La maldición de las musas (Cuentos de Bereth 2)

Javier Ruescas

Fragmento

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2

Adhárel se había sentado en las escaleras interiores del castillo de Salmat con la cabeza enterrada entre las manos y la mente en otra parte: en algún lugar desconocido y oscuro donde Duna lo esperaba. Si solo supiera dónde se encontraba aquella guarida...

Había decepcionado a tantas personas en los últimos días que intentaba no pensar en ello. El tiempo había pasado, Duna seguía desaparecida y la cuenta atrás corría sin descanso. Pronto tendría que regresar a Bereth, y entonces..., ¿qué? No podría reinar en su situación y tampoco quería. El reino quedaría desprotegido todas las noches y Duna... Duna... ¿dónde estaba? Cuando los encerraron en aquella casa en Luznal no había podido soportar el enclaustramiento, ¿qué estaría sintiendo ahora?

¡Flash!

—¡Corre! —gritó Duna.

—¡Ah! —exclamó Adhárel.

—¡Tú! —gritó Sírgeric.

El príncipe se levantó de un brinco, incapaz de creer lo que veía.

—Por el Todopoderoso, ¿qué está pasando aquí? —preguntó Sírgeric, guardando el mechón de pelo dorado en el colgante. Pero ni Duna ni Adhárel le escuchaban.

—¿Du-Duna? —El nombre se le trabó en la garganta. Era ella y estaba allí. Delante de él. Un milagro, solo podía ser un milagro.

—Adhárel...

Se abalanzó sobre ella y la abrazó con desesperación.

—Lo siento muchísimo... Lo siento, Duna..., lo siento...

—Sabía que estabas vivo, lo sabía, lo sabía... —decía ella—. Lo sabía...

—Bueno, ya me encargo yo de ir cortando las cuerdas de las muñecas y ahora me explicáis de qué va todo esto.

El príncipe se levantó y estrechó entre sus brazos al sentomentalista, algo que pilló a este por sorpresa.

—No podrías haber aparecido en mejor momento. Gracias...

Entre los dos liberaron a Duna. Cuando la última cuerda se soltó, la muchacha se abrazó a Adhárel con lágrimas en los ojos sin recordar las heridas de las muñecas.

—¿Estás bien? —le preguntó él—. ¿Te han hecho daño? ¿Te han hecho algo?

Duna negó repetidas veces con la cabeza.

—No te preocupes, estoy bien. —Y después le besó en los labios. Sírgeric tosió para llamar la atención. Duna se separó y sonrió.

—Gracias, Sírgeric. —Y también lo abrazó—. ¿Y Cinthia?

Dos guardias aparecieron en ese momento en el recibidor.

—¿Qué está pasando aquí? Hemos oído... ¡Eh! ¿Quiénes son esos? —Los apuntaron con las lanzas, pero Adhárel se interpuso entre ellos.

—Son amigos. Y están heridos.

Los soldados se miraron entre sí.

—¿Cómo han entrado?

—Pues... —Sírgeric se rascó la cabeza.

—¿No me habéis oído? ¡Están heridos! Avisad a alguien para que venga a curarles las heridas.

Los dos guardias bajaron las lanzas y llamaron a una doncella.

—Vayamos a un lugar más tranquilo —dijo el príncipe, tomando de la mano a Duna—. Quiero presentaros a alguien.

Los llevó hasta la sala donde se reposaba Wilhelm. El sol hacía un rato que se había puesto y la habitación estaba en penumbra.

—¿Wil? —preguntó Adhárel, abriendo la puerta—. ¿Estás despierto?

—Ahora sí.

Al instante, un sirviente entró y comenzó a encender velas. Mientras tanto, el hombre cuervo se fue incorporando.

—Quiero presentarte a unas personas.

El hombre se dio media vuelta y se tapó el ala, pero Duna y Sírgeric dieron un paso atrás cuando lo vieron.

—No os preocupéis. Es un amigo. Un buen amigo. Chicos, este es Wilhelm D’Artenaz, príncipe de Salmat. Wil, estos son Sírgeric y... Duna.

La sorpresa al oír aquello lo dejó lívido y la sonrisa multiplicó las arrugas de su rostro.

—¿Duna? ¿Tu Duna? ¿La Duna que estaba perdida?

—La misma —respondió ella, más tranquila.

Wilhelm se levantó del sillón y se acercó a ellos con el ala y el brazo alzados.

—Por el Todopoderoso, ¡es un milagro!

—Se hace lo que se puede —susurró Sírgeric.

—¿La has traído tú? —preguntó el príncipe.

—Sírgeric es mucho más de lo que aparenta a simple vista —apuntó Adhárel, guiñando un ojo. No podía ocultar su felicidad. Duna se acercó y él le pasó un brazo por los hombros antes de darle un beso en la cabeza.

—Es un placer conoceros, Wilhelm —dijo Duna, e hizo una breve reverencia.

—El placer es mío, y no tenéis que utilizar formalismos conmigo. Los amigos de Adhárel también son los míos.

Un par de doncellas aparecieron en ese momento con una bandeja cubierta de distintos tarritos y vendajes.

—Son para ella —dijo Wilhelm, cediéndole el paso a Duna para que tomara asiento en el sofá.

Mientras la curaban, Sírgeric preguntó:

—¿Alguien podría explicarme qué está sucediendo y por qué Duna estaba encerrada y maniatada en ese cuarto? Y de paso, confirmadme que no he oído mal y que es verdad que estamos en Salmat.

—Sí, estamos en Salmat —respondió Adhárel—. En su castillo, para ser exactos.

—¿Sigues... maldito?

El príncipe asintió.

—Es una historia algo complicada.

—Tenemos tiempo.

—No tanto como pensamos —intervino Duna—. No deberíamos seguir aquí a medianoche.

—Ya veo —comentó Sírgeric.

—¿Y Cinthia? —preguntó Duna de nuevo.

Adhárel miró a su amigo.

—Es verdad, ¿dónde está?

El sentomentalista tragó saliva y negó con la cabeza.

—No lo sé —respondió en un susurro.

—¿Cómo que no...? —Las doncellas terminaron de envolverle la piel en gasas y se retiraron.

—Por eso estoy aquí —añadió el chico.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella.

—Se marchó. Anoche me desperté y... y no estaba. Sus cosas seguían allí, pero ella... ella...

—No lo entiendo —dijo Duna—. ¿Por qué no la buscaste con... con su cabello como hiciste conmigo?

—¿Crees que no lo intenté? ¡Estuve toda la noche probando! Creí que había perdido mi don. Por mucho que me concentrase no conseguía viajar. Tras mirar por los alrededores, decidí pedir ayuda.

—¡Pero no puede haber desaparecido! ¿Por qué no has podido viajar hasta ella? —preguntó Adhárel.

—No lo sé. ¡No lo sé! —Sírgeric tragó saliva—. Es como si estuviera... muerta.

—Sírgeric...

—Pero no, sé que no lo está.

—¿Qué te hace estar tan seguro? —intervino Wilhelm.

Sírgeric lo miró desafiante.

—Lo sé.

—¿Seguíais en Bereth? ¿Qué hacíais?

El sentomentalista negó con la cabeza.

—Estábamos por el bosque de Célinor. Acabábamos de visitar los restos de Belmont. Pensábamos seguir hacia el norte cuando...

El muchacho se quedó en silencio.

—¿Cuando qué, Sírgeric? —Duna le puso la mano sobre el brazo.

—Cuando ella empezó a hacer esas cosas... —se masajeó la frente y añadió—: No sé qué le pudo pasar. Yo le hablaba y ella no contestaba o contestaba otra cosa. Recuerdo que comenzó a tararear una canción. No podía quitársela de la cabeza, decía. Me preguntaba si no me parecía maravillosa sin esperar respuesta. Yo quise saber dónde la había oído pero ella nunca contestaba. Y entonces desapareció.

—¿Así? ¿De repente?

—Sí. Esperaba que pudierais ayudarme a encontrarla.

Duna lo abrazó.

—Lo haremos, Sírgeric. No te preocupes.

Wilhelm carraspeó.

—Deberíamos marcharnos. Ya es tarde y el dragón...

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3

Adhárel ayudó al hombre cuervo a recoger sus pertenencias y salieron. En la puerta principal del castillo había un grupo de soldados esperando.

—Debo marcharme —les anunció Wil.

—¿Señor? —El capitán dio un paso al frente—. Pero, señor..., vos... vos sois ahora el rey.

El hombre cuervo negó con la cabeza.

—No, no lo soy. Pero pronto llegará quien sí lo sea. Hasta entonces, proteged el reino, guardad el castillo y obedeced al consejo en todas sus decisiones.

—Señor...

—Buena suerte.

Y sin decir una palabra más, se alejó de allí, seguido por Duna, Sírgeric y Adhárel. Cruzaron Salmat sin decirse nada. Los guardias del portón de la muralla se despidieron de ellos antes de cederles el paso hacia el bosque de Ariastor.

Llegaron poco antes de la medianoche. Una vez que se internaron en las profundidades, Duna encendió su colgante de luzalita y siguieron avanzando.

—¿Wil? —preguntó Adhárel.

—No creo que deba guiaros yo esta vez. Ha llegado el momento de tomar caminos diferentes, príncipe.

Duna y Sírgeric les observaron sin decir una palabra.

—Pero...

—Venga, chico. La has encontrado y estoy seguro de que hallaréis la otra muchacha antes de que os deis cuenta. Parece que el destino está de tu parte.

—¿Y tú qué vas a hacer?

—Mi sobrina me está esperando en algún lugar.

—¿Qué te dicen?

—Desde que he despertado, nada. Qué extraño...

Duna se acercó a ellos.

—Adhárel, deberías...

—Oh, sí. Tienes razón. —Se despidió de Sírgeric y luego le dijo a Wil—: Al menos quédate hasta mañana, ¿de acuerdo?

El hombre cuervo se encogió de hombros sin dar una respuesta clara.

—Iremos encendiendo una hoguera —anunció Sírgeric.

Adhárel y Duna se alejaron de allí hasta situarse tras unos árboles.

—Te he echado muchísimo de menos —le dijo la muchacha.

—Yo a ti también. —La estrechó entre sus brazos y respiró su aroma—. Había veces que creía que..., pero luego me decía que no era posible.

