Trapecio
Está sentada en el fuselaje, atada con cuerdas como una maleta, azotada por el ruido. Media hora antes habían tenido que ayudarla a pasar por la puerta, porque el paracaídas entorpecía tanto sus movimientos que no era capaz de subir la escalerilla por sí misma; ahora se limita a esperar, con el ruido martilleándole en los oídos, con esa luz molesta, rodeada de duro metal e innumerables paquetes.
Ojalá pudiera dormir como Benoît. Está sentado enfrente de ella, con los ojos cerrados, y mece la cabeza al compás del movimiento del aparato. Como un pasajero de un tren. Es una de las cosas que más rabia le dan de él, su capacidad para dormir donde quiera y cuando le plazca.
El despachador (joven, torpe, con una nuez prominente y el pelo lacio) se acerca a trompicones hasta ella por entre los bártulos. Parece una especie de Caronte, que acompaña a las almas de los muertos hasta el Hades. A su padre le encantaría ese pensamiento. Sus alusiones clásicas. «Ilusiones», las llamaba ella siempre. El aviador le sonríe con aire morboso y se inclina para abrir la compuerta del suelo; ese gesto libera la noche y el frío, que entran en el fuselaje como el agua que se apresura a colarse por una fuga inesperada. Al mirar hacia abajo la chica ve los edificios apiñados de un pueblo que se suceden en la superficie, emborronados por nubes e iluminados por la luna, un lecho marino misterioso sobre el que flota su vehículo. Benoît abre un ojo para ver qué se cuece, le dedica una sonrisa rápida y continúa durmiendo.
—¡Ahí está Caen! —grita el despachador por encima del ruido. Y empieza a arrojar paquetes de papel a la negrura, como un repartidor frenético que tirara periódicos a los suscriptores en la oscuridad de una mañana de invierno. Los paquetes revientan mientras caen al vacío. El chico sacude una de las octavillas delante de ella para que lea las noticias.
Pone: «La Revue du Monde Libre, apportée par la RAF».
—¡BAH! ¡LOS FRANCHUTES LO USAN PARA LIMPIARSE EL CULO! —grita—. PERO ASÍ JERRY PIENSA QUE POR ESO ESTAMOS AQUÍ. NOS DA UNA COARTADA, ¿LO ENTIENDE? NO QUEREMOS QUE PIENSEN QUE VAMOS A LANZAR A ALGUIEN COMO USTED.
Ella sonríe. «Alguien como usted.» Pero ¿exactamente quién?
Marian.
Alice.
Anne-Marie Laroche.
Un paquete que hay que repartir, como un taco de octavillas.
Sin previo aviso, el aparato empieza a caer en picado, como un barco azotado por las olas.
—¡FUEGO ANTIAÉREO! —grita el despachador al ver la cara de sorpresa de ella. Sonríe, como si un ataque antiaéreo no fuera nada, y en realidad no se oye nada por encima del torpedeo de los motores, ningún estallido de obuses, ningún indicio de que intenten matarlos desde abajo, nada más que esa caída en picado y el acelerón.
—¡ENSEGUIDA NOS LIBRAMOS!
Y es cierto: enseguida se libran y el avión continúa atronando, con la compuerta ya cerrada, surcando aguas más tranquilas.
Más tarde, el joven les da a Benoît y a ella un termo de té y bocadillos. Benoît engulle el suyo muerto de hambre.
—Come, mon p’tit chat —le dice.
Pero ella no puede comer, por la misma razón por la que no pudo comer en el piso franco antes de que los llevaran al campo de aviación, esa opresión lenta, como un nudo, en los músculos del estómago, que se había ido tensando en sus entrañas desde el momento en que Vera había dicho: «TRAPECIO está previsto para la próxima luna. Si el tiempo acompaña, claro». Entonces fue cuando empezó el dolor, un calambre sordo como los dolores de regla, cuando no tenía que llegarle la regla ni nada parecido.
—¿Está bien? —le preguntó Vera mientras realizaban los últimos preparativos en el campo de aviación. Tenía la misma actitud que una enfermera cuando habla con un paciente: preocupada, pero manteniendo cierta distancia, como si esto no fuera más que una de tantas tareas que debe completar antes de dirigirse a la siguiente camilla.
—Por supuesto que estoy bien.
—La veo pálida.
—Es el maldito clima inglés.
Y ahora es culpa del clima francés, que zarandea el avión mientras se abre camino a través de la noche. Después de terminarse el té, consigue dormir; mejor dicho, consigue dar alguna cabezada incómoda, más parecida a la de un enfermo que pierde y recupera la conciencia que a un verdadero descanso. Y luego vuelve a despertarse, con el aviador que le sacude el hombro y le grita al oído:
—¡YA CASI HEMOS LLEGADO, GUAPA! ¡PREPÁRESE!
«Guapa.» Le gusta. Una palabra cariñosa. La compuerta del suelo se abre otra vez y cuando se asoma para mirar ve algo nuevo, campos pálidos y bosques oscuros que se suceden a toda velocidad por debajo del avión, casi tan próximos que podría tocarlos. «La vasta campiña francesa», solía decir su padre. Ahora Benoît está completamente despierto y alerta, se da golpecitos en los bolsillos para asegurarse de que tiene todo preparado, sube las cremalleras, comprueba el equipo.
