¡Y hasta aquí puedo leer!

Mayra Gómez Kemp

Fragmento

cap-1

 

¿Y por qué ahora?

Siempre he creído que para saber hacia dónde se dirige uno debe recordar dónde comenzó el camino, y eso no puede hacerse sin recurrir a la memoria.

Sin embargo, la mente nos dificulta a veces la tarea haciéndonos creer que seguimos en plena juventud. Nuestras ilusiones no son diferentes de las que nos impulsaban cuando teníamos veinte años, e incluso los anhelos resultan parecidos. Seguimos presos de la misma necesidad de agradar y de despertar la admiración o el deseo en la mirada del otro.

El paso del tiempo no hace que seamos capaces de renunciar a la seducción. No importa ante quién nos encontremos: un niño o alguien a quien deslumbrar con nuestra inteligencia. Estoy convencida de que esa pulsión se mantiene siempre viva en nuestro interior. Aunque me reconozco en esos deseos, también me he enfrentado a la prueba de contemplarme en el espejo. No es fácil aceptar el reflejo que devuelve, pero no deseo parecer lo que ya no puedo ser.

A estas alturas aspiro a envejecer con gracia. Envejecer no me entristece, sino todo lo contrario. He renunciado a la imposible tarea de intentar recuperar una juventud que ya pasó. Mi aspiración es vivir día a día una de esas nuevas «vidas» que me han sido ofrecidas. Me levanto con el único objetivo de recorrer esa jornada. Vivir con tranquilidad e ilusión alcanzando las pequeñas metas que me he propuesto conseguir. Ése es mi mayor reto.

Sé que mi felicidad se condensa en una sucesión de momentos, y espero que en el recuento final los buenos superen a los malos. Y así parece que va a ser según he percibido al dar forma a mis vivencias en este libro. Mi mayor aspiración es disfrutar de mi marido, de mi gente, de mis amigos, de todo lo que me queda, que es mucho.

Mis metas han dejado de ser profesionales. Mi profesión quedó atrás. El personaje ya no está. Ahora disfruto eligiendo la receta que voy a preparar o al decidir salir a pasear, por la sencilla razón de que eso es lo que me apetece hacer. Y si de vez en cuando me invitan a asistir a un buen programa… tampoco lo descarto. Soy capaz de apreciar todas y cada una de las cosas que hago porque en varias ocasiones, a lo largo de la vida, he estado a punto de no poder volver a hacerlas.

De ahí nace el ánimo que me ha impulsado a escribir unas memorias que durante años rechacé con pudor, pese a la insistencia y apoyo de Alberto, mi marido. Pero ha sido la coincidencia, en los últimos tiempos, de varias circunstancias lo que me ha ayudado a cambiar de parecer y lanzarme con ilusión a la escritura.

Probablemente la que puedo calificar de «una de mis vidas», y de las más importantes, comenzó cuando conocí a Chicho Ibáñez Serrador. El concurso Un, dos, tres dejó tal huella en mi pasado profesional que, incluso hoy, generaciones que apenas pudieron ver aquel entretenimiento familiar, que reunía en torno a la cadena única a veinticuatro millones de españoles, me recuerdan la emblemática frase «Y hasta aquí puedo leer» cada vez que me ven.

En el arranque de mi aventura editorial se cumple a la perfección el dicho popular que asegura que «de una boda sale otro casamiento», ya que fue en la presentación de un libro cuando sentí la ilusión de compartir mis historias. Cuántas veces antes intentaron amigos en reuniones sociales o tertulianos televisivos, en programas a los que había sido invitada, convencerme sin éxito de relatar todo lo que he tenido la oportunidad de vivir. Y, sin embargo, el impulso definitivo llegó cuando por fin hablé de ello, en la presentación del libro titulado Yo fui a EGB. Había acudido al acto sin mayor pretensión que la de explicar unas cuantas anécdotas de aquella época, pero me vi sorprendida por un público joven y entregado. Su reacción ante algunos detalles inéditos de aquel tiempo hizo que no debía detenerme ahí.

