El pacto (Casaderas 2)

Catherine Bybee

Fragmento

Capítulo 1

1

Lo de casarse todos los años se estaba convirtiendo en un tostón, sobre todo para la dama de honor.

—No creía que lo de celebrar una boda al año fuera en serio, la verdad. —Eliza Havens jugueteaba con los bordes del vestido de dama de honor de seda amarilla, al que sobraban metros de tela por todas partes. El condenado modelito era para que lo luciera una belleza sureña de habla calmada, con su sombrilla y sus lazos blancos, no para que ella diera la cara por su mejor amiga... una vez más.

—Es romántico —opinó Gwen.

—Es estúpido.

Samantha y Blake llevaban casi dos años casados y ya habían tenido al pequeño Eddie. Al principio, cuando Blake anunció que iba a casarse con Sam todos los años el día de su aniversario, cada vez en un estado distinto, a Eliza le pareció muy tierno. Pero ahora estaba sudando la gota gorda en San Antonio junto con Gwen, la hermana de Blake, tras haberse pasado una semana entera sin hacer otra cosa que organizar la gran boda temática en Texas. Solo que Gwen era inglesa y tenía una idea muy equivocada de Texas. Donde debían verse sombreros de vaquero y atuendos al estilo del Lejano Oeste, todo recordaba al Sur. Al Sur más profundo. Aquello parecía más una escena de Lo que el viento se llevó que de Dallas.

—Tranquilízate, Eliza. No todos serán tan elegantes.

Eliza había tardado un poco en acostumbrarse al acento británico de Gwen, pero ahora ya la entendía bien.

—Estoy tranquila. Pero también estoy cabreada y por eso protesto. ¡Entiéndelo! ¿Tienes idea del calor que pasaremos con estos vestidos bajo un sol abrasador?

Gwen mostró sus dientes perfectos al sonreír. Dio una vuelta sobre sí misma, introdujo la mano dentro de una gran bolsa de la tienda de accesorios que habían descubierto el día anterior y sacó dos abanicos de encaje blanco y dorado.

—Ya he pensado en eso.

«Bueno, por lo menos no es una sombrilla.»

Gwen le entregó el abanico y se volvió de nuevo hacia la bolsa. Y de ella aparecieron dos sombrillas con volantes que casaban a la perfección con los abanicos.

—¡Uf, me había precipitado!

—¿Cómo dices?

Eliza omitió un gesto de exasperación al coger la sombrilla.

«¿Por qué tenía que ser amarilla? ¡Nadie vestía de amarillo!»

—No te gustan. —Gwen dejó caer los brazos y su expresión de entusiasmo se esfumó.

«Son horrorosas.»

—Quedan... muy tradicionales. —Tradicionales, sí; al más puro estilo sureño. Pero Eliza no podía decirle eso a Gwen. La rica, consentida y completamente ingenua Gwen actuaba con buena intención. El resultado era horrible, pero hacía las cosas con el alma.

—Y ¿no es eso lo que perseguimos, el efecto tradicional?

Eliza abrió la sombrilla y se esforzó por sonreír.

—Sí, muy tradicional.

—Estupendo. Así, creo que ya tenemos todo lo necesario.

Ajena a la incomodidad de Eliza, Gwen siguió sacando bagatelas de la bolsa: pendientes y collares perfectamente a juego, e incluso cintas para el pelo. Eliza empezaba a pensar que cuando Gwen terminara con los complementos parecería un árbol de Navidad.

—¡Mira qué hora es! Tenemos que darnos prisa —exclamó Gwen.

—Creía que habíamos terminado.

—Hay que echar otro vistazo al rancho y asegurarle a Neil que no habrá problemas con la seguridad.

Neil, el guardaespaldas particular de Sam y Blake, era tan robusto como una pared de obra y no había quien lo moviera si decidía plantarse en el sitio. Sonreía tan pocas veces que Eliza no supo que tenía dientes hasta al cabo de seis meses de haberlo conocido.

—¿No puede comprobarlo por sí mismo?