El avión se inclina, gira trazando un círculo amplio, los motores atruenan. La chica se imagina al piloto en la cabina, buscando sin parar, esforzándose por ver el discreto resplandor de una linterna que significa que los esperan ahí, en la oscuridad. Un foco se enciende en el techo del fuselaje, un único ojo rojo que no parpadea. El despachador levanta el pulgar.
—¡LO HA ENCONTRADO!
Hay un punto de admiración y de triunfo en su grito, como si eso demostrara qué hazañas es capaz de realizar su tripulación: avanzar hasta allí en la oscuridad, a ochocientas millas de casa, para encontrar un puntito de luz del tamaño de un alfiler en un mundo negro. Asegura la cuerda fija de los paracaídas a la barra del techo del fuselaje y comprueba dos veces que los cierres de los arneses estén bien. El avión pasa una vez por encima de la zona de lanzamiento, y a la chica le llega el sonido de los contenedores que salen despedidos del compartimento de las bombas y ve cómo relucen mientras caen y sus tapas aletean al abrirse. Entonces el aparato fuerza los motores, da media vuelta y recupera la estabilidad para emprender una segunda ronda.
—¡LES TOCA YA! —chilla el aviador dirigiéndose a los dos.
—Merde alors! —masculla Benoît mirando a Marian, y sonríe.
La pone furiosa verlo tan despreocupado, como si esto fuera el orden lógico de los acontecimientos, como si la gente tuviera por costumbre lanzarse de un avión sobre un campo desconocido en mitad de la noche.
Merde alors!
Se sienta con los pies colgando por la abertura, en la estela, como si se sentara en una piedra con los pies dentro del agua, mientras la corriente los arrastra. Benoît está justo detrás de ella. Lo nota contra el bulto de su paracaídas, como si el mismo equipo se hubiera convertido en una extensión con sensibilidad de su propio cuerpo. Reza una oración, una oración infantil rescatada de sus recuerdos de niña, pero a pesar de todo una oración y, por lo tanto, una muestra de debilidad: Por favor, Dios, cuida de mí. Cosa que tal vez signifique: Padre, cuide de mí, o maman, cuide de mí. Pero, signifique lo que signifique, ahora no quiere sentir ningún atisbo de debilidad, no en este momento de liberación, con la estela del avión pasando apresurada por sus pies y con el vacío debajo, mientras el despachador asiente con la cabeza con la intención de inspirarle confianza, pero solo consigue evocar el horror de la superstición, porque nunca hay que felicitarse, nunca hay que aplaudir, ni siquiera hay que desearle buena suerte a nadie. Merde alors! Eso es lo único que había que decir. Merde alors!, piensa, otro tipo de rezo, mientras la lucecita roja se apaga tras un parpadeo y se enciende la luz verde y el despachador grita:
—¡YA!
Y le pone la mano en la espalda y la empuja, la expulsa de la austera comodidad del fuselaje para zambullirla en la furiosa oscuridad de Francia.
Londres
I
Se apellidaba Potter, aunque supuso que era un apellido inventado. Tenía una voz quejumbrosa y monótona, y una actitud distante, como si en realidad tal vez la chica no cumpliera los requisitos que buscaba pero hubiera decidido reunirse con ella de todas formas, por educación.
—Gracias por haberse desplazado hasta aquí —le dijo—. Y por robarle tiempo a su trabajo. Siéntase como en casa, por favor.
La exhortación parecía imposible de cumplir: la habitación había sido despojada de prácticamente todo. Había un espacio vacío donde quizá hubiera habido una cama (había un cabecero sujeto a la pared y dos estanterías pequeñas que podrían haber servido de mesitas de noche), pero, aparte de eso, los únicos muebles eran una mesa y dos sillas. Una bombilla pelada colgaba del techo.
Se sentó, ni hacia delante en el borde de la silla ni apoyada en el respaldo como si estuviera en el salón de su casa, ni una cosa ni la otra, sino recta, relajada pero expectante, mientras Potter tomaba asiento enfrente de ella y le sonreía de forma benévola. Era un hombre de aspecto anodino, de los que su padre llamaba de tipo director de banco. Salvo porque los directores de banco siempre tenían bigote y llevaban traje oscuro; en cambio, este hombre iba bien afeitado y vestía una americana de tweed con chaleco. Un director de colegio, se dijo. Un director de colegio a punto de hablar con un estudiante difícil, la clase de director que hace preguntas en lugar de dar lecciones. De los que dejan que el alumno se haga un lío él solo. El método socrático.
—Bueno, supongo que se estará preguntando por qué la he invitado a venir…
En su carta le había pedido que no se presentara de uniforme. En ese momento le había parecido extraño, incluso un poco peculiar. ¿Por qué no ir de uniforme, cuando absolutamente todo el mundo iba de uniforme, maldita sea? Por eso había elegido ropa sencilla y de aire profesional: falda y chaqueta azul marino con una blusa blanca, y el único par de zapatos decentes que había conseguido llevarse de Ginebra. Había procurado no ponérselos mucho durante el último par de años. Eran demasiado valiosos. Y medias de seda, se había puesto medias de seda. Su último par.
—En su carta mencionaba algo sobre el francés. A propósito de mi facilidad para los idiomas.
—Exacto. Peut-être… —Potter hizo una pausa y sonrió con desprecio—. Peut-être nous devrions parler français?
