No entres tan deprisa en esa noche oscura

António Lobo Antunes

Fragmento

Capítulo primero

Mi padre nunca me dejó entrar aquí. Debía de sentarse en la mecedora y mirar desde el postigo el jardín allí abajo, el portón, la calle, mientras yo de niña jugaba a las hadas con mi hermana a orillas del lago. Los domingos abría el cajón de la cómoda, revolvía papeles hasta que oíamos el tintineo de la argolla, subía las escaleras del desván a buscar la llave en medio de las otras llaves

(tal como hoy, ahora que nadie me lo prohíbe, abrí el cajón, revolví papeles hasta oír el tintineo de la argolla y subí las escaleras a buscar la llave en medio de las otras llaves)

y se quedaba varias horas seguidas en la mecedora

(me doy cuenta en este momento de que era la mecedora por el ruido de los muelles)

mirando desde el postigo el jardín allí abajo, el portón, la calle, mientras yo jugaba a las hadas con mi hermana a orillas del lago

no, no creo que se interesase por la calle ni por nosotras, por la calle no se interesaba nunca y en cuanto a nosotras a lo sumo nos brindaba un aburrimiento mudo, mi madre le mostraba los boletines de notas y él los rechazaba con el dorso de la mano, le hacíamos preguntas y seguía masticando, nos cambiaban el peinado y ni siquiera se fijaba, una tarde, durante la lección de piano

la profesora volvía la página de la partitura

sentí algo detrás de mí, me volví en el taburete con un diccionario encima para llegar a las notas y al verlo en el umbral su cara se puso seria enseguida y desapareció con tanta prisa en el pasillo que tiró el jarrón del aparador

me acuerdo de sus dedos afligidos que levantaban el jarrón, del tapete fuera de sitio, de la carrerilla enfadado consigo mismo hacia el despacho, de sus reproches al abogado que lo esperaba, frotándose las manos entre reverencias respetuosas

–Con todo el dinero que le pago, no tiene nada que hacer, ¿no?

durante días me pareció que se avergonzaba de mí como se avergonzaba de las visitas en el hospital, acostado con aquellos aparatos y todos aquellos tubos sin poder dar órdenes a nadie, mi madre pedía disculpas a las visitas junto al ascensor aceptando los ramos de claveles, las cajas de bombones, los libros de pintura que él rechazaba con el dorso de la mano

no eran los boletines de notas, papá

–Está muy nervioso por el tratamiento, pobre, no le hagáis caso

mi madre que seguía disculpándose ante el ascensor cerrado en el que los pisos disminuían cuatro tres dos uno al mismo tiempo que el botón de llamada se encendía y apagaba en silencio

–Estoy segura de que se va a poner muy contento con los bombones, es tan goloso

los ramos y los libros se le escurrían de los brazos, levantaba la rodilla para evitar que una caja de bombones se cayese al suelo

–¿Qué hago con esto?

de repente tan vieja, cuarenta y dos o cuarenta y tres años me parece, multiplicándose para sujetar aquellos paquetes con vida propia que no paraban de bajar

–Dios mío, Maria Clara, Ana Maria

y se nos escapaban también, idiotas y flojos, la asistenta de la enfermería los metía en una bolsa de plástico

–Ahí tiene

el paciente con bata y muletas que fumaba a escondidas en el aseo y salía tosiendo, sofocado, rojo, ocultando la pipa en medio de una niebla azul, se detenía para observarnos, si yo fuese hada le daría un toque con mi varita y listo, mi padre no ocupaba aquella habitación, corría la cortina que tapaba las escaleras del desván y se instalaba en la mecedora en medio del polvo, los armarios y los arcones, a veces una hora, a veces dos, a veces toda la tarde, uniformes, fotos de militares a caballo, sombreros de mi abuela en cajas cilíndricas con etiquetas francesas

señoras elegantes de perfil sobre fondo malva

mi abuela que salía todos los días a hurtadillas, después de almorzar, con una gorrita ridícula sobre la coronilla, el bolso de torzal y sus joyas falsas, para jugar a la ruleta en el Casino, vendió los pendientes y los collares auténticos al hombre del montepío

una especie de congrio detrás de un mostrador con rejas, sus dedos torcidos por el reuma esperaban una eternidad mientras su boca hablaba, mi abuela

–¿Tan poco?

y después avanzaban de repente y cogían las perlas

había un montón de relojes en la tienda que prometían horas más felices, alianzas baratas y anaqueles con objetos despintados, dorados o de cobre como les gustan a las criadas, a través de los cuales una gata clandestina deslizaba con desdén la meticulosidad de sus patas

la gorrita ridícula llegaba al Casino antes de que abriesen y se apoyaba en la palmera para sacar del bolso de torzal un par de billetes arrugados, las gaviotas, no muchas, las mismas desde el principio del mundo, iban y venían entre Tamariz y los barcos, el portero la llamaba con el gancho de su dedo, mofándose

–Por favor, condesa

mi abuela se acomodaba en la esquina de una mesa con media docena de fichas avarientas bajo las lámparas inmensas, apuntaba los números en la palma de la mano, intentaba una apuesta, desistía, se decidía, desistía otra vez

puede ser que mi padre llegase a divisarla desde el postigo del desván, no a ésa, a la de al lado, la mujer que en cuanto se le acababa el dinero intentaba vender las joyas falsas en la taquilla luchando con sus falanges

–Amatistas, rubíes

por qué un vestido raído si no éramos pobres, por qué el broche en el cuello de zorro ya sin zorro alguno, el broche despojado de brillantes, al recibir visitas la mandaban a cenar a la cocina de la casa que había heredado de su padre y donde dormía ahora en el cuarto de la costura, detrás de la despensa, con una máquina averiada y cestos rotos que olían a lejía, un sábado, en el mes aquel en que le dio la embolia, ganó en el Casino, sustituyó la gorrita por una pamela roja desvaída por los años que debía de conservar bajo la cama con la esperanza de un triunfo así, al llegar al comedor la encontramos a la cabecera en el lugar de mi padre

en el lugar de su padre

sin joyas de pacotilla, sin broche, sin zorro, repartiendo los asientos desde el vértice de su autoridad restaurada

–Tú ahí, tú a mi izquierda, tú después de mi yerno, tú frente a Maria Clara

moderando los diálogos, desaprobando modales, obligando a pasar más la carne y a aliñar la ensalada, dirigiendo al personal con el ceño sin réplica, mi madre viajaba de cara en cara intentando comprender y encontraba narices obedientes sepultadas en los platos, mi padre domesticado sin protestar por nada

