CORTA
Lucas Corta: Águila de la Luna
Lucasinho Corta: hijo único de Lucas Corta
Ariel Corta: antigua abogada del Tribunal de Clavio
Wagner Corta: hermano desheredado de Lucas, lobo lunar
Robson Corta: hijo de Rafa Corta y Rachel Mackenzie, bajo la protección de Wagner Corta
Luna Corta: hija de Rafa Corta y Lousika Asamoah
Alexia Corta: Mano de Hierro de Lucas Corta, terrestre
Elis: madrinha de Luna Corta
Marina Calzaghe: antigua ayudante personal y guardaespaldas de Ariel Corta; ha regresado a la Tierra
Jorge Nardes: músico y amor de una noche de Lucas Corta
Nelson Medeiros: escolta jefe de Lucas Corta
TAIYANG
Sun nui shi: la matriarca de Shackleton, abuela del consejero delegado de Taiyang
Darius Mackenzie-Sun: hijo tardío de Jade y Robert Mackenzie, protegido de Sun nui shi
Sun Zhiyuan: consejero delegado de Taiyang
Amanda Sun: antigua oko de Lucas Corta
Tamsin Sun: directora jurídica de Taiyang
Jaden Sun: miembro de la junta directiva y propietario del equipo de balonmano Sun Tigers
Amalia Sun: agente de Amanda Sun en la Universidad de Farside
Jiang Ying Yue: jefa de seguridad de Taiyang
MACKENZIE METALS
Duncan Mackenzie: hijo mayor de Robert y Alyssa Mackenzie, consejero delegado de Mackenzie Metals
Anastasia Vorontsova: oko de Duncan Mackenzie
Apollonaire Vorontsova: keji-oko de Duncan Mackenzie
Denny Mackenzie: hijo menor de Duncan y Apollonaire, desheredado por Duncan por traición
Kimmie-Leigh Mackenzie: (breve) prometida de Irina Efua Vorontsova-Asamoah
MACKENZIE HELIUM
Bryce Mackenzie: hermano de Duncan Mackenzie, consejero delegado de Mackenzie Helium
Finn Warne: primer blade de Mackenzie Helium
Hossam al Ibrashi: primer blade de Mackenzie Helium
Rowan Solveig-Mackenzie, Alfonso Pereztrejo, Jaime Hernández-Mackenzie: ejecutivos de Mackenzie Helium
Analiese Mackenzie: amor de oscuridad de Wagner Corta en su aspecto oscuro
AKA
Lousika Asamoah: omahene del Trono Dorado
Abena Asamoah: estudiante de Ciencias Políticas del grupo de estudios Cabochon y ayudante jurídica de Ariel Corta
VORONTSOV TRANS-ORBITAL (VTO)
Valeri Vorontsov: fundador de VTO; consejero delegado de VTO Espacio
Yevgueni Vorontsov: consejero delegado de VTO Luna
Serguéi Vorontsov: consejero delegado de VTO Tierra
Irina Efua Vorontsova-Asamoah: ecóloga hija de un matrimonio dinástico entre los Asamoah y los Vorontsov
LUNAR MANDATE AUTHORITY (LMA)
Wang Yongqing: delegada de China en la LMA
Anselmo Reyes: delegado del grupo inversor Davenant
Monique Bertin: delegada de la Unión Europea en la LMA
UNIVERSIDAD DE FARSIDE
Dakota Kaur Mackenzie: ghazi de la Facultad de Biocibernética
Doctora Gebreselassie: médico al cargo de Lucasinho Corta
Rosario Salgado O’Hanlon de Tsiolkovski: ghazi fracasada, zashitnik de Ariel Corta
Vidhya Rao: economista y matemátique; miembro del Pabellón de la Liebre Blanca y de la Sociedad Lunaria; active independentista
TIERRA
Marina Calzaghe: antigua ayudante personal y guardaespaldas de Ariel Corta
Kessie: hermana
Ocean: sobrina
Weavyr: sobrina
Skyler: hermano
OTROS
Mariano Gabriel Demaria: director de la Escuela de las Siete Campanas, una academia de asesinos
Haider: mejor amigo de Robson Corta
Max y Arjun: tutores de Haider
Como resultado de la guerra entre Mackenzie Metals y Corta Hélio, la poderosa familia Corta quedó destruida, y los supervivientes, dispersos. Ariel Corta, paralítica de cintura para abajo tras un intento de asesinato, se refugia en el anonimato de los niveles superiores de Meridian con Marina Calzaghe, su guardaespaldas y su amiga más leal, hasta que Jonathon Kayode, el Águila de la Luna, la devuelve a la sociedad lunar al convocarla como asesora contra la hueste de enemigos dispuestos a destronarlo. Wagner Corta, el lobo, se camufla entre los obreros del cinturón solar de Taiyang, una franja de paneles solares que recorre el ecuador de la Luna. Su vida alterna entre el equipo de trabajo y la manada de lobos hasta que se convierte en el tutor y protector de Robson Corta, rehén de Bryce Mackenzie, el director financiero de Mackenzie Metals. Ahora se ve obligado a elegir entre su naturaleza lobuna y el cuidado del indefenso Robson. Lucasinho y Luna Corta están a salvo en Twe, bajo la protección de los Asamoah, aunque Lucasinho se siente encerrado. En cuanto a Lucas, el padre de Lucasinho, es quien ha dado el paso más arriesgado. La Luna lo cree muerto, pero huyó al orbitador de VTO y, a lo largo de un año, se transformó en algo que se consideraba imposible: un lunario capaz de sobrevivir en la gravedad terrestre. No durante mucho tiempo; solo el necesario para afianzar los tratos que había estado negociando mientras daba vueltas entre la Tierra y la Luna. Establece un consorcio de Gobiernos, corporaciones e inversores de capital riesgo terrestres y, con los Vorontsov y su catapulta electromagnética, situada en el espacio y que puede emplearse como arma letal, se propone recuperar lo que robaron a su familia. También regresa con Alexia, la primera Corta terrestre que se enfrenta a la gloria y el terror de la Luna en dos generaciones.
