El tesoro del Taj Mahal

Fragmento

Índice

Cubierta

El tesoro del Taj Mahal

Personajes

1. Día de alborozo

2. Flor de Luna

3. Yahanara

4. El arquitecto

5. El artillero

6. Cachemira

7. Los planos

8. Los elefantes

9. Rozario

10. Mumtazabad

11. El descubrimiento

12. Amritlal

13. El Mina Bazar

14. El andamiaje

15. Las vituallas

16. El taller

17. El adelanto

18. La cobra

19. El herrero

20. Los lapidarios

21. El encantador de serpientes

22. Los preparativos

23. Tasimacán

24. El plomo y el oro

25. El padre Duplessis

26. La maqueta

27. La búsqueda

28. El plan desvelado

29. Bajo la luna

30. El ataque

31. Kamran

32. El juicio

33. El Urs

34. El renunciante

35. El rapto

36. La ejecución

37. La evasión

38. El error

39. Los remedios

40. Los conspiradores

41. La cúpula

42. Jyoti

43. Las monedas de oro

44. El elixir

45. El mármol negro

46. Las esclavas

47. El río de las Hienas

48. La caldera

49. Hacia Surat

50. Los monos

51. Pankaj

52. Hermano y hermana

53. ¡Mujer!

54. Prabir

55. Goa

56. Rojo y oro

57. El virrey

58. Las caricias

59. Navidad

60. Carlos

61. El retorno

62. Las huérfanas

63. ¿Muerto o vivo?

64. La esmeralda

65. La máscara roja

66. La revelación

67. El furgón

68. ¡Justicia!

69. Sarasvati

70. Un año después

Glosario

Agradecimientos

Créditos

Notas

Personajes

Amanat Jan Shirazi: el calígrafo.

Amritlal: bandido enmascarado, jefe de los kathiawaris.

Austin de Burdeos: joyero francés, marido de Sanjana, padre de Sarasvati, desaparecido en Cochin.

Birbal: amigo de Austin.

Butharam Gupta: sarpanch de Golpur.

Dara: hermano de Yahanara e hijo mayor de Sha Yahan.

Emilian: boticario armenio, marido de Jyoti.

Enguerrand de Morteville: cañonero francés.

Flor de Luna: chiquilla sordomuda.

Hanif: albañil de Kandahar, maestro de obras.

Hunaremand: inventor de las artes, título concedido por Jahangir, padre de Sha Yahan, a Austin de Burdeos.

Ismail Jan Rumi: arquitecto, especialista en la técnica de la doble cúpula.

Jyoti: hermanastra de la difunta Surupa (futura esposa de Emilian).

Kamini: madre de Surupa, madrastra de Jyoti.

Kamran: número dos de los kathiawaris.

Kathiawaris: bandidos de Gujerat.

Maya: amiga de Tara.

Miskin: bakshi, tesorero del palacio.

Mrinalini: el loto, madre de Tarun y Tara.

Muni: el sabio, padre de Tarun y Tara.

Murad: el albino, jefe de taller en el Fuerte Rojo.

Orgil: decana de las carceleras tártaras.

Pankaj: joven artesano rajputa, especialista en inclusiones.

Prabir: herrero de Golpur.

Ravindra: jefe del gremio de tallistas de Cachemira.

Rozario: esclavo de Bengala, barbero, profesor de danza.

Sanjana: esposa de Austin de Burdeos.

Sarasvati (o Sarah): hija de Austin y de Surupa, la tercera concubina de Austin de Burdeos.

Savitri: primera concubina de Austin de Burdeos.

Sha Yahan: el badsha, emperador mongol, padre de Yahanara, viudo de Mumtaz.

Shalini: mujer de Golpur, esclava de Amritlal.

Sharukh: (de Peshawar), asistente de Hanif.

Tara: chiquilla de Cachemira, hermana de Tarun.