Esperaba poder disfrutar de un cóctel en el bar del hotel y luego darse un baño caliente en la suite del ático. Quería aprovechar el viaje a Texas para captar a nuevos clientes de Alliance, tanto hombres como mujeres. Samantha había fundado la importante agencia matrimonial y le ofreció a Eliza que fuera su socia a partes iguales tras casarse con Blake. En los últimos dos años, Eliza había fichado a más de una docena de mujeres y había formado tres parejas. A diferencia de otras agencias matrimoniales, Alliance formaba parejas según sus objetivos en la vida, no por amor o para que fueran felices por los siglos de los siglos. Existían hombres que deseaban casarse por una cuestión de estatus, o que necesitaban una pareja temporal para conseguir un trabajo o un ascenso. En el caso de Samantha, Blake y ella se habían casado por una cláusula del testamento del padre de él, pero resultó que se enamoraron perdidamente y tuvieron a Eddie antes del primer aniversario de su boda.

Eliza siempre estaba ojo avizor para captar nuevos clientes. Qué mejor lugar que Texas, donde había muchos hombres ricos y las mujeres eran muy refinadas, y a veces sin pareja.

—Ya sabes lo pesado que puede llegar a ponerse Neil. Tendré que convencerlo de que los paparazzi no conseguirán cruzar la verja.

Cada vez estaba más lejos de degustar su cóctel. Eliza metió la mano en el bolso y sacó una pinza con la que se recogió su larga melena. La humedad le había dejado el pelo totalmente chafado durante la excursión previa. No servía de nada hacerse ilusiones de que resistiría las siguientes horas de calor insoportable.

—De acuerdo, iremos. Pero conduzco yo.

Gwen estaba acostumbrada a tener a su disposición a un chófer del hotel que la llevaba a donde le pedía. Decía que no le gustaba conducir en Estados Unidos porque los coches circulaban por el lado contrario. Eliza no quería tener que depender de otro conductor para desplazarse, así que había optado por alquilar un coche.

Al cabo de media hora estaban circulando por una autopista de Texas en un utilitario de alquiler. El aire acondicionado al máximo apenas suavizaba el calor sofocante. Eliza dio un golpe con el puño sobre el salpicadero.

—Me parece que el aire acondicionado no funciona.

Gwen guardaba silencio en su asiento mientras se servía del abanico que había comprado con motivo de la boda.

—No está lejos. Sobreviviremos.

Sí, pero el calor estaba haciendo mella en los nervios de Eliza, por no mencionar que tenía la blusa pegada al respaldo del asiento. Teniendo en cuenta que Gwen era europea, a Eliza la sorprendía que no pusiera el grito en el cielo.

De hecho, Gwen no había dejado de sonreír desde que salieron del hotel.

Mmm... Tendría que averiguar qué ocurría.

En la puerta de la finca había un puesto de seguridad. Cuando se acercaron y Eliza pronunció el nombre de las dos, el vigilante les indicó que pasaran.

—La señora Hawthorn las espera —dijo el vaquero levantándose el sombrero a modo de saludo.

—Me encanta el acento de Texas, ¿a ti no? —preguntó Gwen.

—Se pega con facilidad.

—Lo encuentro muy agradable. Todo el mundo parece muy educado.

Eliza enfiló el largo camino bordeado de árboles hasta la puerta de la casa ubicada en mitad del rancho.

—Los estadounidenses creen que todo el que tiene acento británico es inteligente, pero las dos sabemos que no es verdad. En cuanto te pases una noche por un antro de vaqueros descubrirás que no todos son educados. —Por algún motivo Eliza se sentía obligada a cuidar de Gwen, tal como haría una experimentada hermana mayor.

—No soy tan ingenua como crees —protestó Gwen.

—Mmm... —«Ya, ya.»

—No lo soy.

Eliza levantó la mirada y vio la mueca de Gwen. La cara de porcelana maquillada a la perfección, además del acento, potenciaba su imagen de niñita inocente salida de un anuncio.

—Es cierto que estudié en un internado y he pasado la mayor parte de la vida enclaustrada en Albany, pero también he viajado sola.

—Déjame adivinarlo, ¿a que siempre has tenido cerca a un guardaespaldas del tamaño de Neil?

—Hans no es ni de lejos tan corpulento.

Eliza puso los ojos en blanco en señal de exasperación.

—¿Hans? ¿Se llama Hans?

—Es sueco y experto en artes marciales.

Eliza se habría echado a reír de no ser porque Gwen estaba muy seria.

—¿Y dónde está Hans ahora?

—En casa. He creído que aquí no me hacía falta. Sabía que me acompañarías tú, y que puedo contar con Samantha y Blake en cualquier momento. Además, tú no necesitas que nadie te lleve de la mano para sentirte segura.

«Eso es porque sé cuidarme solita.»

—Pero yo no soy tú.