Tenía un leve acento inglés y cierto acartonamiento en la expresión, como si empleara el idioma de forma consciente en lugar de con naturalidad. Pero se le daba bastante bien. La chica se encogió de hombros y siguió su ejemplo, cambiando de una lengua a otra con la extraña facilidad que poseía y que su padre no lograría adquirir nunca. «Lo que pasa, papa —le aclaró una vez—, es que para usted son dos idiomas. Para mí no. Para mí son un único idioma. Simplemente utilizo las partes que son más adecuadas en cada situación.» Así pues, el resto de la conversación, una conversación muy cautelosa y evasiva, fue en francés, Potter con sus rígidas formalidades y Marian con su ágil repertorio de coloquialismos.
—Debo insistir desde el principio —le advirtió el hombre— en que el trabajo tendría una naturaleza más que secreta. Todo lo relacionado con él, incluso nuestra reunión de hoy, debe ser absolutamente confidencial. Todo se rige por la Ley de Secretos Oficiales. Me comprende, ¿verdad? Creo que ya ha firmado el acuerdo porque trabaja en la WAAF. Pero nos gustaría estar seguros.
Así pues, firmó de nuevo el formulario, una pequeña ceremonia solemne, como un matrimonio por lo civil, para la cual el señor Potter le prestó su pluma estilográfica y luego esperó de manera reverencial a que se secara la tinta.
—Bueno, hábleme un poco de usted, señorita Sutro. El apellido, por ejemplo. No es judío, ¿verdad?
—¿Sutro? Tal vez lo fuera en un principio, no lo sé. Mi padre pertenece a la Iglesia anglicana y su padre incluso fue vicario. Cosa que provocó algunas dificultades cuando papa se casó con mi madre, porque ella es católica. Y así es como nos educaron: en el catolicismo.
—Todo eso parece de lo más normal. Pero hay que asegurarse.
—¿De que no soy judía? ¿No aceptan a los judíos?
—Tenemos que asegurarnos de que las personas de…, eh, de orígenes judíos son plenamente conscientes de los riesgos.
—¿De qué riesgos?
Notó un leve temblor de impaciencia en la voz del hombre.
—Creo que será mejor que yo haga las preguntas, señorita Sutro. Me gustaría saber cómo adquirió la fluidez con el idioma.
Ella se encogió de hombros.
—No «adquirí» ninguna fluidez con el idioma. Simplemente aprendí a hablar, como todo el mundo. Solo que resultó ser en francés. Mi madre es francesa. Vivíamos en Ginebra.
—Pero también habla un inglés excelente.
—Es por mi padre, claro. Y en la escuela hablábamos inglés además de francés. Era un colegio internacional. Y luego pasé tres años interna en Inglaterra.
—¿Qué hacía su padre en Ginebra?
—Trabajaba para la Liga de las Naciones. —Hizo una pausa y preguntó con ironía—: ¿Se acuerda de la Liga de las Naciones, señor Potter?
II
En la segunda reunión, el hombre puso las cartas sobre la mesa. La expresión era suya. Se reunieron igual que la vez anterior: el mismo lugar (un edificio anónimo de Northumberland Avenue que antaño había sido un hotel), la misma habitación, las mismas dos sillas y la mesa desnuda y la bombilla pelada en el techo; pero esta vez ella aceptó un cigarrillo cuando él se lo ofreció. No se consideraba fumadora, pero trabajar en el Centro de Operaciones de Bentley Priory, sobre todo por las noches, te convertía en fumador; además, tener un cigarrillo entre los dedos la hacía parecer mayor, y en cierto modo quería parecer mayor a ojos de ese hombre, a pesar de que él sabía su verdadera edad y no podía engañarlo.
—¿Qué le pareció nuestro primer encuentro? —le preguntó.
La chica se encogió de hombros.
—En realidad no me contó nada muy concreto. La Oficina de Investigación de Servicios Internos podría ser cualquier cosa.
Él asintió. Era cierto, podía ser cualquier cosa.
—En esa reunión me habló, con bastante elocuencia, diría yo, de su amor por Francia, de que le gustaría hacer algo por el país de forma más directa.
—Era solo por eso, ¿no? Por mi idioma.
—Más o menos. —La miró con fijeza y la observó con una expresión que era casi triste—. Marian, ¿estaría dispuesta a abandonar este país con el fin de cumplir la misión?
—¿Viajar al extranjero? Por supuesto. ¿A Argelia o algo así?
—En realidad, me refería a la propia Francia.
Se produjo una pausa. Podía dar la impresión de que no lo había entendido.
—¿Habla en serio, señor Potter?
—Por supuesto que hablo en serio. La organización que represento instruye a personas para que trabajen en Francia.
La chica esperó, inspiró el humo del cigarrillo, decidida a que él no notara ningún cambio en su actitud. Pero sí que hubo un cambio, una sacudida de emoción justo detrás de las costillas.
—Me gustaría ser franco con usted, Marian. Quiero poner las cartas sobre la mesa. Se trataría de una misión arriesgada. Correría peligro de muerte. Pero tendría una repercusión enorme en los esfuerzos bélicos. Quiero que se plantee la posibilidad de hacer algo así.
Dio la impresión de que la chica sopesaba la propuesta, pero en realidad se había decidido hacía mucho, antes incluso de que empezara esta segunda entrevista, cuando había intuido que algo extraordinario podía estar a punto de ocurrirle.