Para tener éxito, Lucas debe empezar por sembrar la confusión. Su madre, Adriana, fundadora de Corta Hélio, había implantado un código de ataque en los sistemas de control de Crucible, el inmenso tren fundición de los Mackenzie. Un simple comando, emitido por Alexia después de que el despegue de la Tierra estuviera a punto de matar a Lucas, destruye Crucible. Se pierden muchas vidas, incluida la de Robert Mackenzie, consejero delegado de Mackenzie Metals. Sus hijos, Duncan y Bryce, luchan por el control de la empresa. Duncan dirige la industria de refinería tradicional, y Bryce, el negocio de helio-3 arrebatado a los Corta. Su encarnizada guerra civil amenaza con apoderarse de toda la Luna y desestabilizar el mercado de helio-3, imprescindible para la Tierra. Lucas ve su oportunidad y ataca. La Luna es una colonia industrial, no una nación estado, y carece de defensas. Varias unidades de combate abandonan la órbita para irrumpir y ocupar posiciones en infraestructuras clave; la catapulta electromagnética de VTO amenaza toda la cara visible de la Luna y los Dragones plantan cara a su vez; pero cuando Twe, la principal zona agrícola de toda la Luna, se ve asediada, no tienen más remedio que rendirse ante la amenaza de la hambruna.
En medio del caos, Lucasinho y Luna escapan del sitio de Twe, pero se encuentran varados en la superficie y para alcanzar la seguridad tienen que recorrer un azaroso camino en plena invasión. Cuando el traje de Luna tiene una fuga, Lucasinho le cede el aire que le queda. Luna lo lleva a un lugar seguro; pero, por muy corredor lunar que sea, ¿podrá sobrevivir tras pasar tanto tiempo sin oxígeno?
Las máquinas y mercenarios terrestres ocupan Meridian. Jonathon Kayode acaba derrocado, y Lucas Corta, convertido en una sombra de sí mismo, destrozado físicamente por su visita a la Tierra, es la nueva Águila de la Luna, con Alexia como Mano de Hierro. Su primera baza consiste en intentar reclutar para su bando a Ariel, pero esta rehúsa a pesar de que con ello corre un grave peligro. Todos y cada uno de los Cuatro Dragones quieren algo que les proporcione ventaja, y los Corta son los rehenes óptimos. Bryce Mackenzie intenta capturar a Robson Corta, pero fracasa. Wagner y Robson escapan a la seguridad relativa de Teófilo, en el mar de la Tranquilidad.
Lucas Corta se siente triunfante. La Luna es suya. ¿Qué hará con ella?
Ocho figuras escoltan el féretro a través del mar de la Fecundidad. Cuatro lo transportan, una por cada asa; cuatro custodian los puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. Se desplazan con trajes rígidos fuertemente acorazados, levantando polvo con las botas. La coordinación es fundamental a la hora de llevar un ataúd, pero las porteadoras no han encontrado aún el ritmo adecuado: dan tumbos y bandazos; arrastran los pies, dejando huellas difusas en el regolito. Se desplazan como la gente que no está acostumbrada a caminar por la superficie de la Luna, a llevar esos trajes. Siete trajes rígidos blancos y uno, el último, escarlata y dorado. Cada traje blanco transporta un emblema desfasado de tiempo y lugar: una espada, un hacha, un abanico, un espejo, un arco, una media luna. La que va en cabeza se apoya en un paraguas plegado, con la punta de plata y una cara humana en el mango; una mitad es de carne con vida, y la otra, de hueso pelado. La punta agujerea el regolito con precisión.
Nunca ha llovido en el mar de la Fecundidad.
El féretro tiene un ojo de buey. Resultaría incongruente si no fuera porque no es un ataúd. Es una cápsula médica de soporte vital, diseñada para proteger y preservar a los heridos en la superficie lunar. Al otro lado se ve el rostro de un joven de piel aceitunada, pómulos marcados, denso pelo negro, labios carnosos y ojos cerrados. Se trata de Lucasinho Corta. Lleva diez días en coma; diez días que han hecho restallar la Luna hasta el núcleo como si fuera una campana de piedra. Diez días en los que han caído y se han alzado Águilas; en los que se ha librado y perdido una guerra solapada en los océanos de roca; en los que el nuevo orden de la Tierra ha barrido el antiguo orden de la Luna.
Estas desgarbadas figuras son las Hermanas de los Señores del Ahora y llevan a Lucasinho Corta a Meridian. Siete hermanas y una más, la que va en retaguardia y desentona con el traje rojo y dorado. Luna Corta.
—¿Se sabe algo de la nave?
Mãe-de-Santo Odunlade chista de frustración y escudriña las etiquetas de la pantalla del casco, intentando identificar a quien hace la pregunta. La doctrina de la Hermandad de los Señores del Ahora reniega de la red, y la curva de aprendizaje de la interfaz de los trajes rígidos es empinada. Al final, la Mãe-de-Santo se percata de que quien ha hablado es madrinha Elis.
—Pronto —replica mãe Odunlade, y levanta el paraguas para señalar el horizonte oriental, donde alunizará la nave de Meridian.
El paraguas es el sello de Obatalá, el Padre Creador. Junto con la espada, el hacha, el espejo, el arco, el abanico y la media luna, es un instrumento de los orixás. La Hermandad no transporta solo al príncipe durmiente; también lleva los emblemas sagrados. Todos los santinhos entienden lo que esto simboliza: João de Deus ha dejado de ser la ciudad de los santos.