—No, pero yo también soy capaz de no meterme en líos aunque no tenga cerca a un guardaespaldas.

Un exceso de confianza era la forma más segura de acabarse metiendo en un buen lío.

—Ya sabes que yo me marcharé al día siguiente de la boda.

—Sí.

Eliza aparcó el coche y mantuvo el motor en marcha para que el aire acondicionado las refrescara todo lo posible mientras hablaban.

—¿Cuándo volverás a Inglaterra?

—Aún no lo he decidido. Mi madre quiere que vuelva con ella, pero a mí me apetecería quedarme un poco más.

—Creo que es mejor que vuelvas con tu madre.

—No soy ninguna niña.

—Yo no he dicho eso.

—Pues yo creo que sí.

Gwen se había puesto a la defensiva. Eliza hizo un gesto para tranquilizarla.

—¿Cuántos años tienes? ¿Veinticinco?

Gwen se quedó boquiabierta.

—Treinta y uno.

Demasiados para andar por el mundo con un cuidador.

—Te diré lo que vamos a hacer. Esta noche nos pondremos unos pantalones vaqueros, conseguiremos un par de sombreros y saldremos en busca de uno de esos antros que hay por aquí. A lo mejor puedo darte algunos consejos para que consigas no meterte en líos.

No era el mejor sitio para encontrar nuevos clientes, pero confiar en que Gwen sabía defenderse era como dejar solo a un cachorrito ante una docena de pitbulls.

—¿Y si resulta que me apetecen los líos?

—Entonces es mejor que vayas acompañada para que no sufras las consecuencias. Pero para eso necesitas a alguien como Hans.

—Vale, nada de líos. Me gustaría salir sola, divertirme y volver a casa sin tener que apartarme de encima a ningún moscón.

—Muy bien.

Gwen sonrió y empujó la puerta.

El calor sofocante absorbió al instante la energía de todos y cada uno de los poros del cuerpo de Eliza. Tal vez tomarse una cerveza en un local con aire acondicionado la ayudaría a quitarse el agobio de encima.

Se echó el bolso al hombro y rodeó el coche por la parte delantera.

—Hombre, Carter. Qué detalle por tu parte haber venido.

El saludo de Gwen atravesó el aire. Eliza se detuvo en seco. «¿Carter?»

Gwen se acercó a la escalinata de la casa y saludó a Carter al clásico estilo europeo, besándolo en ambas mejillas. Carter Billings, vestido con unos pantalones de sport y una camisa de algodón abotonada hasta el cuello, esbozó su natural sonrisa. Como siempre, dijo las palabras apropiadas en el momento apropiado.

—Estás encantadora. Nadie diría que hace un millón de grados ahí fuera.

A Eliza el corazón le dio un vuelco. Ahí estaba el verdadero motivo de su desasosiego. Carter Billings representaba todo lo que deseaba en un hombre, pero estaba totalmente fuera de su alcance. Algo en su interior se encendía cada vez que lo veía. Por desgracia, esa reacción siempre terminaba con algún comentario insidioso o un rifirrafe de autodefensa. Carter se movía tan seguro como un gato en un callejón de Brooklyn, encandilaba a todo el que se cruzaba en su camino con una simple sonrisa y rezumaba sex appeal de la misma manera que el sirope gotea de una pila de tortitas.

Él se atusó el pelo rubio y captó la mirada de Eliza en el momento en que Gwen pasaba por su lado y entraba en la casa. Eliza observó la profunda inspiración que le agitaba el pecho antes de que bajara la escalera para saludarla.

—Hola, Eliza.

—Hola, Carter. ¿Qué estás haciendo aquí? —Dios, qué pedante sonaba eso. El calor le estaba friendo los sesos.

—Interpreto que no te alegras de verme.

—Yo no he dicho eso. Es solo que no te esperaba. —«¿Solo?» Se le estaban pegando las formas de Texas.

Él se cruzó de brazos con firmeza.

—Gwen le ha dicho a Neil que quería venir, y Blake me ha pedido que le informe sobre Gwen.

Eliza miró por encima del hombro de Carter y vio que no había nadie en la puerta.

—¿Por qué no se lo pide directamente a Neil?

—Neil no cotillea; él solo informa de los hechos. Y Blake estaría completamente frustrado con una respuesta del tipo «Está bien». —Carter imitó la voz grave de Neil y Eliza no pudo reprimir una sonrisa.

—Ella está bien.