–Mamá

la fotografía del señor general colgaba de nuevo de la pared, la campanilla para llamar a las criadas, insistente

una campesina con cofia con el badajo en la falda

vibraba impaciencias, mi abuela sin volver hacia mi madre la pamela imperiosa

–Esos hombros hacia atrás, qué modales son ésos, Amélia

las condecoraciones del señor general aumentaban en el estante, el estante

perdón, la estampa con el presidente Krüger, con el duque inglés, mi padre sin importancia fuera de la cabecera, entre Ana Maria y la cesta de la fruta

–Podrías haberte casado con un hombre más presentable, Amélia

y al final de la cena nueces, oporto, una tarta iluminada, mi abuelo, que venía de la Escuela Militar, cruzaba la acera cortejándola protegido por el recodo por temor a que el señor general lo distinguiese entre las sombras, lo que recuerdo de él es un ciego jugando al ajedrez con el primo teniente, si llegaba a anochecer en el despacho no encendía la luz, pulsábamos el interruptor y nos sobresaltábamos del susto

un fantasma

al verlo, una cosa quieta en medio de cosas quietas, el médico al auscultar a mi padre

–Tenemos que operarlo del corazón, señor

y mi padre cambiando sin cambiar, lo que se alteró fue el entorno, es decir, los edificios más solemnes en Estoril, los ruidos más graves, una seriedad extraña en los árboles, mi madre en una especie de sollozo de asombro y mi padre sin que sus labios se estremeciesen siquiera

–Espera en el pasillo, Amélia

igualito a mi abuelo en el despacho sin encender la luz, el mismo mentón empinado indagando tinieblas que desconocíamos, la misma nariz en busca de olores

–¿Quién ha entrado?

la misma frente arrugada atenta a no sé qué, mi padre igual a mi abuelo ante sus piezas de ajedrez invisibles, dirigiéndose a Ana Maria, a mí

–Vosotras también

una mancha de barro en un tacón, las patillas de las gafas escapando de las orejas, mi abuela cortaba la tarta iluminada mientras sacudía la cabeza por el disgusto de la mancha

–Podrías haber conseguido un hombre más presentable, Amélia

presentable como el cadete de la Escuela Militar que cruzaba la acera antes de quedarse ciego en España, todo inmóvil y en eso un grito en la primera planta

–Jaque mate, Tomás

la torre que faltaba sustituida por un botón de pijama con un resto de hilo en los agujeros, en cuanto una de las torres salía del juego se guardaba el botón en la caja, un dedal en lugar del rey blanco, el primo teniente pensando en la manera de equivocarse a propósito, mi abuelo hacia nadie, con las manos parecidas a las patas de la gata del montepío, rodeando los peones y los alfiles sin derribarlos

–Para hoy, Tomás

creo que fue el primo quien murió primero, vivía en un pisito en Birre, nos llevaron, a Ana y a mí, a una sala con personas calladas y flores sobre una bandera que servía de colcha pero no me acuerdo de cuándo falleció mi abuelo, no me acuerdo siquiera de que faltase el tablero de ajedrez que encontré hoy en el desván, esta mañana los enfermeros le entregaron a mi padre una camisa rosada y lo sacaron de la habitación

–No soy ningún inválido para tumbarme en esa camilla

mi madre le entregó el estuche de la dentadura postiza, mi padre indignado al ver que nos dimos cuenta, la anestesista le guiñó el ojo a mi madre y el estuche se deslizó en el bolso

–Estúpida

antes de trasladarse con disimulo al bolsillo de la doctora, cuando tenga la edad de él ¿acaso

me sentiré repugnante también, disminuida, horrible?

con asco de mí y no obstante insistiendo en ocultar hinchazones, defectos, grasas, pintarme más, teñirme de rubio, usar laca y sostenes de alambre, intentar descifrar el precio de las cosas, sin gafas, manteniendo las etiquetas lejos del brazo

–Los números están mal impresos, fíjate tú, Maria Clara, ¿esto es un ocho o un nueve?

mi padre descalzo detrás de la camilla, la puerta del ascensor se cerró con un suspiro, mi abuela distribuyó una porción de tarta a cada uno de nosotros, alzó la copa de oporto en un saludo circular, la criada que la trataba de niña y vivía con nosotros desde antes de que yo naciera aprobaba en el umbral, una mañana me llamó aparte y me mostró el tesoro de un marco roto con ellas dos jovencísimas, o lo que la criada afirmaba que eran ellas dos, disueltas en una mancha marrón

–Mire, aquí estoy yo sosteniendo el paraguas de la niña

bultos en la mancha marrón, algo como una blusa o un moño o una nube, la criada envolvió el marco en una página de periódico mirándome con miedo a que pudiese robárselo, se agachó riñendo con su propia columna para esconderlo entre las sábanas, le prestaba dinero a mi abuela, la seguía hasta la palmera del Casino, preocupadísima, se agachaba detrás de los automóviles y fingía un encuentro casual para acompañarla a casa

–Pasaba por aquí y la he visto

intentaba recuperar sus perlas en el mostrador con rejas a cambio de la cadena de oro que tenía

–Quédese con la cadena de señal que yo escribiré al pueblo y mis sobrinos me mandarán el resto, es el collar de la niña Margarida, si la hubiese conocido hace veinte años lo entendería

la gata rodeó una santa tallada, se empinó para mirarla en su paz aburrida, estiró el rabo y acabó desapareciendo en medio de los relojes parados, uno de ellos con el cuco con el pico abierto en el extremo del muelle, el congrio le devolvió la cadena empujándola sobre el mostrador

–Esto no vale nada, es de lata

estaba casi segura de que pedía limosna los días en que libraba para comprar las perlas

y los restantes collares y los pendientes y la pulsera de ágatas

hasta que Ana me contó riéndose que en la terraza de Tamariz extendía la mano a los turistas y parloteaba acerca del señor general y de la niña, el señor general que construyó vías férreas en África y la niña tan buena, llena de esclavos, educada como una marquesa, en el momento en que se preparaba para describir el marco roto

–Aquí estoy yo sosteniéndole el paraguas, fijaos

el camarero la amenazó con la bandeja en la que llevaba los cafés

–Vaya a pedir a la estación, mujer

era ella quien tapaba con pedazos de tela las rendijas de la habitación, colocaba el cuadrado de damasco en la cama de hierro, le ajustaba la ropa con alfileres, cepillaba la gorrita, complacía sus vanidades

–Sigo siendo elegante, ¿no?

