Noche de invierno

Valerio Massimo Manfredi

Fragmento

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La noche del 12 de enero de 1914 fue recordada en Italia como una de las más frías de todo el invierno, y acaso de todos los inviernos que se recordaban. La nieve había empezado a caer hacia el atardecer y, cosa del todo inusual si no imposible, el sol se había vuelto atrás —como se acostumbraba a decir— antes de hundirse en el horizonte, apareciendo durante muy pocos minutos en el reducido espacio que separaba el borde occidental del manto nuboso del perfil de la Tierra. El rayo rojizo había atravesado la espesa cortina de copos blancos creando una imagen fantasmagórica, una atmósfera tan irreal que los campesinos que estaban de regreso para la cena se habían detenido en el centro de la era a fin de contemplar la admirable visión, casi un signo divino, y a tratar de interpretar el significado. Se habían vuelto parte de un escenario asombroso, jamás visto, y un día les contarían a sus hijos y nietos que habían visto nevar con sol.

Al poco rato sus siluetas se habían blanqueado y la luz dorada se había extinguido.

La casa de los Bruni era una vieja casona rústica de tres vertientes con los canalones corroídos por la herrumbre y los postigos de roble que, tras perder todo rastro de pintura, habían tomado un color gris uniforme. Se alzaba a escasa distancia del camino y distaba unos cincuenta metros del establo y del henil. No era una casa señorial porque la finca era parte de la hacienda del notario Barzini, que vivía en un palacete en Bolonia. Una finca de cien buenas fanegas, si no más, que lindaba por la parte de levante con una propiedad de la obra pía Bastarda, una institución que se encargaba, por así decir, de los niños bastardos abandonados al cuidado de los frailes y de las monjas en cualquier convento de la ciudad.

El establo era un edificio imponente, mitad destinado a henil en invierno y a granero en verano, tras la siega. En la otra mitad estaban las vacas con los terneros, cuatro pares de bueyes para arar y un toro para la monta. Era allí donde se encontraban de tertulia en invierno, para no acostarse con las gallinas, y se quedaban hasta las tantas con huéspedes tanto ocasionales como habituales, sin tener que gastar leña en la chimenea porque el calor de las bestias era más que suficiente.

Aquella iba a ser una larga noche porque el día después nadie, excepto el boyero, tenía que levantarse temprano, una noche para pasar en el establo escuchando historias. Y así, tras la cena, mientras las mujeres lavaban la vajilla, los hombres, uno tras otro, se fueron yendo hacia el establo llevándose con ellos un garrafón de vino tinto nuevo que no había terminado aún de fermentar. Eran siete hermanos: Gaetano, Armando, Raffaele, al que todos llamaban Floti, Checco, Savino, Dante y Fredo. El viejo Callisto no tomaba ya parte en las veladas nocturnas porque tenía dolor de espalda y estaba incómodo en el taburete para ordeñar. Esperaba que las mujeres le metieran entre las sábanas el braserillo con las brasas cubiertas de ceniza, llamado «la suegra», dentro de su armazón de madera, llamado «el cura». Y había en aquella asociación de palabras transgresora e irreverente una cierta lógica, en el sentido de que, según la opinión corriente, meter en la cama juntos a una suegra y a un cura crearía una reacción térmica elevadísima.

Cada vez, al tumbarse entre las sábanas de cáñamo, Callisto barbotaba: «¡Qué gran invento es la cama!», y roncaba como un trombón.

En el establo se alojaba un viejo que decía llamarse Cleto y hacía de paragüero para ganarse un plato de sopa y una yacija de paja. Hablaba siempre con su estilo sentencioso para ganarse respeto y consideración. También él había observado ese rayo llameante, desencadenado contra la espesa cortina de nieve que caía del cielo, y comenzó con un proverbio: «Quand al soul al’s volta indrì, brota not ai ten adrì» [Cuando el sol se vuelve atrás, le sigue una fea noche].

Gaetano, el boyero, observó que se acercaba una mala noche dado que la nieve había cubierto ya por completo las huellas dejadas poco antes al atravesar la era. No había terminado de decirlo cuando se oyó llamar al portón y entró Fredo, que había llevado con el carro a su madre a la novena de san Antonio. Iba envuelto en el tabardo hasta los ojos y tocado con un sombrero arrugado calado hasta la nariz.