¿Cómo era posible que una mujer despertara en esos hombres tal necesidad de mimarla?

—Eso ya lo juzgaré yo.

Eliza se apartó de los ojos un mechón que había acabado por salirse de su desenfadado recogido. Carter observó el movimiento y desplazó la mirada hasta su coronilla.

—Entonces dejemos al juez juzgar.

—Ya no soy juez.

—No, eres político.

—Tal como lo dices, parece algo malo.

—A los políticos se los odia tanto como a los abogados.

Carter era abogado. O lo había sido. A sus treinta y siete años había ascendido más puestos y había conseguido más objetivos que cualquier hombre que le doblara la edad. Ahora tenía las miras puestas en Sacramento y, según las encuestas, había muchas posibilidades de que saliera vencedor.

Touché.

—Soy de las que llaman a las cosas por su nombre.

Él se hizo a un lado sin que sus labios carnosos dejaran de sonreír un solo instante.

—¿Y qué te parece si sigues llamándolas por su nombre ahí dentro? Es difícil emitir ninguna clase de juicio sobre mi pupila estando aquí, a pleno sol.

—No es tu pupila —zanjó Eliza a la vez que se ponía en movimiento. Incluso con semejante calor notaba el aroma del almizcle que desprendía ese hombre. Se estremeció e hizo caso omiso del placer que le causaba su olor.

—La tuya tampoco, pero no me la imagino viniendo aquí sola.

—¿No tienes ninguna ley que aprobar ni nada por el estilo?

Él se echó a reír y ella pasó de largo para enfilar la escalera.

—Aún no soy gobernador.

—Creía que cuidar de una mujer adulta no formaba parte de tu lista de tareas.

El frescor del interior de la casa resultaba un gran alivio.

—A lo mejor no forma parte de mis obligaciones de político, pero sí de las de amigo. Tú harías lo mismo por Sam, y no te atrevas a negarlo.

La había pillado. Aunque no pensaba permitir que adivinara sus pensamientos.

—Como quieras.

Carter siguió con la mirada la afortunada gota de sudor que recorría el cuello de Eliza y desaparecía por el escote en pico de su blusa. Cambió de posición con incomodidad mientras imaginaba el destino al que habría llegado ese minúsculo hilo de humedad. Con su metro setenta de estatura, la piel dorada por el sol y aquellos sensuales ojos castaños, Eliza le resultaba muy atractiva.

Como si notara la atención puesta en ella, Eliza ladeó la cabeza. Ese movimiento obligó a que Carter apartara los ojos de sus pechos y la mirara a la cara. Ni siquiera tenía la decencia suficiente para avergonzarse de que lo hubiera pillado. Debería estar avergonzado, lo sabía. Pero no lo estaba. Desplazó la mirada hasta la anfitriona, que se apostaba junto a Gwen y Neil fingiendo prestar atención.

Media hora más tarde se encontraban en un inmenso prado delimitado por una valla de madera a varios cientos de metros de distancia. El olor de los caballos y el bochorno saturaban el aire.

—Poseemos más de doscientas hectáreas —estaba explicando la señora Hawthorn.

—¿Y cómo evitan las visitas no deseadas? —preguntó Neil.

—Siempre dispongo de empleados dispuestos a cortarles el paso a los curiosos. Tendrían que recorrer un largo camino a pie para llegar hasta nosotros. Y si fueran en coche, los veríamos mucho antes de que pudieran colarse en la propiedad.

La señora Hawthorn avanzó hasta la amplia zona ajardinada dispuesta para los invitados con fosos para hogueras y mesas de ladrillo. El área estaba delimitada por balas de paja que contribuían a realzar el encantador ambiente texano.

Eliza se alejó de la señora Hawthorn y se dirigió a uno de los trabajadores del rancho. El cowboy llevaba vaqueros ajustados, botas y un sombrero Stetson. El hombre le sonrió y se levantó el sombrero a modo de saludo cuando ella se le acercó. Carter dio unos cuantos pasos en su misma dirección, pero no llegó a oír lo que le decía. El joven vaquero miró a Gwen e hizo unos movimientos con las manos. Dio la impresión de que Eliza le daba las gracias antes de regresar junto al grupo.

Gwen se volvió hacia Eliza.

—¿Por qué no le enseñas el interior a Carter mientras hablo con el encargado de la seguridad?

—No me lo digas dos veces. Aquí fuera me estoy abrasando. —Eliza dio media vuelta y avanzó en dirección a la casa—. ¿Vienes?