Fue allí donde expliqué cómo surgió la frase que da título a mi historia. «Y hasta aquí puedo leer» forma parte ya del imaginario popular, y se utiliza como socorrido recurso para resolver situaciones o definir estados de ánimo. Lo que poca gente conoce es que su origen se corresponde a la perfección con su uso popular.

Me encontraba preparando mi debut como presentadora en el Un, dos, tres. Aunque conocía la mecánica de la subasta gracias a mi participación como actriz en una etapa anterior, aquel 20 de agosto de 1982 me enfrentaba al reto profesional más importante de mi vida, encarando por primera vez la presentación del famoso concurso.

Quería tenerlo todo controlado, pero la realidad era que había detalles que hasta última hora no podían resolverse. Uno de estos ejemplos estaba en las tarjetas que debía leer a los concursantes para despertar su curiosidad por el premio que escondían. En la simulación del ensayo Chicho Ibáñez Serrador me advirtió que sería sencillo, no cabía el error:

—En los puntos suspensivos te paras. Hasta ahí puedes leer —me dijo para tranquilizarme.

En el calor del directo, con la primera tarjeta en la mano, comencé a leer las pistas para la pareja concursante, y lo hice hasta que me topé con los puntos suspensivos. En ese momento triunfante y con voz clara, exclamé: «¡Y hasta aquí puedo leer!». Recuerdo haber sentido una gran liberación, y desde entonces, hace ya treinta y dos años, esa frase me acompaña.

Ha llegado la hora de compartir con otros aquellos recuerdos entrañables. Y al hacerlo me mueve una única motivación: transmitir aquello que fui, que hice y pude hacer, agradecida porque todavía haya alguien que lo guarde en su memoria e incluso desee saber más.

cap-2

1

Muchas otras vidas

En mi carnet de identidad se puede leer que nací en Cuba un 14 de febrero de 1948, pero la realidad es que tengo otras vidas que celebrar. Y una de ellas comenzó el 7 de febrero de 2009, el día en que me jugué mi futuro en una operación sin garantías de cuáles serían sus secuelas físicas y psíquicas.

Acababa de disfrutar unas de las Navidades más entrañables que recordaba desde hacía muchos años. En un pueblo extremeño, Villanueva de la Serena, nos habíamos reunido en casa de un sobrino de mi marido con otros parientes añorados, una sobrina llegada de Valencia y otro de Berlín, y especialmente con el cuñado de mi marido, a quien no veíamos desde hacía mucho tiempo.

A mi vuelta a Madrid, todavía con el regusto de la celebración del nuevo año, me dirigí a la consulta de mi dentista. Recuerdo que era una de esas frías mañanas del enero madrileño, un día desapacible. Pero sería más tarde, en la consulta, cuando de verdad «se me helaría la sangre». Durante las festividades había sentido molestias en una muela, y no soy una persona que evite enfrentarse a los problemas cuando aparecen. Tan sólo dos meses antes, ya había acudido al mismo doctor por una molesta lesión en la lengua. Pensó entonces que era una simple afta y me recetó Oralsone, restándole importancia.

Por eso aquel día acudía relajada a la consulta de mi dentista.

En esta ocasión me recibió otro médico, el doctor Ortega, más joven que el doctor Vilanova, que era quien dirigía la consulta. Fue a él a quien expliqué mi dolor de muelas.

—Vas a tener que tomar un antibiótico —me dijo.

—¿Y me iría bien para la molestia que tengo en la lengua? —aproveché para preguntar yo.

—¿Qué molestia? —se inquietó.

—No sé, algo que tengo en la lengua desde no sé cuándo —contesté sin darle importancia.