acercaba el pulgar y el índice casi hasta juntarlos

–No ha cambiado ni esto, niña

le metía en el bolso cinco o seis monedas, mi madre en el rellano de la escalera

–Adelaide

con tiestos de begonias a cada lado del porche, desde la mecedora del desván no se distinguen los escalones ni el porche, sólo el jardín en el lado opuesto al mar, para qué sentarse allí a revolver papeles en medio de los armarios y los arcones, en el hospital el aparcamiento y el viaducto de la autopista que sacudía los estores cuando pasaba un autobús, Ana y yo junto a la cama vacía esperando que el médico regresase, Ana, con una blusa que me robó de la cómoda, veía una película en el televisor a la altura del techo, mi madre buscó el rosario en el bolso y besó la cruz

–¿No te da vergüenza cultivarle el vicio, Adelaide?

los guardias que se ocupaban de mi padre fumaban apoyados en el coche, el primo teniente ordenaba las piezas para el juego siguiente, Ana subió el volumen del televisor mientras mi madre volvía a besar la cruz del rosario

–¿Esa blusa no es de tu hermana, Ana Maria?

un ropero con dos o tres perchas en la barra, un sofá estampado que se hacía cama, la criada con una cepilladura final

(los ojos orgullosos que contemplaban la gorra, si se lo permitiesen abriría un paraguas sobre mi abuela para protegerla del otoño, le devolvería la habitación de la primera planta con el dosel y el tocador con engastes de bronce que ocupaban mis padres, resucitaría al señor general y nadie la tendría en poco)

–Márchese, niña, márchese

mi abuela cruzaba la plazoleta de una carrerilla con el bolso hacia la derecha y hacia la izquierda, Ana cambió de canal y un león desgarraba a una cebra, cambió de canal y un baile ruso, mi madre acariciando la cruz del rosario

–Tu padre a punto de ser operado y tú con el televisor a todo volumen, Ana Maria

frascos de suero, bombonas de oxígeno que se entrechocaban, alguien que advertía

–El timbre de la veintisiete, Helena

una cofia abrió la puerta, observó, cerró la puerta

–Disculpen

Ana apagó el televisor, se acercó a la ventana, uno de los guardias apoyados en el automóvil hizo una seña con el cigarrillo y el pecho de mi hermana creció en mi blusa, la gorra desapareció poco a poco en la plazoleta, no te da vergüenza cultivarle el vicio, Adelaide, obligarla a empeñar el collar, la blusa le quedaba mejor a mi hermana que a mí, más rubia, más rellena, mi abuelo moviendo el botón de pijama en el tablero

–¿Y ésta, Tomás?

si intentábamos ayudarlo a caminar nos apartaba el brazo, se desplazaba por la alfombra con precauciones de escarabajo que asimilase la vibración de los muebles, si lo besábamos por la mañana

–Hola, abuelo

retrocedía con un saltito molesto, resguardaba su mejilla con las antenas

–Quita, quita

se agitaba en el sillón con un resto de susto y, sin embargo, si teníamos anginas y hervían jeringuillas en un cazo oíamos el plomo de sus zapatos en medio de la niebla de la fiebre, la rodilla contra un baúl fuera de su sitio, el suspiro inquieto

–¿Las niñas?

y se demoraba olfateando, inmóvil, inútil, apoyado en el umbral, con la boca trémula de palabras mudas, los párpados difuntos traslucían angustias, no había una foto suya uniformado, una medalla en la vitrina, comía después de nosotros, solo en el comedor, con la servilleta al cuello, para que no lo viésemos ensuciarse, dejando caer arroz y trozos de carne, en el caso de que presintiese que lo espiábamos olvidaba la cuchara, volvía la cabeza en la dirección equivocada

–Quita, quita

una tarde se encerró en el cuartucho que prolongaba el despacho y quiso matarse con la pistola descargada, oprimió el gatillo varias veces y nada, el primo teniente lo encontró observando el cargador con los dedos torpes en una especie de susurro

–No funciona

mi abuela que gastaba joyas falsas en el Casino, mi madre y mi padre inmóviles, la sombra de los peces haciendo reverencias en la terraza, frutos de tordos entre las hojas, los ojos del primo teniente rosados, extraños, pidiéndoles a mis padres que se marchasen, el entusiasmo sin atisbo de alegría

–Has olvidado que tenemos una partida de ajedrez sin terminar, Hernâni

el revólver pesado de óxido en el escritorio entre los papeles del carnicero, con las bombillas fundidas y los pomos de cerámica, mi madre, que pasaba las cuentas del rosario, se fijó en los guardias en el aparcamiento, cerró la cortina y el pecho de mi hermana disminuyó, tenemos que operarlo del corazón, señora

–Espera sólo a que tu padre mejore, Ana Maria

y en lugar de reñirte se instale los domingos en medio del polvo, de los armarios y de los arcones mientras oímos en el techo los gemidos de los muelles, la mancha de barro en el zapato lo hacía más frágil, más parecido en la miseria a mi abuela, tal vez el sufrimiento no sea más que una gorrita cómica rumbo a la ruleta, un tacón sucio o una cama de hospital sin nadie, dentro de poco la anestesista y el cirujano mientras el pecho de mi hermana volvía a dilatarse, los cuadros de la habitación de repente graves, subir las escaleras hacia el desván antes de que lleguen las visitas y no hablar con nadie, cuando lo de la embolia de mi abuela nos llamaron del Casino

–Tenemos aquí a una vieja que vive en esa casa

de pequeña me dejaban dormir con ella en la cama con dosel, Adelaide nos llevaba té caliente con un chorrito de anís, apenas lo bebía una exaltación de calor dentro de mí, accesos de tos, sofocaciones, risitas que no me pertenecían, el cuerpo impreciso en un remolino de sábanas, Adelaide evitaba que me cayese y ayudaba a mi abuela a dominarse el pelo con el peine de mango de plata sustituido por un trozo de madera, si nos pusiesen juntas frente al espejo seríamos del mismo tamaño pero el espejo bailaba también, asomó un pedazo de jardín y se fue, la pila de lavar la ropa que no paraba de gotear formaba un pequeño charco junto al muro donde se reflejaban frascos de perfume vacíos, envases de cosméticos vacíos, pintalabios vacíos, todo a mi alcance y sin poder tocarlo, Adelaide hacía un moño con los mechones de mi abuela

–No ha cambiado ni esto, niña

hilos de estopa que se pegaban a los dedos, pelos postizos de muñeca, una atmósfera de fondo de despensa hecha de los olores agridulces de las cosas remotas, el apartamento del primo teniente, sobre el café de Birre, era así, ninguna gaviota, sólo cigüeñas y naranjas en marzo, mi madre miraba el sillón apuntalado por la guía telefónica sin atreverse a sentarse