Tarun: chiquillo de Cachemira, hermano pequeño de Tara.

Ustad Isa Afandi: arquitecto titular del Taj Mahal.

Vijaya: hija de Prabir, el herrero de Golpur.

Yahanara (Begam Sahib): hija mayor de Sha Yahan.

Yashku: carcelera tártara.

1

Día de alborozo

Sanjana banu!* ¿No oís los redobles de tambor, los coros y los oboes que se elevan de todas las callejuelas de la ciudad como una bandada de palomas? —exclamó Jyoti, irrumpiendo en la habitación donde la joven princesa dormía todavía.

Sanjana levantó los párpados, dejando ver sus ojos negros orlados de largas pestañas, y se incorporó lentamente, como para escuchar mejor.

—¡Es música, Jyoti! Apenas puedo creerlo. Agra, la capital del Imperio mongol, permanecía en silencio desde hacía dos años, desde el fallecimiento de la emperatriz Mumtaz, y hoy…

—¿No será este el final del duelo, banu? ¿Una ocasión para el alborozo?

Aunque esa música sonreía a su alma, Sanjana no estaba de ánimo para fiestas. La joven se estremeció. La primavera se acercaba, pero los últimos jirones del frío invernal se aferraban todavía al alba. Se envolvió en su colcha y volvió a tenderse, con su hermoso rostro marcado por la tristeza.

—Banu, enviaré a nuestra gente en busca de noticias. Quiero saber a qué se deben estos redobles de tambor.

—Adelante, hermanita.

Sanjana había recogido a la chiquilla —ahora en la flor de la juventud— varios años atrás. O mejor dicho, la había rescatado de manos de la vieja y codiciosa Kamini, su madrastra.

Al ver desaparecer a la muchacha con aire alegre y despreocupado, Sanjana se sintió atrapada por el pasado. No podía alejar de su mente el recuerdo de Austin de Burdeos, su marido francés, que siempre se mostraba incómodo al evocar a las mujeres que habían compartido su vida en la India. Savitri, la mayor, la más fiel, que no había podido darle descendencia; Lin Pai, la muchacha llegada de una tribu lejana, fallecida trágicamente a causa de la peste, y después Surupa, hija de Kamini —y hermanastra de Jyoti—, una joven belleza de Cachemira que había dado a luz a Sarasvati. Madre e hija cayeron a un precipicio en Cachemira y nunca se las volvió a ver. Tras casarse con Austin, Sanjana dio a luz, a su vez, a la pequeña Jeanne, muerta a corta edad. Trastornada aún por la pérdida de su bebé, Sanjana había recibido la noticia de la trágica desaparición de su marido en Cochin.

«¿Por qué tuvo que aceptar esta peligrosa misión de buenos oficios ante los portugueses?», se repetía sin cesar.

Austin se había llevado a los labios una copa de vino envenenado que lo fulminó. Solo su amigo Birbal, que nunca bebía alcohol, se salvó; o para ser más precisos, fue apresado por los guardias y lanzado a un foso, del que pudo escapar gracias a su innata habilidad para urdir estratagemas. Le vieron llegar solo, muchos meses después, cubierto de harapos y de polvo. Entonces anunció a Sanjana sin andarse con rodeos: «Banu, Austin Hiriart de Burdeos, llamado Hunaremand, vuestro esposo ante el emperador y según el rito de la Santa Iglesia Católica, murió a mi lado en el palacio de Mattanchery de Cochin, en Malabar». Luego, Birbal, el compañero fiel, se retiró y nunca volvió a presentarse ante ella. Sanjana se enteró más tarde de que había partido a Delhi por orden del Gran Mogol, Sha Yahan.

Savitri se derrumbó al recibir el anuncio de la muerte de su señor. Sollozando, pidió permiso para volver con su familia; Sanjana no pudo negarle ese favor. Tampoco ella volvió. Solo la pequeña Jyoti permaneció junto a la princesa, atenta y cariñosa.