Apartó un mechón de su frente y la besó con la intensidad y el cariño con los que había fantaseado desde que se separaron. No hicieron falta más palabras. Todo quedó dicho con sus gestos y caricias.

Después el príncipe fue desvistiéndose. Apenas se hubo quitado la camisa cuando dio comienzo la transformación. Duna se alejó con la ropa y observó el cambio con el corazón palpitándole en el pecho y una sonrisa en los labios.

—Sabía que lo salvarías —le dijo al dragón. A continuación, le palmeó el lomo y lo apremió para que se marchase a cazar. La criatura bajó el hocico y acarició a Duna con tanta suavidad como fue capaz.

—A ti también te echaba de menos —repitió ella—. Ahora vete a comer algo, que el príncipe va a mataros de hambre a los dos.

Él gruñó un par de veces y se alejó de allí a paso lento.

Cuando Duna regresó a las rocas donde estaban esperando Sírgeric y Wilhelm, los escuchó charlar frente a una pequeña hoguera.

—¿Así que llevas uno por persona? —preguntó Wil, balanceando los tres colgantes que Sírgeric se había quitado del cuello.

—Uno de Duna, otro de Adhárel y el último de... Cinthia.

—Nunca había oído hablar de un don como el tuyo.

—Ni yo de uno como el tuyo. Vaya, si es que eso es un poder —añadió, y señaló el ala negra.

—Algo así...

El sentomentalista se quedó esperando a que continuase, pero al ver que no lo hacía dijo:

—La verdad es que no es algo demasiado práctico. Quiero hacerme un colgante con tres huecos. Será más cómodo y menos aparatoso que llevar tres. Lo haré cuando regresemos a Bereth.

—¿Ya te has cansado de recorrer el Continente? —intervino Duna, sentándose a su lado.

—En realidad, no —contestó Sírgeric—. Pero no me quedan muchas ganas después de que Cinthia haya desaparecido.

—La encontraremos, no te preocupes. No puede estar muy lejos. Preguntaremos; seguro que alguien la ha visto.

—Eso espero.

—Y después podréis seguir con vuestras excursiones.

Se quedaron los tres en silencio mirando crepitar el fuego.

—Duna —dijo Wilhelm un rato después—, ¿descubriste por qué os atacaron?

La muchacha se encogió de hombros.

—Estaban haciendo un trabajo para alguien, pero no dijeron para quién. Por lo que oí, debían acabar con Adhárel y llevarme a mí con ellas.

—¿Dijeron a dónde?

Ella asintió.

—A la Posada del Sauce, pero no sé dónde está.

—En el bosque de Célinor —comentaron a coro los dos hombres.

Sírgeric sacó de su morral un mapa y lo extendió para estudiarlo. El Continente, con su forma de luna decreciente, brillaba bajo la luz de la hoguera.

—Nosotros estamos aquí —informó, señalando el bosque de Ariastor—. La noche en que Cinthia se perdió estábamos durmiendo... por aquí. Muy cerca del monte Érade.

—No es el sitio más recomendable para dormir —comentó Wil.

—Pensábamos seguir hacia el norte. Queríamos visitar Hamel.

—¿Y no es posible que Cinthia se hubiera adelantado? —sugirió la chica.

—¿Sola?

—Bueno, no lo sé... —Duna guardó silencio—. Intento buscar una razón lógica a su desaparición.

—Algo raro le sucedió. Algo relacionado con esa maldita cancioncilla que no dejaba de tararear. Estoy seguro.

—Maldita cancioncilla... —repitió Wil—. Hummm... Maldita...

Sírgeric removió las ascuas con un palo para avivar la llama.

—¿En qué piensas?

—¿Qué te contó de ella?

—Casi nunca respondía. Solo decía que no podía dejar de tararearla.

Duna suspiró, preocupada.

—Entonces, ¿adónde deberíamos dirigirnos mañana? —preguntó.

—Hacia el norte.

—¡Agh! —exclamó Wil, tapándose la oreja con la mano—. ¡Demonios!

La muchacha se acercó.

—¿Estás bien? ¿Qué te pasa?

—Estoy... estoy bien... —Pero sus ojos no confirmaban sus palabras.

—Tengo agua aquí —dijo Sírgeric, sacando de su bolsa una cantimplora—. Toma, bebe.

—Gracias. —El hombre cuervo le dio un trago—. Solo necesito dormir un poco.

Se recostó sobre una parte con musgo y cerró los ojos.

—Pues está decidido: mañana partiremos hacia allí.

Duna asintió y alzó la mirada al cielo. El dragón pasó sobre las copas de los árboles en ese preciso instante. Tragó saliva y se secó una lágrima que se escurría por su mejilla.

—Duna... —dijo Sírgeric en voz baja—. ¿Podrías ponerme al día de lo que ha sucedido?

La muchacha sonrió y asintió.

—Pero antes... ¿tienes algo de comer? Hace más de un día que no pruebo bocado y me muero de hambre.

—¡Claro!

El muchacho sacó una bolsa que contenía cereales, queso y un pedazo de pan endurecido.

—Como en los viejos tiempos —bromeó, recordando su rescate de la torre de Belmont. Después cogió la cantimplora de la que acababa de beber Wilhelm y la alzó—. Por nosotros... y porque la encontraremos.

—Lo sé —dijo Sírgeric, revolviéndose el pelo—. Chinchín.

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4

Cinthia se relamió los labios y siguió caminando. Estaba sedienta, pero apenas era consciente. El sol golpeaba desde el cielo con toda su fiereza. Parecía querer avisarla de que no siguiese andando, de que se parase a descansar bajo la sombra de algún árbol. Pero allí no había árboles y, además, deseaba continuar escuchando aquella hermosa melodía. Si se detenía, la perdería; solo pensar en ello se ponía triste.

A su lado, marchaba una niña mucho más pequeña que sonreía encantada. El osito de peluche que llevaba entre las manos se bamboleaba al ritmo de sus pasos. Llevaba el pelo recogido en una larga coleta. Cinthia también estaba feliz, como ella.

No recordaba cuándo había comenzado a oír aquella música tan hermosa, pero no podía seguir respirando sin sentirla de fondo. La necesitaba por encima de cualquier otra cosa. Aquella melodía era más importante que el aire para sus pulmones o la comida para su estómago. Era maravillosa. A veces triste, a veces alegre, a veces lenta y otras, rápida. Subía y bajaba como las laderas del Continente. Contaba historias que solo Cinthia conocía y hablaba de amores imposibles, de batallas olvidadas y de dragones que protegían a princesas. Dragones..., princesas... Aquello ya lo había oído antes, pero ¿dónde?

¡Qué importaba! La música hablaba ahora de campos llenos de flores y de nubes blancas que cubrían el cielo. No podía distraerse, ¡no quería! Era tan maravillosa, pensaba una y otra vez. ¿Cómo podía existir algo tan perfecto en el Continente? Cuando se lo contase a... a... ¿Cuál era su nombre? ¿El de quién?

¡Ahí estaba otra vez el estribillo que tanto le gustaba!

El viento arrastraba las notas hasta sus oídos, hasta su piel, hasta su alma. Y ella las seguía. No, las perseguía. Quería más, necesitaba más. ¿Y si se terminaban? No, no debía pensar cosas tan horribles. El mero hecho de preguntárselo le helaba la sangre y le producía escalofríos. La música nunca se acabaría. Seguiría allí siempre, como el sol o como la luna. Aunque pasasen los años, aunque ella desapareciese, la melodía continuaría allí. Y aun después, cuando su alma abandonase su cuerpo, serían aquellas notas las señales que le indicarían el camino. ¿Qué haría sin ellas? Nada. Pero no había por qué preocuparse, seguirían allí..., seguirían allí...

¡Eh! ¿Quién era ese niño que iba delante de ella? ¡Era injusto! ¿Cómo... podía...? ¿Cómo...? Bah, daba igual... Aquella música era solo para ella, y lo sabía, pero no le importaba compartirla. Todo el mundo merecía escucharla y sentirse un poco más feliz.

La melodía los llevó por valles y llanuras. El paisaje desfilaba ante ellos sin que ninguno le prestara atención. ¿Para qué? Lo que sentían era tan maravilloso que lo mejor era cerrar los ojos y dejarse arrastrar. ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo sin aquella música? Más aun, ¿qué había pasado en el tiempo que no había existido aquella canción? Nada importante, seguramente. Su vida comenzaba de nuevo con cada nota. Era tan feliz que no podía dejar de sonreír.

Ni ella ni los demás.

Horas más tarde llegaron a un nuevo reino sin que ninguno se diera cuenta. Mientras la música siguiera sonando, les daba igual hacia dónde se dirigiesen o cuándo llegarían a su destino, fuera cual fuera este.

A la cabeza del grupo de niños y niñas, un hombre disfrazado de arlequín, con los colores desvaídos y una máscara en el rostro, trotaba al ritmo de la música que producía su hermoso pífano de madera tallada. Parecía disfrutar tanto como su séquito, y es que la música había sido su vida desde que podía recordar... o desde que quería recordar.

Cuando cruzaron la frontera, el arlequín se detuvo a tomar aire, sonrió y volvió a tocar con más fuerza y energía su pífano, preocupado porque alguien no llegara a escucharle.

Ya voy..., decía con cada nota.

Ya voy..., y estéis donde estéis os encontraré.

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5

Kalendra y Firela pasaron la noche entera despiertas. Tras la repentina desaparición de Duna a manos de aquel desconocido y después de curarse las heridas, las dos asesinas decidieron recoger los pocos bártulos que llevaban consigo y bajar al sótano de la casa a pensar. No querían que, además de haber fracasado en su misión, un simple error desvelase su paradero a los guardias de Salmat. Allí permanecieron, a la luz de una mísera vela, aguardando el amanecer con los ojos hinchados y un humor de perros.

—¿Quién diablos era ese tipo? —preguntó Kalendra. La herida de la garganta la obligaba a detenerse cada pocas palabras a tomar aire—. ¿Y de dónde salió?

—Lo que yo me pregunto es cómo desaparecieron delante de nuestras narices.

—Era un sentomentalista, maldita sea. ¡A nosotras nadie nos habló de sentomentalistas! —La mujer descargó su rabia contra el suelo—. Y encima, el estúpido príncipe sigue vivo.