–Vamos muy retrasadas, disculpa

las cejas del primo teniente, desilusionadas, resbalaban en su cara, nos veía salir con la bandeja con refrescos en los brazos, el gerente del Casino

–La ha diñado aquí una vieja que vive en esa casa

curvada sobre la mesa de juego con la gorra en la cabeza, las joyas falsas más exageradas que nunca, mi madre buscó las gafas, se inclinó hacia mi abuela como si le costase reconocerla

–Así de pronto se me hace que es una pobre mujer que tenemos en casa por caridad

e hizo callar a Adelaide con miradas feroces de soslayo, Ana se acomodaba el flequillo y su falda subió, había ahora una camilla y enfermeros que extendían a mi abuela en la camilla, la gorrita cayó a la alfombra, el primo teniente en Birre, con sus refrescos intactos, colocaba medio limón en cada vaso y la pasta del azúcar se acumulaba en la base, la criada avanzó un paso atolondrado y mi madre la petrificó con un murmullo

–Adelaide

si uno de los tobillos no asomase fuera de la manta no sería mi abuela, era un pedazo de tejido pardusco con algo por debajo, la trasladaron por la salida de los proveedores repleta de cajas de bebidas, cuando el chófer de la ambulancia se acercó a ayudar y dos perros se enzarzaron en el patio la ropa de mi hermana disminuyó un poco, el gerente me pareció más viejo en la calle

las arrugas del cuello, las arrugas de la nuca

sin el velo indulgente de los brillos, la faja del esmoquin necesitaba un planchado, mi madre señalando a la gorrita

–Nunca imaginé que dejarían frecuentar los casinos a personas como ésta

el entierro furtivo en una aldea arrimada a las faldas de Sintra, el cura, mi madre y nosotras, media docena de tumbas, media docena de campesinas a la deriva entre las lápidas, un muchacho que plantaba coles en un ángulo de muro, el coche se sacudía en los guijarros de la vereda, rebaños, cardos, molinos, el mar muy lejos en las dunas de Guincho, por primera vez mi padre en el postigo del desván mirándonos, al llamar mi madre el postigo desierto, blandimos la campanilla del almuerzo y no bajó las escaleras, solamente pasos a lo largo del techo, tuve miedo a que mi abuela apareciese en cada rincón de la casa sacando billetes arrugados del bolso de torzal

–Lo que quieras, Clariña, no hagas cumplidos

supongo que Adelaide la visitaba en el cementerio porque cerraba el portón despacito después de andar por el jardín arrancando alhelíes, la veíamos en la parada del autobús con el paraguas de la niña abierto, no para protegerse del otoño sino para cubrir a una persona inexistente, pasados unos meses le entregó a mi madre el collar de perlas

–Lo he comprado, señora, tome

no niña, señora, el collar en un sobre de papel de seda

–Tome

no por amistad ni consideración, por venganza

(dijo mi madre)

para mantener a la niña viva

(creo yo)

la hija del señor general tan importante en África, el recuerdo del duque inglés en los quince años de la niña, la esposa del señor general arrodillándose ante su alteza, conmovida

–Señor duque

Adelaide debe de haber estado siglos juntando el dinero

–Tome

escribiendo a la familia, mendigando en la terraza, o ahuyentándola hacia la estación

–Mujer

echándola de la estación

–No moleste a los turistas, mujer

el collar de dos vueltas con un cierre de coral, mi madre sin tocarlo

–¿Qué es esto?

no niña, señora, nunca he visto tanto terror en sus ojos

–¿Qué es esto?

el terror que se desvanecía a medida que examinaba el sobre, lo pesaba, lo rascaba con la uña

–Te han engañado, Adelaide, es una imitación de pacotilla

mi padre acechó desde el sofá por encima del libro, pensé que iba a hablar y no habló, que odiaba a mi madre y, sin embargo, no pude darme cuenta de su expresión porque en ese instante entró el médico en la habitación, la bata verde que yo esperaba, la gravedad que yo esperaba, Ana esta vez disminuyendo de tamaño, el terror de ella también, Adelaide no nos trataba de niña ni de señora, no nos trataba de nada, si lograse no reparar en nosotras, si lograse que no existiésemos, mi madre besando la cruz del rosario, no pude darme cuenta de la expresión de mi padre porque el médico le aseguraba a mi madre que su marido está estupendo, mi enhorabuena, dentro de una semana a lo sumo ya lo tiene en casa como nuevo, la boca se separó de la cruz del rosario, la cama ya no era un ataúd, eran almohadas y sábanas a la espera, mi madre devolvió las perlas a Adelaide y el papel de seda crepitó en el bolsillo del delantal, no sé por qué creí que iba a llorar y no lloré, la mecedora volvió a balancearse en la pintura del techo, mi hermana y yo jugábamos a las hadas a orillas del largo y fue gracioso cómo

(incluso sin palabras mágicas)

al primer gesto de la varita

(un pedazo de caña con una estrella en la punta)

dejaron de existir enfermedades, agonías, hospitales, muertes y todo acabó bien, todo bien, todo bien gracias a Dios, todo acabó bien para siempre.

Capítulo segundo

Lo imagino así: el ascensor que se abre un piso más abajo, donde están las salas de operaciones según lo vi escrito en el vestíbulo

Planta 1: Consultas Externas

Planta 2: Cuidados Inten ivos

Planta 3: Cirugía

mi padre descalzo, con la camisa rosada hasta las rodillas, avanza ante la camilla indiferente a los enfermeros, traspasa la mampara con el letrero Prohibida la entrada, y después prefiero no imaginar nada de nada ni siquiera a la anestesista que le quita la dentadura y mi padre por la comisura de sus labios, tumbado en la sala

(–Es un poco más difícil cambiarle la válvula si usted se queda de pie)

mi padre que cerraba la boca con fuerza

–Suélteme

avergonzado de la ausencia de mentón y de la desnudez de las encías

(me parezco a mi muerte sin esto)

tal como durante años batalló con la calvicie, lociones, cremas, esperanzas, ampollas y desánimos, la raya que bajaba mes a mes cada vez más cerca de la oreja, la anestesista sólo ojos entre la cofia y la máscara protestando