Carter aceleró el paso para adelantarse y sujetarle la puerta.

—La señora Hawthorn me ha ofrecido seis habitaciones para la noche de la boda: nos irán bien por si hay invitados que beben demasiado o que se deciden a venir a última hora y no tienen alojamiento. —Eliza rodeó una escalera situada en la parte trasera y señaló algo con el dedo—. Hay un balcón que da a la zona donde tendrá lugar la ceremonia. Blake puede aprovecharlo para apostar más vigilancia que identifique cualquier movimiento a lo lejos o a algún visitante no deseado.

Carter la siguió y observó el contoneo de su culo al doblar la esquina y enfilar el largo pasillo.

—Vosotros podéis alojaros aquí mientras ayudáis a Sam.

Eliza siguió avanzando y dando explicaciones. Carter apenas la escuchaba. Como le ocurría casi siempre, Eliza le había dejado el cerebro reducido a una especie de nebulosa y hacía que le resultara muy difícil pensar. Siempre sentía un cosquilleo cuando ella entraba en una habitación. Si tuviera que aventurar una hipótesis, diría que ella se sentía igual de atraída por él que él por ella. Sin embargo, ninguno de los dos hacía nada al respecto.

Bueno..., casi nunca.

El año anterior, mientras celebraban la Navidad con Blake y Samantha y unos cincuenta amigos más, estuvieron a punto de besarse bajo el muérdago. Los dos habían bebido y apenas se habían lanzado pullas en toda la noche. Eliza lucía un vestido rojo muy ceñido con un corte en la falda que ascendía hasta medio muslo. Llevaba el pelo oscuro recogido, con tan solo unos mechones sueltos a los lados de su esbelto cuello. Cada vez que pasaba junto a Carter, su perfume lo cautivaba. Era como si lo agarrara por la garganta y se la estrujara. Atraído por su luz, notó cómo se apartaba de la multitud y la siguió.

De repente, ella se dio la vuelta y chocaron. Se quedaron inmóviles un momento, observándose. Eliza rompió el contacto visual y miró al techo. Masculló algo ininteligible y él levantó la cabeza. «Dios bendiga el muérdago.» Entonces él colocó la mano en la mejilla de Eliza y deslizó los dedos hasta su nunca. Se recordó que debía besarla despacio.

Pero el plan no funcionó.

Se disponía a besarla cuando uno de los invitados gritó su nombre desde la otra punta de la sala. Eliza dio un respingo y se apartó de él.

Ninguno de los dos volvió a mencionar ese momento. De hecho, hicieron como si nunca hubiera tenido lugar.

Carter supuso que se debía a que los dos eran muy amigos de Sam y de Blake, y ni el uno ni el otro querían estropear eso.

Él salió con otras mujeres, o por lo menos se le veía acompañado, y Eliza continuó haciendo lo que fuera que hiciese en la empresa que regentaba con Samantha.

—Entonces, ¿qué opinas? —Eliza se dirigía a Carter, pero él no tenía ni idea de lo que le estaba preguntando.

—¿Perdón?

—La casa.

—¿Qué?

—No has escuchado ni una palabra de lo que te he dicho.

—Sí, sí que te he oído; acabas de hablarme de la sala en la que estábamos y del balcón.

Ella puso los brazos en jarras y lo miró con expresión arrogante.

—Eso ha sido hace más de un cuarto de hora. No sé por qué me molesto en enseñarte nada —dijo, y dio media vuelta.

—Estaba distraído —reconoció él—. Tengo muchas cosas en la cabeza.

—Yo también tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo. ¿Sabes qué? Dile a Neil que te ha gustado y listos.

Carter esbozó una sonrisita.

—¿Intentas librarte de mí?

Ella le clavó una mirada rápida como un relámpago atravesando el cielo.

—Si quisiera librarme de ti, querría decir que tu presencia me importa.

Eliza hacía verdaderos esfuerzos por conservar el semblante hierático, pero al final empezó a mordisquearse la uña y apartó la mirada. «Sí que te importa. Puede que no quieras que sea así, pero no puedes evitarlo.»

Touché.

Ella apretó los puños mientras se miraba las uñas.

—Olvídalo. Vámonos de aquí antes de que me derrita.

—Me parece bien.

Porque el hecho de estar allí plantado alimentando fantasías sobre ella no era bueno para nadie. Además, si no recordaba mal, ya tenía pareja para aquella boda y no era la mujer que tenía enfrente.