—Dios nos manda la nieve —exclamó como si trajese una gran noticia mientras pataleaba un poco contra el suelo.

—Toma asiento —dijo Gaetano alargándole un taburete— y bebe un vaso de vino, que te hará entrar en calor.

—Yo creo —dijo Fredo— que mañana por la mañana la nieve llegará hasta el culo.

—Como mucho al alto de una pierna —objetó Gaetano—. Cuando cae con tal intensidad no puede durar mucho.

—Eso lo dirás tú —intervino Cleto, el paragüero—. Recuerdo que en el noventa y cuatro, en Ostiglia, en una sola noche alcanzó un metro.

—Un metro no es hasta el culo —rebatió Gaetano.

—Eso depende de a qué altura tenga uno el culo —dijo sarcásticamente Fredo.

Si se hablaba del tiempo cada uno expresaba su parecer, tenía una anécdota que contar, un acontecimiento asombroso que describir. En sus vidas todo era siempre igual, un día igual al otro, una noche igual a la otra; solo las manifestaciones de la naturaleza parecían todavía asombrar.

—¿Queréis saber una buena? —dijo el boyero—. Cuando caen copos tan grandes que parecen pañuelos y el aire está detenido, podría producirse un terremoto.

Floti, que había estado callado hasta aquel momento, quiso meterse en la discusión.

—Si es por eso, no hay que preocuparse —dijo—. Cuando se va a producir un terremoto los animales dan la alarma antes, no os quepa duda.

No había terminado de decirlo cuando se oyó ladrar furiosamente al perro fuera y correr el eslabón de la cadena adelante y atrás a lo largo del cable de hierro tendido entre un nogal secular y la casa. Todos miraron las bóvedas del establo surcadas de grietas, esperando ver caer de un instante a otro el polvo de yeso que anunciase los temblores de tierra. Pero no sucedió nada de nada. Los bueyes y las vacas continuaban rumiando tranquilos y el gato durmiendo ovillado sobre una bala de paja.

—Id a ver si hay algún terremoto ahí fuera —dijo Cleto.

Todos se volvieron hacia el portón. Checco se levantó y fue a abrir. Un rayo de luz se proyectó al exterior iluminando primeramente los copos de nieve, grandes como mariposas, que descendían a millones sobre la tierra ya blanca por completo e, inmediatamente después, una figura incierta y vacilante que se apresuraba hacia el establo.

—¿Eres tú, Iófa?

—Sí, soy yo —jadeó el interpelado—. He visto luz y he entrado.

—Has hecho bien. Entra, vamos. Pero ¿qué has hecho? ¿Has bebido?

Iófa entró, se sacudió de encima la nieve y arrojó el tabardo sobre la paja.

—¿Bebido? Un vaso de vino nada más en la taberna, pero si me invitáis a otro me lo tomaré con mucho gusto. Lo necesito.

Nunca lo habían visto así: espantado y confuso como si no supiera por dónde empezar. Se colocaron en torno a él mientras Iófa se echaba al coleto el vaso de vino de un trago.

—¿Qué? —preguntó Checco—. ¿Qué ha pasado? Cualquiera diría que has visto al diablo en persona.

—Poco ha faltado —repuso él—. Estaba en la taberna de la Bassa con Bastiano, el Bizco y Vito Baracca jugándonos a la brisca un vasito de vino blanco. Había poquísima gente…

—Con una noche así no me extraña —le interrumpió el boyero.

—Déjale hablar —dijo Floti, seguro de que el hombre no se había presentado allí por casualidad con un tiempo semejante.

Había venido expresamente porque tenía algo dentro que no habría podido guardarse para sí durante toda la noche. Iófa retomó su relato:

—Yo jugaba con el Bizco contra Bastiano y Vito Baracca y habíamos empatado un par de manos. ¿Os lo podéis creer? Estábamos sesenta a sesenta y Baracca recibe el as, el tres y la sota de triunfo. En fin, estábamos a punto de jugarnos la definitiva cuando se oye abrirse la puerta y entra un desconocido. Tenía una barba que le llegaba casi hasta la cintura, y llevaba un gabán gris hasta los pies, una bolsa de paño en bandolera y tenía dos ojos rojos de demonio. Se sienta, saca de la bolsa un mendrugo duro como una piedra y lo deja sobre la mesa.