Tras observar lo que apenas era una pequeña úlcera, el doctor se quedó con gesto preocupado. Entonces habló de aprovechar la visita para hacer una biopsia, lo cual me pareció que se trataba de palabras mayores y me resistí a ello.

—Estás loco, te estás pasando tres pueblos —le contesté alterada, y me levanté, dispuesta a marcharme de la consulta.

En un tono firme, el doctor intentó tranquilizarme:

—No te vas a mover de aquí. Te voy a sacar un pedacito y yo mismo lo acerco al laboratorio. Es un segundo, te duermo y en dos semanas podemos saber qué pasa, pero lo primero es descartar cualquier complicación.

Sus palabras consiguieron que volviera a sentarme, dispuesta a afrontar la prueba.

EL DIAGNÓSTICO QUE LO CAMBIÓ TODO

La escena anterior sucedió un viernes, y por las palabras del doctor sabía que tendría que esperar al menos quince días para recibir un diagnóstico. Era mucho tiempo, así que decidí no dar importancia a lo sucedido en la consulta; desde luego no estaba dispuesta a alarmar a nadie. De regreso a casa, me convencí de que no debía compartir con nadie el tema de la biopsia. No iba a contárselo a mi marido, ni a mi hermana, ni a mi mejor amiga. Prefería luchar sola contra la incertidumbre. En el fondo, me parecía que si no le daba importancia a la prueba eso me ayudaría a convencerme de que no iba a ser nada.

Sin embargo, no tuve que esperar demasiado para recibir los resultados. El lunes siguiente, tan sólo cuatro días después de la biopsia, recibí una llamada. Era la recepcionista de la clínica; me pidió que acudiera a la consulta esa misma tarde. Aunque no quería reconocerlo, en esa conversación ya intuí que se trataba de malas noticias. No habían necesitado quince días para saber qué me ocurría, únicamente un fin de semana, y no debía de ser bueno para llamarme con tanta premura.

Pese a ello yo seguía esperanzada, convencida de que no se trataría de nada malo. Me repetía a mí misma: «Ya verás como no es nada», y así conseguía tranquilizarme.

Siempre he acostumbrado a acudir al médico sola, y aún ahora lo sigo haciendo en muchas ocasiones, por eso no resultó difícil que mi marido creyese la pequeña trola que utilicé para justificar una vuelta tan rápida al dentista. Le dije que necesitaba un «tratamiento para el esmalte».

He utilizado otras veces mi capacidad para interpretar en los momentos complicados, pero aquel día, nada más cerrar la puerta de casa, dejando a Alberto sin sospecha alguna de lo que estaba sucediendo, me asaltó la inquietud. Camino de la consulta, me repetía una y otra vez, como un mantra:

—Ya verás que no será nada, no fantasees, no te montes historias para no dormir.

Sin embargo, la burbuja de tranquilidad que me había construido explotó al minuto de entrar en la consulta. La recepcionista, tras recibirme, me aconsejó que leyese el informe con los resultados mientras esperaba al doctor. Con esas palabras comenzó una pesadilla de la que tardaría años en recuperarme. El informe del laboratorio utilizaba tecnicismos que no había leído en mi vida, pero la conclusión del diagnóstico no dejaba lugar a dudas: carcinoma epidermoides.

Eso sí que lo comprendí perfectamente. Sentí que mi alma abandonaba el cuerpo, si es que ésta existe. Me imagino que perdí el color porque la enfermera me ayudó a sentarme.

Esta vez me recibió el doctor Vilanova, que era quien me había tratado desde el principio. Como él conocía bien mi carácter —sabía que me gustan las cosas claras—, fue directo al grano:

—Te he conseguido hora con el mejor cirujano máxilofacial de España y probablemente también el mejor del mundo. Mañana a las tres te recibirá la primera en su consulta para valorar los resultados de la biopsia.