Su hermana se recostó en la madera húmeda.

—Deja de lamentarte. No sirve de nada y tardarás más en curarte.

—Eres idiota. ¿No te das cuenta? ¡Hemos quedado con Dírlilag... en la posada dentro de dos días! Y no tenemos ni a la chica, ni al príncipe.

—Entonces tendremos que cazarlos de nuevo.

—¿Cómo...?

—La primera vez no fue tan difícil, admítelo. Esto no es más que un contratiempo.

—¿No eras tú la que no querías este trabajo?

Firela la miró de refilón.

—Y sigo sin quererlo. Pero tendremos que asumir las consecuencias de nuestras decisiones, digo yo. Lo primero que deberíamos hacer es llamar al hombrecillo y explicarle la situación.

A Kalendra le entró un ataque de tos.

—¿Te has vuelto loca? ¿Qué quieres que le diga?

—La verdad, obviamente.

—Conmigo no te pongas petulante, Fira. Si estamos así, es por tu culpa.

—¡¿Perdón?! —se incorporó con los ojos desorbitados.

—Ya me has oído. Tú decidiste que teníamos que actuar hoy sin falta. Yo solo te seguí.

—Esto es increíble...

—Es la verdad. Te dije que debíamos esperar y prepararlo todo mejor.

—Kalendra, no te consiento que me eches la culpa de lo que ha sucedido.

—Como quieras...

—Muy bien, pues si no quieres hablar tú con él, lo haré yo.

Abrió el morral de su hermana sin esperar respuesta y buscó el espejo hasta dar con él. Lo sacó y echó un escupitajo al cristal. La luz comenzó a resplandecer durante varios segundos hasta que en su interior apareció el rostro de Dírlilag.

—¿Dónde estáis? —preguntó el hombre sin perder un momento.

—Lejos de Célinor.

—¿Lejos de Célinor? ¿Qué estáis haciendo? La cita es mañana. ¿Hay algún problema?

Firela asintió.

—La muchacha se ha escapado.

—¡¿Qué?! —El rostro se descompuso en una mueca de incredulidad.

—Apareció un sentomentalista y se la llevó con él.

—¿Un sentomentalista? ¿Os burláis de mí?

Kalendra soltó una carcajada desde su posición. Firela la fulminó con la mirada.

—Necesitamos más tiempo.

—No hay más tiempo.

—Entonces no hay chica.

—No te olvides mencionar que el príncipe sigue vivo —le recordó Kalendra.

Firela suspiró y se lo dijo a Dírlilag.

—¿No me dijisteis que lo habíais matado?

—Pues parece que no del todo —replicó ella, mirando de reojo a su hermana.

—Maldita sea. ¡Maldita sea...! —exclamó, furioso—. ¿Y vosotras sois las mejores asesinas del Continente? No sois más que un fraude.

Firela respiró hondo y contuvo las ganas de estrellar el espejo contra el suelo.

—Dadnos dos semanas más y los tendréis.

El hombre guardó silencio y se masajeó las sienes. ¿Dos semanas? ¿Tendría tanto tiempo?

—De acuerdo. Dos semanas más, pero la paga será la mitad de sustanciosa.

—¿La mitad? —se quejó Kalendra.

—Trato hecho —se apresuró a responder Firela—. Dentro de catorce días nos encontraremos en la Posada del Sauce.

—No volváis a utilizar el espejo si no es una emergencia. Recordad que la cuarta vez...

Firela secó el cristal con su manga y la imagen de Dírlilag desapareció. Cuando se giró para guardarlo, su hermana la miraba atónita.

—¿Qué pasa? —replicó ella—. No me gusta que me repitan las cosas.

Kalendra sonrió antes de comenzar a toser.

—¿Cuánto tendremos que esperar?

—Mañana por la noche saldré para ver cómo está Salmat de protegido. Con un poco de suerte, nos habrán dado por perdidas y podremos salir con la misma facilidad con la que entramos.

Kalendra asintió, aún preocupada.

—Hacernos con el trono no será tan fácil ahora, lo sabes, ¿verdad?

Firela se tumbó en la madera con la mirada clavada en el techo.

—Solo si la niña sigue viva.

—Ni tú ni yo hemos escrito una Poesía esta noche...

—Lo cual solo quiere decir que hoy no nos coronarán —apuntó Kalendra—. Pero igual los astros quieren que seamos reinas mañana, o pasado o...

—O que la niña siga viva. Antes de nada, tenemos que averiguar la respuesta.

—¿Y qué sugieres?

Firela meditó unos instantes en silencio hasta que dijo:

—Tézcar.

Kalendra se volvió hacia ella como si le hubieran dado un latigazo.

—¿Estás delirando otra vez o qué te pasa? No pienso acercarme a ese tipo en lo que me queda de vida.

—Es la única solución, Kendra. Él nos puede ayudar a terminar el trabajo y a saber si Lysell sigue viva.

—¿A cambio de qué, Fira? Sabes lo que cobra, y no estoy dispuesta a pagarlo.

—Pues lo haré yo.

—¿Dejarás que un sentomentalista se inmiscuya en nuestros asuntos?

Firela asintió.

—Ellos también lo han hecho, te lo recuerdo.

—¡Pero no se trata de una competición! ¡Es peligroso!

—Dale una vuelta esta noche, y si encuentras una solución mejor, házmela saber por la mañana.

Kalendra volvió a gruñir algo, pero esta vez Firela no dijo nada. Sabía que había dado con la solución a sus problemas, aunque muchos se lo pensarían más de dos veces antes de pagar el precio que Tézcar exigía por sus servicios.

Firela cerró los ojos esperando a que llegara el sueño. Sin embargo, antes de quedarse dormida preguntó:

—¿Te acuerdas de cuando empezamos?

—Fira...

—Dijimos que solo sería hasta conseguir dinero suficiente... —En un murmullo añadió—: Las heroínas que el Continente necesitaba.

—Si quieres seguir torturándote, hazlo en voz baja —le pidió su hermana, dándole la espalda y pegándose a la pared—. Buenas noches.

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6

El dragón trazó un último surco en el aire antes de descender. Después anduvo por el bosque, arrancó de cuajo árboles y helechos hasta llegar al lugar donde dormitaban los demás. Se echó junto a Duna, bostezó y agachó el hocico. Antes de que sus ojos se cerraran, dio comienzo la transformación.

Duna se despertó cuando Adhárel tomaba su forma humana. Gateó por el suelo hasta él y le dio un beso en los labios para despertarlo.

—Buenos días, príncipe dragón.

—Buenos días —dijo él, abriendo los ojos con pesadez y devolviéndole el beso.

—¿Cómo te encuentras?

Adhárel la rodeó con sus brazos.

—Demasiado vivo para lo temprano que es.

Duna apoyó la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos. El corazón de Adhárel latía con prisa bajo su oído, como si hubiera estado haciendo ejercicio durante horas. El corazón de un dragón, se dijo. Intentó acompasar su respiración a la del príncipe mientras él le acariciaba el cabello con ternura.

—Te quiero... —le susurró.

—¿De verdad?

—Absolutamente.

—¿Aunque siempre termine encerrada?

—Sabes que sí.

—¿Y aunque te pases la noche custodiando la torre?

—Lo hice para proteger a nuestros enemigos de tu furia —bromeó Adhárel.

—Ya te vale...

—Nunca habíamos hablado de esto hasta ahora —apuntó el príncipe.

Duna tragó saliva, incómoda.

—Supongo que no estaba preparada. —Guardó silencio y después añadió—: Pensar que no volvería a verte me ha servido para darme cuenta de que es absurdo temer lo irracional. Si dejas que venza, el mundo entero se convertirá en la torre en la que estás cautiva.

Adhárel guardó silencio, meditando sus palabras y dándose verdadera cuenta de lo mucho que la había echado de menos.

—Qué gran verdad... —dijo en ese momento una voz a su espalda.

—¡Sírgeric! —exclamó Duna, incorporándose—. ¿No sabes que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas?

—¿Y tu príncipe no sabe que es de mala educación andar por ahí en cueros?

Duna se apresuró a acercarle una manta.

—Buenos días a ti también —comentó Adhárel, forzando una sonrisa.

—¿Ya podemos dejar de fingir entonces? —preguntó Wilhelm estirando el brazo y el ala.

—Estupendo... —masculló Duna, volviendo al lugar donde había dormido y lanzándole al príncipe su ropa para que se vistiera—. ¿Desde cuándo estáis despiertos?

—Desde que llegó el dragón —respondió Sírgeric en mitad de un bostezo.

—Yo desde un poco antes.

Duna hizo un mohín de enfado y se puso a recoger. Adhárel regresó enseguida, ya vestido.

—Mucho mejor —comentó Sírgeric.

—¿Habéis decidido hacia dónde iremos? —preguntó el príncipe, ignorando al sentomentalista.

—Al norte —respondió Duna.

—Bereth está de camino —señaló Wilhelm.

Adhárel lo miró y alzó la ceja.

—¿Nos acompañas?

—Eso parece... —comentó el hombre cuervo, señalándose la cabeza.

El príncipe sonrió y asintió.

—Bueno... Podríamos parar en casa a reponer fuerzas y a saludar.

—Y a coger ropa limpia —añadió Duna.

—Si nos damos prisa, estaremos allí por la noche.

—¿Y mañana temprano seguiríamos nuestro camino? —preguntó Sírgeric, preocupado.

—Sin perder un instante —le prometió el príncipe.

—A mí me parece bien —añadió Wilhelm, masajeándose el ala por encima de las vendas.

Echaron tierra sobre la hoguera y se pusieron en marcha. Adhárel agarró a Duna de la mano y le dio un beso.

—Siento mucho todo lo que ha ocurrido —le dijo—. Pero ¿cómo pudiste escapar si te tenían encerrada? ¿No estaba haciendo guardia ninguna de las dos mujeres?

—No cuando Sírgeric apareció. Dijeron que se marchaban a terminar unos asuntos.

—¿Unos asuntos?

Ella asintió.

—No sé qué clase de asuntos se resuelven con unas dagas y una ballesta, pero eso fue lo que cogieron.

Adhárel se paró en seco y exclamó:

—¡Wil! ¡Wil!

—¿Qué sucede? —preguntó el interpelado, volviéndose.