»—¿De dónde viene, caballero? —le pregunta el Bizco.

»—Del cruce de la Corona —responde él.

»—Mejor habría hecho quedándose a dormir allí. Hay un buen trecho de camino hasta aquí con esta nieve. Podría haberse quedado sepultado.

»—Si he venido hasta aquí es porque sabía que esta noche aparecería… —contestó él con una mirada que daba miedo.

»Ninguno de nosotros tuvo el valor de decir una palabra. Estábamos allí con las cartas en la mano mirándonos los unos a los otros como diciendo “Este está loco de atar”. El tipo mira al tabernero y le dice que le traiga un vaso de vino, que tiene dinero con que pagarle, moja el pan en él y se lo mete en la boca, lo chupa y lo mastica con la boca abierta, que daba asco, como un demonio.

—Debía de ser el demonio —comentó Fredo, pero Floti no le dejó terminar.

—No digas bobadas, déjale hablar.

—Al final se lo he preguntado yo, en vista de que nadie se atrevía… «¿Aparecer qué, caballero?» Él levanta la cabeza, me mira con los ojos revueltos y dice: «La cabra de oro».

Iófa dejó de contar para escrutar en los rostros de los presentes, uno por uno, el efecto de sus palabras.

—Sigue —dijo Floti—, que parece que hay que arrancarte las palabras de la boca.

—¿La cabra de oro? —le pregunto—. ¿Está seguro, caballero, de encontrarse bien? Él engulle otro trozo de pan, echa el último trago de vino y dice:

»—Es cierto. Me la he encontrado delante tal como le veo a usted ahora. Estaba en el más alto de los cuatro montículos, a la izquierda del camino…

»—¡El Pra’ dei Monti! —dijo el Bizco—. Siempre se ha dicho que está allí escondida. Pero ¿cómo lo sabe usted si no es de por aquí?

»—Resplandecía en medio del remolinear de la nieve, rodeada de una aureola palpitante…

»—¿Y qué ha hecho usted? —le pregunto yo.

»—Me he parado para mirarla encantado. Era enteramente de oro, de tamaño natural, y en vez de ojos tenía dos piedras preciosas, rojas como el fuego. No puede imaginarse lo que se siente ante una visión semejante. Es algo que no olvidaré mientras viva.

Gaetano había escuchado hasta aquel momento sin decir palabra y también los demás permanecían en silencio pensando en esa aparición que el forastero había descrito a los parroquianos de la taberna.

—Yo no me lo creo. Ese es un listo que viene de lejos, uno sin oficio ni beneficio que se ha enterado de esta historia que circula por estos lugares y ha querido burlarse de usted… —dijo.

—O que quiere encontrar a alguien que le dé alojamiento por unos días para contarle de nuevo su historia, hasta que los caminos estén transitables y pueda reanudar su viaje —añadió Checco.

—Lo será —repuso Iófa—, pero oyéndole hablar os aseguro que le entraban a uno escalofríos. Tenía una voz ronca, una voz que… parecía venir del otro mundo. Bastiano, que es alto y gordo como un armario y nunca le ha temido a nadie, temblaba como un niño. Ese hombre no era de por aquí, y sin embargo decía haber visto la cabra de oro…

—¿Y dónde está ahora? —preguntó Armando, que hasta aquel momento no había dicho esta boca es mía.

—Quién sabe —contestó Iófa—, ha desaparecido.

—¿Cómo que desaparecido? —preguntó Gaetano.

—Pidió otro vaso de vino, se lo tomó de un trago y, tras dejar diez céntimos sobre el velador, salió. Nosotros nos acercamos a la puerta acristalada para mirar fuera, pero él ya no estaba… ¿Cómo interpretáis vosotros eso?

—No quiere decir nada —respondió Gaetano—. Ya veréis como mañana aparece de nuevo. Se habrá ido a dormir a algún henil.

—Eso lo dices para tranquilizar tu ánimo —dijo el paragüero—. La verdad es que tienes miedo.

—¿Miedo? —replicó Floti—. ¿Miedo a qué?