—Me encantaría —contestó.
Potter sonrió. Su expresión estaba desprovista de todo sentido del humor; era la sonrisa cansada de un hombre que trata con niños demasiado entusiastas.
—No quiero que me responda ahora mismo. Quiero que se retire y lo piense. Tendrá una semana de vacaciones…
—¿Una semana de «vacaciones»? —Un permiso para ausentarse del Centro de Operaciones era casi imposible de conseguir.
Asintió.
—Tendrá una semana de vacaciones. Vaya a casa y piénselo. Háblelo con su padre. Lo único que puede decirle es que es posible que la envíen al extranjero para una misión secreta, y que podría correr peligro. Si usted acepta, irá a una unidad que determinará con mayor exactitud cuál es su potencial para este trabajo en concreto. Puede ocurrir que decidan que mi apreciación sobre sus capacidades era errónea y digan que no es apta para la labor que desempeñamos. En ese caso, después de dar el parte pertinente, regresará a sus obligaciones normales y nadie se enterará de nada. Si la unidad de evaluación decide que continúe con la instrucción, entonces empezará su labor en serio. El entrenamiento puede durar meses antes de que pase al campo de batalla.
—Suena fascinante.
—No estoy seguro de que esa sea la palabra que yo emplearía. Debe advertirles a sus padres que, si acepta esta misión, a todos los efectos y en todos los sentidos, desaparecerá de sus vidas hasta que haya terminado. Aunque la organización se pondrá en contacto con su familia en nombre de usted para informarles de que se encuentra bien, no tendrá contacto directo con ellos y ellos no recibirán información concreta sobre su paradero. Debe decirles a amigos y parientes que la destinan al extranjero. Nada más. ¿Me ha comprendido?
—Creo que sí. —Hizo una pausa y miró fijamente a la cara a ese hombre con su solemne semblante de director de colegio—. ¿Cuáles son los riesgos?
Él tomó aire, como si se preparase para dictar un veredicto.
—Calculamos (pero no es más que un cálculo aproximado) que las probabilidades de sobrevivir son del cincuenta por ciento.
—¿El cincuenta por ciento?
Parecía absurdo. Como lanzar una moneda al aire. ¿Cómo no iba a sentir miedo? Pero era el mismo miedo que había sentido cuando su tío la había llevado de escalada, ese miedo casi reverencial al espacio que había bajo sus pies, un miedo que prácticamente rozaba el júbilo. Le entraron ganas de hacer un gesto grandilocuente, de reírse de felicidad y exclamar: «¡Sí!», incluso de saltar de la silla y arrojar los brazos sobre ese desconocido con sus alarmantes presagios de mal agüero. En lugar de eso, asintió pensativa.
—Y ¿qué ocurre con mi unidad?
—No tiene por qué regresar a su unidad. Si decide continuar, alguien recogerá sus pertenencias por usted e informará a sus compañeras de que la han cambiado de puesto. Debo insistir en que no debe contarle nada a nadie. Ni primos, ni tíos, ni novios. ¿Tiene novio?
Bajó la mirada a las manos, que descansaban pasivas en el regazo. ¿Contaba Clément? ¿Cuándo se transforma un capricho adolescente en una relación adulta?
—Había una persona en Francia. Solíamos escribirnos, pero desde la invasión…
—Bueno, eso está bien. Me temo que debe romper toda esa clase de vínculos. Nada de explicaciones ni despedidas. Su hermano… Si no me equivoco, tiene una ocupación exenta…
—¿Ned? Es científico. Físico.
—No debe saber nada, absolutamente nada. Cuando reciba la llamada, limítese a seguir las instrucciones y diríjase al Comité de Evaluación de Estudiantes. Pasará allí cuatro días, durante los cuales realizará varias pruebas para ver si se ajusta al tipo de persona que buscamos.
—Parece una ejecución. La enviarán de este tribunal al lugar de la ejecución y allí la colgarán del cuello…
—El asunto no admite bromas, Marian —dijo—. Es tan serio como la muerte.
Ella le sonrió. Tenía una sonrisa cautivadora y lo sabía. Su padre siempre se lo decía.
—No estoy segura de haberlo dicho en broma, señor Potter.
Salió del edificio, pasó por delante de los sacos terreros y los centinelas y se adentró en la luz brillante de Northumberland Avenue. ¿Alguien se habría fijado en ella? Esperaba que sí. Esperaba parecer extraordinaria a ojos de los peatones anónimos: radiante, aventurera, valiente. Iba a ir a Francia. ¿Cómo debían de organizar esos asuntos? ¿Llegaría a la costa en barco? ¿O cruzaría a pie la frontera con Suiza? ¿O aterrizaría en un avión ultraligero? Fuera como fuese, iba a ir a Francia. Cruzó la calle y se acercó al muro de contención del río para observar el Támesis. La marea estaba baja y las gaviotas picoteaban el lodo: gaviotas que reían y lloraban. Quería reír y llorar con ellas: con alegría y con un tipo de miedo sobrecogedor. Los trenes traqueteaban por el puente que tenía sobre la cabeza. La gente emergía de las sombras de la estación de metro y parpadeaba varias veces ante la luz del sol, igual que ella parpadeaba ante la luz potente de su nueva vida. Tal vez el siguiente río que viera fuese el Sena. ¡Qué fabuloso! Marian Sutro, con un nombre falso (Colette, se imaginó), podría estar dentro de poco a orillas del Sena, junto al Pont Neuf, contemplando al otro lado del agua, más allá de l’Île de la Cité, el Louvre a lo lejos. A su alrededor, los habitantes de París se preguntarían si los británicos irían a rescatarlos de su miseria, y cuándo lo harían, sin saber que en realidad ya estaban allí, contenidos en la modesta presencia de la chica.