—Las... las dos asesinas que raptaron a Duna. Las que intentaron matarme...

—Sí, sí, ¿qué pasa?

—Creo que fueron las mismas que asesinaron a tu hermana.

—¿Cómo? —El rostro del hombre cuervo se descompuso—. ¿Quiénes eran? ¿Averiguasteis algo de ellas?

—Solo sus nombres —respondió Duna—. Kalendra y Firela, aunque se llamaban entre ellas...

—Kendra y Fira —concluyó él.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque son mis hermanas.

—¡¿Qué?! —exclamaron los dos al unísono. La cara de Sírgeric era igual de elocuente.

—Kalendra y Firela son mis dos hermanas gemelas. Se marcharon del palacio el mismo día que yo hui de Salmat. Ahora entiendo por qué.

—Tenemos que regresar y decírselo a alguien —comentó Duna—. ¡Podrían volver y coronarse reinas ahora que han matado a Dalía!

El hombre cuervo negó con la cabeza.

—No hay tiempo. Además, Lysell sigue viva. Y mientras eso no cambie, ella será la heredera al trono, no mis hermanas.

—Pero...

—Dalía dijo que el secreto de Lysell lo conocían unos pocos en el palacio. Los necesarios para evitar esto. Tarde o temprano, Fira y Kendra se darán cuenta de que Lysell existe e irán a por ella. Mi deber es encontrarla y protegerla.

Duna seguía igual de consternada.

—Pero ¿cómo han podido hacerlo?

—¿Matar a Dalía? Llevarían planeándolo años.

—¿Y de verdad piensan que los aldeanos van a querer tener por reinas a dos asesinas tan horribles?

Wilhelm sopesó la pregunta.

—Una vez que ellas sean las reinas, dará igual lo que hayan hecho en el pasado para conseguirlo. Todo está permitido en estos casos. ¿O no, Adhárel?

La imagen de Dimitri se pasó por la mente del príncipe.

—Supongo que sí... —murmuró.

—Pero ¿por qué hablas en plural? —preguntó Duna—. Solo una de ellas podrá llevar la corona.

Wil hizo un ademán.

—Actúan juntas, piensan juntas..., reinarán juntas, aunque solo una dé las órdenes.

Duna se estremeció al recordar que verdaderamente era así como las había visto trabajar.

—Ahora lo importante es que encuentre a Lysell —añadió el hombre cuervo—. Kendra y Fira lo intentarán también. No creo que se atrevan a poner un pie en el palacio sin estar seguras de haber atado todos los cabos.

—¿Y cómo piensas dar con la niña? —preguntó Sírgeric, cruzándose de brazos.

—Tengo mis trucos... —respondió escueto Wil, antes de darse la vuelta y ponerse en marcha.

Duna y el sentomentalista cruzaron las miradas con Adhárel, pero este se encogió de hombros y siguió al hombre cuervo.

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7

A mediodía se detuvieron a descansar en mitad de un camino de grana que desembocaba en Bereth. Ya casi no quedaban reservas en el morral de Sírgeric y lo poco que habían cogido Wilhelm y Adhárel de Salmat también estaba a punto de acabarse. Con todo, la buena disposición y la ilusión de regresar a casa habían inflado los ánimos de todos, a excepción de los del sentomentalista, que no dejaba de abrir y cerrar el colgante de Cinthia. Mientras almorzaban, el príncipe se fijó en que, cada cierto tiempo, sacaba el mechón y cerraba los ojos, concentrándose. Por primera vez desde que se habían reencontrado, Adhárel descubrió las ganas que tenía de verlo desaparecer. Pero no ocurrió ni una sola vez.

Tras llenar el estómago, siguieron adelante con los ánimos renovados. Entre otras cosas, fueron charlando sobre la luzalita que habían descubierto en la isla de los piratas, lo infructuosa que resultaba la búsqueda de maese Kastar y el estado de la electricidad en el Continente.

—Creí que Bereth era el único reino que no tenía de qué quejarse... —dijo Wilhelm, apoyándose al caminar sobre su cayado—. Hay personas que matarían por ello.

—No lo puedes ni imaginar —comentó Duna.

—Y así era. Hasta que todo se complicó, el reino estuvo a punto de desaparecer por culpa de un par de locos y decidimos acabar con las máquinas.

El hombre cuervo los miró de hito en hito.

—¿Máquinas? ¿De electricidad? —Adhárel dijo que sí con la cabeza—. Vaya... Pensé que eran un cuento de mi padre, que no existían en realidad.

—Ahora es lo que son. Nada más que un cuento, por suerte para todos.

—¿Y había... contenedores? ¿Contenedores enteros?

—¿De electricidad? Todavía los hay. Dos, para ser exactos. —Y previendo la pregunta, añadió—: Pero juramos no volver a utilizarlos jamás para la guerra.

—Sabia decisión... por el momento.

Adhárel lo miró extrañado, pero no quiso seguir ahondando en el tema. La electricidad había traído más desgracias que soluciones al reino de Bereth y, si por él hubiera sido, habría liberado hasta la última chispa de los contenedores. Con todo, la reina Ariadne consideró que malgastar un bien tan valioso como la electricidad en lugar de ofrecérselo a sus súbditos era un crimen igual de despreciable, por lo que el consejo terminó aceptando esa opción.

El príncipe no veía el momento de reencontrarse con su madre y preguntarle cómo había ido todo en su ausencia. Desde que se marcharon no había dejado de preocuparse por la situación del reino. Con la intención de distraerse, se adelantó para alcanzar a Wilhelm y le preguntó:

—Entonces, ¿te quedas?

El otro dibujó una media sonrisa.

—Eso parece, si no quiero volverme loco.

El príncipe asintió. Wilhelm soltó una carcajada amarga y después se puso serio.

—Oye, Adhárel, en cuanto a lo mío...

—No diré nada, te lo prometo. Lo juré, ¿recuerdas? A no ser que tú me lo digas, no lo comentaré con nadie, ni siquiera con Duna.

—¿Qué pasa conmigo? —preguntó de repente la muchacha, que había terminado alcanzándolos.

—Le decía a Wilhelm que ni siquiera contigo había...

—... hablado de la boda —intervino el hombre cuervo, sonriendo.

Adhárel lo miró consternado mientras Duna le dirigía una mirada de absoluta extrañeza. Wilhelm dejó de sonreír.

—¿De la... boda? ¿Qué boda?

—De la de... de la de...

—¡La de mis padres! —exclamó el hombre cuervo—. La de los reyes de Salmat. Fue maravillosa. Se la... se la conté a Adhárel antes de que aparecieras tú y... le gustó mucho.

—Pero todavía no había tenido tiempo de hablarlo contigo —añadió el príncipe, forzando todavía más la sonrisa.

La muchacha alzó la ceja.

—Ya... ¿Y por qué querías hablarme de ello? ¿Piensas organizar alguna?

—¿Qué? No. Sí. ¿Tal vez...? —El rubor se extendió por sus mejillas—. Más adelante, supongo.

Duna chasqueó la lengua y los adelantó.

—Buen intento —les dijo, sin más.

Los dos hombres se miraron un instante y se aguantaron una carcajada.

Sírgeric iba unos pasos por detrás, con la cabeza gacha y arrastrando el ánimo por el suelo. Adhárel quiso ir a hablar con él, pero Wilhelm le recomendó que lo dejara solo por el momento. El príncipe supuso que sería lo mejor. Además, ¿qué podía decirle?

Horas más tarde alcanzaron las afueras de Bereth.

En el momento en el que reconoció el terreno, Duna comenzó a explicarle a Wilhelm cuál había sido la casa de Aya, qué hacían para ayudarla en la cestería y cómo Sírgeric había llegado un día y había intentado asesinarlas.

—¿Bromeas?

—En absoluto —le dijo la muchacha. El sentomentalista sonrió por primera vez después de tanto tiempo sin hacerlo.

—Todavía no comprendo cómo Aya dejó que me quedara después de eso.

—Si por mí hubiera sido, ya sabes que te habría mandado ahorcar.

—Tú siempre tan sincera —se burló él.

—No creo que a nadie le guste que lo apunten con una espada y luego tenga que convivir con su agresor... Desde entonces tengo claro que Aya no está muy bien de la cabeza.

Todos rieron. Se había levantado algo de viento ahora que el sol estaba a punto de ponerse.

—Y aquel es el monumento que se construyó con los materiales de la máquina de electricidad —explicó el príncipe, señalando la estatua que había a medio camino entre la antigua casa de Aya y la muralla. Tenía la forma de una mano abierta saliendo de la tierra con una bombilla gigantesca entre los dedos—. Está hecho con hierro y cristal.

—Y la hizo un sentomentalista de... ¿qué edad? —preguntó Duna.

—Once años. Andrew.

—Qué maravilla —comentó el hombre cuervo, observando con otros ojos aquella escultura.

Alcanzaron la portentosa muralla del reino poco antes de que se cerrase. Los soldados los saludaron amigablemente sin darse cuenta de a quién estaban cediendo el paso. Duna miró de reojo a Adhárel, que sonreía divertido.

Anduvieron por las tranquilas calles de Bereth mientras le iban contando a Wilhelm todas las situaciones que habían vivido allí: la escuela de la que Duna fue expulsada, la casa abandonada donde se escapaban a jugar ella y Cinthia de pequeñas, la tienda donde se compraron los vestidos, la plaza en la que se colocaba el mercado los días de fiesta... Si a Wilhelm le aburrían aquellas historias, disimulaba perfectamente, ya que preguntaba y se interesaba por lo que le estaban contando.

Para cuando quisieron darse cuenta, la silueta del palacio se recortaba en la noche.

—Cielo santo... —masculló el hombre cuervo, alzando la vista hasta la cúspide—. ¡Es una maravilla! ¿También vais a decirme que lo ha hecho un niño de once años?

Los cuatro se echaron a reír.

—Este no —contestó Adhárel—. Para construir el palacio se necesitaron un centenar de hombres corrientes y otros tantos sentomentalistas. Pero el resultado mereció la pena.

—¡Alto! —exclamó el guardia de la entrada al verlos acercarse—. Identificaos.

Adhárel dio un paso al frente.

—Soy el príncipe Adhárel Bosqueverde —anunció con voz seria.

