PRIMERA PARTE
1
Se levantaron antes del amanecer y salieron bajo un cielo sin luna salpicado de estrellas. Su aliento formaba nubes de aire frío, y la grava helada del aparcamiento del motel crujía bajo el peso de sus botas. El único vehículo allí estacionado era la vieja ranchera, en cuyo techo y capó cubiertos de escarcha se reflejaba tenuemente la escasa luz. El chico fijó los esquís a la baca mientras su padre guardaba las mochilas y rodeaba el vehículo para retirar el periódico que protegía los limpiaparabrisas. Estaba duro a causa del hielo y crujió entre sus manos cuando hizo una bola con él. Aguardaron un momento antes de subir al coche y permanecieron inmóviles, disfrutando del silencio y contemplando hacia el oeste el perfil de las montañas en el cielo nocturno.
El pueblo aún no había despertado, y se dirigieron silenciosamente hacia el norte por la calle principal, atravesando los débiles haces de luz que emitían las farolas y, mientras el reflejo del vehículo se deslizaba por los oscuros escaparates de las tiendas, dejaron atrás el juzgado, la gasolinera y el viejo cine. El único testigo de su partida fue un perro de pelaje gris que montaba guardia en las afueras del pueblo, con la cabeza gacha y unos ojos que emitían un destello fantasmal a la luz de los faros.
Era el último día de marzo, y a lo largo de la cuneta se extenel rastro gris de la nieve apartada por las máquinas. El día anterior por la tarde, al dirigirse hacia el oeste cruzando las llanuras, habían visto el primer atisbo de color verde entre la hierba pasear por un camino de tierra y oyeron cantar a una alondra como si el invierno hubiera acabado definitivamente. Pero más allá de los ondulados pastizales, los montes Front de las Rocosas, un muro de antigua piedra caliza de ciento sesenta kilómetros de longitud, lucían aún incrustaciones blancas, y el padre del chico dijo que sin duda encontrarían buena nieve de primavera.
Tras salir del pueblo y recorrer poco más de un kilómetro y medio, se desviaron hacia la izquierda por una carretera que avanzaba otros treinta kilómetros sin apenas curvas hasta los montes Front. Vieron ciervos mulo y algún coyote, y justo cuanla carretera daba paso a la gravilla, una gran lechuza con las alas blancas surgió de entre los álamos y planeó a escasa altura delante de ellos, como si quisiera guiarlos. Entretanto, el imponente muro montañoso se cernía sobre ellos de forma cada vez más amenazadora, con su azul oscuro y profético, hasta que pareció abrirse y se hallaron en un pasadizo sinuoso, donde había un riachuelo formado por la nieve derretida que corría con fuerza entre hileras de álamos danzantes y sauces sin hojas, al pie de unas laderas pobladas de abetos y rocas de color ocre que se elevaban a lo largo de cientos de metros.
La carretera se había vuelto más empinada y, cuando empezó a resultar traicionera a causa de la nieve helada, se detuvieron para poner las cadenas. Fuera del coche el aire era frío, aunque no había viento, y podían oír el murmullo del riachuelo. Extendieron las cadenas en la nieve ante las ruedas traseras, y el padre del muchacho volvió hasta la puerta del conductor e hizo avanzar muy lentamente el coche hasta que el chico le dijo que se detuviera. Mientras su padre se arrodillaba para asegurar las cadenas, el chico se dedicó a sacudirse el frío dando patadas al suelo y soplándose las palmas para calentar pies y manos.
—Mira —dijo.
Su padre se incorporó y miro hacia donde le indicaba el joven mientras se limpiaba la nieve de las manos. Enmarcada por la V que formaban las laderas del valle, pero a mucha distancia, la cima de una enorme montaña cubierta de nieve empezaba a resombras de la noche empezaron a retirarse de sus pendientes bajo una franja de color rosa, dorado y blanco cada vez más intenso.
Aparcaron el coche donde empezaba el sendero y advirtieron por la falta de huellas en la nieve que nadie más había estado allí aquella mañana. Se sentaron el uno al lado del otro bajo el portón trasero y se pusieron las botas. El dueño del motel les había preparado unos emparedados y se comieron uno cada uno acompañándolo del café dulce y humeante mientras observaban cómo las sombras que los rodeaban se inundaban poco a poco de luz. La pendiente sería muy pronunciada en los primeros kilómetros, de modo que revistieron los esquís con pieles de foca para que tuvieran más sujeción. Revisaron las fijaciones y comprobaron que los localizadores para víctimas de aludes funcionaban, y en cuanto estuvieron seguros de que todo estaba en orden, se pusieron las mochilas al hombro y se colocaron los esquís.
—Tú irás delante —dijo el padre del muchacho.
La excursión que tenían planeada para aquel día consistía en un recorrido circular de veinticinco kilómetros. Hacía dos años habían hecho el mismo circuito y habían disfrutado de algunas de las mejores bajadas de su vida. Las primeras tres horas eran las más duras: un largo ascenso a través del bosque y luego un peligroso camino que serpenteaba por la vertiente nordeste de la cresta. Pero merecía la pena. La cara sur de la montaña era un perfecto estribo redondeado sin árboles que descendía en tres declives consecutivos hasta la siguiente depresión. Si todo iba bien, cuando llegasen a la cima el sol habría acabado de orientarsobre ella, reblandeciendo la capa superior de nieve mientras la base se mantenía helada y firme.
Aquellas excursiones se habían convertido en un ritual que celebraban cada año, y al chico le hacían tanta ilusión como a su padre. Los amigos de Great Falls con los que practicaba creían que estaba loco. «Si quieres esquiar —le decían—, ¿por qué no vas a un sitio donde haya telesilla?» Y a decir verdad, en su primera excursión a los Tetons cuatro años antes, había llegado a temer que estuvieran en lo cierto. Para un muchacho sión; demasiadas subidas y no las suficientes bajadas. Alguna vez había estado al borde de las lágrimas a causa del esfuerzo y, a pesar de todo, regresaba cada año.
Su padre pasaba mucho tiempo lejos de casa en viajes de negocios, y no tenían ocasión de hacer muchas cosas los dos juntos. A veces al chico le daba la impresión de que apenas se conocían. Ninguno de los dos era muy hablador. Pero había algo en aquellos viajes por parajes agrestes y remotos que parecía unirlos más de lo que jamás podrían unirlos las palabras. Y poco a poco había llegado a entender por qué su padre disfrutaba del ascenso tanto como del descenso. Se trataba de una curiosa combinación de energía física y mental, como si el consumo de una de las dos estimulase a la otra. La interminable repetición rítmica que se producía al desplazar un esquí por delante del otro podía sumirlo a uno en una especie de trance. Y la emoción y la sensación de logro que se experimentaba al alcanzar la cima lejana y ver cómo una pendiente de nieve virgen de primavera se desplegaba hacia abajo ante sus ojos resultaban casi abrumadoras.