–Me ha mordido

suplicante

–A ver

prefiero no imaginar nada de nada en la mecedora del desván, no conocí a su padre ni a su madre, la mía decía haciéndonos callar que él no tenía familia y, sin embargo, en aquellas cajas tal vez había cartas, fotografías, postales, nunca me atreví a preguntarle, nunca conversó conmigo, en una ocasión o dos, sólo nosotros en casa, algo pareció moverse dentro de él, me pareció que iba a hablar y nada, los ojos de objeto en objeto que se volvían huecos, nunca le oí decir Maria Clara y no obstante apostaría a que

y no obstante, aunque fuese una impresión mía, apostaría a que le era un poco menos indiferente que los otros

no me refiero a amor o algo así, sólo menos indiferente que los otros, mi madre, Ana, aquella voz de mujer que telefonea a veces y sólo respira callada, el ruido de colgar en cuanto mi madre

–¿Diga?

hace muchos años, antes de que existiese el coche con los guardias detrás de él, vi a mi padre con una señora en el automóvil, no me he olvidado del cigarrillo en la mano de ella, la primera vez que me ofrecieron uno en el recreo del colegio mi mano se volvió de pronto la de una persona mayor, la palma de la señora se acercó a mi padre sin dentadura, conectado a una bolsa de sangre mientras le separaban las costillas, pisé enseguida el cigarrillo y aún hoy no uso anillo ni permito que la manicura

mi madre sí, Ana sí, mi madre durante la cena

–Maria Clara es el hombre de la casa

me pareció que mi padre iba a hablar porque interrumpió el gesto y nada, desapareció en el cuello y se tapó la boca con el tenedor, tampoco hablaba del trabajo y de los padres que no tenía, sólo la familia de mi madre en el álbum de la boda y extranjeros que entraban y salían del despacho, el álbum de la boda donde mi abuela no se adornaba con joyas falsas y lucía destellos caros en el cuello y en los dedos, el primo teniente, de uniforme, cuidaba de mi abuelo en un segundo plano de los retratos, mi padre ya serio, ya ausente, daba el brazo a un remolino de velos con una nariz que mariposeaba por encima de las flores de azahar en una época en que la gente se peinaba de una manera extraña, cuando mi padre acompañaba a los extranjeros del despacho al portón mi madre, que había dejado hacía muchos años de ser un remolino de velos, nos mandaba esperar en la habitación, reverencias, apretones de manos, faros entre las palmeras de Estoril, la mecedora hacia delante y hacia atrás en el desván, lo que juraría que era la tapa de un arcón

(¿éste?)

cuyos goznes se resistían, no éste, tal vez el que tiene marcas de dedos en el polvo y la cerradura rota junto al caballo de madera, un juguete demasiado barato para haber pertenecido a mi madre, el ojo del caballo en mí, pintado en la madera con pestañas como rayos

–No te atrevas, Clariña

inclinándose y empinándose, cuando alcancé el tirador del armario con espejo, cuando el espejo rodó hasta dejar de verme y

(todo viejo, repugnante, apilado al azar)

docenas de cuadernos con páginas escritas con una caligrafía antigua, el caballo de palo en un ímpetu

–No leas, Clariña

un juguete demasiado barato, demasiado feo, amenazándome con mi padre

–Puedes estar segura de que se lo contaré a tu padre

el trazo de la boca ya sin freno, sin riendas, oí también

–Ay, Clariña

pero era alguien en el jardín o el viento en las tejas, no puede ser, no oí, me pareció que oía, siendo niña suponía que los retratos

incluso hoy, ciertos días, sigo suponiendo que los retratos

supongo que los retratos conversan conmigo hablando de otros muertos, preocupándose, exigiendo detalles, Adelaide que los había conocido a todos respondía por mí a modo de disculpa

–No sabe, pobre, nació demasiado tarde

mi madre para quien los retratos no eran más que recuerdos, ausencias que la distancia había tornado confusos, imágenes de tíos sin facciones en la memoria

–¿Qué diálogos son ésos, Adelaide?

páginas escritas y el nombre de mi padre en la dirección, un medallón de esmalte que mostraba a un chiquillo con gafas que tenía un parecido inesperado conmigo montado en el caballo de madera, imagino al fotógrafo vestido como los difuntos del álbum y a los padres de mi padre recelosos de los disparos de la máquina, uno de ellos

–Tu padre no tiene familia, nunca tuvo familia

tapándose las orejas con las palmas

–Sonríe

encontrarlos en uno de los armarios aún asustados por el fotógrafo, más postales, más medallones, bibelots de pobre sobre cajas de vino, una basura humilde que mi madre no permitía en casa, golondrinas de escayola, una esfinge cromada, calculo que de recién casados mi padre reclamaría la esfinge para en medio de las teteras de plata mientras mi madre la sostenía mostrándola con una repugnancia de animal descompuesto

–Qué horror

mi padre con una camisa rosada hasta las rodillas defendiendo la dentadura postiza y juntando los tesoros que nadie quería en el desván, mi madre que elogiaba mi habitación

–Tranquila, que en materia de gusto tienes a quién parecerte

con el pánico de que mi padre la oyese, un hombre sin familia que cerraba la boca con fuerza, luchando para no dormirse y seguir vivo

–No quiero parecerme a mi muerte sin esto

un chiquillo sin familia o que mi madre desearía sin familia vestido de domingo en un caballo de madera, el médico que le trataba el pecho y yo intentando comprender en los armarios, en los arcones, todo tan claro en los sueños y al despertar me olvidé, mi padre luchaba y luchaba y en eso la inyección en el brazo, los ojos apagados como si los hubiesen soplado, sólo el humo del pabilo que se apaga también, la mitad inferior de la cara que desaparecía con los dientes postizos

–Sujetadle la lengua

cuando él se muera mi madre mandará a las criadas quemar todo esto en el sitio del jardín donde estuvieron los gallineros y se entierra a los perros, los obreros arreglarán el desván y mi madre dejará de ser viuda por no haber tenido marido, Ana casada quién sabe dónde, yo en una habitación en Lisboa sin discutir herencias

–Ay, Clariña

o con una amiga en un apartamento como el del primo teniente, noches en las que no quiero ser yo a pesar de los comprimidos, apagadme los ojos y sujetadme la lengua, si visito a Adelaide en la residencia me toma por mi abuela

–Niña

envuelta en el chal entre pensionistas de chal en una casa de Belas, le cojo la mano y ella despierta

–Niña

intenta levantarse, entregarme la gorra que no está, prestarme dinero para jugar en el Casino, no dos o tres monedas sino un fajito de billetes sacado a tirones de dentro de la ropa, cada mes un fajito diferente

–Vaya a buscar sus perlas, niña, antes de que llegue el señor duque

creyéndose en Mozambique, en el palacio de gobierno con el señor general y el presidente Krüger a quien mi abuela besaba la mano en el balcón con columnas, camareros indios con copas de oporto, cada mes un fajito diferente dentro de la ropa, los billetes que se le caían del puño desparramados en el suelo