—Pues… a la cabra de oro. Sabéis perfectamente lo que quiere decir. Cuando se le aparece de forma tan repentina, en una noche como esta, a un caminante solitario, solo puede significar que está a punto de ocurrir una desgracia. La primera vez de la que se tiene memoria apareció hace algo menos de trescientos años y al año siguiente estalló la gran peste que se llevó a más de quinientas personas solo aquí en vuestro pueblo. Se le apareció de nuevo unos sesenta años más tarde a un fraile capuchino que viajaba, para evitar la canícula, en una noche de agosto, mientras se dirigía al convento de Vignola. Pocos meses después los turcos invadieron las regiones orientales y a continuación Austria, y no invadieron Italia para tomar Roma de puro milagro. ¡Habría sido el final de la Cristiandad! Veinte jóvenes soldados de este municipio murieron en la batalla de Viena.

»La cabra de oro fue vista de nuevo hará dieciocho años en una noche de tormenta por un comerciante de cerdos que regresaba del mercado de Sant’Agata. La vio iluminada de pleno por el resplandor de un rayo en medio de un diluvio. Seis meses después, sus tres hijos murieron en la batalla de Adua, en Abisinia, junto con miles y miles de nuestros soldados…

—¡Basta ya! —dijo Floti—, se trata de simples paparruchas, supersticiones de gente ignorante que cuando ocurre una desgracia no tarda en sacar a relucir la cabra. Eso es lo que son. No tiene ningún significado.

—¿De veras? —repuso Cleto—. Entonces, si la cosa es como tú dices y no tienes miedo de estas supersticiones, ¿por qué no vamos a echar un vistazo al Pra’ dei Monti? Ahora.

—Estás loco —dijo Floti—. Ni pensarlo. Hace un frío que pela y nieva cada vez más intensamente. Si nos ocurre algo, nos hundiremos en una zanja y morimos ateridos, y no nos encontrarán hasta la próxima primavera.

—Tú no frecuentas mucho la iglesia —rebatió Cleto—, pero yo recuerdo muy bien una cosa que decía don Massimino, al que Dios tenga en su gloria. Decía que la cabra es un símbolo del demonio que tiene orígenes antiquísimos, y que quizá era venerada como ídolo pagano por estos lugares, probablemente en la zona del Pra’ dei Monti, donde se han encontrado muchos restos de un antiguo poblado: amuletos, brazaletes en forma de serpientes, máscaras grotescas. Decía que en aquella zona hace casi dos mil años se libró una gran batalla con muchos miles de muertos que fueron abandonados insepultos en los cenagales que cubrían estas tierras. No son casualidades, sino que hay razones muy concretas para que sucedan ciertas cosas… ¿Y qué me decís del espectáculo que hemos presenciado esta tarde? Un rayo del color de la sangre perforando la cortina de nieve… Algo nunca visto.

Armando, que era el más impresionable, se puso en pie.

—Este asunto está tomando un cariz que no me gusta nada. Buenas noches, yo me voy a dormir.

—Vete, vete —dijo Cleto, y una vez que Armando hubo salido volvió a su propuesta—. ¿Qué? Ya que, según vosotros, todo es pura palabrería, ¿por qué no vamos a echar un vistazo? Nos abrigamos bien, nos ponemos los zuecos y nos vamos. En menos de una hora estamos allí.

—Vamos —respondió Floti con un encogimiento de hombros—, a ti precisamente te está esperando la cabra de oro. Las apariciones son por su propia naturaleza algo imprevisto y rápido. Yo me voy a la cama. Buenas noches a todos, y tú, Iófa, cuidadito cuando vayas a casa, no vaya a ser que te encuentres a la cabra y te cornee.

Iófa se santiguó mientras farfullaba:

—No es cosa de broma. Tenías que haber visto a ese tipo: daba miedo.

Floti salió y tras él lo hicieron también el resto de los hermanos. No quedaron más que Iófa y Gaetano, que tenía aún algunas preguntas que hacerle a Cleto. Siempre había pensado que aquel hombre era algo muy distinto de un paragüero vagabundo que llegaba cada año con las primeras nieves y se iba a finales de febrero, a veces sin haber remendado un solo paraguas. Todos los sábados hacía su colada lavando calcetines, calzoncillos y la camiseta interior que ponía a secar delante de la boca del horno después de que hubiesen cocido el pan. Los Bruni le hospedaban igual que hospedaban a cualquiera que llamase a su puerta pidiendo un sitio en el que descansar sus huesos por la noche y un plato de sopa. A cambio, él contaba historias de países lejanos, de asuntos extraordinarios que los campesinos de un pequeño pueblo no habrían podido ni imaginar.