Tal vez había llegado a sentirse así simplemente porque cada año se encontraba más fuerte. Ahora era más alto que su padre y sin duda estaba más en forma que él. Y aunque todavía no era un montañero tan experto como él, probablemente esquiaba mejor. Tal vez aquel era el motivo por el cual su padre le dejó ir delante por primera vez.
Durante la primera hora, el camino ascendía por el lado sur del tortuoso cañón cercado de forma amenazante por pinos y abetos de Douglas cargados de nieve. Aunque todavía estaban a la sombra, la ascensión pronto les hizo sudar, y cuando hacían un alto para recobrar el aliento, para beber o para despojarse de alguna prenda de ropa, podían oír el murmullo sordo del riachuelo, que serpenteaba ya muy abajo. En una ocasión, oyeron el estrépito de un gran animal que emprendía la huida entre los árboles situados por encima de ellos.
—¿Qué crees que ha sido eso? —preguntó el chico. —Un ciervo. A lo mejor un alce.
Su padre bebió un trago de su cantimplora y se limpió la boca con el dorso del guante. Aquel era un territorio de osos pardos, y los dos lo sabían.
—Supongo. La última semana hizo bastante calor.
Una hora más tarde, después de dejar atrás los árboles y salir a la luz del sol, se abrían camino a través de un barranco lleno de los restos agrietados de un alud: pedazos dentados de nieve helada y roca atravesados por árboles arrancados de raíz.
Llegaron a la cumbre poco antes de las diez y contemplaron en silencio todo lo que había debajo y alrededor de ellos: la montaña y el bosque acolchado por la nieve, y las llanuras amarillas situadas más allá. Al chico le dio la impresión de que, si forzaba la vista lo bastante, podría desafiar a la ciencia y todos los horizontes del mundo y ver sus propias espaldas; dos figuras diminutas sobre un lejano pico nevado.
El estribo redondeado que había debajo de ellos presentaba tan buen aspecto como esperaban. Iluminado por el sol, resplancomo terciopelo blanco cubierto de lentejuelas. Se quitaron los esquís, desengancharon las pieles de foca y les quitaron la nieve con cuidado antes de guardarlas en las mochilas. Allí arrisoplaba una brisa fría, de modo que se pusieron los anoraks y se sentaron en una roca plana, donde bebieron café y comieron el último emparedado que les quedaba, mientras una pareja de cuervos volaba en círculos y graznaba por encima de ellos contra el cielo azul.
—Bueno, ¿qué te parece? —preguntó el padre del chico.
—Bastante bien.
—Yo diría que es lo más cerca que un hombre puede llegar
a estar del cielo.
Mientras hablaba, uno de los cuervos voló ante ellos y su sombra se deslizó sobre la cara del padre. Se posó en la cumbre a varios metros de distancia de ellos, y el chico le arrojó un pedazo de pan. El córvido se puso a aletear y alzó de nuevo el vuelo, pero solo por un momento. Volvió a posarse e inspeccionó el mendrugo ladeando la cabeza, luego al muchacho y a continuaacopio de valor para cogerlo, su compañero se lanzó en picado y se lo arrebató. El primer cuervo emitió un graznido ronco y echó a volar tras él, y el chico y su padre se rieron y observaron cómo se precipitaban hacia el valle virando bruscamente y graz
Como en la subida, el chico fue el primero en realizar el descenso. El contacto de la nieve bajo los esquís era tan bueno como esperaban. El sol había derretido lo bastante la capa de la superficie para proporcionar sujeción, y el muchacho no tardó en hallar el ritmo. Extendió los brazos y sacó pecho en dirección a la pendiente como si se dispusiera a abrazarla, disfrutando del maravilloso silbido de cada curva. Su padre tenía razón. Era lo más cerca que uno podía estar del cielo.
El chico paró al pie de la primera de las tres pendientes, donde la inclinación se allanaba un poco, y miró atrás para admirar el rastro que había dejado. Su padre descendía ya siguiendo aquel rastro, imitando meticulosamente cada curva, manteniendo una trayectoria paralela y cercana, hasta que llegó al lado de su hijo y, entusiasmados, chocaron las palmas en alto.
—¡Buen rastro!
—El tuyo tampoco está nada mal.
Su padre se echó a reír y dijo que él bajaría primero la siguiente pendiente y que cuando llegara abajo tomaría unas fotos del descenso del chico. De modo que el muchacho observó el descenso de su padre y esperó a que lo llamara, y entonces se lanzó al aire luminoso, dando lo mejor de sí para la cámara.
Desde el pie de la segunda pendiente, podían ver todo el tramo de la ladera que descendía hasta el siguiente collado, donde el sol todavía no había penetrado. Sabían, por la última vez que habían esquiado allí, que el riachuelo que avanzaba por el fondo formaba una serie de charcas y abruptas cascadas. En aquella ocasión hacía más calor y había mucha menos nieve y, a excepción de la capa de hielo que había en la orilla de las charcas, el agua estaba a cielo abierto. Sin embargo, ahora permanecía enterrada bajo toda la nieve amontonada que había caído en el ria
Su padre consultó el reloj y se protegió los ojos para mirar el sol. El chico sabía lo que estaba pensando. La mitad de la pendiente que tenían debajo estaba todavía a la sombra. El aire allí sería más frío, y la nieve aún no se habría reblandecido. Tal vez debieran esperar un rato.
—Parece un poco helada —dijo el padre.
—No pasará nada. Pero si te da miedo podemos esperar.
Su padre lo miró por encima de sus gafas y sonrió.
—Muy bien, esquiador de primera. Será mejor que vayas tú
Le tendió la cámara al chico.
—Procura sacar alguna buena.
—Lo serán si tú esquías bien. Espera a que te avise.
El chico se metió la cámara en el bolsillo del anorak y sonrió a su padre al tiempo que se ponía en marcha. La nieve del primer tramo estaba en buen estado, pero a medida que se aproximaba al límite de la zona donde aún no había llegado la luz del sol, notó que la superficie se volvía más dura. La sujeción al girar allí era prácticamente nula y no se oía el susurro de la nieve; únicamente se oía el chirrido del hielo al entrar en contacto con los bordes de los esquís. Se detuvo en el punto donde el sol se juntaba con la sombra y alzó la vista hacia lo alto para ver a su padre de pie recortado contra el cielo.
—¿Qué tal está? —gritó su padre.
—Un poco resbaladiza, pero no hay problema.
—Espera ahí. Ya voy.
El chico se quitó los guantes y sacó la cámara. Consiguió hacer un par de fotos con el zoom mientras su padre descendía en dirección a él. La tercera instantánea permitiría ver más tarde el momento exacto en que las cosas empezaron a torcerse.
Su padre se disponía a realizar un giro a la derecha y, cuando desplazó el peso al borde de su esquí izquierdo, perdió la sujeción y resbaló bruscamente montaña abajo. Intentó corregir la postura, pero al hacerlo se apoyó demasiado fuerte con el otro brazos y los bastones en el aire mientras trataba de recobrar el equilibrio. Estaba patinando y se había girado de forma que se hallaba de cara a la pendiente. Por un momento resultó casi cómico, como si estuviera simulando esquiar montaña arriba. Entonces dio una sacudida, se movió hacia atrás, cayó de espaldas y se dio un golpetazo, e inmediatamente empezó a ganar velocidad.