—Se aproxima una nave —dice el traje de la mãe.
En ese mismo momento, el horizonte parece saltar al cielo. Róvers, por docenas. Rápidos, sólidos, en su busca. Las pantallas transparentes se iluminan con cientos de contactos rojos.
Han llegado los Mackenzie.
—Manteneos firmes, hermanas —grita mãe Odunlade.
El cortejo sigue avanzando hacia la línea de faros. Resultan cegadores, pero no está dispuesta a levantar el brazo para protegerse los ojos.
—Mãe, la nave va a alunizar —dice el traje.
Un róver se aparta de la línea y gira para situarse frente a mãe Odunlade, que alza el paraguas sagrado. El cortejo se detiene. Bajan los asientos; suben las barras de seguridad; descienden al regolito personas enfundadas en los trácsups verdes y blancos de Mackenzie Helium. Se llevan la mano a la espalda y desenfundan unos objetos alargados. Fusiles.
—No se puede permitir esto, madre.
Mãe Odunlade tuerce el gesto ante semejante familiaridad y falta de respeto; ni siquiera se dirigen a ella en portugués. Localiza a la hablante en la pantalla del casco.
—¿Quién es usted?
—Loysa Divinagrácia —dice la mujer del centro del escuadrón armado—. Jefa de seguridad de Mackenzie Helium, cuadrante nordeste.
—Este joven necesita atención médica especializada.
—Será un honor para Mackenzie Helium ofrecer los servicios y el avanzado equipo de nuestro centro médico.
—Sesenta segundos para el alunizaje —anuncia el traje.
La nave es la estrella más luminosa y rápida del firmamento.
—Lo llevo con su padre. —La Mãe-de-Santo da un paso al frente.
—No puedo permitirlo.
Loysa Divinagrácia pone una mano en el peto de mãe Odunlade, que la aparta con el paraguas sagrado y a continuación le da un golpe en un lateral del casco. ¡Menuda insolencia! El polímero se resquebraja y el aire sale despedido hasta que el traje se cura y recupera la estanqueidad.
Las armas apuntan.
Las Hermanas de los Señores del Ahora cierran filas en torno a la cápsula de soporte vital. Blanden la espada de Ogum, el hacha de Xangô, el arco, el abanico con cuchillas en el borde. ¿Cómo podrían honrar a los orixás si sus emblemas no tuvieran un uso práctico?
Luna Corta sube los aparatosos brazos a la altura de los hombros. Se desbloquean las fundas y se activan los imanes; los cuchillos quedan encajados en las manos. La luz de la tierra en cuarto creciente, en el limbo occidental, se refleja en los filos de hierro de meteorito: los cuchillos de combate de los Corta.
«Los hemos protegido —había dicho mãe Odunlade bajo el resplandor de las bioluces de la habitación donde tenían a Lucasinho, en la casa madre—. Hasta que llegara un Corta osado, de gran corazón, sin avaricia ni cobardía, dispuesto a luchar por la familia y defenderla valerosamente. Un Corta digno de estos cuchillos.»
Carlinhos había sido el luchador de la familia. Había sido el propietario de aquellos cuchillos antes que ella. En una ocasión le había enseñado los movimientos con palillos. La asustó por la velocidad, por la forma en que se convertía en algo irreconocible.
Carlinhos había muerto por el filo de esos cuchillos.
Madrinha Elis se interpone entre Luna y el círculo de fusiles.
—Guarda esos cuchillos, Luna.
—Ni hablar —dice Luna—. Soy una Corta, y los Corta cortan.
—No seas cabezota y hazle caso a tu madrinha —dice Mãede-Santo Odunlade—. Fuera de ese traje eres muy pequeña.
Luna retrocede refunfuñando, pero no enfunda sus preciosos cuchillos.
—Déjennos pasar —dice mãe Odunlade por el canal común, y Luna oye responder a la empleada de los Mackenzie:
—Entréguennos a Lucasinho Corta y podrán marcharse.
—No —susurra Luna, y entonces las hermanas, la cápsula, los blades de los Mackenzie quedan bañados por una luz cegadora. El resplandor se divide en cientos de luces independientes: róvers, motos de polvo, las luces de navegación de trajes rígidos y trácsups; todo ello surca a gran velocidad el regolito oscuro. A su espalda se levanta una gran nube de polvo que difracta la luz terrestre y traza arcoíris blancos. Los blades y tiradores de Mackenzie Helium, rodeados, huyen en el último momento cuando una cuña de róvers, motos y tragapolvos parte su línea.
En antenas y mástiles; colgada de armazones y cables de sujeción; estarcida, pintada con aerosol, impresa o dibujada con rotulador de vacío: la máscara medio blanca, medio negra de Dona Luna, Nuestra Señora de las Mil Muertes.
João de Deus se ha alzado.
La cuña de tragapolvos se despliega en una falange de lanzas y picas. Los motoristas llevan armas de asta sujetas a los estribos. Cuando era muy pequeña, Luna vio algo parecido en un descabellado cuento de la vieja Tierra: hombres metálicos sentados en grandes animales metálicos, con largas lanzas bajo el brazo.
—Caballeros de armadura —le dice a Luna su familiar, recordando a la vez que ella—. Lanceros montados.
Unas luces azules parpadean en lo alto, por encima del ejército: los impulsores de una nave lunar de VTO que maniobra en busca de un buen lugar de alunizaje entre las filas de los Mackenzie. El motor principal se enciende brevemente cuando la fea amalgama de depósitos de combustible, paneles radiadores y soportes estructurales empieza a alunizar.