III
—Valoramos mucho que se haya prestado voluntaria —dijo el hombre alto.
Llevaba uniforme de teniente coronel y, al parecer, estaba al mando. Por la ventana que él tenía detrás, la chica vio los árboles del centro de la plaza. El sonido amortiguado del tráfico se colaba por el cristal. El lugar se llamaba Orchard Court y no estaba claro si se trataba de una vivienda o de un conjunto de oficinas. Más bien parecía un extraño híbrido de las dos cosas: a través de una puerta abierta se entreveía un dormitorio con la cama hecha y un cuarto de baño de baldosas blancas y negras con un bidet de ónix, pero otras de las salas eran claramente despachos, con aburridos escritorios, sillas y muebles archivadores de color gris plomo.
Buckmaster, así se hacía llamar el hombre, como el modelo de cuchillos de supervivencia. Saltaba a la vista que era un nom de guerre. Nadie podía llamarse en serio Buckmaster. Parecía sacado de una novela de misterio de John Buchan, del libro bélico Mr. Standfast, por ejemplo.
—Me he tomado la libertad de escribir a su padre personalmente —le anunció—, por tratarse de una chica tan joven y tal. He intentado convencerle de que cuidaremos de usted lo mejor que podamos, pero dudo que haya conseguido ponerle una venda en los ojos. Me refiero a que seguro que su padre sabe que este tipo de misiones son peliagudas.
El hombre asintió con aire lúgubre. Se notaba que estaba repitiendo la palabra mentalmente. «Peliagudas.» Tenía cierto sabor antiguo y pintoresco. Decisión peliaguda… Su nom de guerre parecía más dinámico que el hombre en sí: estaba medio calvo, tenía la barbilla hundida y labios femeninos. Transmitía algo que no inspiraba confianza.
—¿Podría decirme cuál es el verdadero nombre de la organización? —preguntó Marian.
El hombre se quedó desconcertado.
—En realidad, aquí no hacemos demasiadas preguntas.
—Lo siento —dijo Marian—, pero pensaba que merecía saberlo.
—No, no se disculpe. Es más que comprensible. Pero preferimos que sea así. Cuanto menos sepamos el uno del otro, mejor. —Le sonrió—. Aunque, claro, nosotros sabemos muchas cosas de usted, pero es preciso, ¿no cree? Mientras que usted no precisa saber mucho sobre nosotros. Es el principio de «lo que es preciso», ¿me entiende?
¿Le entendía? No mucho. Le parecía ridículo tener un nombre para luego mantenerlo en secreto.
—Bueno, no quiero entretenerla más. Ahora que ya nos conocemos, creo que ha llegado el momento de dejarla con la señorita Atkins.
La señorita Atkins era una mujer elegante con una expresión levemente altanera. Invitó a Marian a sentarse, le ofreció una taza de té y galletas y la examinó con aire de distante curiosidad, como si la evaluara para el puesto de fregona o sirvienta. Si el alto coronel era el rey de este mundo tan particular, entonces esa mujer era sin duda la reina.
—Es muy joven —observó—. Puede que sea una de las reclutas más jóvenes que hayamos tenido.
Su voz resultaba poco natural, tenía algo forzado y falso, como si se esforzase por pronunciar con cuidado sílabas que no le salían con naturalidad sino que había aprendido para la ocasión.
—Los miembros del Comité de Evaluación de Estudiantes opinaban que era usted demasiado inmadura para lo que queremos proponerle. Sin embargo, el coronel Buckmaster y yo hemos decidido prescindir de su dictamen y recomendar que realice la instrucción. Así pues, vigilaremos sus progresos muy de cerca y con sumo interés.
—Hace que parezca el colegio.
—Es que se parece al colegio. Y tiene usted muchas cosas que aprender.
—¿Cuándo empezaré?
—Inmediatamente. En primer lugar, está su puesto en la WAAF. Nos gusta que nuestra gente tenga un cargo. Les da más estatus en Francia. Vamos a ascenderla de forma inmediata a oficial de Sección en funciones.
—¡Oficial!
—Exacto. Sin embargo, por diversos motivos en los que no entraré, nos gusta que todas nuestras chicas se apunten al FANY.
—¿El FANY? ¿Y puede saberse qué es el FANY?
—Es la Unidad de Enfermería y Primeros Auxilios. Tendrá el rango de alférez y, por supuesto, llevará el uniforme…
—Pero si estoy en la WAAF. Acaba de decir que van a ascenderme a oficial.
Atkins dio unos golpecitos con el dedo en el escritorio, como si quisiera pedir silencio en una reunión.
—No es más que un cargo honorífico. Conlleva un sueldo que le pagaremos como procede, y cierto estatus cuando esté en el campo de batalla. Pero mientras esté con nosotros será una FANY. Así es como hacemos aquí las cosas. ¿Me he explicado bien? Debe equiparse con el uniforme inmediatamente.