Por un instante, el chico se planteó la posibilidad de hacer un placaje a su padre, o al menos frenar su descenso o reducir su velocidad, colocándose en su camino, pero comprendió que con el impacto sin duda también se vería arrastrado pendiente abajo. De todas formas, ya era demasiado tarde. Su padre llevaba tanta velocidad que no le daría tiempo a alcanzarlo. Se le había desprendido un esquí, que se precipitaba ladera abajo, y el otro acababa de soltársele. El chico se movió rápidamente y estiró un bastón en dirección a él, lo que estuvo a punto de provocar que perdiera el equilibrio. Consiguió tocar el esquí, pero bajaba demasiado deprisa y pasó de largo como un cohete.
—¡Levántate! —chilló—. ¡Intenta levantarte!
Era lo mismo que le había gritado su padre en otra ocasión en que él se había caído. Aquella vez, él no había conseguido ponerse en pie, y su padre tampoco lo consiguió entonces. Al pasar junto a él a toda velocidad, boca abajo y con los brazos extendidos sobre el hielo, con las gafas de sol que le daban la apade un cangrejo curioso, gritó algo, pero el chico no logró entenderlo. Los bastones de su padre, uno de los cuales se hallaba muy doblado, seguían sujetos a sus muñecas e iban arrastrándose y rebotando contra el hielo. Y a pesar de todo, estaba ganando velocidad.
El chico comenzó a descender detrás de él. Aunque la tensión hacía que le temblaran las piernas y el corazón le latía con con tanta fuerza que parecía que se le fuera a salir del pecho, sabía que era crucial que no se cayera. Se repitió una y otra vez que debía permanecer tranquilo y trató de echar mano de todo lo que había aprendido. «Confía en el descenso, aunque la nieve esté resbaladiza. Inclínate. Resístete a la montaña, no te dejes cia delante, idiota, no al hielo ni a los esquís.»
La nieve no tenía ningún agarre, pero después de unos giros vacilantes descubrió que podía controlar los esquís y recobró la confianza. Contempló hipnotizado la figura oscura y cada vez más pequeña que se deslizaba montaña abajo hasta internarse en la sombra del valle. Justo antes de que su padre desapareciera, gritó por última vez. El sonido de su voz era agudo y escalofriante, como el de un animal que temiera por su vida.
El chico giró hasta detenerse. Respiraba con dificultad y le temblaban las piernas. Sabía que era importante que recordara el punto exacto donde había desaparecido su padre, aunque no alcanzaba a entender por qué había desaparecido. Quizá había una pendiente brusca que no se podía ver desde arriba. Trató de evocar la última vez que habían esquiado en la zona, pero no recordaba si al llegar abajo el collado se volvía más pronunciado o si se nivelaba. Y no pudo menos que pensar en lo que podía ocurrir cuando su padre llegase al fondo. ¿Amortiguaría su caída la nieve amontonada en el riachuelo o estaría congelada y dura como una roca y le partiría todos los huesos del cuerpo? Con la preocupación, el chico ya se había olvidado de que debía recordar el lugar preciso donde había desaparecido su padre. Todo parecía igual en aquella zona en sombra. Tal vez hubiera algún rastro en el hielo que pudiera llevarlo al sitio en cuestión. Respiró hondo y comenzó a avanzar con cuidado.
Al dar el primer giro, el esquí inferior resbaló y estuvo a punde caerse. Le flaqueaban las rodillas y notaba el resto del cuerpo agarrotado por la tensión, y tardó un rato en intentar moverse de nuevo. Entonces, varios metros ladera abajo, vio una mancha oscura de unos quince centímetros en el hielo. Se dirigió hacia allí descendiendo de lado, con gran dificultad.
Era sangre. Y poco más abajo había más. En el hielo también había pequeñas hendiduras, probablemente en las zonas donde su padre había intentado hincar las punteras de las botas.
Si el chico hubiera podido bajar aquella misma pendiente con buena nieve, no habría tardado más de cuatro o cinco minutos.
pudo hacer fue bajar de costado, con tanta tensión y tanto temor que tardó casi media hora en llegar abajo. Descendió con tal lentitud que el sol lo alcanzó, y observó cómo la franja de sombra retrocedía debajo de él y el rastro de sangre adquiría un color vivo en la nieve inmaculada.
La luz del sol le permitió ver que el rastro desaparecía al llegar a un inesperado margen y que allí había algo. Al acercarse vio que eran las gafas de sol de su padre, caídas en el último tramo empinado de la ladera, como si se hubieran parado a contemplar el punto culminante del espectáculo. El chico se detuvo y las cogió. Uno de los cristales estaba rayado, y le faltaba una patilla. Se las guardó en el bolsillo.
Por debajo de él, la pendiente descendía abruptamente unos sesenta metros hasta el fondo del valle, que se estaba viendo inunpor la luz del sol mientras el chico lo contemplaba. Miró hacia abajo con la esperanza de ver la figura de su padre. Pero no había rastro de él ni se oía nada. Únicamente un impresionante silencio blanco.
Incluso el rastro de sangre había desaparecido. De repente notó una corriente de aire, y la pareja de cuervos se abatieron a escasa altura sobre su cabeza en dirección al riachuelo, graznando como si quisieran enseñarle el camino. Y mientras el chico observaba cómo sus sombras cruzaban el torrente, vio uno de los esquís de su padre y un hueco oscuro en medio del manto arrugado de nieve.
Cinco minutos más tarde estaba allí abajo. Había un cráter de unos tres metros de ancho cuyo contorno tenía una forma irregular en las zonas donde la nieve se había resquebrajado y se había hundido. Pero el chico todavía no se hallaba lo bastante cerca para ver qué había dentro.
—¿Papá?
No hubo respuesta. Lo único que oyó fue un tenue goteo de agua procedente de algún lugar debajo de él. Desplazó los esquís de lado con cautela, tanteando la nieve a cada paso, temiendo que se desplomara en cualquier momento y se lo tragara. Paaludes. Para eso servía exactamente. Se quitó los guantes, se bajó la cremallera de la cazadora y sacó el localizador, y a continuación empezó a toquetear los botones. Pero le temblaba la mano y estaba tan excitado que no recordaba cómo funcionaba aquel maldito cacharro.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
—¡Aquí! ¡Estoy aquí!
Al chico le dio un vuelco el corazón.
—¿Papá? ¿Estás bien?
—Sí. Ten cuidado.
—He visto sangre.
—Me he hecho algún corte en la cara, pero estoy bien. No te
acerques mucho al borde.
Pero ya era demasiado tarde. Se oyó un sonoro crujido y el chico notó que la nieve se inclinaba bajo sus esquís, y un momento después se precipitó al vacío. Vislumbró fugazmente la cara ensangrentada de su padre, que lo miraba desde abajo, y en ese momento el borde del cráter se desplomó y no vio más que la nieve blanca que caía en cascada con él.