Guantes y guanteletes aprietan las astas de las lanzas. Se blanden picas. Se cierran dedos en torno a manillares.
—Luna —dice madrinha Elis.
—Estoy lista —dice Luna. Tiene el traje preparado, con las reservas de energía activadas. Si da la orden echará a correr, mucho más deprisa de lo que correrían sus propias piernas. Sabe de qué proezas es capaz un traje estándar, las realizó cuando llevó a Lucasinho anóxico, muerto a todos los efectos, al refugio de Boa Vista—. Ya lo he hecho antes.
El polvo que levanta el descenso de la nave lunar envuelve a los santinhos y a la gente de Mackenzie Helium.
—¡Adelante, niña! —grita madrinha Elis.
—Corre —ordena Luna, y el traje ya está en marcha.
Los de Mackenzie Helium también. Pasada la sorpresa inicial, los róvers arrancan con el fin de flanquear la caballería de motos de los santinhos y bloquear el acceso a la nave. La infantería santinha carga para interceptar las fuerzas de los Mackenzie y mantener el paso despejado.
Cae un cuerpo. Un trácsup gira y se desploma. Un traje rígido estalla en esquirlas. Las armas de los Mackenzie han abierto fuego. Se astilla un casco. Una cabeza sale volando con un chorro de sangre. Los estandartes de Dona Luna van desapareciendo, uno por uno. Luna ve la sangre, los trozos de carne, los fluidos corporales que gotean en el vacío.
La hermana Eloa, que transporta la media luna de Iansã, se desmorona junto a Luna y rueda por el suelo. Le falta la parte superior de la cabeza. Alrededor de Luna vuelan proyectiles que no puede ver, pero no piensa en ellos; no piensa en nada que no sea la nave lunar que baja las patas de alunizaje y despliega una rampa desde el compartimento de transporte.
—¡Luna! —La voz de mãe Odunlade por el canal privado—. Levanta la parte derecha de la cápsula. El traje puede con ella.
—Mãe...
—Elis llevará el otro lado.
—Mãe...
—¡No me discutas, niña!
Su mano acorazada se cierra en torno a un asa. Los giróscopos estabilizan el peso. Ve que su madrinha sujeta la otra asa.
Los santinhos combaten contra los Mackenzie. Dos, diez, veinte caen fulminados bajo el fuego, pero siempre hay más lanzas, más picas. Violencia cuerpo a cuerpo, cercana, íntima y apasionada como el sexo. Las puntas de las armas se clavan profundamente; atraviesan cuerpos de lado a lado; desgarran trajes, piel, hueso; destrozan visores, y se hunden en caras, cráneos, cerebros.
—¿Qué pasa? —pregunta a madrinha Elis por el canal privado.
—Nos hacen ganar tiempo, anjinho.
La falange de lanzas se reconfigura, se enlaza, se apelmaza, se arroja a atacar. Los tiradores se desperdigan y se retiran. En ese instante, entre los muros de picas, Luna nota que el traje sujeta con más fuerza el asa del féretro de su primo, se inclina hacia delante y se impulsa rápidamente hacia la nave. Llega a la rampa a máxima velocidad y frena en seco para no estamparse contra la pared opuesta del compartimento de transporte. Varios tripulantes con trácsup aseguran el cierre. Luna nota la vibración de la cubierta a través del sistema háptico de las botas.
—Encendido del motor principal en diez, nueve, ocho...
Lo último que ve Luna por la escotilla que se cierra es el resto de las Hermanas de los Señores del Ahora, trajes blancos espalda con espalda, los emblemas de los orixás bien altos. A su alrededor, un anillo de picas y los estandartes enhiestos de Nuestra Señora de las Mil Muertes. Detrás, los Mackenzie, tan numerosos como las estrellas. Entonces se enciende el motor y el polvo lo cubre todo.
Mãe-de-Santo Odunlade observa como se alza la nave lunar por encima del polvo cegador, en un rombo de luz de cohetes.
Meridian los acogerá. Meridian los curará. El Águila de la Luna los resguardará bajo sus alas.
Los santinhos rodean a las hermanas con picas y lanzas. Han caído tantos, han muerto tantos... Es un lugar horrible para morir.
Mãe Odunlade da con el icono del canal común.
—El regolito ya ha bebido bastante sangre —dice a todos los tragapolvos y santinhos del mar de la Fecundidad, a todos los blades y mercenarios, a Bryce Mackenzie, se esconda donde se esconda. La línea de fusiles de los Mackenzie se mantiene firme—. No es necesario que muera nadie más aquí fuera.
Dos róvers parten de la retaguardia del círculo y aceleran a una velocidad asombrosa en pos de la nave lunar, convertida en una constelación de faros que se desplaza hacia el oeste. Se despliegan unos mecanismos de la parte trasera de los róvers: cosas con varios cañones y cinturones de munición. Por todos los dioses y espíritus, qué rápidos son. Ya han llegado al horizonte. Suben haces de luz hacia los faros de la nave de VTO. Mãe-de-Santo Odunlade no sabe qué ve, pero entiende qué significa: si Bryce Mackenzie no puede tener a Lucasinho Corta, nadie lo tendrá. Y entiende otra verdad: no tendrán piedad con nadie que haya levantado una mano o un filo en nombre de los Corta.
—¡Por Obatalá, luz de luces, el eterno, siempre temible, siempre infalible! —Mãe-de-Santo Odunlade levanta el paraguas por encima de la cabeza. Lo abre.
Como si fueran una, las otras hermanas levantan sus emblemas. La espada de Ogum, el abanico de Yemanjá, el arco de Oxóssi, el hacha de Xangô.
Empieza el tiroteo.