Hizo una pausa y miró de arriba abajo a la chica que tenía delante.
—Es mi deber recordarle que todo lo que ocurra de ahora en adelante, es más, todo lo que ha ocurrido desde su primera reunión con el señor Potter, se rige por la Ley de Secretos Oficiales. Entiende lo que eso significa, ¿verdad? Su instrucción, por ejemplo. Adónde va y qué ve y qué hace cuando llega allí. Todo. Sé que ya ha realizado acciones secretas en la WAAF, pero no puede decirse que sea lo mismo. Los secretos del Centro de Operaciones están claramente circunscritos, pero ninguna parte de nuestro trabajo está definida de ese modo. De ahora en adelante no se trata de que su trabajo sea secreto; toda su vida pasa a ser secreta. Esto la obliga a valorar la situación en todo momento. Debe aprender a decir lo suficiente para aplacar la curiosidad de las personas sin llegar a decir nada que la despierte. ¿Entendido? Tiene que parecer aburrida y poco interesante. Se requiere una habilidad muy particular.
—Seguro que me las arreglaré.
—Sugiero que le diga a la gente que está realizando cursos de formación para ejercer labores de enlace, con el fin de que la envíen al extranjero. Argelia es el lugar más evidente, teniendo en cuenta su dominio del francés. Puede dar pistas en esa dirección, pero no hace falta que lo diga de manera explícita. Nos gusta que nuestros reclutas aprendan a hablar con naturalidad y sin decir nada. Puede empezar a practicar ahora mismo. Y debo advertirle que habrá personas que me informen de lo que hace y que me digan qué tal se le da ese tipo de cosas. La estaremos vigilando en todo momento para ver cómo se comporta. ¿Le han quedado claras mis palabras? No todo el mundo posee las cualidades que buscamos, y muchos fracasan durante el periodo de instrucción. Ha de comprender que el fracaso no debe verse como un desprestigio personal; simplemente es signo de que alguien no tiene las cualidades que buscamos. Y buscamos dones muy particulares, Marian, repito, muy pero que muy particulares.
Lo de los dones particulares le sonó a «amistades particulares», esas relaciones que se aproximaban al límite del pecado y que despertaban el miedo de las monjas.
—De hecho —añadió la señorita Atkins con una expresión levemente reprobatoria—, algunas de las cualidades que buscamos no tienen por qué ser del todo admirables.
IV
El hotel que le adjudicaron estaba en un estrecho callejón sin salida, escondido detrás de Regent Street. Muchos de los clientes parecían habituales y el recepcionista daba la impresión de conocerlos a todos por el nombre.
—Buenas noches, señorita —la saludó en cuanto entró por la puerta giratoria—. Confío en que tenga una agradable estancia.
Y su expresión insinuaba que, a pesar de todas las advertencias sobre el secretismo de la operación, era plenamente consciente de lo que escondía esa joven con su maleta desgastada y su sencillo traje gris.
La chica subió a la habitación, colgó la ropa en el armario y tiró el uniforme nuevo encima de la cama. Era un modelo feo de lana barathea en color caqui. «FANY», ponía en los distintivos de los hombros. Un nombre ridículo, capaz de sacarle los colores. El uniforme permaneció inerte sobre la cama, un cadáver arrastrado hasta su vida, algo que tendría que explicar la próxima vez que fuera a casa. Le pareció una bobada. Ya estaba en la WAAF y, por el amor de Dios, ahora insistían también en que formara parte de ese cuerpo tan peculiar con el acrónimo vergonzoso. Fueran quienes fuesen —la Oficina de Investigación de Servicios Internos, se hacían llamar—, le daba la sensación de que eran capaces de hacer cualquier cosa que se les antojara.
Paseó la mirada por la habitación de forma indecisa. ¿Qué debía hacer? Era tempranísimo para ir a casa de Ned. Lo había llamado por teléfono para decirle que pasaría un par de días tontos en Londres y él la había invitado a cenar. Ahora tendría que justificar por qué estaba en Londres, cosa que sería un poco incómoda. No dé explicaciones, le habían dicho ellos.
«Ellos.» No tenía otra palabra para denominar al extraño coronel Buckmaster, la impasible señorita Atkins y sus diversos subordinados. Tal vez la estaban observando en ese preciso momento para ver cómo se comportaba. La idea la divertía y la asustaba a la vez. Contempló la habitación abarrotada, con su armario recargado y el sillón demasiado mullido y la cama enorme. ¿Micrófonos camuflados? ¿Cámaras ocultas? Se plantó delante del espejo de la puerta del armario y se contempló. ¿Qué verían ellos? ¿A Marian Sutro o a Marianne Sutrô? ¿Dónde recaería el acento de las dos palabras? ¿Y qué iba a ocurrir con ese ser curioso e híbrido?
Sin apartarse de delante del espejo, se desvistió y arrojó las prendas encima de la cama para dejar de ser la joven adulta segura de sí misma que podían ver los demás y convertirse en la niña tímida que solo ella conocía, ingenua, pálida, con extremidades y caderas sosas y unos pechos pequeños, puntiagudos pero sin despuntar. ¿Qué se podía hacer con esa criatura que no se había acostado con nadie, que nunca se había alojado sola en un hotel, que nunca había ido a un bar sin compañía? Y, sin embargo, ahí estaba, en su propia ciudad, gris y maltratada, a punto de empezar una especie de entrenamiento que la prepararía para viajar a Francia. ¿Había algo menos verosímil?