Cuando recuperó la conciencia, vio el rostro de su padre, que estaba sacándolo de la nieve y le preguntaba si se había hecho daño. Al principio el chico no supo qué responder, pero dijo que creía que estaba bien. Su padre sonrió.
—Buen trabajo, hijo. Acabas de abrirnos una salida. Asintió con la cabeza, y el chico se giró y vio a lo que se refería. El hundimiento había creado una especie de rampa por la que podrían trepar. Se quedaron sentados mirándose el uno al otro; su padre seguía sonriendo y se tocaba la mejilla con un pañuelo manchado de sangre. Tenía un buen corte, pero no parecía profundo y la hemorragia se había detenido. El chico movió la cabeza con gesto de disgusto.
—Creía que no te encontraría vivo.
—Espero que hayas hecho esa foto.
—Uau, papá. Menuda caída.
Las paredes del agujero en el que se hallaban sentados estaañicos debido a las caídas de uno y otro. Era como estar en la sección transversal de un avispero gigantesco. El suelo parecía firme, y cuando el chico apartó la nieve vio que estaban sobre hielo sólido. Se le habían soltado los esquís al caer y estaban parcialmente enterrados en la nieve. Se levantó y los recogió. Su padre también se puso en pie, despacio, e hizo una ligera mueca de dolor. El sol estaba empezando a iluminarlos.
—Supongo que deberíamos buscar mis esquís —dijo.
Su mochila estaba posada sobre el hielo justo al lado del lugar donde el chico había apartado la nieve. Un rayo de sol caía en aquel punto. El joven se inclinó para coger la mochila y al hacerlo vio algo que le llamó la atención, una figura pálida en medio del azul translúcido del hielo. Su padre vio que vacilaba.
—¿Qué pasa?
—Mira. Aquí abajo.
Los dos se arrodillaron y escudriñaron el hielo.
—¡Santo Dios! —dijo su padre en voz baja.
Era una mano humana. Tenía los dedos extendidos y la palma girada hacia arriba. El padre del chico se detuvo un momento y luego apartó un poco más de nieve hasta que vieron la cara interior de un brazo. Se miraron y a continuación, sin mediar palabra, se pusieron manos a la obra. Retiraron la nieve raspando y apartándola hasta formar una ventana de hielo a través de la cual, con cada pasada que daban con los guantes, podían ver una parte mayor de lo que había encerrado dentro.
Bajo la parte superior del brazo, medio escondida por el homdesnudo, vieron una cara que los miraba fijamente con un ojo inexpresivo. A juzgar por el remolino de pelo, captado como en una fotografía, parecía una joven. Yacía de costado, con las piernas inclinadas perdiéndose en el hielo más oscuro de debajo. Llevaba una blusa o una cazadora carmesí arrugada y retorcida, y parecía que le hubiera sido arrancada del brazo y del hombro. La tela le colgaba como si la joven se hubiera quedado congelada intentando despojarse de ella. Tenía la piel de color pergamino.
2
El sheriff Charlie Riggs consultó su reloj. Calculó que disponía de unos quince minutos para ocuparse del montón de papeles que reposaba en frágil equilibrio en el único espacio vacío de su caótico escritorio. Si no conseguía marcharse a las dos, no podría ir a Great Falls y volver a tiempo para asistir a la fiesta del décimo cumpleaños de su hija. Tenía que ir a Great Falls a comprar su regalo, algo que debería haber hecho el día anterior, pero, como siempre, habrían surgido un montón de cosas que hacer y no había podido ir. El regalo era una silla de montar hecha a medida y confeccionada a mano que había encargado en un arrebato de extravagancia un par de meses antes. No sabía cómo había llegado a pensar que se podía permitir aquel obsequio. La idea de lo mucho que iba a costar le hacía estremecerse.
Inclinó su asiento para acercarlo al escritorio, apartó un par de tazas de café rancio y cogió la primera carpeta. Era un borrador de un nuevo informe sobre el consumo de metanfetaminas en Montana. La puerta de su pequeño y atestado despacho estaba abierta, y fuera, en la oficina, estaban sonando todos los teléfonos. Nadie atendía las llamadas porque era el día libre de Liza y la nueva chica, Mary-Lou (que todavía no le había cogido el tranquillo al trabajo), estaba en el mostrador hablando con la señora Lawson, una anciana cuyo perro había vuelto a desaparecer. Por lo visto, la viejecita se había dejado el audífono en casa, porque Mary-Lou tenía que gritar y decirlo todo dos veavispados ayudantes, que estaba aparcando su camioneta. Lo más probable es que en cuanto el muchacho entrase en el edificio, irrumpiese en su despacho con un montón de preguntas estúpidas. Charlie salió con sigilo de detrás de su escritorio y cerró la puerta de su despacho sin hacer ruido. Ya eran las dos menos diez.
No era la decepción de su hija lo que le preocupaba. Él y Lucy se llevaban muy bien, y sabía que ella lo entendería. Lo que le fastididaba era servir en bandeja otra arma arrojadiza a la madre de la niña. Él y Sheryl se habían divorciado hacía casi cinco años, y ella había vuelto a casarse, felizmente, según se decía, aunque era un misterio cómo alguien podía ser feliz con el gilipollas con el que se había ido a vivir. A Charlie no dejaba de asombrarle que, después de todo aquel tiempo —y a pesar de que había sido ella y no él quien se había marchado—, Sheryl no dejase escapar la menor oportunidad para meterse con él. Aprovechaba cualquier cosa que tuviera que ver con Lucy con un regocijo poco disimulado. No bastaba con que Charlie hubiera sido un pésimo esposo; también tenía que ser un inútil como
«El consumo de metanfetaminas está en aumento», leyó. Vaya, vaya. ¿Quién lo habría dicho? A menudo se preguntaba cuánto cobraba la gente que escribía aquellos condenados informes por volver a exponer lo que era a todas luces evidente. Demonios, si con solo navegar cinco minutos por internet o ir a la librería ya podías averiguar cómo preparar esas sustancias en la cocina de tu casa. Tal vez se estaba haciendo demasiado viejo: su cinismo era cada vez más acusado.
—Seguro que aparece, señora Lawson —estaba diciendo Mary-Lou en el mostrador.
—¿Cómo?
—He dicho que seguro que aparece.
Charlie oyó que Tim Heidecker contestaba a uno de los
teléfonos. Las posibilidades de que pudiera ocuparse él solo de
la llamada eran de un millón contra uno. Efectivamente, al cabo ra esconderse, se abrió y dejó a la vista la irritante cara del mu—Hola, jefe...
—Tim, ahora mismo estoy muy ocupado. Y, por favor, no
me llames «jefe».
—Acabo de recibir una llamada de los Drummond, ya sabe, allí arriba, en los montes Front...
—Ya sé dónde viven los Drummond, Tim. ¿Puedes dejarlo para más tarde, por favor?