—Eso es imposible, el príncipe no... —cerró la boca cuando el joven entró en el círculo de luz que proporcionaba la antorcha colgada en la pared—. Alteza...

El soldado hizo una reverencia y esperó hasta que Adhárel le dio permiso para que se levantara y les abriera la puerta.

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8

Una vez dentro, el lacayo que esperaba en el recibidor salió corriendo escaleras arriba. Solo unas cuantas bombillas desperdigadas por el vestíbulo iluminaban la enorme estancia.

—Bombillas... —murmuró Wilhelm, acercándose a una de ellas para admirarla con detenimiento. Cuando la rozó con los dedos, se apagó—. No había visto una desde que era niño. Son preciosas. —Con otro toque, la esfera de cristal volvió a lucir con la misma intensidad del principio.

Duna se acercó a Adhárel.

—Sabes que solo tendrás tiempo de saludarla, ¿verdad?

—Sí, en cuanto lo haga, me iré al bosque. Vosotros podéis dormir aquí.

—Pero...

El príncipe le puso un dedo en los labios.

—No quiero que lo discutas. Tenéis que descansar y no sé cuándo volveréis a tener la oportunidad de hacerlo en un lugar tan seguro como este. El dragón estará perfectamente; recuerda que se ha criado aquí.

Duna se guardó sus protestas y asintió.

De repente oyeron los pasos atropellados de varias personas bajando por la escalera principal. Duna y el príncipe se acercaron a los primeros escalones para ver llegar a la reina y a Aya.

—¡Duna! ¡Adhárel! —exclamaron casi al unísono antes de estrecharlos entre sus brazos.

—¡Qué sorpresa tan grande! —dijo Aya, sin soltar a la muchacha—. Déjame que te vea. ¡Estás guapísima!

—Aya, no seas mentirosa.

—No está mintiendo —le dijo la reina, abrazándola—. Estás algo sucia, pero el pelo largo te queda muy bien.

Hasta entonces la muchacha no se había dado cuenta de que lo llevaba por la cintura.

—Gracias, Ariadne —respondió, sonriendo.

—¡Cielos! ¿Qué te ha pasado en las muñecas? —quiso saber Aya cuando reparó en las vendas.

Adhárel la miró expectante.

—Nada, nada importante...

—¡Por el Todopoderoso! —exclamó la reina, dando un respingo al reparar en el hombre cuervo.

—¡Madre, no os alarméis! Es el príncipe Wilhelm D’Artenaz del reino de Salmat. Es también un buen amigo mío.

—Encantado de conoceros. —El hombre hizo una reverencia.

—Vuestro brazo... —comentó Aya, aterrada.

—Sí, es un ala —respondió Duna—. Pero cosas más raras hemos visto aquí, ¿no crees?

La mujer asintió sin apartar la vista de las plumas negras.

—Hola, señora Aya —saludó en ese instante Sírgeric, acercándose al grupo.

—¡Hijo! —exclamó ella con el mismo entusiasmo que había mostrado con Duna—. ¿Cómo estás? ¿Cómo os ha ido el viaje? ¿Y Cinthia? ¡Cinthia!

Pero la joven no apareció. Los tres se miraron un instante antes de bajar los ojos.

—¿Y... Cinthia? —volvió a preguntar la mujer, dejando de sonreír.

—Aya... —comenzó Duna.

—Ha desaparecido —le interrumpió Sírgeric—. Pero la encontraremos. Os lo puedo asegurar.

—¿Que ha... desaparecido? —Aya se llevó la mano al pecho—. ¿Dónde?

—Estábamos cerca de Belmont y comenzó a escuchar una canción y no me respondía y... y... —Tenía un nudo en la garganta que le impedía seguir hablando.

Duna tuvo que sujetar a Aya para que no cayese, mareada.

—Enviaré a un grupo de soldados en su búsqueda —dijo la reina—. No puede haber desaparecido.

—No... no servirá de nada —balbució de pronto Aya.

—¿Cómo que no? —preguntó Duna—. ¡Cuantos más seamos buscándola, mejor!

—No en este caso, hija —respondió la mujer. Después comenzó a sollozar—. Sabía que pasaría..., lo sabía...

—¿Qué sabías, Aya? —le preguntó Sírgeric, cada vez más alterado.

—Cinthia..., mi hermana..., el reino...

Duna y el sentomentalista se miraron extrañados.

—No podemos entender lo que dices. ¿Qué ocurre?

—Los vecinos de mi hermana me trajeron a Cinthia cuando no era más que un bebé... porque temían... temían que se la llevase la Maldición.

—¿Quién? —preguntó Sírgeric, agarrando las manos de Aya—. ¿Quién quería llevarse a Cinthia?

—¡A Cinthia sola no! A todos los niños de Térmidi.

—Pero ese reino desapareció, ¿no? —intervino la reina.

—Como le sucederá a Belmont —dijo Aya.

—¿Un reino maldito?

La mujer añadió:

—Los niños fueron desapareciendo, mientras los mayores comenzaban a perder la cabeza. Me suplicaron que la protegiera.

—La Maldición de las Musas... —masculló Duna—. ¿Y crees que ha terminado sucumbiendo a ella?

—¡Pero eso es absurdo! Estábamos muy lejos, ¿quién iba a llevársela? La Maldición de las Musas es... es algo... No es... ¿Cómo es? —terminó preguntando Sírgeric, sin saber qué decir.

—Nadie lo sabe ni lo comprende —respondió Aya, con un tono de voz monocorde—. Simplemente... los niños desaparecen. Y entonces el reino va envejeciendo hasta que deja de existir.

—¿Y dónde estaba situado Térmidi?

Aya se secó las lágrimas y se aclaró la garganta.

—Era un reino costero muy pequeño, al norte de Belmont. Lo quitaron de los mapas. Mi hermana se mudó allí cuando se casó.

—Así que ¿lo que le ha sucedido a Cinthia es algo... habitual? —preguntó Duna.

Aya se encogió de hombros.

—El reino desapareció hace años —señaló el muchacho—, ¿cómo puede seguir la Maldición afectando a los que una vez vivieron allí?

—La Maldición recae sobre todos los habitantes de un reino cuando se destruye la Poesía. Y tarde o temprano te alcanza... —explicó Aya.

—¿Y qué sucedió con los demás niños del reino? —preguntó Duna, en un susurro.

—Desaparecieron. De la noche a la mañana. Como sucede siempre.

—Como Cinthia —concluyó Sírgeric.

Aya volvió a sollozar.

—Nosotros la encontraremos —aseguró el sentomentalista, sin poder reprimir un suave temblor en los labios.

—¡¿Pero es que no lo entiendes?! —exclamó de pronto la mujer—. ¡Ningún niño ha vuelto jamás después de que su reino quedase afectado por la Maldición! ¡Ninguno!

—¡Pues esta vez será diferente! —se reafirmó él, separándose de los demás y abandonando la sala.

—¡Sírgeric! —le llamó Duna—. ¡Sírgeric, vuelve!

—Déjalo —le pidió Adhárel—. Necesita estar solo.

—Pero, Aya, ¿por qué no nos dijiste que esto podría suceder?

La mujer tragó saliva.

—¿Qué iba yo a saber, hija mía? Pensé que lo habíamos evitado alejándola de allí. ¿Para qué atemorizaros sin necesidad?

—Para que no sucediese esto —masculló la joven, taciturna.

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9

—¿Todavía no habéis dado con él? —preguntó la reina a su hijo. Habían llegado a las mazmorras, vacías desde la partida de Adhárel. La monarca tomó una de las antorchas que crepitaban en la oscuridad y se agarró del brazo de su hijo para guiarlo por los pasillos de piedra enmohecida. Poco después alcanzaron una verja oxidada.

—No. Hicimos lo que la vieja Cloto nos indicó, pero no ha servido de nada. Madre, ¿quién es ese hombre en realidad? ¿Cómo puede desaparecer de esta forma? Parece estar relacionado con todas las maldiciones de los reyes y, sin embargo...

—Sin embargo, nadie lo busca, ni lo conoce. Lo sé. Yo tampoco lo comprendo.

—¿Es aquí?

La reina asintió y empujó una losa de piedra que había en el suelo, revelando el escondite de la llave.

—Hacía mucho que no bajaba —comentó, abriendo la cerradura—. Pasa.

Siguieron el estrecho pasadizo hasta su desembocadura en el bosque.

—¿Así que era aquí donde me traías todas las noches?

—Aquí mismo. El cuadro de los ciervos de tu habitación en realidad oculta un sofisticado ascensor con cuerdas y poleas que mandé construir con la excusa de que pudieras huir en caso de ataque y que usábamos Barlof y yo para bajarte aquí. Luego te recogíamos cada amanecer.

El príncipe la abrazó con cariño y se quedó en silencio unos segundos. Después comentó:

—Tengo miedo de que no encuentre la solución... Queda tan poco tiempo y no hemos logrado nada hasta ahora...

—Chisss... Chisss... —Su madre negó con la cabeza—. No te rindas tan pronto. Yo confío en ti.

—¿Podréis defenderos si Dimitri decide regresar?

La reina lo miró con seriedad.

—Por su bien, espero que no se le ocurra.

—Durante el viaje hubo dos mujeres que... —El príncipe dudó si contárselo o no. Lo que menos quería era preocuparla.

—¿Sí?

—Hubo dos mujeres que nos tendieron una emboscada a Duna y a mí. ¡Pero no pasó nada! —añadió enseguida—. Intentaron matarme, pero el dragón me salvó. También raptaron a Duna.

—¡¿Y dices que no pasó nada?!

—Estamos bien, que es lo importante.

Su madre se llevó las manos a la cabeza.

—Adhárel, ¡podrían haber terminado contigo! ¿Quiénes eran? ¿Dijeron qué querían?

—Se llaman Firela y Kalendra... —respondió él encogiéndose de hombros—. Son hermanas de Wilhelm.

—¿También princesas de Salmat?

Él asintió.

—Duna dijo que alguien las había contratado para hacer lo que hicieron, pero que no era Dimitri. O al menos no pronunciaron su nombre en ningún momento...

—Sabía que tendrías que haber llevado algún tipo de escolta.