Abrió la puerta del armario y apartó a la joven Marian. Sacó el vestido de fiesta y se lo pegó al cuerpo. Tenía una elegancia que ya era imposible encontrar en Londres; o tal vez nunca había sido posible encontrarla allí, ni siquiera antes de la guerra, porque se había comprado el vestido en Ginebra, confeccionado por un sastre que siempre tenía los últimos modelos de París. Lo había mimado con dulzura durante la precipitada huida de la familia desde Suiza hasta Francia, y después, durante los agotadores meses de exilio en Inglaterra. Solo una vez lo había lucido, en un baile al que la había llevado uno de los oficiales de Stanmore. El joven le había dicho que le gustaba mucho y había acabado intentando despojarla del vestido en el asiento trasero de su coche. Era un desperdicio ponérselo para quedar con Ned, pero por lo menos no se repetiría esa situación tan bochornosa.
Se lavó, se vistió y se recogió el pelo: Clément siempre le decía que parecía mayor con el pelo así. Después se maquilló (algo aún poco habitual, aún demasiado atrevido), cogió el abrigo y se dirigió con cautela escaleras abajo. El bar era un reducto de humo y ruido y carcajadas masculinas, el burdo estrépito de los ingleses en su elemento. Uno o dos hombres se la quedaron mirando cuando pasó por delante de ellos hasta encontrar un asiento en un rincón, pero en general no le hicieron caso. En esa época ya no llamaba la atención ver a una mujer sola en un bar. Pidió un gin-tonic y echó un vistazo al local. Los hombres superaban a las mujeres en una proporción de tres o cuatro a una. Todos ellos eran oficiales. Aunque, claro, ahora ella al parecer también era oficial, además de una FANY. A saber qué significaba eso en el complicado mundo del protocolo británico.
—¿Puedo sentarme a su lado?
Miró a su alrededor. Todas las demás personas del bar parecían beber cerveza o ginebra, pero el hombre sostenía una copa de vino tinto en la mano derecha y un taburete en la otra, y su acento era inconfundiblemente francés. Un pitillo encendido subía y bajaba entre sus labios.
—Está sola y, en mi opinión, es la mujer más hermosa del lugar…
Ella se encogió de hombros y volvió la cabeza hacia la puerta, como si esperase a alguien. El francés se sentó. Era joven, parecía de la misma edad que ella, y bastante apuesto, con un porte informal y fresco, el tipo de chico que podría haber visto en Grenoble, cuando su prima y ella salían por las noches y, entre risitas y susurros compartidos en los bares, fingían ser mayores de lo que eran.
—¿Le apetece fumar? —Le ofreció un cigarrillo de un paquete arrugadísimo. No era de la exquisita marca Senior Service ni mucho menos. Era tabaco Caporal. Negó con la cabeza. Él se encogió de hombros—. Me llamo Benoît. ¿Me dice cómo se llama usted?
Ella dudó cómo contestar a esa pregunta. Al fin y al cabo, si decía su nombre, ¿cómo lo pronunciaba? ¿Era Marian o Marianne? Era un asunto delicado. La gente se iba agolpando a su alrededor, y en cierto modo se sintió vinculada a ese chico francés al que no conocía. ¿De dónde había salido? ¿Qué hacía allí? ¿Qué lugar ocupaba en esa ciudad ruidosa, derruida e indomable? Alguien la rozó al pasar, le pidió perdón y luego trastabilló entre la multitud. Y ella se preguntó si alguien habría mandado a ese francés para que le tendiera una trampa y le sonsacara algo.
—Me llamo Anne-Marie —dijo al final por decir algo.
—Ah, Anne-Marie. Un nombre precioso.
—No es más que un nombre. Un nombre como otro cualquiera.
Él dio un sorbo al vino e hizo una mueca.
—Pourquoi toutes ces gonzesses anglaises sont glaciales? —se preguntó en voz baja.
—¿Perdone?
—¿Sabe francés?
Ella vaciló cuando ya estaba a punto de confesar.
—«Glacial», he entendido «glacial». ¿A qué se refiere con «glacial»?
Él hizo otra mueca.
—El verano inglés es glacial. L’été glacial, eso he dicho. No hablo muy bien inglés. Mire, usted está aquí sola. Yo estoy aquí solo. ¿Por qué no hablamos? ¿Tomamos algo juntos? Buena idea, ¿no? Le cuento mi vida.
Marian reflexionó. Le gustaba la idea de ser glacial. Le daba ciertas esperanzas contra la posibilidad de que la considerasen una fresca. O una conejita, por el amor de Dios. Contuvo la risa.
—No tengo tiempo de escuchar toda su vida. He quedado para cenar. Puede contarme qué hace en Londres.
Cogió el cigarrillo.
—Huyo de Francia.
—¿Huye? Es asombroso. ¿Escapó nadando?
Él se echó a reír. Tenía una risa contagiosa. Sus modales eran arrogantes, de una arrogancia insufrible, pero su risa era como la de un niño.