Luna no consigue desacoplar la mano de la cápsula médica. Lucasinho es libre; Lucasinho está a salvo. Debería soltarlo, pero el traje lee una verdad que ella no puede reconocer y se niega a aflojar el puño. Tiene la impresión de llevar toda la vida en este traje. Este traje la ha protegido, la ha guiado, la ha ayudado. La ha traicionado, la ha puesto en peligro.
Un recuerdo: Lucasinho envuelve en cinta adhesiva la junta en la que el polvo lunar, afilado como una cuchilla, ha rasgado el tejido plegado en fuelle paso tras paso, kilómetro tras kilómetro, hasta que la articulación ha cedido. Se toca la rodilla; el sistema háptico del guante le transmite las imperfecciones del remiendo. No se fijó cuando la Mãe-de-Santo le dijo: «Venga, niña, ponte el traje, nos marchamos».
—¿Adónde vamos? —le preguntó Luna.
—A Meridian. El Águila envía una nave para recoger a su hijo.
Luna se puso el forro del traje y entró en la enorme carcasa; el interior la envolvió, el exterior se cerró herméticamente y de nuevo estaba en la esclusa de la estación de BALTRAN de Lubbock, y Lucasinho la animaba a dar un paso adelante: «El traje hace todo el trabajo».
Y mientras caminaba por el túnel periférico hacia la escotilla estaba de nuevo en el refugio de Boa Vista, bajo la luz verde, con Lucasinho tendido donde lo había dejado. El enorme traje podía ser muy acogedor. Tumbado, sin moverse. Sin respirar.
—¿Qué hago?
El refugio le había enseñado dónde conectar a Lucasinho al soporte vital, cómo activar los monitores, dónde enganchar la unidad de refrigeración que lo conservaría a una temperatura muy baja, salvadora.
—Se encuentra en muy mal estado —le habían dicho las máquinas—. Necesita atención médica especializada.
Pero Luna solo pudo quedarse esperando, con el frío y las luces verdes. Como espera ahora en el compartimento de carga de una nave lunar de VTO.
—Caída libre en tres, dos, uno...
Se apagan los motores. De las botas de Luna salen ganchos que se acoplan a los microojales del suelo. Está sujeta pero libre; recuerda la sensación mareante y desconcertante de la caída libre del BALTRAN. No resulta mejor en una nave lunar de VTO en trayectoria suborbital a Meridian.
Las botas le transmiten una serie de golpes. A unos centímetros de su talón izquierdo surge una línea de agujeros, distanciados con precisión. Un traqueteo; otra línea de agujeros cruza el compartimento de transporte de la esquina inferior derecha a la superior izquierda. La luz de la tierra entra por las perforaciones.
Una tercera serie de impactos; después, una aceleración repentina levanta a Luna del suelo, le arranca de los dedos el asa de la cápsula de su primo. La aceleración cambia y la lanza contra el féretro; después flota libremente, nadando en el vacío.
—Nos encontramos bajo ataque —anuncia la nave—. Nos han atravesado proyectiles cinéticos de alta velocidad. La integridad del casco está comprometida. El depósito número tres está perforado y ha perdido el combustible; de ahí la aceleración imprevista que acabo de estabilizar.
Luna se agarra a los conductos del soporte vital y se impulsa hacia la partición. Otra serie de impactos traza un arco de orificios por la pared y el techo. Unos instantes atrás tenía ahí la cabeza. Hay agujeros en el techo. Hay agujeros por todas partes.
Luna da la vuelta y las botas vuelven a acoplarse al suelo. Se vuelve a mirar a Elis: está envuelta en plástico de presión blanco, al otro lado del féretro. No se mueve, no habla. ¿Por qué está tumbada? Dama Luna, que su madrinha no tenga el traje agujereado, que no esté agujereada.
Suena un gruñido suspirante por el canal privado. La pila de armadura de superficie se mueve y se convierte en una persona con traje. Madrinha Elis se pone de rodillas a duras penas.
Entonces se apagan las luces.
—¿Qué pasa? —grita Luna.
—Se ha cortado la conducción eléctrica principal —dice la nave—. En breve se activará la energía auxiliar. Debo comunicarle que he sufrido daños graves en el núcleo de proceso y mis funciones se ven limitadas.
Se encienden las luces de emergencia, tenues y de un amarillo enfermizo. La pantalla del casco de Luna es un mosaico de alarmas rojas: la tripulación, en el módulo de mando, tiene problemas. Una por una, las luces se vuelven blancas.
El blanco es el color de la muerte.
—¡Elis!
Su madrinha camina hasta ella, abre los brazos mecánicos, rodea con ellos el monstruoso y aparatoso traje.
—Coração.
—¿Estás bien?
—La cápsula —dice madrinha Elis—. ¡La cápsula!
—¡Lucasinho!
Luna rodea el féretro inspeccionándolo en busca de agujeros, daños, el menor rasguño. Una bala que casi da en el blanco ha trazado un valle en la esquina inferior izquierda. Luna aprieta el visor contra el ojo de buey. Todo parece funcionar.
—Hay cambios en el plan de vuelo —informa la nave—. Voy a realizar un alunizaje de emergencia en Twe. Prepárense para el viraje en tres, dos, uno...
Las microaceleraciones zarandean a Luna, y de nuevo está en caída libre.
—Salimos de órbita. Prepárense para el encendido del motor de frenado.
La gravedad regresa; Luna nota el peso en los hombros. El traje se tensa en preparación, pero percibe que le castañetean los dientes, que la sangre parece plomo en las venas.
—Llamada de auxilio iniciada —dice el traje. Luna imagina miedo en la voz calmada e informativa—. Tengo gravemente dañados los paneles radiadores. No estoy en condiciones de disipar el exceso de calor.