Eliza se alejó y él la siguió a cierta distancia. Debería estar pensando en los millonarios de Texas que asistirían a la ceremonia de renovación de votos y no en la dama de honor.

—He pensado en todo, Neil. Puedes decirle a mi hermano que está completamente a salvo y que las únicas imágenes que circularán serán las que haga el fotógrafo al que hemos contratado. —Gwen saludó con la mano a Carter—. Sé bueno y tranquilízalo, ¿quieres?

Carter miró a Neil y se encogió de hombros.

—Gracias de nuevo por su tiempo, señora Hawthorn. Nos veremos dentro de unos días.

La señora Hawthorn accedió a que Gwen la besara en ambas mejillas y dijo adiós con la mano a las dos mujeres cuando subieron al coche.

—Pasadlo bien, chicas.

Carter permaneció plantado al lado de Neil y la señora Hawthorn mientras el coche en el que iban Eliza y Gwen emprendía la marcha.

Eliza ni siquiera echó un vistazo al retrovisor cuando arrancó.

—Tenían prisa por marcharse —observó Neil.

—Yo también lo he notado.

La señora Hawthorn puso un brazo en jarra.

—Planear una boda no es tarea fácil. Han estado trabajando mucho, y es bueno que tengan tiempo de salir a divertirse una noche antes de que empiece la celebración.

—¿A divertirse? —se extrañó Neil.

Carter siguió con la mirada la estela de polvo de la carretera.

—Según Billy, Eliza ha preguntado por algún bar de la zona donde relajarse durante unas horas. Necesitan bailar y desahogarse un poco.

Carter puso cara de exasperación.

—¿Un bar?

—No me imagino a la señorita Gwen en un bar de Texas —exclamó Neil.

«A Eliza puede que sí, pero ¿a Gwen?»

—Me parece que esta noche no volarás de vuelta a casa —le dijo Carter a Neil. Ni siquiera se planteaba desaprovechar la oportunidad de espiar a Eliza y Gwen.

Capítulo 2

2

En la tienda de regalos del hotel tenían los vaqueros, las camperas y los sombreros perfectos. Gwen no pensaba entrar en un bar de Texas ataviada como la hija de un duque. A diferencia del día en que habían salido a comprar los vestidos amarillos de damas de honor, Eliza sí que disfrutó del breve paseo por la zona de la tienda donde se exponía la indumentaria vaquera.

Una música a todo volumen compuesta por la justa dosis de tañidos de guitarra y letras que hablaban de amores perdidos invadía el ambiente del bar. Varias parejas se apiñaban en la pista de baile. Estaban pegados el uno al otro y se movían como si formaran un todo indivisible.

Eliza tomó la iniciativa y cruzó entre la multitud hasta un par de asientos vacíos junto a la barra. A las dos las obsequiaron con unas cuantas miradas y alguna que otra sonrisa.

—No puedo creer que haya tanta gente aquí —comentó Gwen alzando la voz para que Eliza pudiera oírla.

—Así es más interesante —respondió Eliza.

El camarero colocó dos servilletas enfrente de cada una.

—Señoritas —las saludó, levantándose el sombrero.

Eliza alzó dos dedos.

—Dos cervezas.

—Pero... —empezó Gwen en tono envarado.

—No podemos pedir vino en un bar como este, Gwen.

Eliza sabía muy bien adónde quería ir a parar su amiga con aquel «pero». Lo sorprendente fue que Gwen no rechistó, sino que cruzó las manos sobre el bolso y permaneció sentada muy tiesa, con los grandes ojos de mirada dulce abiertos como platos. Tamborileaba con los dedos al compás de la música y en sus labios se adivinaba una sonrisa. ¿Qué era lo que veía Gwen? Para ella esa noche representaba una aventura y la superación de los miedos relacionados con la vida social. No cabía duda de que la gente bailaba y lo pasaba bien. No parecía que hubiera nadie borracho, de momento. Los líos solían empezar más tarde.

—Aquí tiene, señorita. —El camarero depositó los botellines sobre la barra. Eliza se dispuso a coger el bolso para pagar—. Ya está pagado —dijo el hombre señalando con la cabeza al otro extremo de la barra, donde había sentados dos hombres solos, ataviados con camisas de cuadros abotonadas hasta el cuello y sombreros Stetson.