—Claro. Simplemente creí que debía saberlo.
Charlie suspiró y dejó caer el informe sobre su escritorio.
—Cuéntamelo.
—Una pareja de esquiadores que acababan de llegar allí dicen que han encontrado un cuerpo en Goat Creek. Una joven
congelada en el hielo.
El rancho de Ned y Val Drummond era una pequeña finca situada cerca del horcajo septentrional del riachuelo. Más allá, aparte de una o dos cabañas que solo se utilizaban en verano, únicamente había monte. Charlie y Tim Heidecker tardaron casi una hora en llegar hasta allí y casi otra en interrogar a los esquiadores. Parecían buena gente y eran conscientes de la suerte que habían tenido. Si no hubieran conseguido encontrar el otro esquí que les faltaba, el padre lo habría pasado mal para salir de donde estaba. Su hijo habría tenido que bajar solo para pedir ayuda. Pero parecían listos y estaban bien preparados, que era más de lo que se podía decir de muchos de los idiotas que se metían en apuros allí arriba y tenían que ser rescatados.
El padre logró señalar con precisión en el mapa dónde habían encontrado el cuerpo. Charlie había llevado un par de motonieves en el remolque y por un instante acarició la idea de subir inmediatamente a echar un vistazo. Pero el sol estaba a punto de desaparecer tras las montañas, y cuando lo hiciera la luz se iría rápidamente y la temperatura caería de golpe. Si el cuerpo estaba
Pensó que sería mejor dejarlo para la mañana siguiente, así podría idear un plan y subir con el equipo adecuado. De todas formas, quería que el padre lo acompañara, y aunque Val Drummond le había vendado la herida lo mejor que había podido, el corte que se había hecho en la cara necesitaba sutura.
Todos se hallaban sentados bebiendo café moca en la oscura cocina con paredes de troncos de los Drummond. Charlie conocía a Val desde que eran niños y siempre había tenido debilidad por ella. De hecho, después de un baile del instituto habían vivido un pequeño episodio romántico. Él todavía lo recordaba claramente. A sus cuarenta y pocos años, seguía siendo una mujer bien parecida, alta y atlética, con un aire caballuno. Ned era más bajo y diez años mayor que ella y hablaba demasiado, como solía ocurrir con la gente que tenía demasiado tiempo libre, pero era un buen tipo. Val se había ofrecido a llevar al padre del chico al centro médico para que le cosieran el corte, y había dicho que él y su hijo se podían quedar a pasar la noche en su casa. Ambas ofertas habían sido aceptadas con gratitud. Todo el mundo se mostró de acuerdo en citarse al día siguiente a las ocho de la mañana, momento en que subirían al lugar en cuestión y echarían un vistazo al cuerpo.
Justo cuando estaban despidiéndose, Charlie se acordó de la fiesta de cumpleaños de Lucy con una sensación de ansiedad. Su móvil no tenía cobertura allí arriba, de modo que pidió a Val en voz queda si podía utilizar el teléfono de su casa. Ella lo acompañó hasta la sala de estar y lo dejó allí. Charlie se imaginaba que la fiesta estaría todavía en plena celebración, pero era imposible que llegase allí antes de que hubiera terminado. Marcó el número de Sheryl y cobró ánimo.
—¿Diga?
Ella siempre parecía bastante agradable hasta que descubría quién llamaba.
—Hola, Sheryl. Mira, lo siento mucho. Yo...
—Es un detalle por tu parte que al menos hayas llamado.
—Ha pasado algo y no he podido...
Bueno, ¿qué le vamos a hacer?
—¿Puedo hablar con Lucy?
—Ahora mismo está ocupada. Le diré que has llamado.
—¿No puedes...?
—¿Has ido a recoger la silla de montar?
—No... no me ha dado tiempo a...
—Muy bien. Perfecto. También le diré eso.
—Sheryl, por favor...
—No ha cambiado nada, ¿verdad, Charlie? Tengo cosas que
Oyeron el ruido de las motonieves antes de verlas. Finalmente los faros resultaron visibles; asomaron entre los árboles que había mucho más abajo, luego subieron por la empinada pendiente que salía del bosque y avanzaron dando saltos junto al riachuelo en dirección a ellos, iluminando con sus haces amarillos la agonizante luz azulada del valle.
Habían tenido que aparcar el vehículo de rescate al comienzo del sendero, casi cinco kilómetros valle abajo. Se trataba de un autobús escolar reformado provisto de un lujoso equipamiento. Los aparatos de radio normales no resultaban fiables en aquecañones escarpados, de modo que el autobús tenía uno con un repetidor de 110 vatios, lo bastante potente para transmitir mensajes entre las personas que se encontraban en las montañas y la oficina del sheriff, ubicada a casi cincuenta kilómetros de distancia. Todo el equipo que necesitaban tuvo que ser transportado en motonieve desde el principio del sendero. Las dos personas que ascendían en dirección a ellos llevaban sierras mecánicas, sopletes y unas lámparas potentes para que Charlie y sus hombres pudieran seguir trabajando de noche.
Charlie contaba con un equipo de diez hombres: tres de ellos eran sus ayudantes, y el resto, voluntarios para las tareas de búsqueda y rescate, aparte del tipo del Servicio Forestal, quien tenía buenas intenciones pero era joven y nuevo en el trabajo y supoturnos y, cada pocas horas, bajaban al autobús para descansar, comer y beber; todos excepto Charlie, que había permanecido junto al cadáver todo el tiempo. De vez en cuando le llevaban comida y bebidas calientes, pero estaba cansado y tenía frío, y a esas alturas también bastante malhumorado, después de haber tenido que esperar casi una hora a que llegara el equipo.
Habían estado trabajando el día entero. Primero acordonaron toda la zona y luego registraron metódicamente la escena del crimen, haciendo fotos y grabándola en vídeo desde todos los ángulos. No habían hallado ni una sola pista que les permitiese averiguar cómo había acabado allí el cuerpo. Con toda la nieve y el hielo que había, Charlie no albergaba esperanzas de encontrar ninguna. Tal vez cuando llegase el deshielo hallasen algo. Ropa, un zapato o una mochila, quizá. Incluso huellas en una capa inferior de nieve o de barro helado, si tenían mucha suerte.
Los dos esquiadores los habían conducido hasta allí al amanecer y les habían mostrado dónde estaba el cadáver. Allí abajo, flotando en el hielo, el cuerpo de aquella chica era la imagen más fantasmal que Charlie había contemplado en su vida, y como juez de instrucción del condado y sheriff había visto un buen número de cadáveres a lo largo de los años. Los esquiadores no se habían quedado allí más de lo necesario. El padre había recibido quince puntos en la mejilla, que se le había amoratado y había adquirido el color de una remolacha. Tenía muchas ganas de llegar a casa. El chico estaba pálido y todavía estaba algo conmocionado. Había salido de casa siendo un muchacho y volvería convertido en un hombre.