Mientras atravesaba con Lucasinho el cuadrante sudeste, Luna aprendió en qué consistía el vacío. Es el arma favorita de Dama Luna, pero también tiene otras formas de matar más sutiles que el simple beso intenso y sofocante. El vacío es un aislante excelente; el mejor. En él, el calor solo puede disiparse por radiación. El traje rígido podría desplegar los disipadores de los hombros para irradiar el calor de sus sistemas y el del pequeño cuerpo que contiene. Una nave emite mucho más calor que una niña, sobre todo al poner los motores en marcha. Varios sistemas críticos podrían sobrecalentarse, fallar, incluso fundirse. Para alunizar a salvo en Twe, el motor tiene que funcionar a toda potencia, generando un calor que no puede dispersarse. Calor que se suma al calor para amontonarse sobre el calor.
La nave se agita. Luna no recuerda que se hubiera agitado así al despegar. El motor se apaga y la deja en caída libre unos instantes; después vuelve a encenderse. Vuelve a apagarse y encenderse; traquetea. Luna no ve casi nada, con el resplandor tartamudeante de los impulsores de frenado.
—Experimento... fallos en sistemas críticos —dice la nave—. Me muero.
Cesan los temblores. Se apaga el motor principal. Luna cae hacia la superficie lunar metida en una caja, una concha, un caparazón, una jaula tachonada de agujeros de bala.
Dentro del compartimento de transporte, en el vacío, flotan espíritus blancos. «En la Luna no hay fantasmas», todo el mundo lo sabe. ¿Qué son esos copos de espíritu que se elevan desde todos los cables y conductos, desde todas las fibras del recubrimiento y los trazos garabateados con rotuladores de vacío?
Entonces, Luna repara en su indicador de temperatura. La cubierta, bajo sus pies, ha alcanzado los ciento quince grados centígrados.
—Los polímeros y otros materiales orgánicos desprenden sustancias volátiles —le explica la IA del traje—. Calculo que alcanzaremos el punto de fundición en tres minutos.
Su traje rígido es de plástico. Un plástico fuerte y resistente que puede caminar por la superficie de la Luna; un buen plástico que hace todo lo que puede por refrigerarla, pero morirá asada dentro de él mucho antes de quedarse sin aire.
—Estoy redirigiendo toda la energía disponible al control ambiental —dice el traje—. Activando paneles radiadores.
Luna siente el clic de los disipadores que se le despliegan en la espalda. Alas: alas mágicas como las de la mariposa luna, su familiar.
—Preparándome para el impacto —dice el traje de pronto.
«¿Qu...?» Luna nota un golpe brusco, más fuerte que nada que haya notado nunca, tan fuerte que ni el sistema háptico logra absorberlo por completo. Da de bruces contra el suelo y las particiones del compartimento de transporte. Oye el chasquido de las alas, el crujido del plástico. Es un guisante minúsculo que se sacude en su vaina.
—He sufrido daños que amenazan mi integridad —dice el traje. Luna intenta inspirar; le falta el aliento.
Madrinha Elis se pone en pie.
—Tenemos que salir, anjinho. Abre la puerta. Yo llevo a Lucasinho.
El humo desdibuja la puerta; cuelgan conductos sueltos. El techo está inclinado; el compartimento de transporte ha alunizado con la puerta hacia arriba.
No se abre la escotilla.
—¿Dónde está la apertura manual? —pregunta Luna a su traje.
«Segunda regla del tragapolvos: todo tiene también controles manuales.» Se lo dijo el tío Carlinhos. El enorme y sonriente tío Carlinhos, que no frecuentaba demasiado Boa Vista, pero cuando iba la levantaba en brazos y la lanzaba por los aires, tan alto que se le agitaba el pelo, y Luna gritaba aunque sabía que él siempre la recogía. La primera regla del tragapolvos: todo puede matar.
El enorme y sonriente tío Carlinhos, cuando ella era una niña, antes de que cogiera los cuchillos y se convirtiera en la princesa de Corta Hélio.
El traje resalta una pequeña compuerta. Dentro hay una palanca.
—Hay otra a mi lado —dice madrinha Elis—. A la vez.
Madrinha Elis inicia la cuenta atrás con los dedos. Tres, dos... Luna tira de la palanca y la puerta se desploma. Luna mira por el borde; el regolito queda unos tres metros por debajo. La nave ha alunizado en el borde de un pequeño cráter. Al otro lado, Luna puede ver los mástiles de las parabólicas y espejos de Twe. Será fácil saltar a la superficie. Retrocede resbalando por el suelo y frena agarrando un asa del féretro. Elis agarra la parte de la cabeza y Luna suelta las sujeciones. El féretro se mueve; Elis lo sostiene en vilo y Luna corre a la parte de los pies. Tirando y empujando, llevan la pesada cápsula médica suelo arriba, hacia la rampa. Hasta el borde.
No hay manera de hacerlo con suavidad.
Juntas, empujan a Lucasinho por el borde. Cae arrastrado por la débil gravedad lunar; el féretro toca el regolito con los pies y se queda boca abajo. Dos pasos por detrás, Luna y Elis saltan de la plataforma y alunizan en una nube de polvo. No hay más supervivientes en la nave lunar Pustelga.
Elis señala el féretro caído e indica por señas que tienen que levantarlo. Los dos trajes rígidos se acuclillan y le dan la vuelta. La cápsula, el ojo de buey, están intactos. Lucasinho está tumbado de lado, inmóvil. Luna no sabe si está vivo o muerto.
—Hay que apartarlo de la nave —dice Elis.