–Vaya a buscar sus perlas, niña

alarmándose por no estar guapa como para recibir a los ingleses, la responsable me entregaba el dinero

–Se lo trae un señor en un automóvil con otro automóvil que lo vigila

yo lo rechazaba

–Sujetadle la lengua

vacilaba, lo aceptaba, en el camino de regreso un lado del acueducto oscurecía la ladera, puse el dinero en la mesa mirando a mi padre

–Adelaide está rica

mi padre sin verme, sin verlo, los guardias en el banco de piedra al lado del portón, cuando era yo la que salía nada, cuando era Ana una agitación de pasmos, silbidos, comentarios, el pelo de mi hermana se sacudía sobre sus hombros, el modo de caminar diferente, soy el hombre de la casa, no es así, madre, soy el hombre de la casa

–Maria Clara es el hombre de la casa

el hombre de la casa que escudriñaba a la familia que nunca existió en los armarios, en los arcones, una pareja en un segundo medallón con el esmalte retocado al guache, me parecieron padre e hija por la edad de ambos, el padre sentado y la mano de la hija en su brazo, la hija casada, con una alianza de plata que la pintura destacaba y el padre con una alianza idéntica, la sombra de mi madre se trasladó de un lado al otro de la mesa para apoderarse del dinero

–Trae

moviendo los labios al contar los billetes, el tenedor de mi padre para arriba y para abajo y no era mi padre quien lo levantaba, era el tenedor el que dirigía a mi padre, con la expresión de cuando le anunciaron

–Vamos a tener que operarlo

y una solemnidad allí fuera, no en nosotros, el médico que decía otras palabras y yo sólo escuchaba

–Vamos a tener que operarlo

iluminaron los arriates y los alhelíes brillaron, mi madre puso el dinero en el lugar de la servilleta

–Seguro que nos lo ha robado

el tenedor tiraba de mi padre y lo obligaba a comer, el tenedor de mi madre en el plato, mi tenedor tiraba también de mí rascando los dibujos de la vajilla, el tenedor de Ana separaba la piel del pescado ajeno a nosotros, si al menos el de mi madre le ordenase

–Cójame

y patatas y lechuga y mayonesa y silencio en lugar de aquella voz en un lamento lloroso

–Siempre me odió, nos ha robado

mi padre repetía de la misma fuente sin notar que se servía, cuando me rompí la muñeca me llevó al hospital y al colocarme la escayola le entró por casualidad una mota de polvo en el ojo de modo que tuvo que volverse de espaldas para sonarse y frotarse mejor, de vuelta a Estoril compró un gato de chocolate y me lo metió sin una palabra en el bolsillo de la chaqueta, al sacarlo del bolsillo el gato se había ablandado con la temperatura de la ropa, Ana aconsejó

–Mételo en el frigorífico

se endureció otra vez pero ya no era un gato, sino una masa marrón en medio del papel de plata a rayas, mi madre envió la chaqueta al tinte y durante dos semanas tuve que usar la otra que me apretaba en las mangas, apenas me la puse el gemido de sufrimiento del terciopelo al romperse

–Ni una chaqueta sabes ponerte, Dios mío

en un descanso del tenedor mi padre le prohibió ir a Belas a reñir a Adelaide

–Déjala

mañana, si hay alguna tienda aquí cerca, llevo un gato de chocolate a Cuidados Inten ivos, aunque no lo pueda comer puede mirarlo y acordarse de que estropeó mi mejor ropa

–¿Te acuerdas de lo que me hiciste el día en que me rompí la muñeca, te acuerdas, te acuerdas?

sin necesidad de sonarme, sin ninguna mota en el ojo, la chaqueta rota imposible de abrochar con olor a baúl, las muecas de las compañeras, mi rabia, la vergüenza, no podía cortar relaciones con mi padre

–No me hables

porque no hablábamos nunca, los extranjeros todo el día con él, yugoslavos, negros, árabes, sobre todo negros y árabes, el abogado y los guardias los acompañaban del portón al despacho, un tercer medallón sólo con la hija, el chiquillo con gafas en el caballo de madera y la fecha debajo de una mancha del cristal, mi padre en esta mecedora inclinado hacia ambos revolviendo papeles, la hija ahora sentada y el chiquillo montado entre asombros en sus rodillas, detrás del medallón un círculo de cartulina y la cinta para colgarlo en la pared, cuatro tordos bebían agua en la orilla del lago, la máquina cortacésped, invisible, trabajaba y se callaba, yugoslavos, negros, árabes, sobre todo negros y árabes, mi madre observando el porche, molesta

–Ahora me llena la casa de negros

paseaba husmeando por las salas, abría la ventana para que se fuese el olor y la máquina cortacésped nos ensordecía casi arrimada a nosotros, árabes y negros en la casa de mi abuelo, niñas, imaginad a los árabes y a los negros mezclados con el presidente Krüger y el duque inglés, nunca entraron árabes ni negros aquí salvo para servir la mesa o cavar en el jardín, levanté la cartulina con la uña y en el reverso de la hija sentada y del chiquillo en las rodillas, la misma caligrafía que en los sobres, en los márgenes de los periódicos, en las cartas

Adelaide con Luís Filipe en brazos

y una firma esmerada debajo

Adelaide con Luís Filipe en brazos

cerré la ventana y la máquina cortacésped se alejó, le pedí a mi padre que me dejase probarla, la máquina se libró de mí con una sacudida, devoró de inmediato la mitad de los alhelíes, avanzó tambaleando por la grava y se inmovilizó junto al garaje perdiendo aceite con una tos de humo, mi madre

–Luís Filipe

la máquina que escupía trozos mal masticados de tierra y de ramojo con un chillido de agonía

–Fíjate en cómo ha estropeado tu hija la chaqueta con uno de esos horribles chocolates baratos

mi padre en mangas de camisa reparaba la máquina con una llave inglesa y un martillo, desenroscó la tapa y bielas, cilindros, el depósito de gasolina abollado, así despanzurrada no se le comprendía el apetito, mi padre, sólo dedos sucios, ajustaba la chapa, oprimía el encendido, giraba botones, una bobina se deshizo en llamaradas retorcidas, el cortacésped se animó, cobró valor, retrocedió unos centímetros con su ojo feroz en los alhelíes, en mis piernas, otra vez en los alhelíes comparando menús, mi padre volvió a oprimir el encendido

Adelaide con Luís Filipe en brazos

la misma caligrafía de los cuadernos, acaso

probablemente

estoy segura de que el dueño de la basura de pobres que atiborraba el desván, mi madre abriendo la ventana para que se fuese el olor

–Ahora, no contento con los árabes y los negros, me llena la casa de chusma, Dios mío

mi padre volvió a oprimir el encendido, el cortacésped se concentró, se dilató en un suspiro, tomó impulso, mostró los dientes, salivó restos de alhelíes y líquidos oscuros, me acuerdo de la boca de mi padre en una especie de grito, una nube de mayo se deslizó hacia el este en la superficie del lago

–¿Tuviste algún hermano que se llamase como papá, mamá?