La joven viuda se preguntaba qué iba a ser de su vida. Recordaba su gloria pasada. Nacida princesa rajputa, emparentada con la difunta madre del emperador Jahangir, Maryam Zamani, hija del rajá de Amber, Sanjana se convirtió en doncella al servicio personal de la emperatriz Mumtaz. Por orden del soberano, una orden grata de cumplir, se casó con Austin Hiriart de Burdeos, un gran artista francés instalado en la corte, del que estaba locamente enamorada.

En ese momento se produjo la tragedia: la muerte de la emperatriz Mumtaz en Burhanpur, en Deccan, después de haber dado a luz a su decimocuarto hijo.

Loco de dolor, el emperador decretó dos años de duelo. Ni fiestas, ni música, ni colores vivos. El soberano dejó de aparecer cada mañana en el balcón del palacio como tenía por costumbre. Vivía recluido en sus apartamentos. Su cabello y su barba encanecieron. Un único pensamiento dominaba su mente: la construcción de un mausoleo —al que Austin de Burdeos había aportado su contribución de artista—,* el más bello del mundo, la última morada de su difunta esposa. Lo quería revestido de un mármol inmaculado, para que su blancura resplandeciera en el claro de luna.

Un hombre aún joven, bien parecido, se presentó dando muestras de un ligero embarazo.

—¡Sanjana, qué alegría! —exclamó—. Hoy anuncian en las calles y las plazas el matrimonio de Dara Shikoh, el príncipe heredero, con la begam Nadira.

El hombre se llamaba Emilian. De origen armenio, se había instalado en Agra en calidad de químico y boticario. Él había procurado a Austin las sustancias que necesitaba para fundir las piedras artificiales destinadas a adornar el trono del emperador. Con el paso de los años, los lazos que unían a los dos hombres se habían estrechado, y se había convertido en el padrino de Sarasvati. Como tal, Austin le había confiado un cofrecillo lleno de monedas de oro destinadas a la educación y a la instalación de la niña. Por amistad, Emilian acudía con frecuencia a visitar a Sanjana, y nunca olvidaba ofrecerle algunas pociones elaboradas por él para ayudarla a superar su tristeza.

—Sanjana, este es un día de alborozo. Os he traído una medicina que iluminará vuestros días.

En ese momento volvió Jyoti, riendo a carcajadas. Al ver a Emilian, la joven se ocultó a medias la cara con su chal de muselina y luego lo bajó lentamente, dejando que un brillo especial se filtrara por sus pupilas. Emilian se acercó un paso y le dirigió una mirada intensa. Sanjana esbozó una sonrisa.

—¿No tenéis nada que pedirme, Emilian?

—Sanjana, en este día de alegría quisiera solicitar un favor de vuestra parte.

—Hablad, ¡estoy abierta a vuestras demandas!

—¿Aceptaríais concederme la mano de Jyoti?

Sanjana se volvió hacia su protegida y la consultó con un parpadeo. Una ligera elevación de las cejas y una inclinación de cabeza bastaron a la muchacha para expresar sus sentimientos.

—Jyoti, ¿no eres un poco joven para pensar en casarte?

—Fijaos, banu, ahora soy más alta que vos —respondió esta irguiéndose ante Sanjana.

La muchacha se apartó un instante, temblando de impaciencia.

—¡Banu, decid que sí! —suplicó, lanzándose a sus pies.

—Le pediremos al padre Duplessis que bendiga vuestra unión, y espero que nos deis unos niños bien hermosos.

Sanjana, nacida hindú, había querido bautizarse, tanto para abrazar la religión de su marido como para romper con una tradición, la sati, que había conducido a su madre a ser inmolada viva en la hoguera de su padre. Sin embargo, la princesa no concebía pensar en la boda de Jyoti sin consultar previamente a un astrólogo. El encuentro se organizó para unos días más tarde.