—Dime la verdad, ahora que nos hemos quedado solo nosotros tres: ¿tú crees en lo que decía don Massimino?

—Yo sí lo creo. Y tú también deberías creerlo, Gaetano. Tu hermano es un alma cándida y piensa que todo puede explicarse con simples razonamientos. Se equivoca. Hay muchos acontecimientos inexplicables, hay todo un mundo que nos rodea que no puede verse ni sentirse, pero que existe y puede cambiar nuestra vida de un momento a otro. Y hay fuerzas que es mejor no desafiar.

—Entonces, ¿por qué querías que Floti fuera contigo al Pra’ dei Monti?

—Caminar en plena noche bajo la nieve por el campo hacia un lugar abandonado en el que habita una antiquísima leyenda le habría hecho comprender que estamos rodeados de misterio.

Gaetano no estaba seguro de haber comprendido lo que había querido decirle el paragüero, pero sintió que un escalofrío le recorría el espinazo. Iófa tenía los ojos desencajados por el miedo y Gaetano añadió:

—¿Por qué no duermes esta noche aquí? Mañana me echas una mano para ordeñar y luego desayunamos: huevos y panceta y un vaso de vino joven.

—Sinceramente, con un tiempo de perros como este no digo que no. Hay paja, y está bien seca, y el tabardo es una buena manta. ¿Qué más se puede pedir?

—Entonces, buenas noches —dijo Gaetano y salió.

Apenas se hubo cerrado la puerta, el paragüero reanudó su relato:

—Don Massimino era un hombre nada corriente y yo le conocí la primera vez que pasé por aquí hace varios años. En una ocasión, hacia finales de junio, con los campos llenos de un trigo rubio como el oro y los cerezos que se curvaban bajo el peso de sus frutos rojos y maduros, se fue adensando sobre esta tierra un temporal como nunca se había visto: nubarrones negros como la pez ribeteados de blanco y truenos que rugían en la lejanía no permitían dudar de que caería un granizo del tamaño de un huevo. Una granizada como esa arruinaría el trabajo de todo un año y dejaría a muchas familias sin pan.

Iófa sintió como si el viento del temporal le helase los huesos.

—Don Massimino salió entonces por la puerta principal de la iglesia y la abrió de par en par para que también Jesucristo en el sagrario sintiese el viento helado de la tempestad como cuando estaba clavado desnudo en la cruz. Luego alzó los ojos hacia ese cielo del color de la pez y abrió los brazos como para proteger al pueblo entero. Murmuraba algo, no sé el qué, si oraciones o exorcismos y, con aquel frío, sudaba abundantemente. Las rodillas le temblaban del esfuerzo como si sostuviese el peso de aquellas nubes cargadas de hielo sobre sus frágiles hombros.

»No lo perdió de vista ni un minuto, escondido detrás de una columna del porche. Al final, tras casi una hora de duelo desigual con los elementos, don Massimino se salió con la suya: lentamente el cielo se fue abriendo y mostró un retazo de azul. La tempestad se calmó, el trueno se desvaneció en la lejanía. Lo vi desplomarse desmayado. Cuando volvió en sí me tenía solo a mí a su lado. Consiguió balbucear:

»—De haberme dado por vencido, habría ocurrido un desastre, una catástrofe.

»Y yo no tuve ninguna duda de que estaba diciendo la pura verdad. Ahora comprendo por qué creo firmemente en lo que decía. También cuando hablaba de aquella imagen del demonio: ¡La cabra de oro!

Cuando Gaetano llegó a la puerta de casa y se volvió para mirar el establo, vio que la débil luz de la linterna que la iluminaba de rojo se apagó de golpe.

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2

Al día siguiente, poco antes del amanecer, la nieve se hizo más tenue y ligera y luego fina como polvo. Dejó de caer del todo hacia el final del día. Los hombres se levantaron temprano, cogieron las palas y se pusieron a quitar la nieve para abrir un paso hacia el camino. Iófa ayudó a Gaetano a ordeñar las vacas y luego pudo sentarse a la mesa a tomar el desayuno: huevos y panceta y un trozo de pan tostado en las brasas. Al hombre que había aparecido la noche antes en la taberna de la Bassa no se le vio más por el pueblo, tanto es así que alguno de los que estaban presentes jugando a la brisca comenzó a dudar de haberlo visto verdaderamente y de haber oído sus palabras.