Eliza cruzó una mirada con el que estaba sentado más cerca de ellas. Su pelo oscuro y un bigote muy acicalado enmarcaban unas atractivas facciones angulosas. Ella alzó el botellín con una ligera inclinación de cabeza.

—¿Han pagado ellos las bebidas? —preguntó Gwen.

—Eso parece.

—¿Tenemos que acercarnos y darles las gracias?

Eliza se volvió de espaldas a los hombres y se llevó el botellín a los labios.

—No hace falta —dijo tras dar un sorbo—. Los tendrás aquí antes de cinco minutos.

Gwen sostuvo el botellín en alto y sonrió a los vaqueros desde la barra.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque sigues mirándolos y lo tomarán como una invitación.

Gwen bajó la cabeza al suelo y dio media vuelta en el taburete.

—Por favor, mira que no darte cuenta...

Gwen enrojeció.

—Soy patética.

—Has crecido entre algodones. La culpa no es toda tuya.

Gwen dio un sorbo de cerveza. Dicho sea en su honor, no le repugnó.

—De acuerdo, he crecido entre algodones, pero soy patética.

«¿Hasta qué punto llega tu ingenuidad?»

—Dime que has salido con chicos.

Gwen se quedó boquiabierta.

—Pues claro. No soy virgen si eso es lo que estás insinuando.

—Menos mal, cariño. Empezaba a pensar que eras más inocente que un bebé.

Eliza y Gwen se quedaron mirando al vaquero de facciones angulosas que se había plantado a su lado en menos que canta un gallo.

Gwen se sonrojó al instante y abrió los ojos como platos.

—Gracias por las bebidas —dijo Eliza, tratando de disimular la reacción de Gwen.

—Me llamo Rick. Este es Jimmy. —Jimmy era un par de centímetros más bajo que Rick y pesaba como mínimo diez kilos menos. Los dos estaban de muy buen ver.

—Eliza —se presentó—. Y esta es la mosquita muerta de Gwen.

Gwen le clavó el codo en el costado y Eliza se echó a reír.

Rick y Jimmy tuvieron la decencia de no ahondar en el comentario. Eliza señaló con la cabeza el asiento vacío de su derecha y Rick lo ocupó.

—A ver si hay alguna mesa vacía —dijo Jimmy.

Gwen se pegó un poco más a Eliza al notar que Jimmy se le acercaba. En cuestión de segundos empezaría lo bueno.

—Ya te aguanto yo esto. —Eliza le quitó la cerveza de las manos a Gwen—. Así podréis bailar.

Gwen se inclinó para hablarle sin que nadie más la oyera.

—Ni siquiera lo conozco.

Eliza sonrió y le dio un codazo para animarla a ponerse en pie.

—Venga. Hemos venido aquí a pasarlo bien.

Jimmy ya la estaba tirando del brazo.

—Pero yo no sé cómo se baila esto.

El vaquero la ayudó a bajar del taburete.

—¿De dónde eres?

—De cerca de Londres.

Gwen dejó el bolso encima del taburete. Jimmy le guiñó el ojo.

—O sea que eres inglesa. Bien. Aprendí a bailar el twostep a los cinco años, así que seguro que soy capaz de enseñarte.

—¿Seguro?

—Vamos.

Eliza siguió a Gwen cuando esta entró en la pista de baile. La chica dio un respingo al notar que Jimmy la rodeaba por la cintura y la atraía contra sí. Después de tan solo un par de pasos en falso, Jimmy consiguió que Gwen se moviera al compás de la música en lo que parecían complejas evoluciones.

—¿Siempre vigilas a tus amigas tan de cerca? —preguntó Rick.

—Lo manda el código femenino. Tenemos que ir al baño de dos en dos, meternos las etiquetas que nos sobresalen de la ropa y cuidarnos las unas a las otras.

—Pues ella no parece muy preocupada por cuidar de ti.

Eliza volvió la cabeza hacia el vaquero que tenía a la derecha y sonrió.

—Eso es porque está concentrada tratando de no machacarle los pies a tu amigo. Es muy difícil que pueda hacer las dos cosas a la vez.

Rick era un primor. Su acento añadía encanto a su carácter tranquilo, pero a Eliza no le despertaba la libido en absoluto. La química de las relaciones era un poco jodida. A veces dos personas hacían muy buena pareja en apariencia, pero en cambio no encajaban. Sin embargo otras hacían saltar chispas, como le ocurría a ella con Carter.