—La mejor fecha para uniros —afirmó el hombre del arte—, sería el segundo día de la quincena clara del mes de Phalgun, es decir, dentro de un mes aproximadamente.

—Poco antes del inicio de la Cuaresma —dijo Emilian.

—Poco antes de Holi —añadió Sanjana.

De pronto el adivino cerró los ojos y se apoderó de la mano de Sanjana. Se hizo el silencio. Finalmente, el astrólogo articuló con voz cavernosa:

—Banu, veo la montaña, la nieve, un torrente, animales y una niña. Grita, pero no la oyen. Está viva.

El hombre espiró con fuerza y luego levantó la cabeza. Parecía atónito.

—¿Por qué me miráis así? —dijo—. Debo de haber sufrido un mareo.

—Habéis tenido una visión, guruji, nos habéis hablado de una niña viva.

—¡Yo no sé nada, banu! Un espíritu ha hablado por mi boca. No me lo toméis a mal. Ahora tengo que despedirme. No olvidéis las once monedas de oro que os solicité.

—Ahí tenéis quince monedas y decidnos quién es esa niña —intervino Emilian.

El hombre espiró de nuevo, tomó aire y articuló con voz ronca:

—¡Veo blanco, una diosa blanca, Sarasvati! ¡La chiquilla es la hija de un gran sahib, y os reclama, banu!

—¡Sarasvati, la hija de Austin desaparecida en Cachemira! Si está viva, haré todo lo posible para encontrarla y criarla como a mi propia hija —dijo Sanjana con un hilo de voz.

2

Flor de Luna

Agazapada detrás de un framboyán, Kamini, la madrastra, espiaba el portal de la iglesia de Akbar, de donde se disponía a salir el cortejo nupcial. Cuando las campanas se pusieron a repicar, vio aparecer a su hijastra, Jyoti, radiante con su sari rojo y oro, junto a Emilian, vestido todo de blanco. Sanjana los seguía, envuelta en un sari de muselina azul.

A Kamini le costó reconocer a la joven princesa rajputa con sus nuevas galas. «¿No debería ir todavía de luto? —pensó—. ¡Qué indignidad! Ahora que están todos reunidos, ha llegado el momento de actuar.»

Mientras parientes y amigos rodeaban a la joven recién casada, la anciana se acercó con paso renqueante. Jyoti retrocedió instintivamente.

—¡Banu, os lo suplico, alejad de mí a la madre de Surupa, es una bruja!

Emilian hizo un gesto amenazador en dirección a la mujer, pero Sanjana lo detuvo.

—Dejadme hacer a mí. Arreglaremos este asunto entre mujeres.

Sanjana sujetó enérgicamente a Kamini del brazo y se la llevó aparte.

—Jyoti no quiere saber nada de su madrastra en el día de su boda. ¿Qué sombrío designio os ha traído aquí?

—Soy portadora de una buena noticia. Ved en mí a la abuela de Sarasvati, la hija de Surupa y de Austin sahib —respondió exhibiendo una medalla de oro.

Sanjana examinó la joya: una medalla oval que representaba el rostro de la virgen y en cuyo reverso aparecía grabado en francés «Sarasvati Hiriart de Bordeaux», seguido de su fecha de nacimiento.

—¿Dónde habéis encontrado esta medalla?

—Siempre ha estado colgada del cuello de Sarasvati.

—¿Queréis decir que está viva? ¿Dónde está?

—Está segura, en mi casa. Quiere volver con su familia y a casa de su padre. No podéis negaros a acoger a una pobre huérfana.

—¡Desde luego que no! ¡Id a buscarla! Quiero verla.

—Es que le he cobrado un gran afecto. Y además he tenido gastos. El mercader que la encontró pidió mucho.

—¿Cuánto?

—Dicen que Austin sahib, vuestro difunto esposo, dejó a Emilian, el boticario, un cofrecillo. Ese oro me bastará.