Hasta primera hora de la tarde no estuvieron listos para sacar a la chica cortando el hielo. La tarea resultó mucho más complicada de lo que Charlie se había imaginado. El cuerpo tendría que ser llevado por las montañas hasta el laboratorio forense del estado, en Missoula, un viaje que duraría tres horas largas. Como el pronóstico indicaba un aumento de las temperaturas, todos coincidieron en que la mejor forma de conservar el cadáver era mantenerlo en el hielo. Hasta entonces habían estado trozo para no perder ninguna prueba que pudiera estar allí congelada. Pero era como segar un campo de heno con unas tijeras, y Charlie decidió que si no cambiaban de método podrían pasar
Las dos motonieves estaban subiendo los últimos metros junal riachuelo, remolcando unos trineos cargados con el equipo. Charlie y los hombres que habían estado esperando con él se acercaron a recibirlas. Los faros hacían brillar los chalecos fluorescentes de color amarillo verdoso que todos llevaban puestos encima de sus anoraks negros. La noche estaba cayendo, al igual que la temperatura. Incluso con sus botas de material aislante, Charlie notaba el entumecimiento de sus pies. Habría dado cualquier cosa por estar en casa delante de la chimenea con el libro que acababa de empezar. Mientras caminaba penosamente por la nieve, se quitó los guantes e intentó devolver algo de calor a sus dedos soplándose las manos. Su humor no mejoró al ver a Tim Heidecker bajarse de la primera motonieve.
—¿Por qué habéis tardado tanto?
—Lo siento, jefe. La motonieve se quedó atascada en el ria—¿Por qué no habéis llamado por radio?
—Lo intentamos, pero no conseguimos que nadie nos oyera.
—Bueno, pongámonos en marcha.
Le habían llevado sopa caliente y chocolatinas que le hicieron sentirse un poco más benevolente. Se quedó bebiendo la sopa a sorbos y dando órdenes de vez en cuando mientras los demás conectaban las luces al pequeño generador y las colocaban en su sitio. Por encima de él, las montañas se fueron volviendo borrosas hasta convertirse en formas amenazantes recortándose en un cielo que pronto se llenó de estrellas.
Al poco rato, el cráter en el que habían caído los esquiadores se convirtió en un capullo de luz. Toda la nieve del suelo había sido retirada, y a través del negro hielo bruñido, la joven, con su pelo ensortijado, su brazo extendido y su cazadora roja rasgada colgando tras ella, parecía una bailarina atrapada en obsidiana.
de las sierras mecánicas se atascó y tuvieron que pedir más cuchillas por radio. Y como el hielo se resquebrajaba y se volvía opaco cuando lo cortaban, tenían que parar constantemente y utilizar los sopletes oxiacetilénicos para derretirlo, de forma que pudieran ver lo que estaban cortando. Abrieron una amplia zanparalela al lugar donde yacía la joven, colocaron allí un trineo y empezaron a levantar el bloque para subirlo a él empleando unas pértigas de madera. Pero el sarcófago de hielo pesaba demasiado y se oyeron unos terribles crujidos y chirridos. Un extremo del trineo perforó el hielo y se ladeó, y cayó al agua del riachuelo que corría por debajo. Durante unos largos minutos de peligro, pareció que la joven fuera a resbalar por el agujero, pero los hombres consiguieron rodearla con cuerdas y sujetarla bien hasta que tuvieron las pértigas debajo del trineo, y luego lo apuntalaron y lo enderezaron.
Recortaron más hielo de alrededor del cuerpo para reducir el peso, pero el bloque seguía siendo demasiado grande para meterlo en la bolsa forense, de modo que pidieron por radio lonas alquitranadas, lo envolvieron como si fuera un paquete y lo ataron con cinta adhesiva y cuerdas. Y justo antes de medianoche, tres motonieves y media docena de hombres que tiraban de las cuerdas consiguieron sacar por fin el trineo del agujero y su carga envuelta en el sudario negro.
Tardaron otra hora en bajarla hasta el autobús, y casi eran las tres cuando la cargaron en la parte de atrás de la camioneta de Charlie, aislada con mantas y cartones. Dos de sus agentes se ofrecieron voluntarios para acompañarlo hasta Missoula, pero Charlie declinó la propuesta. Se habían matado a trabajar durante casi veinticuatro horas, les dio las gracias a todos y les ordenó que se fueran a la cama. Se sentía en ese extraño estado de vigor más allá del cansancio y, por alguna razón que no acababa de entender, quería estar solo.
Atravesó Augusta y giró a la derecha para tomar la Ruta 200 en un solitario cruce donde tan solo un mes antes había ayudado a sacar a dos adolescentes muertos de un coche destartalado.
pese a tener un semáforo, seguía siendo un lugar donde la gente moría con frecuencia. El recuerdo le puso nervioso y le hizo penen la chica muerta que yacía detrás de él, congelada en pleno salto de bailarina. La imagen se le había quedado grabada en la mente e intentó quitársela de la cabeza, pero no lo consiguió.
No dejaba de preguntarse quién era y cómo había llegado allí. Recordó un suicidio que había tenido lugar allí arriba, no muy lejos de Goat Creek: un chico de diecisiete años se había quitado toda la ropa, la había doblado con cuidado y la había metido en su mochila junto con un poema inconexo que había escrito con el que intentaba explicar por qué se sentía empujado a quitarse la vida. Se había arrojado por un precipicio y sus restos habían sido hallados un mes más tarde por unos cazadores de ciervos. Quizá el caso de aquella joven fuese similar. O quizá se había caído accidentalmente. No habían recibido ninguna denuncia de desaparición por parte de excursionistas ni esquiadores, pero aquello no convertía necesariamente el caso en algo sospechoso. Lo más probable era que la joven hubiese estado sola, que procediera de algún sitio lejano y que hubiera decidido no decirle a nadie adónde iba. Aquellas cosas pasaban. Con un poco de suerte, el cuerpo estaría en suficiente buen estado para poder identificarla.
Charlie se preguntó por sus padres o por algún otro ser querido y pensó en lo que probablemente estarían pasando: la angustia diaria de no saber dónde estaba su hija... No pudo evitar imaginar que a Lucy le ocurría lo mismo. Que su única hija desaparecía de aquel modo y que ni él ni su mujer sabían si estaba viva o si había sido asesinada y yacía en una cuneta. ¿Cómo lo afrontaría él? Diablos, una cosa así volvería loco a cualquier
Cruzó la divisoria continental en Rogers Pass e inició el tortuoso descenso hacia Lincoln. Pero se hallaba tan absorto en sus siniestras cavilaciones que tomó una curva demasiado rápido y estuvo a punto de atropellar a una pareja de ciervos de cola blanca. Pisó el freno y la camioneta empezó a patinar y a serlante, y cuando hizo derrapar el vehículo en el arcén, el cuerpo se estrelló contra el respaldo de su asiento con tal fuerza que a Charlie le dio un latigazo en el cuello y vio las estrellas.