Los niños del pueblo pudieron salir para ir a la escuela solo después de haber pasado el «milano» tirado por tres yuntas de bueyes para abrir las calles. Lo llamaban así porque estaba formado por dos grandes tablas de madera divergentes para volcar la nieve en los márgenes, justo como las alas del milano. Los más pobres no habían desayunado nada e iban de casa en casa pidiendo un trozo de pan de limosna. Llevaban zuecos de madera revestidos de piel de ternera que enseguida se empapaban y luego se encogían y apretaban los pies helados. Los más afortunados recibían algo, otros solo algún improperio o una patada en el trasero. Los niños iban de buena gana a la escuela porque allí había una bonita estufa cerámica Becchi que difundía calor y un olor a madera de encina.

Había añadas magras: heladas tardías en primavera y granizadas de verano habían diezmado las cosechas y desde hacía tiempo ya no estaba don Massimino para batirse a pecho descubierto contra la tempestad. Descansaba en el viejo cementerio, a la sombra de una encina crecida por casualidad de una bellota. En el pueblo se inventaban historias por cualquier suceso y se contaba también una para este.

Don Massimino había vivido en la pobreza durante toda la vida y también en la parroquia. Por más que gozaba de una pingüe prebenda fruto de cinco heredades, no se había permitido nunca nada más que el mínimo necesario y había subdividido el resto entre la diócesis y los pobres. Quiso ser enterrado envuelto en un simple sudario, sin siquiera ataúd, porque con aquel dinero se podría comprar el trigo suficiente para saciar el hambre de una familia durante una semana. Pero el Maligno, derrotado varias veces por él, se había ensañado con el lugar de su última morada. Había hecho crecer en el túmulo ortigas y malas hierbas y una serpiente negra como la pez había anidado en él, de manera que nadie se atrevía a acercarse allí para hacer un poco de limpieza o para depositar un manojo de flores silvestres. Sin embargo, un día una urraca blanquinegra había escondido allí una bellota que no tardó en echar raíces y creció en muy breve tiempo creando una cúpula verde sobre el túmulo. Las malas hierbas y las ortigas murieron, y en su lugar creció una hierbecilla de color esmeralda, fina como pelo del gato. Un gavilán atrapó a la serpiente cuando salía de su nido y la devoró. Todas las primaveras, desde aquel día, la humilde sepultura de don Massimino se cubría de margaritas.

Era una de las muchas historias que la gente se inventaba para consolarse, para hacerse la ilusión de que alguien pensaba en sus momentos de dolor, hambre y desesperación. Las familias más pobres afrontaban el invierno como una maldición divina, en tugurios en los que de noche se helaba hasta el pis de los orinales y de nada servían los rosarios de las mujeres para protegerles del azote del hambre y las enfermedades. Los niños más pequeños se debilitaban porque las madres no tenían leche, y aguantaban, flacos y transparentes, hasta que una fiebre maligna se los llevaba. Las mujeres ya no lloraban. Abrían la ventana para que el alma del pequeño pudiera volar hasta el cielo y murmuraban «Sant paradis» [Bendito paraíso], como queriendo decir que él había terminado de sufrir mientras que ellas no. Para ellas llegarían otros embarazos, otras tribulaciones, otros niños que gritarían de hambre hasta desgañitarse, porque los hombres no renunciaban nunca a eso y no bastaba ya con cerrar los ojos y rezar el rosario para no quedarse embarazadas. Eran casas de braceros, jornaleros que se endeudaban durante el invierno mientras se les fiaba en la tienda, en espera de pagar su deuda con la vuelta de la primavera y la posibilidad de ganarse algún jornal.

Los Bruni vivían en la misma casa y trabajaban la misma finca desde hacía cien años, e incluso quizá desde hacía más tiempo: en el fondo nadie había llevado la cuenta ni recordaba de dónde procedían. No tenían dinero, pero nunca habían pasado hambre: la leche, el queso, los huevos, el pan, el jamón y el salchichón nunca habían faltado, porque el amo estaba en Bolonia, el colono se dejaba ver de Pascuas a Ramos, y los Bruni se quedaban con lo que necesitaban para mantenerse fuertes.