—Enero no es muy buen mes para nadar. Estoy en París, así que voy al sur y cruzo los Pyrénées hasta España. Con un amigo. Subimos por la nieve y, luego, llegamos a la frontera y nos meten en la cárcel. —Puso cara de menosprecio—. No pinta muy bien. Pero luego nos sueltan porque armamos mucho jaleo. Entonces vamos a Algérie, y aquí estamos. —Sonrió, como si fuera un truco fantástico que hubiera realizado ante el público, una fuga digna del gran Houdini—. Y ahora regreso a luchar contra les frisés.
—¿Dónde está su amigo?
—¿Mi amigo?
—Ha dicho que había venido con un amigo.
—Ah, él. —Sacudió una mano en el aire con vaguedad—. Ha salido a bailar con alguien y yo no voy. ¿Quiere ir a bailar? Podemos ir a buscarlo.
—Me temo que no. He quedado para cenar con mi hermano.
—¿Su hermano? No tiene novio, ¿eh?
—No es asunto suyo si tengo novio o no.
El joven asintió, con la cara envuelta en el humo acre de su Caporal.
—No tiene novio. Si quiere, puedo ser su novio.
—No me parece muy apropiado.
—¿Apropiado?
—No sería buena idea.
Se quedó cabizbajo, como un niño decepcionado. Seguro que la historia de la huida de Francia era pura invención. Y, aun con todo, ahí estaba, un chico francés en la parte más bulliciosa de la ciudad, entre los uniformes de una docena de naciones. De algún modo tenía que haber llegado hasta allí.
—Mire —dijo mientras dejaba el cigarrillo en el borde de la mesa—. Le propongo un juego, ¿de acuerdo? Si gano, viene conmigo a bailar. Si pierdo, va a ver a su hermano.
—Tengo que ir a ver a mi hermano tanto si pierdo como si gano.
—Es un juego muy fácil. —Metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita de cerillas—. Se lo enseño.
—De verdad, no quiero…
—Se lo enseño de todas formas. —Empezó a colocar las cerillas en distintas filas sobre la mesa, entre los dos: una fila de tres, una fila de cuatro y otra de cinco—. Ahora coja todas las que quiera de una fila. Luego me toca a mí. Yo cojo de una fila, igual que usted. Luego le toca otra vez, y así todo el rato. La persona que se quede con la última cerilla pierde.
Ella se encogió de hombros e intentó mostrar indiferencia.
—Pero no voy a apostarme nada. Me refiero a que si pierdo no significa que usted vaya a sacarme a bailar.
Se la quedó mirando con una tímida sonrisa que la irritó.
—Ya veremos. Usted primera.
De modo que jugaron entre la cerveza derramada y los vasos vacíos, el joven con una extraña concentración, como si todo su futuro dependiera de ello, Marian con una impaciencia distraída con la que le transmitía, o eso esperaba, que no le interesaban el juego ni su compañía. Por supuesto, ganó él. Ella sabía que sería así. Él le sonrió y dijo:
—Jugamos otra vez.
Y la segunda vez volvió a ganar, y la tercera también.
—Qué bobada —dijo la chica—. Es uno de esos juegos en los que no se pierde nunca.
—Pero ha perdido.
—Porque usted tiene la sartén por el mango.
—¿Tengo el mango?
Estalló en carcajadas.
Ella se ruborizó al comprender el juego de palabras, y le dio rabia no ser capaz de ocultar el bochorno.
—Me refiero a que conoce el truco.
—¡Ah, el truc! Claro, así pasa siempre, ¿no? Si uno tiene el mango y conoce el truc, es imposible perder. —Recogió las cerillas y las devolvió a la caja como si fueran un trofeo muy valioso—. Y ahora vamos a buscar un sitio para bailar. En esta ciudad de merde siempre se come mal, pero por lo menos hay locales para bailar.
—No voy a ir a bailar con usted, ya se lo he dicho.
La miró con ojos apagados y vagos. Había algo inquietante en él, como si hubiera estado bebiendo toda la tarde y pensara continuar así toda la noche.
—¿Sabe qué truc voy a hacer? Voy a volver a Francia, ¿qué le parece? Voy a volver a la patrie a cortar el cuello a los alemanes. Y usted ni siquiera quiere bailar conmigo.
—Está borracho —le acusó—. No bailo con hombres borrachos.
—Y usted es una frigide —contraatacó él—. Y no bailo con mujeres frigides.
La chica cogió el bolso y se levantó de la silla.
—Tengo que irme.
—¿Por qué tiene que irse?
—Porque, si no, llegaré tarde. —Él hizo ademán de agarrarla por la mano, pero ella se zafó—. Tu m’emmerdes! —añadió mientras se alejaba.
No volvió la cabeza para mirarlo, ni siquiera para ver la expresión descolocada de él. ¿Cómo podía escapar? Si volvía a su habitación, probablemente el chico la seguiría, y por nada del mundo pensaba esconderse como una criaja asustada. Se puso el abrigo, caminó con brío por el vestíbulo y atravesó las puertas giratorias. Un taxi estaba dejando el pasaje a la puerta del hotel. Se subió al asiento de atrás.
—¿Adónde vamos, señorita? —preguntó el taxista.
Le dio la dirección de Ned.
—Bloomsbury —dijo—. Por Russell Square, más o menos.
—Muy bien, pues más o menos por Russell Square, hermosa.
V
El taxi se deslizó por las calles en penumbra. Había algunos cines abiertos en Piccadilly, y sus tenues luces se reflejaban en la calzada. Ante ellos se sucedían formas negras como somb