Se quedó sentado unos instantes mientras se reponía y esperaba a que el corazón le volviera a latir con normalidad. Si la carretera no hubiera tenido grava, habría salido volando hacia las copas de los árboles. Condujo el resto de camino a unos sesenta kilómetros por hora escuchando a todo volumen una emisora de canciones antiguas para mantener los malos pensamientos a raya, mientras notaba punzadas en el cuello al ritmo de la música.
El laboratorio forense del estado era un elegante edificio de ladrillo situado junto a Broadway en dirección al aeropuerto. Había encargado a sus ayudantes que llamasen con antelación desde su oficina para que se aseguraran de que habría alguien que recogería el cuerpo y para que notificaran que pesaba mucho. Era evidente que habían recibido el mensaje, pues los dos tipos que salieron a su encuentro parecían levantadores de pesas olímpicos.
—Así que esta es nuestra Doña Nadie —dijo uno de ellos, mientras los tres cargaban el cadáver con esfuerzo en la camilla—. Tío, si hay más hielo que cuerpo.
—La frescura es nuestro lema —dijo Charlie.
Los hombres se la llevaron en la camilla directamente al depósito de cadáveres, y Charlie firmó un impreso y les deseó buenoches.
Cuando emprendió el camino de vuelta al pueblo, el cielo se estaba aclarando hacia el este y lucía un tono rosado y gris paloma. A esas horas había algún que otro vehículo. Por un momento se planteó la posibilidad de conducir hasta casa, pero llegó a la conclusión de que no era una decisión acertada. Su trabajo ya había concluido, el cansancio se estaba apoderando de él, y el cuello le dolía terriblemente. Paró en un motel cerca de la interestatal y le dieron una habitación poco más grande que una mesa de billar. Pero tenía una cama, y aquello era lo único que le importaba. Bajó la persiana de plástico color crema, se quitó ces recordó que no había apagado el teléfono móvil y fue a cogerlo de la chaqueta con cansancio. La pantalla indicaba que tenía un mensaje en el buzón de voz. Volvió a la cama y apoyó el cuello con cuidado en la almohada. Apagó la lámpara de noche y activó el mensaje.
Era de Lucy. Decía que esperaba que estuviera bien y que sentía que no hubiera podido ir a su fiesta. Le decía que lo echaba de menos y que lo quería mucho. Charlie sabía que era ridículo, que no resultaba nada propio de él y que únicamente se debía a que estaba agotado. Pero, a solas en la oscuridad, habría llorado con facilidad si no se hubiera contenido.
3
Llevaba esperando casi un cuarto de hora y estaba empezando a sentirse ridícula. Al otro lado de la pequeña piazza de piedra blanca, un grupo de colegialas, algunas de las cuales lamían helados y todas ellas increíblemente guapas, no dejaban de mirarla fijamente. Y aunque Sarah apenas entendía una palabra de italiano, estaba segura de que estaban hablando de ella. Las chicas deberían haber estado escuchando a su profesora, una mujer de aspecto nervioso con el pelo recogido en un moño prieto que recitaba fragmentos de un libro. Sin duda las estaba informando sobre la galería que ellas —y Sarah, si la persona con quien se había citado aparecía— se disponían a visitar.
Sacó el paquete de cigarrillos del bolso y encendió uno. Le daría veinte minutos. Eso solía decir Benjamin. «Si alguien te hace esperar, dale veinte minutos y luego vete.» Según él, era de buena educación pero a la vez mostraba firmeza. Si esperabas más, la gente creería que no tenías amor propio. A Sarah le indignaba pensar que tenía que comportarse de acuerdo con las normas de Benjamin después de llevar cuatro años y medio viviendo sin él.
En muchas situaciones distintas, ya fuese comprando ropa, escogiendo un menú o expresando su opinión sobre prácticamente cualquier tema, se sorprendía preguntándose qué diría Benjamin. Entonces, para castigarse a sí misma, hacía lo contrario de lo esperado, optaba por un color o un plato principal que bría hecho protestar a gritos. El problema era que después de tanaños juntos, sus opiniones casi siempre coincidían. El precio de su rebeldía se podía calcular a partir del número de trajes nuevos horribles que colgaban sin estrenar en su armario.
Era su último día en Venecia y no quería perderlo esperando a un extraño virtual, un hombre como mínimo veinte años más joven que ella que, en cualquier caso, probablemente se había olvidado por completo de la cita. Había planeado pasar el día curioseando en las tiendas y comprando regalos para unas cuantas personas. Y con la intencción de haber acabado a tiempo para reunirse con aquel joven, se había levantado, había desayunado y había abandonado el hotel antes de las ocho.
Se habían conocido el día anterior por la mañana en el transbordador que llevaba a Torcello. Su grupo turístico se había dispersado durante el día y solo un puñado de viajeros había decidido hacer el trayecto de una hora de duración a través del lago. Principalmente eran matrimonios de jubilados o parejas de amigos de Nueva York o Nueva Jersey. Todos eran diez años largos más viejos que Sarah, y ella tenía pocas cosas en común con cualquiera de ellos. Se quejaban demasiado de la comida del hotel y de lo caro que era todo. Durante toda la semana había guardado las distancias, declinando educadamente las invitaciones que le hacían para que se uniera a ellos. Su mejor amiga, Iris, con la que había reservado el viaje, lo había cancelado a última hora porque su madre había tenido un derrame cerebral. Probablemente Sarah también debería haber cancelado el suyo. Pero nunca había estado en Venecia y no quería perder aquella opor
En el transbordador, estuvo charlando un rato con las viudas alegres —dos mujeres de Newark que no paraban de reír— y luego se escapó a la popa para buscar un asiento donde pudiera leer tranquilamente su libro y mirar los vaporettos que surcaban el agua verde resoplando.
El joven subió a bordo cuando el transbordador hizo una parada en Lido. Se colocó en un asiento situado al otro lado del te tenía veintitantos años, cerca de treinta, e iba vestido de forma clásica con una camisa blanca y unos pantalones negros planchados. La sorprendió mirándolo y le dedicó una hermosa sonrisa. Ella le sonrió a su vez y bajó la vista rápidamente hacia su libro, con la esperanza de que el rubor que notaba en las mejillas no fuera demasiado evidente. Por el rabillo del ojo vio cómo el joven sacaba un bloc de dibujo de su bolso negro de piel. Lo estuvo hojeando hasta que encontró la página que estaba buscando y entonces sacó un rotulador y se puso manos a
Sarah vio que estaba haciendo un dibujo preciso en tinta negra de un antiguo palazzo. Había trozos de estuco que se estaban desmoronando y recargadas volutas en las ventanas. Estaba dibujando hasta el más mínimo detalle; tal vez los recordaba de memoria o quizá simplemente se los estaba inventando. Fuese lo que fuera, se trataba de una obra impresionante. Una vez más la sorprendió mirándolo y le enseñó gentilmente lo que estaba haciendo. Empezaron a hablar. En un inglés enérgico, aunque defectuoso, le dijo que era de Roma y que iba a Venecia cada primavera a visitar a una tía anciana. El edificio del dibujo era su —Debe de ser una mujer muy distinguida —dijo Sarah. —Hago que la casa pareza mucho más distinguida de lo que realmente es. A ella le gusta.