—Pero, madre, eso es inviable; tú misma lo dijiste. ¿Qué pasaría con el dragón? ¿Y si necesitáis a esos hombres aquí mientras están con nosotros? —Adhárel negó con las manos—. Seguiremos como hasta ahora. Y si deciden volver a atacar, estaremos preparados. Además, no parecían conocer mi secreto.

La reina suspiró y miró hacia el bosque.

—¿Qué rumbo vais a tomar?

—Iremos hacia Belmont y después cruzaremos el bosque de Célinor, en dirección a Hamel. Cinthia se ha convertido en nuestra prioridad.

Aunque seguía teniendo más canas de las que le correspondían para su edad, la reina caminaba más erguida que antes y su rostro parecía haberse acostumbrado a las sonrisas.

—Mañana partiremos temprano —dijo Adhárel—. Nos gustaría quedarnos un par de días o tres, pero no creo que debamos retrasarnos más de lo necesario.

—Lo comprendo. —Ariadne le dio unas palmaditas en el brazo—. Ya tendremos tiempo de hablar a vuestro regreso.

—Buenas noches, madre. Me alegro de haberte visto.

—Yo también —respondió ella.

El príncipe se internó en el bosque. Allí se quitó la ropa y la colgó en unas ramas antes de seguir avanzando hasta perderse entre los árboles.

Aya les guio por el palacio como si hubiera vivido en él toda la vida. Una vez en el tercer piso, abrió una puerta del ala oeste e indicó a Wilhelm que aquella sería su habitación. El príncipe de Salmat, tras despedirse de los tres, se metió dentro a descansar.

Duna y Sírgeric siguieron a Aya taciturnos. Ninguno tenía ganas de hablar, ni siquiera la dicharachera mujer. La noticia de Cinthia le había quitado toda la ilusión y la alegría, y las había reemplazado por miedo y preocupación.

—Esta es tu habitación, Sírgeric —dijo, y abrió una segunda puerta—. Tienes agua para darte un baño. Mañana pediré a las sirvientas que te traigan ropa limpia para el viaje.

—Gracias, Aya... Pero no puedo marcharme sin preguntarte por qué has dicho antes que no serviría de nada que los soldados nos ayudasen a buscar a Cinthia. ¿Acaso... sabes dónde está?

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10

Timmy se despertó empapado en sudor. Había tenido la misma pesadilla de los últimos días, pero esta vez no sentía ganas de gritar. Sus padres dormían al otro lado de la pared, indiferentes a los escalofríos de su hijo. Se restregó los ojos y se secó la cara con la manga de la camisola de dormir. El corazón seguía palpitándole al compás de la melodía...

... la melodía que no había cesado con la pesadilla.

El niño retiró las mantas y sábanas que cubrían su diminuto cuerpo y se arrodilló sobre la cama. Quitó el pestillo de los contrafuertes de la ventana y se asomó al cristal.

En la calle, a varios metros por debajo, el arlequín tocaba aquel extraño instrumento de viento y era seguido por una docena de niños y niñas que danzaban a diferente ritmo, cautivados por la música.

Timmy se agachó todo lo que pudo cuando pasaron frente a su casa y así aguardó, con solo la frente y los ojos a la vista, hasta que la última rezagada siguió a sus compañeros, pero ¿a dónde? Y... ¿por qué? ¿Cómo era posible que aquella melodía los animara a abandonar su casa y a sus padres para seguir a aquel hombre?

De pronto, el muchacho tomó una decisión. Quería saber qué pasaba con aquellos niños y, ya que sus padres, cuando les preguntaba al respecto, nunca le respondían o se asustaban, decidió que solo había una manera de averiguar qué estaba ocurriendo. Sin perder un instante se levantó de la cama y se puso los pantalones que colgaban del cabecero y unos calcetines gordos para el frío. Cuando estuvo listo, se embutió en las desgastadas botas de piel que le había hecho su madre y cogió el bastón que le servía de muleta.

Timmy abrió la puerta de la habitación, intentando que las bisagras chirriaran lo menos posible. Casi lo logró. Después se asomó al pasillo y corrió a la pata coja hasta las escaleras que llevaban al piso inferior. Sus padres seguían durmiendo en la habitación plácidamente. Si se daba prisa, estaría de vuelta antes de que lo echaran en falta.

Así llegó a la puerta. La llave dorada se encontraba puesta en la cerradura y parecía gritar: ¡gírame! Al salir a la calle, un frío helador se coló por debajo de su camisola húmeda y le puso la piel de gallina, pero aquello no lo amedrentó. La música se perdía calle adelante y los niños habían desaparecido de vista.

—Jolines, no... —se quejó, y echó a correr tan rápido como la muleta le permitía.

Timmy no había sido siempre cojo. Antes corría, saltaba y escalaba mejor que muchos animales del bosque. Pero una aparatosa caída en la montaña de troncos que había junto al granero, un par de veranos atrás, le había dejado prácticamente inservible la pierna izquierda.

Llegó a la plaza a tiempo de ver a la última niña desapareciendo por una calle cercana. Tomó aire, ignoró los escalofríos que le recorrían el cuerpo y se esforzó por salvar la distancia. Como algunos de los niños, más que andar o correr, danzaban al son de la música, el grupo no avanzaba tan rápido como podría.

—¡Oye! —gritó Timmy—. ¿Adónde vais?

La última niña, que daba vueltas con el osito de peluche en las manos, parecía indiferente a sus gritos.

—¿Puedo ir con vosotros? —preguntó, mientras ella tarareaba la canción con los ojos medio cerrados y una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Por qué os gusta tanto esta música?

Timmy echó una ojeada al frente, donde el arlequín seguía trotando feliz al son de la melodía.

—¿Es que no me ves? —preguntó, agarrando a la niña del vestido para que le hiciera caso—. ¿No me oyes? ¡Hola!

De un manotazo involuntario, la chiquilla se deshizo de él y corrió otro tramo para ponerse a la altura de sus compañeros. El osito botaba a su espalda, con un ojo de botón descosido.

Timmy se mordió el labio para no llorar y se irguió todo lo que pudo sobre su pierna buena antes de salir tras ellos una vez más. No pensaba regresar a casa sin que le contestaran a sus preguntas, y le daba igual si sus padres le descubrían fuera de la cama; ya era mayor.

Se levantó un viento glacial cuando los alcanzó de nuevo.

—No tienes que hablar conmigo si no quieres, pero ¿puedo ir con vosotros?

La niña volvió a hacerle tan poco caso como el peluche.

Harto, Timmy se impulsó con la muleta, avanzó en la procesión y dejó a la niña a su espalda.

En mitad del curioso desfile se encontró con un muchacho mayor que él y bastante más gordo que lloraba al tiempo que sonreía.

—¿Por qué lloras? —le preguntó Timmy, pero este niño tampoco le contestó. ¿Qué les pasaba? ¿Por qué eran tan maleducados?

Ahora la melodía se había ralentizado hasta casi detenerse. Suave y melancólica, viajaba con el viento por todo el reino y Timmy, sin entender el motivo, sintió que, por mucho que los niños y las niñas sonriesen y bailasen con ella, algo oscuro y siniestro se escondía entre sus notas.

Quiso dar la vuelta cuando descubrió que habían dejado atrás las calles del reino y que las Montañas Silenciosas se erigían frente a ellos oscuras y temibles. Fue a dar un paso hacia atrás, pero su pierna mala tropezó con una piedra y cayó al suelo rodando. La muleta se le escurrió de la mano y golpeó en la pierna al chico gordito. El muchacho pareció advertir entonces su presencia y le miró con los ojos anegados en lágrimas, directo a sus pupilas. El resto de los muchachos y muchachas le iban esquivando al pasar, pero aquel niño seguía mirándolo fijamente, como si estuviera intentando averiguar quién era, qué hacía allí y por qué se había tropezado; como si intentara averiguar qué se hacía en esos casos o cómo se ayudaba mientras trataba de escapar del laberinto en el que su conciencia parecía estar encerrada.

—Hola... —dijo Timmy, poniéndose de pie con dificultad.

La música cada vez sonaba más lejana.

—Ho-ho... —El saludo no llegó a salir de sus labios.

De repente, la melodía creció y se cernió sobre ellos como una tormenta. Las notas golpearon los oídos de Timmy con fiereza y el ritmo se incrementó hasta producir una vorágine descontrolada de escalas que parecían querer volverle locos. Timmy se tapó los oídos y aguardó mientras observaba desalentado cómo la mirada del muchacho regordete volvía a nublarse y atravesaba sus ojos, perdiéndose en la lejanía. Se dio media vuelta sin prisa y se alejó de allí en dirección a la falda de la montaña, donde sus compañeros y el arlequín danzaban en círculos, saltando y sonriendo al mismo son.

Timmy quiso darse la vuelta para volver con sus padres, no le importaban ni el castigo ni los gritos que vendrían después, pero se quedó clavado.

Sus ojos no podían creer lo que veían.

Frente al corro de niños, una grieta oscura como boca de lobo se había abierto desde el suelo hasta varios metros por encima y se había ensanchado como si se tratara de la entrada de una gruta.

Una gruta que no había existido hasta ese momento.

El arlequín alzó una mano frente a los niños sin dejar de tocar y después les dirigió dentro. Cuando la niña del osito de peluche hubo desaparecido en el interior de la montaña, el hombre hizo una reverencia al público invisible y después les siguió.

Hasta mucho rato después, cuando Timmy llegó a su casa, helado y perplejo, no se dio cuenta de que estaba llorando. Sus padres le regañaron como nunca. Su madre lloraba histérica sin dejar de gritarle y de abrazarle. Su padre no decía nada, pero su mirada era suficiente. Al niño todo eso le dio igual. Solo tenía en mente una cosa: que lo que había visto aquella noche era más terrorífico que la más terrible de las pesadillas.

Y lo peor de todo era que, al ser realidad, no bastaba con despertarse para olvidar lo vivido.

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11

En cuanto dejaron la muralla de Salmat en la distancia, Kalendra y Firela subieron a las monturas y las azuzaron para alejarse de allí lo más rápido posible. Una vez en el bosque, ocultas entre los árboles, se cambiaron de ropa y se pusieron algo más cómodo para montar. Después buscaron un riachuelo donde saciar su sed y cazaron un par de codornices. Mientras llenaban el estómago, las dos hermanas valoraron su situación.