Juntas, arrastran a Lucasinho lejos de los restos del Pustelga, que parece una mariposa de festival aplastada. Han fallado dos juegos de patas de alunizaje; uno se ha torcido bajo la nave y el otro ha atravesado el armazón. Todos los paneles radiadores están destrozados; las nervaduras están aún extendidas. Del depósito de combustible perforado sigue saliendo vapor. Un grupo de impulsores está arrancado. La nave ha quedado tachonada de orificios, apuñalada un millar de veces. Las líneas de disparos se entrecruzan en el compartimento de transporte; a Luna le parece increíble que hayan sobrevivido. El módulo de mando está hecho un colador. No queda nada intacto, nada vivo. Las baterías estallan; los escombros golpean el traje rígido de Luna. Por los agujeros de bala gotea plástico líquido. La nave sigue desmoronándose ante los ojos de Luna, que alcanza a ver un leve resplandor rojizo en los motores. La nave va a saltar en pedazos. Las dos mujeres levantan la cápsula de Lucasinho y se dirigen tan deprisa como pueden al borde opuesto del cráter. Resbalan regolito abajo hacia las cúpulas, depósitos y antenas de Twe, la capital de los Asamoah. Están limpiando las cúpulas solares por las que entra la luz que se refleja en los espejos para quitarles el regolito que les amontonaron encima los invasores de la LMA con las excavadoras, dejando las granjas silo a oscuras.
Florecen las alertas en el visor de Luna. Su traje muere gradualmente; tiene fallos en sistemas críticos. Ya lo había visto antes; ya había recorrido ese camino mortal cuando se le rompió el traje y Lucasinho, tras remendárselo, le cedió el último aire que le quedaba en los pulmones.
En Twe deben de haberse enterado. Una nave dañada que se acercaba, un alunizaje de emergencia. Twe siempre ha sido amiga de los Corta.
Dos estelas de polvo aparecen en el horizonte. En cuestión de segundos se han convertido en dos vehículos que se aproximan desde el este. Luna agita los brazos: «Eh, ¡mirad! ¡Estamos aquí!».
—¿Por qué vienen por ahí los Asamoah? —pregunta Elis.
Luna ya puede ver los róvers. Ya los había visto; ya había visto las ametralladoras de las capotas.
—¡Corre! —grita Luna.
El traje le muestra la esclusa más cercana, pero les queda poca batería, el féretro es pesado y no pueden correr más deprisa que los róvers de Mackenzie Helium.
Una moto de polvo se detiene frente a Luna; otra, otra más. Una manada de motos de polvo, todas ellas con estandartes heráldicos de adinkra recortados contra el cielo sin aire. Un equipo Blackstar. Las motos los rodean, y el motorista que Luna tiene delante levanta una mano. Alto. Luna y Elis se detienen, con el féretro de soporte vital colgando entre ellas. Los motoristas que flanquean al comandante se apean y sujetan con cables los trajes y la cápsula a las motos.
Los paneles blancos se vuelven rojos: el visor de Luna se llena de nombres, logotipos, etiquetas, identificadores, alcances, esquemas.
—Os tenemos —dice el líder del equipo.
—Dejad la cápsula —dice una voz por el canal común.
Han llegado los Mackenzie. Luna se estremece de cólera al oír el acento australiano. Está harta de esa gente; harta, harta, harta. No piensa obedecer. No piensa abandonar a Lucasinho. Agarra mejor el féretro y se vuelve hacia la dichosa voz.
Los dos róvers de Mackenzie Helium están aparcados a unos doscientos metros cuesta arriba. La tripulación baja de los asientos y forma una línea. Uno de ellos lleva un fusil. Las ametralladoras montadas en los róvers giran, se nivelan, se fijan.
Los miembros del equipo Blackstar llevan un cuchillo en cada mano.
—¡Basta! —Luna da una patada al suelo—. Soy Luna Ameyo Arena de Corta y soy una princesa —grita—. Rafael Corta era mi padre; Lousika Yaa Dede Asamoah es mi madre y la omahene del Trono Dorado de AKA. Ponerme un dedo encima es ponérselo a toda la nación Asamoah.
—Luna... —susurra madrinha Elis por el canal privado, pero Luna ya se ha enfadado; no había estado tan enfadada en su vida. Un centenar de enfados por un millar de injusticias, destilados en pura cólera e indignación.
—¡Lárguense! —grita Luna.
Ni una palabra por el canal común, pero los tragapolvos de los Mackenzie rompen la línea y vuelven a sus róvers. Los Asamoah mantienen el muro de defensa. Entonces, las ametralladoras se apartan de los blancos y los róvers giran, levantando nubes de polvo. En un abrir y cerrar de ojos están a mitad de camino del horizonte.
—Luna... —repite madrinha Elis.
—Ya están a salvo —anuncia el líder del equipo Blackstar por el canal común.
Pero Luna se mantiene firme, con la mano agarrada a la cápsula de su primo.
—Lárguense, lárguense, lárguense —dice—. Lárguense.
Cuando se cierran las puertas, Finn Warne se queda mirando fijamente el panel luminoso del techo. El ascensor exprés tarda veinte segundos en subir por el cuadrante este de Kingscourt, pero la velocidad le resulta tan incómoda como los dos kilómetros de subida del suelo de Reina del Sur a la suite privada de Bryce. Es muy poco profesional que el jefe de seguridad de Mackenzie Helium sufra de acrofobia. Así, con las manos a la espalda y la vista clavada en la luz, parece que está meditando, haciendo acopio de recursos internos.
Bryce podría haber hecho todo eso a través de la red. Un hombre de negocios moderno no necesita dar instrucciones en persona a su primer blade. La naturaleza de la oligarquía es tener lo que no hace falta.