Rick no debía de sentir lo mismo, porque se arrellanó en el asiento y siguió dándole conversación.

Lejos de Eliza y Gwen, Carter dio un codazo a Neil mientras hacía todo lo posible por deslizarse entre las sombras.

A juzgar por los pasos tambaleantes de Gwen, las dos amigas llevaban como mínimo una hora en el bar; tal vez dos. A Gwen se le estaba deshaciendo el peinado y de vez en cuando su voz sobresalía por encima de las demás. Había bailado por lo menos con tres hombres distintos en el poco tiempo que Neil y Carter llevaban allí. Por si eso le servía de consuelo, Eliza vertió los restos de las bebidas de Gwen en los vasos abandonados sobre la mesa.

Neil tenía los nudillos blancos de la fuerza con que aferraba la cerveza mientras observaba a Gwen dar vueltas por la pista de baile.

—Está borracha —masculló con los dientes apretados.

—Diría que tienes razón.

Carter dio un gran sorbo de cerveza sin apartar los ojos de Eliza. Ella estaba en la mesa donde llevaba casi toda la noche, hablando con dos hombres. Uno de ellos se levantó y le ofreció la mano. Ella vaciló, pero acabó por levantarse y dejó que la guiara hasta la pista de baile.

Contoneaba el pequeño trasero de carnes prietas al compás de la música como si hubiera nacido para bailar country. Su compañero la aferraba por la cintura, pero al cabo de medio minuto empezó a deslizar las manos.

«Cómo me cuesta no estrujar el vaso.» Otra pareja se interpuso en el campo de visión de Carter. Él cambió de posición en el asiento, pero seguía sin distinguir a Eliza entre la multitud. Cuando por fin dio con ella, vio que había dejado de bailar y volvía a estar sentada a la mesa, hablando con otro tipo. Cuando el segundo vaquero de mierda le rodeó los hombros con el brazo, Carter no pudo soportarlo más.

—Vigila tú a Gwen.

—No te preocupes, ya lo estoy haciendo —dijo Neil.

Cuando llegó a la mesa de Eliza había empezado a sonar una música más lenta. Sin muchos miramientos, apartó la mano del vaquero de mierda y aferró a Eliza por el codo.

Sus miradas perplejas se cruzaron, y el vaquero se puso en pie.

—¿En qué puedo ayudarle?

El hombre que estaba pasando el rato con Eliza llevaba una cruz tatuada en la mano. Era muy discreta, pero Carter conocía su significado.

—Me debes un baile —dijo Carter sin hacer caso del hombre.

Tal vez fuera porque estaba demasiado desconcertada para negarse; la cuestión es que Eliza se puso en pie y dejó que la atrajera hacia sí. Al rozarla, el calor de su cuerpo le invadió las entrañas.

—¿Qué narices estás haciendo aquí?

Carter lanzó una mirada furibunda a los hombres que los observaban desde el otro extremo del local.

—Salvar a una mujer de un puñado de paletos que están planeando pasárselo en grande esta noche.

Él le dio una vuelta, ella le dio otra a él y miró a los hombres.

—Son inofensivos.

—¿En serio?

—Tienen pinta de buscar bronca, pero solo es el aspecto.

—¿Así que han permitido que estéis toda la noche bebiendo a su costa para ver hasta donde aguantáis y nada más?

Eliza le dio un pisotón. Él se recuperó enseguida y siguió bailando.

—¿Cuánto rato llevas aquí... vigilándonos?

Dios, esa vez el pisotón fue bastante más fuerte.

—Bastante.

—¿Cuánto, Carter?

—Neil estaba preocupado por Gwen.

Al acordarse de la hermana de su mejor amigo, Carter levantó la cabeza y trató de localizarla por el bar. Divisó su melena rubia y su menuda silueta en el momento en que cruzaba la puerta acompañada.

—¡Mierda!

De repente Carter dejó de bailar y tiró de Eliza para obligarla a seguirlo.

Neil ya se le había adelantado.

La aglomeración de cuerpos sudorosos hacía que resultara difícil cruzar el local. Carter sabía que al menos uno de los hombres que se había sentado a la mesa con Eliza los andaba siguiendo.

—¿Qué estamos haciendo?

—Vamos —dijo él.

Por fin salieron del local y llegaron al aparcamiento justo a tiempo de ver que Neil agarraba de mala manera al tipo con el que Gwen había estado bailando. Lo inmovilizó contra el capó de un c

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