Duna y el príncipe podían estar en cualquier lugar del Continente en esos momentos. Les llevaban mucha ventaja; además, no sabían qué dirección habían tomado ni con qué destino. Por ello, por mucho que le pesara a Kalendra, solo la magia de un sentomentalista podría ponerlas en el rumbo adecuado.

Habían perdido dos días encerradas en aquella casa; dos días que se restaban a los catorce que Dírlilag les había dado para terminar el trabajo. Y si había algo que Kalendra odiaba más que no poder ser reina sin ensuciarse las manos, era trabajar contra reloj.

Si querían llegar a la orilla sur del lago de los Suspiros antes del amanecer, tendrían que darse prisa. A lo largo de la tarde cruzaron las sempiternas mesetas del sur de Salmat hasta el bosque de Ariastor y después continuaron entre el follaje hasta la orilla norte de la enorme extensión de agua. Allí se detuvieron a descansar.

El sol había caído hacía horas y las estrellas se reflejaban en la tranquila e inquietante superficie. Las heridas de Kalendra les habían retrasado más de lo esperado y el sarpullido en las palmas se había convertido en dolorosas ampollas con el continuo roce de las riendas. La herida del cuello, por el contrario, se estaba curando con sorprendente rapidez, aunque todavía sangraba cuando lo giraba de forma brusca.

Acamparon a varios metros de la orilla, protegidas por los últimos árboles del bosque y resguardadas entre sus ramas. No veían el margen contrario, pero sí vislumbraban una diminuta luz anaranjada que podía confundirse con el reflejo de los astros si uno no prestaba la suficiente atención. Allí era donde se dirigían. Tézcar las recibiría al amanecer.

Los primeros rayos de sol las descubrieron cruzando el río que hacía las veces de frontera entre Salmat y Manser. Pocas horas había podido dormir Firela, pero menos aún había descansado su gemela. No por las heridas, aunque le molestaban, sino por el verdadero temor que sentía por lo que su destino les deparaba.

—Kendra —dijo de repente—, te suplico en nombre de Arcán que te relajes y sueltes un poco las riendas. ¿Has visto cómo lo llevas?

Hasta entonces la mujer no se había dado cuenta de la tensión que sentía en los hombros y la espalda. Los nudillos se le habían puesto blancos de la presión.

—Ya te he dicho que pagaré yo, ¿no me has oído? —repitió Firela, acompasando el trote de Zoya al del otro caballo.

—Todavía estamos a tiempo de dar la vuelta —apuntó Kalendra con un hilo de voz.

Firela tiró para atrás de las riendas hasta que la yegua se detuvo en seco con un relincho.

—Prefiero que te quedes aquí si vas a seguir con esa actitud —dijo con semblante serio.

—¿Ahora eres tú la que da las órdenes?

—Eso no es una orden, es una petición. Conoces a ese loco sentomentalista tan bien como yo. Sabes que si te ve dudar, si descubre el miedo que le tienes, puede hacerte perder la cabeza. No le des la oportunidad, espérame aquí.

Kalendra la miró desafiante.

—Con solo poner un pie en su diabólico jardín habremos perdido parte de nuestra cabeza, Fira, no te digo qué será de nosotras si además decidimos aceptar un trato con él. ¿De verdad merece la pena por un estúpido encargo? Hace tiempo prometimos no volver... Creí que, de las dos, tú eras la más racional, la menos impulsiva.

—¡Y lo sigo siendo, Kendra! —replicó—. Por eso no me importa dar algo que me sobra para recibir algo que me falta. Además, el encargo no es lo único que me preocupa.

Su hermana la miró de hito en hito.

—¿Vas a pagar por algo más? —preguntó con la voz quebrada.

—Por todo lo que necesite.

La mujer respiró hondo hasta que logró tranquilizarse.

—Iré contigo.

Firela se lo agradeció con la mirada antes de asentir.

—En ese caso, no perdamos más tiempo. Si vamos a tener que enfrentarnos a nuestras pesadillas, mejor que sea con el sol en el cielo.

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12

Llegaron a su destino unas horas más tarde. Desmontaron junto a la valla de madera mohosa que rodeaba la casucha de tablones y el enorme jardín verde azulado que crecía frente al lago. Los caballos relincharon nerviosos cuando las mujeres abrieron la portezuela y los dejaron allí.

Anduvieron por un camino de losas ennegrecidas hasta el tejadillo que hacía de porche. Parecía que se fuera a caer en cualquier momento. Cuando Fira iba a llamar a la puerta, esta se abrió desde dentro.

—Pensé que terminaríais dándoos media vuelta —oyeron decir a alguien a lo lejos.

Ante ellas no había nadie. El picaporte lo había girado una larga raíz pardusca que en esos momentos se retiraba hacia la oscuridad de la casa.

Firela y Kalendra se miraron una vez antes de seguir la cepa por la tétrica vivienda. Atravesaron un cuarto cuyos muebles estaban tan polvorientos como olvidados hasta una puerta desconchada por la que el bulbo se escurrió. Cuando las gemelas salieron fuera, se quedaron sin habla.

El jardín trasero tenía una extensión considerable y estaba repleto de flores multicolores. Algunas tenían espinas, otras, hojas; unas se arremolinaban en ramilletes, otras crecían alejadas del resto. Era la selva floral más grande que habían visto nunca. Pero aquello ya lo esperaban. No fue eso lo que las dejó atónitas, sino lo que les esperaba entre la vegetación.

Ante ellas aguardaba un hombre planta —o una planta hombre— que sonreía sin dientes en su dirección. La raíz que les había cedido el paso se escurrió hasta el lugar donde deberían haber estado los pies del viejo y se hundió en la tierra con parsimonia.

—¿Tézcar...? —musitó Firela, atónita.

—Lo sé —replicó él con un ademán—. Hacía mucho que nadie me visitaba. Uno no se da cuenta de lo que ha cambiado hasta que se ve reflejado en los ojos de otro. ¡Y vuestras caras son todo un poema! ¡He debido de empeorar lo indecible! —añadió, soltando una carcajada que terminó convirtiéndose en un ataque de tos.

Desde luego que había empeorado, pensó Kalendra. El Tézcar que ella recordaba era apuesto e interesante; peligroso como una seductora serpiente y listo y ágil como un felino. Era robusto como el tronco de un árbol y llevaba el pelo verdoso recogido en una larga trenza hasta la cintura. Sus ojos ambarinos le habían producido pesadillas durante varias noches, y su ropa, cubierta de lianas y raíces, le había perturbado tanto como el hecho de no saber si era más una planta o un humano. Pero, sobre todo, el Tézcar que ella recordaba tenía un par de largas piernas en lugar de aquella especie de tronco que le unía a la tierra desde la cintura.

Aquel vejestorio desdentado que les sonreía desde el centro de su jardín apenas era la sombra de su recuerdo. Descontando lo obvio, su cabeza estaba prácticamente calva y el lustroso pelo verde había desaparecido, a excepción de un ramillete pardusco con forma de coliflor podrida tras las orejas. Las cuencas de los ojos no eran más que dos rasguños un poco más oscuros que el resto de las vetas de su cara, y la antaño bronceada y tersa piel se había arrugado como un pergamino mojado. Apenas lograba mantenerse erguido de cintura para arriba, y lo único que le hacía estar estirado era el bastón que agarraba entre sus huesudas manos sin uñas.

Verlo tan desmejorado y desprotegido les puso los pelos como escarpias. Era como entrar en la guarida de una fiera que no hubiera probado bocado en muchísimo tiempo. El hambre se reflejaba en su sonrisa. Estaba más que complacido de que hubieran ido a visitarle.

—No me miréis con esos ojos, ¿es que no me reconocéis? —bromeó, agitando los brazos con desgana y quitándose de encima una hormiga que intentaba escalar por su costado.

—Ya ves que no —replicó Firela con los labios tensos—. Pero como suponemos que sigues siendo el mismo, queremos hacer negocios contigo.

—¡Qué graciosa! —exclamó el viejo, sin tan siquiera fingir una sonrisa.

Kalendra bufó nerviosa.

—Acabemos con esto cuanto antes y marchémonos —le dijo a su hermana.

—¿A qué vienen tantas prisas? —preguntó el sentomentalista, intentando poner una voz melosa y consiguiendo un tétrico carraspeo en su lugar—. Sabéis que podéis quedaros el tiempo que necesitéis.

—Fira, por favor...

—Ya has oído a mi hermana, sentomentalista. Ciñámonos a los negocios y acabemos lo más rápido posible.

—¿Sentomentalista? —El viejo se llevó la mano huesuda a la boca, escandalizado—. ¿Cómo que sentomentalista? ¿Así me tratáis después de tanto tiempo sin venir a visitarme?

Firela puso los ojos en blanco y se dio media vuelta.

—Vámonos, Kendra. Está claro que hoy no quiere trabajar.

Antes de que hubieran llegado a la valla que rodeaba el jardín, una raíz en peor estado que la que les había abierto la puerta les cortó el paso elevándose ante ellas sobre la tierra. Resultaba tan patético como repulsivo.

—¡Está bien! —gruñó el sentomentalista, a su espalda—. Volved aquí y hablemos de negocios, maldita sea.

Mientras se giraban, Kalendra dijo a su hermana:

—No deberías haber sido tan directa. No nos conviene enfadarle.

—Es un sentomentalista —replicó Firela—, pero sigue siendo un hombre, no lo olvides. Si le clavas un cuchillo, sangrará como tú y como yo. Puede que savia, pero el resultado será el mismo.

Su hermana la agarró del brazo.

—Te has vuelto demasiado temeraria, ten cuidado.

—De acuerdo entonces, ¿quién quiere ser la primera? —preguntó Tézcar, cruzándose de brazos y alzando las cejas.

Firela dio un paso al frente mientras Kalendra se encogía a su lado.

—¿Qué necesitas?

—Buscamos a unas personas. Queremos saber dónde están —respondió.

—Muy bien, en ese caso te ofrezco lo mismo que te ofrecí hace años: un puñado de gordolobos solitarios. Como sabes, son eficaces, duraderos y lo más importante de todo: invisibles para quien no los busca.

—¿Cuánto?

Tézcar hizo un gesto con los labios, calculando la respuesta.

—Tu juventud.

—¡¿Qué?! —exclamó Firela—. Debes de estar loco, ¿por un puñado de semillas?