–Qué disparate, si hubiese tenido un hermano habría sido feliz

despaciosa, blanca, muy alta en el cielo antes de evaporarse sobre las arcadas del sótano donde las bicicletas con las ruedas agujereadas de la primaria, la de Ana de mujer y la mía

Maria Clara es el de la casa

con sillín de hombre, cumplí ocho años primero que ella

–Mirad

bajaba la rampa con los pies sobre el manillar, ojalá mi padre que nunca nos hizo caso observase desde el desván, frenaba incluso encima de las rejas, no me hice daño nunca, el cortacésped avanzó un metro, dos metros, dos metros y medio, trituró la llave inglesa y se la llevó al estómago

–¿Tuvo algún hermano, madre?

los fresnos asustados, el agua del lago la parte del mundo que tocaba el cielo, todo el resto muy distante incluidas las cigüeñas, el cort

–Qué manera de insistir, qué cosa, ¿de dónde has sacado ese disparate?

el cortacésped subió por un ángulo de baldosa haciendo gárgaras de barro, se inclinó, cayó, una detonación débil, una segunda detonación, un silbido postrero despidiéndose

–Clariña

aquel abandono, aquel aspecto grave de los muertos, me cogieron sin cuidado porque sentí el frío de una tranca, me alzaron por encima de las velas, me obligaron a besar a mi abuelo en la frente, uno de los párpados más cerrado en una burla bizca

–¿Adelaide tuvo hijos, mamá?

me devolvieron al suelo donde gotas de cera, los candelabros no eran nuestros sino de los dueños de la funeraria, juraría que los espejos tapados me veían, al verme en ellos quien me ve no soy yo, yo no me miro así, acomodamos la máquina cortacésped junto a los neumáticos del garaje, mi padre se quedó observándola con las manos en los bolsillos intrig

–¿Adelaide tuvo hijos, mamá?

las dos en la salita de la televisión y las revistas de moda, maniquíes de vestido largo que me aseguraban eres fea, si ocupábamos el sillón de ella era el peor crimen

–Sal de ahí de una vez

que existe, en primavera el olor de los arriates me ayudaba a dormirme, me inclinaba desde el alféizar y los alhelíes, debajo del pijama, me serenaban la piel, los sentía respirar dulzuras cómplices, de vez en cuando un centelleo en un saludo o en un ondear de adiós, los patios de Estoril se estiraban por la noche en dirección al mar, si un tren llegaba a Tamariz se desmenuzaban los mínimos sonidos, los faros inventaban palmeras y arbustos en los que no reparábamos, balcones inesperados, el mendigo de barba rupestre parecido a los escritores del libro de lectura que pedía limosna en el camino del colegio, la convicción de que el olor de los arriates se podía echar en un vaso y beberlo, mi padre con las manos en los bolsillos intri

–¿Adelaide tuvo hijos, mamá?

intrigado observando la máquina en el garaje, movía la palanca empecinado

–Yo la reparé, yo la reparé

haciéndome pensar en el empecinamiento de Ana tirando de la cadena del mico difunto

–Ve a jugar, César

convencida de que se trataba de pereza o de sueño, las moscas hervían en la llaga del lomo donde lo pilló el autobús, uno de los párpados más cerrado en una burla bizca pero sin coronas ni cirios, Ana luchaba con las moscas tirando de la cadena

–Ve a jugar, César

dientes emparentados con el cortacésped que segregaban el mismo líquido oscuro, las vértebras fuera de lugar como si mi padre las hubiese desmontado y atornillado otra vez en un orden que no era el mismo

–Adelaide no conoció varón, hasta en eso tuvo suerte la zorra

incapaz de perdonarle el dinero que ella le hurtó y mi madre no descubrió de qué modo ni dónde, contó las jarras, las cucharas de plata, los manteles del ropero, amenazó al congrio del montepío con la policía y el congrio dándose golpes de indignación en el pecho

–Se lo juro por mi nieto, señora

mi madre que abría cajones y cerraba cajones, revisaba las estolas, los echarpes, la vajilla, la maleta que Adelaide había dejado en la despensa

–Zorra

con el retrato del paraguas y la niña, yo que acechaba a mi padre y las cosas alteradas a su alrededor sin que mi padre se alterase

–Tenemos que operarlo del corazón, señor

sin irritarse con mi madre ni con nosotras, la mancha de barro

enorme

en el zapato

–Espera fuera, Amélia

mi padre con las manos en las rodillas, no frente al grabado de la pared sino más allá de la pared

no había pared, no había grabado, no estaba el señor general con el presidente Krüger en el balcón del palacio y un coche a la espera e indios y galgos

–Acaba ya con esa llorera, Amélia

estaba el hospital, el viaducto, la cruz del rosario, nosotras en torno a las sábanas sin valor para tocarlas agigantadas por nuestro miedo, la mecedora en cualquier punto del techo, pasos, revolver de papeles

–No lo están operando, está arriba, en el desván

está arriba, en el medallón de esmalte, un chiquillo malhumorado en brazos de

–Adelaide no conoció varón

un chiquillo malhumorado en brazos de una mujer también llamada Adelaide, desmañada, rígida, vestida de domingo, podía ser una cocinera, podía ser una criada, la silueta de su padre y si no fuese su padre, si fuese

–No conoció varón, hasta en eso tuvo suerte la zorra

cuando un enfermo se muere limpian lo que queda, desinfectan la habitación y mudan la ropa de cama para el moribundo siguiente, mi padre en camisa rosada, descalzo, caminando por el pasillo ante la camilla, arbolillos recién plantados, alisos o algo así, se sujetaban con estacas en la calle, el médico que golpeaba la puerta al mismo tiempo que la abría, Ana luchando con las moscas tirando al mico de la cadena

–Ve a jugar, César

sujetaba la pala del chófer para impedirle que cavase la fosa, pedía ayuda a mi padre y mi padre callado, corría entre la pala y el animal

–Ve a jugar, César

el médico se quitó el gorro de tela, las manos idénticas a las del chófer en la pala sobre la fosa, empujar el cuerpo del animal con la suela y el animal allí dentro, es decir, resbalando poco a poco sin deseo de desaparecer, empujar la cadena también y el pequeño charco de sangre no roja, negra, cristales negros, brillantes, el médico empujó a mi padre con la suela, Ana, con medias blancas y falda plisada, intentaba impedirlo, yo

