iba sentada en el asiento del acompañante, la miró con curiosidad, como si hubiera notado la tensión y se preguntara cuál era el motivo.

—Bien. Necesito que vengas ahora mismo —exigió Jane, aliviada y agobiada a la vez. Coco sabía que Liz y su hermana estaban coproduciendo una película y se iban pronto a Nueva York para buscar localizaciones.

—¿Para qué? —preguntó Coco, recelosa, mientras la perra ladeaba la cabeza.

—Me han jodido. Tengo que salir de viaje dentro de una hora y la canguro de la casa me ha dejado colgada de un día para otro. —Su tono de voz tenía un deje de desesperación.

—Pensaba que no te ibas hasta la semana que viene —dijo Coco, suspicaz, mientras cruzaba Broadway. Su hermana vivía a solo unas manzanas de allí, en una casa espectacular con vistas a la bahía. Estaba en la zona conocida como Gold Coast, Costa de Oro, rodeada de otras impresionantes mansiones. Y la casa de Jane era, sin duda alguna, de las más bonitas, aunque no fuera del estilo de Coco. Parecía que las hermanas hubieran nacido en planetas diferentes.

—Tenemos una huelga en el plató, los técnicos de sonido. Liz se fue anoche. Yo tengo que llegar hoy sin falta para una reunión con el sindicato y no tengo con quién dejar a Jack. La madre de mi asistenta ha fallecido y ella tiene que quedarse en Seattle no se sabe hasta cuándo, porque dice que su padre está enfermo. Me ha dejado colgada, y mi avión sale dentro de dos horas.

Coco la escuchaba con el ceño fruncido. No tenía el menor deseo de hacer la deducción obvia. No era la primera vez que su hermana recurría a ella. Por lo visto Coco era el refuerzo que siempre tenía que estar a punto cuando algo le fallaba a su hermana. Como Jane parecía considerar que lo que hacía Coco no era vivir, siempre esperaba que su hermana asumiera responsabilidades y arrimara el hombro. Y Coco no sabía decir que no a una persona que la tenía intimidada desde que era pequeña. Jane, en cambio, no tenía problema en decirle que no a todo el mundo, lo cual explicaba en parte sus triunfos. A Coco le costaba encontrar esa palabra en su vocabulario personal, y de eso se aprovechaba Jane a la menor oportunidad.

—Si quieres, iré a sacar de paseo a Jack —dijo Coco.

—Ya sabes que no es suficiente. —Jane parecía molesta—. Se deprime mucho, si no aparece nadie por la noche. Se pone a ladrar y vuelve locos a los vecinos. Además, necesito que alguien le eche una mirada a la casa.

Jack, el perro, era casi tan grande como la casita de Bolinas, pero si era preciso Coco le daría alojamiento.

—¿Quieres que lo tenga en casa hasta que encuentres a alguien?

—No —respondió Jane con firmeza—. Necesito que tú vengas aquí. —«Necesito que tú...» Una frase que Coco había oído millones de veces. Nada de «si pudieras... te importaría... por favor... venga, porfaaa...». No, señor: «Necesito que tú». Mierda. Una nueva oportunidad para decir que no. Coco abrió la boca pero la palabra se negó a salir de sus labios. Miró de reojo a Sallie, que parecía observarla con gesto de incredulidad.

—No me mires así —le dijo Coco.

—¿Qué? ¿Con quién estás hablando? —se apresuró a preguntar Jane.

—Da igual. Oye, ¿por qué no puedo tenerlo en mi casa?

—Le gusta estar en su propia cama —dijo Jane, y Coco puso los ojos en blanco. Estaba a una manzana de donde vivía su cliente y no quería llegar tarde, pero algo le decía que así iba a ser. Su hermana ejercía sobre ella la fuerza de una resaca marina, su tirón era demasiado fuerte.

—Bueno, a mí también me gusta dormir en mi cama —repuso Coco tratando de aparentar firmeza, pero Jane no se dejaría engañar. Su hermana y Elizabeth iban a pasarse cinco meses en Nueva York—. No puedo cuidarte la casa durante tanto tiempo —dijo, procurando mostrarse tenaz. Y algunos rodajes eran aún más largos. La cosa podía prolongarse durante seis o siete meses...

—Vale. Buscaré a otra persona —dijo Jane con un deje de censura en la voz, como si su hermana fuese una niña mala. Siempre acababan igual, por más que Coco se recordara a sí misma que ya era una persona adulta—. Pero no puedo hacerlo en una hora. Me ocuparé de ello desde Nueva York. Santo Dios, cualquiera diría que te estoy pidiendo que vengas a vivir a un garito de crack. Hay cosas mucho peores que pasar cinco o seis meses aquí. Quizá te haría bien, y te ahorrarías tener que ir y venir del trabajo cada día. —Jane le estaba dorando la píldora, pero Coco no estaba dispuesta a tragar. Odiaba la casa de su hermana: era bonita, perfecta, impecable... y fría. Había salido en todas las revistas de decoración. Coco siempre se encontraba incómoda allí, no había un sitio donde acurrucarse, donde sentirse a gusto por la noche. Estaba todo tan pulcro que casi le daba miedo respirar, incluso comer. Ella era mucho más relajada en el cuidado de la casa, no como Jane o Liz, ambas unas maniáticas de la limpieza y el orden. A Coco le gustaba un poquito de desorden, tanto en su entorno como hasta cierto punto en su vida. Y eso ponía histérica a Jane.

—Me haré cargo unos cuantos días,

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