—Dibujas muy bien.
—Gracias, pero soy demasiado técnico. Soy estudiante de...
architettura.
—Arquitectura. Mi marido era arquitecto.
—Ah. ¿Ya no lo es?
—No, quiero decir que es arquitecto. Pero ya no es mi ma
Cuando llegaron a Torcello, caminaron juntos por un sendero que avanzaba serpenteando desde el muelle hasta la antigua iglesia de Santa Fosca. El sol de los primeros días de primavera despedía un calor agradable y se reflejaba intensamente dor de las caderas como una adolescente. Llevaba una camiseta rosa sin mangas y una falda blanca de lino.
El joven dijo que había ido hasta allí solo para dibujar el famoso campanario de Torcello. Parecía saber un montón de cosas sobre la historia de la isla. Dijo que había sido colonizada en v, mucho antes que Venecia. Antiguamente había sido un lugar próspero, con una población de veinte mil habitantes. Pero la malaria había ahuyentado a la gente, y la mayoría de los edificios se habían convertido en ruinas y habían desaparecido. Por entonces solo vivían allí unas cuantas docenas de personas.
En el exterior de la iglesia, le mostró el trono de piedra toscatallado que al parecer había pertenecido a Atila el Huno.
—¿Crees que de verdad se sentó aquí? —preguntó ella.
—No por mucho tiempo. No parece muy cómodo.
—A lo mejor por eso era tan cruel.
Entraron en la iglesia. El interior era fresco y oscuro, y se respiraba un silencio reverencial. Permanecieron un largo rato contemplando con asombro un mosaico dorado de la Madonna y el niño. El joven le susurró que en su opinión era lo más hermoso que se podía ver en toda Venecia, a excepción quizá de la Scuola Grande di San Rocco. Le preguntó si la había visitado, y al ver que ella contestaba que no, se ofreció a enseñársela al día siguiente. Halagada y entretenida por la atención que le prestaba aquel hombre atractivo y algo tímido que, con su piel y sus dienperfectos y sus ojos marrón claro, era lo bastante joven para ser su hijo, aceptó la oferta. Concertaron una cita. Sarah se separó de él cuando el joven se preparaba para dibujar el campanario, y no se dijeron sus nombres hasta el momento de estrecharse las manos. Él se llamaba Angelo, un nombre muy apropiado.
Y ahora estaba allí, esperando como una tonta, según lo acordado, en el exterior de la Scuola Grande o como quiera que se llamara aquel condenado sitio, siendo objeto de las risitas de un grupo de colegialas que probablemente, dado que estaba fumany esforzándose por parecer elegante con sus gafas de sol y su breve vestido azul marino de Armani, la habían tomado por una tidós minutos (los dos minutos de más eran un patético desafío a su marido) y ya era suficiente. Aplastó el cigarrillo con la suela del zapato, sacó la lengua a la más insolente de las colegialas y se marchó resueltamente.
Tres minutos más tarde, oyó que alguien gritaba su nombre y al mirar atrás vio que Angelo se acercaba corriendo por el puente que ella acababa de cruzar. Esperó a que la alcanzara y le dedicó la más sofisticada de sus sonrisas. Entre jadeos, el joven le explicó que su tía había enfermado esa misma mañana. «Pobre—pensó Sarah—, se le podría haber ocurrido algo mejor.» Pero parecía tan sinceramente arrepentido y afligido por haberla hecho esperar que decidió perdonarle sin más. De acuerdo, era facilona, pero qué demonios. Él era una compañía mucho más agradable que la de las viudas alegres, quienes de todas formas posiblemente la consideraban demasiado presumida.
La Scuola Grande estaba repleta de Tintorettos. La sala superior era enorme y oscura, y se hallaba suntuosamente equipada con muebles de terciopelo rojo y madera de nogal pulida que relucía a la luz de las lámparas de las paredes. Tal vez hubiera allí cincuenta o sesenta personas, incluidas las colegialas que también habían entrado, contemplando en silencio las pinturas que adornaban las paredes y el techo. Los cuadros estaban tenuemeniluminados, y Sarah tuvo que ponerse las gafas para distinguir los motivos religiosos que aparecían representados.
Angelo era un guía diligente y bien informado, como había demostrado el día anterior en la isla. Le susurró que aquel lugar había sido construido a principios del siglo xvi y que estaba dedicado a san Rocco, el patrón de las enfermedades contagiosas, con la vana esperanza de que salvara la ciudad de la epidemia. Tintoretto, según explicó Angelo, había pasado casi un cuarto de siglo decorándola. Era el tipo de información que se podía saquear fácilmente de cualquier guía, y a Sarah se le ocurrió la cruel idea de que el joven tal vez acostumbraba a escoger a mujeres turistas de cierta edad.
Se quedaron un largo rato contemplando La crucifixión
ña sala contigua. Sarah nunca había sabido qué pensar sobre la religión. Su madre era una católica no practicante y su padre un ateo no practicante que ahora, a sus setenta años, oscilaba entre el agnosticismo y una esfera todavía amorfa de creencia. Benjamin siempre había censurado cualquier forma de creencia religiosa como una excusa conveniente para no tener que pensar. Y aunque Sarah era menos vehemente en su escepticismo, su actitud respecto a aquel tema —y tantos otros— se había visto contagiada por la de él.
De modo que, una vez más, el hecho de dejarse emocionar tanto por el cuadro quizá fuera un intento vano y semiinconsciente de librarse del influjo de su ex marido, de distinguirse como una persona con una mentalidad independiente. La obra era una vorágine de sufrimiento y belleza en la que cada grupo de personajes se hallaba sumido en su propio drama. Y el Cristo clavado, dotado de alas y coronado de luz contra el cielo pétreo, mirando desde la cruz a sus verdugos, irradiaba tal serenidad que Sarah se sorprendió embargada de una confusa e indescriptible nostalgia.
Tras sus gafas, sus ojos empezaron a inundarse de lágrimas, pero logró contener el llanto. Sin embargo, estaba segura de que el joven que se hallaba a su lado se había dado cuenta. Estaba diciendo algo sobre la costumbre de Tintoretto de incluir un autorretrato en sus cuadros, pero se interrumpió y se apartó unos pasos para estudiar otro cuadro. Sarah lo agradeció. Si la hubiera tocado para consolarla, sin duda habría perdido el control y habría empezado a sollozar. Y ya había llorado bastante durante los últimos años. Le desconcertó, incluso le enfureció un tanto, que un simple cuadro pudiera provocarle una emoción tan extrema, y echó mano de la ira para reprenderse y serenarse.
Fue un alivio volver a ver la luz del sol. Recorrieron el camino sinuoso hasta el Gran Canal justo a tiempo para tomar un que llevaba al puente de Rialto, donde según Angelo había un pequeño restaurante en el que servían buena comida. Le dijo que allí iban los venecianos, no los tu