No le pedí más explicaciones. Sé que vi a mi médico, sé que entendí sus palabras, que me dieron el nombre y la dirección de la consulta del cirujano a la que debía acudir, pero mi mente estaba ya lejos. Empecé a plantearme la cuestión más importante.

—¿Cómo se lo digo a Alberto? ¿Cómo le explico a mi marido que tengo cáncer? ¿Cómo hago para que no se derrumbe?

En aquel momento no pude evitar revivir uno de los episodios más difíciles de mi vida: la depresión de Alberto y cómo nos costó a los dos sangre, sudor y lágrimas salir de esa enfermedad.

«Superamos la depresión —me decía—, pero ahora, ¿estará Alberto lo suficientemente fuerte para afrontar esto?»

La realidad era que yo tampoco sabía a lo que iba a tener que enfrentarme. En mi vida había oído hablar de cáncer de lengua, aunque sí sabía que existía el cáncer de boca. Por eso mi primera pregunta fue si iban a extirparme la lengua, y cómo podría hablar si eso sucedía. Para mí no se trataba sólo de un músculo fundamental para la vida, sino también era mi instrumento de trabajo.

Por aquel entonces no es que profesionalmente estuviera inmersa en una actividad frenética como la de otros tiempos, pero disfrutaba con mis colaboraciones semanales en Aragón Televisión, y solía asistir como invitada a programas que me permitían sentirme activa y gozar de una vida tranquila junto a Alberto, disfrutando de nuestras rutinas: cocinar, ir al cine, algún viaje…

Estoy acostumbrada a enfrentar los retos con valentía, tal y como me educó mi padre, pero en este caso la negación del diagnóstico fue inevitable. Me resistía a creer que fuera cierto.

No podía dejar de pensar que se trataba de la lengua; no de la mama o del pulmón, lo que habría sido más lógico en alguien que ha sido fumador.

En mi caso, el cáncer podía acabar conmigo y, aunque fuese afortunada y consiguiese sobrevivir, podría perder mi forma de vida.

CÓMO CONTARLE A ALBERTO MI ENFERMEDAD

En una situación límite la mente corre veloz. Yo no dejaba de preguntarme cómo había llegado a esta situación. Lo único que había hecho en mi vida había sido trabajar y luchar por salir adelante. Yo, que había batallado tanto por mí, por mi vida, por mi padre, por mi madre, por mi marido…, ahora tenía que enfrentarme a algo tan terrible. Y no sabía cómo hacerlo. Pero lo peor era que no sabía cómo decírselo a Alberto. «¿Cómo se lo cuento?», me repetía una y otra vez.

Cuando llegué a casa, mi marido estaba viendo una película y yo me metí o más bien me refugié en la cocina. Pero ese momento no podía demorarse eternamente, y al final Alberto acabó preguntando:

—¿Qué te dijo el dentista?

Intenté despistarle con un comentario banal, pero él comenzó a sospechar que algo no andaba bien.

—¿Qué pasa, que te tienen que sacar la mayor parte de los dientes? —me preguntó Alberto, inocente.

—Ojalá fuera eso —me envalentoné—. Es algo peor, pero me tienes que prometer que vas a ser fuerte, que te vas a enfrentar a esto conmigo. Te necesito ahora, porque es muy duro lo que te tengo que decir.

No sabía por dónde iba a salir. Se le veía cada vez más preocupado, así que decidí no retrasar más la terrible noticia.

—Tengo cáncer.

—¿Cómo que cáncer? Pero ¿dónde?

Le expliqué que se trataba de un cáncer de lengua, y añadí que me lo habían detectado a tiempo. En realidad estaba improvisando y mintiendo como una bellaca para suavizar el golpe. Desconocía si mi cáncer estaba o no cogido a tiempo. Lo único cierto en todo lo que le dije es que al día siguiente teníamos hora con el cirujano.

