La primera impresión que la chica les causó cuando entró en la casa no fue demasiado buena. Su niñera habitual llevaba unos días indispuesta, y aquella muchacha era demasiado joven, había llegado con retraso y mascaba chicle como si su forma de gesticular fuese una declaración de principios, como quien pretende poner de manifiesto una actitud frente al mundo. La niñera de la familia era mucho mayor, una mujer de mediana edad, con un acento cargado de tonos melódicos, que se adivinaba había crecido en el seno de una familia numerosa y había sido capaz de criar una prole no menos abundante. Una mujer que transmitía serenidad y, por descontado, mucha más confianza. Además, era la primera vez que dejaban en casa al pequeño. Tenía apenas once meses.
Le dijeron que los niños estaban durmiendo arriba, en una única habitación; habían colocado la cuna del pequeño junto a la cama de su hermana. Ocupando toda la pantalla del salón le habían dejado una larga nota con instrucciones, que incluía sus dos números directos. Aun así, la madre casi forzó a la chica a que los memorizara allí mismo.
—Llámanos con cualquier cosa —había insistido ella—. Dejaré lo que esté haciendo para atenderte.
Él, en cambio, no dijo nada. Se limitó a mirar a la canguro de arriba abajo una y otra vez. Pensó que si conseguía intimidarla, aunque fuese un poco, aquella adolescente se comportaría con algo más de prudencia que si se hubieran mostrado como unos padres cordiales y despreocupados. No había nada extraño en su aspecto, pero desde luego tampoco era tranquilizador. Un flequillo recto enmarcaba su cara de niña con acné, mucho más niña de lo que esperaban, y un eyeliner púrpura instalaba una amenaza felina en sus ojos, antes de acabar extendiéndose hacia las sienes. Durante la breve entrevista, ni por un instante dejó de torcer una sonrisa insolente en su presencia, mostrando la bola de chicle bailar alrededor del piercing de su lengua y —habría podido jurarlo— manteniendo en todo momento la mirada fija en su bragueta.
Luego tuvieron que marcharse.
En cuanto salieron de la casa, la joven dejó caer al suelo el bolso minúsculo que llevaba colgado a la espalda; miró la pantalla, cerró la larga lista que habían elaborado los padres y comenzó a cambiar los canales de televisión. Escogió un programa ruidoso, en el que varias personas se insultaban a gritos. Lo dejó sonando en el salón y comenzó a inspeccionar las habitaciones de la planta baja.
En la cocina, abrió las dos puertas metalizadas del frigorífico y recorrió las baldas con la mirada, tarareando. Agarró un envase de salmón noruego, lo abrió y comenzó a comérselo a tiras con la p