Sin embargo, al empeorar los tiempos también el amo se había vuelto más exigente. El año antes, cuando el viejo Callisto se fue a la ciudad con la yegua y el carro a pasar cuentas, tuvo que oír que le decían que tendría que contentarse con la mitad de trigo y la mitad de maíz, y tal como habían ido las cosas cabía esperar lo mismo para el año que acababa de iniciarse. Por eso continuaba posponiendo el día que tendría que ir a la ciudad. Clerice seguía diciéndole: «Callisto, ¿cuándo irás a pasar cuentas con el amo?». Y él respondía: «Uno de estos días, Clerice, uno de estos días».

Pero ya la harina amarilla y la harina blanca se habían terminado y era preciso que el cabeza de familia enganchase la yegua, se pusiera el traje de pana marrón y la blanca camisa de cáñamo y fuera a ver al notario Barzini. Clerice le despidió en la puerta de entrada con un pañuelo blanco como si partiese para la guerra.

Callisto volvió al atardecer de un humor negro. Se sentó a la mesa y comió con la cara metida en el plato sin decir palabra, hasta que Gaetano decidió romper el silencio:

—Qué, ¿cómo ha ido con el amo?

—Mal —respondió el viejo—, ha dicho que ha sido una mala añada y que tendremos que pasar con gachas de trigo.

—¿Qué? —repuso Gaetano—. Hemos trabajado como bestias un total de seis hombres durante el año, ¿y tiene el coraje de hacernos comer maíz como si fuésemos unas gallinas? Apuesto a que él come plan blanco, él que nunca ha hecho nada. Pero ¿qué demonios de cuentas le ha enseñado?

—Las cuentas de las entradas y las salidas. Dice que arrojan un saldo negativo.

—¿Y usted no le ha dicho nada?

—¿Qué podía decirle yo? Él es instruido y nosotros unos ignorantes. Como dice el refrán, «Lo escrito, escrito está».

—Si le parece, mañana seré yo quien vuelva a ver al amo. Iré con Iófa y su carro y ya verá como vuelvo con el trigo, ¡por los clavos de Cristo!

—Haz lo que quieras —repuso el viejo—, si te ves con ánimos, no digo que no. Lo importante es traer el trigo a casa, pero ya verás como la cosa no va a ser tan fácil.

Se puso de nuevo a comer en silencio su sopa y cuando hubo terminado se levantó y se fue a la cama.

Gaetano era un mocetón cuadrado de hombros y estaba decidido a mantener la palabra dada. A la mañana siguiente, al amanecer, montó en su bicicleta y se fue a casa de Iófa, el carretero. Lo encontró almohazando su caballo y preparándole el pienso.

—Necesito que me hagas un favor —le dijo.

—Hoy imposible, pues tengo que llevar una carga de grava desde el río hasta la carretera provincial para repararla.

—Ya irás mañana. Te necesito ahora y también tu carro.

—¿Y adónde vamos a ir?

—A la ciudad, a ver al notario.

—¿Y qué necesidad hay del carro? ¿Es que no puedes ir en bicicleta, bien vestido como ya andas?

—No. No puedo cargar veinte quintales de trigo en la bicicleta.

—¿Y quién te va a dar veinte quintales de trigo? ¿El amo?

—Sí, él. Le ha dicho a mi padre que tenemos un saldo negativo y que este año tendremos que comer nada más que maíz como las gallinas. Le voy a retorcer el cuello como a un pollo si no me da el trigo. ¿Cómo vamos a trabajar doce, catorce horas al día comiendo gachas de maíz? Qué, ¿vienes o no?

Iófa se lo pensó, hizo unos cálculos, miró el reloj de cebolla que llevaba en el bolsillo, meneó la cabeza y respondió:

—Eres testarudo como una mula, pero somos amigos y no puedo decirte que no. ¿Estás listo tú ya así?

—Pues sí. ¿Por qué lo dices? ¿Es que no estoy presentable?

—Vas pero que muy bien, pareces un figurín. Dame tiempo de enganchar y nos vamos.

Gaetano le ayudó a meter al caballo entre los varales del carro, a enganchar las cinchas y mientras tanto decía:

—No quiero que lo hagas de balde, ¿sabes? Te daré dos celemines de trigo con los que podrás hacer pan para una temporada.

Cuando estuvo todo listo subieron para meterse en la caja e Iófa dio una voz al caballo y se puso al p

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