Quien me conoce sabe que soy una mujer resolutiva, así que ese mismo día me fui a ver a mi doctora de cabecera de la Seguridad Social, la doctora Rabasa, que goza de toda mi confianza. Es una gran profesional y me ha demostrado con creces que también es un excelente ser humano.

La doctora me recibió al acabar su horario de consulta, y cuando leyó el informe del diagnóstico le cambió la cara… Intentó conseguirme una cita urgente en oncología, pero le contestaron que no podrían atenderme hasta veinte días después. ¡Y eso que se trataba de un cáncer ya diagnosticado y agresivo!

Podía considerarme afortunada ya que al día siguiente me vería el cirujano que me habían recomendado, el doctor Julio Acero. Entonces busqué referencias suyas e investigué en internet. Descubrí que era una eminencia que daba conferencias sobre ese tipo de operaciones en Londres, en Moscú, y también en Estados Unidos. El doctor Acero era sin duda el número uno del mundo en su campo. Pero para mí lo más importante, después de haber sido su paciente, ha sido el trato tan cercano que dispensa el doctor y su equipo. En casos de un cáncer como el que yo padecía es muy importante la celeridad con la que se actúa, pero no lo es menos la calidez con la que te van informando de las malas noticias.

El doctor Acero me explicó que no podía demorarse la intervención; había que operar cuanto antes. Con un tumor en esa zona, el mayor peligro era que la enfermedad se extendiese hasta un ganglio. Me recordó que el sistema linfático está en el cuello, y si uno de los ganglios se ve afectado, el cáncer puede trasladarse a cualquier parte del cuerpo. Me puso el ejemplo del cáncer de mama, en el que hay que extirpar y analizar el ganglio guía, para saber si ha pasado a otros ganglios y se produzca la metástasis.

Durante esa consulta, Alberto pareció asumir la situación y le pidió al doctor que me operaran cuanto antes. Y así fue: dos días después me estaba sometiendo al preoperatorio. Estábamos a finales de enero y el 7 de febrero fui intervenida.

Desde el principio el doctor Acero y su equipo me ofrecieron todo tipo de facilidades. La intervención estaba programada para un sábado, pero el doctor me dijo que si le daba mi palabra de que iba a estar allí a las siete de la mañana en punto, no era necesario que pasase la noche del viernes en el hospital.

Ese día Alberto le pidió al doctor algún medicamento para dormir y calmar la ansiedad. Yo, en cambio, no quise nada. Al escuchar la petición de Alberto me resultó inevitable pensar en una posible recaída en la depresión, mi gran miedo, pero decidí que sólo podía resolver una cosa cada vez. «Afrontemos mi operación primero», me dije.

LAS DECISIONES… A SOLAS

En ese ambiente de franqueza y confianza que se había creado con el doctor Acero, le pedí que todo aquello sobre lo que hubiera que informar me lo contara únicamente a mí. Quería proteger a mi marido de las posibles malas noticias. Prefería lidiar sola con las complicaciones, porque necesitaba el cariño y la atención de Alberto, sin obligarle a enfrentarse a difíciles dilemas.

Por ello me encargué sola del papeleo. Firmé los papeles para dar mi autorización a la intervención, y me advirtieron de que por más pruebas, placas o análisis que me hicieran era imposible anticipar hasta dónde se extendía el tumor. Se sabía que era cancerígeno, que estaba situado en la lengua, pero no se podía definir ni su tamaño exacto ni hasta dónde podían llegar sus ramificaciones.

También autoricé que, en caso que fuese necesario, me rompiesen la mandíbula para alcanzar la base de la lengua. Había un amplio abanico de incertidumbres y posibilidades que no compartí con nadie, ni siquiera con Alberto.

Me explicaron que se trataba de una operación de nueve horas de duración. Se seguía un procedimiento muy invasivo: abrirían de un extremo a otro de la cara y levantarían la piel para extirpar un gran número de ganglios y el tumor de la lengua. Tuve que someterme por adelantado a una traqueoto

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