A oír pronunciar su nombre, el joven armenio se acercó y cogió la medalla.

—No recibiréis ni un céntimo, mujer sin moral, madrastra indigna. Este oro está destinado a su instalación. Traedme enseguida a mi ahijada o…

—No os enfurezcáis, Emilian sahib, sobre todo en el día de vuestra boda; solo estaba proponiendo un arreglo.

—Venid mañana a mi casa —intervino Sanjana—, con la niña. Si realmente es la hija de Austin de Burdeos, os daremos algún dinero.

—Mientras tanto, yo guardaré la medalla —añadió Emilian.

A Sanjana no le disgustaba ese descubrimiento inesperado. Tras el matrimonio de Jyoti se quedaría sola en la casa de Padre Tola. La presencia de una niña bajo su techo sería bienvenida. Pensó en la primera concubina de su marido, Savitri, ella había conocido a Sarasvati de pequeña, y hubiera podido ayudarla a identificar a la niña. Pero no habían logrado encontrar a Savitri, a quien habían ido a buscar para que asistiera a la boda. ¿Habría abandonado Agra? ¿Estaría siquiera viva todavía? Nadie lo sabía.

Al anochecer del día siguiente, Kamini se presentó ante la puerta de la casa de Sanjana, acompañada de una fina silueta vestida de muselina rosa. Sanjana invitó a sus visitantes a sentarse bajo un limonero en el patio de su vivienda. La niña, intimidada, prefirió permanecer de pie.

—Sanjana banu, aquí está Sarasvati —dijo Kamini, mientras deslizaba el velo hacia atrás sobre la cabellera de la niña.

Al principio la joven viuda solo vio unos ojos orlados de khol, inmensos, claros como las aguas de un lago de Cachemira. Luego unas mejillas de color miel, unos pómulos altos y una nariz recta. Finalmente, una boca delicada y unos dientes resplandecientes.

La chiquilla se inclinó, llevándose por tres veces la mano a la frente, y luego miró fijamente a Sanjana a los ojos, sonriendo.

—¿No es hermosa? Se parece a vuestro difunto marido, ¿no es cierto?

Sanjana asintió maquinalmente, inclinando de lado la cabeza.

—¿No creéis que vale cien monedas de oro?

A modo de respuesta, la joven princesa rajputa ofreció a su visitante un vaso de limonada. En ese momento Emilian irrumpió en el patio.

—Mujer, muéstranos la rodilla de la niña. Sarasvati se hirió con una azuela. Aún debería conservar la cicatriz.

Kamini levantó los velos y mostró una marca estrellada, estigma de una vieja herida. La chiquilla hizo una mueca antes de recuperar su hermosa sonrisa.

—Aquí tienes unas monedas de oro para compensarte —dijo Emilian lanzando una bolsa de cuero a los pies de Kamini.

—Es poco —declaró la madrastra con una mueca de disgusto—. Devolvedme la medalla; es un recuerdo.

Emilian se encogió de hombros y le tendió el colgante. Antes de despedirse, en el umbral de la puerta, la anciana añadió:

—Ha sufrido mucho: Cachemira, la caída, el torrente, su madre ahogada. Ha olvidado que se llama Sarasvati. Ahora lleva el nombre que le dio el campesino que la salvó: Flor de Luna. Es muy tranquila. Nunca habla. Es sordomuda.

3

Yahanara

Flor de Luna parecía estar encantada de haber sido acogida en la casa de Sanjana. Sus grandes ojos límpidos hablaban por ella, y aunque no oía, entendía muchas cosas y asentía con una inclinación de cabeza; un balanceo que siempre iba acompañado de una dulce sonrisa. Sanjana estudiaba el rostro de la niña en busca de un gesto, un parpadeo, una mueca que le recordara a su difunto marido. Y cuando descubría en los rasgos de la chiquilla la imagen de Austin, no podía contener su alegría y la estrechaba entre sus brazos temblando. A veces las lágrimas asomaban a sus ojos. Flor de Luna, con sus dedos finos, le enjugaba entonces el rostro con el borde de su chal de seda.