Un hombre de negocios moderno tampoco necesitaría una recepcionista vestida de blanco inmaculado tras un mostrador blanco inmaculado. Finn Warne siempre se había enorgullecido de su meticulosidad: manicura en las uñas, vello nasal recortado, pelo engominado y peinado a la moda actual de la década de 1940. Pero siempre que veía a Krimsyn tras el mostrador se sentía dejado y desaliñado: una corbata quizá más suelta de la cuenta, una línea de mugre bajo una uña, una sombra de afeitado demasiado azul. Y sabe que ella sabe que le dan miedo las alturas.
Finn firma el acceso de seguridad al nivel más alto posible. Krimsyn ladea levemente la cabeza; el mínimo suficiente para darse por enterada de su presencia.
Para capear el desdén, Finn Warne se imagina en la cama con Krimsyn. Le gusta pensar que la compostura perfecta, la exquisita atención al detalle, abarca todas las partes de su cuerpo, y que no flaqueará por intenso, brusco o prolongado que sea el sexo.
Un clic. Se ha desbloqueado la puerta del santuario de Bryce Mackenzie.
—Señor Warne...
Bryce está tendido en la camilla, junto a la pared de cristal. Está desnudo; una marea de carne, una masa grasienta que forma olas en la tapicería blanca. Tiene la piel llena de estrías blancas e irregulares. Las máquinas lo atienden como devotos en oración, dos en los hombros, dos en el abdomen y dos en las caderas. Los largos brazos transportan las agujas y dispositivos de succión que van a extraerle la grasa corporal a lametazos.
Finn se acerca tanto como se atreve. Las vistas desde la ventana son monstruosas: no la caída en vertical, ya que nunca se ha atrevido a mirarla, sino el panorama de las torres de Reina del Sur, con sus espiras estrechas como palillos, un recordatorio de lo arriba que está y de todo lo que se alza por encima de él hasta fundirse con la maquinaria del techo de la cámara de lava de Reina. Monstruoso, pero no tanto como la cosa de la camilla.
—Han dejado que se les escurra entre los dedos —dice Bryce.
—El contrato de las patrullas de róvers no incluía un enfrentamiento con los Asamoah —dice Finn.
Bryce inspira a fondo mientras las máquinas flexionan los brazos y le hunden las agujas en la carne.
—Su trabajo consistía en traerme a Lucasinho Corta.
—Elaboramos los contratos deprisa y corriendo. Tuvimos que ponernos en marcha en cuanto el chico se puso en marcha —explica Finn. Puede ver las cánulas moviéndose bajo la piel de Bryce, abriendo túneles en la grasa.
—¿Excusas, señor Warne?
Finn Warne ahoga la punzada del miedo.
—Y ahora Lucasinho Corta está en Twe —prosigue Bryce—, de nuevo bajo la protección de los Asamoah. Teníamos dos róvers armados con ametralladoras. ¿Puede recordarme qué llevaba el equipo Blackstar?
—Motos de polvo y cuchillos.
—Motos de polvo y cuchillos. Contra ametralladoras.
—Los sistemas jurídicos de nuestros mercenarios les desaconsejaron emprender acciones que pudieran constituir una provocación.
Bryce está clavado como un espécimen, incapaz de moverse. Desvía los ojos para mirar a Finn Warne.
—Ametralladoras que han derribado una nave lunar de VTO.
—Santa Olga ha reclamado una compensación al departamento jurídico.
Una sacudida, un gruñido procedente de la cama acolchada.
—Que la impugnen. Y además, que cancelen el pago final de la tripulación de los róvers. Putos mercenarios.
—No tenían autoridad para declarar la guerra a AKA.
La grasa amarilla fluye por los tubos hasta las bolsas traslúcidas de debajo de la cama.
—¿Ha habido supervivientes en la superficie de João de Deus?
—Ninguno.
—Algo es algo. ¿Nuestras bajas?
Salen las agujas. Finas líneas de sangre brotan de las heridas; sutiles manos robóticas se encargan de limpiarlas, esterilizarlas y cerrarlas. Las agujas buscan nuevos objetivos y vuelven a hundirse. Bryce suelta un gemido que a Finn le suena sexual. Se le encoge la piel de los huevos.
—No esperábamos que presentaran batalla.
—Enséñeme las cifras.
Los datos pasan de familiar a familiar.
—Casi todos eran empleados nuestros. Bien. Los mercenarios son caros. La compensación estándar más el diez por ciento. Como dice, no esperaban que hubiera una batalla. Así que aquí estamos, sin rehén; en João de Deus me odian más aún que antes, y Yevgueni Vorontsov quiere que le proporcione otra nave lunar. Es un buen follón, ¿no le parece, señor Warne?
—¿Cuáles son sus instrucciones?
—Minas, señor Warne. Explosivas. Coja un equipo de ingenieros y mine la puta querida ciudad de Lucas Corta. Quiero que todo salte por los aires. Sea discreto. Es capaz, ¿verdad? Y que alguien del servicio técnico me escriba una rutina para el familiar. Si me ocurre algo, quiero que João de Deus se convierta en un cráter. Me quitó mi casa; voy a quitarle la suya.
Las cánulas se retiran con un sonido untuoso y buscan grasa fresca que chupar.
Ahí está de nuevo, aguda y estridente, abriéndose camino como un taladro por el rugiente murmullo matutino de la quadra Orión: la llamada. Agujas de sonido cortas y taladrantes, redondeadas con un trino.
Alexia se detiene a medio vestir, con los dedos paralizados en la chaqueta entallada. El menor movimiento, el menor roce del tejido, echará a perder la canción. Y se acaba. Alexia se acerca a la terraza, descalza salvo por las medias, y se queda inmóvil, a la escucha del gorjeo por encima de los acordes de cien motores eléctricos distintos, el flujo del agua por las cañerías, el susurro de los vientos artificiales, el coro de voces humanas que constituye el ing