—No será toda, por supuesto —comentó el sentomentalista, tranquilo. Como si hubiera previsto la reacción—. Lo justo como para que crezcan de nuevo mis estimadas piernas; no imaginas lo horrible que puede ser pasarse el día entero sin moverse de aquí.

—La última vez no me pediste más que el recuerdo de algunos paisajes, ¿a qué viene esta subida de precio?

—La última vez era joven y guapo. Solo quería conocer los lugares del Continente que no había visitado, la tierra que no había pisado. —Con un vago gesto, señaló hacia el tronco que nacía de su cintura—. Ahora es diferente.

La risa acartonada del viejo se estrelló contra los tímpanos de Kalendra como brasas ardiendo. Lo sabía. Sabía que pasaría eso.

—¿No me matará? —preguntó Firela.

—¿Cómo va a matarte, hija mía? Ni que yo fuese un asesino —bromeó, soltando una nueva carcajada—. Al principio te sentirás un poco débil, pero después ni lo notarás. ¿Qué importa envejecer más rápido cuando estás sentada en un trono?

La pregunta quedó flotando en el aire, mezclándose con el embriagador aroma de las flores. Tras unos instantes, Firela cerró los ojos y asintió.

—¡No! —exclamó Kalendra, interponiéndose entre su hermana y el viejo.

—¿Qué te crees que haces? —preguntó el sentomentalista, dándole unos golpecitos en el hombro para llamar su atención. Ella no le hizo ningún caso.

—Fira, ¿vas a regalar tu juventud por un estúpido encargo? ¡La recompensa no lo merece! Estamos hablando de un maldito trabajo por el que no ganaremos más que una mísera cantidad de oro.

—Lo necesitamos.

—Te prohíbo que cometas semejante locura —concluyó su hermana.

—¿Me... prohíbes? —preguntó Firela, enarcando la ceja—. Tú no eres nadie para prohibirme nada, Kendra. —La agarró del brazo y se acercó a su oído—. Escúchame: esas semillas no solo nos servirán para dar con la muchacha y el príncipe, sino con todo el que queramos.

Firela miró a su hermana con la intención de convencerla. La otra suspiró desesperada y se encaró a Tézcar.

—Quítale parte de su juventud a ella y parte a mí —dijo.

—Imposible. —El sentomentalista se cruzó de brazos.

—Lo que quieres es el tiempo, ¿qué más te da quién te lo dé? Además, ser gemelas debería tener alguna ventaja.

—Pues no la tiene.

—¿Cómo era eso que decías de Tézcar, hermana? ¿Si le clavo un cuchillo..., sangrará? Tengo ganas de averiguarlo —añadió, desenvainando una daga de su cinturón con una sonrisa sádica.

El hombre se inclinó tambaleante hacia atrás. En el pasado se habría enfrentado al filo con sus múltiples estratagemas arbóreas, pero en su lamentable estado solo podía protegerse con sus débiles brazos.

—No... no será necesario —masculló—. Acepto el trato, acepto el trato, ¿de acuerdo? ¡Baja ese cuchillo! Fira, querida, dile que lo baje...

No hizo falta. Kalendra volvió a esconderlo en su cinturón y aguardó.

—Sois perversas, lo sabéis, ¿no? ¿Por qué no podéis jugar con mis reglas como los demás?

—Porque nosotras no somos como los demás, sentomentalista —le espetó Kalendra.

—Maldita sea... —Tézcar se secó el sudor de la frente y volvió a acercarse—. Vuestra juventud a cambio de diez semillas de gordolobos.

—Que sean veinte —replicó Firela.

—Debes estar loca si piensas que os las voy a dar tan baratas. Doce.

—Quince.

—Catorce.

—Trato hecho.

—Trato hecho... —repitió Tézcar. Extendió los brazos al cielo y abrió las huesudas manos. Dio una palmada que resonó en los alrededores y, cuando volvió a colocarlas frente a la asesina, varios bultos, como verrugas, habían aparecido en el centro de cada palma.

—Siete para una... —dijo, mirando a Firela—. Y siete para la otra. —Añadió, volviendo los ojos a Kalendra.

Las hermanas se miraron una vez antes de colocar sus respectivas manos sobre las misteriosas verrugas. En cuanto lo hicieron, los dedos de Tézcar se cerraron como cepos mientras sus puntas sin uñas se clavaban en la carne. Las gemelas aguantaron sin gritar, sintiendo cómo la fuerza las abandonaba mientras las protuberancias en la mano del sentomentalista iban tomando la forma de semillas.

Segundos más tarde, el hombre las dejó libres. Tuvieron que apoyarse la una en la otra para no desfallecer. Entre sus dedos aguardaban catorce diminutas pepitas de color ámbar.

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13

—Por el Todopoderoso, ¡cuánto las echaba de menos! —exclamó el sentomentalista frente a las gemelas, dando una palmada.

Kalendra levantó la mirada, cansada, para encontrarse con un hombre algo mayor que ellas, pero ni mucho menos tan viejo como el Tézcar que les había recibido antes. Las arrugas se le habían alisado, las manos habían engordado y su cuerpo enclenque y raquítico se había fortalecido y estirado hasta alcanzar la consistencia de un quincuagenario con una sonrisa deslumbrante... En lugar del tronco, dos piernas tan verdes como el resto de su piel le mantenían erguido.

Por el contrario, cuando la asesina se volvió para observar a su hermana, descubrió que en su rostro habían aparecido numerosas arrugas con las que no se había despertado aquella mañana, al igual que las pequeñas bolsas bajo los ojos y algunas canas desperdigadas.

—¿Cuánto nos has quitado? —preguntó Firela, incorporándose y estirando la espalda.

—¿Cuatro años a cada una? Tal vez menos... Mañana por la mañana os encontraréis mucho mejor. Perder tanto de golpe puede producir mareo, pero puedo aseguraros que antes de que amanezca lo habréis olvidado.

—Cuatro años... —masculló Kalendra, sin separar apenas los labios—. Ocho por catorce asquerosas semillas.

—Trae —le dijo su hermana, sacando una bolsita negra de terciopelo e introduciendo allí las pepitas amarillentas.

—Por si no recordáis cómo funcionan —dijo el sentomentalista—: plantadlas cuando estéis listas y regadlas con una gota de vuestra sangre mientras pensáis en la identidad de vuestro objetivo. Sed tan precisas como podáis y si conocéis su rostro, visualizadlo también. A partir de ese momento, desde donde os encontréis hasta los pies del otro, se creará un camino de florecillas del color de la semilla. Los gordolobos son inmunes a las inclemencias del tiempo, pero no al contacto humano. Por eso tendréis que daros prisa si no queréis que alguien las destroce o las arranque sin darse cuenta o las devoren los pájaros o...

—Estás pidiendo a gritos que te ensarte el puñal, Tézcar —le advirtió Kalendra. Después se volvió hacia su hermana—. Vámonos. No quiero pasar ni un minuto más aquí.

—No —replicó ella.

—¿No? ¿Cómo que no? —preguntó, deteniéndose en seco.

—¿Todavía quieres perder más... tiempo? —le preguntó Tézcar con una malévola risotada y dando un brinco sobre sus nuevas piernas. Ya no había ni rastro de tos en sus palabras.

—No, quiero otra semilla más.

—¡¿Qué?! —preguntaron su hermana y el sentomentalista al unísono.

Kalendra la agarró del brazo y se la llevó aparte.

—¿Cómo que una semilla más? ¿Quieres terminar muerta?

Firela se deshizo de la mano de su hermana y la miró a los ojos.

—Necesito saber la respuesta a una pregunta. Nada más.

—No.

—Kendra, por favor —dijo Firela, agarrándola por los hombros—. Tenemos que confirmar que Lysell está muerta. ¿De qué serviría llegar a Salmat sin la seguridad de que seremos reinas?

—Los gordolobos pueden llevarnos hasta ella si se lo pedimos.

—¿Y si está muerta y enterrada y nos llevan hasta su tumba? ¿No sería más rápido conocer la respuesta ahora?

Kalendra se giró hacia Tézcar.

—¿Pueden los gordolobos guiarnos hasta el cadáver de una persona?

—Ejemmm... Supongo que sí —respondió sin estar demasiado seguro.

—¿Vas a arriesgarte? —Volvió a preguntarle a su hermana—. ¡Puede que nos esté mintiendo!

—Solo hay una manera de averiguarlo. —Apartó a Kalendra de su camino y se dirigió hacia el sentomentalista, que admiraba su nuevo aspecto—. ¿Cuánto tendría que pagar por saber la respuesta a una pregunta?

—¿Crees que soy vidente? —le espetó Tézcar.

—¿No tienes nada que pueda responder a una pregunta sencilla?

—¿Qué pregunta?

—Saber si alguien está vivo o muerto.

—Ah..., eso.

Tézcar dio una palmada. Cuando separó las manos, un bulto alargado se extendía desde su dedo índice hasta el pulgar.

—Una nomeolvides rastreadora. Es lo que buscas.

—¿Cómo funciona? —preguntó Kalendra, tras su hermana.

—Estas plantas cuentan con una curiosa raíz que se extiende por todo el Continente en busca de quien se le diga. Si da con esa persona, se le caen los pétalos, si no, permanece fresco hasta la noche, tras lo cual, se pudre y muere. Trágico, ¿no crees?

—¿Y cuánto se tiene que esperar? ¿Cuánto tiempo tarda en dar una respuesta?

—Menos de un minuto para cubrir el Continente entero desde el momento en el que la reguéis, de nuevo, con sangre.

—¿Cuánto cuesta?

El sentomentalista se acarició la barbilla con sus dedos sin uñas antes de chasquearlos.

—Por ser tú..., una pizca de tu belleza.

—¿Su... qué? —exclamó Kalendra—. Esto sí que no te lo permito, Fira.

—¡Es mi cara, no la tuya!

—Será solo un poco. Un maduro sin atractivo es como un piano desafinado —comentó, guiñando un ojo a nadie en particular.

—Fira, por favor. Vámonos y deja de...

—Apártate —le espetó la otra, acercándose a Tézcar y agarrando su mano—. Trato hecho.

El hombre asintió y sus dedos volvieron a clavarse en la piel de la mujer. El intercambio duró solo unos segundos y el resultado fue el esperado..., al

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