Desde su llegada a la casa, la chiquilla pasaba horas en la cocina realizando las tareas reservadas a las sirvientas: cortar leña, mantener vivo el fuego, sacar agua, amasar el pan, machacar las especias o cocer las legumbres. Sanjana había intentado disuadirla, explicándole que ser adoptada por una princesa le permitía dejar a otros estas tareas domésticas; pero Flor de Luna no podía resistirse a perpetuar esos gestos de mujer, sin duda aprendidos en Cachemira. A Sanjana le hubiera gustado saber cómo había sobrevivido al accidente, quién la había recogido —de qué creencia y de qué casta—, si la habían maltratado. ¡Cómo lamentaba que no supiera hablar!

Cuando la joven princesa rajputa anunció con gestos a su protegida que iban a visitar el palacio real, las dos vivieron un momento de gran felicidad. Al bajar del palanquín, Flor de Luna descubrió el Mina Bazar, ese mercado reservado a las mujeres, donde solo el emperador y los príncipes de sangre tenían derecho a entrar. El patio del pescado había recuperado su animación de antaño: colores abigarrados, notas de sitar desgranadas al viento, perfumes de flores, vapores de incienso, el parloteo y las risas cristalinas de las mujeres… Flor de Luna se quedó pasmada ante aquel espectáculo insólito. Al ritmo de la música, una bayadera se contoneaba, golpeaba con el pie, y sobre todo, con sus largos y finos dedos enrojecidos con henna, trazaba figuras en el aire que evocaban una historia, un mito o una leyenda. Un dios que tocaba la flauta, una serpiente, un pájaro, una pastora, cobraban vida entre sus manos. La niña tiró del brazo a Sanjana, pidiendo una explicación.

—Es una danza sagrada, el Bharatanatyam. Cuenta hermosas historias —respondió la princesa, olvidando que la chiquilla no podía oírla.

Imitando las trepidaciones de la artista, esbozando torpemente algunos gestos con las manos, la niña le dio a entender que ella también quería aprender la danza.

—¿Danzar, tú? ¡Qué buena idea! —exclamó Sanjana—. Tus manos hablarán y cantarán por ti.

Animada por este descubrimiento, la princesa arrastró alegremente a Flor de Luna a través del laberinto de puestos hasta el lugar donde la esperaba Yahanara.

Desconsolada por la desaparición prematura de su madre, Yahanara, la hija mayor de Sha Yahan y de la difunta Mumtaz, se había refugiado en la poesía, la música, las bellas artes y, sobre todo, en resolver asuntos de Estado, actividad en la que secundaba brillantemente a su padre. La hija de Sha Yahan sentía un profundo afecto por Sanjana, la antigua doncella de palacio de su madre, a la que llamaba didi, hermana mayor; por ello, cuando su padre la autorizó a anunciar la reapertura del Mina Bazar, la primera desde el fin del duelo, envió a un mensajero para invitar a la joven viuda a que se reuniera allí con ella.

—Sanjana didi, acércate.

La joven viuda, que había reconocido la voz familiar de Yahanara tras la muselina transparente, se inclinó tres veces, llevándose la mano a la frente, para realizar el taslim.

—Yahanara begam, que la paz y la bendición de Dios estén con vos.

—Y contigo, didi.

Flor de Luna, intimidada, se había dejado caer el velo sobre el rostro y se había acurrucado detrás de un pilar.

—¡Cómo habéis crecido, Yahanara begam! Ya sois toda una mujer.

—No didi, no seré una mujer completa hasta el día en que mi padre me otorgue un esposo. Pero ya sabes que la tradición lo prohíbe.