–Si quieren pueden verlo un minuto en Cuidados Inten ivos

yo quieta, Ana quieta, mi madre que guardaba el rosario en el bolso, ninguna fosa, ningunas moscas, ninguna suela empujando a mi padre, qué habrá sido de las faldas plisadas con las que nos vestían como mellizas, a mí un beso apresurado, a ella un beso y una caricia, una sonrisa duradera

–Aunque estés arreglada igual que tu hermana, se nota enseguida que eres Ana Maria, eres tan guapa

arrugarme a propósito, ensuciarme a propósito, volverme a propósito todavía más desagradable, si me ordenaban que saludase no saludaba a nadie

–Dónde se habrá metido la dichosa Maria Clara ahora

la primera vez que un chico me escribió una carta, a los once o doce años, la rasgué sin leerla porque estaba segura de que estaba de guasa conmigo, cuando el rubio de la otra clase quiso abrazarme le di con la cartera y me escapé llorando, la profesora lo obligó a hacer siete copias, el rubio quiso darme un pellizco en el recreo y siete copias más de castigo, incluso hoy un suéter mío en el cuerpo de Ana se vuelve enseguida más francés, lo uso al día siguiente con un adorno de plata y no vale un comino, tal vez cambiar de peluquería, adelgazar unos quilos, me parezco a la hija del medallón que sujeta al chiquillo, el lunar en la frente como el de Adelaide y que yo tengo también

no puede ser, qué estupidez, no me lo creo, todo el mundo lo sabría ya hace siglos

buscar en los armarios, en los arcones, halagar con promesas al caballo de madera y preguntarle, pero si le pregunto al caballo de madera seguro que se queja a mi padre dentro de una semana como nuevo en el desván

–¿Quién es tu padre, quién es tu madre, papá?

–Tu padre no tiene familia, cuando nos conocimos ya no tenía familia

–No molestes a tu padre que ni siquiera ha despertado del todo de la operación

las mañanas de domingo, principalmente en invierno, con las palmeras desplumándose y las hojas pegadas por el agua al cristal, me apetecía tanto acostarme con ellos, atravesar el pasillo, el cuarto donde mi madre se pintaba dejando marcas rojas en los pañuelos de papel, encontrar el colchón y tumbarme entre ambos, mi madre que aumentaba y disminuía al compás de su respiración, mi padre en el extremo opuesto de las mantas y no tenía miedo a los truenos, oía las gotas en los cristales y en el interior de las gotas la niebla creciendo, la mano de mi padre a lo largo de la funda hasta coger la mía, le apreté los dedos y él me apretó los dedos, me acurruqué junto a él y no me rechazó, supongo que me dormí o no llegué a despertar puesto que me acuerdo de estar en la cama de mi habitación al lado de la cama de Ana, de mi mano abierta que mi padre no tocaba y de mi madre alertando desde la entrada que si no os arregláis en cinco minutos voy ahí con la zapatilla, es una vergüenza lo tarde que llegamos a la misa.

Capítulo tercero

El médico no llamó el ascensor: abrió la mampara con una hoja de receta escrita con mayúsculas

Reservado

y pegada a la madera con tres pedazos de celo, desde una ventana en las escaleras se divisaban hoteles, el radar del aeropuerto giraba sobre los edificios

si al menos hubiese una forma de salir, coger el autobús a casa, olvidarme, si alguien me mostrase que todo esto es mentira, no puede ocurrir, no ocurrió, me equivoqué, mi padre no se puso enfermo, mi padre no, está en su despacho con los yugoslavos, los árabes, los negros hablando de cañones y escopetas, al volver del cine yendo por el pasillo los oí, mi abuela sí, el primo teniente sí, sólo las personas muy viejas mueren

desde una ventana en las escaleras se divisaban hoteles y el radar del aeropuerto giraba sobre los edificios, nuestros pasos hacían tanto ruido en el mármol de los escalones que me asusté, en la mampara del piso de abajo también su hoja de receta

Reservado

y uno de los pedazos de celo suelto, un pequeño vestíbulo con bombonas de gas y después del vestíbulo despachos, habitaciones, mujeres con escobas que volcaban el mundo en cubos, la sala de los Cuidados Inten ivos sólo con dos camas ocupadas, máquinas, pantallas y lamparillas de juegos electrónicos, esas cosas americanas que tintinean una alegría desordenada cuando se ganan puntos, en la primera cama un brazo solitario en la sábana, los desechos que las cloacas vomitan esperan en la playa la subida de la marea, en cuanto la ola llega adiós brazo, en la segunda cama, donde los juegos electrónicos tintineaban menos, mi madre, Ana, el médico al que una bombilla de color anaranjado mostraba y escondía, me acuerdo de la pregunta

–¿Por qué demonios no le devuelven la dentadura postiza?

no me acuerdo de mi padre, de los ojos de Ana que cambiaban, un par de botones de cera o de gotitas trémulas, de mi madre que dibujaba bendiciones sobre la almohada, el médico comparaba las pantallas descifrando una serie de rayas

–Una hora a lo sumo y despierta

que no pertenecían a mi padre, mi padre no enfermó, mi padre no, me acuerdo de mi voz no sé a propósito de qué, irritada pero debido a qué, con quién

–¿Por qué demonios no le devuelven la dentadura postiza?

Ana preocupada por una persona a la que no conocía, sin mentón ni gafas, con un tubo de goma en la boca, uno de esos seres muy viejos que mueren, el primo teniente, mi abuela, Adelaide cualquier día en Belas, nosotros no, hablar con Adelaide, decirle que quiero saber, necesito saber, obligarla a conversar conmigo, la persona sin gafas que no era mi padre se agitó un poco y dijo

–Maria Clara

en su sueño, dijo

–Maria Clara

en el tubo de goma, creo que dijo

–Maria Clara

en medio de las campanillas de las máquinas con el tono con el que por la noche a veces

–Maria Clara

en los fresnos o el lago a veces

–Maria Clara

en el momento en que una hoja roza el agua, obligar a Adelaide a conversar conmigo, mi madre que interrumpía las bendiciones

–¿Ha oído, doctor?

placas de neón a lo largo del techo, nuestras sombras, sin cabeza ni piernas, derramadas en el suelo, Ana

–Callaos

se acercó al tubo a oír los fresnos y el agua del lago, el brazo que aguardaba la marea subía en la sábana, parte del médico prestaba atenci

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