En efecto, la ley timúrida, en vigor en la dinastía mongol, prohibía el matrimonio a todas las princesas de sangre. No se deseaba que algún yerno ambicioso albergara aspiraciones al trono.

—Pero ¿y tú, Sanjana? —añadió— ¿No podrías volver a casarte?

—Podría, en efecto, pero he perdido a mi soberana, a mi marido y a mi hija, que Dios los acoja en su Paraíso. ¡Mi corazón soporta una carga demasiado pesada! Pero decidme, ¿cómo está Sha Yahan, el emperador, vuestro padre?

—Desde que trajimos aquí los restos de mi madre, no ha dejado de trabajar en su proyecto de mausoleo. Ha adquirido un terreno a orillas del Yamuna, al este de la ciudad, en el lugar donde en otro tiempo crecían un mango y un tamarindo. Ha hecho venir a hombres del arte de Turquía y de Persia, y pasa largas jornadas en la obra. Espero que así se calme la cólera que alimenta contra los cristianos.

—¿Por qué está irritado con los cristianos? —preguntó Sanjana, súbitamente inquieta.

—La culpa la tienen los «firanguis de Bengala», portugueses y mestizos que se han enriquecido con el bandidaje y la piratería. Cuando mi padre se rebeló contra Nur Yahan, se negaron a prestarle ayuda. ¡Sus sacerdotes incluso intentaron canjear su hospitalidad por una conversión! Y luego, ante el rechazo indignado de mi padre, ayudaron a las tropas que lo hostigaban. Cuando accedió al trono, nunca le prestaron juramento de fidelidad y ni siquiera lo felicitaron. Además, secuestraron y violaron a dos esclavas de un noble mongol. Como persistían en saquear nuestros barcos, que remontaban el río para atracar en Satgaon, Sha Yahan decidió poner fin a sus manejos. Envió a un ejército para que sitiara Hoogly y bloqueara el río con un puente de barcos. Luego hizo bombardear la ciudad y ordenó que la tomaran al asalto. Por orden suya, los vencidos, casi cuatro mil, la mayoría ancianos, mujeres y niños, fueron conducidos a Agra. Muchos perecieron en el curso de esta marcha agotadora de once meses. Sha Yahan explicó luego a los supervivientes la pertinencia de su conversión a la religión musulmana. Los que no quisieron renegar de su fe fueron encarcelados; los demás, vendidos como esclavos, y las mujeres, repartidas en diversos zenanas.

Sanjana había escuchado este relato abrumada.

—Esta disputa, ¿puede tener alguna relación con la desaparición de Austin, mi marido?

—Sanjana didi, sabemos que el virrey de Portugal, en Goa, fue informado de esto, pero nada permite afirmar que esa fuera la causa de la desaparición de Austin en Cochin. Por otra parte, nadie tiene todavía pruebas de su fallecimiento.

—Yahanara begam, ¿queréis decir que mi marido tal vez sigue con vida? —preguntó Sanjana, aún bajo el impacto de la reaparición milagrosa de la pequeña Sarasvati.

—¡Es poco probable cuando se conoce la suerte que reservan esos perros lusitanos a sus prisioneros! No hay que alimentar falsas esperanzas. Pero dime, ¿quién es esta hermosa y tímida niña que se esconde detrás del pilar? ¿Tu sirvienta?

Sanjana explicó a Yahanara cómo había encontrado a la hija de Austin de Burdeos.

—Ahora responde al sobrenombre de Flor de Luna. Los bienes de su padre deberán pasar a ella.

—Eres buena, generosa y previsora, didi, como siempre has sido. Por eso intentaré interceder en tu favor ante Sha Yahan.

—¿Qué favor? ¿Y por qué interceder?

—En primer lugar, necesitarías a un esclavo portugués, un anciano que pudiera ayudarte. Haré que te den uno.

—¿Dármelo? ¿Por qué? ¡Puedo pagarlo! ¿Qué queréis decir con esto?

—¡Tu fortuna, d

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist